Punto Muerto

No pasó ni más de un minuto cuando estuvo satisfecha. Prácticamente había dejado seco al infortunado hombre, y entonces su pierna y su muñeca comenzaron a sanar, los músculos a unirse a la piel desgarrada y a devolver a su lugar todos los fragmentos de hueso, todas las piezas. La reestructuración de su anatomía dañada siempre era dolorosa, pero Saya sabía que el dolor sólo duraba unos segundos, para dar paso a una especie de éxtasis que poco a poco disminuía, alejando los nubarrones de su vista y despejando el palpitar de su cabeza. Una vez tranquila, pudo respirar. Con la curación de sus heridas y la disipación del dolor, también regresaba la cordura.

Confundida y gimiendo perezosamente, se talló los ojos, pero cuando los abrió se encontró frente a frente con el cadáver del hombre que había ido a socorrerla, casi decapitado y con la traquea ligeramente expuesta bajo la piel desgarrada y ensangrentada; aun brotaba sangre de las heridas, la cual rápidamente se escurría por el suelo. Saya abrió los ojos con terror y se echó hacia atrás, golpeándose la cabeza contra la pared. Se tapó la boca con ambas manos para no gritar, pero un líquido ligeramente viscoso hizo contacto con sus manos, y de inmediato se las miró. Estaban rojas, completamente cubiertas de sangre fresca y cuando vio semejante espectáculo, se percató del característico sabor de la sangre inundando su boca.

Un cosquilleo incomodo y desesperante comenzó a enfriarle la nuca, como si hubiese una colonia de hormigas caminando entre su cráneo, cuando se dio cuenta de que ella lo había matado. No pudo sentirse más miserable, y cuando escuchó la voz de David llamándola, entonces sí tuvo las fuerzas de irse de ahí, con sus fuerzas recuperadas a costa de otra persona, elevándose hasta el techo del edificio y saltando de uno a otro.

¿Volver? De pronto la palabra desapareció de su diccionario.


Ya era media mañana cuando Hagi aun se encontraba acostado en la cama, con una ligera expresión malhumorada, algo bastante extraño, pero el mal sabor de boca no desaparecía. Se cambio de un lado a otro; a la derecha, a la izquierda, boca arriba, y terminó por volverse a la derecha, cerrando con fuerzas los ojos y apretando la mandíbula, como si quisiera obligar a su organismo a dormir, pero estaba más despierto que nunca.

¿Y ahora qué iba a hacer? Se preguntó, aun con los ojos cerrados.

Se había peleado con Diva. Conocía a la chica, pero no lo suficiente, y en ese momento Hagi no sabía, si por despecho, o alguna caprichosa venganza, lo delataría con Saya, y si sucedía eso, entonces él…

¿Y Saya? se preguntó de pronto, abriendo los ojos de golpe. ¿Cómo no pudo pensar en eso antes?

¿Dónde está Saya? murmuró esta vez, irguiéndose en la cama como un muñeco de cuerda. Trató de hacer memoria, pero la cantidad de acontecimientos de la noche anterior le habían nublado la mente, como si se hubiese emborrachado y estuviera sufriendo lagunas mentales, sin saber si lo que había pasado había sido real o no. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para recordar con objetividad todo lo que había pasado, sin mezclarlo con sus propias emociones o tergiversar las cosas; cuando vio a Saya con Solomon salió a toda prisa de la disco. Diva lo siguió, Kai también. Diva lo atacó, casi lo mata y apareció Saya, quien al ver la situación de vida o muerte, recurrió a la desesperada opción de convertirlo en Caballero (y se enfureció cuando recordó esto ultimo, percatándose de que tenía otro problema encima además del de Diva, quizá hasta más grave)… ¿pero qué había pasado con Saya después de eso? que él supiera, no había regresado a la mansión, y lo ultimo que supo de ella fue que entre su ama y Mao se habían llevado a un moribundo Kai a quién sabe dónde. Probablemente al lugar donde se encontraba el Escudo Rojo, donde quiera que estuviera ahora.

