CAPITULO 48
Y como toda boda que se precie, en la de Jasper y Paris hubo celebración. Jasper, emocionado por haber conseguido que la joven Paris Hilton fuera su mujer, celebró su enlace aquella noche en el castillo de Elcho, con el consentimiento de su buen amigo Edward.
Las gaitas sonaron, la gente bailó y Edward Masen aprovechó el momento para dejar muy claro a todo el mundo lo que sentía por Cindy.
Esme y Jane, rebosaban felicidad. Ver a Edward tan encantado de la vida, danzando junto a una sonriente Cindy, las llenó de alegría. Aquella noche el whisky fue la bebida que reinó en la fiesta y, como era de esperar, los brindis se sucedían uno tras otro.
—Uisss… ¿Mi marido tiene un gemelo o he bebido de más? —dijo la canaria a sus amigas.
—Yo también toy perjudicá. Veo doble —dijo Bella, con risa floja.
—Ay, Dios mío —corroboró Renata— ¡que melopea llevamosssss!
Edward, divertido pero preocupado en cierto modo al ver cómo bebían aquellas tres, se acercó hasta su Cindy.
—Si sigues bebiendo así, terminarás muy mal.
Ella se limitó a darle un beso en todos los morros, con lujuria y desenfreno.
—Tranqui, tronco ¡que yo controlo!
—¡¿Tranqui?! ¡¿Tronco?! ¡¿Controlo?!
Ella sonrió y haciéndole reír a mandíbula batiente siguió hablando.
—Uf, cariño, creo que estoy un poco perjudicá, ¡pero me lo estoy pasando de vicio!
—Venga, ¡vamos a bailar! —gritó Renata, llevándosela.
Y sin más, salieron a bailar junto a otros aldeanos que divertidos las aceptaron en su grupo, mientras dejaban al duque con la cara a cuadros y sin saber lo que realmente su chica había querido decir.
Una hora después Renata y sus dos amigas brindaban por enésima vez por la boda de la canaria.
—No os ofendáis, pero creo que estamos bebiendo más que los peces del villancico —dijo ésta.
—Uf, es que este whisky está fino… fino… —balbuceó Alice.
—Pero finooooooooo, aunque creo que la Duval tiene razón. Llevamos un pedal considerable —corroboró Bella—. Estoooo… ¡tengo una idea! ¿Qué os parece si les cantamos La Macarena?
Animadas por el momento y sin ningún tipo de vergüenza, las tres amigas comenzaron a explicarles a todos que tenían que decir «aeeeeeeeeeeeeee» cuando ellas les indicaran. Después comenzaron a cantar. Al principio todos se quedaron petrificados ante el ritmo de aquella extraña canción, pero después de los tres primeros «aeeeeeeeeeeeeee», todos reían y las imitaban.
Ya de madrugada, después de haber cantado y bailado con todo el castillo La Macarena, el Viva España, los Pajaritos, Pajarito el Chocolatero y todo el popurrí español que se les ocurrió, la fiesta se dio por terminada. Jasper se llevó a su mujercita, que estaba como una cuba; Agnes y Ángela acompañaron a Norma a su habitación y Edward, con una sonrisa de diversión, rescató a una rebelde Cindy que se negaba en abandonar la fiesta.
—Venga, una cancioncita más y luego ¡hip! nos vamos —gritó esta ante el gesto sarcástico de su prometido.
—Hijo… —sonrió Esme—. Creo que deberías llevarte a Cindy a dormir.
—Yo también lo creo —asintió aquel, y sin más contemplaciones, se la echó al hombro y se la llevó mientras pataleaba y le golpeaba la espalda con falso enfado.
Una vez entraron en la habitación, la dejó en el suelo. Ella se tambaleó.
—Has bebido mucho, preciosa. ¡Te lo dije!
—¡¿Yo?! —gritó, soplando cómicamente el flequillo que le caía sobre la cara—. Desde luego, chato, que manía tienes, ¡hip!, de decir que yo le pego al whisky —y colgándose de su cuello dijo con voz seductora—: ¿Bailas conmigo una canción?
—No es hora de bailar. Es hora de que descanses.
—Anda, no seas muermo y baila conmigo una cancioncita más.
Era imposible no sonreír. La alegría de la joven y su gracioso y arrebolado gesto conseguían que Edward aceptara todo lo que pedía. Pero estaba dispuesto a que se acostara a cualquier precio.
—No hay música. ¿No ves que la fiesta se ha acabado?
—¿Se acabó la fiestuki?
—Sí cariño, se acabó la fiestuki —repitió él, divertido.
—No importa, ¡hip! Yo canto, ¿vale?
—Tesoro, llevas toda la noche cantando. Creo que estarás un mes sin voz.
—Una mássssssssss, ¡hip! Por favor… Por favorrrnrrnir…
Incapaz de negarse, la miró y asintió. Ella, encantada de haberse salido con la suya, siguió provocándole.
—Pero ahora danzarás como lo hacemos en mi época, ¿vale? —él asintió y ella agarrándose a su cuello murmuró—. Te voy a cantar una, ¡hip!, canción muuuuuuy romántica de un cantante del siglo XX llamado, ¡hip!, Frank Sinatra, «La Voz». La melodía se titula Extraños en la Noche y se baila abrazados, ¿vale?
—Vale —asintió él.
Ella se colgó con comicidad de él e impostó la voz.
Strangers in the night, ¡hip!
Exchanging glances, ¡hip!
Wondering in the night…
Pero no pudo continuar. Una arcada acida le subió por la garganta y antes de que Edward pudiera hacer nada, vomitó.
—Ay, Dios mío de mi vida, ¡qué ascooooo! —gritó al ver lo que había hecho.
—Lo ves, cabezona… ¡Te lo dije! —murmuró él con cariño, sujetándola.
Cinco minutos después, con nada dentro del cuerpo y pálida como la cera, Edward la acostó con mimo sobre la cama.
—¿Estás mejor, Cindy? —le preguntó tras darle un beso en la frente.
Agotada y muerta de sueño, le miró con los ojos semi cerrados.
—Ay, cariño, ¡qué perjudicá que estoy! —susurró, acurrucándose bajo las mantas.
