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Tratando de crecer

Rinoa

"Dos veces en la vida"

Muy lejos del orfanato, otra personalidad no tardaba en ser desenmascarada.

Rinoa miraba a su padre de reojo, mientras él saboreaba con la vista el andar de Gardelia al retirarse. La hija desvió la mirada cuando el padre volvió a enfocarla en ella.

-Ya que Cid murió, el Jardín de Balamb será notablemente más fácil de intimar para que Galbadia pueda convertirse en parte inversora. Quizás hasta me pidan ser director.- el hombre sonrió, orgulloso de sus logros y los de su nación. Entretanto, la joven movía la comida en su plato, sin verdadero apetito, o, mejor dicho, asqueada por la imagen que tenía delante.

Oyó el sonido de un líquido al ser servido y el de la cubertería al moverse, pero el diálogo parecía haber cesado finalmente.

-No soportaría más cháchara sobre lo genial que es ser él.- persiguiendo una arveja con su tenedor, Rinoa burlaba a Fury mentalmente. –Claro, porque el Capitán Ve-tú-a-saber me pidió a MÍ ser su lame-traseros oficial.-

Un sonoro golpe estalló sobre la mesa, haciendo temblar los utensilios y la losa. Rinoa alzó la vista al ceño fruncido al otro lado de la larga mesa, portando ella un gesto de gran sorpresa.

-¿La comida que te han servido no es suficientemente buena para ti?- preguntó retóricamente Fury, con un evidente enojo. La joven no pudo pensar una respuesta mejor, así que fue con la verdad.

-No tengo mucha hambre.- verdad a medias, claro.

-Rinoa…- comenzó el hombre, cerrando los párpados un momento para luego abrirlos con gran intensidad. –Debes dejar de ser tan malcriada.- antes de que la muchacha pudiera contestar o tirarle algo, él prosiguió con su monólogo. –Entiendo que, en parte, es culpa mía, ya que te consentí demasiado en ausencia de tu madre.- una mezcla de sentimientos se apoderó del pecho de la bruja, especialmente al notar el tono despectivo que imprimía cada palabra que se refiriera a su madre. –Ha llegado la hora de que hablemos claramente: eres una bruja, de acuerdo, pero también eres hija mía. Como tal, tienes obligaciones que tu "condición" ciertamente complican, así como también lo hace esa mala actitud que insistes en tomar.-

De repente, la habitación parecía dar vueltas alrededor de la joven. ¿Su "condición"? Hablaba de ser una bruja como si de una enfermedad contagiosa y virulenta se tratara. Ella estaba de acuerdo en que no sería la suya una vida sencilla, que tenía muchos demonios que combatir para prevenir situaciones como las que la Segunda Guerra de la Bruja había mostrado posibles; sin embargo, dentro de sí tal poder tenía el potencial de ser bueno y positivo, y capaz de ayudar a otros. Rinoa debía asirse a esto último, de otra forma no haría sino caer en una espiral de angustia y soledad.

Por demás, su padre insistía en ciertas responsabilidades que ella tenía por el simple hecho de ser su hija. Sabía que debía sonreír en las fiestas y actuar "como una damita" delante de los idiotas hipócritas con los que Fury se codeaba, pero no lograba concebir a qué más iba el sujeto.

-No entiendo a qué te refieres.- respondió templadamente, procurando no evidenciar el volcán a punto de estallar que ardía en su interior.

El General Caraway tomó una copa de vino que reposaba frente a él, la removió en su mano y apreció el color y la densidad del líquido contra el cristal, luego, finalmente, le dio un sentido trago.

-Claro que no entiendes.- dijo, casi para sí, añadiendo un insulto a la ofensa. –Nunca te has esforzado por conocer tu lugar.- le dirigió una ardiente mirada, de no haber estado tan lejos, ella podía haber captado la más mínima pizca de rencor en ellos. –No entiendes la vergüenza y la humillación que pasé por ti en incontables ocasiones. Eres rebelde, insumisa y un franco dolor de cabeza. De más está decir que nadie en El Círculo te consideraba material de matrimonio, especialmente al conocerse tus… andanzas con varios muchachos.- el desprecio de su voz y los dichos en sí, lograron que Rinoa se ruborizara intensamente, para su mayor humillación, no pudo evitar la mirada escrutiñadora del hombre frente a ella.

-Eso no…- comenzó con un hilo de voz. Quería decirle que no era así, que esas habladurías no eran más que mentiras malintencionadas y que, por sobre todas las cosas, no era su maldito problema si ella se había tirado a medio continente, pero fue interrumpida y no tuvo la fuerza de retrucarlo.

-Eso es algo con lo que tendrás que vivir.- sentenció. –Siendo el caso, y tendiendo la fama que tienes, tendrás que demostrar alguna otra virtud para concretar un matrimonio conveniente.-

-¿Matri…? ¿Qué quieres decir?- la joven sentía que estaba a punto de desmayarse, sus manos se apretaban en puños alrededor del extremo de su falda.

