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(¸.•´ (¸.•' ¤ ❀ ❁CAPITULO 47
Terry...
A la mañana siguiente me despierto antes que Candy, como de costumbre. Duerme plácidamente abrazada a mí y con una pierna encima de la mía: su posición preferida. Me aparto de ella con cuidado y, sin hacer ni un solo ruido, me voy directo a la ducha. Intento no pensar en la tentación que ahora mismo yace en mi cama, en su cuerpo delgado y atractivo durmiendo entre las sábanas, la viva imagen de pureza y candidez. Es una pena, pero no tengo tiempo para saciar mis ganas de poseerla esta mañana; el avión está listo y me espera en la pista de despegue.
Anoche consiguió sorprenderme. Durante toda esta semana había notado un ligero distanciamiento de su parte, casi imperceptible. La otra noche quizás rompiese el muro que la rodeaba, pero consiguió reconstruir una parte. No es que hubiese estado enfurruñada y haciéndome el vacío, pero sí que es cierto que aún no me había perdonado del todo.
Hasta ayer por la noche.
Pensaba que podría seguir adelante sin que me perdonase, pero la satisfacción que siento hoy, esta sensación casi de euforia me dice lo contrario.
Termino de ducharme en menos de cinco minutos, me visto deprisa y me preparo para irme, no sin antes acercarme a la cama a darle a Candy un beso de despedida. Me inclino hacia su mejilla y le doy un beso muy suave, tanto como una caricia, y en ese instante abre sus ojos de par en par.
Candy arquea con delicadeza las caderas y me dedica una sonrisa tierna.
—Hola…
—Buenos días —respondo, apartándole un pequeño mechón de pelo enredado de la cara. Joder, esta chica me hace sentir cosas que ninguna mujer debería ser capaz de hacerme sentir. Estoy a punto de vengarme del cabrón que mató a Karen y me arrebató a Candy, y solo pienso en abalanzarme sobre ella.
Tras pestañear unos segundos, su sonrisa se va desvaneciendo al recordar que esta mañana no es una cualquiera. La cara de estar adormilada desaparece y entonces se levanta de un plumazo y me mira fijamente, sin prestar atención a que la sábana se ha caído, dejándola completamente desnuda.
—¿Ya te vas?
—Sí, cariño. —Me siento a su lado en la cama e, intentando no fijarme demasiado en sus tetas dulces y redonditas, le cojo la mano y la acaricio con suavidad—. El avión ya está preparado y me están esperando.
Ella traga saliva.
—¿Cuándo vas a volver?
—Si todo va bien, dentro de una semana más o menos. Primero tengo que reunirme con un par de agentes del gobierno en Rusia, así que no vuelo directamente a Tayikistán.
—¿En Rusia? ¿Por qué? —dice, frunciendo un poco el ceño—. Pensaba que ibas a arreglar unos asuntos en Ucrania ya de vuelta.
—Iba a hacerlo, pero han cambiado las tornas. Ayer por la tarde me llamó uno de los contactos de Peter en Moscú. Quieren que me reúna con ellos primero, si no, no me dejarán llegar hasta Tayikistán.
—Ah. —Candy cada vez frunce más el ceño y la veo preocupada—. ¿Sabes por qué?
Tengo mis sospechas, pero será mejor que no le diga nada más ahora mismo. Ya estaba bastante preocupada de por sí y nunca se sabe por dónde te van a salir los rusos. Además, la situación allí es cada vez más inestable y eso no ayuda.
—Ya me he reunido con ellos otras veces —digo, sin desvelar nada más, y me levanto para que no siga preguntándome sobre el tema—. Me tengo que ir ya, cariño, pero te veré dentro de unos días. Espero que tengas suerte con los exámenes.
Ella asiente, pero le brillan los ojos de una manera recelosa, y no puedo resistirme a agacharme para darle un último beso antes de salir de la habitación.
