L. Caprichosa

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Sonriente agité mi mano enguantada, sintiendo la cara tirante por el frío. Estaba nevando suavemente, pero la temperatura estaba tan baja que tenía congelada hasta las pestañas. Mis mejillas estaban coloradas como manzanas y las puntas de mi cabello color magenta se asomaban por el lanudo gorro blanco que cubría la cabeza. Remus sonrió de vuelta e hizo un gesto moderado con la cabeza. Creo que mi entusiasmo le sobrecogió un poco entre medio de tanta gente que caminaba de un lado a otro, terminando de hacer las compras navideñas.

—¿Qué tal? ¿Tuviste una buena noche? ¿O Sirius se estuvo quejando todo el rato?

Remus soltó una breve carcajada. Iba vestido con una túnica menos raída y más abrigada de color tierra. Una bufanda azul abrigaba su demacrado cuello. Así como yo, tenía las mejillas coloradas por el frío, algo que le daba más vida a su usual rostro poco saludable.

—No, por suerte Molly tiene bastante control sobre él y, todos nosotros en realidad. Así que, poco después de que te fueras, dijo con una voz irrefutable que era mejor que todos nos fuéramos a descansar. Duermo en un cuarto de invitados, lejos de Sirius, así que no tengo que escucharlo rezongar muy seguido.

Lo miré con curiosidad mientras caminábamos por el Callejón Diagon, esquivando y chocando constantemente a los magos y brujas que pasaban por nuestro lado.

—La verdad es que quieres mucho a Sirius, ¿cierto? —pregunté, pensando en Margaret.

Asintió con lentitud, pero sin vacilar.

—Sirius es mi familia —resumió —. Primero éramos Peter, James, Sirius y yo, luego James, Sirius y yo… y ahora sólo quedamos los dos.

—Peter es ese cerdo que traicionó a los padres de Harry, y que mandó a Sirius a Azkaban, ¿no? —mascullé, teniendo miedo de tocar un tema indebido. Con Severus tenía que andarme con tanto cuidado, sobre todo cuando mencionaba a Harry o algo relacionado con él, que prefería no averiguar qué reacciones podía sacar el mismo tema en otras personas.

—Sí.

—¿Lo odias? Lo siento, pregunta estúpida, mejor dejamos el tema…

—No, tranquila —dijo con una amable sonrisa —. No sé si el sentimiento que tengo es odio, porque lo quise durante mucho tiempo. Fue mi amigo, ¿sabes? Amigo de todos. Pero tuve la oportunidad de matarlo, y quise hacerlo, y tal vez lo haría ahora si… ¿te estoy asustando?

—No. Sólo… sólo me recordaste a algo —dije, pensando en Severus —. Continúa.

Con Remus paseamos y hablamos durante largas horas. Me contó varias cosas de su pasado, sin entrar demasiado en detalles, pero me habló de muchos buenos momento, y otros malos, que vivió con sus amigos del colegio. Yo hablé de Kingsley y de Margaret, y cuando salió el nombre de mi amiga de mis labios, me di cuenta de cuánto la extrañaba y no pude evitar que mis ojos se llenaran automáticamente de lágrimas. Prácticamente desde que había dejado este mundo no lloraba por ella. A esa altura del día, ya eran la una de la tarde y estábamos comiendo en Ford&Fogg, un pequeño restaurant, mucho mejor que el Caldero Chorreante, pero algo más caro. Yo había insistido en ir allí, porque las ventanas estaban limpias y se podía ver nevar y el caminar de la gente alegre.

Avergonzada y asombrada de mi reacción me pasé los dedos por el borde de los ojos, queriendo ser disimulada, pero no lo logré. Remus me había extendido un pañuelo que no pude rechazar.

—Muchas gracias —dije por lo bajo. Luego me soné lo más discretamente que pude. El pañuelo estaba perfectamente doblado, muy limpio y con un leve olor a perfume, algo que me sorprendió un poco, dado que Remus casi siempre se veía descuidado, al menos en cuanto a ropa se refería —. No creo que quieras que te devuelva el pañuelo con mis fluidos nasales —dije algo gangosa —, así que lo guardaré en mi bolsillo.

