Cincuenta y uno: Misterios al descubierto.
Una solitaria lechuza sobrevolaba aquella vieja cabaña en las profundidades de la Selva Negra, región alemana cuya principal actividad económica es la explotación forestal. La cabaña, situada en una zona baja poblada de robles y hayas, tenía en la parte posterior había un alto cercado que protegía de las miradas curiosas un pequeño manantial de aguas minerales, que por lo visto, alguien usaba de balneario. Precisamente la persona que habitaba la cabaña, una mujer morena y atractiva, estaba dentro del manantial con la melena oscura recogida en lo alto de su cabeza y disfrutando de los beneficios del agua cuando mirando al cielo descubrió a la lechuza. Por la manera en la que daba vueltas en círculos por encima del lugar, era evidente que buscaba algo… o a alguien.
La mujer, con un gesto lánguido, estiró una mano fuera del manantial y tomó una varita de madera pulida que descansaba cerca. Acto seguido, apuntó con dicha varita al cielo, justo a la lechuza, y frunció el ceño en actitud concentrada.
De la varita surgió un débil rayo de chispas azules, el cual se elevó a gran velocidad y fue a dar al ave, que de inmediato dejó de dar vueltas y suavemente descendió en picada hacia la mujer, quien arqueó una ceja con sorpresa. Cuando la lechuza se posó en una roca cercana, estiró una pata hacia ella, mostrándole un rollo de pergamino fuertemente atado a ella. La mujer lo desató y en cuanto lo tuvo en las manos, el ave se echó a volar.
La mujer, sin ninguna prisa, estiró el pergamino por completo y se encontró con una carta escrita con letra clara, pero obviamente infantil. La leyó por completo, poniéndose más seria a cada línea, hasta que vio la firma. Eso, para ella, fue la gota que derramó el vaso, pues la hizo dejar la carta a orillas del manantial, abandonarlo con presteza y con una sacudida de varita, vestirse con una túnica azul marino con capucha. Se puso la capucha, sacó un lazo de seda color negro de un bolsillo y se lo ató al cuello con un elegante movimiento, formando un moño con él. Sus marrones ojos escudriñaron su entorno, antes de hacer un floreado movimiento de varita por encima de su cabeza. Al instante, tanto la cabaña como el manantial emitieron un destello breve, luego del cual ella salió de allí. Repitió el movimiento floreado de varita, hubo otro destello y la cabaña y el manantial desaparecieron de su vista.
—Llegó la hora —musitó con una voz entre dulce y decidida.
Acto seguido, cualquier rastro de alguien allí desapareció por completo.
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Los nueve campeones del Torneo de las Tres Partes se reunieron lo más pronto posible a orillas del lago, por órdenes del señor Wood, que los mandó buscar desde las seis de la tarde. Para las siete, el jefe del Departamento de Deportes y Juegos Mágicos, su asistente y la mujer rubia que acompañara al señor Sackville en la segunda prueba miraban a cada segundo sus relojes, impacientes. Los tres soltaron leves suspiros de alivio al ver aparecer por fin a Richelieu, que era la única campeona que faltaba.
—Disculpen el guetraso, pog favog —la joven de Beauxbatons al menos tuvo la decencia de pedir perdón, dado que todos la veían con evidente impaciencia.
—Ya que nos encontramos todos aquí, entraremos en materia… —comenzó el señor Wood, pero una persona se aclaró la garganta ruidosamente, interrumpiéndolo. Era la mujer rubia, que lo veía con cierta ofensa —¿Sí, señora Fisher?
Dean observó a aquella mujer y por fin pudo relacionarla con un rostro conocido del colegio… y de su casa. Ella debía ser la madre de April, pues tenían el mismo cabello rubio y el mismo porte de creerse parte de la realeza mágica (cosa que sabía que no existía). Viéndola, comprendía porqué a su padre no le agradaba esa mujer en absoluto.
—¡Ah, sí! Disculpen al señor Sackville por no venir, pero tiene viruela —dijo el señor Wood con la agilidad del guardián de quidditch que había sido, haciendo que la señora Fisher lo mirara con el entrecejo fruncido —Ahora sí, pasemos a los hechos. Espero que no les importe que hagamos otro pequeño sorteo.
William avanzó entonces con una bolsa de terciopelo azul en la mano que combinaba extrañamente con sus ojos. Los campeones miraron recelosos la bolsa.
—Y si no es molestia¿podría decirnos para qué es el sorteo? —se atrevió a preguntar Catherine Bruce, entre seria y dudosa.
—¡Ah, con gusto! —el señor Wood sonrió con ganas, mientras la señora Fisher hacía una mueca —Es para el orden en que se lanzarán al lago.
—¡¿Qué?!
La exclamación fue general y hecha en los más diversos idiomas. En el caso de Dean y Catherine, el inglés no desapareció, pero los demás campeones olvidaron de pronto dónde estaban: Ton soltó un grito en español, Paulo hizo un gesto raro al soltar una frase en portugués, Sakura habló en japonés con expresión confusa, Yue Lin arqueó las cejas al hablar en un mandarín escéptico, Salomón apenas dejó escuchar una palabra en árabe (fue el primer idioma que se le vino a la mente de los tres que dominaba), Sam se acordó del rumano que sus padres le enseñaron y Richelieu parloteó en un francés entrecortado. Solamente callaron al oír que William hacía varios intentos por contener la risa, desviando los ojos hacia Richelieu. La joven, sin darse cuenta, había soltado los peores insultos de su idioma sin acordarse apenas que William sabía esa lengua.
—Oye, William¿qué tanto dice, eh? —se atrevió a preguntarle Sam en voz baja.
—Lo siento, no es apto para niños —William le sonrió agradecido, pues notó que el pelirrojo lo llamó por su nombre, y controló su risa.