Saya aun no regresaba. ¿Se habría ido? ¿Sin siquiera decirle? ¿Saya se había ido realmente? La idea le provocó un agujero inmediato en el estomago, como de abandono y angustia… y encima de todo estaba Kai de por medio, y si le decía lo que había pasado… entonces él no tendría perdón jamás. Sería mucho peor eso a que se enterase de lo que había pasado con Diva.

Tenía que encontrar a Saya y si era posible, a Kai, y saber cómo estaba la situación. A toda prisa se puso el saco y sin peinarse ni abrocharse la ropa debidamente, se dirigió a la puerta, pero cuando la abrió, vio a Saya parada frente a él, desecha en lagrimas, con expresión entre perdida y angustiada, la boca ensangrentada y otra ropa, pero igualmente salpicada de sangre.

—¿Saya? ¿Qué te pas…?— murmuro él, pero Saya se abalanzó sobre él sollozándolo y abrazándolo con fuerza.

La escuchó gemir entre lágrimas, con el rostro escondido en su pecho. El Caballero la abrazó, pero fue un abrazó falso y débil que sintió no merecía darle y que al mismo tiempo, también sintió que ella no merecía, por lo que él había hecho con Diva, y por lo que ella había hecho con Solomon. Kai que se fuera al diablo, sabía perfectamente que lloraba por él, y eso sólo hizo que su silenciosa ira aumentara.

Por otro lado, Saya pudo oler un aroma diferente emanando del cuerpo de Hagi. Era, lo que parecía, un residuo débil de algún perfume, que le pareció familiar, sin embargo no olía como una colonia masculina, pero sólo fue un momento y el asunto de inmediato le pasó de largo; no era importante en ese momento. Después, y con brusquedad, se apartó de Hagi con gesto seco y fue a sentarse a la cama, quitándose el cabello del rostro, que se le había quedado pegado con la sangre medio seca. Se sentó durante unos segundos, pero después se levantó. Dio un par de vueltas por el cuarto y volvió a sentarse, sólo para volverse a levantar y recorrer el lugar como león enjaulado. Se sentía destrozada, pero llena de energía, pero sin ganas de hacer nada. Quería hacer algo, no sabía qué, pero tenía que hacer algo. Sus energías recuperadas eran abrumadoras y al mismo tiempo la hacían sentir cansada, como si fuese demasiado para que su cuerpo pudiera soportarlo.

—¿No vas a decir nada?— le espetó Saya a su Caballero, como si le estuviera recriminando algo.

"Lo sabe", fue lo único que Hagi pudo pensar, y aunque no se dio cuenta, se puso más pálido que de costumbre. El agujero en su estomago se ensanchó y pensó que lo tragaría. ¡Lo sabía! Lo que había pasado entre Diva y él, lo que había pasado con Kai, y ahora se lo iba a reprochar. Lo había visto en sus ojos, se había percatado de su culpa, como si pudiera olerla. Aun así logró mantener intacto su gesto impasible, a ver si le servía de algo, aunque por dentro estaba muerto de la angustia.

—¿Qué sucedió? ¿Por qué estás así?— murmuró Hagi, pero aquello sólo provoco que Saya explotara.

—¡¿Cómo que qué pasó?— exclamó, casi histérica —¡¿Qué no lo ves? ¡Acabo de matar a un hombre, y maté a Kai!— la furiosa mirada de Saya cambió para ser sustituida por un lagrimeo que comenzaba a acumularse en sus ojos nuevamente. Gimió mientras temblaba y se tapó el rostro con ambas manos. Se dejó caer de rodillas, pero Hagi, dándose cuenta de que todo esto no trataba sobre Diva, se acercó a ella, mucho más seguro de tomar su papel de siempre.

