Antes que nada, quiero aclarar que la serie Inuyasha y ninguno de sus personajes (lamentablemente ¡_¡) U_U me pertenecen, esta historia es totalmente producto de mi imaginación y cualquier semejanza a alguna historia, fic, película, vida real, ETC… es total y completa "casualidad". Aclarado este punto quiero señalar que esta es una historia "paranormal" y desde ya aviso, no es apto para todo público, espero les guste esto es un Kagome/Sesshoumaru y a aquellos que no les guste esta pareja les aconsejo que simplemente escoja otro fic n_n

Agradecimientos especiales a mi querida beta BRUJITA LUNA sin ti no podría haberlo hecho tan bien niña, a mi familia que ya a aceptado que mi locura no tiene cura y a todas las personas que leen este fic y aun no me han buscado para lincharme, una vez mas GRACIAS!

Atentamente:

La Autora

(Makimashi Misao Futura de S. S. L. A.)


"Mentiste… Nos dejaste… Me dejaste… Tu mentiste"

S

Plegaria al templo de la señora. Año 1 Terra


Cap. 38: Las promesas rotas y las cumplidas. Terra, el santuario

Aquella mañana cuando se alejaba de ella, algo dentro de Sesshomaru le exigió que se volviera, al hacerlo vio en los ojos azules de su amada compañera amor, preocupación y angustia. Quiso volver a ella, más si algo sabía, era que ella no le permitiría descuidar sus deberes como Inu-Kami, ni siquiera por ella. Así que se volvió una esfera de luz y se movió a toda velocidad por el cielo, antes de que se arrepintiera y la tomara brazos y la llevara con él, muy a pesar de saber que en efecto, ella estaba agotada. Su instinto le seguía diciendo que estaba pasando algo por alto, mas no podía saber que.

Reviso los caminos y vio a los youkai en masa avanzar hacia los Tori distribuidos cerca de la ciudadela del Oeste. Estuvo supervisando y en alguna que otra ocasión guiando personalmente a algunos ancianos youkai y a alguno que otro noble, siempre vigilando que ningún ojo curioso se desviaran de los pétalos de blanco brillante que no paraban de caer majestuosamente. Hasta que delego la tarea a su jefe de seguridad cuando caía la tarde, y se acerco a la ciudadela para asegurarse que nadie se había quedado olvidado y descubrió para su consternación, que las barreras se habían activado y ya no podía acceder a la ciudadela.

Se recordó aleccionar a su dama sobre los inconvenientes de "dejar al señor fuera de sus dominios", y se dirigió hasta el cubil de Totosai. Pero el anciano herrero y su guarida ya habían desaparecido también. Al final busco a Shippo y a Rin y junto a ellos fue al punto donde se encontraría con los otros señores, para entonces la noche había llegado, y desde allí partieron hacia el Tori sobre el mar. Su destino y el lugar donde finalmente ellos cruzarían los mundos a favor de uno, donde ellos podrían vivir en paz, pues ese había sido el acuerdo principal de las cuatro casas. El cese total de guerras entre las cuatro casas, y aunque extraoficialmente ya era un hecho, Kagome lo había exigido oficialmente antes de seguir y a ninguno de ellos le molesto la idea de la paz por lo que habían accedido sin problemas.

Cruzaron el cielo y Sesshomaru miraba el paisaje bajo él, con un deje de lo que recoció como "nostalgia". Después de todo él había nacido en aquel mundo, además no pasas tantos milenios en un lugar sin tomarle afecto, y él, instintivamente territorial, sabía que extrañaría Japón, sus tierras, su castillo y ciudadela entre otras cosas. Aquel Hanami blanco era algo fuera de lo común, y no se extrañaba, pues su compañera era ciertamente alguien fuera de lo común. Así que era de esperarse que ella no siguiera ni aun en la magia, los mismos patrones establecidos.

Nunca hacia lo que él esperaba que hiciera. Sus reacciones nunca eran las típicas. Por ejemplo, él tenía siglos esperando que la condenada mujer admitiera que lo amaba, él ya lo sabía, claro está, mas quería, ansiaba escuchar esas dulces palabras de ella. Muchas hembras habían asegurado amarlo, pero ella que lo hacía, no se lo decía, siempre había sido un "te quiero" pero nunca un "te amo". Tal vez porque él mismo se había contenido de decir aquellas palabras, ella no las había dicho, decidió él. Entonces decidió dar ese paso cuando se reuniera con ella.