—Quiten esas caras, no es exactamente lo que ustedes creen —intentó tranquilizarlos el señor Wood, pero por las caras de los campeones, no lo lograba —Es algo relacionado con la tercera prueba, que se llevará a cabo en este magnífico escenario.
Al decir las últimas palabras, señaló el lago, que aquellos días no lucía tan oscuro como en invierno, pero un poco más agitado que en meses anteriores. Era como una versión pequeña de un mar a punto de ser arrasado por una tormenta.
—Eso es interesante —comentó Salomón con un sarcasmo que sorprendió a todos los presentes —¿Y se puede preguntar qué tendremos qué hacer?
—Por supuesto, señor Sahel —la señora Fisher aprovechó que el señor Wood estaba revisando el contenido de la bolsa de terciopelo que tenía William para tomar parte en aquella conversación —Esta vez se les dirá claramente lo que van a enfrentar.
Los nueve campeones intercambiaron miradas de alivio mutuo. Estaban compitiendo entre sí, pero resultaba reconfortante que por una vez, lo hicieran en condiciones iguales. Al menos parcialmente.
—Sí, todo en orden —se oyó decir al señor Wood al segundo siguiente viendo a los ojos a su asistente —Jóvenes, lo que deberán hacer es simple, pero para empezar a explicárselos, primero debe realizarse el sorteo.
Los campeones asintieron y pacientemente, metieron a la vez la mano a la bolsa de terciopelo azul que William sostenía, ya que era lo suficientemente grande para hacerlo. Al sacarla, se encontraron con que cada quien sostenía una cinta de raso, cada una de un color diferente, y se preguntaron para qué sería eso.
—Ése, queridos jóvenes, es el color que les ayudará a superar la prueba —comenzó el señor Wood —Como seguro ya deben saber, en este lago habita un calamar gigante y…
—¿Qué? —se sobresaltó Richelieu.
Sakura no pudo evitar soltar una sutilísima risa.
—… Y ese calamar, por lo general, es muy amistoso. Sin embargo, en esta prueba se verán precisados a molestarlo por lo siguiente:
»En cada uno de sus tentáculos, el calamar gigante tendrá atada una brújula mágica con una cinta idéntica a la que sostiene cada uno en sus manos. Lo que deberán hacer el día de la prueba, que es exactamente en un mes, es buscar la forma de sobrevivir bajo el agua el tiempo suficiente como para quitarle al calamar la brújula, seguir ésta hasta el sitio correcto y salir con vida.
—¿Y cuál es ese "sitio correcto"? —se interesó Yue Lin.
—El sitio donde reposará la copa de las Tres Partes —respondió la señora Fisher con frialdad. Los campeones tomaron eso como un mal presagio —El campeón o campeona que la consiga le dará la victoria a su escuela, a su Parte y por supuesto, a sí mismo.
Eso hizo que los jóvenes concursantes mostraran leves expresiones de anhelo, además que los hizo imaginarse cada uno alzando la copa en son de triunfo. Pero a la vez, los hizo conscientes del riesgo que enfrentarían: el calamar gigante y todo aquel ser que se les atravesara en el camino. Eso les produjo cierta tensión.
—Y campeones, les avisamos que vayan escribiendo a casa —soltó el señor Wood de improviso, para disipar los gestos de preocupación que habían surgido —Sus familias están invitadas a ver la prueba, así que tienen suficiente tiempo para avisarles.
—Perdone, pero si la prueba será en lo profundo del lago¿cómo van a vernos? —quiso saber Paulo.
—Esa, señor Sabedoria, es una sorpresa para ustedes —les dijo sin más el señor Wood, que a pesar de tener fama de estricto en materia de deportes y competencias, parecía disfrutar el torneo de manera especial —Verán que será algo espectacular. Ahora, si no tienen más preguntas, les recomiendo no perder esa cinta —señaló las cintas de colores que cada campeón sostenía —y me despido. Buenas noches.
Como la mayor parte de los jardines ya estaban sumidos en penumbras, los miembros del Ministerio los atravesaron rumbo al pueblo con las varitas encendidas en alto, siendo imitados por los campeones poco después. Dean y Sam se fueron juntos, cuchicheando sin parar en tono preocupado pero a la vez emocionado, siendo imitados por Sakura y Yue Lin. Richelieu fue la que más se tardó en irse, pero fue porque se decidió a alcanzar a William cuando éste no había dado ni dos pasos tras su jefe.
—Monsieur Bluepool¿puedo hablag con usted un momento? —pidió.
William estaba a punto de ignorarla cuando el señor Wood lo detuvo con un gesto.
—Bluepool, quítesela de encima de una buena vez —rogó, entre amable y desesperado.
Y es que al señor Wood, desde que Norma Monroe publicara aquellos artículos sobre William, también le había tocado su ración de disgustos.
William, comprendiéndolo, asintió y se quedó rezagado. Un segundo después, Richelieu estuvo junto a él, mirándolo con resentimiento.
—¿Pogqué nunca me aclagó su guelación con Weasley y Longbottom? —espetó.
—No venía al caso —se limitó a decir William —Estoy aquí por trabajo, no por asuntos familiares. ¿Sabe? Hubiera preferido que en El Profeta hablaran de que favorezco a los primos de mi novia que a usted, creo que no me hubiera ido tan mal.
Richelieu siguió mirándolo con resentimiento, pero William captó algo más. Algo que creyó haber visto antes en cierta pelirroja a la que ahora estaba emparentado.
—No puedo creerlo —suspiró, totalmente desconcertado, pero a la vez enfadado —Lo que le molesta es que tenga novia¿verdad¡Vaya! Después de todo, Gina y Sunny tenían razón. Usted es una acosadora.
Eso sí que le llegó a Richelieu, sobre todo al recordar que su amigo Julien solía decirle al menos una vez al día desde que William se presentó como asistente del señor Wood que a ningún chico le gusta que lo acosen.