—No hay problema, tengo varios. De hecho, ahora mismo tengo otro — sonrió tratando de animarme, pero también vi nostalgia en sus ojos. Él también echaba de menos a sus amigos.

Cuando dieron las dos de la tarde, despegamos los culos de las sillas y fuimos en búsqueda de regalos.

—Mira, no planeo comprar libros —dije con honestidad —, así que, ¿qué te parece si nos separamos por unos minutos, mientras buscas el regalo para Harry, y yo busco para mis padres? Encontrémonos en veinte minutos fuera de Gringotts.

—Me parece bien. Nos vemos.

Mientras Remus se iba a Flourish & Blotts, corrí hacia Madame Middleton's Market, sintiéndome algo tonta al darme cuenta que, en realidad, no iba a hacer nada malo. No iba a ser como si le fuera a comprar un anillo de compromiso a Severus. Así que me calmé y me di mi tiempo en elegir una botella de vino decente, para él y otra para mi padre. Ted prefería las cervezas, pero siempre disfrutaba la comida en compañía de una copa rellena con un sabroso vino. Sabía que el único gusto "refinado" de Severus era eso, así que invertí varios galeons en buscar uno que pudiera gustarle.

Minutos más tarde, y al ver que Remus no había llegado, corrí hacia la tienda de Elementos Mágicos, teniendo un pequeño ataque de pánico al darme cuenta que no había pensado en un presente para él, y dándome cuenta de cuántas ganas quería comprarle algo, sin que se diera cuenta. Un regalo de Navidad siempre tiene que ser sorpresa, si no, no tiene ningún sentido obsequiarlo a algo.

Había tantas cosas que poder elegir, pero muchas sobrepasaban mi presupuesto. Pude haberme regodeado mirando todas las cosas interesantes que había, pero recordé que Remus podía estar esperando, así que me decidí por comprarle la Almohada Dormilona, que tenía tela de no sé qué con plumas de no sé cuánto —no me di el tiempo de oír a la dependienta —, y pagué tres galeons por ella. Lo único que me había interesado, era que quien acomodara su cabeza sobre ella, tendría un sueño tranquilo y libre de pesadillas.

—¡Lo siento! ¿Me has esperado mucho rato? —pregunté agitada, deteniéndome frente a Remus quien estaba precisamente en el lugar donde habíamos acordado. Tenía un par de bolsas de papel en una mano.

—No, llegué hace unos minutos.

—¿Continuamos juntos ahora? —pregunté con una pequeña sonrisa, pensando en los regalos de mis padres.

—Por supuesto. Tenemos toda la tarde todavía —dijo como si tuviéramos un gran desafío que cumplir.

Remus me contó que Sirius le había dado algo de dinero para comprar los regalos. Pareció algo avergonzado, pero reconoció sin autocompasión que no podía darse el lujo de comprar libros demasiado caros.

—Me alcanza para vivir, no me quejo, pero, bueno, siempre podría ser mejor.

—Ni que me lo digas. Yo ahora puedo darme un poco más de lujos, pero ni sueñes que algún día me verás con un zorro en el cuello y diamantes en los dedos —abrí los ojos como platos —, tengo a una madre y a un padre que alimentar — y le narré la historia de la cesantía de mi padre y de las vacaciones que se dieron gastándose todo el dinero ahorrado que tenían —. Como ves, tengo que tres bocas que alimentar, aparte de la mía, y digo tres porque mi padre come por dos.

Sonrió con recato.