En Moscú en marzo hace un frío que pela. Se te mete por las capas de la ropa, te cala los huesos y solo piensas que no volverás a sentir calor en la vida. Rusia nunca ha sido especialmente de mi gusto, y esta visita no hace más que ratificar que no me gusta nada.
Congelada. Sucia. Corrupta.
Puedo soportar los dos últimos adjetivos, pero tres ya son muchos. Con razón Peter estaba tan contento de quedarse en la finca. El cabrón sabía perfectamente en lo que me estaba metiendo, me fijé en la sonrisilla que tenía en la cara cuando despegamos. Viniendo del calor tropical de la selva, el frío polar que ha venido haciendo en Moscú en las últimas semanas de invierno hasta duele; igual que duele tener que negociar con el gobierno ruso.
Después de casi una hora, diez aperitivos distintos y media botella de vodka, Buschekov por fin empieza a hablar del asunto que me ha traído hasta aquí. He aguantado toda esta espera porque así me ha dado tiempo a que se me calentaran los pies del todo. El tráfico para venir hasta aquí era tan insoportable que Lucas y yo tuvimos que salir del coche y andar ocho calles. Se nos había congelado hasta el culo.
Pero por fin parece que puedo mover los dedos y que Buschekov está por la labor de hablar de negocios. El hombre es uno de los funcionarios no oficiales del gobierno, un hombre con una enorme influencia en el Kremlin, pero cuya identidad jamás aparece en las noticias.
—Tengo asuntos delicados que me gustaría comentarte—dice Buschekov, después de que el camarero se lleve algunos platos vacíos. O, más bien, lo dice la intérprete de Buschekov después de que este dijera algo en ruso. Como Lucas y yo apenas lo entendemos, Buschekov contrató a una chica para que interpretara. Yulia Tzakova es una chica guapa, peliroja y con los ojos azules, y parece que solo se lleve un par de años con mi Candy, pero el agente me ha asegurado que la muchacha sabe ser discreta.
—Continúa —digo en respuesta a Buschekov. Lucas está sentado a mi lado y se está tomando en silencio su segunda ración de blinis rellenos de caviar. Solo me lo he traído a él a esta reunión; el resto de mi grupo está colocado en una posición cercana, esperando por si sucediese cualquier cosa. No creo que los rusos intenten nada raro ahora mismo, pero uno nunca es lo suficientemente precavido.
Buschekov me dirige un atisbo de sonrisa y responde en ruso.
—Estoy seguro de que conoces las dificultades de nuestra región —interpreta Yulia—. Me gustaría que nos ayudases a resolver estos asuntos.
—¿Ayudaros cómo? —Sospecho lo que quieren, pero prefiero oírlo directamente de su boca.
—Hay algunas partes de Ucrania que necesitan nuestra ayuda —dice en inglés Yulia—. Pero, con la opinión mundial siendo la que es ahora, sería problemático si fuésemos allí y los ayudásemos.
—Así que os gustaría que lo hiciese yo, en vuestro lugar.
Él asiente, con sus ojos apagados clavados en mí, mientras Yulia me traduce en esta ocasión.
—Sí —dice—, queremos que un cargamento grande de armas y otros materiales lleguen a los luchadores por la libertad de Donetsk. No pueden tener constancia de que es nuestro. A cambio, se te pagará la tarifa estándar y te concederemos un salvoconducto para ir a Tayikistán.
Le sonrío sin ninguna gana.
—¿Eso es todo?
—También preferimos que evites cualquier trato con Ucrania en este momento —dice sin pestañear—. Dos sillas y un culo, ya sabes.
Doy por sentado que eso último tiene más sentido en ruso, pero entiendo lo que quiere decir. Buschekov no es el primer cliente que me pide esto y no será el último.
—Siento decir que necesitaré una compensación para eso—digo, con calma—. Como ya sabrás, en estos conflictos no me suelo decantar por ningún bando.
—Sí, eso hemos oído. —Buschekov pincha un trozo de pescado con el tenedor y se lo come despacio mientras me mira—. Quizás debas reconsiderar tu postura en este caso. La Unión Soviética habrá desaparecido, pero nuestra influencia en esta región es aún considerable.
