Capítulo Extra: Bajo un cielo carmesí

Seguía detenido allí mientras recogían todo; evaluando daños, buscando heridos… o más muertos.

Hiroki por un momento tuvo miedo de su reacción cuando llegaron los bomberos y los forenses, sin embargo, en cuanto los escuchó llegarsimplemente la postró con cuidado en el suelo. Como quien deja una rosa en una tumba, esperando que su belleza opaque un poco el ambiente lúgubre y solitario del lugar.

Luego se ubicó en un rincón y observó todo. Los miró levantarla como un escombro más, sin delicadeza, sin tacto. Dejando de lado el hecho de que era una mujer con alma de niña que hasta hacía pocos días admiraban y envidiaban en los círculos sociales para luego encerrarla en una bolsa a suerte de camarote como su último destino… una cama en una morgue hasta que alguien se dignara a darle sepultura. Cosa que podía nunca llegar a suceder gracias a la gran cantidad de personas que ella misma se había esforzado en poner en su contra en los últimos días. Hiroki recordó como ellos carecían de familias al unirse a ese clan, así que nadie la iba a llorar o a hacerle un altar donde prenderle un incienso de vez en cuando para que su alma descansara.

Aquello estuvo a punto de hacerlo llorar. Sólo de pensar cuan solitario era se sintió realmente triste.

― Kamijō― le llamó Miyagi sacándolo de sus pensamientos― Shinoda quiere hablar contigo en cuanto tengas tiempo. Quiere tomarte algunas declaraciones, ya sabes, formalismos.

Hiroki asintió en respuesta. Miyagi no se percató, pero cuando cerró los ojos para pestañear sintió un par de lágrimas atrevidas inundar sus pupilas.

Otra cosa― agregó― cuando puedas significa… que creo que debes llevarte al muchacho, no debe seguir aquí. Puede ser peligroso.

― Nadie sabe quién es, Miyagi― contestó con pesadez― además, si preguntan quién es-

― No es por eso.― le interrumpió con un gesto de la mano― Tú mismo lo has visto: Ese chico no puede consigo mismo… quizás es mejor que lo acompañes y descanse.

― Miyagi…

― No te lo voy a negar, le guardo mucho rencor a esa mujer― admitió―, pero perder a tus hermanos no debe ser fácil. Sobre todo si te empeñaste en protegerlos, debe sentirse terrible nadar tanto para morir igualmente en la orilla.

Hiroki bajó el rostro y apretó los puños a sus costados. Debía sentirse tan solo.

― Esta bien― asintió― Gracias, Miyagi.

― Ni lo menciones… ha sido duro para todos. ― Metió una de sus manos en su bolsillo y sacó algo en un puño que cerró en una de las del castaño― llévate mi auto. Shinobu y yo nos encargaremos.

Hiroki asintió de nuevo y caminó hacia el rincón donde Nowaki decidió recluirse luego de dejar a Yui en el suelo.

― Vamos a casa…― le pidió en voz baja. Y contrario a aquella ocasión, Nowaki le siguió sin chistar.


Cuando Zen entró de nuevo en su oficina sintió como si la victoria tan efímera que había saboreado en la mañana fuese un suceso lejano.

Creyó que todo estaba próximo a acabarse. Qué tonto fue.

Al levantar la vista a su escritorio consiguió un rey negro de ajedrez. Estaba colocado frente a la ventana, de forma que la luz de la luna daba contra él proyectando su sombra hasta sus pies. Una luz encantadora que en ese momento sólo lo llenó de rabia.

"Te dije que no cantaras victoria"― rezaba una nota debajo de la pieza.

― Señor Kirishima…― comenzó Yuu con tristeza, a su espalda― hicimos el recuento de pérdidas y además de la muerte de Fujikawa… estem…

Se detuvo un momento. Después de la nota, Zen supo que vendría.

― Usami no está, ¿Verdad?

― No, señor.

― De acuerdo― contestó con voz fría― Gracias, Yanase… por favor ayuden a Miyagi en lo que se le ofrezca.

― Sí, señor― hizo media reverencia antes de irse.

― Esto es la guerra, Usami― masculló con los dientes apretados.


El camino a casa mientras conducía se le hizo más largo que nunca. Y mientras su corazón se debatía entre el miedo y el orgullo, sintió que en medio de los dos comenzaba a abrirse un abismo.

"Si lo dejas solo… después de todo lo que ha hecho por ti… Yo misma vendré del infierno a buscarte…"

Aquellas palabras lo confundían un poco ¿Acaso los estaba perdonando? ¿Acaso le estaba encargando cuidarlo?

Miró de reojo en su dirección y sus ojos estaban fijos en el camino sin decir absolutamente nada. Para tratarse de alguien que decía cualquier cosa que le pasara por la mente, sin importarle cuan embarazosa o cursi fuese, Hiroki sintió que estaba en presencia de un absoluto desconocido.

En cuanto llegaron a casa lo primero que hizo fue sentarse en el alfeizar de la ventana. Los colores de la mañana comenzaban a teñir el cielo de una combinación de azules y naranjas realmente peculiar. Decirlo podía sonar como un disparate, pero Hiroki a veces pensaba que el cielo se sincronizaba con las emociones de las personas… Como aquel día cuando murió el padre de Shinobu de repente comenzó a llover.