Apenas tocaron tierra, Sesshomaru sintió la nota discordante en el área y empuño Bakusaiga sin desenvainarla y recorrió el lugar con la ambarina mirada, fijándose en que el Tori se había alejado de la orilla donde había quedado aquella mañana. Junto a él, los machos se tensaron y se pusieron alerta, rodeando a las hembras, en especial a las compañeras humanas del grupo. Entonces la flecha cargada de reiki voló hacia él y Sesshomaru se limito a tomar la flecha en su mano desnuda, mirándola con desden mientras la desintegraba en su agarre. Las únicas flechas que podían hacerle daño real, eran las de su compañera y ella jamás apuntaría sus armas contra él.

De la nada, un grupo nutrido de monjes de varias sectas junto a algunas sacerdotisas, salieron de entre el follaje y entre todos murmuraban insultos y palabras destinadas a ofender. Sesshomaru había visto el cielo y se preguntaba donde estaba su compañera y al recordar una vez más aquella mañana, se cuestionó si sería posible que ella estuviera en peligro. Apenas la decisión de ir por ella había entrado a su mente, observó cómo eran rodeados y sin derramar sangre en aquel lugar para no destruir lo que Kagome había hecho. Sesshomaru se limito a golpearlos alejándolos. Cuando el tercer grupo se lanzó sobre ellos y él y los otros atacaron a su vez, fue cuando Rin lo había sacado de sus pensamientos.

— ¡Madre! — Grito Rin horrorizada, mirando por debajo del brazo de Shippo a Kagome. Como uno solo, youkai y monjes se volvieron a mirarla. Allí estaba ella respirando pesadamente con el cabello lleno de ramitas y hojas y una línea de sangre en la mejilla derecha, producto según podía ver, de alguna rama que la había cortado mientras corría por el bosque hacía ellos y los ojos llenos de latente poder y de determinación. Su bestia maldijo sonoramente en su mente por no seguir sus instintos y buscarla.

— ¡La bruja que los protege ha llegado! — Soltó un monje Shinto, elevando una serie de pergaminos sagrados y lanzándoselos a su compañera. Mas apenas se acercaron a ella, los pergaminos se purificaron en el aire cargándose con el poder de Kagome y golpearon a los monjes con fuerza bruta lanzándolos hacia los lados despejando el camino hacia el Tori.

— ¡Ustedes no los dañaran! — Dijo ella, mirando a los monjes mirarla perplejos ante el despliegue de poder mientras volvían a recomponerse.

— Miko — Dijo Sesshomaru estirando su mano hacia ella, pidiéndole que se acercara mas a él, para así poder cruzar todos.

— ¡TRAIDORA DE TU RAZA… MALDITA TRAIDORA… BLASFEMA... PUTA DE DEMONIOS! — Vociferaban, agitando sus armas con furia al comprender que ella era en efecto una sagrada y que los protegía a ellos, dándole la espalda a su propia raza. Mientras él y su bestia sentían deseos de desmembrar lentamente a aquellos viles humanos, por hablarle así a su compañera.

— ¡Lo siento, Sesshomaru! — Dijo entonces Kagome, dedicándole una mirada llena de tristeza, dolor y disculpa. Elevando ambas manos hacia ellos, creando una poderosa barrera que empezó a empujarlos a la fuerza hacia el Tori que se acercaba a ellos a su vez, aun más rápido que aquella mañana, cuando había ejecutado el ritual.

— No — Dijo él, levantando la mano y tocando la barrera con impotencia. Sus ojos brillando intermitentemente, entre el rojo y el dorado. Su bestia aullaba herida como él, dividido entre la furia y la comprensión. Furia por no poder hacer nada para obligarla a venir con él y la comprensión de que tal vez ella siempre lo había sabido y por alguna razón, que seguramente era inamovible y él no podía ver o entender en ese momento; estaba congelado en el sitio, incapaz de hacer nada mas que observar sus ojos azules llenos de amor y resignación. Mientras los machos bajaban las armas y miraban perplejos comprendiendo de golpe lo que la mujer había dicho y Shippo rugía incoherencias, golpeando la barrera con frenesí sin lograr moverla un centímetro. Aquella barrera podría contenerlos a todos ellos y no podrían derrumbarla aunque quisieran, todos ellos lo sabían muy bien.

