Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer,la historia es de mi propiedad y queda absolutamente prohibida su adaptación o traducción, ya sea parcial o total. CONTENIDO SEXUAL + 18.
Recomendación: All I wanted — Paramore.
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Capítulo 48
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—Oh, carajo —gruñó James por lo bajo.
Yo estaba absorta mirándolo de arriba abajo, preguntándome seriamente por qué hoy se veía tan endemoniadamente guapo. Cabello desobediente y alborotado, brillando al son del sol que se filtraba por la ventana; su barba comenzaba a crecer, no se había afeitado hace un día y algo, quizá; sus labios rosados y coquetos se mantenían cerrados, no así con sus ojos; verdes y maravillosos, con el brillo característico y la hermosura interna impregnada en ellos. Me impresioné con su traje, éste era despampanante, gris, de una suave tela, con caída sabrosa, apretando levemente sus caderas y su trasero perfecto.
Pestañeé para quitarme el sopor en el que me encontraba.
Jacob divisó mi rostro desde el espejo, como su amigo. Me sonrió levemente, aunque notaba su mirada de disculpa por la presencia del cobrizo. Avancé como si nada pasara, sabía muy bien que no podía darme por vencida, tenía que ser fuerte y mostrarme eludible frente a él, aunque costase.
—Hola, Bella —saludó Jacob fingiendo un entusiasmo asfixiante.
Se acercó a mí, besando mi mejilla con dulzura.
—¿Te duele? —me preguntó de repente, señalando mi barriga.
No me había dado cuenta que tenía las manos puestas en mi vientre durante todo este rato. Las quité de inmediato, no podía levantar sospechas. Jacob me daba mucha confianza, es más, se había convertido en un gran amigo durante los años, pero asimismo era amigo de Edward.
—Solo tengo una molestia, no te preocupes —conseguí decir.
—Bien, Gaycob. ¿Estás listo? —le preguntó Edward a su amigo.
El aludido se dio la vuelta para mirarlo con falsa desaprobación por el sobrenombre.
—Hey, Gaymes —llamó—. ¿Nos vamos ya?
James sonrió con alegría y le susurró un "andando". Yo me estabilicé calladamente, mientras los tres hombres terminaban de ajustarse las corbatas y moños. Me reí levemente cuando James peleaba con el moño de color rojo, me acerqué un poco para acomodárselo yo. Sentí una presencia a mi lado, era Edward recargado contra la pared, mirándome cansinamente. Tragué con dificultad y me alejé cuando acabé por arreglarle el moño a mi amigo, alejándome lo que más pudiera de Edward.
—¿Trajiste todo? —me preguntó Jacob.
—Sí. Todo lo acomodó James en la cajuela del auto —respondí.
Salí en silencio del departamento con James a mi lado, tomándome la mano con fuerza. Sabía cuánto quería él hablarme en ese momento, pero el momento no lo ameritaba, más cuando estaba Edward a centímetros de mí. Éste y Jacob hablaban hilarantemente del próximo festejo, de lo hermosa que se vería Alice y de lo mucho que estaría alegando de su masa corporal ahora que estaba embarazada. Yo, por mi parte, solo me dediqué a estar calmada, pues mi Caballito de Mar no podía verse arremetido por mis estados depresivos y estresantes, todo lo contrario.
—Edward manejará en mi auto —comunicó Jacob, aunque sabía que se dirigía a su novio, quizá con la intención de no hacerme sufrir con su presencia.
—He tenido que dejar mi Volvo en el estacionamiento del Four Seasons, no queda muy lejos de aquí —complementó Edward, agarrando a James del hombro.
Mi amigo lanzó un suspiro cansado.
—Todo esto del matrimonio es un caos —refunfuñó James.
Jacob tenía un Jeep Patriot del 2012, color rojo. Era obvio que cabríamos felizmente los cuatro en el auto, a pesar que los tres hombres que me acompañaban, sobrepasaban el metro ochenta.
