Capítulo 52
Retos en el horizonte
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Lo primero que hizo al entrar a la habitación fue fijar la mirada en aquel rostro, varonil y hermoso, que yacía sumido en el sueño más absoluto. Hechizada, la diosa se acercó hasta la cama para acariciar con suavidad esos labios que tantas veces habían sometido a los suyos. Su relación con Ares podía ser tormentosa, pero de alguna manera, ella simplemente era incapaz de dejarlo ir. Muchos podrían tachar su amor de retorcido, y probablemente lo era; sin embargo a ella nunca le habían importado las opiniones ajenas.
Su gran y único temor seguía siendo Saga. De alguna forma, sabía que después de esa humillación, Ares buscaría la manera de vengarse de Athena, y golpearía justo donde más le dolería. Pero, ahora que Aioros se había encargado de ponerse en el medio, Afrodita tenía la esperanza de que Ares se bastara con él. Ella se encargaría de que el gemelo se mantuviera a salvo.
—Pronto estarás fuera—le murmuró, mientras buscaba con desesperación por la urna que contenía su alma sellada.
Sin embargo, a diferencia de su primera visita, el cofre no se cruzó con su vista. No estaba en la repisa, donde la había visto la última vez. Lo que era más, ni siquiera había rastro de él en la habitación. En realidad, debió haberlo supuesto: ni Athena, ni Shion, cometerían el mismo error dos veces. Si quería encontrar la urna que mantenía a su divino amante encerrado, tendría que ser lo suficientemente astuta.
Echó una mirada sobre su hombro, hacia la puerta, pensando en que no habría podido elegir mejor momento para presentarse. Ante la ausencia de Shion, todo se volvía más sencillo para ella y debía aprovechar dicha ventaja.
Se apresuró a revisar en todos los sitios en que se le ocurrió. Puso de cabeza la habitación, esperando que la suerte le sonriera. La urna, sin embargo, nunca apareció.
—Maldición—escupió la palabra con disgusto—. ¿En dónde la has guardado? —Pero absolutamente nadie podía responder a sus preguntas.
Agotada, se sentó en el borde de la cama. Resopló, mientras sus manos acariciaban con cuidado las heridas en los brazos del dios dormido. Ares siempre le había parecido imbatible, un ser indómito que jamás sería conquistado por nadie. Por eso mismo, verle así, vulnerable y herido, desataba un escalofrío dentro de ella, como pocas veces había sentido. A cualquier precio, tenía que ayudarlo.
Se puso en pie una vez más, decidida a no desperdiciar un solo segundo. El poco tiempo que tenía era precioso y no podía perder aquella oportunidad. Tenía que ser rápida, también certera.
El problema llegó cuando Afrodita menos lo esperaba.
Estaba tan entretenida rebuscando en las estanterías, repletas de libros, urnas y frascos de contenidos desconocidos, que no reparó en el momento en que la puerta del dormitorio se abrió. El guardia que apareció quedó petrificado al encontrarla ahí. Afrodita, en cambio, se limitó a centrar sus ojos color esmeralda en él. La verdad era que, mientras se tratase de un hombre, sabía que no tenía nada de que preocuparse.
—¿Quién eres? ¿Qué haces…?
—Tsh… —El guardia no tuvo tiempo de continuar. La castaña se encargó de callarlo.
Una dulce esencia emanó de ella, invisible para los ojos del guerrero, pero no para su olfato. Cayó en trance y entonces la diosa supo que lo tenía. Se acercó lentamente hasta él, con movimientos lentos, felinos y sensuales. Cuando estuvo a su alcance, rodeó el cuello con sus brazos y acercó su rostro al suyo. Sus labios se unieron a los de él, en una caricia superficial y fría. Apenas se habían rozado cuando los ojos del hombre se abrieron, inyectados en terror.
Dentro de su pecho, el corazón se le desbocó. Sintió un frío intenso corriendo por sus venas y, poco después, se sintió incapaz de respirar.
Afrodita contempló todo el espectáculo en silencio, con una sonrisa en los labios. Vio el terror en sus ojos, al punto que el mohín de satisfacción en su rostro desapareció por una fracción de segundo. El cuerpo del hombre se rindió, convirtiéndose en una tormenta de pétalos rojos… ella había ganado. Después, solo hubo paz.
—Llegaste en el momento equivocado—susurró cuando la escena hubo alcanzado su final. Nunca la había gustado ensuciarse las manos, pero si era necesario, lo haría.
Pensó que lo peor había pasado y que podía continuar a solas con su búsqueda. Sin embargo, estaba equivocada.
—¡¿Qué sucede aquí?! —Otro guardia intervino. Su rostro, aterrorizado, no lucía muy diferente al del primer hombre al que había asesinado. La diosa frunció el ceño, a sabiendas de que los problemas recién comenzaban.
—Ven. —Le dijo. El aroma a rosas volvió a inundar la habitación, envolviendo en los brazos de la seducción al pobre desgraciado.
El hombre se acercó a ella con pasos atrabancados. Su destino no sería muy diferente al de su compañero. Tembló cuando la diosa acarició suavemente su mejilla. Un gesto tierno como triste despedida a su vida de guerrero.
Pero esta vez, Afrodita no tuvo de tiempo de disfrutar su éxito, porque un grito de terror hizo cimbrar sus oídos. Antes de que pudiera detenerla, la doncella corrió por el pasillo, alertando con sus voces de ayuda a todo habitante del templo principal. El primer impulso de Afrodita fue seguirla, pero si lo hacía, terminaría haciendo aquel lío algo mucho más dantesco de lo que ya era. Dos guardias desaparecidos no le preocupaban. Un escándalo en el mismísimo templo de Athena… aquello era algo que sin duda no podía permitirse.
Miró a Ares una última vez. Rápidamente, se acercó a su lecho y depositó un beso de despedida sobre sus labios. Volvería por él más tarde… en otra ocasión en que la suerte probablemente le sonriera más.
—Regresaré por ti.
Y, en un pestañeo, se esfumó con el viento en medio de una cortina de pétalos rosas.
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La energía que lo rodeaba parecía haber esfumado su cansancio. La espiritualidad que emanaba de aquella habitación le infundía nuevos ánimos y la anticipación que sentía de volver a ver a su pequeña diosa le incitaba a caminar lo más rápido que podía.
Despidió a los sacerdotes que le habían acompañado hasta ese punto y, cuando se supo a solas, se decidió a asomar el rostro en la enorme tinaja llena de agua que dominaba la mayor parte del salón. Tomó un puñado del polvo gris y brillante que permanecía siempre en el atril al lado de la tina, y lo espolvoreó sobre el agua, viéndola perder su tono cristalino. Entonces, esperó pacientemente hasta que, el color plata suplantara al turquesa en su totalidad. Por fin, en medio de las nubes grises que flotaban sobre el agua, distinguió el resplandor de un círculo dorado que de ningún modo podría desconocer: Niké.
El rostro de Saori se fue definiendo poco después. Los gestos de la pequeña diosa le parecieron radicalmente diferentes a los que había encontrado en su esencia de la Era del Mito. El candor de su juventud, sin embargo, le embelesó. Extrañaba terriblemente a la niña.
—Princesa—llamó su nombre con suavidad. De haber tenido la oportunidad de hacerlo, la habría estrechado en un abrazo.
—Shion, te hemos echado tanto de menos.
—Y yo a ti… a todos ustedes. —Pero de pronto, esa misma inocencia que le había hipnotizado se encargó de recordarle la inexperiencia de su joven señora y también aquel lado humano que a veces olvidaba. —¿Cómo están las cosas ahí?
