Disclaimer: NADA ME PERTENECE. Los personajes son de la fabulosa Stephanie Meyer y la historia es completamente de la grandiosa escritora Venezolana Lily Perozo (serie: Dulces mentiras, Amargas verdades) La historia es Rated M, por contener alto contenido sexual. Yo los adapto sin fines de lucro, solo por mero entretenimiento.
Leer bajo tu responsabilidad.
Gracias a Lily Perozo, la autora por permitirme adaptar su historia, sin ella esto no fuera sido posible.
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Capítulo No. 47
A las tres de la tarde del día 28 de diciembre arribó al aeropuerto internacional de Juneau en Alaska, después de un sinfín de retrasos los que iniciaron al momento de solicitar permisos para poder atravesar el cielo canadiense.
Seguido de 33 extenuantes horas de viaje, debido a las inclementes condiciones climáticas que lo obligaron a hacer una escala por dos horas en Seattle.
Antes de revisar la información que le habían enviado al correo, decidió llamar a su tío para calmarlo un poco. En su reloj de pulsera con horario brasileño comprobó que eran las nueve y tres minutos de la noche y estaba seguro que se mantenía despierto a la espera de sus noticias.
—Tío he llegado —dijo apenas escuchó la voz de Carlisle nombrarlo con preocupación al otro lado—. No hay nada por qué alarmarse, estoy bien. Acabo de llegar al aeropuerto.
—Por favor Ed, mantenme informado. —casi suplicó el hombre. Nunca le había gustado hacer las cosas a la ligera porque los resultados obtenidos nunca eran los esperados, pero nada pudo hacer por retener a su sobrino.
—Lo mantendré al tanto, prometí que lo haría.
— ¿Sabes dónde está? —indagó para tener algunos indicios de dónde exactamente se encontraría su sobrino, no podía estar tranquilo al saber que no estaba resguardado.
—No sé exactamente donde está. Tal vez si Esme decidiera colaborar me ahorraría tiempo y molestias.
—Me ha dicho que no sabe y le creo. Sabe tanto como tú en este momento. Me informó que Bella sólo había confesado que se encontraba en Alaska. No tiene más información.
—Voy a darle un voto de confianza a su mujer, pero no ha hecho lo mejor como para que crea en su palabra. —acotó caminando distraídamente por el aeropuerto.
—Ed, ella le hizo una promesa a su amiga y si te advertía estaría traicionando la lealtad de su amistad.
—Está bien, confiaré en que no tiene la dirección exacta de Bella, ahora lo dejo porque voy a revisar una información que me acaban de enviar.
—Ten cuidado hijo, evita conducir porque las vías deben estar cubiertas de nieve —le aconsejó.
—Prometo que tendré cuidado —sin perder más tiempo colgó.
Edward caminaba sin rumbo fijo, sólo lo hacía para drenar la tensión que se acumulaba en él, mientras revisaba el correo que le habían enviado.
—En Valdez, me está jodiendo —murmuró tensando la mandíbula— ¿Por qué diablos no se quedó en la capital? —Edward empezó a sentir que si daba un paso, retrocedía diez. Bella cada vez estaba más lejos.
Sin poder creérselo soltó una carcajada ante la incredulidad y nerviosismo que lo atacó, ganándose la mirada de varias personas en el aeropuerto.
—Estoy loco, estoy jodidamente loco —se hablaba a sí mismo, mientras se dirigía al módulo de información—, un hombre con un poco de dignidad o con sus cinco sentidos atentos, usaría la razón y se largaría de esta puta nevera a disfrutar del sol en Brasil —no obstante nada de lo que se decía tenía el peso como para llenarlo de convicción y hacer lo que un hombre coherente haría. No podía hacerlo cuando lo único que deseaba era mirarse reflejado en los ojos de Bella, ese reflejo que lo mostraba plenamente feliz.
Necesitaba de ella, de sus comentarios sarcásticos, de sus risas cargadas de sarcasmo, de sus besos, su cuerpo, su olor. La quería más que a su propia cordura y orgullo.
—Buenos tardes —saludó a un hombre rubio, delgado y vestido con un traje clásico negro, con camisa blanca y una corbata con un nudo perfecto.
—Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarle señor? —preguntó con amabilidad y una sonrisa de esas que seguramente le enseñan en su preparación de atención al público.
