Bueeeeenas tardes a todos!:3 Ya dije que este capítulo tendría un salto temporal y el próximo tendrá otro. No me gusta nada como me ha quedado el capítulo en cuanto a la forma de escribir, no me convence mucho...

Bueno, ante todo, Her, si sigues leyéndome, sigues al día y lees esto, quiero que sepas que te quiero y que te mereces este capítulo y mil más, por darme todos estos recursos y por seguir apoyándome en todo:*

Finalmente, aunque me cueste mucho, la historia no va a cambiar mucho a partir de aquí, a ver, no me malinterpreteis, no estoy diciendo que vaya a quedarse así, obvio, sino que la trama con la que quería trabajar parte de aquíJAJAAJJAAJAJAJAAA

Dios, son mi otp fav y :'(

Espero que sigais disfrutándolo porque os aseguro que no os voy a defraudar y aún le queda bastante para acabar.

Un beso!:*

PD: Si podríais decirme por reviews qué os parece, os lo agradecería muchísimo:**


*UN MES DESPUÉS*

El avión mantenía su vuelo constante como una rutina aburrida. Ninguna turbulencia los sorprendió, la tranquilidad reinaba dentro de los compartimientos. Se reclinó en el asiento de primera clase que había pedido por internet y miró a Kate, dormida sobre su hombro.

Madrugar era un gran efecto en contraste con las horas en el aire, y a la pobre le había vencido el cansancio. Suspiró y agradeció que los asientos fueran tan cómodos, aunque luego pensó en qué por algo eran el doble de caros. A parte del poder gozar de bebidas como champagne o licores varios.

El líquido amabarino se movió mínimamente dentro del vaso de cristal. Se había acostumbrado al sabor del whisky gracias a estar encerrado tantas horas en su habitación ocupado en poder acabar los capítulos de su novela.

Una vez ingerido el último trago lo saboreó. Lo que antes había supuesto un ataque contra su garganta ahora era un placer y una rutina.

Su vida había cambiado de la noche a la mañana. Tan rápido que ni siquiera había tenido tiempo para darse cuenta y acomodarse. Disponía del dinero con el que había soñado toda su vida. Pasar de no poder pagar casi la Universidad a poder permitirse asientos de lujo y caprichos varios como un nuevo ordenador Mac, era algo extraordinario.

Con la vista fija en el móvil de Kate se permitió recordar las reacciones de sus padres una vez les había dicho cuales serían sus planes futuros. Ambos habían empalidecido mientras pensaban en Mike y en lo que ese maldito trabajo había conseguido con él. Kate era mayor de edad, era su vida, su manera de equivocarse si así resultaba y si su afán por encontrar a su hermano la llevaba a Washington, a estudiar para un día ser detective de homicidios debían apoyarla como estaba haciéndolo él.

Tenían miedo, claro que lo tenían, y no eran los únicos. Si iba a ese viaje era para asegurarse de que la zona donde viviría sería buena para ella, si iba a estar segura.

Suspiró. Un pequeño bostezo hizo que se diera cuenta del sueño que tenía y de las horas que le quedaban antes de aterrizar.

Scarlet y Jake también habían hablado con ella y le habían rogado que tuviese mucho cuidado en su nuevo camino, que no soportarían perderla. Incluso Martha, su madre, la había aconsejado con cariño pues Kate era una persona muy especial para ella.

En cuanto a Rick, mientras ella no escuchaba, todos le habían encargado la misión de ser su guardaespaldas durante el mayor tiempo posible que pudiera pasar en la capital.

Se disponía a apoyar la cabeza en el lado contrario del asiento con la intención de no molestar a su novia, cuando el zumbido de su iPhone vibrando contra el plástico de la mesita auxiliar del asiento se lo impidió.

Miró a Kate, ya que se trataba de su móvil, el suyo lo tenía bien guardado en el fondo de su bolsillo. En cambio ella no reaccionó, siguió con su sueño reparador, ni siquiera frunció el ceño. Tenían la suficiente confianza como para que fuese él quien leyera el mensaje y después la informara, así que estiró el brazo y alcanzó el iPhone blanco.

