Capítulo 51: El dilema
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―¿Qué haces tú aquí? Tenía claro que el Señor Tenebroso te tenía haciendo mandados en la mansión de los Malfoy ―preguntó Yaxley mirando con desconfianza al hombre que estaba parado tras la reja, envuelto por una concentrada neblina provocada por los dementores que rodeaban el lugar. Parecía casi salido de un cuento de terror.
―Sí, era así ―contestó Clive Lamport ―. Pero tengo que hacer algo en el castillo.
¿No buscaban a Craig Ledger? Aquí me tienen, en frente de ustedes. Y sin información de utilidad que esperan tener. Idiotas, ¿que no se dan cuenta que he utilizado el mismo método de preservación que su estúpido amo?.
―No te puedo dejar entrar ―negó Yaxley con rotundidad.
―Créeme, Yaxley, que conozco pasadizos del castillo por los cuales puedo entrar, y no me va a importar atacar a unos cuantos para que no se me opongan. Y eso serás sólo una pérdida de tiempo, para mí y para todos ustedes.
El Mortífago reflexionó. No tenía otra opción. Clive era intimidante. Tanto así como Voldemort. Irradiaba una extraña energía maligna.
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―¡Merlina! ―Gritó Hermione cuando vio a la bruja entrar por la puerta principal de la sala. La joven corrió hasta ella con una amplia sonrisa ―¡Estás bien! ―Miró su abdomen ― ¿Todo bien con…?
Merlina asintió, sonriente, a pesar de tener los ojos hinchados de tanto llorar. Las manos, tanto golpear, también las tenía adoloridas. Parecía estarse derrumbando por dentro. Sólo quería gritar y gritar, hasta dejarse sorda a ella misma y a todos quienes la rodeaban.
No quería hacerle daño a Severus… sólo quiero que ninguno de los dos sufra más… Mis hijos…
―Fueron dos, tuve mellizos ―contestó antes de que Hermione formulara su pregunta.
Los ojos de Hermione parecieron salirse casi de sus cuencas.
―¡Vaya! ¿Y… te encontraste con…?
―¿Severus? Sí, me fue a buscar. Nos encontramos y… bueno, todo está bien dentro de lo malo… ―Mintió. No quería explicar nada de lo ocurrido. No valía la pena explicar nada. Parecía que, a esas alturas, de pronto nada valía la pena.
―¿Snape fue a buscarte? ¿Y por qué no está contigo ahora? ―Saltó una voz a su lado.
―¡Harry! ―Exclamó Merlina, tratando de contentarse e ignorando la pregunta ― ¡Ron! ¿Están bien…?
―¿Dónde está Snape, Merlina? ―Preguntó Harry, impertérrito.
Merlina frunció el ceño.
―No sé dónde fue. Nos separamos. Dijo que tenía que cumplir una misión para Dumbledore.
―¡Lo sabía! ―Exclamó furioso.
Merlina retrocedió un paso, asustada por la actitud de Harry.
―Harry… ―Farfulló Hermione con voz reprobatoria.
―¿Qué sabías? ―Preguntó Merlina.
―Seguro que fue a buscar a "su amo".
―¿A qué te refieres? ―La voz de Merlina soltó desafiante.
―Se aseguró de tu seguridad, y ahora se fue a traicionarnos, ¿no? Bueno, quizá sólo quería fingir que te rescataba para tener un pretexto de entrar aquí.
Merlina apretó los dientes.
―Estás muy equivocado, Harry. Severus no es un Mortífago. Hace muchos años que no lo es… ―A pesar de lo ocurrido, no podía no defenderlo.
―¡Lo conoces hace tan poco y crees que es un santurrón!
La gente, normalmente alegre, que conversaba en la sala se giró para presenciar la discusión.
―¿Disculpa? ¿Qué lo conozco hace poco? ¿Y qué si es así? ¡Lo conozco bien, para tu información! ¡Y Dumbledore fue quien lo mandó a hacer… lo que fuera que tiene que hacer!
―¡Eso es lo que tú crees! ¡Y ahora permites que se vaya con las manos limpias! ¡Tal vez muramos, por tu culpa!
―¡Cómo te atreves…! ―Merlina sacó la varita de su bolsillo, y Harry, la imitó casi al mismo tiempo.
Ron y Hermione se abalanzaron sobre Harry y lo trataron de detener antes que hiciera algo que lamentara luego. La profesora de Transformaciones fue quien le afirmó las manos a Merlina.