— ¡No puedo pasar… soy lo que soy! — Dijo ella. Mientras Shippo rugía a los cielos, sus ojos verdes teñidos de rojo, golpeaba la barrera con fuerza y clara desesperación y junto a él, Rin golpeaba la barrera también. No vio cuando los monjes les lanzaron una lluvia de flechas dispuestos a matarlos, y estas rebotaron sobre la barrera sin hacerles daño alguno. Más si vio cuando se lanzaron sobre Kagome. Cada golpe, cada empujón, cada maltrato incendiaba su sangre y su bestia clamaba como él venganza. Mas ambos sabían que tras aquella barrera nada podían hacer, solo observarla impotentes esperando una reacción, que se defendiera, algo, cualquier cosa. Más ella no se defendió. Su mirada solo estaba fija en él y Sesshomaru en ella, y cuando empezaron a golpearla, ella había levantado las manos apenas para cubrirse el rostro, casi distraídamente solo por reflejo.

— ¡Tráelos de vuelta! — Rugió uno de ellos, abofeteándola con fuerza lanzándola al suelo. Kagome lo busco con la mirada y allí estaba él, mirándola estoico, en shock incapaz de moverse. Sus ojos rojos destilando el dolor e ira por no poder defenderla. Porque después de todo al final tendría que dejarla ir, por que al final la había perdido.

— ¡Jamás! — Dijo ella entonces, gimiendo cuando la primera patada alcanzó su estómago, robándole de golpe el aire y robándoselo a él con ella. Con los ojos llenos de lágrimas de dolor, ella levantó la mirada una vez más hacia ellos. Su compañero, a sus hijos y a sus amigos, los que había hecho con los años.

— ¡Quememos a esta bruja, que el fuego la purifique tal vez así su brujería ceda y podamos acabar con ellos! — Dijo uno de ellos, logrando que los otros se animaran y enviando a Shippo y a Kouga a un frenesí por derribar la barrera y a él a sudar frío, ante el claro significado de aquellas palabras. Entonces vio el aceite caer sobre Kagome, mas ella parecía estar mirándolo en trance y las llamas se levantaron sobre ella. Se escuchó un grito horrible de dolor, mezclado a un rugido de pura y total agonía. Poco le importo cuando comprendió que el rugido salía de su pecho y algo calido se deslizaba por su cara mientras su bestia aullaba desesperado dentro de él. Mientras que con cada grito de ella, el cielo se iluminaba con rayos y centellas, como si los dioses estuvieran tan furiosos como él lo estaba. Entonces, envuelta en llamas que se comían con avaricia su suave piel se volvió hacia los monjes mirándolos.

— ¡A ustedes sagrados ato sus poderes a esta tierra… los ato para que no puedan hacer daño… para que no puedan herir… a los que no pueden aceptar… a los que no pueden… comprender… los ato, desde ahora hasta… que los dioses decidan! — Los maldijo ella, antes de volverse por última vez a mirarlo entre las llamas que devoraban avariciosamente sus cabellos y levantar su mano derecha aun ardiendo hacia él, que la miraba con la agonía de saberla sufriendo, sin poder hacer nada mas que observar con sus ojos cargados de furia, compresión y salvaje angustia. El portal se cerró, separándolos para siempre, grabando en su mente la ultima imagen de su compañera cremada viva frente a él.

Él no vio los cerezos blancos y rosados adornando hermosamente el paisaje. Él no vio a Rin y a Shippo consolarse uno al otro. Él no vio las expresiones de angustia de la familia de Inus Negro, ni las lagrimas de Ayame ni la angustia de Kouga, ni el desconsuelo de Kaede, ni las lagrimas de los sirvientes del Oeste que habían visto todo a través de sus propios portales, que les habían mostrado lo que había sucedido en el ultimo portal antes de cerrase. Él ni siquiera había visto las lágrimas que corrían libres por sus propias mejillas marcadas desde su nacimiento, como su estirpe así lo dictaba. Él solo abrió las manos donde sus garras habían roto la piel de sus palmas y lanzó un largo y agónico aullido roto, de la más dura pena y dolor, compartiendo su agonía sin importarle nada, antes de permitir el cambio y transformarse en un perro gigantesco, mas grande que lo que había sido en su época su propio padre y tomar el cielo. Rugiendo su pena y alejándose con rumbo desconocido, dejando a todos genuinamente desconsolados tras él.