La cuestión era que el lemuriano ya sabía que algo iba mal. Si la pelilila se había atrevido a convocarle, algo seguramente no estaba del todo bien. De otro modo, la pequeña no hubiera hecho nada que pudiera preocuparles, o desconcentrarles de la misión que los había llevado hasta ahí.
Sus inquietudes se confirmaron al verla bajar la mirada. El gesto, mezcla de consternación y tristeza, fue simplemente imposible de ocultar para la joven.
—Princesa—volvió a llamarla—, puedes decirme lo que sea. —Entonces, la diosa levantó la mirada para fijarla en él. Ni uno solo de sus sentimientos fue guardado para si misma.
—¿Has visto a los chicos? —Ella preguntó.
—Aún no he tenido la oportunidad. Las cosas se han… complicado un poco más de lo esperado en estas últimas fechas. Han pasado el tiempo fuera de la ciudad, mientras yo estoy a cargo de misiones especialmente asignadas por Athena.
—Oh…
—Hay algo que no me dices. —La incertidumbre le estaba escociendo por dentro. Saori no lo sabía, pero la creciente ola de misterios estaba terminando con los nervios de Shion.
—Algo ha sucedido y me temo que está ligado a algún acontecimiento de esa Era. —La diosa habló entre susurros. —El problema es que no sé exactamente de que se trata. Esperaba que tú pudieras decirme que está pasando. Todos estamos muy… preocupados.
La manera en que la mirada triste de Saori bajó, permitió que el lemuriano sacara sus propias conclusiones. Supo, casi de inmediato, que las especulaciones de la joven no estaban equivocadas. Lo que fuera que estuviera sucediendo en la época moderna, tenía que estar relacionado con el caos que reinaba en sus vidas.
—Dime—pidió.
—Es Sagitario. —Shion sintió un escalofrío recorriendo su interior. Se contuvo, sin saber como lo consiguió, pero la dejó terminar lo que había empezado—. La armadura se ha cubierto de sangre. Arles ha contemplado la posibilidad de que se trate de una miaiphona. Estamos asustados, Shion. Eso significaría que Ares…
—¿Sagitario? —El hecho de que la armadura del centauro estuviera en medio de aquella locura, le preocupaba. ¿Qué estaba pasando con sus chicos?
—Si. ¿Sabes algo? —Antes de dar una respuesta apresurada, el lemuriano se tomó tiempo de pensar en lo que estaba sucediendo. Miles de posibilidades se dibujaron en su mente, cada una peor que la otra.
—No estoy seguro, pero es posible que Arles no esté del todo equivocado, princesa. —Se atrevió a responder. Sentía el corazón desbocado latiendo dentro de su pecho. El hecho de que las repercusiones de aquella locura hubieran llegado tan lejos, hacía más tangible que nunca el daño que causaba. —Lamento ser el portador de noticias tan terribles para ustedes, pero así tendrá que ser. Ares, definitivamente, está involucrado… aunque no de la manera en que estás pensando.
—¿De qué hablas? —Casi suplicó. Esperaba noticias terribles, pero de pronto comenzaba a temer que fuese peor de lo que imaginaba.
Shion suspiró mientras se esforzaba por ordenar sus propios pensamientos. El trabajo que había hecho por más de doscientos años como Patriarca, le había enseñado a manejar situaciones delicadas. Sin embargo, desde que esa aventura había comenzado, Shion había descubierto que a veces, las emociones le superaban, sin importa lo preparado que pensara que estaba.
A la vez, pensaba en sus niños. Si él se sentía así, no quería ni imaginar en como estarían el resto de ellos. Parecía que a cada paso que daban, se hundían más y más en las arenas movedizas que los dioses había preparado para ellos.
Por el momento, lo único que podía hacer, era responder a las inquietudes de Saori; la niña diosa, sin duda, no estaba menos afectada que él mismo. Mentirle, no iba a ser una opción: por mucho que doliera, tenía que ser completamente honesto con su princesa.
—Han sucedido demasiadas cosas en los últimos días. Explicarlas todas sería una locura total en este momento. Pero debes saber que la historia que voy a contarte, no es una que yo conozca por completo.
—Me estás asustando, Shion.
—Princesa mía, no sé que tanto sepas acerca de lo que ha sucedido últimamente, pero, poco después de que mi llegada, el alma de Ares fue sellada gracias al poder de la señora Athena.
—Saga está salvo. —Le murmuró el reflejo de la joven.
—Al menos por el momento—asintió—. Sin embargo, hace un par de noches, una explosión de cosmos nos puso en alerta.
—También se sintió aquí. El cosmos provenía de las armaduras doradas. Incluso mi cosmos fue incapaz de controlarlas; estaban enloquecidas.
—Cuando la explosión cesó y las cosas se normalizaron, descubrimos que las muñecas del cuerpo de Ares estaba abiertas… su sangre corría por ellas.
Los ojos grises de Saori se abrieron de par en par. No le resultó difícil atar cabos para llegar a la conclusión de que, sin duda alguna, la sangre derramada, en alguna forma, figurativa o no, era la misma que había bañado a Sagitario.
—¿Qué significa eso?
—No lo sé aún, pero si Sagitario está involucrada en alguna manera…
—No quiero caer en suposiciones. —La pelilila lo interrumpió tan de improviso, que el Patriarca no pudo contener un respingo—. ¿Qué ha dicho Athena al respecto?
—Se marchó en busca de los chicos. Desde entonces, no tenemos ninguna noticia suya.
—Deseo hablar con ella tan pronto esté de regreso. Asegúrate de hacérselo saber.
—Princesa, necesito saber exactamente lo que ha…
Pero el tiempo de hablar se había terminado. La puerta se abrió estruendosamente, mientras el reflejo de Saori desaparecía en las ondas del agua que agitaba. Shion volteó hacia sus espaldas, estupefacto ante la repentina interrupción. Sus órdenes había sido claras: nada, ni nadie, debía interrumpir aquel encuentro con su diosa.
Sin embargo, al reparar en el rostro de la doncella que había ido a su encuentro, el lemuriano supo que las noticias no eran buenas.
—¡Mi señor! —la joven mujer habló entre jadeos. Una gota de sudor resbaló por su frente.
—¡¿Qué sucede?! —Exclamó con los nervios a flor de piel.
—¡Ella…—dijo con la respiración entrecortada—… está aquí! ¡Ataca a nuestros soldados!
El primer pensamiento del Patriarca voló hacia Hera. Si alguien se atrevía a atacar el templo de Athena, tenía que ser ella misma y nadie más. Pero solo le bastó un par de segundos más para darse cuenta de que estaba en un error. Sus problemas tenía otro nombre, y un rostro de porcelana al que ya había enfrentado con anterioridad…
—Afrodita—susurró para si mismo antes de desaparecer con rumbo a sus habitaciones.
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—Oh, por Zeus…
La explicación de Athena había dejado a Dohko boquiabierto. Solo podía imaginarse lo que sucedería al llegar a Estínfalo y suplicar en sus adentros porque el plan les funcionara. Pensaba todavía más en lo que vendría después, con el enorme lío que se había armado con Aioros y Ares, en el eventual regreso a Atenas y en las explicaciones que tendría que dar a Shion nomás volver.
Su diosa aún seguía entre ellos, hablando un poco más allá con Mu y con Camus. Kanon también parecía haber recobrado la compostura, cerrando la boca y abstrayéndose en sus ideas. Saga, no demasiado lejos de él, observaba, con aquellos ojos suyos que resplandecían frente a la hoguera y veían mucho más de lo que uno pensaba.