Terminé escogiendo un par de vestidos para mi madre, camisas para mi padre —se vestía tan mal como yo, pero la diferencia era que yo me veía bien —; adquirí una monada de maqueta de una Saeta de Fuego para Harry — no estaba muy segura si a los quince años los niños seguían jugando con juguetes —, juego de tintas multicolores para Ginny y Hermione, caramelo para Ron y para Sirius, un recetario para Molly, un reloj de bolsillo para Kingsley —siempre había sido su sueño tener uno, y hasta el momento jamás lo había hecho realidad —, una revista cómica para Arthur, un nuevo detector de enemigos para Ojoloco —seguro ya tenía alguno, pero nunca estaba demás otro para su colección paranoica — un par de mitones autotérmicos para cada uno de mis abuelos, y los papeles de regalos con los que los envolvería. Remus también compró regalos prácticamente para la misma cantidad de personas, agregando muchos dulces y un juego de mesa para Sirius, el último grito de los negocios.

Me di cuenta que, a diferencia de mí, no había comprado regalo para sus padres. Se me encogió en el estómago.

¿Estarán muertos? Y si le pregunto… ¿se molestará?

—¿Sucede algo? —preguntó anonadado al ver la expresión con la que lo observaba.

—No, no… nada —sonreí —. Ya son casi las siete. Tal vez sea hora de que vayamos a Grimmauld Place a dejar los regalos y a cenar.

—Sí, ya lo creo —asintió con fervor —, Sirius debe estar desesperado.

Había un ambiente muy alegre cuando llegamos a la casa de Sirius. Olía bien, como siempre, con una muy especial cena de víspera de Navidad de Molly.

—Hey, ¿para dónde vas? —preguntó Sirius, que estaba a mi lado, cuando me puse de pie repentinamente — Ya vamos a cenar.

—Sí, vuelvo pronto. Sólo quiero un cuarto vacío.

Arqueó las cejas.

—¿Un cuarto "vacío"? ¿Para qué lo necesitas? ¿Acaso irás con Remus?

Fruncí el ceño. El comentario me pareció extraño.

—No, sólo quiero envolver los regalos que están allí y no quiero que nadie los vea —señalé, apuntando un cúmulo de bolsas de papel en uno de los mesones.

—Ah, ya… pues ve —dijo en voz baja, y no pude notarlo algo decepcionado.

—Hombres… —farfullé.

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Muy contenta y con las manos aún llenas de bolsas —tenía que marcharme con la otra mitad de los regalos —, me despedí de todos a las diez de la noche, con la excusa de que tenía que ir donde mis abuelos, algo que no era una completa mentira.

Había dejado todo listo: un sencillo hechizo mantendría los regalos invisibles en los cuartos de sus respectivos futuros dueños y, cuando llegaran las cinco de la mañana, se acabaría el conjuro y se harían visibles, listos para ser abiertos apenas despertaran. Elegí esa hora porque era muy poco probable que alguien se despertara, a menos que fuera para ir al baño, y quien se despertara para ir al baño, lo haría muerto de sueño y rápidamente para volver a la cama.

Tomé un bus muggle para transportarme. La casa de mis abuelos no estaba muy lejos y no podía usar magia en un lugar completamente no-mágico, no cuando todas las casas estaban iluminadas con colores, había gente cantando villancicos y varios niños haciendo monos de nieve fuera de sus casas.

Hacia esa hora ya había dejado de nevar y el cielo se había despejado. Hacía aún más frío que durante el día, y la luna en cuarto creciente brillaba fría entre el manto infinito de estrellas. Había tantas luces de Navidad por todos lados, que poco se podía apreciar la belleza de la noche.

Pensé en Remus, y en que faltaban menos de dos semanas para luna llena. A él, sin duda, no debía parecerle nada bonito aquel espectáculo nocturno.

—¡Dora, querida! Adelante, pasa, con tu abuelo creímos que no vendrías… —dijo dulcemente mi abuela.

—¡Hola, hola! ¡Hola mamá, hola papá, hola abuelo! —saludé desde el umbral de la puerta, moviendo la mano alegremente. Los demás estaban sentados en la mesa comiendo postre. — Feliz Navidad —dije a mi abuela y la apreté en un abrazo —. La verdad es que vengo a dejar esto —le entregué las bolsas —. Espero que les guste. Ahora tengo que ir donde unos amigos, es decir, Sirius, el primo hermano de mi madre, me están esperando a cenar.

