Disclaimer: NADA ME PERTENECE. Los personajes son de la fabulosa Stephanie Meyer y la historia es completamente de la grandiosa escritora Venezolana Lily Perozo (serie: Dulces mentiras, Amargas verdades) La historia es Rated M, por contener alto contenido sexual. Yo los adapto sin fines de lucro, solo por mero entretenimiento.

Leer bajo tu responsabilidad.

Gracias a Lily Perozo, la autora por permitirme adaptar su historia, sin ella esto no fuera sido posible.

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Capítulo No. 50

Aro Vulturi amarraba con parquedad los cordones de sus zapatos, sumido en la tortura en que se habían convertido sus pensamientos, hacía la tarea más lenta de lo habitual. Un llamado a la puerta lo liberó de los dolorosos recuerdos del pasado.

—Puedes pasar Alice —contestó seguro de que era su hija por la manera de tocar, aunque lo había hecho muy pocas veces en la vida su llamado era inconfundible.

—Buenos días, papá —saludó al entrar, se encontraba lista para su rutina diaria de trote en el Central Park—. ¿Cómo te sientes? —preguntó y sin pedir permiso se sentó al borde de la cama, justo al lado de su padre.

—Bien, con ganas de trabajar —la miró a los ojos, pero seguidamente esquivó la mirada y siguió con su tarea de amarrarse los cordones—. Alice ¿cómo conociste al fiscal que lleva mi caso? —inquirió con precaución para no darle indicios a su hija, de adonde quería llegar.

—Eh… papá, Ed no es mala persona.

—Es el hermano de tu novio.

—En realidad son primos —aclaró ella con rapidez, no quería que su padre una vez más interfiriera en la relación con Jasper, él no tenía nada que ver y Edward únicamente hacía su trabajo—. Legalmente son hermanos, pero es porque el papá de Jasper adoptó a Edward.

—No me has contestado cómo lo conociste.

—Sólo si prometes no regañarme —murmuró y bajó la mirada a sus manos que evidenciaban los nervios.

—Aún tengo el corazón adolorido como para discutir —la alentó con una voz cariñosa que nunca había usado.

— ¿Recuerdas la noche que te llamó Bella? la novia de Ed, ella dijo que estaba conmigo, pero no fue así —hizo una pausa al presionarse los labios uno contra otro y ganaba tiempo para llenarse de valor.

Aro Vulturi intentó recordar ese día, pero estaba más dormido que despierto y no tenía muy clara la situación. Sólo asintió para instar a que su hija continuara.

—No fue así… yo no estaba con ella, me había escapado con dos chicos, eran del equipo de básquet visitante que fueron a mi universidad.

Aro cerró los ojos e inspiró muy hondo para calmar los latidos de su corazón, no debía alterarse, le había recomendado el doctor, pero como no hacerlo al saber lo que su hija había hecho.

—Ellos me invitaron a salir, no pude negarme y tampoco quise pedirte permiso porque sabía que no me dejarías ir, y eran los primero chicos guapos que me invitaban a salir. Fuimos a una discoteca y todo estaba muy bien, pero ellos… papá soy tonta, pensé que no sería nada malo. —se apresuró a decir—. Me dieron una pastilla, pero algunas compañeras de clase las toman y dicen que te hacen sentir muy bien… y de hecho así es, pero solo los primero minutos.

—Alice… —musitó con los latidos del corazón alterados.

—Lo siento papá, sé que a veces tienes razón, soy una irresponsable.

— ¿Te hicieron daño? —preguntó con la voz ronca por las ganas de llorar y con desesperación busco en la mirada de su hija una respuesta que temía encontrar. Ella negó con un sutil movimiento de su cabeza y eso fue suficiente para que el pudiese respirar nuevamente.

—No pudieron hacerlo, yo me sentía demasiado mareada y aturdida, también algo… —se detuvo porque no encontraba las palabras para decirle que los efectos de la pastilla también la habían excitado—. Ellos decidieron que podríamos ir a otro lado, yo no me opuse, quería ir o al menos era lo que pensaba, pero cuando atravesé la calle y sentí el viento refrescarme recuperé un poco la cordura, pero ya era muy tarde estaba en el estacionamiento con ellos. Me negué a subir al auto y ellos aprovecharon que el lugar estaba solo. Iban a obligarme y me llené de pánico y empecé a gritar apenas escuché unos pasos, pedí ayuda.