Al chino siempre le había sorprendido la capacidad analítica del gemelo mayor. Desde pequeño había sido un crío excepcionalmente listo, con una comprensión privilegiada en el arte de la estrategia y una visión especialmente desarrollada para leer el comportamiento de los demás. Así que no le sorprendía en absoluto verlo ahí, del otro lado de la hoguera, sentado contemplando a través del fuego a la señora de la sabiduría, con el naranja de las llamas coloreando sus pupilas. Su rostro no delataba emoción alguna, solamente una calma absoluta. Sus labios estaba sellados y los dedos de sus manos, entrelazándose con suavidad. Pero Dohko sabía que detrás de esa máscara había mucho más del silencio que le envolvía.
Sin embargo, en el instante en que lo vio ponerse de pie y caminar en busca de la morena, supo que hasta ahí había llegado la calma. Y, de alguna forma, no se había equivocado.
—Athena. —La diosa volteó ante el llamado de su santo.
—¿Si?
—Necesito saber algo—dijo.
—¿De qué se trata?
—De Aioros. ¿Existe algo que podamos hacer? —La cuestionó. Tenía muchas más preguntas, pero de pronto, el arquero era todo en lo que podía pensar.
—No lo sé, Saga. Por lo pronto, estará bien mientras mantengamos sellado a Ares. No puede dañarles, ni a ti, ni a él.
—Pero su encierro no durará para siempre.
Y, aunque sus labios no lo dijeron, sus temores eran más que obvios: Aioros volvía a quedar en medio de él y del dios de la guerra. Una vez ya le había costado la vida, y Saga no tenía intención de que fueran sus manos, de nuevo, las que asesinaran a su amigo.
—Déjame encargarme de ello.
—Hay límites para todos—replicó. "Incluso para ti." Le hubiera querido decir. Nadie mejor que él conocía el poder destructivo de Ares. Tanto tiempo dentro de su cabeza le había enseñado una cosa: si se le daba la más mínima oportunidad, Ares se encargaría de demostrarles porque era el dios más cruel de todos.
—Por una vez, Saga, confía en mi. La situación está bajo control.
Ya no se trataba de que no quisiera confiar, se trataba de que no podía. Cuando era el dios de la guerra quien estaba en su camino, Saga no podía evitar sentirse asfixiado por su presencia.
Ninguno de ellos lo entendería jamás. Ninguno de ellos había pasado catorce años de su vida en pánico, atormentado por decisiones que salían de sus labios, pero que no eran suyas. El dolor, el miedo y el remordimiento eran emociones que los hombres sentían. Pero, ¿cómo podría él llamar a lo que había vivido todo ese tiempo? No había sido mortal, no había sido humano… y tampoco sus sentimientos lo habían sido.
—Solo hazme un favor—encaró una vez más a su diosa—: ahora que regresas a Atenas, pide a Shion que no malgaste su tiempo en mi. Su prioridad es Aioros y romper el maldito pacto, ¿entendido?
Dohko, Mu y la mismísima Athena fruncieron el ceño a la vez. ¿Cómo se había enterado Saga de la llegada del Patriarca? Pero aún pillados con la guardia baja, los tres se aseguraron de mantenerse en calma. No así, Kanon y Camus no alcanzaron a disimular su sorpresa. Sin embargo, del mismo modo en que los otros tres lograron contenerse, ni uno dejó que las preguntas que tenían en la mente escaparan de su lengua.
—No descuidaremos a ninguno de los dos, Saga. —La diosa le respondió—. Haremos todo lo que tenga que ser hecho para que Aioros y tú estén a salvo.
—Yo estoy perdido… él no. Hay que aprender a escoger las batallas que se libran, princesa.
Athena no le contestó, ni le detuvo cuando lo vio marcharse. Había llegado el punto en que no era posible elegir sus peleas. Simplemente le quedaba lucharlas y ganarlas a como diera lugar.
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Shion abrazó con todas sus fuerzas la urna con el sello de Athena y dejó escapar la respiración. Tan solo habían sido unos pocos minutos de locura, pero todo había transcurrido excepcionalmente lento para él.
En medio del caos que era su habitación, su mente daba vueltas en círculos por los peores escenarios que podía imaginarse. Pensaba en todo lo que había podido perder, en las consecuencias seguramente mortales de aquel arrebato de estupidez de Afrodita y en la sangre que terminaría vertida por las manos de un dios innegablemente vengativo. Pero, por algún milagro atribuido solamente a la bondad del destino, la diosa del amor no había triunfado en su cruzada. La cofre con el alma de Ares estaba a salvo… y sus muchachos también.
Aún así, sabía que no podía bajar la guardia, aquel había sido su segundo descuido; estaba seguro de que no habría un tercero.
—¿Estás bien? —Herse le preguntó. Llevaba varios minutos detrás de él, con el corazón desbocado y el temor aflorando en cada poro, pero Shion apenas y la había notado.
—Todo está bien.
—Perdimos a dos hombres. No todo está bien—habló Néstor, general de los ejércitos de Athena, y un hombre ciertamente astuto, según el mismo Shion le había escuchado hablar. —¿Cómo hemos llegado a esto? ¡Atacados por dioses en nuestros propios dominios!
—Son dioses, para ellos no hay límites. Lamento la pérdida de tus soldados. —Shion bajó la cabeza. Cada vida era importante y su pérdida pesaba mucho más, cuando la razón de la tragedia eran ellos mismos.
—Tengo viudas y huérfanos a los cuales visitar. Son a ellos a quienes debes ofrecer tus condolencias. —El viejo soldado se dio la vuelta y buscó la salida. Antes de marcharse, se detuvo y, sin mirar atrás, habló. —Has sido capaz de detener a un dios, quizás puedas hacer lo mismo con los otros. Si existe tal posibilidad, házmelo saber; iré contigo hasta al Infierno para conseguirlo.
El lemuriano no fue capaz de responderle. Las palabras no acudieron a él, aunque las ideas revolotearon a su alrededor.
Tomó la urna con cuidado y la asentó en su mesa, llena de papeles revueltos. Su mirada se perdió en aquel hermoso diseño de oro y piedras preciosas. El sello de sangre de Athena seguía intacto, para su tranquilidad. De pronto, la conversación con Saori le regresó a la mente.
Si la joven diosa tenía razón, el valor del alma de Ares se había duplicado. Ya no era solamente la vida de Saga la que dependía de la fuerza de aquella prisión de oro. Aioros, nuevamente, había encontrado la forma de ponerse justo en medio de los problemas.
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—Vamos, arquero, ponte de pie. Tenemos que hablar. —Ángelo golpeó suavemente la pierna del aludido, incitándolo a levantarse.
—¿Qué sucede? —Los ojos somnolientos de Aioros le miraron.
Se sentó torpemente, víctima aún del sueño y, lo primero que miró después del rostro de Máscara de Muerte, fue el de su hermano, con la esperanza de verlo despierto. No fue así, y la desilusión volvió a reflejarse en su rostro.
—¿Puedes caminar? ¿O, la falta de sangre te ha dejado inválido? —Esbozó una sonrisa retorcida que el castaño respondió con un gesto de extrañeza, seguido de un bostezo nada disimulado.
—¿Afuera?
—Afuera.
El italiano marcó el camino, tomando la delantera, hasta que unos segundos después, el castaño se atrevió a seguirle. A cada paso que dieron, las miradas los siguieron. No hubo ningún comentario por parte de los otros, pero la curiosidad se leía en los ojos de cada uno de ellos.