El límpido aire golpeaba su rostro, pero eso poco le importo. Cruzaba el cielo sin ver las maravillas del mundo que ella había creado para ellos. Instintivamente busco a la luna y la encontró en el cielo cuajado de estrellas, y le aulló su dolor, sin registrar las diferencias de esta luna a la que había visto desde que había tomado su primera bocanada de aire cuando había nacido. Solo aulló, liberando un poco su desesperación, el dolor que lo embargaba y que nunca podría aplacar. Lloró por ella y por él. Lloró y maldijo a los dioses, perdido en la locura que el dolor había conjurado en él.


No sabía ya cuánto tiempo había pasado. Había recorrido salvaje la isla, que no parecía terminar. Había recorrido cada rincón y había regresado finalmente a aquel lugar que había sido familiar para él, aunque había algo diferente pero eso ya no importaba, nada lo hacía, desde que ella no estaba en ese mundo, ni en el otro. Eso era lo único que realmente importaba y no había forma de remediarlo.

Aquella bendita mujer, había llegado a su vida a cambiarlo todo, a cambiarlo a él, a todos. Le había mostrado cosas que desconocía del mundo, de la vida, incluso de si mismo. Había redimido a los suyos con su pureza, con su nobleza y maldita sea, con su honor. Aquella bendita, bendita mujer porque jamás podría maldecirla y destruiría a quien se atreviera a mancillar su memoria, a maldecirla. Porque ella les había dado su propia vida. Bendita fuera siempre.

Siguió corriendo, hasta que sus músculos protestaron y en la cima de una montaña se dejo caer, enterrando la cabeza entre las patas y permitiéndose el desahogo de las lágrimas. Gimió desde lo más profundo de si, donde su bestia se había atrincherado, hecho una bola silenciosa y adolorida.


¡Por eso ella no acepto que la marcásemos! — Dijo su bestia un día, después de meses de silencio absoluto, sorprendiendo a Sesshomaru quien ya se había acostumbrado al vacío silencioso dentro de él.

— ¿Qué quieres decir? — Pregunto en voz ronca, por la falta de uso, proyectándose dentro de su intrincada mente. Mirando a su bestia sentado en sus cuartos traseros, mirándolo con los ojos rojos.

¡Ella no quería que termináramos como Lord Raynor, enloquecidos tras la muerte de su compañera, ella quería que viviéramos! — Dijo la bestia abriéndole los ojos finalmente.

— Ella no nos dejaría sufriendo su ausencia por la eternidad… la tonta mujer seguro rogó a los dioses para enviarnos una nueva compañera y desde ya te advierto, bestia. Que si la han escuchado. No la aceptaré — Dijo Sesshomaru con dureza, maldiciendo una vez más a los dioses.

Tampoco… prefiero vivir recordando y honrando la memoria de la compañera que tuvimos. Esa mujer cabezota, terca, tonta… bendita, maravillosa… que nos amo al punto de sacrificarse para mantenernos vivos y a salvo. Me niego a tomar a otra en su lugar. Ninguna puede compararse con ella. Ninguna… — Dijo su bestia con profundo pesar.

— ¿Cómo… como vamos a honrarla? — Pregunto Sesshomaru, aceptando de plano las palabras de su bestia.

Viviremos… volveremos y cuidaremos de ella desde lejos. Hasta que el tiempo y el destino la reclamen una vez más y nosotros la dejaremos ir. Ella lo habría querido así — Dijo su bestia con determinación.

— Entonces, cuando ella se deslice entre nuestras garras una vez más… dejaremos su mundo una vez más. Esta vez será para siempre… nuestro obsequio, este Sesshomaru lo olvido — Dijo entonces. Recordando el anillo que había hecho que un artesano creara para ella y había planeado entregarle aquel día. El día de su cumpleaños, el mismo que ella se empeñaba en recordar y celebrar, alegando que era mas en honor a su madre, que a si misma por lo que lo hacía. Ese día había cumplido ochenta y ocho años humanos, de los cuales setenta habían sido junto a él. Ella se había negado a incluir sus años en el Devas, alegando que entonces su cuerpo físico no estaba presente durante ese tiempo. Aun así le restregaba sin clemencia esos años a su hijo en el rostro, cuando lo creía conveniente.