—¿Han hablado su hegmana y su novia de mí? —se extrañó.
—Mire, como es algo tan gracioso se lo voy a contar —para sorpresa de Richelieu, William se estaba aguantando la risa —Mi novia llevaba mucho tiempo de viaje y no se comunicaba con nadie, pero el día del Baile de Navidad me mandó una nota para citarme con urgencia y fui a verla…
¡Ah, por eso no se había quedado en el baile! Richelieu al fin tenía la respuesta a esa incógnita que le daba vueltas en la cabeza desde diciembre.
—… Hablamos esa noche, aclaramos los malentendidos y a la mañana siguiente, le pregunté por qué había decidido regresar tan de golpe. Resulta que mi hermana le escribió diciéndole que por favor volviera, que yo estaba muy preocupado por ella y que si no regresaba pronto, era capaz de rendirme ante la francesa loca que me perseguía —en ese punto, el rubio no pudo contener una carcajada, misma que fue escuchada por una Richelieu entre expectante y molesta —Sunny habla así de quien no le cae bien, no se ofenda —aclaró cuando pudo calmarse —En fin, Gina se preocupó y como tenía que hablar conmigo de todas formas, arregló sus asuntos y regresó a Gran Bretaña. Eso sí se lo agradezco —dijo de pronto —Si no me hubieran visto hablando con usted, mi novia nunca habría vuelto y yo ahora estaría muy triste y sin saber de ella, de Vince y de Brad…
—¿Quiénes? —soltó la campeona sin poder evitarlo.
—Mis hijos —William sonrió de manera enternecida —Son un encanto.
Richelieu supo entonces que la batalla estaba perdida. Y eso que ni siquiera había empezado en realidad. Suspiró, observó al joven con ojo crítico y al final, le extendió la diestra con diplomacia. William no entendió el gesto hasta que ella dijo.
—Lamento mucho los pgoblemas que le causé, monsieur Bluepool, no ega mi intención. Salude a su novia de mi pagte.
El muchacho asintió, le estrechó la mano y le dedicó una sonrisa de agradecimiento.
—Dígale eso a la Cobra Mayor —pidió sin mucha convicción.
—¿A quién? —se extrañó Richelieu.
Pero William no le contestó, sino que se limitó a despedirse y a dirigirse a la salida del colegio. Richelieu, por su parte, encendió su varita y fue hacia el carruaje de su escuela, pensando que tenía mal tino con los chicos: siempre solían gustarles los que, de cierta forma, no estaban libres.
—Algún día tendré suerte, supongo —susurró en francés con tono esperanzado.
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—¿Qué es eso, Hally?
La niña se sobresaltó al escuchar esa pregunta, ya que era tarde y la sala común de Gryffindor estaba vacía. Al voltearse, descubrió que quien le hablaba era Procyon, ya con la pijama puesta.
—¡Me asustaste! —se quejó, retirándole la vista —Es sólo una nota de mamá.
—Pues parece preocuparte —Procyon arrastró una silla hacia su amiga, para sentarse junto a ella —¿Qué dice?
—Me la envió en esa carta en la que vimos letras de otros colores —comenzó Hally, fijando su vista en un trozo de pergamino que por su aspecto, parecía que lo habían doblado y desdoblado muchas veces —Escribí aparte esas letras en el orden en que aparecían y esto salió —le tendió el trozo de pergamino a Procyon.
Éste lo tomó y a la luz de las velas, lo leyó en silencio: Anterior lechuza, falsa. Mentira, orden del Ministerio. Papá sigue en Basilea. Yo lo acompaño, no te preocupes. Mamá.
—¿Pero porqué el Ministerio le pidió eso? —se extrañó Procyon.
—No sé y eso me preocupa —Hally extendió la mano para que su amigo le devolviera el pergamino, el cual se guardó segundos después en su bolsillo —Digo, si le pidieron mentir, no podía negarse, pero no sé… —Hally frunció el ceño, tratando de pensar.
—Papá piensa que órdenes así son para ser desobedecidas —apuntó Procyon, en un intento por animar a Hally —Nada más mira: tus padres se las arreglaron para hacerte saber que eso no era cierto.
—Pero de todas formas no me quedo tranquila —admitió Hally —Eso significa que papá sigue mal y yo sin poder verlo. Aunque espero que pueda estar en casa para el verano.
Procyon le posó una mano en el hombro, en señal de apoyo.
—¿Sabes? Melvin cree que no debería preocuparme tanto —comentó de pronto Hally, esbozando una ligera sonrisa —Dice que seguramente papá vuelve pronto igual que como siempre. Después de todo, ha pasado por cosas peores.
A la mención de Corner, Procyon frunció el ceño, pero no dijo nada.
—Al menos Corner te hace sonreír —recordó.
Hally lo miró como si no entendiera lo que decía.
—¿De qué estás hablando? —le soltó —Ustedes también me hacen sonreír. No mucho, lo admito, pero lo hacen. Lo que pasa es que… —se quedó perdida en sus pensamientos un instante antes de encontrar las palabras adecuadas —Son cosas diferentes.
—¿Qué? —se interesó Procyon.
—Lo que me hacen sentir ustedes que lo que me hace sentir Melvin —explicó Hally, pensativa. Tan pensativa que no vio la leve tristeza que comenzaba a llenar los ojos de Procyon —Ustedes son mis amigos, saben exactamente qué esperar de mí, pero Melvin… Digamos que como aún no me conoce del todo, con él siempre hay sorpresas. A cada rato me encuentro confiándole cosas y él a mí me confía cosas… Es lindo pasar tiempo con él.
Definitivamente eso era más de lo que Procyon podía soportar. Lentamente, le retiró la mano del hombro a Hally y se puso de pie, emitiendo un bostezo muy elocuente.