Sin decir nada la ayudó a levantarse y la sentó en la cama. Se colocó a su lado, a una distancia razonable. Tuvo que esperar un buen rato a que Saya se calmara y pudiese recuperar el aliento, y finalmente pudo pedirle que le dijera qué había pasado.

Se lo contó todo, con lujo de detalle y con uno que otro tropezón. Le dijo que se había encontrado con Mao en la fiesta, que Kai la había estado buscando y que el chico había salido. Que lo siguieron, pero cuando lo encontraron estaba herido y al borde de la muerte y que para salvarlo le había tenido que dar su sangre (en esta parte Hagi sintió que le daban un puñetazo en la cara, pero logró mantener en control cualquier indicio de desagrado). Le contó que había ido con el Escudo Rojo para atender a Kai y que había sobrevivido. Que le habían pedido volver, pero que había huido. Que estaba hambrienta, herida, y que había terminado matando a un hombre que se acercó a ayudarla, que por eso estaba así. La segunda parte de la historia, la que él desconocía, lo dejó anonadado, angustiado y desesperado. Kai había sobrevivido, y ahora era un Caballero, y tendría que encomendarse a alguna fuerza suprema para que el muchacho despertara con lagunas mentales y no pudiera recordar nada prometedor que pudiese delatarlo con Saya.

Pero eso era cuestión de suerte, y Hagi sabía que su vida era tono menos afortunada. Estaba frito. Por un momento se odió a si mismo; no sabía si estaba más preocupado por el asunto de Kai, o por la terrible noche que había pasado Saya, o las dos cosas, y en cualquiera de las dos, se sintió la persona más egoísta del mundo.

—Desde que llegamos aquí todo ha salido mal— murmuró Saya —Quiero volver, Hagi. Quiero volver, pero no sé cómo—

—No te precipites— le pidió él —Mejor duerme un rato— con suavidad la recostó sobre la cama. La joven, en contra de su voluntad, comenzó a sentir los parpados pesados y a ver doble, mientras Hagi le quitaba los zapatos. Para cuando terminó, Saya ya se había quedado dormida. El Caballero se acercó a ella para asegurarse que de verdad lo estuviera, y cuando lo confirmó, salió de la habitación lo más rápido que pudo.

Fue directo al cuarto de Diva.


La televisión sintonizaba un canal al azar; pasaban una muy buena película que, sin embargo, no lograba captar la atención de Diva, quien no estaba de buen humor como para ver películas, pero el sonido monótono de los diálogos la ayudaba a distraerse, mientras jugaba aburrida con las barbas de una de sus almohadas, contándolas una a una, y cuando perdía la cuenta, volvía a empezar. De vez en cuando tomaba un chocolate de una caja que había sacado de la cocina (y que probablemente eran propiedad de Nathan, pero no le importó) para después masticarlo un poco y escupirlo. No le gustaron, pero masticar lo que fuera la mantenía calmada y tranquila. Estaba terriblemente aburrida, y enojada, cuando entonces alguien llamó a su puerta.

Diva apagó el televisor, miró con desconfianza hacia la puerta y cuando se decidió a levantarse a abrir, aventó a un lado la caja junto con la almohada, mientras se levantaba de la cama con expresión de fastidio para ir a abrir, pensando que se trataba de Solomon, pero no, se encontró a Hagi y no le sorprendió, pero aunque estaba serio como siempre, Diva notó enseguida que algo o alguien lo tenía alterado. El Caballero no le prestó demasiada atención y entró a la habitación como Pedro por su casa.

—¿Y tú qué haces aquí?— le espetó ella —Si vienes a terminar lo que empezamos, te diré que ya no tengo ganas—

—Saya volvió— dijo Hagi de golpe.

—Pues espero que se la haya pasado bien con Solomon— contestó ella encogiéndose de hombros y esbozando una fría sonrisa.

—Deja de bromear, esto no es un juego— exclamó él, ahora, ligeramente molesto.