Un año y algunos meses más habían pasado ya y seguía haciéndole gracia el hecho de llevar los dos el mismo móvil a juego, solo que de diferente color. No tardó nada en desbloquearlo, conocía la contraseña a la perfección. Deslizó la barra de herramientas viendo así el mensaje de Javier Espósito.

"Definitivamente Vólkova está en Rusia. Hemos comprobado sus tarjetas de crédito, y hemos rastreado su teléfono. Su cuenta bancaria muestra un extracto de un vuelo hacia Kiev programado hace dos días. No sé qué puede hacer allí, o en realidad no quiero pensar en lo que sí podría estar haciendo, ya sabes... En cualquier caso, disfruta de Washington, yo solo te informo."

Un mensaje. Un solo mensaje era capaz de cambiarlo todo si se trataba de Kate. Sus ganas de atrapar al ruso eran extremadamente elevadas al igual que peligrosas. Sabía que no debía hacerlo, que no solo no era su móvil, sino que no podía borrar ese SMS capaz de acercarla más al asesino. Aun tenía la mirada fija en la resplandeciente pantalla. De él dependía todo. Si Kate veía el mensaje sería capaz de volar a Kiev solo para pegarse a ese tío.

En cambio, si lo borraba, le daría tiempo para pensar cómo poder ayudarla o si Espósito no mencionaba nada, dejarlo correr. Ella era su vida, y se negaba a sacrificar eso que tanto les había costado construir por un paso directo al infierno, al no regreso.

El cargo de conciencia sería elevado si nunca llegase a saber nada de la nueva posición de Vólkova o de si realmente eso podía ayudar a encontrar a Mike. Tuvo que apretar varias veces el móvil. Nervioso, asustado, intranquilo. Debatiéndose entre hacer el bien y cometer un error, o decir la verdad y exponerla al peligro.

La miró, larga y tendido. Observó su mejilla apoyada en su brazo, su expresión relajada. Pensó en lo mucho que le había costado dormir últimamente y en lo fácil que se veía ahí.

Suspiró antes de mantener pulsado el mensaje y esperar a que la opción de "eliminar" centellease bajo sus ojos. Una vez lo hizo, apretó y el texto desapareció tan rápido como había aparecido.


El cigarrillo se movió con agilidad entre sus dedos. Siempre le había gustado hacerlo antes de coger el mechero y prender fuego la punta. Un momento para pensar en lo que iba a hacer, por extraño que sonara. Hacía mucho que no fumaba, tal vez desde que había conocido a Kate. Miró de nuevo la puerta de la academia, debatiéndose entre sucumbir al vicio que tanto le había gustado disfrutar siendo más pequeño o esperar a que ella saliera y olvidarse.

Se ajustó la gorra de los Yankees, su gorra favorita, para después apoyar la espalda en el banco de madera. Washington era muy diferente a Nueva York. Las calles no estaban tan abarrotadas, no hacía ese frío que conseguía calar hasta los huesos y el aire estaba un poco más limpio.

Al menos el llevaba su toque neoyorquino allí. Era muy patriota de su ciudad, la adoraba. En cambio la capital no era para él.

El mechero se encendió con un chasquido y un par de chispas de por medio. Acercó el cigarrillo a la llama notando el humo en pleno ascenso por su nariz. Lo inspiró gustoso, ya fuera nariz o boca, el sabor era bienvenido.

Llevaban una semana y media en Washington, de arriba para abajo. Mirar un piso había sido una prioridad, y no es que fuera muy fácil precisamente. Necesitaban uno en condiciones, aunque gracias a Dios, Kate disponía del dinero suficiente para pagar algo decente.

El cuarto había sido la clave. Espacioso, con dos habitaciones, dos baños y una cocina que conectaba con un pequeño comedor. Un lugar genial donde podrían convivir los dos juntos. Como ventaja, estaba cerca de la academia.

Exhaló el humo grisáceo con gracia al mismo tiempo que echaba la cabeza hacia atrás. Todo le daba vueltas. No podía dejar de pensar en el mensaje, en si había hecho bien, o si había sido un completo egoista y cohartaba la libertad de su novia. Él no era así, solo tenía miedo. Pensó en decírselo. Cargar con eso toda su vida le haría daño, él se lo estaba haciendo a Kate inconscientemente.