— ¿Quisiera saber cómo hago para llegar hasta Valdez? —indagó sin tener la certeza cuántas horas le tomaría llegar a la ciudad, suponía que en auto serían unas tres horas—. Me gustaría saber si cuentan con el servicio de alquiler de autos
—Sí señor, contamos con ese servicio, permítame aconsejarle que no es prudente viajar en auto hasta Valdez, con esta nevada es extremadamente peligroso. Son unas veintidós horas de carretera y los acantilados son altamente peligrosos.
— ¡Veintidós horas! —exclamó realmente sorprendido e inmediatamente empezaba a considerar la idea de regresar a Brasil. Eso sin querer darle importancia a lo de los acantilados.
El hombre rubio de ojos azules oscuro le dedicó una mirada de comprensión.
—Puede ahorrar horas de camino, si toma un vuelo hasta el aeropuerto internacional Ted Stevens Anchorage, que dura aproximadamente hora y media, pero con el tiempo podría llevarse una hora cincuenta minutos. No le aconsejo un vuelo hasta Valdez porque no encontrará vehículos de alquiler, a menos que tenga quien le facilite uno.
—No, la verdad es que no tengo quien me facilite ninguno, podría pedir los servicios de un taxi —dijo totalmente convencido de que quería ir directamente hasta Valdez.
—No es seguro que encuentre servicios de taxi. Lo más razonable es que tome un vuelo hasta Anchorage y ahí alquile un vehículo, sólo tendría que conducir de seis a siete horas hasta Valdez.
Tan sólo siete horas, nada más, que fantástica solución —pensó Edward sarcásticamente.
No tenía más salida, eran siete horas contra veintidós.
— ¿A qué hora sale el vuelo para Anchorage? —preguntó tomando las opciones que le daban.
—Ya no salen hasta mañana a las diez. Si desea un boleto puede pasar por la taquilla número tres, si quiere que desde aquí le hagamos el contacto para el alquiler del vehículo pasa al módulo al final del pasillo. Ahí también pueden recomendarle un hotel para pasar la noche, el aeropuerto le ofrece servicio de traslado gratuito.
Edward apretó los dientes, sintiendo como una vez más retrocedía, era como si encontrarse con Bella no era la mejor de las opciones y cada complicación fuese una señal.
—Gracias —dijo al fin y su voz no mostraba ninguna emoción.
Lo que menos quería era ocupar más horas a los pilotos debían estar mucho más exhaustos que él. El viaje desde Río no había sido para nada sencillo.
Buscó su teléfono móvil en el bolsillo del abrigo que llevaba puesto y sus acciones no iban con sus pensamientos, no encontraba la manera de mantener su fuerza de voluntad y sin proponérselo estaba haciéndole la propuesta a los pilotos. Al fin y al cabo sólo serían unas pocas horas más mientras acondicionaban el avión para el vuelo hasta Anchorage. Ya después podrían descansar todo lo que quisieran antes de regresar a Río.
Casi tres horas después aun con las contradicciones a los consejos sobre las condiciones climáticas del lugar la aeronave con su exclusivo diseño y distintiva marca brasileña, pedía permiso para aterrizar en el aeropuerto internacional Ted Stevens Anchorage, el que fue concedido sin ningún problema.
En el trayecto Edward se dejó vencer por el cansancio y logró dormir unos cuarenta minutos, porque estaba seguro que al llegar al aeropuerto ya la camioneta que había alquilado previamente en Juneau, lo estaría esperando.
—Ya se la tenemos preparada señor —le informó el hombre que lo conducía hasta un estacionamiento donde lo esperaba una Range Rover blanca encendida calentando el motor—. ¿Es de su agrado? Porque podríamos ofrecerle otro modelo o una marca que se adapte a su gusto.
—No, está bien —contestó mientras veía como el hombre abría la cajuela.
—En un gran vehículo, de gran potencia no se quedará atascado en la nieve. Aquí tiene un equipo de prevención. Cuenta con linterna, guantes, pala, cadenas. También hay unas mantas y un impermeable.
—Bien —acotó Edward asintiendo, en realidad poco le importaba lo que tenía el vehículo, sólo quería partir cuanto antes a Valdez.
—Ya las cadenas están puestas, porque se encontrará con nieve podrida y tiene que llevar sí o sí las cadenas, a muchas personas no les gusta conducir con el sistema de seguridad en los cauchos pero es obligatorio el uso. El GPS ya está programado a Valdez, pero también le dará algunos consejos que debe tener en cuenta a la hora de conducir y no me queda más que aconsejarle que lo haga con prudencia.
