Berwald Oxenstierna: Konungariket Sverige, Kingdom of Sweden.
Lukas encendió los farolillos antes de que la embarcación entrara a aguas algo más turbulentas. El viejo detuvo un momento su nave y extendió la mano hacia mí. Lukas me entregó parte del dinero a lo que le dirigí una mirada extrañada. La calma pintada en sus pupilas me llevó a sólo entregarle aquella parte.
―Aquí falta dinero―replicó el viejo, recibiendo de malas ganas los billetes―, además tu dinero sólo podré utilizarlo en Suecia.
―El resto te lo entregaremos en triplicado, como prometimos en el bar, cuando estemos en Estocolmo.
El viejo volvió a resoplar, pero no parecía preocupado; de todas formas, las cantidades de dinero que entregamos en sus manos ya era bastante. Hizo un gesto desinteresado y dio media vuelta para operar su nave.
―Pueden entrar a la cabina interior si desean. La cubierta se llenará de agua y hielo pronto―aconsejó el marino, encendiendo un cigarro maloliente.
Lukas abrió la portezuela que daba a una instancia que lucía bastante cómoda. Con uno de los faroles iluminó el interior y se percató que parecía algo así como un pequeño hogar. En una esquina, una cama disimulada algo revuelta dispuesta en el suelo develaba que quizás este hombre no tenía más hogar que su embarcación. El balanceo del barco mareaba constantemente a Tino y escuchaba sus quejidos y sus dedos apretar con fuerzas mi antebrazo.
―Tino, tiéndete―dije, algo alarmado.
Extendí unas mantas en el suelo y con la capa azul que entregué años atrás, hice una almohada para su cabeza. Lukas se sentó a un rincón a mirar la luz del farol totalmente abstraído. Apoyé la cabeza de Tino sobre la capa y no había percatado de lo raída que estaba; sucia, agujereada y la tela incluso estaba delgada. Las manchas de sangre eran múltiples y sus días de gloria, de ser mi capa de palacio, estaban lejanos de lucir en sus bordados de oro. Acaricié la frente perlada de Tino con mis dedos resecos por el frío y le obligué a cerrar los ojos. A pesar del frío, me quité mi capa y la coloqué sobre su cuerpo ya bastante cubierto, pero no lo suficiente para calmar sus escalofríos.
Tino iba y venía entre estados estables de salud y estos ataques de fiebre y vómitos. Sus labios me demostraban que pronto estaría muy deshidratado y necesitaría nuevamente atención médica. De no ser por aquellos chicos en la brigada rebelde que surcaba los bosques, no sabría asegurar si su salud se mantuviese en el mismo estado.
Mis pensamientos no me dejaron comprender prontamente que ya habíamos entrado en altamar y que Tino cayó dormido. Su boca entreabierta y su respiración calmada tranquilizó mi preocupación y pude levantarme un momento de su lado.
Lukas por su parte, contaba las municiones y limpiaba las armas del exceso de óxido traído por el maltrato del invierno. Me dirigí cerca de su labor y me senté a su lado. No quiso prestarme atención y continuó guardando las balas ordenadamente en las alforjas, como si se tratase de su colección de piedras que compartía con Emil.
―Lukas―llamé por él suavemente y tomé la bala que sostenían sus dedos enrojecidos por la piel quemada―. Necesitas ayuda.
―Estoy bien―susurró tranquilo, quitándome el trozo de plomo de mis manos y colocándolo en la funda. ― Necesito llegar a Estocolmo y tomar un largo baño. Ya todo esto acabará. Aún no estoy consciente de todo y creo que es mejor así…
Reclamé su rostro con algo de delicadeza y me percaté que su barbilla estaba rasposa; Lukas cuidaba su afeitado con recelo, al igual que sus ropas y su aroma corporal, pero Lukas descuidó su aseo personal hace unos días. Me miró unos instantes para luego tomar mi mano entre las suyas y descenderla, para así continuar con su labor. Sus ojos apagados prestaban total atención al orden de las municiones y su pantalón agujereado me mostraba parte de la piel quemada de su pierna. Detuvo un momento su trabajo y se planteaba cómo decirme algo que en su mente parecía atormentarle. Miró de reojo a Tino y acto seguido, me abrazó. Correspondí el gesto y nos quedamos un momento agazapados en silencio, sólo acompañados por el crujir de la madera, el océano y sus susurros, la campana en la cubierta y nuestras respiraciones.
Sin decir nada más, Lukas apagó el farolillo y nos quedamos a oscuras, con la escasa luz que entraba por los cristales empañados. Tiró unas mantas sobre nosotros y volvió a abrazarme, colando una mano bajo mi chaqueta, la cual me hizo sentir escalofríos producto de sus dedos helados. Trajo consigo una daga y dejó una escopeta cerca de él. Mi corazón se disparó y mis músculos se tensaron tras el recorrido de las manos de Lukas. Interpuse entre nosotros mis manos, poniendo resistencia.
No dijimos absolutamente nada. En el cielo se veían relámpagos y de vez en cuando, una lluvia terrible azotaba la embarcación con rabia. Las olas movían nuestra instancia y comprendimos con ello, por qué aquel viejo no traía ningún mueble en su morada.
Me preocupé por Tino, pero después de cerciorarme que dormía profundamente a pesar del escándalo, pude comprobar que realmente necesitaba descansar. Me quedaría a su lado, pero Lukas se aferraba con fuerzas a mí.
―Por favor, te necesito―soltó Lukas, buscando mis ojos.