Sí, se lo diría. Incluso la ayudaría y apoyaría en todo lo que quisiera. Estaba decidido.

Esa noche tenían que arreglar un poco el piso, pues aunque lo habían alquilado con los muebles incluidos, debían darle ese toque en pareja. Ese sería un buen momento para disculparse y contarle la verdad.

-¿Desde cuando vuelves a fumar?-la voz de su novia lo sorprendió, provocando un pequeño salto al incorporarse. Observó que ella intentaba no reír ante el gesto.

-Hacía mucho, pero me apetecía.-respondió terminando el cigarrillo con una última y duradera calada.

Kate frunció el ceño sabiendo que eso era poco usual. Ambos habían dejado el vicio a los primeros meses de salir juntos. Supuso que estaría un poco agobiado con el viaje y esa era su forma de desestresarse. No le dió más importancia.

-Ya está todo rellenado.-sus ojos brillaron emocionados. Rick sonrió. La energía o las ganas que desprendían sus palabras a la hora de hablar era lo que realmente mostraba su entusiasmo por aquello que le gustaba.

-¿Han dicho algo?

La chica negó y agarró la mano de Rick, entrelazando sus dedos con los de él.

-Solo que sentían mucho lo de mi hermano y que fue un alumno ejemplar.

Rick notó tristeza en la sonrisa ladeada que le ofreció al suelo, ya que había hablado un tanto cabizbaja. Cada vez se arrepentía más de haber borrado ese mensaje.

-Mike siempre será el mejor.

Temió porque sus palabras produjeran algunas lágrimas en sus ojos verdosos, pues conociendo a Kate y lo cercano que aun estaba el tema, podría ser posible. Ella se mordió el labio inferior con fuerza, sin embargo suspiró todas sus penas por ahí.

-Te invito a cenar.-ella lo miró sonriendo al mismo tiempo que fruncía el ceño.-Donde quieras, cualquier restaurante.-la abrazó contra su pecho.-Tú y yo.

Acarició su nariz con la suya y absorbió su labio inferior cariñosamente. Kate le mordió de la misma forma, provocando una sonrisa en la boca del otro.

-Comida china.-respondió al fin. Rick asintió contento con la elección, pues esa era una de sus preferidas.-Pero no un restaurante elegante, algo normal.

Sabía que ahora que tenía dinero podría invitarla al más caro de la ciudad si él quería, solo que prefería algo normal, íntimo y cómodo. No un lugar dónde tuvieran que vestir de etiqueta y reservar mesa. No, ella quería seguir viviendo en su clase media.

-Preguntemos por el camino.-puntualizó él volviéndola a besar apasionadamente. Le gustaba demasiado dejar repetidos besos, cortos y castos sobre sus labios y después profundizar como si quisiera comérsela allí mismo.

Kate lo imitó, zanjando la conversación con un último beso sencillo. Aprovechó para agarrar la visera de su gorra roja y colocársela ella. Rick la miró entre ofendido y gustoso, ya que cuando ella llevaba una de sus gorras se volvía mucho más irresistible.

Algo que adoraba era su estilo, sus jeans, su cazadora de cuero, sus deportivas y lo sexy que podía quedarle una gorra de béisbol. No necesitaba enseñar para poder ser la mujer más preciosa del mundo bajo sus ojos, solo ser ella misma.

-Le has cogido el gusto a robarme las gorras.-bromeó recordando la cantidad de veces que había hecho exactamente eso.

Kate rió y eso fue música celestial para sus oidos. Ningún sonido en todo el mundo podía igualar la belleza de su risa.

-Me gustan.

Quiso protestar cuando Rick la levantó de su cabeza, creyendo que quería volver a ponérsela, sin embargo al ver que solo le había dado la vuelta, cerró la boca de nuevo.

-Te queda mejor si la ponemos al revés.-añadió.

Mordió uno de sus mofletes divertido, a lo que ella respondió agarrándolo de las mejillas para poder besarlo.

-No vamos a llegar nunca al restaurante.-dijo sobre sus labios.

Kate rodó los ojos. Desde que estaban en Washington no podía dejar de besarlo, de hacerle mimos, de ser cariñosa. No sabía que pasaba, solo sentía la necesidad de hacerlo. No obstante tenía razón, si seguían así no podrían cenar nunca.