—Sí, tengo constancia de ello, ¿por qué crees si no que estoy aquí? —La sonrisa que le dirijo en esta ocasión es más sarcástica—. Pero la neutralidad es un lujo muy grande como para tirarlo por la ventana. Seguro que lo entiendes.
Noto en él una mirada fría.
—Lo entiendo. Tengo permiso para ofrecerte un veinte por ciento más de lo que cobrarías por tu colaboración en este asunto.
—¿Un veinte por ciento cuando perdería la mitad de los beneficios? —Dejo escapar una risa—. Me parece que no.
Buschekov se echa otro chupito de vodka y se pone a girarlo sobre la mesa, pensativo, hasta que finalmente me dice:
—Un veinte por ciento y te entregamos al terrorista de Al-Quadar capturado. Es nuestra última oferta.
Analizo su expresión mientras me echo otro chupito de vodka. En realidad, esto es bastante mejor que lo que esperaba que me ofreciese, y me parece prudente no presionar mucho a los rusos.
—Trato hecho, pues —digo, y alzo el vasito sarcásticamente a modo de brindis para después tomármelo de un trago.
Por suerte, el conductor de nuestro coche logró salir de aquel tráfico infernal y ya estaba esperándonos fuera al salir del restaurante, conque de camino al hotel no nos congelaremos.
—¿Os importaría acercarme a la boca de metro más cercana? —nos pregunta Yulia cuando Lucas y yo nos dirigimos hacia el coche. Acabamos de salir, pero ya la veo tiritando—. Está a unas diez manzanas de aquí.
La miro de reojo y acto seguido le hago un gesto a Lucas.
—Cachéala.
Lucas se acerca y la registra de arriba abajo.
—No lleva nada.
—Vale —digo, y le abro una puerta del coche—, súbete.
Se mete y se sienta a mi lado, en la parte de atrás, mientras que Lucas se queda en el asiento del copiloto.
—Muchas gracias, de verdad —dice, con una sonrisa bonita—. Este invierno es uno de los peores de los últimos años.
—No hay de qué. —No me apetece charlar, por lo que saco el móvil y empiezo a contestar correos. Hay uno de Candy, que me hace sonreír tontamente. Quiere saber si aterricé sin problemas. «Sí», contesto. «Ahora solo falta no congelarme en Moscú».
—¿Te vas a quedar aquí un tiempo? —La dulce voz de Yulia me interrumpe justo cuando iba a leer un informe que detalla las actividades de Candy en la finca durante mi ausencia. Cuando la miro, la joven rusa sonríe y cruza las piernas—. Podría enseñarte la zona, si quieres.
Su invitación no podría ser menos sutil, ni aunque me agarrase la polla ahí mismo. Al fijarme en ella noto cómo me quiere devorar con la mirada. Sé el tipo de chica que es, es de las que les pone el poder y el peligro. Quiere acostarse conmigo por lo que represento, porque le pone jugar con fuego. No me cabe duda de que me dejaría hacerle cualquier cosa, sin importar lo sádico o perverso que fuera, y probablemente me suplicaría que aún quiere más.
Es de esas mujeres que me habría tirado sin dudarlo antes de conocer a Candy. Desafortunadamente para Yulia, su belleza ya no me provoca ningún efecto. La única mujer que quiero en mi cama es la rubia crespa y de piel dorada por el sol que está esperándome a miles de kilómetros de aquí.
—Gracias por la propuesta —digo, sonriéndole de forma insulsa—, pero nos iremos pronto, y estoy muy cansado como para prestarle a esta ciudad la atención que se merece.
—Ya —dice Yulia, sonriendo y sin inmutarse por la respuesta. La chica parece tener bastante confianza en sí misma como para ofenderse—. Si cambias de idea, ya sabes dónde encontrarme.
En cuanto el coche se para en doble fila en frente de una parada de metro, ella se baja con estilo, dejando atrás un rastro de perfume del caro.
