Bueno bueno, ahora sí, a ajustarse los cinturones que la historia comenzará a dar vuelcos trascendentales. Pero aún queda lo mejor, como siempre; y lo mejor será todo hasta el final.

Qué bueno que les gustó la sorpresilla. Gracias por las palabras, los amores fugaces y las ansias de sexo lírico. Como es mi costumbre, trataré de dar el mejor de los bochornos cuando acaezca.

Feliz año para las que creen en este comienzo, y para las que creen que es solo una continuidad, que siga lo mejor posible.

Fuegos de verano, de lunas y de mi amada Genevieve.


Más compuesta y en sus cabales, Quinn terminaba de peinarse frente al espejo y luego iba a sentarse para esperar a Rachel. Por lo visto había terminado antes, y el entrar y salir de unas pocas mujeres la ayudó a acotar sus pasiones. Ya entendía dónde se encontraba, mucho más que con el duchazo helado.

Admitía que todavía pisaba terreno resbaladizo y necesitaba verificar cómo se sentía la otra parte involucrada. Recomenzaba otro enredo de sus dedos, cuando la cortina de una de las duchas que se veían ocupadas se corrió. Rachel emergía de ella con una toalla alrededor del cuerpo.

Ambas se miraron con una sorpresa que rayaba lo cómico, y una corriente eléctrica pareció zumbar por el suelo, atrapándolas en ese espacio.

Rachel se obligó a dar los pasos correspondientes y sentarse en la misma banca donde estaba la otra, pero un poco alejada. Se mostraba como una quinceañera virgen al salir vestida con su ropa interior, y por cierto lo detestaba. La humedad del cuerpo no permitía que las prendas corrieran por su piel… pero en esos momentos era necesario: la estaban esperando afuera y no se había equivocado.

La mirada de Quinn la perturbaba, volvía a subyugarla mucho más profundamente ahora. ¿Cómo diantres se continúa con normalidad cuando claramente desfalleces por tu amiga de la adolescencia, con la que has pasado de todo, y finalmente después de una larga seducción más confirmaciones innegables, casi tienes sexo dentro de un vestuario?

Por lo visto Quinn le llevaba ventaja, ya que no dejaba de examinarla portando una envidiable serenidad. La veía por el rabillo de sus ojos entretanto intentaba secarse.

—¿Estás bien? —preguntó solícita aquélla, en un susurro estremecedor.

Rache se secó el dedo gordo del pie con mayor intensidad. ¿Bien? Se sentía como nunca.

—Sí... tranquila —pretendió ser convincente, regalándole una media sonrisa y una mirada fugaz.

Del otro cubículo salió una rubia envuelta en una pequeñísima toalla blanca. Ésta las saludó amistosamente y se quedó mirándolas unos segundos antes de acercárseles.

—Disculpa. Tú eres la que le dio la lección al pesado de Winston —sostuvo con una amplia sonrisa. Sus vivaces ojos celestes la observaron con interés y después de la afirmación de Quinn, se animó a algunas palabras más.

La rubia había reconocido el arte marcial que Quinn había exhibido, todo lo contrario de Rachel, que no había tenido idea. El famoso aikido las mantuvo ocupadas durante el tiempo que la actriz usó para rebuscar en su bolso unos pantalones y colocárselos. Revoleando los ojos, las dejó conversando y se corrió hacia el extremo de la banca.

Ahora resultaba que lo que había hecho estaba bien. ¡Desde cuándo esas cosas estaban bien! La desconocida estaba loca y ensancharía el ego de Quinn, y Quinn no tardaría en echárselo en cara… Con un mohín estiró un brazo para alcanzar sus zapatillas debajo del asiento, intentando no echarles un vistazo, mas un cuchicheo la atrapó antes.

—Rezongando eres algo único.

Rachel dio un fuerte respingo. Tan concentrada estaba en su protesta que no se dio cuenta de que Quinn estaba a veinte centímetros y las dos volvían a estar solas.

—No lo hacía —contradijo en otro siseo, mirando a la chica a la distancia que buscaba sus pertenencias dentro de un locker.

—Claro que lo hacías.

La intimidad con que se dirigía a ella no paraba de avasallarla, así como la intensidad de sus gestos simplemente la llevaban a otra realidad. Era increíble cómo movían las posiciones la concreción de un paso, nada más y nada menos que un beso en ese universo que habían construido las dos.