—¡Qué carácter! ¿Y ahora qué pasa? ¿Qué nuevo problema existencial tiene mi hermana que pudiera importarme?— inquirió, torciendo la boca y poniendo ambas manos sobre su cadera, con expresión soberbia e indiferente. Hagi, lejos de sentirse intimidado, se acercó a ella a grandes zancadas, carente en ese momento de paciencia alguna para tolerar las bromas de Diva, pero estaba bastante calmado, a diferencia del estado en el cual se encontraba en ese momento su cabeza.

—Pasa que Kai está vivo— Diva en ese momento lo miró como un gato asustado y se quedó boquiabierta.

—¿Cómo que vivo?—

—Saya estaba con el Escudo Rojo. Kai sobrevivió—

—¡¿Cómo que estaba con ellos?— gritó la joven, esta vez, indignada.

—Olvídate de eso. Kai está vivo y ese es nuestro mayor problema—

—Creí que no sobreviviría, aunque Saya le diera su sangre—

—¿Tienes idea de lo que pasaría si recuerda algo y se lo dice a Saya?— exclamó él con cierta angustia.

—¡No soy tonta! ¡Claro que lo sé!—

—Entonces… ayúdame— murmuró el Caballero, moviéndose nerviosamente por la habitación y pasando de largo a Diva. La chica no supo si aquello fue más una orden que una petición, o ambas cosas, o tal vez ninguna. Tal vez sólo se trataba de algo que él creía, tenían que arreglar los dos. ¡Qué errado estaba el pobre!

—Tú no me quisiste ayudar— masculló ella con un tono deliberadamente caprichoso, sino que es que descaradamente chantajista. Hagi, notándolo, volteó a verla intrigado. No hizo falta preguntar nada, el signo de interrogación abarcaba todo su rostro, que de pronto había dejado de ser tan inexpresivo.

—Oh, no me mires así, Hagi. Me has decepcionado bastante… no veo la razón por la cual tenga que ayudarte— a esta altura, Hagi ya estaba bastante alterado, y su paciencia cada vez más mermada. Lo poco que le quedaba de compostura no logró impedir que se acercara a Diva a grandes zancadas hasta quedar frente a ella.

—Diva, olvídate de tus caprichos, y ubícate en lo que está pasando— pidió, forzando las palabras entre sus dientes. A leguas se notaba que estaba haciendo todo lo posible por no explotar, pero Diva no sintió otra cosa más que un poco de lastima y cierta gracia en la situación. Al final de cuentas, si lo pensaba bien, ella no corría gran riesgo. Con todo lo que había sucedido, esperaba ya que Saya estuviese pensando en volver con el Escudo Rojo y reanudar la guerra, además, no le interesaba más recuperar su relación con su hermana, por mucho que la quisiera. La quería, claro que sí, pero la sensación de que ella también tenía que pagar y saldar cuentas con su ira era más fuerte que cualquier sentimiento de fraternidad, amor o aprecio. Su relación con su hermana estaba perdida; al menor puede decir que lo intentó, dentro de lo que cabe y muy a su manera.

Por otro lado, Hagi sí que estaba en problemas. Después de todo, Saya lo era todo para él, pero, la verdad es que eso era su culpa. Él lo había decidido así.

—Eso pasa cuando centras toda tu vida en una sola cosa… o persona— dijo ella con un tono fríamente cínico. Hagi se quedó paralizado, mientras Diva se acercaba a una mesita donde descansaba un florero con varias rosas azules dentro de él. Tomó con delicadeza una rosa y la acercó a su rostro. Las rosas, por muy hermosas o brillantes que fueran, también solían decepcionarla. Tenían un olor insípido, casi inexistente. Tal parece que todos y todo la decepcionaba, o tal vez nunca estaba conforme con lo que había.

—Hay dos reinas, Hagi, sin embargo sólo te fijas en una, y lo más triste de todo es que ella no te hace caso alguno— dijo, arrancando un par de pétalos de la flor —Eres patético— añadió, mientras arrancaba de cuajo toda la flor de su tallo. Hagi no permitió que aquello le afectara, aunque sí logró hacer más grande la mella que tenía incrustada en el pecho desde la noche anterior, cuando viera a saya y a Solomon juntos.