—Ah, vaya, qué lástima…

—Así que ha sido un gusto haberlos vistos. Estoy atrasada. ¡Los quiero! —dije, y salí corriendo calle abajo.

Corrí tres cuadras para encontrar un pasaje poco iluminado y perfecto para desaparecer. Había un gato rumiando dentro de un contenedor de basura. Supongo que salió disparado cuando oyó el estampido de mi desaparición.

Ansiosa me fui a duchar. A pesar del frío, había transpirado mucho por tanta caminata. No iba a hacer nada especial, sólo me limitaría a ponerme ropa limpia. Nada de arreglos coquetos: Severus me había conocido con el peor de mis estilos, así que no tenía que por qué comenzar a preocuparme ahora.

Me senté en el borde de la cama y me puse a ojear unas revistas Corazón de Bruja que tenía guardadas, mientras pensaba en con qué nivel de entusiasmo y cariño lo saludaría. Tal vez podría abrir el vino que tenía para él, brindaríamos, conversaríamos, o yo le conversaría a él por lo menos, luego…

Un escalofrío recorrió mi cuerpo al pensar en Severus tocando mi piel.

Dieron las once y media y me entró el sueño, así que me acosté y decidí pegar una pestañeada. Si llegaba, seguro entraría por sus medios, o tocaría la ventana de mi cuarto. Estaba cansada, desde luego, había pasado desde la mañana hasta la tarde en búsqueda de regalos…

Pestañeé con dificultad ante la luz potente del sol que se filtraba por el visillo de la ventana. No había cerrado la cortina, pensando en que Severus asomaría su rostro por ahí en algún momento.

Me senté bruscamente y miré a mí alrededor. Nada había cambiado en mi cuarto. Todo estaba igual que la noche anterior, y evidentemente no había rastro de la presencia de Severus. Me levanté y salí de mi cuarto, buscando decepcionada en los rincones de la casa, sabiendo que no tendría éxito. Severus no había venido. Un vacío llenó mi corazón y, con paso lento, me acerqué al pequeño árbol de Navidad que decoraba nuestra sala, en donde se podía apreciar una considerable montaña de regalos. Sonreí levemente.

—No importa—farfullé —, sé que estás ocupado.

Un poco más animada, me agaché y comencé a abrir mis obsequios: un perfume de parte de Ginny, una libreta de Hermione, una caja de dulces de Ron, más dulces de parte de Harry… Ropa de parte de mis abuelos y mis padres (nada realmente original y fuera de lo común), una caja mágica de seguridad de parte de Sirius y…

Cuando llegué al último paquete, supe de inmediato que no era de Severus, y me sentí peor que en el principio. Creí que se había dado el tiempo de enviarme algo.

No aspiraba a algo grande o lujoso, con una tarjeta me hubiera conformado.

Miré con desprecio el nombre del último remitente, creyendo que me enfurecería porque no era de Severus, sin embargo, se me ablandó el corazón.

"Remus".

Un disco con los cincuenta mejores éxitos de Las Brujas de Macbeth, con un libro de fotografía e información de los integrantes y las letras de las canciones venía envuelto en aquel papel dorado con encintado rojo. Lo desenvolví con cariño y luego lo guardé en mi repisa con mucho cuidado. El resto de los regalos, de forma muy malagradecida, los dejé dentro del armario sin delicadeza.

Miré con recelo la botella de vino que había comprado a Severus. En un segundo, planeé beberlo y emborracharme, echarlo por el desagüe y utilizarlo para prender fuego a cartas de amor inexistentes. Finalmente, lo dejé en el centro de la mesa, para que mis padres pudieran disfrutarlo. Ted ya tenía una botella, pero jamás estaba demás.

Y, cuando menos me lo esperaba, alguien golpeó la puerta. Por segunda vez tuve falsas esperanzas. Se me cayó el rostro en el momento en que abrí la puerta de un tirón y me di cuenta que era Albus Dumbledore.

—Buenos días, Tonks —saludó afablemente y con un toque de diversión, como si algo le pareciera gracioso. Seguro era mi cabello, que había quedado como un pajar al haberme dormido con el pelo húmedo —. ¿Esperabas a alguien?

