51. Los Vulturis
No pude moverme. Me quedé petrificada, plantada en el suelo.
Heidi se lanzó contra una madre que protegía a su hijo. Félix se lanzó contra una pareja joven, y Alec y Jane también fueron a por su comida.
Todo eran gritos, todo era dolor, todo era un caos. No reconocía el salón, no podía ver su estructura. Todo estaba cubierto de turistas y vampiros.
Y yo me mantenía quieta.
Oí un gruñido.
Mi cuerpo temblaba.
Y mis ojos lloraban.
Los cerré, y esperé lo peor.
Pero entonces, algo extraño pasó.
Me cogieron en brazos, protegiéndome, y me llevaron a algún sitio, fuera de la matanza del gran salón. Los gritos desaparecieron casi totalmente, y sentí cómo me posaban en el suelo, sentada.
—¿Estás bien? –me preguntó una voz masculina. –Abre los ojos, no te haré daño.
—Prefiero no abrirlos, por favor. –supliqué.
—Está bien. –su voz, melodiosa y dulce, te llenaba de tranquilidad.
Pero después los chillidos de los niños volvían a acudir a mí, y mis ojos se cerraban con más fuerza. Puse mis manos en mis oídos, intentando no oír los gritos desesperados del gran salón. Flexioné las piernas y me encerré entre éstas y mis manos, intentando alejarme del horror que había presenciado.
Hiperventilaba.
—¿Cómo te has atrevido? –la voz de Aro resonó en el lugar.
—Maestro, perdóneme. Pero tengo que hablar con usted sobre ella. –dijo el hombre que me había salvado.
—¿Hablar sobre ella?
—Sí, maestro.
Después oí pasos, y el roce de la tela al deslizarse por la piel dura del vampiro. Mi salvador estaba enseñándole a Aro algo de su pasado.
—¿Cómo puede ser? –preguntó Aro.
—Aro, hermano. –ésa era la voz de Marco. –Debes ver algo. –y de nuevo, la tela deslizarse por la piel dura de un vampiro.
—Oh, Dios mío. Tenemos un miembro más de nuestra familia… —dijo divertido Aro.
—Llevadla a su habitación. –ordenó Marco, con su voz rebosante de aburrimiento. –Reunión importante en el gran salón. Ahora. –ordenó.
—Avisad a toda la guardia, hoy cerramos nuestra humilde morada a cualquier visita, a no ser que sea mi querido amigo Carlisle. –ordenó ahora Aro.
Entonces, cuando oí los pasos alejarse, me volvieron a coger en brazos, y yo escondí mi rostro en el pecho de mi salvador. Yo sollozaba. Oí una puerta abrirse después de una orden, y me pareció que entraban en una sala. Mi salvador caminó, para después detenerse, y dejar mi cuerpo casi inerte sobre algo blando, donde sufrí mi tormento. La puerta se cerró.
Abrí los ojos. Estaba en una habitación enorme. Estaba tumbada de manera que mi cuerpo quedaba en dirección de la ventana, o balcón en este caso, es decir, a la derecha. La puerta de salida y el armario se encontraban al lado izquierdo, es decir, a mi espalda. Me levanté mirando fijamente la ventana de cristal, la cual, al levantarme y acercarme a ella, me mostró una vista completa de Volterra, haciendo que disfrutara de la pequeña ciudad sin recordar los momentos anteriores. No había cortinas, pero tampoco había necesidad. Ningún edificio llegaba a la altura en la que estaba el balcón. Me di la vuelta, y vi que la cama era de matrimonio. El cabecero de ésta estaba pegado a la pared, y a los pies de la cama, y dejando un amplio espacio, estaba el escritorio.
Mi rostro estaba húmedo por las lágrimas. Aspiré ruidosamente por la nariz, cuando me di cuenta que, al lado de la puerta de entrada, había un lavabo. Me quedé quieta, con la respiración agitada. Mis ojos se dirigieron al suelo.
No me han matado. ¿Por qué demonios no me han matado?
Negué con la cabeza ante mi descomprensión de los hechos.
Alguien me ha sacado del salón, arriesgándose a enfrontar a los tres superiores. Enfrentando a Aro, Cayo y Marco. Y lo había hecho. Aro lo había llamado, y creo que hubiera deseado partirle el cuello en ése mismo instante. Pero Aro no le había hecho nada.
Después había sido Marco. Algo había intuido, algo había llamado su atención, y había sido tan grave que había interrumpido a Aro.
Y lo que había dicho después Aro. Ése "tenemos un miembro más de la familia". ¿A qué se había querido referir? ¿Y Cayo? ¿Por qué él no había hablado?
Esto era el colmo.
Además, habían ordenado una reunión importante en el salón. Y ya tenía que ser importante para que Aro ordenara el cierre total de su palacio, prohibiéndole así la comida.
¿Qué había hecho mal esta vez? ¿Qué había fallado en mi plan de suicidio? ¿Quedarme quieta, puede ser? No, eso es imposible.