Edward subió al auto que ya tenía la llave puesta, encendió las luces internas y se ajustó el cinturón.
—Disculpe, sé que lo más probable es que no pueda ayudarme pero necesito saber si puede ofrecerme alguna información.
—Sí claro, será un placer.
—Es que estoy buscando a una persona y quisiera saber si tienen una guía de hoteles.
—En la guantera hay guías de hoteles, mapas, revistas y otra linterna. Aunque Valdez sólo cuenta con cinco hoteles. También están las cabañas de alquiler que son por semanas o meses y muchas veces se ajusta a las condiciones de quienes desean pasar una temporada más larga. Pertenecen al Best Western y están más al norte como a cuarenta minutos de la localidad. Ellos manejan la lista de los inquilinos.
—Gracias, muchas gracias me ha servido de gran ayuda —no pudo evitar sentirse realmente esperanzado, por fin veía luz al final del túnel, después de tener algunas dudas, por fin tenía la certeza de que encontraría a Bella.
—Buen viaje —le deseó el hombre con una sonrisa mientras retrocedía un paso.
Edward elevó una mano a modo de despedida y subió la ventanilla de la camioneta, poniéndola en marcha salió del lugar. Contaba con una excelente calefacción y esperaba que se mantuviera durante el trayecto de la misma manera.
La voz computarizada del GPS empezó a darle las indicaciones a la salida del aeropuerto. Apenas si había comido un par de emparedados en el avión y aunque eso no fuese suficiente, no tenía apetito pero sí aprovechó para prepararse para el camino.
La nieve no cesaba y apenas si le dejaba ver a más de un metro, por lo que iba realmente atento, con todas las luces encendidas como le habían aconsejado. Divisó un local de comida y estacionó a un lado de la autopista.
Bajó y el frío lo golpeó sin contemplaciones, tanto que sintió que la nieve se le pegaba a los cabellos, por lo que buscó dentro de la camioneta un pasamontañas. Se lo colocó y fue en busca de las provisiones para el camino.
En menos de diez minutos estaba de vuelta con un termo de café, dos latas de bebidas energizantes, chicles y cigarrillos. Entró al vehículo no sin antes sacudirse las botas que estaban atestadas de nieve. Antes de poner en marcha el auto le envió un mensaje de voz a su tío, aprovechando que aún tenía señal. Avisándole que todo estaba bien, que todo estaba bajo control y no tenía de qué preocuparse, claro obviando el pequeño detalle de que conduciría por seis horas bajo la inclemente nevada. Estaba seguro que si lo hacía le provocaría un ataque.
De nuevo puso en marcha en auto y se decidió a ir lo más lento posible, mientras disfrutaba del café bien cargado para que el sueño no lo venciera en el camino. Necesitaba un poco de compañía, aparte de la fastidiosa voz computarizada. Así que encendió la radio.
Otra señal se daba cuando el silencio dentro del vehículo fue cortado por la voz del vocalista de Maroon 5, se vio tentado a cambiarlo, porque verdaderamente no le gustaba el grupito, pero en honor a Bella decidió dejarlo, comprobando en ese momento que lo que verdaderamente le provocaba eran celos, celos por tener la certeza de que su diseñadora alucinaba por el tipo de voz chillona.
I'm asking for your help
I am going through hell
Afraid nothing can save me
But the sound of your voice
You cut out all the noise
And now that I can see
My stakes so clearly now
I'd kill if I could take you back But how, but how?
El tema era como si lo hubiesen elegido exclusivamente para burlársele en la cara porque era exactamente por lo que estaba pasando y al final se sorprendió coreando que no le importaría morir en el intento, mientras tamborileaba con sus dedos pulgares el volante.
La nieve se le pegaba al vidrio y no lograba ver nada, ya estaba conduciendo por instinto y los parabrisas no lograban limpiarla completamente por lo que tuvo que usar un poco de agua.
En medio de cualquier tema que pasaran en la radio, las conversaciones de los locutores, la voz computarizada del GPS y el café que lograba mantener caliente en el termo siguió su camino.
No llevaba ni una hora cuando unas luces a la distancia hacían claras señales de que tomara el carril contrario y maniobrando con cuidado acató la señal. Estando más cerca vio que era gente de tráfico y un auto se había volcado, estaba con las ruedas hacia arriba. Evitó mirar dentro para no llenarse de nervios, sólo siguió hacia su destino.