—Hola, director —saludé devolviéndole una sonrisa que seguro no le convenció —. Adelante, no esperaba a nadie —dije, procurando ocultar mi desgano, pero el director siempre era demasiado astuto para tragarse mi, de todos modos, pésima actuación.

—Decidí hacerte una visita, para desearte una Feliz Navidad, pero te imaginarás que no es solamente eso. Lejos quedaron los días en que uno visitaba a un amigo para desearle bien sin tener algún interés en medio.

—Usted lo ha dicho, pero también le deseo una Feliz Navidad. ¿Alguna actividad para la Orden?

—No es más de lo mismo, sin Arthur, y sin Kingsley (he sabido que está con su familia), hemos descuidado mucho la vigilancia, especialmente ayer, momento en que se realizó una reunión de Mortífagos. Si es posible, necesito que estés ahí hoy y mañana.

De pronto eso captó mi atención.

—¿Ha sabido de algo? ¿Algún problema?

—Nada de que debamos preocuparnos por ahora. Recurro a ti porque sé que eres buena en lo que haces, además de haber sido capacitada por Alastor, uno de los mejores Aurors que he conocido.

—Gracias, Albus — dije con sinceridad, sintiéndome un poco mejor. Por lo menos sabía que él valoraba mi empeño y que Severus estaba bien. Aunque no le iba perdonar tan fácil no aparecer. Pudo haber avisado de algún modo.

—Eso es todo. Ahora tengo que seguir haciendo algunas visitas. En una semana debo volver a Hogwarts y ya no será tan sencillo buscar espacios para escabullirme.

—¡Hasta pronto!

Esa noche no supe si Severus fue a verme a la casa, porque tuve que pasarlo en los lúgubres y silenciosos pasillos del Ministerio. Pero tampoco lo vi al siguiente y pensé seriamente en ir a su casa en La Hilandera para lanzarle la botella de vino por la cabeza. Mis padres aún estaban donde mis abuelos y me sentí muy desesperanzada.

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—No le voy a escribir… no le voy a rogar. Esperaré pacientemente… sólo ha pasado un día desde Navidad, aún puede aparecer por su cuenta… —farfullé furibunda mientras me tallaba los ojos con fuerza.

—¿Interrumpo?

El corazón me dio un salto, no sé si por el susto o de alegría. Eran las doce del día, hacía mucho frío en mi oficina, estaba con sueño por haber pasado la noche casi en vela y el estómago me rugía sin cesar.

Remus había aparecido en mi oficina. Iba muy abrigado y con sombrero, supongo que para pasar desapercibido, pero dudé en que lo necesitara: él no tenía ningún ojo gigante que ocultar.

—¡Hola! ¿Qué haces aquí?

—Dumbledore me informó que habías hecho guardia, se lo comenté a Molly y se compadeció de ti por estar relevando a Arthur, así que me ha enviado con esto —dijo entrando y señalando una bolsa —. Tu almuerzo. Y yo así aprovechamos, ambos, de agradecerte por el regalo que nos diste.

—¡Ah! No fue nada, yo debería decir lo mismo por lo que me obsequiaste. ¿Probaste la almohada?

—Sí, y debo decir que funciona. Muchas gracias.

—Yo debería ser la que da las gracias, sé que es algo riesgoso para ti aparecer aquí, aunque en realidad no comprendo muy bien —comenté exasperada —. Nadie tiene idea de lo bueno que eres —sonrió a medias —. Bien, ¿y qué hay de comer?

—Algo del recetario que le diste. Aún no pruebo nada, ahora me iré a almorzar con ellos.

—No sabes cuánto te agradezco que hayas hecho esto. Comenzaría a comer ahora mismo pero me temo que no querrás verme comer con real apetito.

—No hay de qué. Entonces, te dejaré. Veo que también tienes mucho trabajo. Hasta pronto.

—¡Adiós!

Esa tarde mi humor mejoró un poco. La comida había resultado estar deliciosa.