—Disculpa por quitarte tu tiempo —Hally le sonrió, apenada —Ahora vámonos a dormir, que mañana será un día muy pesado.
Ella se fue a su dormitorio, pero Procyon se retrasó un poco. Cuando oyó cerrarse a lo lejos una puerta, le dio un puñetazo al respaldo acojinado de una butaca cercana, descargando ahí su frustración, para luego subir a acostarse. En el camino, pensó en algo que le daba vueltas en la mente desde hacía un tiempo, cuando leyó cierto tema en un libro de Transformaciones que le llamó poderosamente la atención, lo suficiente como para intentarlo él mismo. Sabía que a su edad era algo arriesgado, pero si comenzaba a investigar desde el siguiente curso, suponía que para cuando acabara el colegio podría tenerlo dominado.
O quizá antes, si se decidía a compartirlo con sus amigos.
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—¿Walter Poe?
En la última clase del viernes de los Slytherin's de segundo año, un prefecto de séptimo de Hufflepuff llegó y anunció que buscaba a Walter por orden de la profesora McGonagall. El niño, bastante intrigado, recogió sus cosas (puesto que casi era hora de salir) y despidiéndose con un gesto de sus amigos, siguió al prefecto. Tan ocupado estaba pensando porqué lo mandarían llamar que ni oyó el comentario despectivo que le lanzó el quinteto de tarados con venenosas intenciones.
—¡Seguro vas de regreso con los tuyos, sangre sucia!
Para Walter, era la primera vez que entraba al despacho de la directora, por lo que por un segundo, se dejó llevar y contempló los retratos de los antiguos directores y directoras con ligero interés. Justo estaba por distinguir el retrato tras el escritorio de la directora, enmarcado en oro y que representaba a un mago de larga barba blanca, cuando una voz lo sacó de su ensimismamiento.
—Buenas tardes, señor Poe.
El chico dio un respingo y notó que tras el escritorio, estaba sentada la directora. Frente a ella, dándole a él la espalda, había una figura delgada vestida con una túnica oscura y con la capucha puesta.
—Buenas tardes, profesora —saludó Walter, un tanto tímido —¿Quería verme?
—En realidad, me han solicitado permiso para hablar con usted —la directora señaló a la persona sentada frente a ella —Estos permisos suelen concedérseles a los familiares de los alumnos¿lo sabía, señor Poe?
—No, profesora —Walter negó con la cabeza, sin comprender —Pero es que mi familia es muggle y ellos no…
—Por lo visto, no la conoce —le dijo la profesora McGonagall a la persona que estaba sentada frente a ella.
Dicha persona se levantó, dando media vuelta para quedar de cara a Walter. Él no le vio el rostro por la capucha, pero por la figura, pudo darse cuenta que era una mujer.
—Los ruiseñores siguen vivos —dijo una voz entre seria y dulce desde el interior de la capucha —Pero creí que serían rojos. Ahora el último es verde.
Walter frunció el entrecejo ante semejante frase¿pues quién era esa tipa¿La conocía de alguna parte? Sin embargo, algo en aquella voz se le hizo familiar, aunque estaba seguro de no haberla oído nunca.
—Disculpe¿la conozco? —se decidió a preguntar.
—Yo debería preguntar eso, Kane —comentó la mujer con cierto tono divertido en la voz, un tono que no ocultaba un dejo de tristeza —Tú me escribiste.
Walter se quedó helado al oír eso, aunque lo curioso fue que su cerebro pareció captar únicamente su segundo nombre. Ya sabía porqué la voz le sonaba familiar, solamente una persona en el mundo lo había llamarlo Kane…
—Mamá… —musitó, con las ideas confundidas.
—No, no me confundas —pidió la mujer, quitándose la capucha —Aunque muchos lo hacían con sólo vernos. Kelly fue mucho mejor que yo.
Y por primera vez en su vida, Walter Kane Poe tuvo frente a sí a la hermana gemela de su madre, Katrina Themis Turner.
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Hablaron por horas, sintiendo que ambos debían recuperar el tiempo perdido. Uno contó su vida con cierta melancolía y la otra, como si rogara perdón. Pero los dos con la increíble sensación de que habían encontrado algo que siempre les había faltado.
—Me alegra tanto poder verte —aseguró Katrina al contemplar a Walter, que a fin de cuentas, venía a ser su sobrino —El trabajo no me ha dejado, pero…
—Sí, ahora vas a salir con la excusa de papá —soltó Walter de mal humor, sin poder evitarlo —Que tienes mucho qué hacer, que las personas dependen de ti… ¿Pues en qué trabajas, de agente secreta?
—De hecho, soy aurora. Igual que lo era Kelly.
A Walter la información lo tomó por sorpresa. No era para menos, su padre rara vez mencionaba a su madre. Y cuando lo hacía, solía ser de manera alegre, como si con eso pretendiera borrar un poco su dolor.
—Si no he estado en contacto con nadie fue por irme al extranjero, a una misión.
—¿Y qué clase de misión es ésa? —se interesó Walter.
Katrina se encogió de hombros, sin darle importancia, pero evidentemente era para no tener qué contestarle.
—Es algo peligroso¿verdad? —supuso Walter.
—Oye, sí que te pareces a Kelly —soltó de repente Katrina —Con una mirada, sabes mucho de lo que pasa. Recuerdo que eso nos ayudaba a las dos en Astronomía.
—¿Le gustaba la Astronomía a mamá? —se sorprendió Walter.
—Sí, era nuestra mejor materia. Bueno, ésa y Defensa Contra las Artes Oscuras. Pero no vine a hablarte de eso… —cortó de pronto la mujer, adoptando una expresión seria, triste, pero también fría —Necesito tu ayuda.
—¿Mi ayuda? —Walter abrió los ojos con exceso —¿Para qué?