—¿Acaso sigues resentida por… lo que pasó?— inquirió el caballero, fingiendo demencia.

—¿Resentida? ¡No! Decepcionada, eso sí. Da igual, todo el mundo me decepciona— dijo, haciendo un puchero, que más allá del tono caprichoso de su voz, era sincero —Parece que es algo usual en los humanos—

—Yo no soy humano— contestó el Caballero tajante, mirando rápidamente los pétalos tristemente regados en el suelo, a un lado de Diva.

—Pero lo eras, al igual que todos y cada uno de los inútiles Caballeros que tengo y he tenido. Y tú, tú especialmente, eres el más humano de todos. Qué asco—

—Olvídalo— contestó Hagi —Esto también te concierte a ti—

—¿El qué?—

—El asesinato de Kai—

—Pero está vivo— exclamó Diva con una enorme y cínica sonrisa. Si Hagi no tuviera el casi inquebrantable temple que había desarrollado durante las últimas décadas, habría explotado sin más. A veces Diva se ponía especialmente difícil.

—Tú mataste a Kai, y yo no hice nada para impedirlo. Si Saya se entera de esto… ¿no se supone que quieres que siga contigo?—

—¡Oh, vamos Hagi! No te engañes. No quieres que esté conmigo. Eres muy egoísta; si por ti fuera, te la llevarías al fin del mundo para mantenerla junto a ti, sin nadie más que estorbe. Sabes que Kai la hace feliz, y te alegra, claro, como a cualquier enamorado idiota le alegra ver a su amada feliz, pero te enfurece que tú no seas la causa de su felicidad; ¡es la envidia! Sólo quieres que este conmigo para que no esté cerca de Kai… aunque aquí también está Solomon… bueno, ¡sí que estás en problemas!— y por poco Diva estuvo apunto de carcajearse, hasta que Hagi actuó de manera inesperada.

—Noto que ahora estás imposible. Lo arreglaré yo solo— dijo acomodándose el saco y dirigiéndose a la puerta, pero Diva lo interceptó a tiempo, antes de que pudiera salir.

—¡No, no te vayas!— exclamó la joven interponiéndose entre él y la puerta, y después, dulcificando la voz y el gesto le dijo, como una serpiente sisearte: —Estoy de tu lado. Del tuyo y del de Saya. Sólo quiero ayudarte—

—¿Ayudarme?— exclamó Hagi, arqueando una ceja con suspicacia. Diva tenía la muy molesta costumbre de sacar de sus cabales hasta a el más flemático —¿Pretendes ayudarme seduciéndome para engañar a tu hermana y permitiendo que se entere de todo lo que…?—

—En primer lugar, yo no te seduje, tú te dejaste. Y en segundo, no la estás engañando. Entre ella y tú no hay nada, ¿o sí? ¿Cuándo lo vas a entender? El que la ames no la hace de tu propiedad— afirmó la chica con una sonrisa mezcla de ternura y malicia. Extraña, directa y dolorosamente franca, que a Hagi le dio escalofríos. Parecía divertirse cada que decía algo que tenía que ver con sus no correspondidos sentimientos.

¡Aquello tenía que ser sadismo! ¿Realmente podía confiar en una desquiciada como ella? ¿O es que no le quedaba otra opción? ¿O acaso alguna vez, en su vida, había tenido a su alcance alguna opción que él decidiera por si mismo?