Afuera, la luz del día proveía de tibieza a aquella mañana. La aldea aún lucía devastada, pero poco a poco, la vida regresaba a sus calles, en busca de normalidad. Hombres, mujeres y niños se esmeraban en sus labores. Ningún esfuerzo resultaba innecesario para la dantesca tarea de recuperar el control de sus hogares y de sus vidas. El trabajo sería arduo, pero la voluntad era grande; la gente estaba aplicada en recuperar la calma que la tormenta de cosmos les había arrebatado.
Al igual que sucediera dentro, cuando Ángelo y Aioros cruzaron el marco de la puerta, los ojos de todo el mundo recayeron encima de ellos. Incluso Ganímedes y sus marineros no pudieron pasar por alto su presencia ahí. Tan solo verlos, su atención se dedicó a esculcar cada movimiento.
—¿Y bien? —Aioros preguntó al italiano. —¿Qué querías decirme?
—Es sobre Aioria y sobre lo que pasó durante nuestra ausencia. Tal vez no debería ser yo quien te diga que sucedió, pero el hecho de que no haya despertado me hace pensar que, quizás, recibas una sorpresa no precisamente agradable cuando lo haga. —Llevaba pensando en ello un buen rato. La visita de Artemisa solo auguraba problemas aún más graves para todos, especialmente para Aioria… o para Orión, según se le quisiera ver. Sabía de sobra que a partir de entonces, el santo de Leo necesitaría todo el apoyo que obtuviera tener de su hermano; y aunque la situación del arquero era delicada, no tenía tiempo que perder en lamentos. El tiempo apremiaba.
—Te escucho.
—Nuestro "secuestro," si es que se le puede llamar así, no fue un movimiento al azar. Probablemente Artemisa hubiera atrapado las almas de cualquier otro, pero sabía de sobra lo que haría al tenernos. Yo fui un simple peón en su juego, lo más parecido a un método de escape para la sumisión hacia su hermano. Básicamente, quería que entrenara guerreros para ella. Tu hermano, en cambio… —¿Cuál era la forma adecuada de decirlo?— …Aioria tenía una misión un poco más compleja; su cuerpo, mejor dicho. Lo usó para revivir a un antiguo amante suyo, estoy seguro de que conoces la historia: Orión, el gigante cazador. —La expresión en el rostro del santo de Sagitario lo hizo arrugar el semblante. —No me preguntes por detalles, porque desconozco lo que sucedió con exactitud. Solo sé que, de alguna manera, tu hermano se las arregló para recobrar el control de su cuerpo. Su consciencia seguía siendo suya, pero la presencia de Orión jamás desapareció. Aioria no tenía cosmos, pero las habilidades del cazador fueron visibles todo el tiempo en él.
—Por eso no ha despertado.
—No lo sé. Lo único que puedo decirte es que existe la remota posibilidad de que no encuentres al hermano que perdiste hace un tiempo. Necesitarás paciencia—musitó al final.
—Han pasado tantas cosas. —Al verlo bajar la vista, Ángelo supo que tenía que ser claro con él. No más medias palabras.
—Oye, la vida ha sido una mierda para todos últimamente, créeme que lo sé. Y odio ser yo quien tenga que decírtelo, pero no tienes tiempo para lloriquear. Vendiste tu alma para traerlo de regreso; acéptalo y enfrenta las consecuencias. Aioria va a necesitarte… él y todos nosotros. Eres mejor que esto. Basta de dar lástima.
Apenas había terminado de hablar cuando sintió que había tensado cada músculo de su cuerpo en espera de la respuesta de Aioros. Estaba seguro de que, tarde o temprano, el primer golpe llegaría, por ser un bocotas. Nadie menos que él tenía el derecho de hablarse así.
Sin embargo, su sorpresa fue enorme cuando el castaño le sostuvo la mirada. Nunca antes había tenido la oportunidad de mirar aquellos ojos azules tan de cerca, ni tampoco tan fijamente, por lo que descifrarlos le resultó terriblemente difícil. A pesar de todo, pudo jurar que había un atisbo de determinación en ellos. Del mismo modo en que se sentía el menos indicado para hacer demandas fortalezas, sabía que el arquero era probablemente uno de los que mejor podría levantarse de sus desavenencias.
—Ignoro lo que sucedió con ustedes, o lo que han vivido, pero he visto la forma en que hablas y miras a Aioria. —Máscara Mortal tuvo que esforzarse por tragar un respingo de su parte. No recordaba ser tan transparente. —Creo que tengo que agradecerte... por preocuparte por él.
—Yo… yo… —El peliazul no tuvo palabras para responder. Hubiera querido encontrar un forma de menospreciarse a si mismo y restar importancia al asunto, más no pudo. Terminó por callar unos segundos, aceptando que sus preocupaciones eran sinceras, y bufó, sin más remedio. —No agradezcas nada. Ya te dije lo que tienes que hacer.
Aioros asintió.
El dolor y el cansancio no se habían borrado de su rostro, pero algo le decía al italiano que sus palabras surtirían efecto. Palmeó el hombro del arquero mientras la veía marcharse, y se quedó atrás, absorto en sus pensamientos. Él también tenía sus propios asuntos, y el problema era que no sabía en donde empezar.
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Había estado tan silenciosa como una tumba mientras escuchaba la historia narrada por su Patriarca. Su mirada se mantuvo clavada en la mesa de mármol y sus labios, ligeramente apretados, cubiertos por las manos en un gesto de completa meditación. Habían regresado a Atenas tan solo una hora antes, para encontrarse con las peores noticias con que podían haberle recibido.
Néstor y Herse estaban también ahí, en silencio y con los ceños fruncidos en señal de consternación. Solamente la voz de Shion se escuchaba y sus palabras retumbaban en el salón.
—¡Debemos actuar! —El general habló, tan pronto Shion cedió la palabra. —Mi señora, este tipo de acontecimientos resultan un insulto a ti. ¡No podemos permitirlos!
—No es eso lo que me preocupa—respondió ella, y hablaba en serio. Más allá del hecho que algún otro dios se hubiera atrevido a violar sus dominios, eran las posibles consecuencias de una liberación a Ares lo que le robaba la calma. —No sé como ha tenido el atrevimiento de llegar hasta aquí. —Nunca había pensado en Afrodita como una mujer con valentía, solo en una molestia capaz de engañar los corazones de los hombres.
—Se ha vuelto osada.
—Y cínica—añadió—. Dice querer a aquellos a quienes más daño causa.
Shion no estaba seguro de que debía decir, pero entendía a lo que se refería su señora. Del mismo modo, al mirar los ojos grises de Athena supo una cosa más: tal insolencia debía ser castigada; todo terminaba ahí.
—¿Qué haremos? —Herse la cuestionó. Jamás había visto tan preocupada a su princesa.
—Aún tenemos un cofre. Podemos usarlo—susurró.
—¿Sería prudente? No sabemos si lo necesitaremos para más adelante.
—No lo sé. Al menos ninguno de los otros dioses ha amenazado con acercarse tanto, ni han tenido el atrevimiento de enfrentarnos de este modo—respondió—. Afrodita está siendo demasiado osada y temo que termine haciendo una estupidez sino marcamos un alto ya. No podemos dejar esta situación a la suerte, Shion.
—Lo sé, lo sé. —El lemuriano suspiró con resignación. Tenía que admitir que no tenían muchas más opciones. Solo temía las repercusiones que un nuevo ataque ocasionaría en el resto del Olimpo. Por regla general, los mortales no tocaban a los dioses; ir contra ello, era el peor de los agravios.