—Aquí hay alguien a quien necesito proteger —explicó Katrina sin querer ahondar en detalles —¿Conoces a Paula Hagen?
—Por supuesto que la conozco —Walter frunció el ceño —Es una de mis amigas¿pero porqué…? —de pronto, se quedó callado. Recordó lo que la Ravenclaw les había contado sobre su aventura en Viena —¿Tiene que ver con Hugo Hagen?
—¿Qué sabes tú de Hugo Hagen? —inquirió Katrina a su vez.
—Solamente lo que nos contó Paula: que Hugo Hagen es su tío, que quiere matar a su padre y… algunas cosas que le sucedieron el verano pasado.
—Sí, de eso estoy al tanto. Hugo me lo contó… —Katrina se sumió en sus reflexiones para luego continuar —De pura casualidad¿tu amiga es hija única?
—Sí, lo es —Walter se quedó más confundido que antes. Había captado la naturalidad con que Katrina llamaba al Terror Rubio por su nombre y no le agradó —¿Porqué?
—No, nada, curiosidad —Katrina hizo un gesto de indiferencia —Una cosa sí te digo, Walter: hay gente de Hugo en Hogwarts. Él quiere muerto a Karl y…
—¿Quién es Karl?
—El padre de tu amiga. Como te decía, Hugo quiere muerto a Karl y para eso, no va a tentarse el corazón.
—¿Y para qué quiere muerto al señor Hagen? Yo no entiendo nada —refunfuñó el niño.
—Ni tienes porqué entender, eres un niño al que ni siquiera debería estar metiendo en esto —Katrina suspiró y se llevó una mano al cuello, acariciando el lazo negro que lucía —Lo hice con Kelly y mira cómo acabó.
—¿Qué tiene qué ver mamá con esto?
Walter sonó extrañado, pero también un tanto enfadado. ¿Porqué de pronto su vida se volvía tan complicada? Sí, sabía que su madre había muerto cuando él nació, pero por lo visto, no había escuchado toda la historia.
—Nosotras… nuestra primera misión como auroras encubiertas fue ir tras Hugo. No puedo contártelo todo ahora, pondría en riesgo mi empleo, pero por una confusión… Por un error mío, Hugo creyó que la que él conocía como Turner era Kelly, no yo, y por enfado fue tras ella. Atacó la casa de Anthony, arrasó con todo, y a pesar de ser una excelente aurora, Kelly no pudo defenderse. Acabó moribunda en San Mungo. Sólo tuvo tiempo de verte nacer y llamarte Kane, el mismo nombre que a ella y a mí tanto nos gustaba, porque empezaba con la misma letra que los nuestros. Y eso me hace sentir tan culpable…
Walter la miró con una mezcla de incredulidad y compasión. Veía plenamente que de cierta forma, Katrina era responsable de la muerte de su madre, de que él nunca la hubiera conocido, pero a la vez no podía evitar pensar que sin saber toda la historia, no podía ser duro con ella. Si Katrina juraba que todo fue un malentendido, una confusión desafortunada¿porqué habría de ser de otra manera? Pensó en su padre y concluyó que él sí debía saberse la historia, dado que para él el dolor parecía mucho más intenso, más difícil de sobrellevar… Y aún así lo había criado de forma que no extrañara a su madre, recordándola siempre con una sonrisa. Eso era digno de admirarse.
—Recuerdo que cuando estábamos en San Mungo, el sanador nos dijo que por Kelly ya no podía hacerse nada, lo único que se podía era salvar al bebé —divagó Katrina, sin querer captando la atención de Walter —Anthony estaba allí y dijo que se hiciera lo necesario para salvar al bebé, y yo me enfadé con él. No podía creer que prefiriera a su hijo que a Kelly. Pero entonces me dijo que era Kelly quien prefería al bebé que a ella misma. Resulta que le había dicho que si le pasaba algo por su trabajo, que él hiciera lo que fuera, pero que su hijo tenía qué nacer. Y tenía que llamarse Kane —Katrina posó los ojos en la amplia ventana que daba a los jardines, esbozando una sonrisa —Como siempre, le gustaban los retos. ¡Teníamos ambas que ser Gryffindor's…!
—¿Ustedes fueron a Gryffindor? —se asombró Walter.
—Oh, sí. Nuestros padres también fuero allí, aunque en el caso de papá, los abuelos se decepcionaron bastante. Verás, los Turner casi siempre quedaban en Slytherin.
—Yo estoy ahí ahora —confesó Walter.
—Sí, los ruiseñores volvieron al nido —musitó Katrina —O eso diría el abuelo Turner.
—¿Porqué esa fijación con los ruiseñores?
—Porque están en el antiguo escudo de los Turner.
Walter asintió.
—Bueno, tengo qué irme —Katrina se puso de pie —Antes de volver a mi otra vida, tengo que pasar a Londres. Voy a saludar a Anthony y… a visitar el cementerio.
—¿Vas a ver a mamá? —inquirió Walter.
—No, no voy a ese cementerio —aclaró Katrina con una vaga sonrisa —Voy a visitar a otros amigos. Y luego… luego ya veremos.
Acto seguido, se inclinó, le dio un beso en la frente a Walter y se retiró. Walter, sin saber qué hacer, decidió que era momento de irse, así que salió del despacho, bajó la escalera giratoria y al otro lado de la gárgola se encontró con la profesora McGonagall, que volvía. La directora se había retirado de su despacho con la excusa de consultar algo con el jefe de una de las casas.
—¿Se retiró su tía, señor Poe? —preguntó la profesora.
Walter asintió, sintiendo un poco extraño considerar a Katrina como su tía, siendo que hasta hacía un par de horas ni siquiera sabía que existía.
—Muy bien, vaya a cenar —ordenó la directora con su acostumbrada voz severa.