-Saca el móvil y busca una dirección.-sugirió colando la mano en su cazadora de cuero negra sin permiso.

-Está bien, Señora Mandona.

Se ganó una mirada desaprovatoria, pero la esquivó volviendo la vista al mapa de la ciudad que brillaba dentro de la pantalla.


-Primera vez.

Kate lo miró por encima de su Coca-Cola y se pensó muy bien la respuesta. Rick, recostado sobre el pequeño sofá la miraba de una forma bastante lasciva.

-Creí que ya habíamos hablado de eso.-intentó disimular ella removiendo los tallarines dentro de su característica caja de cartón.

El local no estaba nada mal, era justo lo que ella quería. Familiar y acogedor, nada de lujos y famosos, solo personas capaces de pagar una cena por menos de veinte dólares.

Las luces atenuaban la estancia, dándole un toque más íntimo. Además, ellos estaban cenando al fondo, de espaldas a una ventana exterior, y la poca luz los ayudaba más en cuanto al romanticismo que había adquirido la cena al principio. Realmente no habían muchas personas esa noche, así que tenían suerte de poder conseguir los platos que pedían más rápido de lo normal.

-Nunca me lo has dicho.-él también estaba concentrado en poder comerse el arroz ayudado de los palillos de madera.

-Es algo íntimo.-se excusó ella. Observó la torpeza en los dedos de Rick, y con maestría, metió sus propios palillos en el arroz de Castle y le dio ella de comer.

-Eso ha sido muy sexy.-comentó acercándose un poco más intencionadamente.

Cansado de no saber manejarse con eso, agarró un tenedor y pinchó, esa vez, en los tallarines de Kate, devolviéndole el favor.

Se mordió el labio inferior al ver cómo parecía que sus labios acariciaban el metal del tenedor de esa manera tan sensual suya que conseguía acelerar su pulso.

-Todo lo que hago te parece sexy.-lo miró através de sus largas pestañas divertida.

-¡Es que todo en ti es sexy!-protestó.-O sea, lo que acabas de hacer, la mirada, la forma en la que te sientas, en la que hablas, en la que comes... Eres irresistible, Kate.

Abrió mucho sus ojos azules, haciéndola reir aún más. Era muy mono cuando hablaba de ella de esa forma, podría pasarse horas enteras escuchándolo y nunca se cansaría. A parte de sus palabras, de su forma de embriagarte con ellas, le gustaba observarle. Gracias a eso conocía sus gestos, cada vez que fruncía el ceño significaba algo según cómo lo hiciera, igual que a la hora de sonreír. Era algo... Maravilloso.

-Diecisiete años.-respondió finalmente.

Esa vez el ceño de Rick delató confusión. Estuvo varios segundos callado, sin saber que decir. Ella suspuso que seguía sin saber qué había querido decir con eso.

-¿La perdiste con diecisiete?

Su voz sonaba intrigada e interesada. Incluso había dejado de comer para poder prestar la máxima atención en ella.

Se removió un tanto incómoda en el sofá y asintió cabizbaja. Ya comenzaba a ruborizarse, el calor en sus mejillas era latente. Nunca había hablado de eso con un chico, solo con Scarlet, y por mucho que confiase en Rick, debía entender que se trataba de un tema personal.

-Si no quieres contármelo no pasa nada.-su mirada era fija pero precavida. Notaba su impaciencia desde ahí, sus gestos hablaban por ella. Cabizbaja, ceñuda y pensativa. No necesitaba nada más para saber que estaba entrando en terreno pantanoso.

-No es eso.-le sonrió en un intento de intentar tranquilizarlo, a lo que añadió una ligera presión en su mano cuando la cogió.

-¿Entonces?

-Nunca he hablado con un chico de esto.

No supo qué le pareció más adorable, esa mirada tímida escondida en su alma rebelde, o el color que habían adquirido sus mejillas.

-Me gusta ser el primero en la mayoria de tus cosas.-bromeó él apartándole un mechón de pelo. Escapaba del agarre de su gorra colgando cerca de su sien.

-¿Y tú?-Rick alzó las cejas.-¿Cuando la perdiste tú?