—¿Irás también en su búsqueda, señora?
—No. Si queremos detenerla, no será en sus territorios, ni mucho menos en el Olimpo. —Negó suavemente. —Afrodita volverá a nosotros.
—Y entonces, estaremos listos—acotó el guerrero.
—Lo estaremos, Néstor. No dejaremos que vuelva a inmiscuirse en nuestros asuntos, ni tampoco jugará con nuestros hombres.
Estaba arriesgándose de más, Athena lo sabía. Pero lo cierto era que los riesgos eran mayores dejándola libre. Si la castaña había tenido el coraje de retarla una vez, sin lugar a dudas, lo haría de nuevo.
Asintió de manera apenas perceptible mientras compartía una última mirada con sus tres acompañantes. Instantes después, la sacerdotisa y el soldado se retiraron, permitiendo a su diosa unos minutos de privacidad con su Patriarca. Siendo quienes cargaban el peso total de aquella misión, habían muchos detalles de los que debían hablar y aclarar. Sin embargo, no imaginaban que en la cabeza de Shion habían otros temas aún más importantes que tratar. Llevaba horas esperando el regreso de la morena y las noticias que trajera consigo. Toda información que viniera de sus chicos era bienvenido.
—Princesa, ¿le has visto? ¿Cómo se encuentran? —Pero la forma en que la diosa lo miró respondió todas sus preguntas.
—Hay buenas noticias… pero también las hay realmente malas. —Exhaló. —Aioria y Máscara de Muerte están de regreso. Máscara incluso está despierto—le contó, con una tímida sonrisa en los labios. Dentro de todo, aquella noticia simplemente era maravillosa. —Pero Aioros… —No pudo continuar. La expresión en su rostro se ensombreció en un pestañeo.
—Entonces es verdad—Shion terció. La mirada interrogante de su diosa no tardó en aparecer. —Antes, hablé con mi pequeña princesa. La armadura de Sagitario ha sufrido cambios que la han puesto en alerta. Me ha contado al respecto y temo que estén relacionados con Ares.
—Lo que sea que haya sucedido, no te has equivocado. Aioros ha… cometido la peor equivocación de su vida, probablemente.
—Me asustas.
—Oh, Shion, hay mucho que tienes que saber.
El peliverde tomó asiento en una silla continua. Trató de lucir lo más centrado posible, aunque por dentro, un pedacito de él moría. Su mundo, repentinamente, se había puesto de cabeza.
—Cuéntame—pidió.
La historia que estaba a punto de escuchar solo le haría desear una cosa: ir en busca de sus chicos tan pronto le fuera posible.
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Saga miró con desconfianza la bolsita que Dohko llevaba atada al cinto. Dentro, la campanilla y la flauta que Athena les había entregado, eran todo en lo que podía pensar. No quería ser negativo, pero de alguna forma imaginaba que, cuando el momento llegara de tocar el instrumento, un maldito dragón saldría de la nada y se los comería en un par de mordiscos. Su fe ya estaba lo suficientemente débil en los últimos días, y las noticias recientes habían terminado de sumirlo en la miseria de la desesperanza.
Pero a pesar de todo, el único camino que tenía era el de seguir adelante. No podía aceptar la derrota, tampoco podía mirar atrás. Si alguna vez había sido realmente necesario, era en ese momento. Tendría que hacer acopio de fuerzas y continuar.
Su corcel bufó cuando terminó de ajustar las cuerdas que mantenían atadas sus pocas pertenencias. Aseguró su asiento y, con un movimiento rápido que ya había perfeccionado, se montó en el lomo del animal. Lo hizo girar para poder observar a sus compañeros, hasta que los vio listos, y entonces, atizó al caballo para que trotara.
El resto no tardaron en darle alcance. Al principio, avanzaron en silencio, pero todos sabían que aquello no duraría. Por fin, fue Camus quien se animó a hacer la primera pregunta, una que llevaba pensando por un largo rato.
—¿Escuché bien? ¿Shion está aquí? —Sus ojos, al igual que los de Kanon, se centraron en el chino; éste asintió. Inspeccionaron también el rostro de Mu, cuyos gestos les indicaron que el carnero dorado sabía al respecto. —¿Quién más lo sabe?
—Aioros solamente. Se supone que incluso tú, no sabías. —Se dirigió al santo de Géminis.
—No era algo que podrían ocultar para siempre. Eventualmente iba a saberlo.
Mientras tanto, el otro gemelo solamente escuchaba. Si sus corazonadas eran ciertas, sabía de sobra de donde Saga sacaba toda esa información. Siempre había sido de los que pensaban mal y terminaban por acertar. Seguramente, aquella sería otra de esas ocasiones.
—¿Quién te lo dijo? ¿Aioros?
—Los secretos no existen en este mundo, Dohko. Deberías saberlo ya.
—¿Qué significa eso? —Camus se quejó. —Todos debíamos saber.
—La situación era… delicada.
—¿Por qué? ¿Tenías miedo de que saliera corriendo a llorar a sus pies? ¿O de que buscara una roca gigante para esconderme de él? —Una risilla sarcástica se asomó en el rostro de Saga.
Taloneó a su caballo y apresuró el paso. A pesar de su ironía, en su momento, sintió precisamente deseos de hacer eso: huir de la futura mirada que recibiría del lemuriano. Podía soportar muchos juicios, pero ninguno pesaba tanto como el de Shion.
—¿Hace cuanto que está aquí? —Camus retomó el interrogatorio al santo de Libra.
—Aioros nos contó durante el viaje de Temiscira a Troya. Fue petición suya que nadie más que Aioros y yo supiéramos.
—Menuda estupidez—Kanon resopló.
—De cualquier modo, tenerlo aquí será una gran soporte—Mu intervino—. Y tenemos muchos problemas aún por resolver.
—Estás cambiando el tema, carnero. ¿Qué se supone que debemos de pensar ante el hecho de que nos han ocultado esto?
—Piénsalo bien, Kanon. Los demás pueden tener el derecho de quejarse, pero tú, que llevas semanas en el más oscuro de los ánimos y peleando con todo el mundo, ¿cómo crees que ibas a tomarlo? —Las palabras del santo de Aries le hicieron arrugar el ceño. Afiló la mirada, más no dijo nada más. —Necesitamos recobrar los dijes de las manos de Apolo.
—De haber sabido que el arquero nos iba a hacer el favor vendiendo su alma a cambio, nos hubiésemos ahorrado el problema. —Los ojos de sus tres acompañantes le atravesaron. —¿Qué? Todos han pensando lo mismo. Ni jueguen a hacerse los inocentes.
—A veces, creo que no tienes la menor idea de cómo luce el mundo para nosotros—Camus contestó.
—Oh, venga ya. Corten el drama. —Pero la prudencia cupo en los otros más para no seguir respondiendo. La guerra de palabras no iba a continuar por conducto suyo.
—Como sea—Dohko dio por terminada la conversación—, a Estínfalo. Pensaremos en todo lo demás durante el camino.
Desde donde estaban, veían a Saga, varios metros delante de ellos, con la larga melena azul al aire.
Dohko no sabía si debía tranquilizarse, o preocuparse, por la calma con que el gemelo había comenzado a actuar. De lo que si estaba seguro, era del hecho que mientras se mantuviera relajado, todo saldría bien. Así era como lo necesitaban; con un cabeza dura como Kanon tenían suficiente.
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—¿Podemos hablar?