―Harry, el que Dumbledore no nos haya dicho que mandó a Snape a hacer algo, no significa que no sea cierto ―razonó Ron con seriedad.
Merlina suspiró, decepcionada de la actitud de Harry, y se hizo paso hasta el cuadro que daba camino al pasadizo conectado con el Cabeza de Puerco. Su único consuelo de momento, eran sus hijos. No quería derrumbarse ante todos ellos. De hecho, no debía derrumbarse.
Fue un tramo bastante largo, lleno de irregularidades, lo que fue un factor negativo para sus pensamientos. Estaba segura que, Severus jamás le mentiría con algo así. Ella apreciaba a Harry, y por eso es que estaba tan enojada con él, le molestaba que hablara mal de Severus. Ella era la única que tenía el derecho de odiar a su esposo. Al menos, eso pensaba ella, aunque no lo odiara. Ella conocía a Severus.
El pasadizo dio con una habitación de un segundo piso. Había un hombre sentado en una mesa, sin duda, el dueño de la taberna. Éste dio un respingo cuando la vio aparecer.
―Disculpe, soy Merlina Morgan. Sé que dos amigas están aquí, con mis hijos…
―Allá ―contestó con voz desdeñosa, apuntando una puerta abierta.
―Bien, gracias…
Avanzó hasta la puerta, esperando encontrarse con Susan y Endora. Pero la primera persona que vio fue…
―¿Albus?
Los ojos azules, por sobre las gafas de medialuna, se dirigieron a ella, sonrientes.
Sí, efectivamente era el director o, actualmente, el ex director de Hogwarts. Más cansado, arrugado y delgado, pero su expresión no era de abatimiento. En ese instante estaba agachado sobre una cuna. Había estado observando a sus hijos. Tras él, Susan y Endora sonrieron de oreja a oreja.
―Están creciendo bien, Merlina ―comentó Albus alegremente ―. No cabe duda que tú y Severus hicieron un buen trabajo para dar vida a dos criaturas tan simpáticas. Aunque, admito que tienen más de ti.
―Suponiendo que eso es un halago… Gracias ―con dos pasos grandes, Merlina se aproximó al director y le tomó la mano ―. Me alegro que estés aquí, Albus ―lo dijo con sinceridad. Siempre estaba el director para dar un hálito de esperanza.
―¿Ha sucedido algo?
―Bueno, sólo que Harry ha perdido un poco los estribos… referente a Severus.
Dumbledore asintió abatido.
―No me sorprende. Bueno, creo que debo ir hacia allá. Pronto estallará la batalla y debemos estar bien preparados.
―¿A cuánto se refiere con "pronto"? ―Indagó Endora con susto.
―Probablemente, a horas. Lord Voldemort no tardará en darse cuenta de que Harry Potter está en el castillo, y vendrá con todas sus tropas a pelear.
Avanzó hasta la puerta y, con un movimiento amable de la cabeza, se despidió, sin antes decir:
―Sólo espero que todos podamos estar de vuelta, cuando esto acabe.
Merlina sonrió a medias. Estaban muy lejos los tiempos en que con Dumbledore tan sólo hablaban de banalidades, como su sueldo, las horas de trabajo que debía cumplir o las típicas discusiones con Severus, que eran sumamente absurdas e infantiles.
Abrazó a sus amigas cuando el director se marchó. No podía expresar con palabras lo agradecida que estaba con ellas por haberse hecho cargo de los niños durante su ausencia. Los días se le habían hecho eternos.
Luego de eso, decidió dedicarse a sus hijos por las siguientes horas; ¿y si era la última vez que podía abrazarlos?
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Parecía una copia mal hecha de El Grito, allí, como desparramado en la escalera. No se dio cuenta de cuántos minutos había perdido sentado como un muñeco de trapo, perdiendo tiempo, hundiéndose en una oscuridad penetrante, escuchando su voz como si le hubiese gritado todas esas cosas con la máxima crueldad. Se había olvidado, incluso, qué estaba sucediendo a su alrededor.
Sin embargo, sí sabía que eso había dolido. Cómo había dolido. No recordaba haberse sentido tan mal, tan vacío, inútil. Era peor que recibir una dosis de maldición cruciatus. Había cambiado eso de buena gana.