Suspiré, harta de no poder encontrar respuestas a mis preguntas.
Decidí que una ducha no me iría mal para despejarme, aunque fuera sólo un poco. Me dirigí al baño, y vi que no había ducha; había una bañera enorme.
Después del relajante baño, aunque no me hubiera quitado completamente toda la tensión de mi cuerpo, me dirigí al armario. Allí había ropa de mi talla. Qué extraño. Yo diría que nadie de aquí me conocía.
Suspiré.
Cogí una camiseta con botones y unos tejanos. Después me puse las mismas converse que había llevado desde que salí de la casa de Barcelona.
Luego me tumbé en la cama, agotada del largo viaje.
—¡No, Edward! ¡No voy a seguir sin ella! –gritaba Jacob, gesticulando con sus manos.
—Jacob, por favor, tranquilízate. –le pidió Edward.
—Jake, la encontraremos, ya verás. –intentó convencerle Bells. –Debes tener…
—¿Paciencia? ¿Esperanza? –la interrumpió Jake. —¡No, Bella! No puedo tener paciencia, no puedo tener esperanza después de no sé cuántos días sin poder encontrarla.
—No hagas ninguna estupidez, Jake, sólo te pido eso. –suplicó ella.
—¿Cómo puedes pedirme eso? Bella, ¡estuvo tan cerca de mí! –las lágrimas brotaron de sus ojos, de pura rabia. —¡La tenía a dos pasos! ¡Y no pude detenerla! No pude, Bella, no pude… Ella se fue, se fue… Sin mí, sin despedirse. –las lágrimas no dejaban de salir de sus ojos, y él, rendido, cayó al suelo.
Bella se agachó, y abrazó a Jacob. Edward hubiera llorado si hubiera podido. Él pensaba en mí, en mi muerte a manos de los Vulturis. Se imaginaba cómo me partían en trozos, y después los quemaban.
Esme sollozaba, al igual que Rosalie, y Embry lloraba.
De repente, alguien llamaba a la puerta. Jasper se levantó y se dirigió a la puerta para abrirla.
—Hola. –dijo una voz.
—Hola. –saludó Jasper.
—Venimos a hacer de testigos. –explicó esa misma voz, femenina.
—Venimos de parte de Alba. –dijo, esta vez una voz masculina.
—¿De quién? –preguntó Jasper, con el peso de no sé cuantas miradas clavadas en su espalda.
—De Alba. –volvió a repetir la misma voz.
—Pasad, por favor. –ofreció Jasper.
—¿Qué sabéis de ella? –preguntó agresiva Rosalie.
Lucía contestó.
—Nos ha dicho que os mandemos un mensaje.
—¿Qué mensaje? –preguntó Rosalie.
—Que no la busquéis, porque cuando la encontréis, será demasiado tarde. –Lucía tradujo mis palabras, y las expuso a la familia.
Todos se quedaron plasmados ante la noticia, y no pudieron articular palabra.
—¡No, Jacob! –gritó Edward.
Pero él ya había salido, y corría en forma de lobo. Corrió hasta llegar al acantilado, y se tiró. Cayó al agua, y dejó hundirse en ella. Se ahogaba. El lobo con pelaje rojizo se ahogaba, y no luchaba por salir del agua. Sus últimos recuerdos fueron conmigo. Recordó todos nuestros momentos juntos, y el último, con la imagen que se quedó, fue cuando acepté casarme con él. En ése momento, con ésa justa imagen en su mente, dejó de respirar, y su cuerpo cayó inerte al fondo del mar.
Sentía que me ahogaba. Desperté ahogándome, como si mi garganta se hubiera llenado de agua salada.
Una pesadilla. Sólo eso. Miré hacia la almohada, cuando vi mi desgracia.
Mi tortura estaba ahí, esperando a ser descubierta; mi muerte física, mi falta de aire, mi tormento, mi oscuridad completa.
Debajo de mi mano tenía una foto de Alice. De Alice.
El don de Alice era prever el futuro. Mi sueño se presentaba en un futuro.
Jacob se iba a suicidar. Jacob iba a morir.
Se me hizo difícil respirar. Comencé a hiperventilar. Me levanté de la cama y me convertí en un manchón en cuanto empecé a correr. Bajé las escaleras rápidamente. No podía dejar que lo hiciera. Jacob no podía suicidarse por mi culpa, por su impotencia. Debía impedirlo. Se suicidaba por no haber podido alcanzarme en el bosque, por mi culpa, sólo mía, no podía permitir que lo hiciera.
—Alto. –dijo un hombre, impidiendo mi salida barrando la puerta.
—¡Apártate de ahí! –grité, cuando vi que se trataba de Félix.
¿Había acabado ya la reunión?
—No puedo. No tienes el permiso de Aro.
—¡Me da igual!
—¡A mí no!
—Alba, querida. –dijo la voz de Aro desde detrás de mí.
