Capítulo 49

Candy ponía el corazón en cada detalle. Su novio, Albert Andrew, estaba por llegar. Su novio, Albert Andrew, le había pedido que hicieran de esa velada una ocasión única y tranquila, porque ambos lo necesitaban. Por fin estaba junto a Albert. Por fin ambos se habían sincerado y entre los dos no había secretos. Pero las cosas no estaban del todo bien. ¿Por qué la felicidad nunca podía ser completa? Dejando el florero sobre la mesa, Candy recordó la conversación que hacía algunos días había tenido en ese mismo lugar con su entonces recién estrenado novio.

- Por eso tenía que verla, Candy, porque llevaba demasiado tiempo repitiéndome que ella era la mujer para mí, porque no quería aceptar que otra vez estaba enamorado de ti, porque… bueno… porque supongo que en el fondo no soy más que un tonto cobarde y tenía miedo de volver a equivocarme creyendo que sentías algo por mí cuando en realidad sólo me veías como a un amigo.

Albert estaba sentado en el sofá con Candy recostada sobre su pecho, lo cual le permitía acariciar suavemente su rizado cabello mientras hablaba. En cuanto oyó sus dudas, Candy se incorporó sorprendida con una traviesa sonrisa en los labios.

- ¿De verdad te parecía que te miraba sólo como a un amigo? – le preguntó levantando una ceja.

- Bueno… en realidad no – reconoció Albert sonriendo algo apenado – pero uno nunca puede estar completamente seguro.

- ¿Y por eso preferiste ir a buscar a tu ex novia para salir de la duda en lugar de preguntármelo directamente?

Albert había notado de inmediato el tono de triste reproche en la pregunta de Candy. Las cosas se estaban precipitando demasiado. Ella había querido que hablaran francamente y él había aceptado, aunque habría preferido dilatarlo y dejar pasar algo más de tiempo, para que la relación se fortaleciera.

- No se trata de eso, Candy – dijo Albert con voz triste – Era algo que tenía que hacer, porque si sólo te hubiese buscado directamente, estoy seguro de que de todas maneras tú habrías sido la primera en preguntarme por ella. ¿O no?

- No lo sé…

- Vamos, sí lo sabes, Candy. Yo al menos lo sé. Antes… bueno, hace muchos años, cuando estaba enamorado de ti…

- … y yo de ti, pero tú tampoco dijiste nada – lo interrumpió Candy poniéndose de pie.

- Bueno, justamente, cuando yo tampoco dije nada. ¿Te has preguntado alguna vez por qué nunca lo hice?

- Muchas veces… - reconoció Candy triste – Supongo que fue mi culpa.

- No, no fue tu culpa. El problema es que yo no fui capaz de sacarme de la cabeza que tú amabas a Terry.

- ¡Pero si yo lo había dejado atrás hacía tanto tiempo! ¿Cómo puedes decir eso? – reclamó Candy subiendo la voz.

- ¿En serio? Y entonces, ¿por qué volviste con él? ¿Por despecho?

- ¡No! No por despecho, sino porque… porque… Albert ya te lo dije una vez, ¿recuerdas? – Candy se estaba sintiendo atacada.

- No, no, Candy – dijo Albert, poniéndose de pie para abrazarla – No te estoy recriminando nada, mi amor, por favor, escúchame – Albert besó su frente - Sé por qué regresaste con él: porque yo no te di muestras claras de mi amor. Lo sé, lo sé y me odio por haber sido tan cobarde y tan estúpido como para no haber actuado diferente. Tal vez las cosas habrían sido muy distintas y entre nosotros…

- … y entre nosotros de todas formas habría estado la duda. ¿Es eso lo que quieres decirme? – preguntó por fin Candy.

- Sí… y ahora con Camille – Albert notó como Candy se ponía rígida entre sus brazos al oír el nombre de la chica -, si yo no hubiese aclarado la situación con ella antes de empezar contigo, después de todo lo que tú me viste hacer por ella, ¿habrías aceptado de buenas a primera que ya la había olvidado?

- No… supongo que no – dijo Candy bajando la vista.