Disimuladamente, Quinn seguía los movimientos de la chica que se cambiaba para marcharse, y al concluir respondió a su saludo con la mano. Luego respiró más tranquila: quería esa soledad. Porque si bien su chica no se encontraba tensa, su actitud era más cuidadosa, así que respiró hondo y se quedó a esa distancia. No se le acercaría más.

—¿Quieres comprar algo para cenar? —propuso ligera.

—Sí, es buena idea —respondió Rachel en tono bajo, haciendo un ademán para volver a sujetar la otra zapatilla, mas esta vez Quinn se lo impidió agarrándola de la mano. La calidez de su piel le entrecerró las pupilas al observarla. La otra reconoció ese gesto con una caricia vacilante y unas mejillas muy encendidas, reflejando de esa manera su propio nerviosismo.

—Si actuamos con naturalidad será más fácil —dijo Quinn, sonriéndole a medias—. Aunque también estoy… nerviosa.

Al escucharla, Rachel reprimió una sonrisa con un mohín, pero terminó estirando las comisuras de sus labios en un gesto rutilante.

—Lo sé. Es que… bueno… —tartamudeó, causando su risa entre divertida y tierna—. ¡No te rías!

—Hago lo que puedo, duendecillo asustado. Hace una media hora eras una loba ardiente —expresó con voz impostada, restándole dramatismo a la situación.

—¡Yo! ¡Y tú! —chilló Rachel, barrida por un alud de calor.

La actriz quería ser un poco más osada. Desde la adolescencia no se había sentido tan torpe frente al deseo, pero es que esto era tan diferente. Todo era vértigo y velocidad con aquella mujer. Pese a esas fuertes sensaciones iba a acercarse a una expectante Quinn, sin embargo el sonido de su móvil la detuvo.

—Espera —pidió algo reticente, retirando su mano para buscar el móvil dentro de un bolsillo de su bolso.

Al ver de quién se trataba abrió la boca y la cerró, buscando sostener la compostura frente a Quinn y él.

—Matthew… hola…

Ese nombre cambió drásticamente el rostro de Quinn, y esa metamorfosis dejó tiesa a Rachel. La ex rubia se levantó, se alejó unos pasos y dispuso su posición con los brazos cruzados y las piernas separadas.

—Bien… ¿y tú?… No, estoy perfecta —Rachel contestaba bastante cortante a las preguntas de su novio, y lo hacía mucho más delante de esa mirada inquisidora. ¿Qué podía hacer? Era el colmo que tuviera que lidiar con dos completos mequetrefes ese día. Asimismo era una venganza divina que apareciera justo en ese momento y no antes o después.

—Ya regresaste… ¿cuándo? —preguntaba la actriz, escrutando a Quinn y su expresión de hastío con malestar—. Entiendo. No, está bien, no importa. Tenemos que vernos.

La otra desorbitó los ojos verdes al oír esa pequeña frase y no lo toleró más. ¡Simplemente no quería escuchar más! Incluso sabiendo lo que sentía Rachel, la visión del beso compartido, la intimidad coartada y la imagen que no tenía de ese hombre saturaron su conciencia y sus actos nobles.

Presa de la ansiedad, el enfado, celos atómicos y demás, caminó hasta donde estaba su bolso y lo agarró vehemente. Se iría de allí y la dejaría conversar en paz.

Rachel, que a pesar de la importancia de esa llamada escuchaba a Matthew totalmente distraída, veía los movimientos coléricos de una Quinn a punto de abandonar el vestuario. Incrédula, se levantó y le rogó con la mirada que no lo hiciera, no obstante aquélla estaba decidida.

—No, por favor —atinó a exclamar, rozando su brazo.

—Demasiada testosterona por hoy —hizo una mueca sardónica y se fue de allí si más.

Largando el aliento con fuerza, Rachel pegó su espalda al metal de los locker.

—Estoy en el vestidor del gimnasio —informó a la pregunta del hombre—. Y... está lleno…

La chica cerró los ojos con el corazón latiéndole potentemente dentro de su pecho. La afligía verse envuelta en su propia mentira reflejada en ese espacio completamente vacío.

Le había dicho más mentiras que verdades a Matt y ella no era así. Nada más esperaba conseguir arreglar ese tramo de su vida cuanto antes, porque la consabida culpa retomaba sus fuerzas. Ni siquiera en esos momentos lograba ver el rostro del hombre que le había entregado su amor los últimos diez meses de su vida. Solo el rostro temperamental de Quinn llenaba los espacios de su cerebro.