Él obedeció y en el camino al Gran Comedor, se preguntó qué tanto influiría Katrina Turner en su vida de ahora en adelante.
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Rebecca Copperfield estaba agotada luego de una larga tarde de clases en la Escuela de Sanación. Como no tenía ganas de cocinar, llegó a su departamento con algunas bolsas llenas de comida rápida, esperando que a Benny no le molestara. El niño solía ser un poco quisquilloso con la comida cuando no la preparaba su hermana mayor, sobre todo desde que había caído enfermo.
Benny… Rebecca siempre lo llevaba en la mente cuando creía desfallecer, diciéndose que tenía que seguir trabajando por él. Alan y Agatha ya no la necesitaban tanto, ahora estaban en Hogwarts y si por alguna desafortunada razón no podían seguir pagando sus cosas, el colegio se encargaría de ayudarles. Pero a Benny le faltaban aún dos años para ir a Hogwarts y mientras tanto, Rebecca se encargaba de su educación muggle, cosa que a sus tíos les había caído de maravilla.
Todavía recordaba cómo fue aquella tarde de verano del año pasado, cuando regresó a casa de sus tíos luego terminado su séptimo curso y a la hora de la cena, luego de mentalizarse a conciencia para ello, soltó con la mayor naturalidad del mundo que ella y sus hermanos iban a mudarse. Para sus primos, fue un sueño hecho realidad, ya no tendrían que aguantar a la "banda de fenómenos", como llamaban a los cuatro hermanos magos. Para sus tíos, fue un duro golpe, pero no de la manera que Rebecca esperaba.
—¿Y se puede saber dónde van a vivir? —inquirió despectivamente tía Stella.
Era una mujer delgada y de aspecto frágil y sereno, pero nada más el aspecto. En realidad, Rebecca pocas veces había conocido a una mujer tan enérgica.
—El padre de un amigo me ofreció trabajo en el callejón Celta… —comenzó a explicar Rebecca sin darle mucha importancia.
—¿El qué? —soltó con poca educación el primo Ted, de quince años.
—Es como el callejón Diagon, pero en Irlanda del Norte —aclaró Rebecca, ignorando muecas de confusión de sus primos y olvidando que ellos nunca habían estado en el callejón Diagon —Así que mis hermanos y yo viviremos en Belfast la mayor parte del verano. Mi jefe tiene un pequeño departamento allí que podemos usar.
—Un segundo —intervino de nuevo tía Stella —¿Cómo es posible que te vayas así como así¿Y estás segura que tu jefe aceptarás que te vayas con todo y éstos?
Señaló a Alan y Agatha, que no paraban de mirar a sus primos emitiendo burlonas risitas, y a Benny, que seguía pálido y lento de reflejos desde que salió del hospital.
—Claro, eso ya lo discutimos —Rebecca siguió explicando todo con naturalidad, aunque interiormente la puso nerviosa que su tía hiciera tantas preguntas —Además, aquí en Londres ya encontré departamento para cuando entre a la Escuela de Sanación…
—¿A la escuela de qué? —esta vez quien habló con descortesía fue el primo Gerard, de diecinueve años —Eso no existe.
—En tu mundo, no —reconoció Rebecca, dedicándole una sonrisa malhumorada —Para el caso, decía que ya encontré departamento para cuando termine el trabajo de verano. Allí viviremos muy cómodos, me lo consiguió el padre del novio de una amiga y…
—Por lo visto, no puedes conseguir nada sola —apuntó con sorna la prima Chelsea, de veinte años, haciendo una mueca retorcida y desagradable.
—¡No es cierto! —exclamó de repente Alan con furia, levantándose de golpe —Becky se esfuerza mucho. Y es muy inteligente.
—Al menos no tuvo que presentar exámenes extraordinarios de cinco materias para poder seguir en la escuela —ese certero y mordaz comentario se lo dirigió Agatha al primo Ted, quien la miró con rencor.
—Y no tuvo que repetir dos veces el examen de admisión a la universidad —agregó inesperadamente Benny, dejando a un lado su cuchara, para recibir valientemente las miradas del primo Gerard.
—Por no mencionar que su conducta fue impecable, no como "alguien" que conocemos que casi la expulsan de la escuela —con esa frase, Alan se ganó a pulso un gesto agresivo de parte de la prima Chelsea.
—¡Suficiente! —gritó tía Stella, con el rostro rojo —No me parece que éstos se vayan contigo —volvió a señalar con cierto desprecio a Alan, Agatha y Benny, con la vista fija en Rebecca, quien la veía a su vez con desconcierto —No te van a dejar trabajar.
Rebecca estaba a punto de replicar, pero entonces se oyó la puerta principal de la casa y unos minutos después, tío Jake hizo su aparición en el comedor.
—Jake¿puedes creer lo que ésta me dijo? —tía Stella indicó con una mano a Rebecca.
—No sé¿qué? —tío Jake se sentó a la mesa al tiempo que la prima Chelsea le servía.
—Piensa irse a trabajar a Belfast con todo y sus hermanos.
Tío Jake fijó los ojos en Rebecca, quien entonces terminaba su cena, para luego decir con la voz seria y fría.
—Se irá solamente si la dejamos, Stella. ¿Se te olvida que aún no es mayor de edad?
Mientras Ted, Gerard y Chelsea sonreían con cruel triunfo y la tía Stella hacía una mueca de alivio, Alan observó que su hermana mayor esbozaba una irónica sonrisa.
—Pero Becky… —intervino Agatha, fingiendo la mayor inocencia —Tú nos contaste que con los magos, la mayoría de edad se consigue a los diecisiete.
Se hizo el silencio, pero fue un silencio tenso, pesado, que nadie se atrevía a romper. Rebecca dejó su cuchara y se encaró a sus tíos.
—Sí, Agatha, soy mayor de edad con los magos, pero además¿sabes qué día es hoy?
