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Él se había ido y la había dejado…
¿Por qué? ¿Por qué el?
¿Porque siempre la abandonaban?
No paso mucho tiempo después de que los Cornwell se marcharan para que Candy se excusara con su hermano por un repentino dolor de cabeza, a su vez Anthony había ofrecido a llevarla pero Candy se negó a que la acompañara de vuelta a la casa de huéspedes de la señora Garland alegando que no estaba muy lejos y que prefería caminar, era como si de pronto nada de lo que la rodeara le importara, parecía como si muchos años les separaran a ambos y una desconocida se apoderara de su cuerpo y su mente, por su parte Anthony no tuvo otra opción más que aceptar y darse cuenta que tal vez era así y realmente ya no la conocía del todo.
¿Sería posible para alguien cambiar en tan poco tiempo?
Tal vez no se debía sorprender tanto ahora que sabía lo que había sucedido.
¿Pero por qué tía Elroy la había odiado tanto?
A lo lejos la joven se despidió fingiendo una sonrisa que era todo menos eso y por el contrario se escondía la mortificación.
-Candy- llamo la señorita Garland una vez que la joven entraba sin decir una palabra y subía las escaleras como un fantasma que solo deambulaba-¿querida, te encuentras bien?
Candy la miro y asintió sin decir una palabra subiendo los últimos escalones.
La señorita Garland sonrió cálidamente- he estado cocinando toda la tarde tal vez podríamos comer primero nosotras y...
La joven se detuvo solo un momento algo avergonzada- por favor discúlpeme, creo que me siento un poco mal.
¿Enferma?, no, no se sentía enferma pero si perdida, perdida con un montón de extraños que hacían todo para ser gentiles con ella, y ahora Terry se había marchado sin siquiera decirle adiós.
La señorita Garland le miro un poco preocupada pero decidió no decir nada y dejarla marchar, en ese mismo momento salía cuki de la cocina mordiendo un bizcocho-¿Qué le pasa a Candy?
-está cansada-dijo la mujer preocupada hasta que miro al chico- ¡cuki ese bizcocho era para la cena!
-lo siento señorita, prometo mañana pasar a la panadería.
La señorita Garland asintió y regreso a tejer una bufanda con los colores de un bastón de navidad.
-¿es para mí?
La mujer bufo y se concentró en su actividad preguntándose qué sucedía con Candy, algo en ella le decía que aquella joven tan dulce jamás les había dicho la verdad sobre quien decía ser, ¿Cómo una joven sencilla podía conocer a un duque?
Y tener unos modales tan finos.
O porque una joven tan bonita como lo era Candy no aceptaba a un hombre tan apuesto como el señor Grandchester que era más que evidente que estaba enamorado de ella.
En vez de actuar como una joven de su edad, se escondía entre las matronas algo demasiado difícil puesto que era muy bella y aun así los caballeros siempre trataban de cortejarla mientras ella una simple institutriz les rechazaba educadamente, cuando al extremo del salón había un enjambre de muchachitas anhelando por una invitación.
Nadie podía sacarla de su postura.
Entonces estaba el duque ignorando sus negativas y arrastrándola con él al salón de baile más abarrotado y después de unos minutos la joven dejaba de protestar mientras se aferraba a su compañero con una sonrisa tímida en sus labios.
A la siguiente mañana había llegado un sobre a la residencia de los Cornwell, este reposaba sobre la bandeja de plata de la mesita caoba del recibidor, Annie lo miro con precaución mientras se ponía sus guantes pues esperaba salir en cualquier momento, después lo tomo en sus manos, no era de Archie por lo que podía leer, el hermano de Stear no era muy fanático de escribir cartas pero lo hacía de vez en cuando para tranquilizar a su hermano, esta vez había pasado mucho tiempo desde su última carta. Era del ejército, tal vez debía abrirlo ahora y comprobar de qué se trataba probablemente Archie había sido herido o algo había pasado pero cuando le dio una última mirada al sobre se temió lo peor.
-¿de quién es?-su esposo se acercó a ella rápidamente con su voz tranquila y su semblante serio.
Cuando Annie trato de esconder la misteriosa carta había sido ya demasiado tarde, su esposo ya tenía la mirada fija en él y se reprochó así misma pues sabia que ella habría podido evitar aquella situación si Madeline no hubiera hecho una rabieta cuando la mucama había intentado peinarla por la mañana, o tal vez pudo simplemente tomarlo y esconderlo mientras se iba a leerlo a otra parte.