No mucho después, la primera en llegar al departamento había sido ella, por la sencilla razón de que Quinn había vuelto a desaparecer con su moto. Realmente había esperado encontrarla a la salida, pero no había nadie una vez se encaminó hasta allí, salvo algún rezagado que le comentó a viva voz lo magnífica que estuvo su amiga al poner el trasero de Winston mirando al techo. Eso hizo que su humor empeorara.

Durante las siguientes horas no supo de Quinn, así que cenó sola algo de queso y fruta, y soportó en esa misma soledad el peso ardiente de su cuerpo. Sí, aquella idiota huidora compulsiva la había hecho cautiva de sus pasiones, y ahora Rachel no pensaba en nada más que eso. Ni siquiera la tensión que le provocaba de antemano volver a ver a su, para ella ex novio, la desprendía de esa telaraña tejida por Quinn.

—Por mí no regreses hasta la mañana —mascullaba enfadada, lavando los pocos trastos que había usado para su cena.

Durante la noche también había intervenido en una seguidilla de mensajes con Santana para empezar a organizar la cena de bienvenida al matrimonio el sábado siguiente, y para rematar había tenido una brevísima llamada de Michel. Éste le había informado que la New York Times Magazine quería hacerle una entrevista participativa con los protagonistas de la obra.

Bien, ese día culminaba con un abanico de situaciones de lo más variado… y Quinn motorizada quién sabía dónde.

Con un resoplido observó la hora en el reloj de la cocina: eran las once y media. No se iba a hacer mucho problema; la caprichosa estrella hollywoodense había vivido los últimos años luchando cuerpo a cuerpo, haciendo equilibrio en dos ruedas, bautizando objetos con su nombre, viviendo aventuras amorosas en los dos meridianos... en definitiva: del modo más antojadizo y sin ella. Bien, no se haría mucho problema.

Cansada, se preparó para acostarse e implementó varias respiraciones para relajar su mente alerta, y de esa manera se sumergió en un sueño inquieto.


Quinn se encontraba de impasible lo que tenía esa noche de iluminada, y a pesar de ello, esos sentimientos no debían encausar una atención exacerbada, porque como bien habían sostenido otras reflexiones, batallaba con reacciones muy nuevas y personales, y se hacía cargo de cada una de ellas.

Por esa razón ingresaba culposa al departamento a oscuras, se recargaba contra la puerta de entrada y agachaba la cabeza con un suspiro. Ella se burlaba de las actitudes de los varones que rodeaban a Rachel y no era muy diferente a ellos. Se comportaba como una fastidiosa de la primera línea y huía cuando las cosas se complicaban.

—Pensé que habías cambiado esa actitud inmadura. Idiota... —se susurró.

Atiborrada de celos y rabia, con la sangre caliente por la batalla ganada, con el fervor invadiendo su cuerpo por los besos compartidos, no había tolerado la mención del señor Peals en medio de las dos y esas eran las consecuencias: un hogar ya dormido y en sombras, sin darle la más mínima posibilidad de disculparse inmediatamente.

No obstante el saber qué se habían dicho le carcomía el interior, y sus labios… ellos se ensañaban con ella, impulsándola a desear sentirlos nuevamente, una y otra vez. Su piel, su olor, Rachel entera la condicionaba a ser de papel, maleable y liviana, totalmente inflamable.

La necesitaba.

Temblorosa como estaba dio un paso y luego otro, dejando en su marcha casco, bolso y llaves por ahí, para caminar directamente a una habitación que no era la de ella. Empujó la puerta entreabierta y la gran cama la guió. La silueta entre sombras debajo del cobertor acercó su cuerpo de manera instantánea y se sentó a un lado. Allí la respiró, inclinándose sobre ella. Aquella respiración apacible sensibilizó la suya y una mano fue a posarse en su vientre vuelto hacia arriba.

El hundimiento en el lateral del colchón despertó un poco a Rachel, pero lo que la hizo entreabrir los párpados soñolientos, fue la mano acariciante en su vientre. No soñaba, eso era real. Más realidad cobró esa situación cuando una boca húmeda se apretó a sus labios y gimió contra ella.

Un murmullo gutural se perdió dentro de esa boca reclamante y su sabor nada más tenía un nombre.

—¡Quinn! —soltó Rachel jadeante, después de liberarse de la presión con una mano entre ellas, que terminó en la base de su garganta.