No tuvo la opción de decidir a su familia, la que lo vendió por un miserable pedazo de pan. Tampoco tuvo la opción de decir si quería ir o no a aquella remota región de Francia. Tampoco tuvo la opción de decidir si quería ser un sirviente. Y pensar que años después, cuando se convirtiera en un hombre y se enamorara de Saya, agradecería a sus desnaturalizados padres por venderlo, y a Joel y a Amshel por comprarlo, sólo por la dicha de conocer a Saya; ¡Ah! Porque para esto, tampoco tuvo opción. La convivencia y la servidumbre impulsaron a sus sentimientos a no desear a nadie más que a Saya. Sus sentimientos actuaron por voluntad propia, y su alma por lo menos le debía una disculpa a su cuerpo, por ocupar su coraza de carne y hueso y vivir através de ella. ¿Y qué otra prueba necesitaba, de que todo a su alrededor era controlado por alguna fuerza que adoraba burlarse de él? O tal vez no era una fuerza, sino las mismas personas que lo rodeaban y formaban parte de su vida… o tal vez ellos también era controlados por esa misma fuerza, sin percatarse de ello.

Claro, su devoción lo obligó a hacer algo que cualquiera consideraría un suicidio, y consecuentemente no tuvo la opción de decidir si quería vivir para siempre, en una eterna, devota y sacrificada servidumbre, y aquello no habría sido tan tortuoso, sino fuera por el hecho de que sus sentimientos y deseos habían sido silenciosa y gentilmente rechazados por el simple hecho de ser patéticos (aunque eso, tal vez, él sí lo decidió. ¡Vaya forma de tomar las riendas de su vida!).

¿Y ahora? Ahora Diva decidía por él, y no le dejaba opciones, más que las que ella consideraba adecuadas. Sucedió lo mismo que con Saya. La atención y la convivencia impulsaron a sus sentimientos a tomar un giro que no era el mejor, ni el correcto; aquello que creía sentir hacia Diva era casi insultante.

Su cabeza quedó abrumada después de pensar en ello, como si su vida hubiese pasado en un dos por tres por su mente, mientras Diva esperaba silenciosa su respuesta, si es que recibía alguna. No fue hasta que Hagi tuvo la fuerza para hablar, pero no para sostener la mirada, que le respondió.

—¿Qué tienes pensado hacer? Honestamente a mi no se me ocurre nada—

—Eso es porque la mayoría de los hombres son idiotas. Nos dejan todo el trabajo a nosotras— dijo la Reina alejándose de él con rudeza —Lo dicen en las películas— agregó, volteando a ver a Hagi por encima de su marmóreo hombro. Fue a sentarse a la orilla de su cama, y se tomó el tiempo para acomodarse, mientras Hagi esperaba pacientemente.

—Sí, tengo pensado algo, en realidad desde hace mucho tiempo, sólo que había que encontrar el momento adecuado, y dadas las circunstancias… aunque no creo que te agrade mucho, o quién sabe— Hagi se acercó a la cama, dispuesto a escuchar lo que fuera. Cualquier idea de Diva podía ser mejor que su mente en blanco.

—¿De qué se trata?— apuró Hagi, con notoria expectación. Diva sonrió maquiavélicamente y se acercó al Caballero, recargándose en el pilar de su cama.

—Matar a Kai— contestó, sin el más mínimo atisbo de duda, contrario a Hagi, quien abrió un poco los ojos, atónito.

—¿Matar a Kai?— susurró, como si las paredes pudiesen escucharlo.

—Sí, matarlo, deshacernos de él. Matando al perro se acaba la rabia—

—Pero…—

—¿Pero qué? ¡Replicas por todo! No me sorprende que Saya no te haga caso. ¿No te das cuenta? Sin Kai, ya no hay peligro de que Saya se entere de la pequeña carnicería que hicimos con él (y no digas que no tuviste nada que ver). Puede desaparecer misteriosamente, nadie lo va a encontrar, Saya ni siquiera podrá sospechar de mi o de alguno de mis Caballeros y después…— pero Diva guardó silencio cuando se dio cuenta del punto al cual había llegado su pequeño, pero no tan bien tramado plan. Hagi también se sorprendió un poco, y entreabrió la boca, como si quisiera decir algo, pero no sabía qué. Algo quiso decir, pero no lograba que las palabras se acomodaran en su lengua.