Recordó a su madre y sus palabras. Esa era la advertencia que ella había querido decirle y que ahora, demasiado tarde, comprendía las razones por las que no se lo habían permitido. Él jamás lo habría aceptado y habría destruido él mismo, aquella oportunidad de vida para aquellos a los que estaba obligado a proteger. Kagome lo sabía. Por eso había callado, por eso se había esforzado tanto, tratando de lograr que ellos vivieran. En que él viviera. Se había dado a si misma a cambio de ellos, a cambio de él. Su amor por él no había tenido limite alguno. Ella no había dicho las palabras, pero las había gritado con sus acciones y su ultima acción, había sido una muestra cruda para todo el que pudiera ver, del profundo amor que ella había sentido por ellos. Por él.

Entonces ¿Cómo podía haber pensado ella, que arrojaría a un lado ese amor, para aceptar a otro en su lugar? ¿Cómo pudo creer que no dignificaría su entrega absoluta, su amor, su absoluta devoción, cuando incluso antes de saber que ella era su compañera legítima, él se había negado a renunciar a ella? Entonces sintió la rabia correr por sus venas como si de su mismo veneno ardiente se tratase. Más no contra ella, jamás contra ella, nunca contra ella. Sino contra la vida, contra el cruel destino, contra los dioses que los habían traicionado.

Hacia ella solo podía haber amor, devoción, comprensión, afecto, aceptación; hacia ella solo las bendiciones debían ser cantadas. Pues él nunca permitiría maldición alguna alzarse contra ella, ni aun con la herida viva que sus acciones habían causado en su corazón. Pues él la amaba, él la entendía, él comprendía su punto de vista… al final ella había hecho lo que tenía que hacer, a costa de su propia vida, para cumplir su promesa.

Los youkai vivían como ella le había prometido y cumplido. Entonces rugió al comprender finalmente, que ella jamás le había "prometido" realmente que iría con él a aquel santuario que había hecho para ellos. Ella nunca había dicho las palabras que la atarían a esa promesa. Entonces lloró como un cachorro, una vez más al comprender su error, al no asegurarse de arrancarle esa promesa, aun sabiendo que ella se las arreglaría para no prometerlo propiamente. No podía evitar caer, en la muy humana costumbre de imaginar lo que habría sucedido, si él la hubiese obligado a decir aquellas palabras.

Entonces estuvo nuevamente frente al portal. Ignoró a Shippo y a Rin. Ignoró a todos. Ignoró los cientos de miles de ofrendas colocados al pie de este y avanzó hasta tocar la barrera, que aun después de haberlos llevado a aquel mundo se mantenía. La luna sobre ellos, dibujaba en el cielo el símbolo de su casa y con toda intención, Lord Sesshomaru cerro el puño de su mano clavando sus garras en su carne y expuso su sangre a la barrera, haciendo oídos sordos a la exclamación alarmada de Rin y con sumo cuidado, inyectó una ligera cantidad de su youki al portal y a la barrera. Retiró su mano completamente curada y tras un momento de contemplación, donde a sus ojos solo podía verla a ella, no como la había visto la ultima vez, sino como había decidido recordarla, sonriéndole con sus ojos azules desbordando de amor solo por él. Se volvió con sus rasgos cincelados con fría determinación, sin ver a nadie en particular.

— Este Sesshomaru… volverá — Declaro entonces secamente, haciéndolos temblar internamente ante el frío glacial de sus palabras y la seguridad que goteaba de ellas.

— ¡Pero… Sesshomaru-sama madre esta…! — Dijo Rin, incapaz de pronunciar la palabra "muerta" con los ojos llenos de lágrimas.

Su padre y señor había desaparecido por un año, y ellos religiosamente habían ido hasta el Tori cada noche con la esperanza de que él regresara.

Los sirvientes y guardias habían mantenido una vigilancia constante de noche y de día esperando el regreso de su señor, y aquélla noche finalmente sus plegarias habían sido contestadas y ahora él, había derramado su sangre en el portal y declarado que regresaría a aquel mundo que habían abandonado para bien a un costo demasiado alto para todos ellos en especial para él, y ella no podía entenderlo. Tal vez nadie más que su madre podía y ella ya no estaba entre ellos. Por un momento temió por la cordura de su padre.

— Sesshomaru — Dijo Shippo consternado, mirando al gran youkai frente a él, con la fría mascara que él había conocido una vez cuando viajando con su madre y el antiguo grupo, buscando los fragmentos, habían encontrado en sus caminos al temible y frio lord youkai.