—Alice… Dios mío —clamó Aro y se frotó la cara con una de sus manos, tratando con eso de asimilar las palabras de su hija.

—Eran Bella y Ed, ellos venían con Tayler y Ben, que son los guardaespaldas de Ed… y todo pasó muy rápido, en segundos Edward me los quitó de encima y aunque ellos huyeron, él los persiguió, no sé qué pasó, no sé qué les dijo, ni qué hizo —dejó libre un pesado suspiro como si una vez más estuviera reviviendo el momento—. Regresó y me dijo que todo estaba bien, me preguntó casi desesperado si no me habían hecho nada, noté en él una preocupación algo exagerada y me asusté, pensé que sería un policía. Después de eso me dijo lo que tenía que hacer para que el efecto de la pastilla se me pasara y el resto ya lo sabes.

Aro como si fuese atacado por un rayo abrazó a su hija y la protegió en su pecho, la estrechó fuertemente entre sus brazos y cerró los ojos. Agradeciendo al cielo y a su hijo que la protegieron en esa oportunidad.

Los ojos de Alice casi se desorbitaron ante la muestra de afecto desesperado y tierno que su padre le prodigaba. Desde que despertó del ataque al corazón parecía ser otro. Tal vez verse de frente con la muerte no le agradó, y decidió ser más comprensivo con ella, pidió una segunda oportunidad para enmendar errores y ser mejor padre.

Cuando Aro se enteró de la inevitable existencia de Alice se le cerraron todas las puertas, encerrándolo en el cuarto oscuro de la desesperación. Había sido el peor error que había cometido y ese fue el cartel que le colocó a su hija mucho antes de nacer. Ella no había sido concebida con amor, al menos por parte de él, Alice había sido producto de una debilidad. Una debilidad que le desbarató los cimientos que tenía. Con la noticia de su existencia debió tomar decisiones de las cuales estará arrepentido hasta su último aliento.

Sin embargo, fue el ancla al que se aferró, era lo único que le quedaba y era consciente que en momentos de dolorosos recuerdos la maltrataba, era ese estigma que lo lastimaba cada vez que la veía. Alice había sido en su vida dolor y consuelo al mismo tiempo.

Una vez más se encontraba en el abismo de la desesperación con sólo imaginar que a su hija estuvieron a punto de hacerle lo mismo que le hicieron a la mujer que había amado, a la mujer que aún amaba y que estaba seguro ninguna otra lograría llenar el vació que Elizabeth había dejado.

Sentía que ya no tenía lágrimas, pasaba las noches llorando y maldiciéndose mucho más, de lo que ya lo había hecho, y sabía que merecía el odio de Ethan. Lo merecía de eso estaba seguro.

— ¿Te sientes bien? —curioseó Alice completamente extrañada ante la actitud de su padre que le iba a romper los huesos.

—Sí —musitó y le dio un beso en la coronilla—. Tengo que ir a trabajar.

— ¿Papá? —estaba segura que era la oportunidad de aprovechar el momento y preguntarle por qué y de qué lo acusaban.

—Dime —preguntó rompiendo el abrazo y mirándola a los ojos, al tiempo le regalaba una caricia en la mejilla.

— ¿Qué ha pasado? ¿Por qué te detuvieron? ¿Por qué tienes esa cosa en la muñeca? —lanzó sus preguntas una detrás de otra y ancló la mirada en el precinto de rastreo.

— ¿No tienes que ir a trotar? —preguntó con voz cariñosa y se puso de pie para evadir el tema. Caminó hasta el respaldo de un sillón donde se encontraba el saco.

—Sí —se puso de pie y se dirigió a la puerta, se aferró al pomo, pero antes de salir se volvió, y miró a su padre—. No vas a contármelo, verdad.

—No puedo hacerlo… Tal vez algún día termines enterándote —se dio la vuelta para evitar la mirada de su hija, porque la cara no le daba para confesarle que era el causante de tal desgracia.