No estaba a punto de fallecer, no en ese instante, pero su vida estaba pasando en una fragmentación de cientos y miles de imágenes, desde que tenía capacidad de raciocinio hasta ese momento. Fueron, de todos modos, las vivencias con Merlina Morgan las que abofetearon con una fuerza brutal: besos, risas, intimidad, tristezas, y discusiones. Sí, tristezas y discusiones (básicamente peleas), era lo que más se repetían, una y otra vez, reduciendo a polvo la felicidad, borrando los buenos momentos.
Pero, también, había recreado imágenes de un pasado más remoto: su solitaria y triste infancia, las discusiones de sus padres, el día en que se había reclutado a Mortífago. Recuerdos que no gustaba tener a menudo, porque eran parte de una vida más oscura, una vida que le había atormentado hasta esos mismos instantes.
Las cosas caían por su propio peso: había sido un abusivo, egoísta e insensible con su esposa. No solamente eso, tal vez, para como se había comportado, existieran miles de adjetivos y calificativos. Eso apenas era lo que él lograba reconocer. Probablemente ella, Merlina, supiera de verdad, objetiva y subjetivamente, cómo se había comportado en el tiempo que llevaban juntos. Creyó oír su voz diciéndole "cretino".
No la había apoyado cuando debía, la había rechazado, la había coartado en muchos aspectos, incluso disminuido. Jamás con intención de herirla, claro, pero había obrado de manera incorrecta, por inmadurez, por miedo, egoísmo, incluso por diversión.
Las decisiones más importantes habían sido tomadas sólo de su punto de vista, jamás le había preguntado su opinión, la había dejado de lado como si ella no fuera lo suficientemente inteligente, como si no tuviera derecho a dar su opinión. Jamás había querido utilizarla para que aplacara su soledad, aliviara sus dolores y sanara sus heridas. Su intención no había sido la de succionar su felicidad en beneficio propio.
Él quería hacerla feliz, eso era todo. La necesitaba, pero la quería. Eran un complemento, así de simple, y él había terminado por alejarla por una equivocación, un miedo absurdo y, por la sencilla razón de no saber cómo actuar. Y allí se daba cuenta, pareciendo ser demasiado tarde para enmendar errores.
En ese momento, cuando más quería formar una familia, estar con ella y con sus hijos, las puertas visibles comenzaban a cerrarse.
Lo único que podía hacer, era seguir, hacer lo que debía hacer, luchar…
…Y esperar a sobrevivir.
Renovando fuerzas, recordando por qué estaba allí y quién era él, se secó las lágrimas, se reincorporó y se fue de aquel lúgubre pasillo, fijando su mente en el despacho de Dumbledore, de donde tendría que adquirir la espada de Gryffindor, tal como le había solicitado él.
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―No pude hacerlo ―dijo Merlina con tristeza a sus amigas, saltándose por completo la lujuriosa escena que habían vivido. No porque pudiera ser grotesca o tuviera algún tabú. Simplemente, era anormal, completamente fuera de lugar a lo que había sido su respuesta final. Era volver a reafirmar algo, sabiendo cómo iban terminar las cosas. El destino parecía ya estar escrito.
Susan y Endora la observaban con atención, alicaídas, de vez en cuando dirigiendo miradas a los dos niños que tenía Merlina en sus piernas, sin demostrar cansancio de tanto afirmarlos. Al contrario, eran como dos amuletos que, al estar en contacto con ella, lograban traspasarle energía.
―Merlina… ―Farfulló Endora frunciendo las cejas ― ¿No irás a arrepentirte?
La aludida la observó, tratando de hacerse la desentendida.
―¿Qué quieres decir?
―Mira… No digo que me agrade Snape ―continuó su amiga ―, me parece patético, demasiado dramático, hasta cruel. Pero fuera de eso, se nota que te ama, ¿no? Y, con Susan, nos dimos cuenta que tuvo un flechazo con sus hijos, a pesar de que quiso negarlos al principio. ¿No irás a arrepentirte?
―¿Arrepentirme de qué? ―Inquirió Merlina luego de mojarse los labios secos.
―No te hagas ―fue Susan la que contestó esta vez ―. ¿Si le pasa algo y luego lo lamentas? ¿Y si luego piensas que debiste haberte reconciliado de verdad con él?
Merlina miró hacia otro lado y negó con la cabeza testarudamente.
―Ustedes no entienden.
―No, no entendemos. Creemos que cometiste un error.