Edward se sentó en el asiento del conductor, mientras que Jacob lo acompañó como copiloto. Yo me senté a la derecha de la parte trasera del auto, junto a mi amigo James. El cobrizo no tardó en arrancar, mientras hablaban los tres de la facilidad con que el auto era manejado por cualquier persona. Me dediqué a mirar el paisaje como me era costumbre, nerviosa por la presencia tan cercana de Edward. Además, seguía dando vueltas en lo que Alice me había comentado, que su hermano había ido a verme cuando yo estaba desmayada en la clínica.
No tardaron en quedarse callados, mientras el auto avanzaba por la carretera. La música era lo único que rompía el silencio. Edward cambió rápidamente la sintonización de la radio que tocaba canciones románticas. Le agradecí interiormente, para mí también era un suplicio, sobre todo cuando no sabía qué pensar.
James se había quedado dormido, como siempre. Cada vez que viajábamos juntos en la universidad y yo manejaba, mi amigo caía rápidamente en los brazos de Morfeo, se excusaba con el relajo del movimiento que hacía el auto. Y como estaba todo tan silencioso, lo único que pude hacer fue mirar a mí alrededor. Estuve unos largos minutos mirando hacia el Bart Simpson que colgaba del espejo retrovisor, hasta que topé con su mirada verde. Fue como si inundaran cianuro en mis entrañas. Quité con rapidez los ojos del espejo retrovisor, pues él seguía mirándome con intensidad. Quise llorar; no entendía su comportamiento, me había dicho tantas cosas horribles hace unas semanas, pero ahora solo estaba fijo en mí, como si quisiera decirme algo.
Me ruboricé levemente y escondí mi rostro hacia el suelo, intentando sopesar la desestabilidad que su mirada me producía constantemente. Me abracé a mí misma y me obligué a no volver a mirar, esto solo hacía que me dolieran aún más sus actitudes, y, por consecuencia, afectaría a mi Caballito de Mar.
Cuando llegamos, salí rápidamente del auto para adentrarme en los jardines de la mansión de mis padres. Se oía harto barullo, como también que salían y entraban por la puerta trasera. Entré con cuidado, había una mujer de melena gris y perfectamente lisa, enloquecida, llamando a alguien incesantemente desde su celular de último modelo. Debía ser la organizadora de la boda, no me imaginaba otra cosa.
Me metí por las escaleras y subí hasta topar con otro barullo en el segundo piso de la mansión. Mis ojos recorrieron los suyos con cariño, verlo así me producía un cierto estremecimiento. La verdad era que a lo largo de estos tres años, él se había convertido en un gran amigo, como un hermano que me llenaba los pulmones de aire al verlo tan feliz.
—Jasper —le llamé, entrando con cuidado en la habitación—. Te ves muy guapo.
Me sonrió con ternura, miró a su alrededor para asegurarse que no había nadie más en la habitación y me abrazó con fuerza.
—No había tenido la oportunidad de decírtelo, pero estoy orgulloso de ti, Bella —me susurró, para luego besarme otra vez en la mejilla.
—¿Orgulloso de mí? —le dije con un tono risueño y algo extrañado—. ¿Por qué?
Se separó un poco para mirarme con sus ojos azules y motas verdes, llenas de éxtasis y cariño para mí. Arreglé un poco su corbata gris, como lo hacía con todos los hombres que se me presentaban; era como una manía. Alisé el blazer crema y acaricié la tela de su camisa blanca de lino. Su cabello estaba peinado en una bonita coleta rubia y sus pómulos coloreados me indicaban que estaba bastante alegre.
—Por el pequeño que crece dentro de ti —me respondió, todavía mirándome con intensidad.
Me ruboricé un poco con aquello, me sentía extraña con esas palabras. No podía concebir la idea que en unos seis meses más, sería mamá. Cualquiera diría, en algunos años atrás, que eso sonaría ilógico para la dura Isabella, una Isabella que ya no existía, solo en mis más duros recuerdos.
—Yo también estoy muy orgulloso de ti, Jasper, serás un gran padre, tienes una paciencia inmensa. Te felicito por el gran paso que darás hoy —dije, emocionada por algunas emociones que antes no había tenido.
—Es agradable saber que no has faltado a mi matrimonio —me dijo.