Tío Jake y tía Stella arquearon las cejas, sin comprender, pero Benny saltó de gusto.
—¡Sí, sí, yo sé! Becky, hoy es tu cumpleaños.
Así fue como tanto los tíos de Rebecca como sus primos contemplaron que la chica había triunfado. En el mundo muggle estaba cumpliendo la mayoría de edad, por lo que podía hacer lo que se le diera la gana. Pero por alguna razón, sus tíos no querían dejarla ir. Ni a ella ni a sus hermanos. No fue sino hasta que se decidió a arreglar sus papeles y los de sus hermanos para poder viajar cuando le informaron que debía acudir a la notaría, donde un abogado le informó que por ser mayor de edad, ya podía tomar posesión de la herencia de sus padres. Ahí fue cuando se enteró que sus tíos se habían dado la gran vida con el dinero que sus padres les dejaron a ella y a sus hermanos, aunque lo que no acababa de comprender era el solitario número de tres cifras que el abogado le había entregado en un pequeño sobre, escrito con caracteres negros en una tarjeta amarilla.
Con mayor razón se fue de casa de sus tíos lo más pronto posible, dejando bien claro que si querían pelear algo de esa herencia, ella podía hechizarlos para que olvidaran el asunto cuantas veces fuera necesario. Sus tíos, furiosos, no tuvieron más remedio que dejar que se llevara a sus hermanos, mientras eran observados por sus primos, que daba la impresión de que en cuanto desaparecieran de su vista, organizarían una fiesta.
Precisamente ese viernes de finales de mayo, al cenar con Benny, se puso a pensar por enésima vez qué querría decir aquel número negro en la tarjeta amarilla. Los colores de la tarjeta eran los mismos que los de Hufflepuff, lo que la llevaba a pensar que no era nada malo, pero aún así, no había logrado descubrir qué significaba. Iba por la mitad de una orden de tallarines (había llevado comida china e italiana) cuando llamaron a la puerta.
—¡Yo voy! —Benny se levantó de un salto, abandonando su lasaña.
Rebecca sonrió, puesto que el niño ya se veía como antes, cortés y lleno de energía.
—¡Becky, es tu novio! —oyó que decía Benny.
Rebecca se limpió la boca con una servilleta y fue a la puerta. En el umbral, vestido de muggle y con un pequeño ramo de flores en las manos, estaba Ángel, luciendo una sonrisa que le hacía honor a su celestial nombre.
—Pasa, por favor —invitó Rebecca, un tanto preocupada por no haber cocinado ella misma —Perdona, pero solamente tenemos comida rápida…
—Me lo imagino, Jason dice que no come otra cosa desde que entró a la Escuela de Sanación —Ángel la tranquilizó con un gesto, tendiéndole las flores —Son para ti.
—Gracias —Rebecca las olió por un momento antes de ir a la sala —Las pondré en agua. Benny, lleva a Ángel a sentarse, por favor.
El niño obedeció enseguida, y Rebecca llegó a la sala, donde había un pequeño florero blanco con flores multicolores pintadas. Colocó ahí el ramo lo mejor que pudo, sacó su varita y apuntándole al florero, lo llenó de agua hasta la mitad. Se estaba guardando la varita cuando un sonido conocido para ella, pero a la vez inesperado, llenó la habitación, poniéndola instintivamente en guardia.
—¿Quién llegó, Rebecca? —preguntó Ángel, saliendo de la pequeña habitación que servía de cocina y comedor en aquel departamento.
Ambos reconocieron el sonido de una aparición, pero como Rebecca no la esperaba, se volvió con varita en mano para saber quién había llegado de esa manera a su casa.
—Buenas noches —saludó la figura femenina que vestía una túnica azul marino, que ocultaba su rostro con la capucha —Espero no haberme equivocado¿es aquí la residencia de los Copperfield?
Rebecca asintió lentamente, mientras Ángel, al ver la escena, se había quedado tras una pared, con varita en mano, por si pasaba algo malo.
—En ese caso, tú debes ser Becky —señaló la mujer, quitándose la capucha para dejar al descubierto un rostro moreno de largo cabello oscuro, cuyos ojos marrones recorrieron el lugar con curiosidad, sin dejar de lado un sutil brillo de tristeza —Creciste mucho. Apenas si te reconozco.
—Disculpe¿quién es usted? —inquirió Rebecca, sin bajar la varita. Sólo sus hermanos solían llamarla Becky.
—Soy ella —dijo sin más la mujer, indicando con una mano las fotografías familiares que colgaban de la pared cercana.
Rebecca se acercó a las fotografías y logró distinguir a la mujer en una de ellas, aunque con varios años menos. Era en aquella en la que Ángel le había hecho ver que sus padres habían conocido una bruja.
—¿Y qué se le ofrece, señorita? —quiso saber Rebecca, recelosa —Mis padres murieron y yo no la conozco. Mejor dicho, no la recuerdo bien.
—Es natural, dado que Charles dijo que iba a desmemorizarte —comentó la mujer con seriedad, aunque con una nota de nostalgia en la voz —Es que necesito algo que él me guardó en su cámara de Gringotts y…
—Un minuto —Rebecca, de la sorpresa, casi deja caer la varita —¿Papá era mago?
—¿Cómo es posible que no lo recuerdes? —se sorprendió la mujer morena, frunciendo el ceño —Que no sepas quién soy exactamente, no me importa, puede arreglarse. Pero de eso a no recordar que tu padre es mago… ¡Ah, ya! —la morena meneó la cabeza —Fue el idiota de Jake, se lo pidió al Ministerio. Debí recordarlo…
—Disculpe¿está hablando de tío Jake? —se interesó Rebecca.