Me giré bruscamente, haciendo que mi pelo siguiera el movimiento y se estampara contra mi rostro suavemente.
—Aro. –dije, a modo de saludo.
—Acompáñanos, por favor. –ofreció, extendiendo un brazo para señalar al ancho pasillo, y el otro, ofreciéndome su mano.
Yo seguía hiperventilando. Cerré los ojos, planeando algo, mientras dejaba que el escudo de Bella hiciese efecto en mí para poder tomar la mano de Aro sin ninguna consecuencia, porque yo sabía lo que él quería, y no iba a ser tan tonta de dárselo.
Cuando creí que ninguno de los dos me vigilaba, me di la vuelta y empecé a correr. Conseguí salir de la estancia, pero al ser de noche, ellos podían salir sin temor de mostrarse, ya que su piel no relucía bajo la luz de la luna, sino bajo la luz del sol.
Félix se colocó delante de mí y me cogió de una manera extraña, y consiguió inmovilizarme.
—¡No! ¡Déjame, asqueroso armario! ¡Suéltame! –empecé a chillar, intentando controlar mis lágrimas.
—¡Félix! ¡No le hagas daño! –ordenó Aro. –La quiero sana y salva, y Cayo todavía más.
¿Cayo? ¿Qué tenía él a ver con todo esto?
Me sentí débil, había agotado todas mis fuerzas durante el viaje, y el horror que habían presenciado mis ojos sólo hacía que empeorarlo. Caí en los brazos de Félix, quien me cogió en brazos sin muchos problemas. Después, siguió a Aro a través de los pasillos, hasta llegar al salón.
—Hermano, ¿qué significa esto? –preguntó con ira Cayo.
—Quería escapar, Cayo hermano, tuve que hacerlo. –explicó Aro, intentando tranquilizar a Cayo. –Pero ella está bien. No ha sufrido daño alguno.
Cayo pareció relajarse y se volvió a sentar en su silla. Aro se dirigió a la suya, y se sentó elegantemente.
—Déjala en el suelo, Félix, pero no te alejes mucho. –ordenó Marco, con ésa voz monótona suya.
—Sí, señor. –dijo Félix, como si se tratara del ejército, y dejándome en el suelo.
—Antes de nada, me gustaría pediros algo, aunque sé que no tengo ningún derecho a hacerlo. –pedí, suplicante y esperando que me hicieran caso.
Ellos se miraron entre ellos, y cuando Aro me miró, lo hicieron los otros dos.
—Habla. –dijo Aro.
—Gracias. –agradecí. –Yo… debo volver a Forks. El hombre al que amo quiere suicidarse, y yo puedo evitarlo. Después de hacerlo, prometo que volveré y me quedaré, haré todo lo que vosotros queráis, pero, por favor, lo único que pido es que me dejéis marchar.
Aro tendió sus manos a los dos lados de su trono, y Cayo y Marco cogieron cada uno una. Aro cerró los ojos, y después, abriéndolos, miró a Cayo. Éste pareció no darse cuenta, ya que me seguía mirando a mí.
Tragué saliva, y la respiración se me volvió a acelerar, al igual que el corazón.
—Alba. –me llamó Aro. Yo dirigí mis ojos hacia los suyos. –Haremos un trato. –yo asentí una sola vez. –Eres libre de irte, y quiero que hagas algo cuando llegues a Forks. –asentí de nuevo. –Quiero que comuniques a mi gran amigo Carlisle que ya no vamos a ir a visitarles, y que tengo pruebas para saber que Irina mintió. –asentí otra vez. –Y cuando hayas dado el comunicado, y hayas salvado a ése hombre que amas, quiero que vuelvas aquí, con objetivo de quedarte indefinidamente.
Asentí con delicadeza y lentitud.
—Eso haré. –dije, para dar el trato como acabado.
—Bien. Puedes irte, entonces.
—Gracias.
Me di la vuelta y empecé a correr.
—Alba. –la voz de Aro volvió a resonar en mis oídos.
Me detuve, y me giré hacia él.
—Alec y Demetri te acompañarán en coche hasta el aeropuerto, seguro que vas más rápida así.
Asentí.
—Gracias, Aro. –agradecí.
Y en un segundo escaso, Alec y Demetri estaban a mi lado, y al segundo siguiente, ya habíamos salido al exterior.
Demetri fue a por el coche que había mencionado Aro, y Alec se quedó conmigo. El coche llegó enseguida.
—Madre mía. –susurré.
—Los siglos dan para ahorrar. –susurró Alec, abriendo la puerta de delante (y la única) para que yo me subiera.
—Gracias. –agradecí mientras me metía en el coche.
Él se puso detrás, sentado, ya que había un espacio plano donde podía caber una persona.
De todas formas, me pareció increíble.
—Arranca, Demetri.
Y el Ferrari California, en color rojo y descapotable, se puso en marcha con un rugido feroz.