La oscuridad de la noche y los grandes pinos franqueando la carretera no le permitían divisar los peligrosos acantilados al lado derecho, por lo que agradecía estar conduciendo a medianoche.
El GPS le indicaba que estaba aproximándose a la localidad de Valdez, eso verdaderamente lo confortó y no pudo evitar sonreír ante la emoción la que se vio opacada cuando un sonido proveniente de las montañas a su izquierda verdaderamente lo asustó y no sabía si conducir más rápido o detenerse, porque sabía que era nieve desplomándose; si corría con la mala suerte podría terminar sepultado bajo hielo o en el peor de los caso, lo haría volcar cayendo quien sabe cuántos metros por el acantilado. Apagó la radio para estar más atento.
Debía tomar una decisión detenerse o avanzar y mientras dilucidaba a pocos metros de él la nieve cayó.
— ¡Puta mierda! —exclamó sintiendo como las pelotas se le subían a la garganta, logró detenerse y pasar el susto lo que le llevó muchos minutos—. Sólo esto me faltaba, ¡fantástico! —esbozó molesto golpeando con la palma de las manos el volante—. No puede ser posible que esté pasando por todo esto sólo por una mujer, una maldita bruja que atrapó mi voluntad, estar enamorado es la peor mierda que puede pasarle a un hombre —apenas si podía creer que el camino había quedado tapeado por la nieve.
Buscó su teléfono móvil implorando al cielo que tuviese señal, casi soltó un aleluya al ver al menos la compañía móvil no estaba en su contra y bajó de la camioneta, no se arriesgaría a quedarse dentro del auto porque podían haber más derrumbes.
Revisó y revisó en la web y no dio con un servicio de ayuda en Valdez, por lo que recurrió al número del Best Western y se condolieron de su situación por lo que enviaron un quitanieves para que despejara la vía. Lógicamente recurrió a la mentira piadosa de que estaba con niños en el vehículo.
Tres horas después el amable hombre que operaba el quitanieves no sólo le despejó el camino, sino que también lo guió al hotel donde se registró y sin siquiera pensarlo se dio una ducha de agua caliente que le regresara la temperatura normal a su cuerpo.
La cama lo seducía con gran poder, pero eran más fuertes las ganas por saber de Bella, si estaba en ese lugar estaba perdiendo la oportunidad y el tiempo de verla, pero sobretodo de aclarar la situación entre ambos.
La mejor manera de encontrar respuestas era hacer las preguntas personalmente, así que bajó a recepción, aprovecharía el cansancio que provocaba trabajar un horario nocturno para tener resultados positivos.
—Buenos días —saludó a la chica de cabellos castaños, con tantas pecas en la nariz como Esme. Al tiempo que se apoyaba en el mostrador de mármol.
—Buenos días, ¿en qué podemos ayudarle señor? —preguntó con una sonrisa, no obstante su semblante evidenciaba el cansancio.
—Sí puede ayudarme —sonrió y retiró los brazos del mostrador, escondiendo sus manos—. Es que mi esposa y yo decidimos pasar una temporada aquí, pero por cuestiones de trabajo ella tuvo que venirse primero y no sé si logró alquilar una de las cabañas que renta el hotel. Podría comunicarme con ella, pero la última vez que me llamó me dijo que su teléfono había sufrido un accidente y yo estoy sin batería. Seguramente debe estar preocupada porque no la he llamado.
—Entiendo ¿usted quiere saber si su esposa está en una de nuestras cabañas? —indagó sobre la obviedad en el comentario de Edward.
—Sí, por favor es muy importante —dijo casi con pesar.
—Me permite a nombre de quien podría estar registrada la cabaña.
—Bella Swan.
—Está bien, me permite un minuto.
—Claro todo el tiempo que necesite. Es usted verdaderamente muy amable.
La chica se sonrojó ligeramente ante el comentario de Edward y no pudo controlar su sonrisa mientras verificaba en un computador si Bella estaba o no registrada como cliente del hotel.
—Sí señor, está en una de las cabañas al norte. En la número 17, queda a unos cuarenta minutos de aquí —la chica agarró un bolígrafo y en un taco de hojas le anotó el número—. Si quiere puede comunicarse con ella e informarle que ha llegado, así no estará preocupada.
Edward sonrió ampliamente, sintiendo que el corazón se le iba a salir por la boca y apenas pudo controlar su emoción al verificar que el número que la chica le entregaba era el mismo que él ya tenía.