—Me he escapado como una cría celosa —murmuraba la voz pastosa de Quinn, llenando todos sus sentidos adormilados—. Perdóname…

El aliento agitado dio de lleno en su mentón, y otra vez la boca se pegó a la suya con más ímpetu, impidiéndole cualquier respuesta, lamiendo sus labios en una acción que se acercaba más a lo grotesco que a lo erótico, sin embargo encendió la mecha de Rachel, que aturdida gimoteó inevitablemente, acercándola de los hombros.

Palpó sin contenerse el material de su chaqueta y se dio cuenta de que recién llegaba de la calle. A pesar de todo su disgusto el cuerpo la recibía con fuegos artificiales, no poseía control alguno. La razón de Rachel quería intercambiar palabras, mas cada parte de su cuerpo se desintegraba de goce por este ataque sensual a mitad de su sueño.

—Lo vas a ver, ¿cierto? —preguntaba contra su boca, con rezagos a enojo.

Al sentirla de esa manera, Rachel juntó sus fuerzas para volver a colocar, esta vez, las dos manos entre ellas y separarse con un jadeo.

—¡Por dios, no lo creo! ¡Me dejas hablando sola, desapareces, luego apareces y te lanzas contra mí en medio de la madrugada, me pides disculpas por tus tonterías y vuelves a ser más tonta que antes!

—Contéstame —insistía Quinn, voluble, haciendo fuerza para acercársele una vez más, pero Rachel no la dejaba.

Al ver su resistencia, las manos exploradoras ya entraban en acción e intentaban retirar el cobertor, lográndolo después de un par de movimientos.

—Tengo… que verlo, debo arreglar mi… situación —graznó agitada, sintiendo ahora las caricias sobre sus hombros—. ¿Qué pasa ahora?

—Dime que lo dejarás —rogó, enterrando la cara en su cuello, bajando las manos hacia su cintura y elevando luego la piyama.

—Detente…. Quinn —masculló Rachel. Ésta trataba de mantener la cordura que pendía de solo dos besos más, y de que esas manos no alcanzaran sus senos como pretendían.

La cuestión se complicaba porque la recién llegada se mostraba difícil de complacer, ansiosa e iracunda, y Rachel no conseguía hacer otra cosa que arquearse hacia esas palmas hirvientes.

Quinn mordió el lóbulo de la oreja y lo chupó, provocando un arqueo fantástico en la otra.

—¿Tú no crees que deba saber? —inquirió ronca contra el oído, aturdida de placer porque estaba tocando su piel, grandes cantidades de piel cálida y suave, toda para ella.

—No… con... e-estas… tretas tuyas… —jadeó Rachel entrecortada, aferrándose a su nuca húmeda… y las palmas llegaron a sus senos por fin. El placer fue indescriptible, los friccionó con sabionda intensidad, llevándola a un súmmum desconocido solo con esas caricias.

Asimismo, la pequeñísima consciencia que le quedaba gritaba que no quería que fuera de esa manera, no con ese sabor amargo que Quinn le impregnaba, ese resabio a posesión y pelea por ella que insistía desde la tarde. Le debía respeto a Matthew, y Quinn le debía otra actitud y no aquella de hembra despechada.

—No son tretas. Es puro deseo —resolló.

Quinn se encontraba enajenada, degustando la comisura de esos labios entreabiertos desde donde entraba y salía el aire fuertemente. Por primera vez le rozaba los pezones con un erotismo que hundía a la mujer acostada en el colchón.

—¡Qué-qué haces! —chilló Rachel.

—Haremos el amor —respondió Quinn aletargada, separándose un poco—. Tú, yo y esta cama, Rachel. Nosotras dos…

—Así no —contradijo con el último aliento.

Quinn se separó con un gruñido sin quitar sus manos de dentro de la piyama.

—¡Me dijiste que no estabas con él!

—¡Y no lo estoy, pero estás llena de resentimiento y no quiero de esa manera! ¡No soy un pedazo de carne! —exclamó a su silueta cercana que poco se lograba ver.

—Diablos —balbuceó Quinn, dejando caer la frente sudada sobre la de ella con un gemido—. Soy una completa imbécil.

Sofocada, Rachel le acarició la mejilla húmeda, corriéndole los mechones de cabello.

—Terminaré con Matthew y lo sabes. Se lo debo, no quiero lastimarlo más ni sentir que estoy en falta —explicó suavemente, acariciándola por todo el rostro—. Yo también tengo mi honor.