Se cruzó de piernas al mismo tiempo que se inclinaba hacia delante. Él, en cambio, se pasó la mano por la frente pegando la espalda en el respaldo del sofá.

-Diecisiete, también.

-¿En serio?

-Sí.-le sonrió.

Por un momento, volvió a ese día. A lo nervioso que estaba, tanto que no sabía colocar bien el preservativo. Con suerte, la chica con la que lo hacía sí tenía experiencia.

-¿Fue bien?-la miró. Estaba apoyada sobre su codo, expectrante.

Quién hubiera dicho que a Kate le interesaba ese tema.

-Más o menos.-esperó unos segundos, valorando la experiencia.-No atinaba con el condón, estaba demasiado nervioso.

-¿Y ella no era virgen?

-Exacto.

-Ah.-comentó.

-Yo creo que lo hice bien, intenté no acabar antes y que ella también disfrutara.

No sabía cómo, pero habían acabado hablando en susurros y se habían acercado el uno al otro sin ser conscientes.

-¿Y tú? ¿Él era virgen?

-No.-notó un deje de nostalgia en su sonrisa.-Era bastante bueno. Tuvo cuidado. Era más mayor que yo.

Eso despertó aún más la curiosidad en el escritor.

-¿Cuántos años te sacaba?-se acarició la barbilla, notando la creciente barba bajo sus dedos.

-Si yo tenía diecisieeete...-arrastró las letras dejando claro que estaba pensando.-Él tenía veinticinco.

Rick apartó la mirada rápidamente de la caja de tallarines que le había robado antes. Su boca formaba un perfecto óvalo.

-Dios.

-No es para tanto.

-Nah, ¡solo ocho años, Kate!-enfatizó en esto último con un pequeño bote.

-Pues se portó genial.

-Hombre, es que si no lo hubiera hecho es para pegarle una paliza.-sonrió irónicamente.

Por nada del mundo se esparaba esa confesión. Era una gran diferencia de edad aunque ella no quisiera reconocerlo.

-Veo que quieres preguntar algo más.-se acomodó un poco en el cojín sobre el que descansaba. Rick mantenía el ceño fruncido y la mirada gacha. Eso solo significaba ráfaga de preguntas queriendo ser contestadas.

Respiró contenta, aliviada, además. Como si se hubiera quitado un peso de encima después de tantos años. No es muy fácil confesar que tu primera vez había sido tan marcada, en todos los sentidos.

-Sí.-se inclinó para poder verla mejor cuando contestara.-Al ser mayor, ¿supo... Enseñarte?

Kate pasó su lengua por su labio inferior, concentrada en la mirada de Rick. Se limitó a mordérselo después y beber el último trago del refresco ya olvidado en la mesa de madera.

-No tienes ni idea.-respondió finalmente mientras se ponía en pie.-Creo que es hora de irnos.

Rick se mantuvo quieto, observando cómo acudía al mostrador y sacaba un billete de su cartera. Le fue imposible no pensar en ella siete años atrás, inocente y a la vez, aprendiendo todo lo que ahora sabía y compartía con él.


Las yemas de sus dedos ascendían y descendían sobre la piel desnuda de Kate. La camiseta de manga corta dejaba ver gran parte de su zona lumbar y de su estómago. Tumbada entre sus piernas, con los ojos cerrados, solo le quedaba disfrutar de las atenciones de Rick.

Él dejaba delicados besos alrededor de su sien o acariciaba distraidamente su pelo con la nariz. El aroma de Kate era irresistible, incluso en esas circunstancias.

-Me quedaría toda la vida aquí.-ronroneó ella apoyada en su pecho. Rick también olía estupendo. Ni siquiera sabía cómo seguía despierta, con lo que esa colonia conseguía provocarle.

-Yo no he deshecho ni la maleta aún.-miró hacia la puerta principal, dónde se encontraba su mochila repleta de varias mudas.

Había ido cogiéndolas de ahí. Por el contrario Kate sí que había ordenado su ropa en el armario de su habitación. Le había dicho varias veces que lo hiciera, pero siempre lo dejaba para el final, y el final acababa en la noche.

-Eres muy vago, cariño.-trazó un círculo en su abdomen con el dedo y él suspiró, sabiendo que no podía quitarle la razón en eso.