— Ella nacerá en ese mundo Rin… y este Sesshomaru estará allí para verlo. Estará allí para verla partir una vez más y nadie… va a impedirle a este Sesshomaru hacer su voluntad — Declaró Sesshomaru con la voz gélida, teñida de determinación y dolor, nadie se atrevió a culparlo.

— ¡Es cierto… madre nacerá allá y si tu vas, también Rin y yo estaremos allí! — Declaró Shippo con la esperanza agridulce de ver a su madre nuevamente, aunque por tiempo limitado nacía en su pecho.

— El Oeste… — Empezó Sesshomaru, sin saber realmente si era justo negarles eso a ellos, sus hijos.

— Las tres casas colaboraremos, Sesshomaru. Cuidaremos el Oeste por ustedes. Solo una petición, una súplica te hago — Dijo Ayame, apretando la mano de su compañero Kouga, al que había visto derrumbarse como un cachorro con la muerte de Kagome. — Permítenos verla también. Permite a los demás honrar su memoria y su sacrificio, aunque sea una vez al año. Déjanos también expiar nuestro dolor ante su perdida. ¡Por favor! — Suplico sin poder contener por más tiempo las lágrimas. Alrededor de ella, los lores cardinales y sus compañeras asintieron de acuerdo y miraron hacia el Inu Kami, esperando su veredicto. Este a su vez los miro y supo en su alma que no podía negarles eso. No podía negarles honrarla.

— Tiene que haber reglas… por su seguridad… y la nuestra — Dijo finalmente Sesshomaru, viendo como ellos asentían con los ojos brillando con esperanza y determinación. Dos sentimientos que podían fácilmente resumir a aquella que los había unido. A aquella que al final, realmente los había salvado.

— ¡Entonces vamos, mi lord, negociemos! — Dijo el Fénix asintiendo vigorosamente, agitando sus plumas. Cuando Sesshomaru los siguió, con Rin aferrada a su antebrazo y Shippo rodeándola a su vez.

Lo ultimo que Sesshomaru había esperado entonces, era ver nuevamente a su ciudadela y la fortaleza familiar que se alzaba coronando el lugar, guardando con su sombra a aquellos que había tomado bajo su protección. Recorrió las calles empedradas a pie, y a su paso los habitantes le dedicaron una profunda venía. Todos vestían de blanco en muestra de luto por ella, pues para ellos, Kagome había sido luz y en cada puerta había una ofrenda a su dama y a él.

Sesshomaru observo aquello en muda perplejidad oculta, apenas por la mascara de triste calma. El castillo lo recibió con el sonido triste de las campanas. Sus soldados hicieron lo propio a su llegada y sus sirvientes se echaron al suelo, llorando de alegría por su llegada, y de tristeza por lo que habían perdido. Jaken el anciano Kappa, cuyos años habían caído como losas sobre él, con el desenlace frente al Tori, lo había anunciado con la voz entrecortada por las gruesas lágrimas que corrían como ríos por su fea cara.

Sesshomaru se movió entonces dejando a Rin a un lado y apresurándose a sus habitaciones, aunque sabía que no la encontraría allí, aquella terca y maravillosa mujer, había llevado a la ciudadela e incluso el maldito castillo allí. Pero ella había se había quedado muriendo por ellos; entró con una exhalación, sus habitaciones igual como las había dejado aquella mañana, cuando habían partido del mundo donde habían nacido, era chocante a su vista mas el olor, Kami el dulce olor de ella estaba aun impregnado en aquel lugar y con un fuerte conjuro que él había recitado años atrás, permanecería allí para siempre.

Entonces vio sobre la cama un pergamino y un cofre del tamaño de un joyero, hecho de madera de cerezos con conchas nacaradas, incrustadas formando flores de Sakura diminutas, extendidas por el cofre cual si fuera un árbol en flor miniatura repujado delicadamente en la madera. Lo tomó en sus manos estudiándolo de cerca y comprendiendo que no eran conchas sino su hermoso vidrio hecho de su aliento y su arte y el pergamino con el, lo abrió con fluidez.

"Para cuando leas estas palabras, sabrás de mi perfidia hacia ti y desde ya te digo, que aunque puede que en este momento me odies, lo volvería a hacer igual, si eso significa que vivirás y estarás a salvo junto a nuestra gente.