Lucas se gira para hablarme cuando el coche empieza a moverse de nuevo.
—Si no la quieres, para mí sería un placer entretenerla esta noche —dice, despreocupado—. Si te parece bien, claro.
Su propuesta me hace sonreír. Las pelirojas siempre han sido su debilidad.
—¿Por qué no? —digo—. Toda tuya, si la quieres.
Hasta mañana por la mañana no cogemos el avión y tengo bastante seguridad a mi alrededor. Si Lucas quiere pasarse la noche follándose a nuestra intérprete, no le voy a negar ese placer. Yo, en cambio, voy a darle a la manivela en la ducha mientras pienso en Candy y así luego dormiré como los ángeles.
Mañana va a ser un día completo.
El vuelo a Tayikistán desde Moscú debería de tardar unas seis horas en mi Boeing C-17 —uno de los tres aviones militares que poseo—, lo suficientemente grande para llevar a todos mis hombres y el equipamiento para esta misión.
Todo el mundo, yo incluido, está equipado con lo ultimísimo en material de combate. Tenemos chalecos antibalas y resistentes al fuego y vamos completamente armados con rifles de asalto, granadas y explosivos. A lo mejor es un tanto excesivo, pero no me la juego con la vida de mis hombres. Que me guste el peligro no quiere decir que sea un suicida; todos los riesgos que tomo en estos negocios están estudiados al milímetro. El rescate de Candy en Tailandia quizás fuese la operación más peligrosa que he realizado en los últimos años y no lo habría hecho por otra persona.
Solo por ella.
Me paso la mayor parte del vuelo revisando los detalles de producción de una fábrica nueva en Malasia. Si todo va bien, quizás desplace la producción de misiles hasta allí desde su ubicación actual en Indonesia. Los funcionarios allí se están volviendo cada vez más codiciosos y cada mes piden mayores sobornos, así que no estoy por la labor de seguirles el juego por mucho más tiempo. También aprovecho para responder algunas preguntas a mi gerente de administración en Chicago; ahora mismo está preparando el fondo definitivo a través de una de mis filiales y necesita que le mande instrucciones para la inversión.
Volamos sobre Uzbekistán, aún a unos cientos de kilómetros de nuestro destino, y entonces decido ir a ver cómo va Lucas, que está pilotando el avión.
Nada más entrar en la cabina, se gira y me dice:
—Vamos sin problemas y llegaremos dentro de una hora y media —dice, sin que le pregunte nada—. Hay unas placas de hielo en la pista de aterrizaje, las están derritiendo para cuando lleguemos a tierra. Los helicópteros tienen el depósito lleno, listos para nuestra llegada.
—Perfecto —contesto. El plan es aterrizar a unos veinte kilómetros de distancia de la supuesta guarida de los terroristas en la Cordillera del Pamir, y desde allí hacer el resto del camino en helicóptero.
—¿Algún movimiento sospechoso por esa zona?
Lucas niega con la cabeza.
—No, todo está tranquilo.
—Bien. —Entro del todo en la cabina y me siento al lado de Lucas en el asiento del copiloto, donde me pongo el cinturón—. ¿Qué tal con la chica rusa ayer?
Una sonrisa inesperada surge en su cara de tío duro.
—Bastante bien, te perdiste una buena.
—Sí, ya lo imaginaba —digo, aunque en realidad no me arrepiento en absoluto. Un rollo de una noche no superará nunca la intensa compenetración que tenemos Candy y yo, y no estoy dispuesto a conformarme con nada menos.
Lucas sonríe de par en par, algo todavía menos común en su expresión inmutable de siempre.
—Tengo que decirlo, no me esperaba verte felizmente casado como estás ahora.
Arqueo las cejas.
—¿Ah, no?
Es la primera vez que me comenta algo así de personal. Lucas nunca ha traspasado la línea que lo separa de ser un fiel empleado a un amigo, ni yo lo he empujado a hacerlo. Ganarse mi confianza no es nada fácil; de hecho, solo ha habido unas cuantas personas en mi vida a las que he podido llamar «amigos».