Merlina se levantó con cuidado y depositó a sus hijos en la cuna para que durmieran cómodos y no se contagiaran con su mal humor. Luego, se giró hacia sus amigas.
―No me juzguen. No tienen derecho ―farfulló señalándolas con un dedo amenazador ―. Tengo mis razones para haber hecho lo que hice. No fue una venganza ―aclaro tragando saliva con dificultad ―. No quiero sufrir más.
―No te estamos juzgando ―rectificó Susan, dolida ―. Sólo te queremos hacer ver el error que cometiste.
―¿Saben que estoy a punto de morir?
―No seas ridícula…
―¡Chicas, por favor! ―Estalló Merlina. Luego de asegurarse que sus hijos no estallarían en llanto, realizó el encantamiento Muffliato por si volvía a alzar la voz ― ¡Deben comprender! ―Continuó ― Esto es algo serio. Debo enfrentarme a Craig Ledger, ¿se olvidaron a caso de lo que les conté hace un tiempo?
―¿Qué te hace pensar que vas a morir, Merlina? ―Inquirió Endora con profunda tristeza.
―¿Por qué debería pensar que voy a vivir o que va a vivir Severus? ―Contestó Merlina arqueando las cejas, abatida ―No estoy exagerando ―continuó al no recibir respuesta. Los ojos de sus amigas estaban mojados, pero ella ya no podía llorar más. Se había secado, deshidratado ―. Lo perdoné ―reconoció ―, no tengo rencor de nada. Simplemente, no quería hacer las cosas más dolorosas ―cerró los ojos ―. Es mejor que sintamos que nos hemos perdido, antes de que ocurra de verdad. Así nos acostumbramos a la sensación de que estamos sin el otro. No piensen que quise hacernos daño.
Mientras más se explicaba, menos sentido hallaba a sus palabras. Parecía estar contradiciéndose constantemente, en cada letra que pronunciaba. Sonaba hasta incoherente.
Pestañeó varias veces, colocándose una mano en la cara e intentando calmar su respiración. ¿Había hecho lo correcto?
Si esto les hubiese ocurrido a mis padres, hubiera preferido que se amaran con toda potencia, hasta el último momento. No, pero esto es diferente. Esto se trata de mí. Demasiado sufrimiento, demasiado terror…
El rostro de Merlina estaba siendo maltratado por el sufrimiento en ese momento, y eso fue un bombazo para sus amigas. No soportaron verla así. De pronto, la mujer se vio en vuelta en un abrazo apretado, cálido, lleno de energías.
Pudo haber vuelto a llorar, estallado por milésima vez, y lo único que hizo, fue dejar quererse, calmarse.
Susan y Endora estaban con ella, como en los viejos tiempos, para apoyarla, para acompañarla e iluminarla. No en un sentido divino, por supuesto. Ellas eran quienes la lograban hacer aterrizar, bajar de las nubes, madurar.
―No queremos hacerte daño ―farfulló Susan, un palmo más debajo de su oreja ―, sólo deseamos que no te arrepientas de nada ―. Y, por favor, no seas tan pesimista. Necesitamos fe… más que nunca ahora.
Merlina no iba a contestar, no tenía palabras. Y es que estaba confundida, no sabía si había hecho bien o mal, si se iba a arrepentir o no. Una nube se hallaba sobre su cabeza.
Pero la nube desapareció, y no debido al confortante abrazo en el que se encontraba envuelta: una voz capaz de helar la sangre del ser más frío, habló de las lejanías, resonando en todo Hogsmeade; probablemente, en todo Hogwarts también.
El miedo se propagó como un gas tóxico por la habitación rápidamente, tanto así, que los niños despertaron: había roto el encantamiento de insonorización.
Merlina se lanzó como una fiera hacia la cuna y, detenerse a pensar en la agilidad maternal que había adquirido, acobijó a sus hijos en sus delgados brazos.
―Sé que Harry Potter está en el castillo. Sé que se están preparando para la guerra. Nosotros también estamos preparados. Por ello, si no quieren que invadamos el castillo y se arme una lucha sangrienta, entréguenme a Harry Potter. Tienen una hora. Mortífagos, salgan de sus puntos de vigilancia en el castillo y diríjanse a los terrenos. Estaremos, mientras tanto, en bosque Prohibido, aguardando.
Merlina miró a sus amigas con la boca abierta. Las tres estaban pálidas como la cera, esperando a oír más.