La verdad era que Shaka llevaba toda la mañana buscando el momento oportuno para acercarse a la ninfa. Para su mala suerte, no había sido sino hasta entonces, que Aioros había sido entretenido por Máscara Mortal, que la oportunidad había surgido.
Aretha asintió torpemente, sorprendida por la cercanía del santo de la Virgen. Nunca había tenido especial proximidad con él, por lo que pregunta le tomó desprevenida.
—¿Puedes cuidarlo un momento por mi, Milo? —Buscó de inmediato al escorpión. Aioros le había encargado velar por Aioria, y ella no tenía intenciones de dejarlo desatendido.
—Claro. —La mirada de Milo tampoco le pasó desapercibida.
Echó uno último vistazo al santo dormido y después siguió al rubio. No tenía la menor idea acerca de lo que podría ser tan importante, pero estaba a punto de averiguarlo. La curiosidad se hizo obvia en sus ojos azules cuando su mirada coincidió con la del santo de Virgo. Nerviosa, se mordió los labios, esperando que él fuera el primero en retomar la palabra.
—Hay algo que quisiera pedirte.—dijo el rubio.
—Dime.
—Para traer a Aioria y a Máscara Mortal de regreso… hicimos algo realmente peligroso—explicó—. No está relacionado con lo que Aioros hizo. De hecho, él no sabe nada al respecto y creo que lo mejor sería que siguiera siendo así.
—¿De qué hablas?
—Apolo vino a nosotros poco después de terminar con las amazonas. Habló de que existían opciones para recuperarles, pero solo si entregábamos los dijes de Athena. La energía de ella, sumada al poder de la elíptica que resguarda a nuestras constelaciones, podrían enseñarnos el camino hacia ellos. Desafortunadamente, aunque conseguimos ubicarlos, Aioros se adelantó para recuperarlos—continuó—. El problema es que, desde ese día, no sabemos nada de Apolo. Los medallones quedaron en su poder y no estamos seguros de cómo recuperarlos.
—No entiendo. ¿Qué quieres que haga?
—Eres una ninfa, puedes acceder a lugares a los que nosotros no. ¿Hay alguna posibilidad de que consigas encontrar a Apolo? Necesitamos de regreso los dijes.
—Oh, Shaka. No funciona así—ella replicó—. No todas las ninfas tenemos acceso al Olimpo. Ni hablar de encontrar a un dios y hablar con él. Lo siento.
Visiblemente decepcionado, el santo de Virgo asintió. Llevaba mucho tiempo pensando en aquel punto que los demás parecían haber olvidado, pero que a él, en lo personal, le robaba el sueño. Había pensando que Aretha pudiera ayudarlo. Sin embargo, parecía que se había equivocado. Aunque, si lo pensaba con detenimiento, quizás había alguna otra manera de abordar del asunto.
—Es posible que haya otra forma.
—Te escucho.
—Mu fue quien trató directamente con Apolo. Tenía un sueño recurrente, en que una mujer le hablaba y le ofrecía ayuda a cambio de ser rescatada. Creo que esa mujer es…
—Phineas.
—Si. Ella podría saber algo.
—Entonces, debo ir a Troya.
—¿Puedes hacerlo? —La pelirroja suspiró. No quería dejar a Aioros, ni al resto de ellos, pero si Shaka estaba preocupado por aquel asunto, su importancia tendría.
—Si, supongo que puedo hacerlo—aceptó.
—Aioros no puede saber sobre esto. Athena tampoco.
—Demasiados secretos y mira a lo que les han llevado—replicó la ninfa. Había llegado al punto en que ella misma era incapaz de ordenar su mente entre tantas intrigas. —Necesito una excusa para alejarme y también necesito la certeza de que sabrán ayudar a Aioros. Si le hubieran dicho cuales eran sus planes, tal vez no hubiera tenido necesidad de caer en la desesperación. Pero todo aquí tiene que ser secretos y medias verdades—sonó amarga. Lo sabía, pero no le importaba. Estaba enojada.
—Lo sé. Lo sé muy bien.
Aretha le dio la espalda y se marchó en busca del arquero, según adivinó el rubio. En el fondo, Shaka en verdad le daba la razón. ¿En qué momento habían comenzado a ocultarse cosas? Y, ¿qué tantos de esos secretos le eran ajenos?
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Apolo no esperaba visitas.
Pero, a pesar de eso, cuando los ojos rosas de Perséfone recayeron sobre él, el dios del Sol ni siquiera se inmutó. La saludó con la misma gracia con que siempre lo hacía, al encontrarse. Ella le correspondió, blindando tras su rostro pálido los secretos que llevaba consigo.
—Debo admitirlo: me sorprende tu presencia—dijo el dios.
—Lo que a mi me sorprende es que no tuvieras más visitas. —Perséfone recorrió el salón con sus ojos. Estaban solos. —Pensé que después de todo lo que ha sucedido en los últimos días, serías un hombre más requerido.
—No he estado involucrado en todo ese desastre, si eso es lo que implicas.
—¿Seguro? —La mirada recriminatoria de la emperatriz no le hizo retroceder. —Es posible que dentro de toda la confusión nadie haya caído en cuenta de tus planes. Pero te conozco, Apolo. Si alguien estaba dispuesto a exponer a Artemisa, eras tú.
—¿Yo? Creí que era Athena la que quería a sus santos de regreso.
—Athena no sabía donde estaban… tú si.
Sus miradas chocaron una vez más, midiéndose la una a la otra, retándose. Para Apolo, ver en Perséfone a una mujer que fuera capaz de plantársele, era simplemente increíble. La pequeña diosa, consentida por su madre, había crecido bajo el cuidado de Hades. Tenía que ser cuidadoso y no permitirse subestimarla.
—¿A qué has venido? ¿Athena te manda a seguir averiguando? ¿Acaso no te has cansado de danzar al ritmo de su sinfonía? Creo que eres mucho más lista y fuerte de lo que demuestras.
—No estoy aquí por ella.
—Bien. Tienes mi atención. —La diosa rió al descubrir la ligera burla en los ojos del dios del Sol.
—Athena recuperó las almas que buscaba, pero hay unas pocas que aún no regresan al lugar del que salieron.
Una sonrisilla divertida se dibujó en los labios del dios pelirrojo. La ironía implícita en las palabras de Perséfone era poco menos que grotesca. Probablemente la joven diosa ni siquiera notaba la contradicción bajo la cual escudaba su visita: una excusa perfecta para hacer lo obvio, aún más evidente.
—¿Las almas de los santos de Athena no son del interés de Hades? No comprendo. ¿Qué hay de especial con las otras? —Preguntó, no sin cierta malicia.
—Las almas de los santos nunca estuvieron en completo control de mi esposo. Jamás llegaron al Inframundo—contestó—. En cambio, Artemisa y Hermes se encargaron de robar cuatro almas que pertenecían a nuestros dominios.
—Quizás deberías hablar con ellos, no conmigo.
—Hablo contigo porque eres tú quien disfruta rigiendo cada movimiento de tu hermana, y porque también eres tú el único al que Hermes parece prestar oídos. Quiero esas almas de regreso.
—Solo hay una que me interesa, Perséfone. —No era difícil adivinar cual era lo suficientemente especial para él; todo el Olimpo sabía al respecto.
—Hermes no va a entregar a los dos críos que tiene en su poder. —Pero esa conversación ya no era más del agrado de Apolo. A pesar de que la peliverde seguía haciendo uso de la palabra, le dio la espalda y avanzó, con la intención de marcharse de ahí. —Puedo asegurarte, si me entregas el alma de Orión, que esto no volverá a suceder.