Después de que Archie se hubiera enlistado en el ejército, Annie había tratado de ayudar a su marido revisando siempre ella primero el correo, el pobre hombre se ponía demasiado tenso pensando que podía ser la baja de su hermano, pues era usual que las familias con jóvenes en el ejército recibieran el mensaje del deceso de la persona.
-creo que es mejor que la lea yo primero.-susurro ella.
Alistear Cornwell rechazo la idea y le quito el sobre con facilidad, no lo abrió enfrente de ella, en vez de eso se marchó a su estudio y cerró la puerta con llave para que nadie pudiera molestarlo, tenía la extraña sensación de que tanto ella como el sabían lo que este decía.
Annie se quedó parada en el umbral sin saber qué hacer, su primer impulso fue ir a la habitación de su hija donde la niñera la entretenía con costosas muñecas de porcelana, algunas de las cuales le había traído Stear de sus viajes o bien, eran enviadas desde la India donde residían los padres de Stear, normalmente venían muy bien empacadas y era ella misma quien las acomodaba sobre la cómoda para que la pequeña niña no pudiera tomarlas tan fácil.
Maddie jugaba alegremente golpeando las cabezas de sus muñecas mientras la niñera trataba de que no lo hiciera, pero nadie ni siquiera la nana de la pequeña podía controlar sus diabluras.
La señora Cornwell miro la escena sin alarmarse del comportamiento de la niña, en su corazón Maddie siempre seria su pequeña hija.
Annie quería a Madeline como a su propia carne y aunque el lazo de sangre entre ellas no existía Anne Cornwell no podía quejarse, ella y Stear eran sus padres a los ojos de todos.
Era verdad que al principio había odiado la idea de aceptar a un bebé que no era suyo en su hogar, también había odiado a su esposo que no dejaba de rogarle por una oportunidad para la niña.
Por varias noches no había dormido pensando en lo que la gente podría decir o pensar de ellos, ¿Qué pasaría si alguien se enteraba? ¿Qué tal si al final esa niña le quitaba el amor de su esposo? ¿Ya no la amaría igual?
Sabía que estaba siendo una completa tonta por pensar todo eso y no paso mucho tiempo para que la señora Cornwell analizara mejor las cosas y se diera cuenta que si bien eran un matrimonio joven y no había logrado embarazarse de inmediato como sus obligaciones le dictaban.
Tal vez aquella niña era la única pequeña que le llamaría madre y seria suya.
Entonces fue cuando acepto: Stear y Maddie eran su familia.
Annie miro a la niña de nuevo y pensó en la suerte que tenía, o más bien dicho: la suerte que ambas tenían.
En realidad la pequeña Maddie no era nadie más que la sobrina de Stear y la hija bastarda de su hermano.
Su disoluto progenitor había tenido una aventura con una joven que había conocido en su propia fiesta de compromiso con la señorita Patricia O 'Brian, no hacía falta decir que era mucho más bonita que su adorable novia y era heredera de una fortuna impresionante, aunque era una muchacha bastante descocada a Archie le divertía bastante.
Además de su conducta escandalosa, nadie más que la pobre Patricia sufrió sabiendo que su prometido cortejaba a otra joven además de ella misma.
Pero eso no había sido lo peor.
Al igual que a su amante Archiebald Cornwell la había dejado encinta, lo demás era bastante predecible, la joven se había convertido en una paria de la sociedad que su propia familia rechazaba a excepción de su excéntrica abuela.
Annie había convivido con ella algunas veces y tenía que admitir que Patricia era una joven bastante agradable aunque muy ilusa, por no llamarla tonta.
Pero después de aquello Annie había decidido que era más importante cuidar su buen nombre y el de su familia, porque ¿Quién quería una amistad con una mujer soltera que tenía un hijo?
Ella no, Stear con su buen corazón podía decir lo contrario y visitar a la madre caída en desgracia pero ella no pretendía involucrarse, un hombre podía romper algunas reglas pero no una dama.
Jamás.
Aun no entendía porque la muy tonta había escapado del convento que hubiera mantenido intacta su reputación, había sido su oportunidad.
A pesar de que aquel niño crecería entre habladurías y bajo las miradas acusatorias Patricia se había mantenido firme.
¿Por qué?
¿Tanto había querido a Archie?