Sólo hubo silencio. El mundo se había quedado mudo. Drake y Agatha habían cerrado la boca con el abrazo de su madre.
―Jamás… ―Farfulló Merlina ― Jamás había sentido tanto miedo de… de… ―No pudo decir "Voldemort", algo se lo impidió. Dejó la frase en el aire. Comenzó a hiperventilar. Sólo con las arañas sufría tal pánico.
No quiso decir precisamente que temía al Innombrable, sino que temía lo que implicaba él en su totalidad: muerte, dolor, odio… División.
Nuevamente se sentaron en las sillas, disminuidas. Merlina temblaba y no tenía frío. Inconscientemente pasaba suavemente la barbilla por las cabezas de sus hijos.
Los minutos se les estaban haciendo eternos: sólo estaban sentadas en silencio, sin actividad. No obstante, el minutero del reloj estaba corriendo una maratón. Veinte minutos habían transcurrido cuando debían ser diez, según su percepción.
El nombre de Severus, su cara, su voz hacían eco en la mente de Merlina. Él iba a luchar. ¿Tenía que ella, sólo por ser la madre, quedarse encerrada? Después de todo, tenía tantas posibilidades de morir peleando contra los aliados de Voldemort como contra Craig.
En conclusión… ¿qué estaba haciendo allí sentada?
Sus hijos eran valiosos, eran un tesoro, milagros que habían intervenido en su vida. Sin ellos, estaría sola. No se hubiera unido con Agatha, no hubiera encontrado a Malfoy y no hubiera sido destinada a reencontrarse con sus amigas.
Craig iba a molestarla hasta el cansancio, la guerra iba a continuar hasta que el último sangre sucia y muggle estuviera retorciéndose en su tumba. Ella no quería peligros para ellos. Ella iba a pelear. Sus amigas tenían razón: necesitaban fe. Por último, algo de esperanzas.
Se paró con parsimonia. Susan y Endora la siguieron con la mirada, sin decir nada. Sabían lo que se avecinaba: conocían a Merlina.
―Ve ―dijo Endora antes que ella hablara ―. Cuidaremos de ellos como si fueran nuestros. Protegeremos la casa. Pelearemos a muerte también si es necesario.
Merlina asintió. No las abrazó, no hubo despedidas.
Con inspiración fue hasta la otra habitación para cruzar por el cuadro. El dueño, Aberforth, no estaba allí.
Iba a meter una pierna, pero…
No hubo resultado. El paso hasta la Sala Multipropósito había sido sellada, por algún motivo que no conocía.
El corazón se le disparó.
Seguro que sus amigas ya habían pensado que se había ido por la vía segura, así que, sin meter ruido, bajó las escaleras hasta la entrada principal de la taberna.
Sin dudarlo más, tratando de quitarse los miedos que pugnaban por apoderarse de ella, se desilusionó para evitar ser vista, y partió por Hogsmeade calle arriba, hacia el castillo.
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Más de media hora había transcurrido desde que, el Señor de las Tinieblas, había hablado con su voz gélida. Le había helado hasta la médula, pero jamás como para retractarlo de la lucha en la que pensaba participar.
Ya había obtenido la espada, casi sin problemas. Había aturdido a tres Mortífagos que habían quedado dando vueltas por allí, sin haber cumplido las órdenes de su señor al pie de la letra. Aturdido, sin embargo, pudo no haber sido la respuesta correcta. Estuvo a punto de asesinar. Luego, pensó en Merlina y, a ella, no le habría gustado. O lo supuso. Tal vez, con lo que había vivido, quería ver muertos a esos cerdos, pero ella no era así… tan vengativa.
Primera vez que pensaba por los dos.
Simplemente los dejó amordazados en un lugar en donde no podrían molestar, y en donde nadie los oiría.
Aguardó en el mismo despacho al mensaje de Dumbledore. Se suponía que debía recibirlo para actuar y presentía ―luego de tantos años de conocer al director ―, que estaba cerca del momento en que le daría el visto bueno. De algún modo, el anciano siempre estaba enterado de todo y, claramente, no le gustaría salirse del límite de la hora impuesta para que estallara la guerra: había que actuar dentro del margen de tiempo.
No se equivocó: minutos después de haber pensado eso, un fénix atravesó la pared, raudo e impecable en su vuelo.
―Te esperamos en el Gran Comedor. Recuerda, el Sombrero Seleccionador.
Severus había desistido de colocar la espada dentro del Sombrero; no lo encontró realmente necesario. Pero, si ese era su deseo, debía ser así.