Siempre lo supe. Desde que lleve a madre de la mano al Asura y Línea me compartió su visión. Supe que te perdería y si piensas por un maldito segundo que saberlo con tiempo lo hacía más llevadero, déjame decirte que hacía la agonía más dura cuando entonces. Confieso que aun dudaba que realmente pudiera ser tu verdadera compañera, cuando regresé y me entregué en cuerpo y alma a ti, fue con el egoísta deseo de robarle al destino y a la vida un poco de felicidad. Eres el único al que alguna vez quise entregarme. Te quiero, lo sabes bien, y cuando me mostraste en mi cuerpo, la señal que me marcaba como tuya, admito que en mi corazón fui la mujer más feliz de esta verde tierra y me sentí aun mas miserable al no poder llevar tu marca y por supuesto al comprender que tendría que pedirle a los dioses su ayuda. Pues no deseo para ti el amargo frío de la soledad, Sesshomaru. Deseo que seas feliz, que rías, que ames, que juegues…

Ver las señales en el tiempo que anunciaban nuestro ineludible fin, rompía mi corazón cada vez. Mi consuelo era que vivirías, que estarías a salvo y cuidarías de ellos.

Este cofre tenía que habértelo dado cuando comprendí que te quería. Cuando mis ojos se abrieron aquel día en que me puse histérica en el castillo de Inu kimi, después de reunirme con mi hijo, después de la destrucción de la perla, mas con tantas cosas lo olvidé. Me temo que al final sigo siendo humana, lo curioso es que este cofre estaba dentro del que me envié a mi misma en el futuro y bueno finalmente te lo estoy entregando.

El recuerdo de nuestra unión será mi consuelo. Cuando mi tiempo llegue y los años se lancen sobre mí, esperare con calma que la muerte llegue, entonces iré con ella y si hay justicia en este mundo, espero verte una vez más antes de desaparecer por completo."

Perdóname.

Siempre tuya

Kagome.

Sesshomaru leyó las palabras una y otra y otra vez, ignorando las lagrimas que corrían por su rostro y el temblor de sus manos, incluso ignorando a Rin y a Shippo que habían irrumpido en sus habitaciones. El crudo sonido de angustia resonó en su pecho y se libero en un angustiado gemido, al comprender que en sus líneas, ella desconocía por completo su propia muerte, al comprender el dolor que ella había guardo para si misma.

— Perdón… ella me pide perdón… ¿Perdón… perdón de que? — Rugió Sesshomaru entonces — ¿Perdón por amarnos, por ser tan condenadamente terca y maravillosa, por dar todo para salvarnos, incluso su vida? — Agrego mirando a Shippo a los ojos, los del guerrero reflejaban su agonía y comprensión. — Este Sesshomaru no puede perdonarla… no hay nada que perdonar… — Dijo secamente mirando el pergamino ligeramente arrugado en su mano y el cofre en la otra. Con sumo cuidado estiro el pergamino y lo doblo sobre si mismo como si estuviera hecho de oro maleable y lo coloco junto a él sobre la cama y abrió finalmente el cofre y allí en el fondo del cofre sobre un pedazo de pergamino, estaba un relicario de plata labrada con una media luna y un pentagrama entrelazados y junto a este una figura envuelta en seda. Sesshomaru tomo el relicario y lo abrió, dentro de el había un dibujo de Rin y Shippo de niños y un dibujo de ellos juntos hermosamente nítido y obviamente creado por ella. Sin demora se coloco la cadena por encima de su cabeza y guardo el relicario dentro de su ropa. Tomando de inmediato la figura envuelta en seda, la cual apartó para encontrar una burbuja de vidrio cristalino con un corazón de plata tejido en finos hilos finas gotas de cristal tornasol sueltos en el fondo, que tintineaban hermosamente. Sesshomaru miró la burbuja que encajaba en la palma de su mano perplejo. Entonces vio el pergamino, que era más bien un pedazo arrancado apresuradamente y escrito con el mismo apuro, como si no tuviera mucho tiempo o en su caso decidiera arrepentirse.

"Te amo, Sesshomaru. Te amo"

La respiración se le quedo atascada en la garganta que se cerraba compulsivamente mientras su mente registraba aquellas palabras que tanto había ansiado de ella, y que si bien no había dicho se las había escrito. Entonces se sintió miserable, al reconocer que él no le había dicho que la amaba y nuevamente triste al comprender que ya nunca podría decírselo, o al menos no, si nunca lograba regresar a su mundo.