—Gracias, no puedo esperar, por favor liquida mi cuenta. Pagaré el día —dijo con ganas de correr a la habitación por sus cosas.
—Señor debería esperar al menos tres horas, el camino hacia las cabañas es algo peligroso.
—Gracias, por tu consejo, pero no quiero dejar mucho tiempo sola a mi esposa.
La chica le hizo un gesto de comprensión y se dedicó a cancelar la cuenta.
Edward subió a la habitación a buscar sus cosas al bajar pagó la cuenta y partió en busca de Bella, ahora ya no tendría escapatoria. Prácticamente se había escondido en el fin de mundo, lo que ella no sabía era que para Edward Cullen no existían imposibles.
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El leve murmullo que creaban los copos de nieves estrellándose contra las ventanas al ser arrastrados por el incesante viento y la melodía que provenía del radio en la sala de la pequeña cabaña, fueron los causantes para despertarla haciéndola consciente de que necesitaba ir al baño.
Salió de la cama y agarró la frazada envolviéndose en ella para mantenerse caliente, arrastrando la pesada tela y los pies sintiendo que estaba más dormida que despierta, caminó al baño y en medio de peripecias por el montón de telas que llevaba encima logró bajarse el pantalón del pijama y sentarse en el inodoro.
Apenas si podía abrir los ojos porque los sentía demasiado hinchando por las horas de llanto que parecían que nunca iban a cesar y aunque la luz del baño fuese opaca le molestaba de igual manera.
Al terminar se acercó al lavabo para calentarse un poco las manos con el agua caliente, mientras el líquido se escurría brindándole calidez ancló su mirada en el espejo, observando sus cabellos revueltos, aún le costaba reconocerse en esa nueva imagen, no obstante no era lo suficientemente radical como para hacerla cambiar por dentro.
El radio, su único acompañante no la dejaba sentirse sola en ningún momento y ella en su férrea necesidad por escuchar algo más que el viento silbando afuera, lo mantenía encendido día y noche.
Not really sure how to feel about it
Something in the way you move
Makes me feel like I can't live without you
It takes me all the way
I want you to stay
Sabía que hiciera lo que hiciera al tratar de retomar su vida tendría el mismo resultado. Siempre había estado rota por dentro, tan sólo intentó unir los pedazos, curar las heridas, pero las grietas seguían ahí esperando el momento más indicado para sangrar nuevamente y de la noche a la mañana volvía a caerse a pedazos sintiéndose nada y esta vez por partida doble. Todo era tan doloroso y hasta cierto punto increíble, nunca dejaría de ser la víctima de hombres sin escrúpulos, al parecer eso era lo que el destino tenía preparado para ella.
It's not much of a life you're living
It's not just something you take, it's given
Ya no podría creer nunca más, ni siquiera en ella misma porque se había equivocado de la peor manera, se había entregado en cuerpo y alma a alguien que sólo la usó para la bajeza de llevar a cabo una venganza, y estaba segura que su única intención había sido dañarla.
El frío empezó a subirle por los pies y quemarle las mejillas. Estaba segura que la chimenea necesitaba leños, salió del baño rumbo a la sala para avivar el fuego.
Estaba casi apagado, sólo estaban las encendidas las brasas. Se puso de cuclillas frente a la estructura de piedra y con cuidado colocó unas briquetas de madera vegetal, las suficientes para volver a encenderlo y después reforzó con leños haciendo que se incorporaran al fuego al moverlos con el atizador.
Con su mirada buscó el reloj redondo de madera que estaba encima de la chimenea de piedras, percatándose que faltaba poco para amanecer y por primera vez en muchos días le daba sentido al tiempo. Desvió la mirada hacia una de las ventanas laterales y vio que ya no nevaba, seguramente dejó de caer mientras se encontraba en el baño.
Se puso de pie y fue a la cocina; al revisar las provisiones sólo contaba con agua, un huevo y tres rodajas de pan integral.
—Tendré que ir por un poco de comida, aprovecharé la mañana, pero lo haré en un par de horas, le daré tiempo al sol —se dijo con la convicción de regresar a la cama y esperar el tiempo necesario.
Pasaba por la sala arrastrando la frazada por la alfombra, cuando un toque a la puerta hizo que se detuviera. Guardó silencio y clavó la mirada en la puerta, un nuevo toque hizo que los latidos del corazón se le desbocarán y recorrió con la mirada el pequeño salón de paredes de madera y muros de piedra, sin saber qué hacer con el nudo que se le formaba en el estómago. Sacudió ligeramente la cabeza obligando a que la paranoia que la gobernaba perdiera poder, inspiró profundamente y se reconfortó, alentándose al susurrarse internamente que sus verdugos ahí no podrían encontrarla.