- Candy, mírame – Albert tomó suavemente su mentón – Yo me equivoqué. Dejé que el miedo y las dudas me ganarán entonces. Debí haber sido más claro contigo y no lo hice. Te aseguro que pagué las consecuencias y que jamás me lo perdonaré. Ahora estuve a punto de hacer lo mismo, pero logré darme cuenta a tiempo. No quiero volver a repetir los mismos errores. Quiero que sepas que te amo, que de verdad estoy dispuesto a hacer todo por ti, a corregir mis errores, a amarte como debí haberte amado desde un principio, como tú de verdad te lo mereces – Albert la besó en los labios con suma dulzura y la abrazó con más fuerza – Quiero recuperar todo el tiempo que hemos perdido y quiero hacerlo ahora mismo. No quiero seguir buscando. No necesito seguir buscando a nadie más porque yo sé que tú eres la mujer para mí – Albert hizo una pausa y la miró directamente a los ojos - Cásate conmigo, Candy. Cásate conmigo y déjame ser el hombre más feliz del mundo. Estoy seguro de que tú me amas y que los dos seremos felices. Te amo, Candy, te juro que te amo.

Candy sintió que la piel se le volvía a erizar con tan sólo recordar sus palabras cargadas de emoción, su abrazo intenso, su perfume embriagador y su calor. Temblaba. Se sentía morir entre sus brazos y quería abrazarlo y gritarle que lo amaba como jamás había amado a nadie en la vida, como sabía que jamás volvería a amar, como él merecía ser amado, pero…

- ¿Casarnos? – había preguntado Candy pestañando sorprendida.

- Sí – le había contestado Albert sin dejar de mirarla ni de abrazarla por un solo instante – Casarnos. Vivir juntos, ser uno, estar siempre a tu lado. Candy, te amo.

- Yo también te amo – dijo Candy sintiendo los labios de Albert deslizándose suavemente por su cuello, haciéndola estremecer – pero…

- Dime que sí, Candy – suplicaba Albert siguiendo su tortuoso recorrido por el blanco cuello de su amada – Yo sé que tú también me amas y te juro que vamos a ser felices.

- Por supuesto que te amo, Albert, pero…

Con un gesto suave, Candy había logrado separarse de Albert.

- ¿Qué pasa? – había preguntado Albert sorprendido.

Qué pasaba era algo que Candy, para aún mayor sorpresa de Albert, no había sabido responder. O tal vez no había querido.

- Hace un poco de frío, ¿no te parece?

A Albert no le parecía, desde luego. Las condiciones climáticas eran lo último que le preocupaba en ese momento. Candy había caminado lentamente hacia la ventana. Pasaban de las cuatro y media de la tarde y ya comenzaba a oscurecer. Su actitud había logrado que de pronto Albert sintiera sobre sí todo el peso de los últimos días, el cansancio del viaje, la presión sobre sus hombros, la confusión en su cabeza y en su corazón. Entonces, sólo entonces, Albert tuvo miedo.

- ¿No quieres casarte conmigo? – preguntó por fin, poniéndose de pie.

Su pregunta quedó suspendida en el aire por lo que a él le parecieron años. Entonces en realidad no estaba equivocado. ¿Candy no lo amaba? Otra vez se había equivocado. O tal vez lo estaba castigando por haber ido a buscar a Camille. De ser así, ¿por qué le había dicho que lo entendía? ¿Por qué había permitido que la besara y se ilusionara? ¿Para qué todo eso de "hasta que la muerte nos separe" y todo lo demás? ¿Es que acaso…?

Entonces, en medio del torbellino de dudas, Candy había corrido a refugiarse entre sus brazos.

- Te amo, Albert, te juro que te amo. Tú sabes que te amo, pero…

- ¿Pero qué? ¡Dímelo! – suplicó Albert.

- No puedo contestarte ahora.

- ¿Por qué no? ¿No me quieres?

- No se trata de eso, Albert. Es sólo que… no lo sé, no lo sé – Candy negaba con la cabeza, luchando por entender sus propios sentimientos – Estoy confundida, tengo miedo.

- ¿Pero miedo de qué? ¡Yo te amo! De verdad te amo. ¿Qué más necesitas saber?– insistió Albert desesperado, sin poder entender tampoco.

- Dame tiempo, Albert. Yo también te amo, pero hasta hace unas horas pensaba que jamás estaríamos juntos, que la próxima vez que te viera estarías con ella, que otra vez me había equivocado, que tú… - Candy lo miró con ojos suplicantes, acariciando su mejilla – No puedo responderte ahora, Albert. Sé que te amo y que quiero estar contigo, pero no voy a cometer otra vez el mismo error de correr con los ojos cerrados. Quiero hacer las cosas bien, igual que tú. No puedo aceptar casarme contigo sabiendo que hace un par de días estabas dispuesto a pedirle matrimonio a otra mujer.