-¿Qué vamos a hacer mañana?

-Dormir.-la respuesta no se hizo de esperar. Rick rio entre dientes sin dejar de acariciarla.

-Yo vago y tú dormilona eh.-le agarró el labio inferior con los dientes y tiró de él.

Kate pasó su lengua por la zona dañada y abrió los ojos para lanzarle una mirada ceñuda.

-Haces daño.

-Lo siento.-lanzarle una mirada de cachorrito abandonado era una de sus armas más eficaces. Ella las conocía, pero no la hacían inmune precisamente.

Justo cuando su teléfono comenzó a sonar, Rick se había deslizado hasta quedar a su altura queriendo continuar sus mimos.

Estiró el brazo sin mirar mientras se separaba de los labios de su novio y recibía un beso cariñoso en su mejilla.

Lo miró risueña antes de contestar.

-Kate.-la voz de Espo la sorprendió.

-Eh, hola Javi.

Rick se tensó visiblemente a su lado. Su color natural también se esfumó, dejando que su piel luciera un blanco anormal.

-Quería decirte que le hemos perdida la pista a Vólkova, solo sabemos que sigue en Rusia, como te dije.-la chica frunció el ceño.

Ella no conocía esa información. Si se suponía que era una novedad, le era ajena. Es más, lo habría llamado para concretar detalles.

-¿Como me dijiste?

-Sí, te mandé un mensaje hace una semana.

Rick estaba al borde del abismo, sentía hasta nauseas apoderándose de su estómago. Mentiría si dijera que no sudaba, pues en ese momento estaba empapado de todo. Miedo, nerviosismo e inquietud.

-Imposible, a mi no me ha llegado nada.-Kate ya no estaba tumbada, sino incorporada y con intenciones muy claras de levantarse.

Si antes había tenido sueño, ahora parecía que había tomado más de cinco cafés expresos.

Rick, diferente a todo, no sabía donde esconderse. En breves conocería la verdad. Él no iba a salir muy beneficiado en todo eso.

-Estoy seguro de que te llegó.

Se masajeó la frente, intentando pensar. Podría no tener cobertura cuando el mensaje había salido, o le habían fallado los datos, cualquier cosa.

-¿Cuándo lo enviaste?

-El lunes pasado, a las ocho de la mañana.-respondió Espósito con una voz cargada de seguridad.-Es más, pone que ha sido abierto y leido. Los dos ticks lo corroboran.

-No puede ser. A esas horas estábamos en el av...

Se giró lentamente, deseando que lo que estaba pensando no fuera real. Que Rick no había sido capaz de hacer eso. Por un momento pensó que el suelo se movía bajo sus pies.

-Dime que no.-musitó clavando la vista en sus ojos azules.

No necesitaba que hablara, que contestara. Podía leerlo en su expresión, en el miedo que denotaban sus ojos, en la tensión en su cuerpo.

-Kate, yo...

-Javi, luego te llamo.-colgó sin esperar una respuesta por parte del policía y apretó el móvil dentro de su mano.-Solo, dime que no.

Sentía la familiaridad opresión en su garganta, el avasallamiento de lágrimas y el escozor en sus ojos.

¿Qué podía decir? Cualquier cosa que dijera sonaría peor, le dejaría peor, si es que eso era posible. Se pasó las manos por la cara, intentando tomar unos segundos de ventaja para poder pensar.

-Iba a decírtelo.-respondió finalmente sin saber exactamente cómo justificarse.

-¿Cuándo? ¿Cuándo te hubiese dado la gana? ¿Cuándo le hubieran perdido la pista a ese hijo de puta? Eh, Rick, ¿cuándo?-su voz se elevó más de lo normal.

Ya no le importaba si lloraba, si gritaba, si dejaba salir todo lo que sentía en ese momento. Se sentía traicionada, mentida, estúpida, dolida. Los peores adjetivos que podía pensar llevaban su nombre.

-Esta noche.-volvió a repetir él en un susurro.

Estaba llorando, otra vez, y eso era solo culpa suya. No soportaba verla así, era algo que siempre le había superado. Quería levantarse y abrazarla, pero sabía que eso era lo último que debía hacer.

-Eso suena a excusa barata, Castle.