Suspiré y negué con determinación, mirando sus ojos con firmeza, sin darle ninguna esperanza. Me senté a un lado de Lukas, apartándome de su abrazo desesperado, fijando mi atención en Tino. Estaba algo mareado y comenzó a bajarme el sueño, pero no dormiría hasta llegar a Estocolmo. Debatía entre la vigilia y los sueños cuando Lukas susurró, con una nota quebrada en su voz:
― Aun te amo.
Me quede observando en la penumbra sus ojos sinceros desnudos de su ironía. No supe que contestar a lo que sólo asentí fríamente, sin siquiera darme la instancia de pensar en lo lacerante de sus palabras. Sus ojos rogaban por una respuesta contundente, pero no le dí el placer de oír lo que quería oír. Lukas se incorporó y se acurrucó a mi lado, con la manta cubriendo completamente su cuerpo.
―Ya no hueles a tu perfume, nada―musitó Lukas, dejando que su voz se perdiera en los lamentos de las olas del mar.
Solté una risa lamentable y me llevé una mano a mis ojos cansados, intentando espantar el sueño de mis párpados.
―Ya ninguno huele siquiera bien, Lukas.
― Yo siempre huelo bien.
Nos quedamos en silencio y no quise contrariarle. Lentamente, Lukas apoyó su cabeza en mi hombro, para luego deslizar sutilmente su nariz hasta mi barbilla, a lo que respondí con un gesto suave para apartarlo.
Captó mi negativa y asintió desganado, recuperando su postura.
―Por favor, prométeme que no me odiarás por esto.
Miré sus mejillas casi invisibles en la oscuridad de la habitación y levanté mi mano para acariciar unos ínfimos instantes su no acostumbrada mejilla rasposa. Retiré mi mano y decidí cerrar los ojos unos instantes, obligándome a no dormirme en el transcurso del descanso de mi vista.
Sé que Lukas volvió a hablarme, pero me distraje al ver a Tino claramente, bajo la luz de un día tibio y reconfortante de verano. El sueño cedió lentamente y la silueta onírica de Tino se transformó en el olor que emiten las piedras violáceas, en el sonido lacerante del hielo cortar la esperanza del invierno.
Lentamente sentí una respiración tibia cerca de mis labios y no fui capaz de detenerlo. Visualicé un camino en un bosque, en un verano agradablemente caluroso, un atardecer de toques mieles sobre las hojas verdes de los árboles apacibles. Al final de aquel camino, Lukas lucía realmente apuesto, joven y lleno de energías. Me sonreía suavemente y dio media vuelta, a medida que se desprendía de sus ropas para quedar desnudo. Sus pies tocaban la tierra con una gracia que creí que ningún hombre sería capaz de atesorar, dejando tras de sí, la estela feérica de su piel perfecta. Decidí caminar hasta encontrarlo, árbol tras árbol.
Un pequeño estanque alimentada por los afluentes armoniosos de una cascada perfumada con frutos dulces de verano se mostraba frente a mis ojos, donde Lukas comenzó a sumergirse lentamente, sin siquiera romper la calma de la superficie del agua, como un espejo celestial reflejando la bóveda verde del palacio milenario. Me quedé estático observando la escena sin ser capaz de romper la perfección del cuadro.
― Ven.
Lukas me llamó a su lado y se sumergía por completo, nadando hasta cubrir cada rincón de su cuerpo con los manantiales cristalinos de aquella piscina natural. Abstraído, embobado totalmente por esa belleza y encanto, me quité lo que parecía una camisa holgada y los zapatos antiguos. Sumergí mis pies, mojando mis pantalones, refrescando mi piel de un suave calor que invadía mi cuerpo.
Era verano.
Olía a verano.
Lukas se acercó a mí y subió sus manos suaves y sanas a través de mi pecho hasta llegar a mis cabellos. Lentamente sus labios se posaron sobre los míos y aquel beso fue como una mordida a un fragante y dulce trozo de durazno.
Amaba los duraznos. Eran difíciles de obtener.
Me dejé llevar por sus actos y de pronto me hallaba desnudo junto a él, cada vez más sumergidos en aquellas aguas. Sus cabellos olían maravilloso y sus labios eran increíblemente suaves. El atardecer daba paso a una noche estrellada y cálida, donde pequeñas luces querían sobresalir de un cielo anaranjado, como la caoba más lustrada. Las aves cantaban alrededor nuestro y el gorgoteo del agua me regocijaba completamente.
De pronto ante mis ojos se encontraba Mathias.
Una noche bebimos demasiado. Me contó que Lukas le había parecido excesivamente atractivo y eso le asustaba. Me burlé de él. No sé con qué fundamento. Me comentó, aquella noche de verano, que se desnudó frente a él para tomar un baño y le cautivó, de manera divertida me comentó que sintió algo entre las piernas y un cosquilleo en la espalda. Me volví a burlar de él.
Mathias.
Oh, Mathias…
―No soy Mathias, Lukas ―susurré sobre sus labios una vez que deshice su beso y el hechizo terminó.
Desperté de golpe y Lukas dormitaba en mi pecho, en silencio. El barco se mecía y Tino se había volteado para dormir enroscado. Llevé una mano al cabello de mi hermano y la deslicé con delicadeza.
― Ya lo sé ―soltó Lukas en un sollozo entre sueños.
Al escucharle, dudé si lo que había transcurrido en mi mente fue un sueño o el delirio producto de los duros días que antecedían mis noches.
Resolví acomodar a Lukas y levantarme aún confuso por la situación que acababa de suceder. Sorteando el tambaleo de la embarcación, me dirigí a un lado de Tino, quien no dormía, si no que mantenía los ojos cerrados, intentando descansar. Lukas continuó durmiendo, sin emitir comentario alguno. Observé su rostro cansado, hasta que volví a hundirme en vigilias intranquilas, donde Tino me decía constantemente que se sentía mal.