Tal vez era más apuesto que su propio esposo y su conducta despreocupada había roto algunos corazones en el camino, pero que va, Annie no era una cabeza de chorlito y sabia como acababa todo aquello, algunas mujeres eran demasiado estúpidas que se dejaban llevar por una pasión que al final no hacía más que destruirlas.
Patricia O' Brian era prueba de ello.
En cambio ella no hubiera dado ni dos peniques por el hermano menor de su esposo.
Era increíble cómo la gente cambiaba, aun lo recordaba en sus años de colegio cuando había sido amigo de ella y muy amigo de Candy.
Estaba loco por su amiga.
Era un joven bastante respetuoso, atento y se desvivía por Candy, tenía que admitir que en aquellos años su amiga le había dado un poco de envidia, Candice Brown había podido hacer todo lo que quería y tener amigos dudosos para una señorita de buena cuna, además de un encanto que jamás se había ido, todos parecían fascinados por su amiga, alguna vez había pensado en Candy como el flautista de Hamelin.
Mientras ella como la muchachita insegura que había sido tenía que mantenerse modosita para su prometido anciano.
Pero al menos Candy había hecho algo por ella y la había ayudado a librarse de él.
Le debía eso.
Candy había sido una buena amiga después de todo, si ella no la hubiera ayudado tal vez su vida hubiera sido demasiado diferente, tal vez jamás hubieran subido a aquel barco donde había conocido a su esposo, recordaba que incluso el propio Stear había quedado prendado de su rubia amiga.
Y ella había sentido tanta envidia.
Con el tiempo se dio cuenta que no tenía sentido mortificarse por eso, Candy solo era un alma alegre, estaba en su naturaleza aquella forma de ser suya, para ella era lo mismo sonreírle a un apuesto duque que a un anciano sin dientes.
No había ni una sola gota de malicia por sus venas, aquellas vacaciones la había llevado con ella a la fastuosa propiedad de su familia en Chicago donde estaba su hermano Anthony que al igual que Candy, era una persona bastante amable y también estaba ese otro hombre que se parecía mucho a él.
Probablemente si Candy no hubiera rechazado a Archie todo hubiera sido diferente.
El hermano menor de Stear jamás volvió a tener esa expresión de felicidad que embargaba su rostro cuando ella estaba cerca.
Aunque nunca lo admitiera Annie sabía que Archie se había deprimido demasiado cuando Candy le había dicho que todo había acabado, ahora que se acordaba del pasado era tan irreal pensar en Archie como el rechazado, jamás volvió a visitarlas e inclusive se distancio de Anthony quien había sido su mejor amigo.
Era curioso cómo incluso la amante de Archie se parecía demasiado físicamente a Candy, a excepción de sus ojos verdes los ojos de Charlotte eran azules y fríos su cabello más ondulado que rizado, pero aun con su comportamiento libertino la joven había salido airosa de la situación después de dar a luz a Madeline y rogarle a Stear porque se quedaran con la pequeña sabiendo que a comparación de Archie, Stear era demasiado blando y bueno para negarse.
Y la historia termino así:
Mientras Patty sufrió siendo señalada con un hijo, Charlotte regalo al suyo y después su familia la caso con un anciano muy rico que siempre había estado encaprichado con ella y de esa unión nacieron dos gemelos, Archie el canalla prometido y amante se había enlistado en el ejército creyendo que así escaparía de sus problemas.
Aquella mañana Annie guardo sus guantes en su lugar y prefirió encargarse ella misma de su hija, le dio a la niñera el día libre, se sentó en el suelo como la pequeña y se puso a jugar a las muñecas con Maddie quien reía con las voces chillonas que hacia su madre.
Madeline Cornwell iba a ser siempre amada como la hija que era y nadie le quitaría su lugar, en ese momento Annie sintió que le daba lo mismo si ocurría un milagro y algún día tenía un hijo propio, la pequeña Maddie había robado su corazón para siempre.
Ambas se divertían mucho cuando entonces la niña emitió un gritito de alegría, era su padre entrando en la habitación, Stear caminaba lentamente hacia ellas con el rostro desencajado mientras llevaba aun la carta con él y Annie lo supo.
Archie había muerto.
A las que sigan leyéndome muchas gracias, he leído todos sus comentarios y me alegra que les guste la historia, tienen razón, ya tiene muchos años esta cosa así que probablemente el próximo capítulo ya sea el final pero no lo sé.