Los dos se dieron cuenta en el mismo instante. ¿Y después? Podían matar a Kai, claro que sí. Un Caballero recién nacido no tenía ventaja alguna sobre un Caballero tan experimentado como Hagi, y con Diva de su lado, las cosas se facilitaban, ahorrándole muchísimo trabajo. Podían hacer polvo el cuerpo, literalmente, desaparecerlo de la faz de la tierra. ¿Cómo iba a saber Saya lo que había pasado con su hermano? No podría tener la certeza de que Diva o alguno de sus Caballeros le hubiesen hecho algo, porque se supone que ninguno de ellos sabía nada del hecho de que Saya tenía un nuevo Caballero. Una vez libres de la presencia de Kai, Hagi se quitaría de encima otro rival y un potencial y muy grave problema, y sólo quedaba Solomon. Por otro lado, Diva sabía muy bien que su hermana ya no quería estar con ella (aunque automáticamente pensó que Hagi se encargaría de convencerla de lo contrario, tal vez sin fundamentos para pensar eso)… sólo que Hagi tampoco quería que Saya estuviera al lado de Solomon, ni de Diva… y entonces… probablemente Hagi se encargaría de llevarse a Saya lejos, además, no faltaba mucho para que la chica entrara en su sueño. ¿Se reanudaría la batalla antes de eso?

Diva apenas se dio cuenta de que sus acciones la habían llevado a mandar al carajo todo lo que había estado planeando y haciendo los últimos meses, planes que desde un principio estuvieron mal trazados y que en realidad carecían de un objetivo lo suficientemente real y palpable, y Hagi aprovecharía eso, no era estúpido. Lo peor de todo, es que Diva no tenía muchas, o tal vez ninguna opción en la cual refugiarse. Por primera vez se maldijo el ser tan impulsiva.

Curioso, ninguno de los dos lo sabía, pero siempre habían sido dos personas sin opciones en la vida más que las que los demás decidían por ellos.

Saya se salvaría de ella, de su ira y de su odio, y Hagi también, y ella se quedaría sin hijas, ¡y había hecho tantas cosas por nada! ¡No era justo! simplemente no lo era. ¿Por qué la vida se empeñaba en arruinarle las cosas y darle el tiro por la culata? Se preguntó la joven.

—Creo que llegamos a un punto muerto— murmuró Diva con gesto anonadado, ahorrándole a Hagi la oración que se resistía a salir de su boca. Desvió la mirada un momento, pensando desesperadamente en qué hacer. Tal parece que, por el momento, no había mucho o nada que hacer. Tal vez lo mejor era dejar que las cosas se dieran por si solas y después, ya vería.

—No te ayudaré, Hagi— le dijo tajante, cosa que estuvo por colmar la poca paciencia que le quedaba al Caballero.

—¿Cómo?— inquirió él, casi con desesperación.

—Mata tú solo a Kai, si es que te atreves, lo cual dudo mucho. Yo no te puedo ayudar— Hagi guardó la calma, aunque por dentro tuvo que reprimir las fuerzas de arrojarse sobre Diva y matarla. Al final su flemático temple ganó.

—¿Y a qué viene ese cambio de opinión?— inquirió el caballero con suspicacia, atrayendo nuevamente la atención de Diva, quien ya se había estado distrayendo con las cortinas que colgaban de los pilares de su cama.

Abrió los ojos en un gesto aparentemente inocente, y acercó su rostro a Hagi con expresión traviesa.

—Más que Saya, me interesas tú, pero si te ayudo, pues… yo no voy a ganar nada. Es un mal negocio. Lo fue desde un principio—

—¿Hablas enserio?— se aventuró a preguntar Hagi.

