Estaba roto.
-No puedo –Dijo el criado, sumiso, bajando la mirada. –Lady Arya. Mi señora. No puedo ayudaros.
Era sucio.
-¡Hediondo, Hediondo! –Suplicó el muchacho de piel ajada, revolcándose en el piso, manchando todo con sus harapos malolientes. –Hediondo, que rima con… con… redondo, sí.
Sin embargo, Jeyne Poole no podía confiar en otra persona. Sus esperanzas no estaban puestas en el despojo humano que veía ante sus ojos, con menos dedos en las manos y una boca horrenda de dientes astillados. Ella confiaba en el joven que una vez fue. Sonriente y dorado, él solía obsequiarla con miradas pícaras como siempre. La niña suspiraba en silencio; su amiga Sansa, sabía que un tiempo estuvo enamorada de él, y solía acompañarla a mirarlo cada vez que entrenaba con el arco, deporte en el que era tan asombrosamente diestro.
Lo recordaba así, con su pelo salvaje y oscuro y ese valor temerario. Solo necesitaba una pizca de eso para salir de las manos destructoras de Lord Ramsay. Había pensado ver Invernalia, el lugar en el que nació, como el castillo de ensueño de su infancia; en su lugar vio ruina, destrucción... todo tan falso como su identidad.
-Lady Arya –Dijo él con voz ronca. Acurrucada en las mantas, Jeyne Poole sintió el miedo clavándose en su ser. El día anterior, Lord Ramsay había dicho que tenía que intimar con uno de sus perros. Para algo has sido entrenada, puta, dijo. Pero aquella no era la voz de su esposo.
Levantó la frazada que la cubría. Allí, con los ojos marrones tan asustados como los de ella, Theon, no Hediondo, junto con seis mujeres desconocidas, la miraban. Intuyó que la salvarían, que todo su tormento quedaría olvidado.
Por ello se levantó y le pidió al hombre que no la dejara. Estaba roto, sí; estaba sucio, también. Pero para Jeyne Poole, Theon siempre sería un príncipe. Su príncipe.