- Yo no…

- No, Albert – lo interrumpió Candy, poniendo un dedo sobre sus labios para impedir que hablara – No te estoy reclamando nada. Fue tu decisión y la comprendo, pero no puedo negarte que me afecta y me hace dudar. No puedo evitarlo. ¿Me entiendes? Es todo muy reciente, tengo muchas cosas que pensar, planes que concretar…

- Planes en los que, desde luego, no estoy incluido – había dicho Albert con tristeza, separándose de Candy.

- Lamentablemente no… porque no estábamos juntos. Yo… Albert, yo no soy como las mujeres a las que tú estás acostumbrado.

- ¿Las mujeres a las que yo estoy acostumbrado? ¿Y cuáles son esas mujeres, por favor? –había preguntado Albert molesto.

- Quiero decir que no soy como… bueno, no soy la señorita de sociedad que tú esperas. Sabes que jamás seré así, que no puedo estarme quieta, que tengo pésimos modales, que me gusta subirme a los árboles, que jamás podré aceptar las formalidades ridículas de los ricos, que me encanta trabajar y que nunca permitiré que nadie me mantenga mientras yo pueda trabajar, que no soy una inútil, que nunca sé cuándo tengo que callarme…

- No – dijo Albert mirándola con una sonrisa divertida en los labios, entendiendo de una vez – Eso es verdad: nunca sabes cuándo tienes que callarte. Pero eso tiene solución.

Sin más preámbulos la había besado como nunca antes en su vida había besado a una mujer. Se había entregado por completo en el beso, la había estrechado entre sus brazos, deseando sólo demostrarle cuánto la amaba y lo feliz que estaba por tenerla a su lado. No había más que hacer. No había más que hablar ni que entender. Candy tenía miedo de apresurarse y él tenía miedo de ir demasiado lento. ¡Vaya par de miedosos que eran los dos!

Pero esta vez las cosas serían diferentes. Él tenía más experiencia y no iba a jugar otra vez al discreto caballero que se limita a esperar entre las sombras. La iba a enamorar. La iba a cortejar y la iba a volver loca de amor por él, tanto como ella lo había vuelto loco de amor a él. Iba a hacer que lo extrañara, que lo hiciera parte de su vida, que lo necesitara. Pero iban a aprenderlo todo juntos, porque él mismo aún desconocía mucho de la mujer que tenía entre sus brazos.

- Claro que no eres como todas las demás, señorita Candice White – dijo Albert dejando de besarla de improviso – Es por eso que te amo.

Candy había respondido con una amplia sonrisa.

- Tienes razón, estoy apurando demasiado las cosas.

- Creo que sí – sonrió de nuevo Candy.

- Y después de todo, ni siquiera te he pedido que seas mi novia, ¿cierto?

- Pues… ahora que lo mencionas…

- Entonces debo suponer que ésta es tu muy inteligente forma de pedirme que te pida que seas mi novia, ¿cierto? – sonrió Albert complacido.

- No había pensado en pedírtelo, pero ya que me lo estás pidiendo, no veo razón para negarme a tu petición. A menos que me pidas que…

- ¡Oh, basta ya, parlanchina, ven acá!

Albert la había abrazado y ambos habían caído felices sobre el sofá, besándose entre risas y caricias nuevas.

- ¿Quieres ser mi novia? – había preguntado Albert por fin, con Candy recostada sobre su pecho, mirándola a los ojos mientras su fuerte mano subía y bajaba por la espalda de la rubia.

- La verdad no lo…

- Candy, no voy a preguntártelo de nuevo… – dijo Albert en tono de amenaza deteniendo el recorrido de su mano.

- ¡Claro que quiero ser tu novia! – había gritado rápidamente Candy, dejando de lado las bromas.

- Así está mucho mejor. ¿Tenemos un trato? – preguntó Albert buscando su mano derecha y depositando un beso sobre ella.

- Creo que sí… ¿Así cierra usted todos sus negocios, señor Andrew? – preguntó Candy coqueta.

- No – contestó Albert mirándolo intensamente – Sólo los tratos contigo.

El resto de la tarde había transcurrido tranquila y animada. Su primera tarde juntos como novios. A regañadientes habían logrado separarse a eso de las nueve y Albert había vuelto a su casa. Desde luego, Candy lo llamó para saber cómo había llegado y aquello terminó siendo una larga y romántica conversación hasta pasadas las once de la noche. Cada uno en su casa había dormido emocionado, deseando que llegara luego el día para correr uno junto al otro, construyendo sueños, imaginando futuros, anhelando la noche en que ya no tuvieran que decirse adiós.