Al verlo alejarse, Perséfone supo que no tenía nada más que decir. Apolo nunca había sido la clase de dios que convivía con otros, ni que tampoco era un hombre que dejara fluir sus pensamientos para compartirlos. Hablar con él, en la mayoría de los casos, era chocar contra un muro de indiferencia. Apolo era como el Sol: inalcanzable.
—Puedo decirte donde está Orión, pero no podrás poner un solo dedo sobre él. —El sonido abrupto de la voz del dios la hizo arrugar el ceño. —Dale oportunidades a Athena y terminarás encerrada en una urna, sellada con su sangre.
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Por mucho que intentó ignorar la insistente mirada de Milo, Shura terminó por ceder y enfrentarla. Bufó en un tono demasiado grave y, levantando las cejas, cuestionó sin necesidad de palabras a su compañero. El peliazul sonrió, sabiendo que tendría riendo suelta a todas sus preguntas. Shura siempre había sido un tipo paciente cuando se trataba de él.
—Estás muy callado, cabra—dijo tras unos pocos segundos de silencio que, después, resultarían anhelables para el español.
—No tengo mucho que decir ahora mismo.
—¿Qué pasa contigo? Diría que estás preocupado, pero… más bien, pareces ausente. —Encogió los hombros y miró al frente, con una sonrisa traviesa en los labios. —¿Es porque la ninfa te ha robado al arquerito? ¿Estás celoso?
—¡¿Qué?! —Al reparar en la cara de Shura, Milo no pudo contener por más tiempo su risa.
—¡Tomaré eso como un sí!
—¡Milo!
—Venga, Shura, hace bien reírse un poco. Tenemos demasiada mierda encima como para seguir sufriendo en medio de ella.
—Es solo cansancio, bicho. Han sido unas cuantas noches demasiado largas. —Se frotó los ojos. —Me hace falta un buen baño de agua tibia y una cama decente… además de veinticuatro horas de sueño. —La ocurrencia hizo que el escorpión se carcajeara. Si bien su risa siempre había sido escandalosa, también era imposible resistirse a ella.
—¿Crees que algún día dormiremos en paz aquí?
—Comienzo a dudarlo.
—Que mal. —Negó suavemente. —Me haría falta todo eso que dijiste… más una doncella bonita a mi lado.
—No sé porque no me sorprende esa respuesta.
Milo rió una vez más, ésta vez más escandalosamente. Lo único que extrañaba en ese momento, era la cara de fastidio total de Camus, al escucharlo hablar de esa manera. Ni Buda, ni Shura, tenían la capacidad de esbozar esa expresión y lucir graciosos en el intento. Quizás debía enfocar sus esfuerzos en Bias, Cara de Asno y en Aldebarán; ¡esos tres si que eran divertidos!
—Dime algo, cabra. —Milo volvió a increparlo. —¿De qué hablaste con la princesa ahí afuera? ¿Te dijo algo más que debamos saber? ¿Le sacaste algún secreto?
El escorpión subió y bajó las cejas rápidamente, como si de un gesto cómplice se tratara. Shura, al presenciar su juego, suspiró. Poco sabía Milo al respecto, pero en realidad habían razones de más para prestarse a aquel juego de palabras. Por supuesto que, de saberlo, no lo encontraría mínimamente divertido. Probablemente, la palabra "terror" describiría con mayor exactitud lo que debería sentir en tal caso.
—Solo dijo que debíamos mantenernos alerta y que ella hará todo lo que esté de su parte para ayudarnos. Nada más.
—Ya. —Chasqueó la lengua. —Ojala pudiera hacer algo. Me da la impresión que estamos hundidos hasta el cuello en un montón de problemas que ni siquiera hemos comenzado.
—Lo estamos, Milo… lo estamos.
—¿Crees que los otros se lo estén pasando bien? —La mirada incrédula que Shura le devolvió, le sirvió de respuesta. Una vez más, las carcajadas de Milo se hicieron escuchar. —Lo siento, lo siento, cabra—dijo, cuando logró recuperar el aliento—. Pero si no encuentro una forma de reírme de estas cosas, voy a morirme y no precisamente en un acto heroico.
Shura lo observó, deseando como nunca antes tener la misma facilidad de reír de la que gozaba Milo. El santo de Escorpio podía no saberlo, pero más de uno en esa habitación envidiaba su capacidad de sobreponerse a la adversidad de las maneras más creativas. Si todos tuvieran aquella habilidad, a pesar de lo difícil que pintaba el panorama, quizás el ambiente hubiera sido mucho menos oscuro.
—Tranquilo, tranquilo—respondió, al fin—. Solo no te mueras, ¿vale? Sinceramente, no sé que haríamos sin tus ocurrencias.
—Llorarías todo el día en los brazos del arquerito. —Y el manotazo de Shura, acompañado de un bastante obvio gesto de fastidio, divirtió un poquito más al joven griego. —Harás que nuestra pequeña ninfa se ponga celosa. Aioros nunca le presta la suficiente atención. ¡Y solo espera que el gato despierte! No tendrán ojos más que el uno para el otro.
—No vas a ponerte celoso tú también, ¿verdad? —La voz, pastosa y prácticamente apagada, los petrificó.
Milo se puso en pie de un brinco y buscó al dueño de la voz conocida, con Shura siguiendo cada uno de sus movimientos tan atónito como él mismo. Cuando sus ojos chocaron con las esmeraldas adormiladas de Aioria, no pudo sino sonreír, atrapado en la alegría más grande que había experimentado en los últimos días.
—¡Gato! —Aunque Aioria no pudo devolverle más que una mueca que se suponía era una sonrisa, para Milo fue suficiente.
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El cielo estaba infinitamente azul, con los manchones blancuzcos de las nubes que flotaban con pereza sobre sus cabezas. A su alrededor, la tierra era fértil, con kilómetros y kilómetros de pastos verdes y algunos pocos árboles de olivo esparcidos sin orden alguno. El aire soplaba, húmedo, anunciando la cercanía de las aguas del lago. Y, a pesar de toda esa belleza, algo hacía falta en medio de aquellos parajes: vida.
Llevaban varios minutos avanzando sin escuchar el graznido de ningún ave y sin distinguir a un solo ser vivo en su camino. Disminuyeron el paso al alcanzar la cima de la última colina que se interponía entre ellos y su destino. A los lejos, divisaron lo que quedaba de la aldea asentada a las orillas del río, pero a excepción de unas pocas tirillas de humo negro que salían por algunas chimeneas, no había más señales de que alguien habitará en ella. Al fondo del paisaje, la isla que servía de hogar a las aves se veía perfectamente a la distancia. Al igual que todo lo demás a su alrededor, lucía vacía. Si los seres mitológicos realmente vivían ahí, tenían que estar protegidos en la cueva, al centro del islote, tal como Athena les había dicho.
—Y yo que esperaba que alguien nos diera la bienvenida—musitó Kanon.
Mu esbozó una sonrisa diminuta al escucharlo, aunque el resto de sus acompañantes no parecieron disfrutar ni mínimamente la broma.
Espolearon a sus caballos para iniciar el descenso a todo galope, con el gemelo menor a la cabeza del pequeño grupo. Sus monturas relincharon y el golpeteo de su galope retumbó en medio de la profunda calma que los rodeaba.
Pero poco les duró el momento de silencio, pues poco después un chillido lejano terminó con su tranquilidad.