Con dicho Sombrero arrugado en la mano ―increíblemente había ocultado la espada allí ―, salió del despacho y se encaminó hacia el Gran Comedor.
Los profesores, estudiantes, padres y, en general, familias enteras estaban allí preparándose para pelear.
Nadie ya pareció extrañarse por la presencia de Severus, salvo Potter, quien se ubicaba al lado del director.
―Aquí está lo que me pidió, señor ―dijo, ignorando al muchacho. Sabía que la espada era para él.
―Gracias, Severus. Me alegro que no te haya costado la vida ir en búsqueda de la espada. Hemos tenido suerte.
Hizo un gesto para que se la entregara a Potter. Sonrió amable, dio media vuelta y se marchó hacia donde había un grupo de profesores.
―Toma, Potter, y espero que valga la pena haber arriesgado tanto pellejo por ti ―gruñó haciéndole entrega de aquél sombrero.
El muchacho recibió con calma lo que se le entregó, pero sí miró a Snape fijamente a los ojos, y no con ese odio que siempre solía refulgir.
―Ella no va a morir ―farfulló a Snape. Severus, quien había pensado en irse también, se quedó paralizado ―. Ella es fuerte y sobrevivirá.
Severus hizo un leve asentimiento con la cabeza, sin estar muy seguro de la palabra de aliento que había oído de la boca del chiquillo.
Finalmente, tomaron caminos separados. Severus se fue donde estaban los demás. En cuanto a Harry, él había desaparecido. Rogaba para que fuera cierto lo que había dicho: Merlina tenía que vivir.
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Había encontrado una capa invisible maltrecha, pero útil: lo había salvado de ser visto por toda la gente que se agrupaba en el Gran Comedor. Pudo haber hecho algo, allí estaba Severus Snape. Pudo haberlo matado allí mismo, si no hubiese sido porque ese maldito poltergeist se puso a lanzar piezas de una de las armaduras. Buscó por el castillo, creyó registrar cada parte que conocía ―y que, en realidad, eran pocas ―, incluyendo dos pasadizos. No había rastro de Merlina Morgan. Tenía que estar viva, sino aquél hombre no hubiera estado tan tranquilo. ¿O sí? ¿Dónde estaba?
Mientras tanto, debería mandar a llamar a su tropa. Poco faltaba para que iniciara la guerra y debían estar preparados. Sacarlos de la tierra húmeda del bosque y esconderlos en el lago era una excelente idea.
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El pueblo parecía estar completamente desierto. No se veían luces en las casas, ni siquiera los perros ladraban. Las aves nocturnas estaban desaparecidas y ya no había cielo. Una gruesa neblina encapotaba el firmamento, haciendo que el aire costara respirarlo. Por la nariz de Merlina comenzaba a correr agua.
Evidentemente, los Mortífagos ya no estaban, se habían marchado al castillo. Probablemente sobrepasaran en número, aunque eso no significaba que no perdieran a algunos de los suyos.
―Esto no me gusta nada ―masculló mirando los oscuros callejones, temiendo a que algo apareciera.
El frío comenzó a calarle los huesos a medida que avanzaba, y la disposición que la había llenado en algún momento, estaba menguando. En un inicio, torpemente pensó que era el miedo que se apoderaba de ella sin razón. Pero, cuando el recuerdo de Drake gritándole desde la casa que corriera lejos, le hizo dar cuenta de lo que ocurría realmente.
Trató de calmarse. No quería encontrarse con los dementores, debía encontrar alguna forma de huir de allí.
Se metió por un callejón al azar para ver si podía alejarse de esa manta de horror que se empeñaba en derribarla.
Caminó durante un par de minutos y, a simple vista, la neblina estaba menos densa.
De pronto, cerca de una veintena de dementores comenzaron a aproximarse de diferentes direcciones, deslizándose silenciosa y espectralmente hacia ella.
Perdió el equilibrio y tropezó con una piedra. Se reincorporó rápidamente, con su corazón descontrolado al igual que su respiración, pero no pudo seguir avanzando; se le había cortado el paso y no tenía escapatoria.
La primera y última vez que se había visto en esa situación, fue cuando Dunstan la había ayudado a huir de Azkaban.
―Tranquilízate ―susurró para sí misma, buscando algo en qué apoyarse. Todo lo que encontró tras ella, fue un poste con una lámpara a parafina.