El día siguiente, desde luego, había llegado puntual, con Albert a las siete y treinta de la mañana golpeando en la puerta de su novia con un hermoso ramo de flores y el diario bajo el brazo.

Diario que no había leído.

Diario que Candy interpretó como el comienzo de otra larga y complicada conversación.

- ¿Ya leíste el diario?

- No, ¿por qué? – había preguntado Albert en tono despreocupado.

- Albert, creo que hay algo que debes saber…

Entonces todo había cambiado. Albert incluido. Candy le había explicado a grandes rasgos la inesperada aparición de Camille Lefevre y la aún más inesperada conexión de esa la mujer con sus propias vidas. Había estado ahí, todo el tiempo, bajo sus narices, riéndose de todos. Peor aún, ¡lo había humillado como a un mocoso ante todos! Poco a poco, Albert había sentido renacer todo el odio que sentía por Lefevre, el recuerdo de las frustraciones que aún rondaban su cabeza y la cara burlona de sus socios cuando supieron que había perdido ante Candy a causa de una desconocida. ¡Ahora entendía de dónde había salido esa maravilla! Había sido Lefevre. Nada menos que Camille Lefevre y él ni siquiera se había enterado. Peor aún: ¡de verdad le había dado una paliza en su propia cara sin que él se enterara!

Candy no estaba mucho mejor. Durante el día anterior sólo había tenido cabeza para pensar en Albert, su novio, y la realidad había pasado a convertirse en algo lejano y difuso, sin importancia. Pero ahora estaban de vuelta, juntos, enfrentados a un enemigo común: Lefevre. El desayuno les supo a nada y las hermosas flores terminaron tiradas sobre algún mueble. Albert estaba furioso. Candy estaba furiosa. Y Tom… ¿qué sería de Tom? ¡Pobre Tom embaucado por esa mentirosa! Era claro, opinaba Albert, que la única razón por la cual se había acercado al buen hermano de Candy era para obtener información de Albert y sus negocios. Era claro, opinaba Candy, que Albert no sabía de lo que hablaba, porque ella no recordaba haberle comentado nada sobre Albert a Lorraine. O Camille. O como quiera que se llamara. Albert insistía y Candy no quería que lo hiciera. Cada uno daba argumentos y planteaba sus preguntas. ¿Cómo no te diste cuenta? ¿Cómo no sospechaste? ¿Es que nunca piensas antes de contratar a alguien? ¿Es que tú conoces personalmente a todos tus empleados y sus vidas privadas?

Era claro, después de algunos minutos, que no llegarían a un acuerdo, porque los dos estaban indignados. ¿Estaban peleando? ¿Por culpa de Camille Lefevre?

- ¡Condenada mujer! – había sentenciado por fin Albert dando un golpe sobre la mesa – Sólo nos ha traído problemas. ¡Desde el día que piso este país sólo nos ha traído problemas!

- Tampoco es necesario que te pongas así – trató de calmarlo Candy, también molesta.

- ¿Ah no? ¿Y cómo quieres que me ponga? ¡Con razón siempre ganaba en todos los negocios!

- No te entiendo…

- ¿No me entiendes? ¡Seguro que se aprovechó de ti para obtener información de mis empresas!

- Eso es imposible, Albert. Cuando estuvo con nosotros, tú y yo ni siquiera nos hablábamos.

- Pues entonces lo habrá hecho a través de Tom.

- Tom no tiene nada que ver.

- ¿Ah no? Pues no estoy tan seguro de eso.

- ¿Qué insinúas? – preguntó molesta Candy - ¿Acaso no recuerdas lo que Tom te contó sobre Lorraine? ¡Es la misma persona! ¡Ella lo utilizó!

- ¡Pues eso es lo que digo! Que ella lo utilizó. Y también a ti. ¡Y a todos! – Albert hizo una pausa, pasándose la mano por el pelo en un gesto nervioso – Tengo que hablar con Archie.

Así, el segundo día de noviazgo de Candy y Albert había transcurrido entre llamados telefónicos, reuniones de emergencia, mucha rabia y muy poco amor. Mientras Archie ponía a Albert al corriente de los detalles, Candy y Annie hacían lo imposible tratando de encontrar a Tom, quien hasta entonces no había dado señales de vida, salvo una breve llamada que había hecho a su padre para decirle que estaba bien y que volvería al rancho en un par de días.