Sesshomaru se levantó entonces, colocando con delicadeza la obra de su compañera en la mesa baja de noche que ella había insistido en colocar en sus habitaciones y se volvió a mirarlos un momento.

— Que Jaken ordene el salón para largas horas, en cuanto este listo empezaremos a discutir esas reglas. — Dijo Sesshomaru avanzando hacia el salón de baño. Donde mecánicamente se despojo de su ropa ajada y sucia y sus armas, colocando sobre estas el relicario que Kagome le había dejado y con las palabras de su nota resonando con fuerza en su mente. Se aseó y se presento en el salón donde pasarían días discutiendo la serie de reglas hasta que al cuarto día llegarían a un acuerdo, para la satisfacción de todos.

Sesshomaru viajó una vez mas, recorriendo nuevamente la isla ahora con la mente mas clara y observó por primera vez, la obra que su compañera había hecho para ellos. La isla era la misma, pero a la vez diferente, mas grande, mas rica y vegetal. Acudió a cada casa cardinal, donde se retomaron acuerdos y negociaciones que se habían dejado congelados por el inminente peligro que su raza había corrido entonces. Pero que ya era hora de continuar, allí aprendió que Kaede no había visto aquel fin, solo había visto la llegada de Kagome y que en todos los portales, se había reflejado lo sucedido. Así que todos conocían del sacrificio que la antigua sacerdotisa, su compañera, había hecho por ellos.

Tras despedirse, continúo su viaje, recibiendo del anciano herrero y la pulga, genuinas condolencias y finalmente enfilando sus pasos hacia el lugar que había dejado casi de ultimo tras haber visitado el gemelo del Goshinboku. Avanzó con calma por el bosque tan extraño y a la vez tan familiar para él y respiró profundamente tomando aquel nuevo olor de la vegetación y finalmente tras un tiempo, se detuvo.

— Sabía que vendría un día, mi lord — Dijo el anciano árbol, que en ese momento se veía aun más anciano, con la savia seca por su tronco desde los ojos hasta las raíces firmemente arraigadas a la tierra.

— ¿Lo sabías? — Preguntó Sesshomaru escuetamente, mirando al anciano Bokuseno.

— No mi señor… no me permitieron ver mas de lo que ella dejó que todos viéramos — Admitió en anciano árbol con profundo pesar, en sus ramas tintineaban los obsequios que había recibido de aquella humana, que era humana pero no era como ellos.

— ¿Por qué? — Pregunto entonces Sesshomaru. Aunque ya sabía la respuesta, necesitaba escucharla de otro y quien mejor que el mismísimo árbol sabio.

— Por amor mi lord. Ella lo hizo por amor. ¡Nunca lo dude! — Contestó el árbol, comprendiendo de inmediato la pregunta del Daiyoukai frente a él. Comprendía en parte su pena, pues nadie podía realmente comprender el dolor de un compañero ligado al perder a su compañera. Él jamás había tenido una, pero aun así cuando sus raíces le mostraron el amargo fin de aquella candida mujer, deseo no por primera vez en milenios que los dioses esos que no tenían nombre, tomaran su vida y perdonaran la de ella.

— Volveré… a ella — Anunció quedamente, antes de volverse y sin esperar respuesta, perderse entre el follaje hacía donde antes había estado el refugio de la joven pero que sabían que ya no estaba y tras confirmar su ausencia, tomó el aire y volvió al Oeste, donde aquella noche, Rin le anunciaba aterrorizada de nervios que ella estaba esperando a su primer hijo. Él lo celebró a su manera con ellos y en la privacidad de la noche, en sus habitaciones. Le habló a su amada contándole las noticias haciendo lo que ella solía hacer "escribir" lo que pensaba lo que sentía. Aquella noche durmió por primera vez en su propia cama, rodeado con su olor abrazado a uno de sus Kimonos y soñó con ella.

Soñó que estaba allí con él y le repitió entre besos, lo mucho que él la amaba a ella y solo a ella.


N.A: Agradecería mucho que se tomaran el tiempo en dejar un review con su opinión, pensando en el tiempo que me he tomado en tejer esta historia que comparto con ustedes.

Atte.

Yo.

Gracias.