Sus palabras, por supuesto, no surtieron efecto alguno. Esos seres de olor putrefacto y manos deformes se acercaban sin titubeo, con su objetivo claro. Estaban hambrientos después de todo: toda la gente encerrada en sus casas, con protección de acero, no suponía una comodidad para ellos. Querían absorber la energía del primero que encontraran. De seguro Hogwarts debía tener a otra mitad, o más. Indudable que, por si las moscas, habían dejado una parte en el pueblo para mantener a la gente bajo control, presa del miedo.
Y, todo lo que quedaba allí, era Merlina.
Voces y gritos llenos de dolor y sufrimiento resonaban en su cabeza, debilitándola más y más. Ella, lo único que quería, era aclarar su mente. Debía conseguir que sus neuronas conectaran, que le hicieran razonar. Sólo estaban tres metros a la redonda… Ellos la veían, a pesar de estar desilusionada. Sin embargo, el encantamiento comenzaba a desaparecer, haciendo visible su cuerpo.
Con los músculos agarrotados, se deslizó de espalda al poste, hasta el suelo.
Piensa. Aclara tu mente. No dejes que esos pensamientos dejen que te derrumben. Algo bueno, recuerda algo bueno. Tienes una varita para defenderte, la tienes. Esa varita era de Agatha Dunstan, pertenecía a alguien poderoso y de bondad. Puedes hacer algo bueno, puedes vencerlos.
Uno de los dementores iba adelantado. Estaba a tan sólo un metro de ella y comenzaba a extender la mano para tomarle la mandíbula.
Sin Dunstan, no hubiera llegado aquí. Tantas cosas que hizo por ti, te enseñó, eres fuerte. Puedes levantarte. Tienes hijos, no estás sola. Severus te espera para que pelees junto a él. Tienes un asunto pendiente… tu vida no acabará por perder el alma.
La cabeza encapuchada empezaba a acortar distancia, la mano le asía firmemente la cara. Los ojos de Merlina temblaban, intentando enfocarse.
Sería demasiado tragicómico para ti. No puedes acabar así, has soportado tanto, y si no superas esto, jamás lograrás estar en paz contigo misma, y tampoco tendrás la esperanza de ver crecer a tus hijos, de envejecer con tu esposo…
Levántate.
No hizo falta nada más que imaginarse una visión de ella, anciana, radiante de alegría junto a Severus, dos hijos adultos, con muchos más niños a su alrededor. Eso era lo que le esperaba: tener fe. Si se levantaba y combatía, podría imaginar lo que deseara. Sin alma, sólo sería una concha vacía, inservible, y terminaría partiéndole el corazón a Severus y a sus hijos. No estaría cuando la necesitaran.
Sus músculos reaccionaron a la contracción y se puso de pie, moviéndose con brío para deshacerse del agarre de la criatura mortífera. Sacó su varita del bolsillo y, aún con esa imagen flotando en su cerebro, gritó:
―¡Expecto Patronum!
Una especie de caballo bien formado, casi corpóreo, real, salió de la varita, brillante como la plata. Era un Kelpie. Bajo el control de Merlina, quien ya se había recuperado totalmente del sopor, galopó entre los dementores, embistiendo una y otra vez, alejándolos de ella en cosa de segundos.
Merlina hizo que el unicornio fuera lejos, hasta la zona más baja del pueblo, para expulsarlos y devolver la tranquilidad al lugar.
Y dio resultado: luces atravesaron las cortinas de las casas hasta la calle. El corazón le latía a todo dar. Se sintió orgullosa de sí misma, con la adrenalina a mil por hora. ¡Lo había logrado!
Un anciano salió de una de ellas y la miró. Otros cuantos le imitaron, asomándose por umbrales y ventanas.
―¿Tú hiciste aparecer eso? ―Inquirió el viejo con tono de aprobación.
―Sí ―contestó Merlina con la voz seca. Sí, aunque pareciera increíble, ella había canalizado todo ese poder. Se había superado a sí misma.
―Me alegro. No me atrevía a salir por ellos, no me daban ganas, estaba engrifado como un gato bajo la mesa. Pero ahora me siento bien. Es hora de pelear, ¿no?
Merlina asintió. Otras personas, jóvenes y adultos, salieron de sus casas con varita en alto. Eran la minoría por supuesto. Pero daba igual: podían hacer la diferencia.
Su pecho se infló de valentía y orgullo.