Él se encoge de hombros y recupera su expresión seria como de costumbre, aunque aún puedo notarle un atisbo de estar disfrutando este tema de conversación.
—Aunque claro, nadie se imagina que gente como nosotros pueda llegar a ser el marido perfecto.
Se me escapa una pequeña carcajada involuntaria.
—Bueno, no creo que Candy piense que soy precisamente el marido perfecto.
¿Un monstruo que la secuestró y le metió de todo en la cabeza? Sin duda. Pero ¿un marido perfecto? Algo me dice que no.
—Bueno, pues si no lo piensa, debería hacerlo —suelta Lucas, ya prestándole atención a los controles del avión—.No le pones los cuernos, la cuidas bien y has arriesgado tu vida por salvarla. Si eso no es ser el marido perfecto, no sé lo que es.
Mientras me habla, frunce ligeramente el ceño y acerca la vista al radar, donde parece haber visto algo.
—¿Qué pasa? —pregunto en voz alta, con todos mis sentidos en estado de alerta.
—No estoy seguro —empieza a decir Lucas, y en ese momento el avión da un vaivén increíblemente fuerte que casi me tira del asiento. De no ser por el cinturón de seguridad que llevo puesto, me habría chocado contra el techo ahora que el avión empieza a caer en picado.
Lucas se pone a los mandos e intenta recuperar el rumbo mientras vocifera una retahíla interminable de palabrotas.
—¡Mierda, joder! Joder. ¡Me cago en la puta!
—¿Qué nos ha dado? —Sorprendentemente, mantengo la voz y la mente en calma mientras evalúo la situación. Se oye un chirrido intermitente desde el motor, hay gente gritando detrás y huele a humo, así que debe de haber un incendio. Tiene que haber sido una explosión, lo que quiere decir que alguien nos ha disparado desde otro avión o que un misil tierra-aire ha explotado en las proximidades y ha dañado uno o más motores. No puede haber sido un impacto directo ya que este Boeing está equipado con un sistema de defensa antimisiles diseñado para evitar cualquier proyectil, a excepción del más avanzado; además si hubiese sido así, nos habrían volado en pedazos.
—No lo sé —consigue decir Lucas mientras lucha por controlar los mandos. Por un instante logra estabilizar el avión, pero al momento vuelve a caer en picado—. ¿Importa ahora?
A decir verdad, no estoy seguro. Mi yo más deductivo quiere saber qué, o quién, va a ser responsable de mi muerte. No creo que hayan sido los de Al-Quadar; según mis fuentes no tienen armamento de este calibre. Descartados estos, puede haber sido un error de algún soldado uzbeko de gatillo fácil o un disparo deliberado de otro bando. Quizás fuesen los rusos, pero vete a saber por qué lo harían.
De todas formas, Lucas tiene razón: no sé qué voy a sacar de pensar en eso. Saber quién ha sido no nos va a salvar. Las cimas nevadas del Pamir se ven a poca distancia: seguro que no vamos a salir de esta.
Lucas sigue soltando palabrotas y tratando de recuperar el control de los mandos, pero yo me aferro al asiento y me quedo mirando fijamente cómo la tierra se va acercando a nosotros a una velocidad endiablada. Siento muy cerca un sonido arrollador y me doy cuenta de que son mis propios latidos, que la adrenalina me ha agudizado todos los sentidos y que puedo incluso oír la sangre fluir con intensidad.
El avión amaga con recuperar la trayectoria en un par de ocasiones, cada una de ellas nos da unos segundos extra que sin embargo no van a poder evitar nuestra caída inminente y mortal.
Mientras me veo cómo descendemos al infierno, solo lamento una cosa: jamás volveré a tener a Candy entre mis brazos.
CONTINUARA
En este capitulo me encanto que no le pusiera los cuernos
a Candy. Un punto a favor de mi sadomasoquista.
Aby