—Desde luego— contestó ella, pero después hizo una pausa —Podría ayudarte, claro, pero si lo hago, tendría que pedirte una o dos cosas a cambio, y no creo que ninguna te guste—

La afirmación fue más que suficiente para alarmar a Hagi. No sabía qué era lo que Diva quería a cambio, pero después de tantas cosas, prefería no saberlo. Además, tenía que aceptar que llegar a este punto muerto le daba cierto alivio, dentro de lo que cabe. Diva tenía razón, no tenía las agallas para matar a Kai, por el simple hecho de que no lo odiaba tanto como para hacer semejante cosa. Podría intentar alejarlo de ella, pero no matarlo. No caería tan bajo, no esta vez, no caería más bajo de lo que ya había caído.

—Si te fijas bien, no somos tan diferentes, mi hermana y yo. Somos gemelas. ¿Qué más te da?— murmuró la joven, mientras Hagi arqueaba las cejas. No sabía a qué venía eso.

—No sé qué clase de ideas estén pasando por tu cabeza, pero no me incluyas en ellas— se apresuró a decir el confundido Caballero.

—Como quieras— contestó ella encogiéndose de hombros con gesto indiferente y haciendo un hosco ademán.

Ambos dieron la conversación por terminada. Hagi no consiguió nada pidiéndole ayuda a Diva, ayuda que, debió haberlo pensado antes, no iba a aceptar. Nada bueno podía salir de alguien como ella. Por otro lado, Diva sí consiguió algo: darse cuenta de que todo, en un santiamén, se había ido al demonio, y lo peor de todo es que siempre había sido así y ni ella ni Solomon se dieron cuenta, cosa que la dejó muy enojada y decepcionada.

Hagi salió de la habitación sin decir una palabra más. Él mismo arreglaría las cosas, como se fueran dando, improvisaría si era necesario, pero ya no quería tener nada más que ver con Diva, al menos quería tener la opción de poder decidir eso, porque ahora esa extraña fuerza que solía decidir por él, inevitablemente, lo empujaba hacia ella, sobretodo por el hecho de que estaba metido hasta el cuello con ella y toda su telaraña.

Desgraciadamente, para ambos, cuando se está en un punto muerto, no existen opciones.


Sinceramente, fue en este capitulo cuando me dije: "¡Carajo! ¿A dónde he llevado la historia?" Lo llamé "Punto muerto" porque precisamente así me sentí en ese momento. Pensé que era el fin de la historia. Quizá me proyecte con el plan de Diva xD creo que al final los planes de Diva no estuvieron bien ideados para con sus objetivos, al igual que sucedió conmigo al comenzar a escribir este fic, y bueno, como lo afirmé al ultimo, en los puntos muertos no existen opciones, y la única opción de esta historia sin opciones es volverse cada vez más caótica y finalmente, trágica, como les sucederá a nuestras victimas a partir de ahora. Ya saben, todo es diversión hasta que alguien pierde un ojo. Por lo pronto, yo estoy pensando en cortarme las manos.

En fin, lamento mucho la tardanza. Han pasado dos meses desde la ultima actualización y la verdad todo este tiempo sólo me la pasé haciéndome pendeja, además de que me agarró la racha de Inuyasha (me da por temporadas, primero con un anime, después con otro, y así) hasta que me di cuenta de que por más que lo intentaba, mis fics de Inuyasha estaba medio atorados, y me di cuenta de que esta pequeña historia estaba un poco celosa por la falta de atención.

Bueno, creo que no tengo nada más que aclarar. Sólo les aviso que desde aquí, las cosas se pondrán más tensas entre nuestros personajes, y si creen que es el fin de Diva y Hagi, están muy equivocados, lo que si, es que Diva no se está dando cuenta de que su era de gloria está llegando a su auge y consecuentemente, como casi siempre pasa, a su inminente fin.

Muchísimas gracias por sus reviews, a quienes han leído y no menos importantes, a quienes agregan a favoritos y alertas la historia. Es un milagro que aun tenga lectores que me sigan hasta este punto.

Me despido

Agatha Romaniev.