Ese día también volvió a aparecer en sus vidas Terry Grantchester, quien había llamado furioso a Archie para pedir explicaciones. Exigía una retractación inmediata, excusas y la cabeza del editor. Archie había hecho su mayor esfuerzo por mantenerse calmo, pero al final había perdido algo de compostura, sobre todo cuando Terry colgó el teléfono y lo dejó hablando solo. En cuanto pudo informó lo sucedido a Albert y éste, a su vez, tuvo que hablar con Terry.

La conversación había sido breve y a su manera, cada uno había impuesto sus egos. Amigos claramente ya no eran y ninguno de los dos tenía ganas de disimularlo. Lefevre era sólo la piedra de tope para que dicha incómoda rivalidad aflorara en gloria y majestad. La última vez que se habían dirigido la palabra, Terry y Candy estaban juntos. El actor recordaba muy bien las palabras de Albert y la opinión que el empresario tenía de su persona. Ahora, Candy estaba junto a Albert. Terry desde luego no lo sabía. ¿Cómo iba Albert a decírselo? ¿Qué pretexto podía usar para refregárselo en la cara? Albert se sorprendió a sí mismo inventando complicadas formas de hacerle el comentario, como un chiquillo que quiere alardear por su juguete nuevo. Considero que eso no era adecuado para un caballero. Menos para uno de su edad. Lo dejó pasar como si nada. Terry Grantchester realmente era pasado entre ellos, no valía la pena dar más información de la necesaria.

Los siguientes días pasaron rápido, con Archie y Albert abocados de lleno a la tarea de averiguar quién había participado en el montaje de la falsa noticia. Si Lefevre había sido clara en el plazo, Grantchester no había sido menos contundente. Los Andrew estaban en aprietos y no escatimarían recursos para salir de ellos airosos. Los resultados de sus averiguaciones, sin embargo, los sorprendieron a ambos. La situación era mucho, mucho más complicada de lo esperado. ¿Por qué tenían que estar ellos justo en el medio?

Pero ahora la semana estaba a punto de terminar y los Andrew ya habían hecho cuanto estaba en su poder para salvar su buen nombre. El noviazgo había pasado increíblemente rápido a tercer plano y Candy y Albert apenas se habían visto. No era raro que Albert le hubiese pedido que tuvieran una velada tranquila en su casa. Ambos la necesitaban. Candy lo extrañaba y sentía que los días habían pasado lentos y sombríos sin tenerlo a su lado, aun sabiéndolo suyo.

Su alegría habría sido completa si tan sólo pudiera olvidar la voz triste de su querido hermano al otro lado del teléfono diciéndole que estaba todo bien y que la vida continuaba.

Los golpes en la puerta la sacaron de sus recuerdos. Su corazón saltó de alegría: sus manos anhelaban tocarlo y sus labios morían por besarlo. Se puso de pie rápidamente, se miró en el espejo del pasillo y corrió a su encuentro dando un suspiro. Si tan sólo la felicidad fuera completa… Pero no lo era y jamás lo sería. Tenía que elegir entre permanecer en un estado de aflicción permanente o disfrutar por una vez en la vida egoístamente de la alegría que se merecía y que tanto trabajo le había costado alcanzar. Recordando a Tom, supo la respuesta de inmediato: su hermano siempre querría verla feliz.

Candy abrió la puerta y dejó a un lado sus pensamientos tristes. Albert estaba junto a ella y juntos, siempre juntos, podrían hacer frente a cualquier cosa, sin importa qué fuera. Sin siquiera darle tiempo a saludarla, lo hizo entrar al departamento, cerrando la puerta tras de sí, besándolo en los labios, acariciando su cabello suave, perdiéndose en el calor de su pecho.

Ya habría tiempo otras formalidades.

CONTINUARÁ...


¡Hola! Uy... ¡realmente me emocionaron con sus comentarios del último capítulo! Muchas, muchas, pero muuuchas gracias por compartirlos conmigo. Lamentablemente hoy estoy de verdad contra el tiempo, así que no puedo responder cada uno de ellos, pero trataré de hacerlo mañana. Lo siento, pero la vida real me llama a gritos.

¡Un abrazo y gracias mil por su apoyo! Si quieren comentar, ¡no dejen de hacerlo! Que no conteste hoy no significa que no me importen sus comentarios o que no vaya a leerlos ni responderlos. Espero hacerlo cuanto antes.

Ah: una aclaración. Ahora SÍ que faltan once capítulos solamente: el 50 y otros 10. ¡Yo y mis matemáticas!

Un abrazo.

PCR