El eco arrastró aquel aullido, impregnando el ambiente con miedo. Los corceles detuvieron el paso y se revolvieron, inquietos acerca de su incierto destino. Aunque los santos trataron de controlarlos, para alguno de ellos fue imposible. Antes de que Kanon lo viera venir, su trasero terminó contra el piso.
—¡Maldición!
Lo que el peliazul no entendió, sino hasta poco después, fue que aquella había sido una bendición disfrazada.
El caballo, asustado y sin jinete, se separó del grupo, volviendo a trepar por la colina que aún descendían. Kanon quiso detenerlo, pero todos sus esfuerzos debieron invertirse en evitar las coses de los demás corceles. Rodó por el piso, cubriendo su rostro y torso lo mejor que puso, con sus brazos. Los demás santos luchaban por mantenerse a lomos de ellos y por controlarlos, para no poner en riesgo la vida del gemelo. Pero, pronto y sin que lo esperasen, el miedo congeló a las bestias. Hubo entonces un largo momento de silencio, en el solamente las orejas de los animales se movían inquietas e, incluso sus bufidos desaparecieron, como si desearan mimetizarse con él ambiente.
Los santos levantaron los ojos al cielo, hacia el fondo del paisaje, solo para quedar boquiabiertos. Una enorme bestia, de alas tan negras que las plumas brillaban bajo el Sol, y de garras y picos que refulgían como el metal, volaba en dirección a ellos. Se movía con suavidad, planeando entre las ráfagas de viento. Al pasar sobre sus cabezas, el Sol pareció apagarse por un instante. Sin darse cuenta, retuvieron la respiración.
El ave chilló, lanzando escalofríos en cada uno de ellos. Aleteó en el aire y comenzó el descenso a toda velocidad, en dirección al caballo solitario que huía. El corcel relinchó con terror al sentir al ave sobre si. Pero en el momento en que las garras de la gran bestia se clavaron en sus costados y comprimieron su cuerpo, destrozando cada uno de sus huesos, no hubo más miedo. Suspiró una última vez, mientras el animal mitológico volvía a alzar al vuelo, llevándoselo como presa consigo.
—Por Athena—Mu susurró. Sus ojos turquesas siguieron el recorrido del ave mientras se alejaba. Solo al verlo desaparecer de su vista, soltó el suspiro que llevaba un buen rato conteniendo.
Llevó la mirada a sus compañeros, encontrándolos casi tan descompuestos como él mismo. Desde que llegasen a la Era del Mito, las sorpresas no habían cesado; si algo, solamente parecían encontrarse con que las nuevas, siempre superaban a las anteriores, y con creces.
—Al menos todos estamos bien—dijo Dohko.
—Eso estuvo cerca. El pajarito tenía hambre. —Kanon se levantó y se pasó las manos por el cuerpo para deshacerse del polvo, y ya de paso, asegurarse que todos sus huesos estuvieran en el lugar adecuado—. ¿Qué haremos ahora?
—Seguir hacia Estínfalo. Alguien en la villa puede decirnos más acerca de esos monstruos. —Le respondió su gemelo.
—Si es que hay alguien ahí—masculló, mientras se soplaba los flequillos—… Jodida suerte.
Sin embargo, Saga ni siquiera le respondió. Clavó los talones en los costados de su caballo, urgiéndole a apretar el paso una vez, antes de que otro de los animales volviera en busca de un bocadillo más.
—¡Oye! —Kanon gritó. —¡Ten la decencia de llevarme! —Pero Saga ni siquiera se inmutó, sino que siguió su camino tan rápido como el caballo pudo. Kanon soltó una maldición al saber que jamás volvería y, entonces, volteó hacia su siguiente opción. —Camus… —La respuesta del francés no fue muy diferente a la de su hermano. Así que, cuando Mu le tendió la mano, Kanon tuvo que aceptarla.
—Vámonos—dijo cuando se acomodó en los lomos del caballo. Mu espoleó y siguieron de inmediato al par que les había adelantado.
Dohko fue tras ellos un segundo más tarde. No pudo evitar levantar la mirada y contemplar el horizonte, donde la isla en medio del lago lucía más amenazante que nunca.
-Continuará…-
NdA: Y los vientos fríos de Noviembre trajeron de regreso a cierta autora desaparecida…
Heme aquí con la continuación de esta historia que, si se ha vuelto enorme, es gracias a todos ustedes, queridos lectores. No tengo mucho que decir, salvo agradecer a todos los que roban unos minutos de su día para dejarme unas palabras: Damis, Kumikoson4, lithium255, Tatsumaki, Asphios, Sagitariusgirl, AngelElisha, FaSCeN, LittleMonsterStick, Kaito Hatake Uchiha, k2008sempai, Cristina2306, ddmanzanita, Kisame Hoshigaki, Altariel de Valinor, Tisbe, Pyxis and Lynx, Art1sta y Fury.
Tatsumaki: ¡Hola! Lo que yo lamento en todo esto, es haber puesto tan lenta para esta historia xDD Oye, espero que te esté yendo muy bien la universidad y que todavía disfrutes de un poco de tiempo para ti. Oh, y cómo habrás notado, simplemente no puedo resistirme a escribir un poquito de Ángelo. De a poco, se ha convertido en uno de mis favoritos, así que habrá muchísimo de él ;) Gracias por seguir al pendiente a pesar de tanto tiempo entre capítulos. ¡Un abrazo!
Sagitariusgirl: ¡Hola de nuevo! Agradezco la comprensión en esto de las actualizaciones. La verdad es que a veces me da trabajo planear la continuación, pero aquí estamos una vez más. Entre las buenas noticias, es que Kanon parece recuperar el humor de poco en poco. Quizás Aioros debería comenzar a seguir el mismo camino ahora. Pero para saber más, tendremos que esperar. Muchas gracias por seguir leyendo. ¡Abrazos!
Guest: ¡Hola! Muchas gracias por atreverte a leer el fic que es tan largo. A últimas fechas, las actualizaciones se retrasan un poco, pero agradezco de antemano tu paciencia ;) ¡Saluditos!
Tisbe: ¿Qué tal? Así que el capítulo anterior te pareció corto, ¿eh? Porque creo que éste lo es más. La cuestión es que en el próximo capítulo nos fijaremos mayormente en las aventuras de los pequeños cazadores de aves malignas jajajaja. Veremos, sin lugar a dudas, a un Kanon muy relajado ;) Por otro lado, estás en lo correcto al decir que la cabrita favorita de todos va a meterse en más líos de los que necesita si sigue coqueteando con cierta diosa cof cof… Pero falta bastante para eso. Oh, y por último solo te diré que Afrodita seguirá al acecho. La pregunta aquí es: ¿se saldrá con la suya? Veremos, veremos. Me da un gusto enorme saber que sigues por aquí, amiga. ¡Un besote!
Art1sta: ¡Hola, Jenny! Pues mira que si estuviste ausente un buen rato, pero es muy bueno verte de regreso. La verdad es que yo también he estado un tanto ausente, pero espero resolver pronto esa situación. Miles de gracias por volver ;) Un besito desde México hasta Canarias.
Fury: ¡Hola! Te agradezco infinidad por todas esas palabras bonitas respecto a este fic. Efectivamente, aún hay muchas cosas que resolver. Aunque, si debo decirlo, las misiones que quedan pendientes son bastante sencillas. Eso si, no dudes que queda historia para rato xDD ¡Un abrazo grandote!
Por ahora, me despido hasta la siguiente actualización. ¿Alguien adivina para que sirve la misteriosa flautita a la que Saga le tiene tanto recelo? xDDD
Sunrise Spirit