—Es el señor de los diarios —murmuró al recordar que había pedido que se le entregaran los diarios una sola vez a la semana, incluyendo ediciones pasadas, ya que no le daba importancia a los días en que vivía, tan sólo lo hacía para mantenerse informada y tener algo en que entretenerse.
Sin soltar la frazada porque sentía que dependía de la tela caminó hasta la puerta, quitó los tres seguros y abrió tan sólo un poco, sólo para ver a la persona que esperaba en el pórtico.
Todos sus miedos, rabias, alegrías, odios y pasiones estallaron en su pecho al ver los ojos dorados. Era una combinación explosiva que amenazaba con reventarle el pecho. Tan rápido como pudo, aún confiando en la agilidad de sus reflejos cerró la puerta, pero medio cuerpo de Edward ya se interponía.
—Bella, déjame entrar. ¿Qué pasa? No seas tonta —hablaba forcejeando la puerta.
Ella sabía que no podría contra la fuerza de él por lo que dejó de hacer presión con su cuerpo sobre la puerta, soltó la frazada y corrió hacia la chimenea, donde agarró el tubo de hierro que tenía un gancho doble en la punta.
—No te atrevas a dar un paso más —lo amenazó aferrando el atizador con las dos manos—. ¡Lárgate!
Edward con la mirada fija en ella cerró la puerta para que la corriente de aire frío no se colara en el lugar y apenas si podía reconocer a Bella, la reconocería aunque estuviese vendado, pero su semblante le oprimió el corazón, tanto como para que las lágrimas de tristeza y rabia se le arremolinaran en la garganta.
— ¿Qué le has hecho a tu cabello? —preguntó con voz ronca—. ¿Por qué lo hiciste Bella? —preguntó extrañando demasiado la larga, sedosa y oscura melena. Ahora lo llevaba a la altura del cuello, no podía negar lo hermosa que se veía y que aceleraba latidos en su cuerpo, pero quería verla como la última vez y borrar todos esos días de ausencia, aunque evidentemente nada podía ser como antes. Ella había cambiado, al menos físicamente, porque seguía manteniendo la actitud obstinada que lo había enamorado como a un estúpido.
—Como si verdaderamente te importara. No es tu problema. Lárgate de aquí maldito mentiroso. ¡Enfermo de mierda! Estás jodido, estás loco y no voy a permitir que me hagas daño —lanzaba sus gritos unos detrás de otro y retrocedió un paso al ver que Edward avanzaba—. No te acerques, no te acerques —sin poder evitarlo las lágrimas empezaron a anidársele en la garganta porque su estúpido corazón se deshacía en latidos y no era por el miedo. Estaba segura que no era miedo, era algo más poderoso, algo de lo que había huido toda su vida.
—No entiendo tu actitud. Eres un ser egoísta Bella, me dejaste cuando más te necesitaba, cuando quería que confiaras en mí. Me importaba una mierda si nadie más me comprendía, si tú lo hacías para mí todo estaría bien —empezó a reclamarle y sentía como la molestia lo llenaba de temblores—. Yo confié en ti, traicioné mis principios y te creí todo, te he creído todo lo que me has dicho. ¿En qué cambia que Vulturi sea mi padre?
— ¡En todo! —dijo en medio de un sollozo—. Lo cambia todo, y estás hablando de una confianza que nunca me brindaste, no verdaderamente. Claro no podías hacerlo, no querías que yo sospechara tu brillante plan. ¿Qué tenías planeado para mí? —lo instó haciendo un ademán con una mano—. Anda dime. Ten al menos las pelotas suficientes para decirme a la cara qué era lo que pensabas hacer conmigo —las lágrimas empezaron a rodarle por las mejillas, mientras se sentía molesta y temerosa, también decepcionada, realmente decepcionada.
—Está bien te lo diré, pero eso no cambia lo que siento, no lo cambia —dijo inspirando hondo, queriendo aquietar los latidos de su corazón y asimilar la nueva imagen de Bella que lo entristecía.
Intentó dar un paso al frente, para saciar esas ganas de tocarla y que aunque estuviesen en un lugar tan frío, las palmas de las manos le sudaban. Bella lo detuvo con un contundente ademán de alto.