—No podía hacerte eso, eres mi amigo.
Le dio un pequeño tirón cariñoso a mi barbilla y se alejó para mirar a la ventana. Su reacción me dio curiosidad, a pesar de todo parecía preocupado por algo. Me acerqué a él y acaricié su hombro con lentitud, intentando transmutarle toda mi fuerza para lo que sea que lo tenía así.
—Me hubiera gustado que mi madre estuviese aquí —susurró.
Miré hacia un lado, incómoda, pues yo no era la mejor consejera del mundo.
De todos modos lo intenté.
—Tu madre sí está aquí —mascullé—. En tu corazón y en tu recuerdo.
Se dio la vuelta y me sonrió.
—Cameron también ha pasado por lo mismo, y lo sabes.
Cameron y Jasper eran grandes amigos, se habían acercado mucho cuando el último estuvo ayudándole con el Sr. Luca.
—Me ha dicho que vendría un rato para acá, pero sinceramente no… —Paró de hablar en un segundo, mirando a alguien detrás de mí—. Hablando del Rey de Roma.
Me giré sorprendida, para encontrarme con sus ojos verde césped. Estaban tan marchitos, que temí por él. Jasper le dio un apretón de manos y luego se abrazaron con fuerza. Noté la sensibilidad que sentían ambos, pues seguro habían compartido lo horrible que era estar sin sus madres. Me sentí pequeña mirándolos, me sentía fuera de lugar, como si no tuviese por qué estar presente ahí.
Cuando se separaron, Cameron se acercó a mí con rapidez.
—¿Puedo hablar un momento contigo, Bella? —Su voz se oía a súplica, y yo no pude decirle que no.
—Jasper, volveré luego, ¿sí? —le dije al rubio.
—No te preocupes, nos veremos en la ceremonia —se dirigió a Cameron—. Sea lo que sea que te tiene ocupado, espero que lo puedas arreglar pronto. Gracias por venir aunque sea un momento, necesitaba verte un momento —le dijo.
Ambos volvieron a abrazarse. Estaban despidiéndose.
Le dije a Cameron que podíamos ir a mi antigua habitación, suplicando para que mi madre no me encontrase por los lares y, de paso, se encontrara con Cameron.
Cuando estuvimos seguros de que estábamos solos en la fría habitación, Cam se acercó a la cama y se sentó, mirando hacia el retrato de bodas de mis madres que colgaba en un pequeño marco. Hice un mohín; esto era incómodo.
—¿Cómo estás? —me preguntó de pronto.
—Bien. Bueno, dentro de lo que cabe —susurré—. ¿Tú?
Lanzó una sonrisa deprimente.
—No sabría responder a esa pregunta.
—Oh.
Me acerqué a la cama y me senté junto a él, puse mi mano en su hombro y lo apreté un poco. Giró su rostro para mirarme.
—¿Está ella por aquí? —Sabía a quién se refería.
—Sí —respondí, queda.
—Ah… —murmuró—. No he podido dejar de pensar en lo engañado que he estado toda mi vida.
—Me siento muy apenada por la situación. ¿Has hablado con tu padre?
Asintió con rapidez, agarró con fuerza mi mano y la entrelazó con la suya.
—He estado rodeado de mentiras, Bella, me duele saber que mi madre nunca me abandonó, sino todo lo contrario, mi propio padre ha estado enfrascado en decirme que ella era mala cuando no es así. Renée es una mujer muy hermosa, puedo decir que me siento orgulloso de que sea mi mamá —masculló.
Mi corazón se rompió en mil pedazos, no pude evitar derramar una lágrima. Cameron la atajó con su dedo y la quitó de mi rostro.
—Está bien, bonita, no es para tanto.
Eso solo hizo que hiciera otro mohín para empezar a llorar mucho más fuerte. Escondí mi rostro en su hombro, para manchar su camisa con mis lágrimas espesas. Me dolía tanto verlo así, tan desprotegido y herido. Además, fui una basura, porque lo usé para satisfacer mi vacío. Él no se merecía esto.
—Es muy injusto —logré decir entre sollozos.