Lo observó durante un rato mirar fijamente hacia afuera, y por un momento lo sintió alejarse, aunque permaneciera allí donde podía verlo. Fue una sensación muy extraña para Hiroki, pero, si tenía que ponerlo en palabras, un súbito miedo se apoderó de él cuando lo vio empuñar las manos y contraer el rostro lleno de rabia.

Sin poder (o querer) evitarlo, corrió hacia la ventana y encerró sus manos en las suyas, mirándolo con los ojos llenos de lágrimas.

Ninguno de los dos dijo nada, pero Nowaki sintió toda su furia amainar de repente. Como si de todas las cosas que había hecho mal en su vida, el crimen más grave fuese hacerlo llorar.

― Hiro…― dejó descansar su mano en su mejilla.

― Tienes terminantemente prohibido pensar así de nuevo― soltó sin saber exactamente a qué se refería, sólo guiado por su instinto. Nowaki le miró sorprendido al saberse leídos sus pensamientos.

― Yo…

En un impulso casi eléctrico, Hiroki lo tomó de los hombros y juntó sus labios contra los suyos, mandando su orgullo al mismo demonio por una vez en su vida. Recordando lo que ella le había advertido.

― Yo no voy a dejarte solo, Nowaki― confesó sin dejar de abrazarle― nunca.

Sintió como se estremeció ligeramente antes de que sus manos treparan hacia su espalda, mientras las suyas se asían de su cabello.

― Gracias― respondió― me salvaste de nuevo…

― No te acostumbres, mocoso― masculló al sentirlo tan cerca, el calor de ambos fusionándose en uno, acoplándose perfectamente como siempre.

En respuesta, Nowaki acunó sus mejillas de nuevo, besándole de esa forma en la que anulaba por completo su voluntad, impidiéndole resistirse.


― Entonces eso pasó…― dijo más para sí que para la persona que había ido a informarle― interesante. Al fin Akihiko sabe dónde está parado.

― Hay algo que me preocupa― le dijo, acercándose al escritorio― eso quiere decir que ya lo sabe… Y vendrá tras nosotros…

― ¿Eso te asusta?― le preguntó, haciéndole una seña para que se acercara.

― Un poco, si― respondió obedeciéndole, sentándose sumisamente sobre sus piernas, como un gato en busca de mimos.― Él siempre ha sido muy poderoso.

― Tú lo has dicho― respondió deslizando sus dedos por sus cabellos―, pero permíteme corregirte, querida… siempre había sido muy poderoso.

Aferró sus dedos a su mentón para traerla hacia sí, mirándole a los ojos de una forma que la hizo sonreír.

Ahora nos toca a nosotros ¿No lo crees?

― ¿Cómo siempre debió ser?― inquirió, subiendo las palmas por la solapa de su camisa de forma juguetona.

― Cómo siempre debió ser― se acercó para besarla con delicadeza en los labios pero con la sensualidad suficiente para derretirla.

― A propósito― le dijo cuando se separaron― , lo que me pediste está listo. Hatori ya puede ser de utilidad, pero tienes que tener cuidado; con Akihiko fuera de la cárcel-

― No actuará tan estúpidamente― respondió con seguridad― Confía en mí.

― Si no lo hiciera no estaría aquí― le dijo con una sonrisa gatuna― Pero… hay algo que me da curiosidad ¿De verdad los pondrás a trabajar juntos? Se nota por mucho que no se llevan bien.

― Tendrán que hacerlo si quieren el premio― paseó las yemas de sus dedos por sus brazos― todos hemos hecho algo que no hemos querido. Tú por ejemplo… Eri.

― Ni que lo digas… fueron años horribles― dijo con sorna para luego sonreírle de nuevo, acurrucándose en su pecho― pero valdrá la pena cuando pueda recuperarlo todo.

― Y eso será más pronto de lo que crees― acercó su rostro al suyo para besarla de nuevo.


― Por un momento creí― comenzó al tiempo que sus dedos paseaban por sus brazos― que todo esto era un castigo por todo lo que hice en aquella época.

Hiroki casi se levanta de la cama al oír eso; nunca imaginó que tales palabras vendrían de él. Estuvo a punto de decirle algo, pero él continuó.

Incluso… me culpé de lo que había pasado, y llegué a odiar mucho al señor Usami.

Recordó el gesto lleno de rabia que hizo y, sin quererlo, se acunó con más fuerza contra su pecho.

― Ella… te pidió perdón― susurró.

Ahora que lo recordaba bien, llegó a creer que le había sonreído en cuanto corría hacia ellos, pero luego creyó que había imaginado tal cosa.

― Entonces sí lo hizo… que alivio― suspiró y luego sonrió. Hiroki sintió como se hacía más liviano y sus ojos se cerraron dejando salir un par de lágrimas de tranquilidad.

― Nowaki-

― Hiro, de ahora en adelante debes tener mucho cuidado― le dijo con firmeza, afianzando su abrazo.

― ¿Por qué?― preguntó, algo extrañado.

― Me temo que el señor Usami iniciará una guerra sin cuartel contra todos nosotros.