—No te muevas, porque no quiero hacerte daño. No soy tan inhumana como tú.
—Tu actitud me está haciendo daño, el haberme dejado sin esperar alguna explicación me hizo daño.
— ¡Entonces dame una explicación lógica ahora! Quiero algo que verdaderamente justifique tu bajeza —le exigió con la voz vibrante ante el llanto, pero con la suficiente resolución para atacarlo si se le acercaba.
—El haberte ocultado que era lo que me unía a Vulturi no fue ninguna bajeza, lo hice porque —titubeó separando los labios y llenándose los pulmones, para aplacar los nervios que le estaban devorando la seguridad—. No quiero ser su hijo, reniego de eso. Mentiría si te dijera que cuando te vi con él mi propósito no era seducirte sólo por joderle la vida, pero poco a poco las cosas fueron cambiando y tú sabes que es así, siempre quise protegerte.
— ¡Mentira! Eres un maldito mentiroso. Querías joderme la vida, tienes una sed de venganza que no te deja ver más allá y te importa una mierda llevarte por delante a quien sea, sólo quieres hacernos pagar —sollozó y las lágrimas anidando en sus ojos no le dejaban ver claramente—, pero yo no tengo la culpa, nunca la tuve. No puedo ser culpable de lo que hizo mi padre, no puedo serlo —dijo negando con la cabeza y las gotas de lágrimas caían a la alfombra, mientras luchaba con la presión en el pecho que la estaba ahogando.
A Edward el corazón se le instaló en la garganta y súbitamente palideció, no lograba respirar y la mujer frente a sus ojos pasó a ser una sombra blanca desconociéndola totalmente.
— ¿Qué estás diciendo Bella? —murmuró la pregunta y apenas si podía controlar el temblor en su cuerpo y eso tendría que ser el infierno, definitivamente tenía que serlo—. ¿¡Qué mierda estás diciendo!? —gritó sulfurado y las lágrimas se le derramaron, sintiendo que entre ambos se creaba el más grande y doloroso de los abismos.
Bella se sobresaltó ante el grito ensordecedor de Edward y se aferró una vez más con ambas manos al atizador de la chimenea.
—Ya tenías todo esto preparado, no me digas que tú que todo lo investigas no sabías que mi padre se llama James Borden, que mi tío es Laurent Borden. ¡Lo sabías! Y ahora quieres hacerme daño, pero no voy a permitirlo, no voy a dejar que lo hagas, siempre ha sido tu plan… —no terminó de hablar cuando sintió que su cuerpo se estrelló con brusquedad contra la pared, tanto como para cegarla y sacarle el oxígeno, apenas si logró jadear y en un acto de supervivencia abrió la boca para inhalar oxígeno.
Se encontraba realmente aturdida por el golpe y una mano se le aferraba con tanta fuerza al cuello que le quemaba la piel y escuchaba la respiración de Edward muy cerca de su rostro y era como la de un toro embravecido, así como el aliento de él le evaporaba las lágrimas.
Iba a matarla y no podría defenderse, no podía hacer nada porque la otra mano se le aferraba a la muñeca en la que mantenía el atizador y con su cuerpo la presionaba contra la pared evitándole el más mínimo movimiento.
—Eres una maldita —murmuró Edward ahogado por un sollozo que también estaba cargado de ira—. ¡Eres una maldita! —le gritó con tanta fuerza que sintió ardor en la garganta y ella cerraba los ojos con fuerza.
Él no podía ver más allá de una verdad tan catastrófica, no podía ver el rostro sonrojado de Bella, porque su vista era vetada por imágenes de ella con Vulturi, los hermanos Borden, Riley Hardey, y las voces de todos se mezclaban burlándose de él, de su dolor, mientras el llanto de su madre se imponía. Ni siquiera el fuego cercano de la chimenea lograba atormentarlo.
Las lágrimas le bañaban el rostro enardecido y sonrojado, sintiendo que la ira le robaba cordura y se le aferraba a cada molécula de su ser. Nada lo había preparado para eso, para sentir y escuchar como el corazón y sus sentimientos se quebraban en millones de pedazos y jamás podría reponerse a eso.
Eran dos fuerzas extremadamente poderosas luchando en su interior. El odio y el amor por la misma persona, cada una tratando de imponerse por encima de la otra. Al final sólo encontró un poco de lucidez para no matarla, no sabía cuánto le podría durar y como si su alma fuese en ese momento dominada por el Diablo salió del lugar.