—Nadie dijo que la vida fuese justa, Bella —dijo mientras acariciaba mis cabellos.
—Pero creciste en mentiras y engaños, sin una madre que te diera valores. Creciste sin tus hermanos y gracias a ello casi cometemos un error tremendo. Te mereces todos los lujos, todo lo que no tuviste porque te pertenece, ¿no lo entiendes? —comencé a agitarme mediante hablaba.
Sentí una risita agotada que me hizo remover el rostro contraído en su hombro.
—Solo quiero conocer a mi mamá, saber qué le gusta y lo que no. Espero y no me rechace.
—No lo hará, Cameron, ella ha estado esperando por ti toda su vida.
Me separó de él para abrazarme fuertemente y darme un suave beso en la frente.
—Tengo que irme, Bella. Pronto hablaré con tu madre, intentaré aprovechar todo mi tiempo con ella.
Se levantó, me dio otro abrazo y salió de la habitación con delicadeza, cerrando la puerta delante de mí. Volví a recargarme en la cama, intentando no llorar otra vez. Pero lo hice. Derramé lágrimas, sollozos y gemidos de dolor, pues todo esto era una mierda, una injusticia. Maldad pura. ¿Qué tenía en la cabeza ese imbécil de Luca Signoret? ¿Por qué hizo todo esto? ¡Es su hijo!, pensé para mis adentros.
Salí de mi antigua habitación y me metí otra vez a la habitación en la que se encontraba Jasper, pero ésta vez no estaba solo, sino que Edward, James, Jacob y otro chicos más que no conocía. Sonreí nerviosa y pedí perdón por la intromisión, ignorando otra de las miradas de Edward.
—No te preocupes —me dijo Jasper—. Mira, éste es Peter Lewinsky, un colega y amigo pediatra —me señaló al hombre de cuerpo delgado y cabello rojo como el fuego. Su rostro estaba invadido de pecas.
—Mucho gusto, Señorita Isabella —dijo, sabiendo mi nombre—. Me han hablado mucho de usted —respondió a mis dudas mentales.
—¡Pero, cariño, no te has vestido! —exclamó James, mirándome horrorizado—. ¡Alice ya se está bañando para que vayas y le ayudes a vestirse!
Caí en cuenta que solo vestía un buzo rancio y que mi belleza no saldría a flote con ropa andrajosa. Me ruboricé y pedí disculpas, escuché la risa suave de Edward y se me revolvieron las entrañas. Todos se quedaron callados, como si él no tuviese el derecho a reírse… de mí, como si fuésemos algo. Apreté mis labios y salí pitando hacia el tercer piso.
Justo en el vestíbulo se oía la música clásica, favorita de Esme y Renée. Entré a la habitación de mi madre, que era cinco veces la mía. Sus paredes color crema iluminaban el rostro de todas las mujeres y al hombre que estaba ahí. Los ojos azules de Rosalie me miraban alegremente, mientras estiraba su vestido encima de la cama, que era negro y sencillo. Esme, por su parte, estaba rígida con una copa de champán en la mano, mirándome como si no lo hubiese hecho hace miles de años. Un chico que a toda costa se notaba más gay que Gaycob y Gaymes juntos, seleccionaba los colores de las paletas de sombras y otros utensilios de maquillaje. Había una mujer preparando unas horquillas calientes y conectando algunas cosas al enchufe, seguro era la estilista.
Todos se movían con libertad en el gran cuarto, había suficiente espacio para que corrieran, incluso. Rose se acercó y me dio un fuerte abrazo, diciéndome que me extrañaba mucho y que estaba un tanto molesta porque no la había llamado antes.
—Discúlpame, Rose, sabes que no han sido semanas muy buenas —dije en modo de disculpa.
—Te entiendo, Bells, pero me hubieses llamado para que te liberaras un poco de todo esto —me susurró para que no escuchara Esme.
Volví a darle un abrazo fuerte, lo que me hizo sentir mejor con todo. Me indicó que el vestido estaba en el armario, junto a los zapatos y los accesorios. Esme se acercó, parecía nerviosa. No la culpaba, debía ser extraño saludar a la ex novia de tu hijo.