—Lo-lo sé… pero… me siento insegura.

Rachel esbozó una sonrisa, cerrando los ojos.

—No lo estés. ¿No confías en mí?

—Si me pides que camine sobre lava y me aseguras que no me rostizará, lo haría sin dudas… es solo que… no puedo manejarlo.

Quinn no imaginaba que esa incertidumbre a Rachel le parecía hondamente entrañable, ni que su corazón repiqueteó de otra manera dentro de su pecho, dejándola quieta por unos segundos.

—¿Cuándo será? —indagó ansiosa.

Rachel se recostó más en la almohada, confundida.

—El jueves.

—Quiero un día para mí antes —pidió resuelta y encaprichada una vez más.

Bufando, la actriz se acomodó la piyama y cruzó de brazos, alejando más el cuerpo de la otra mujer.

—Estamos todos los días juntas.

—¡No es lo mismo! Mañana, saldremos mañana…

—Mañana es imposible, la New York Times Magazine quiere hacerle un reportaje a Michel, y Paolo y yo tenemos que estar allí. No sé a qué hora terminaré —resolvió tajante.

Quinn a su vez se incorporó, intentando batallar con su orgullo.

—Entonces el miércoles —"sugirió" firmemente.

Rachel desorbitó los ojos en la oscuridad. El miércoles… algo había pensado para ese día: hablar honesta y tranquilamente con esa testaruda mujer, contarle lo que le debía contar... pero las cosas a veces se resolvían de la manera menos pensada, y seguir ese camino de lo falible en ciertas ocasiones era lo mejor.

—Bien, el miércoles —aceptó antes de arrepentirse, pero con un atisbo de titubeo que no se percibió.

Quinn asintió con la algarabía de una victoria medio mentirosa y llevada por el despecho. Murmurando incomprensible, se acercó otra vez a la boca de Rachel y la besó, hablando de pasiones casi incontenibles. No fue más que un toque rudo y lineal, pero las dejó en medio de un remolino.

Así como entró, Quinn se marchó, y Rachel, sacudida de pies a cabeza, se hizo un bollo escondiendo la cabeza entre sus brazos. El pecho le quemaba y su entrepierna latía bochornosamente; sentía las manos de Quinn en su cuerpo, las podía sentir de tal forma que solo abría la boca para exhalar algunos quejidos tortuosos.

El ambiente de intimidad no se iba y no la dejaba pensar con claridad, ¡nada era claro! La confusión era asfixiante. Los últimos cinco minutos la mareaban incluso estando acostada: "haremos el amor", "un día para mí"… uno que se había estipulado casi sin querer al mismo tiempo que sucedería una jornada importante para ella, ¿y para Quinn? ¿Para esa madre ausente y arrepentida? ¡Dios, qué había hecho!

Rachel le había exigido que no le tendiera su trampa sensual, pero ella la había atrapado en otra más complicada.

¿Y si no se lo perdonaba?

La chica escondida dentro de las cobijas gimió fuerte. Ya no conseguiría volver a dormir.


¿Habían hecho bien? ¿Habían hecho mal? Esas preguntas rondaban el contexto de las dos mujeres las horas siguientes a ese encuentro nocturno, en un martes particular, donde una timidez inusitada regresaba una y otra vez a Rachel, y una seducción implacable fortalecía a Quinn.

En el desayuno, por ejemplo, la última no solo regalaba su presencia sonriente, sino que también volvía a hacer presentes simbólicos, como ese libro que le gustaba tanto y una vez salió en una de tantas conversaciones mutuas. O a la noche, al volver a coincidir, con besos robados y suspiros evidentes.

No había sido como el día anterior, donde se habían prendado enfebrecidas. El silencioso consenso surgido de las dos partes amenizaba conversaciones y fragmentos de historias que Quinn debía, y eso se refería a, una vez más, su vida en Japón, el aikido, las flores, los dragones… Era un universo sin igual y las acogía dentro de una calma que se asemejaba mucho a aquella que precedía a las tormentas. Pero también así lo habían decidido.

Una de ellas deseaba esperar ciertas conclusiones y la otra lo comprendía. No era para menos, porque en pocas horas seguramente comenzaría uno de los romances más inverosímiles de sus vidas. Serían amantes, quizás, y comenzarían al revés: viviendo obligadamente bajo el mismo techo.