Bella apenas Edward la soltó se dejó vencer cayendo al suelo, mientras se ahogaba con la tos y el llanto. Todo su cuerpo temblaba, sintiéndose aterrada y sin fuerzas, pero sobretodo con unas inmensas ganas de morir porque todos los maltratos y el dolor al que fue sometida en su niñez y parte de su adolescencia no se comparaban con lo que estaba viviendo en ese preciso instante y una vez más maldecía a su pasado que siempre la alcanzaba y le desbarataba la existencia.
—Nunca fue mi culpa y no vas a entenderlo —su voz ronca no le permitía hablar con claridad.
Edward subió a la camioneta, apenas si se ajustó el cinturón de seguridad y puso en marcha el vehículo. Sólo quería largarse de ese lugar, alejarse lo más posible, ni siquiera lograba pensar con lucidez y en su intento de huida no medía los límites de la velocidad, mientras lloraba y golpeaba el volante maldiciendo a su estúpido corazón por haberse equivocado de esa manera.
Revivía el momento en que la conoció, la manera en que ella prácticamente se le atravesó, Vulturi en su rescate y algunas actitudes claves de ella como indignarse al saber que la investigaba. Todo había sido un plan completamente ideado para joderle la vida.
Los cauchos patinaron en el hielo de la vía haciendo de las cadenas un accesorio inútil. En un acto reflejo empezó a girar el volante para evitar caer por el precipicio y la camioneta empezó a dar vueltas en la carretera convirtiéndola en un trompo incontrolable.
La respiración se le atascó en la garganta, los latidos del corazón retumbaba con tanta rapidez que amenazaba con reventarlo. Los giros que daba la Range Rover eran tan rápidos como las imágenes que le nublaban la visión y las voces que inundaban su cabeza.
—No deberías ir hijo. —logró escuchar la voz de su tío con gran nitidez—. Por favor evita conducir.
—Son aproximadamente 22 horas por carretera, no se lo aconsejo. —está vez era el hombre de información en el aeropuerto.
—Si le haces daño te las verás conmigo. —Esme lo amenazaba.
No pudo seguir evitando lo inevitable, perdió el control del vehículo y se fue por el barranco.
La rocosa y helada pendiente que bajaba con gran velocidad hacía vibrar violentamente la camioneta acrecentado la ansiedad en él que intentaba controlarla aún consciente de que no podía hacerlo, así como tampoco podía controlar el caos en el que se había convertido su vida. La nieve que iba rompiendo en el camino le había anulado cualquier posibilidad de visión.
—Cuando lo escuchaba llegar a casa corría y me escondía debajo de la cama. Su voz coordinaba mis miedos y casi siempre terminaba orinándome. —la voz temblorosa por el llanto de Bella fue lo último que escuchó antes de que impactara contra un árbol que le detuvo la mortal caída.
El gran estruendo que causó el impacto de la camioneta contra el árbol fue escuchado a gran distancia anunciando que había sido un accidente fatídico.
Bella sintió que toda la sangre se le congelaba, los latidos del corazón se le detenían y un súbito mareo precedió unas ganas casi incontrolables de vomitar, en el preciso momento en que sus oídos fueron invadidos por el espantoso sonido que provocó el impacto.
Como si un rayo la atacara, sacó fuerzas y rapidez de donde no las tenía y se puso de pie.
—Ed… Ed ay no —murmuraba en su carrera a la puerta, al salir al pórtico vio las huellas de los neumáticos en la nieve, miró a la distancia y no lograba ver nada—. ¡Edward! —corrió hasta donde el frío que atravesaba sus pantuflas se lo permitía, por lo que regresó a la cabaña, con todo su cuerpo trémulo, se calzó unas botas y agarró un abrigo, colocándoselo con dificultad y corrió en busca de Edward, implorando que nada malo le hubiese pasado, porque estaba segura que eso no lo soportaría.
Espero que les haya gustado el capítulo.
No creen que merezca Reviews.
Adelanto del próximo capítulo…
—Sí puedo —se alentó una vez más y a la tercera era la vencida, logró sacar más de la mitad del cuerpo y se dejó caer, el golpe contra el suelo rocoso cubierto de nieve le sacó todo el aire, desvió la mirada hacia donde estaba la carretera y tenía que subir al menos unos cien metros. Los que empezó a ascender una vez recuperado el aliento.