En ese momento Alice comprendió que su padre no estaba preparado para contarle la causa por la cual era culpado. Su cuerpo tembló ligeramente y la angustia se le instaló en la garganta porque definitivamente era algo grave y la actitud de su padre le daba a entender que no era un error, no eran suposiciones, ni malos entendidos. Su padre era culpable. Abrió la puerta y salió dejándola abierta para que su progenitor saliera.


Espero que les haya gustado el capítulo.

No creen que merezca Reviews.

Con esto culminamos el tercer libro, las espero en el cuarto y ultimo de esta saga.


TU ERES MÁS

Vida mía, miro el mundo con tus ojos y descubro que es distinto, no es el mundo que veía desde mi ventanal y también descubro, que tú eres más, más que el cielo y el mar.

No exagero, hay más verde, más azul en tu mirada más colores, más paisajes en tu cuerpo que en todo lo que vi y en tu boca hay fruta de un sabor tan dulce que nunca comí.

Un beso tuyo me emociona, me conmueve más que todo, más que un amanecer, más que un acto de fe, más que la flor nacida ayer; flor de mi vida.

Esta vida, este mundo: qué seria sin tu alma, sin tu voz, sin tu sonrisa y sin tu juventud ¿qué sería de mí y de esta vida mía? Sin tus ojos de luz. No te miento, lo que miro, lo que veo no es más bello de lo que siento aquí, aquí dentro de mí y que cambió mi vida, la vida mía.

Tú eres más… más que la verdad. Más que el viento, más que el agua, más que el fuego, más que el oro, el poder y los gobiernos, más que la libertad, más que la razón, más que tantos cuentos sobre el bien y el mal.

En un mundo que te cierran los caminos y las puertas. Me abriste el corazón con tus manos, de amor sembraste la poesía en mí vida mía.

Gian Franco Pagliaro


NO DEJES DE LEER

Ponte a salvo Bella, escóndete… por favor, por favor. Ya voy en camino, ya Ben ha llamado a la policía.

Estoy en el baño. Lo han herido, no sé qué hacer, no sé qué hacer —la voz ahogada de Bella no le dejaba expresarse con claridad.

No salgas, pasé lo que pasé no salgas.

Tengo que salir, no puedo dejarlo sólo afuera. No puedo.

¡No! No salgas —le exigió desesperadamente.

No puedo quedarme aquí y esperar a que maten a Charlie, no puedo.

¡Quédate ahí maldita sea! —lo agarró un semáforo en rojo y una cola de unos diez vehículos y como loco empezó a toca la bocina.

¡No! Ed no puedo dejarlo, no puedes entender cómo me siento, tengo que salir.

Sé exactamente cómo te sientes, Bella… sé cómo te sientes, pero si sales te van a hacer daño… y piensa en mí, por favor… —suplicó y la voz se le quebró.

Ante la sola idea de que a Bella le hicieran daño. Moriría si le pasaba lo mismo que a su madre y todo su pasado cobraba vida y se levantaba ante él como un monstro invencible y para agrandar sus miedos y desesperación la llamada se cayó.

¡Bella! —volvió a remarcar con dedos tembloroso y le atendió la operadora.

Ese fue el detonante para Edward. Buscó bajo el asiento del conductor su arma y bajó de la camioneta, dejándola atascada en el tráfico y corrió por en medio de los autos mientras se aseguraba con el pantalón la pistola en la espalda. Se puso seguro en la acera y corría, corría con todas sus fuerzas y aun así podía sentir los pasos de alguno de sus guardaespaldas seguirlo.

Suplicaba porque a Bella no se le hubiese ocurrido salir. Comprendía como se sentía, claro que lo comprendía. Esa impotencia lo embargó cuando quiso ayudar a su madre, pero en ese preciso momento también comprendía a su madre en ese entonces, porque él estaba dispuesto a sacrificarse con tal de que a Bella no le pasara nada.

Eran tantas emociones bullendo en él que no podía evitar llorar mientras corría. Una cuadra antes, el corazón se le detuvo y sentía que el cuerpo iba a fallarle al ver la boutique en llamas. Había algunas patrullas, mientras las luces de las sirenas hacían la escena aún más dantesca y muchas personas se aglomeraban alrededor.

Cuando llegó el aliento le quemaba la garganta y los pulmones le dolían sin embargo buscaba desesperadamente con la mirada a Bella.