Un doloroso pinchazo recorrió su pecho. Usaba su apellido. Eso no sonaba nada bien.

-Kate.-intentó acercarse, sin embargo ella retrocedió. No quería tenerlo más cerca, sino saber por qué. Por qué se creía que tenía ese derecho de meterse en su vida, en lo más importante que tenía en ese momento entre manos y borrarlo sin importarle lo que ella pudiera sentir.

-No te acerques, por favor.-ésto último solo pudo susurrarlo. Su voz ya no daba a ser más alta o más clara.

Él no quería eso, para nada del mundo.

-Lo borré, sí. Tenía miedo de que te enteraras y fueras capaz de volar a Rusia y encararte con él.-explicó él de forma tranquilizadora, intentando no moverse.

-Es mi vida Castle. Podría haber hecho lo que me diera la gana porque se trata de mi hermano. MÍO. Y no tienes ni puta idea de lo que estoy pasando.-sollozó aún más fuerte.

Tiró el iPhone contra el sofá y con las dos manos se limpió las lágrimas que bañaban su rostro.

-Entiéndeme, Kate. Vas a ir a una academia, te vas a hacer policía, vas a poner en peligro tu vida constantemente y yo me voy a quedar aquí esperando a que llegues sana a casa todos los días.-Kate se mordió el labio inferior con fuerza. Sus palabras no conseguían aliviarla como lo habían hecho otras veces, y ese era el problema.-Los dos sabemos que te irías corriendo sin importarte nada, solo por Mike.

-No tienes ningún derecho a coger mi móvil y borrar algo que-inspiró un poco de aire-es importante para mi porque TÚ tengas miedo. Sabes lo que hay desde que Mike desapareció, sabes que me voy a empeñar en buscarle y si no puedes aceptar eso, será mejor que te vayas.

Rick sentía los ojos más húmedos de lo normal. No solo los ojos, sino las mejillas, la barbilla, todo. Estaba llorando. No porque lo hubiese hecho mal, sino porque le había hecho daño a la persona más importante de su vida y porque ahora le estaba pidiendo que se fuera.

-Quiero que te vayas Rick, ahora.-no esperó a que él contestara, aunque tampoco se veía capaz de abrir la boca y defenderse. Estaba en shock.-Vete a Nueva York, yo seguiré aquí, ya hablaremos, pero de momento quiero seguir mi vida yo sola, sin tener que preocuparme de que mi novio vaya borrándome los mensajes sin mi permiso e intente controlar mi vida.

-Kate.-fue más un ruego que una súplica. Le ardía la garganta como nunca antes lo había hecho. Indescriptible era el dolor que estaba perforándole el pecho.-Kate, por favor.

-Vete.-le habló con cautela, como si quisiera controlarse y no estallar, algo que deseaba con todas sus fuerzas.-Esto se ha acabado. Tienes la mochila todavía hecha, enhorabuena.-miró unos segundos al suelo antes de devolverle la mirada.

Los ojos de Rick estaban rojos. Rojos de reterner lágrimas que no querían desbordarse. Apretaba la mandíbula, los puños. Ella también deseó abrazarlo y que todo pasara, que fuera una discusión más y que esa noche volvieran a dormir juntos como lo habían hasta ahora.

Pero no podía, porque la confianza plena que había sentido por Rick, había desaparecido después de todo.

Sin decir nada y con paso ligero, giró sobre sus talones y entró a la habitación rápidamente, cerrándola detrás de si de un portazo.

Rick sentía que se moría ahí de pie. Que si ahora explotaba el edificio, había un terremoto o los arrollaba un tsunami, no le importaba. Solo la necesitaba a ella, a Kate, a su novia.

Se sentía el hombre más imbécil del mundo. Imbécil por haber obrado en su contra, por haber sido egoista y por haberla alejado de algo tan importante como era encontrar a su hermano.

Cuando se dio cuenta, había retrocedido hasta la pared del fondo, chocando con ella. Deseaba que la puerta del dormitorio se abriera, solo que nunca ocurrió. No hubo nada que le impidiera coger su bolsa, sus cosas y salir de lo que iba a ser su nueva casa en Washington junto a ella durante los próximos meses.

Nada. Solo él y su conciencia.