-Mi estimado amigo, el Almirante Mars Jaspers, a quien ya has conocido, ha aceptado tomarte por esposa. Él ha quedado viudo recientemente y es bastante mal visto que un hombre de semejante renombre esté soltero por demasiado tiempo…- limpió escuetamente los bordes de sus labios con una servilleta. –En fin, su única petición es…- movió la cabeza, como sopesando sus palabras. -… conocerte un poco y demás. Es sabido que su difunta esposa era una mujer de gran reputación e hija de una familia prestigiosa, y se espera que tú, Rinoa, sepas estar a la altura.- se puso de pie y la miró desde el otro lado de la mesa en una posición de superioridad. –Vendrá el sábado por el mediodía y se quedará el fin de semana completo. Cerca de la tarde, yo me retiraré con la excusa de atender otros asuntos, dejándoles la posibilidad de estar solos.- aquí pareció dudar un segundo, pero se recompuso tan rápido que la muchacha no supo si eso no había sido más que obra de sus sentidos aturdidos. –Lo cierto es que me retiraré por cuestiones de decoro, pues lo que tú debes hacer es seducirlo y convencerlo de que casarse contigo le ofrecerá todas las ventajas de una esposa joven, que, honestamente, sólo es una: sexo. Acuéstate con él, aprovecha esa carita de muñeca que sacaste de tu madre y engatúsalo, de otra forma...- la amenaza quedó pendiendo en el ambiente como un vapor denso y tóxico. –Haz todo lo que te pida, pues ese hombre es tu última oportunidad de hacer algo respetable con tu vida.-

Sin otra palabra o mirada, tocó la campanilla de servicio y Gardelia apareció al instante.

-¿Puedo ayudarlo, señor Caraway?- preguntó monótonamente.

-Rinoa se siente algo descompuesta, escóltala a su habitación, Gardelia.-

La mucama se acercó a la pelinegra, que logró ponerse de pie sólo por la firme mano de la otra, pues sus propias piernas fallaban en responderle. Acompañándola, pero sin apresurarla, llegaron hasta la puerta doble del amplio comedor, aquí, la joven bruja se resistió y giró, atontada como estaba, a encarar a su padre, quien ya le había dado la espalda.

-Oye.- dijo sin la más mínima cortesía. -¿Cómo es que tú no te has vuelto a casar? ¿No has dicho que es mal visto?- la respuesta le fue dada sin siquiera molestarse en mirarla.

-Tu madre fue mi segunda esposa. Ambas murieron en muy poco tiempo.- hubo un silencio. Más y más información nueva parecía aparecer esa noche. –Si es mal visto estar soltero, peor lo es que tu esposa se entregue a cualquier soldadesco raso con tal de fastidiarte. Gardelia, llévatela de una vez.- la orden fue acatada, esta vez en contra de la voluntad de la hija.

Ya en la habitación, la mucama ofreció ayuda para vestirla, prepararle un baño o quizás, algo de comer, pero Rinoa le pidió estar sola. Una discreta mirada de Gardelia dio a entender que todo cuanto se había dicho en el comedor, se había oído en la habitación de servicio, mas la joven se retiró sin emitir palabra alguna: no era su lugar.

Ya en soledad, la muchacha se desvistió y metió en la cama. Apenas pasaba del mediodía, y era atípico de ella estar en la cama a semejante hora, pero su cabeza daba vueltas por el inmenso caudal de información no deseada. Cada día que pasaba en esa gran mansión implicaba una revelación de un hecho repugnante o doloroso. Esta vez, había de ambos tipos.

-Aparentemente, no soy la única que lo odiaba.- ponderó, pensando en su madre.

Rinoa era muy consciente de que la relación entre sus progenitores no era la ideal, pero jamás se le ocurrió que fuera tan grave. Julia, claramente, aún estaba enamorada de Lagura Loire cuando se casó con Fury. Este último no se tomó ni la más mínima molestia en tratar de obtener el aprecio de la dolida cantante y esto devino en que el rencor creciera entre ambos. Él esperaba una esposa trofeo y ella, un amor que no volvería. Ambos estaban frustrados. De esa manera, lo único que hicieron fue buscar dañar al otro: él era despectivo e incluso violento; ella tenía amantes que él consideraba desventajosos (después de todo, entre la alcurnia se hace oídos sordos a los roces discretos entre gente de poder).

-Probablemente su matrimonio haya sido como el que él quiere imponerme a mí ahora.- su rostro se contorsionó en un gesto de repugnancia.

El mandato de su padre era claro: debía convencer al viejo de que debía casarse con ella, y para lograrlo… No podía ni pensarlo. Ya al bailar con él en aquella fiesta, el Almirante Mars Jaspers le había parecido un hombrecillo despreciable, la idea de verse obligada a estar atada a él por el resto de su vida era, cuando menos, intolerable. La idea de que pusiera sus inmundas manos en ella, era mucho peor. Lo más espantoso de todo era que todo ese mal devenía de su propio padre.

Su padre, acatando cada palabra de El Círculo. Rinoa entornó sus ojos obscuros, sintiendo su cuerpo y mente agotados, pero incapaces de descansar o de detener las imágenes que se formaban ante sí.

El Círculo era, ni más ni menos, que ese reducido grupo de personas que manejaban Galbadia en toda su extensión. De ellos provenían los candidatos políticos, el dinero de los sueldos y las armas que nutrían la guerra.

-Ellos son quienes ordenaron el ataque a Timber.- recordó las palabras de Zone y Watts, varios años atrás, cuando aún era una niña y todavía era… una simple humana. –Y no una Bruja.- lágrimas silenciosas cayeron por los bordes de sus ojos almendrados.

En aquel tiempo, la muchacha había decidido que no había manera de contentar a su padre, que todo cuanto hiciera sería insuficiente. Más recientemente, y creyéndose sin salidas, decidió darle una segunda oportunidad a la tensa relación; después de todo, él había accedido a ayudarla y a sus amigos algunos meses atrás, arriesgando cuanto poseía en pos de un bien mayor: librar a su amada Galbadia de la influencia de una Bruja.

-Y, ahora, la Bruja soy yo. Su hija es quien representa la amenaza.- dio vueltas a la idea y, finalmente, se preguntó cuánto estaría Fury Caraway dispuesto a sacrificar por su propio beneficio o, quizás, el de su nación. Aparentemente, la sangre de su sangre era susceptible a ser ofrecida.