—Sí, le pidió al Ministerio que para hacerse cargo de ustedes, no quería que se acordaran que Charles era mago —explicó la mujer, un tanto fría —A veces el Ministerio hace cada tontería… En fin, ése no es el punto —la mujer fijó sus marrones ojos en Rebecca, quien sintió como si recordara vagamente esa mirada, profunda y valerosa, al menos por un segundo —Necesito algo de la cámara de Gringotts de Charles.
—Pero si yo ni siquiera la conozco —admitió Rebecca.
—Al menos debes tener el número. Charles dijo que hizo testamento, como Marissa, y en esos papeles dejó el número de cámara. De verdad, necesito lo de Gringotts.
Rebecca intentó hacer memoria. ¿Qué papeles le había entregado aquel abogado cuando le informó de su herencia? Los títulos de propiedad de la casa donde vivía antes de la muerte de sus padres, que vendió para comprar el departamento donde ahora residía. También los datos de una cuenta bancaria muggle de su madre, que había servido para pagar los estudios muggles suyos y de sus hermanos. Y… sí, eso debía ser. La tarjeta amarilla con el número negro.
—Ahora vuelvo —dijo la joven y abandonó la sala. Al ir a los dormitorios, se topó con Ángel, que no se había perdido detalle de la conversación.
—¿Qué haces ahí? —quiso saber Rebecca.
—Asegurarme que no te hagan daño —respondió el pelirrojo simplemente.
Rebecca le sonrió y fue a su dormitorio, mientras que Ángel regresaba con Benny. A los pocos segundos, el joven oyó que su novia regresaba a la sala y puso los sentidos alertas.
—Nunca imaginé que esto fuera el número de una cámara en Gringotts —reconoció, sonriendo nerviosamente —Como no sabía que papá era mago, nunca se me ocurrió…
—Espera, no me lo des —la detuvo la mujer —Es peligroso. Soy aurora encubierta y si mi misión fracasa, estarás en riesgo por darme ese número. Créeme, sé lo que te digo.
—¿Entonces? —se extrañó Rebecca.
—Quisiera que tú fueras a Gringotts y sacaras lo que necesito —pidió la mujer —No es difícil, es solamente un sobre de pergamino con mi apellido. Adentro deberán estar dos trozos de pergamino, uno con un párrafo largo escrito y otro con una sola línea. ¿Crees que puedas dármelo mañana?
Rebecca lo pensó. Al día siguiente era sábado, únicamente tendría que asistir por la mañana a una práctica de Pociones Avanzadas a la Escuela de Sanación y quedaría libre.
—Sí, con mucho gusto. Venga mañana a esta hora y lo tendrá. Por cierto… —frunció el entrecejo —¿Cuál es su apellido?
—Turner —respondió la mujer, sonriendo sutilmente —Dime¿alguien te llama Becky?
—Solamente mis hermanos —respondió la chica, encogiéndose de hombros.
—Vaya, qué bien. ¿Y qué haces ahora?
—Estudio en la Escuela de Sanación.
Turner no pudo evitar soltar una carcajada.
—Con magia como Charles, pero curando enfermos como Marissa —comentó, a simple vista divertida —Ambos estarían orgullosos de ti. ¿Y en qué casa de Hogwarts estuviste?
—Hufflepuff.
Turner sonrió con mucha nostalgia.
—Ahí estuvo Charles también —confesó —Ahora debo irme.
Y sin más, la mujer desapareció, dejando a Rebecca pensando que nunca en su vida se había sentido más parecida a sus padres que en aquel momento. Se guardó la tarjeta amarilla en el bolsillo y fue a terminar de cenar, para luego contarle con lujo de detalles lo sucedido a Ángel.
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Mucho gusto en saludarlo, público que me lee y me estima, aquí Bell Potter reportándose. ¿Qué les pareció el capi? Ojalá no se hayan enredado demasiado.
Para empezar, les informo que se regresen un poco en el fic, hasta el capi 30. ¿Recuerdan que Sunny escribió una carta muy larga? Pues de esa carta le habla Will a Isabelle en este capi. La carta de Sunny era para Gina y ya sabemos lo que contenía.
Ahora, pasemos a eso que Procyon leyó en un libro de Transformaciones¿qué creen que será? Tal vez se resuelva en la siguiente entrega, pero como ya les dije, si no logra prosperar, no habrá dicha entrega y el misterio lo resolveré en el presente fic. Lo siento. Pero lo que sí puedo adelantarles es que es algo divertidísimo.
Y por otra parte, Katrina. ¡Esta mujer sí que tiene contactos en todas partes! Al menos ya sabemos a dónde fue la carta que escribió Walter, aunque le dijo a Sunny que no sabía si "Nutty" había ido a Londres o a Cardiff. Lo que quiso decir es que no sabía a dónde diantres había ido, dado que le escribió a Katy sin saber a ciencia cierta si de verdad era su pariente, como supuso al oír hablar a Thomas del árbol genealógico de los Turner.
Y ya para acabar… ¡Supimos quién era Charles, el amigo de las gemelas Turner! Era nada más y nada menos que el papá de Rebecca. Y además, supimos porqué ella no lo recordaba claramente. Katy tiene razón, a veces el Ministerio hace cada tontería… Como en los libros, que no paraban de atacar a Harry y luego le piden su ayuda¡qué descaro! Y lo interesante será ver lo que sigue. Todavía no sé cómo va a ser, pero será algo de suspenso. Aparte, tenemos que saber qué contiene exactamente ese sobre que Katrina le pidió a Rebecca¿no? Les aseguro que no los dejaré colgados.
Bueno, casi al término de este fic (sí, admito que me está saliendo igual o más largo que "La siguiente generación"), les digo que muchas gracias por el apoyo y por aguantar mis locuras. Cuídense, salgan a pasear (no como yo, que me quedé en mi casita mientras mi familia entera se largó a Puerto Vallarta este verano, buaaa, qué tristeza) y nos leemos pronto.