—¿Cómo estás, Bella? —me preguntó, cuando Rose se metió al armario para sacar algo.
—Bien. Gracias, Esme —dije algo seca.
Miró al suelo, toqueteando sus manos y moviendo los dedos.
Esme llevaba un vestido verde, corto y con encaje en los brazos. Su cabello brillaba con la tenue luz del sol, dejándome ver sus reflejos caoba, como los de su hijo.
—Deja de mirarme así, sabes que no eres la culpable de nada —le dije con sinceridad, cansada de que estuviese mirándome como si yo fuese a clavarle los dientes.
—Sé que no tengo la culpa, pero me apena todo esto.
Bajó la mirada hasta topar con mi vientre. Me asusté y llevé mis manos a la barriga, acariciando el leve bultito que tenía. Esme no podía saber todavía de la existencia de su nieto, mi Caballito de Mar no debía ser expuesto. Para mi sorpresa, Esme volvió sus ojos a mi rostro con algo más de ánimo.
—Creí que me tendrías una especie de rechazo o algo, por todo lo que ha estado sucediendo…
Rodé los ojos. ¿Qué clase de persona creían que era? Yo no tenía por qué odiar a las personas que rodeaban a Edward, porque el problema era entre nosotros dos, no con los demás.
—Yo no tengo por qué odiarte —le interrumpí—, sé separar muy bien las cosas.
Me dio una sonrisa sincera, me tomó por los hombros y me dio un fuerte abrazo. Yo me dejé querer, necesitaba abrazos más que nada en este momento y apoyo maternal a pesar de todo. Me apenaba no decir abiertamente el estado en el que me encontraba, pero era indispensable dejar pasar un momento, aunque sean unos días.
—Sería genial que comiencen a vestirse, nenas —dijo la voz hilarante de Alice, saliendo del baño con una toalla bien puesta en la cabeza y con una bata a cuestas.
Me acerqué a ella y la abracé con fuerza. Alice besó mi mejilla con cariño y acarició mi cabello en el momento.
—Te verás hermosa —le dije con sinceridad—, junto a tus pequeños la vida comenzará a sonreírte.
Sus ojos marrones se emocionaron, éstos brillaron como estelas y sus pestañas se movían para aplacar las intensas ganas de llorar. Sabía que producto de su embarazo, las emociones subían con frecuencia por las hormonas, además le sumábamos la situación, no siempre te casas tan feliz y con el hombre que amas.
—Gracias por venir.
—No podía perderme esto.
Cuando pequeñas siempre nos preguntábamos cuál sería la primera en pisar el altar, inocentes del mundo que nos esperaba de adultas. Alice soñaba con hacerlo primero, alegando que era la más enamoradiza, pues yo no estaba muy ensimismada en esas cosas.
—¿Recuerdas cuando hablábamos del matrimonio? Siempre supe que serías tú primero —le recordé sonriendo. Alice frunció el ceño y luego comenzó a reír.
—Supimos ver el futuro —me dijo—. Sabías que yo lo haría.
—Y que yo no lo haría nunca —le respondí.
Alice cerró la boca de repente, algo incómoda. Esme me miró un segundo y luego hizo como si nada hubiese sucedido. Entramos en una charla armoniosa, hablando de la comida que habría y cuál sería el diseño de los manteles y esas cosas. Se suponía que serían colores pasteles y dorados, algo sobrio como lo era Jasper y Alice, pero también se interpondrían otros colores como el rosa o el rojo.
—Supongo que no me designaron asiento junto a Tanya —dije en plan de broma.
Alice se giró y me quedó mirando con falso aire dolido. Se quitó la toalla de la cabeza, dejando caer su corto cabello mojado. Sacudió levemente la cabeza, mojándome un poco con las gotas de agua.
—¿Crees que soy tan maldita como para acercarte a tu adorada prima? —refunfuñó, cruzándose de brazos mientras yo tomaba las hebras y las peinaba con delicadeza.
—A veces logras aterrarme, Alice Cullen —la molesté.
—Eso ofende, amiga.
Por el espejo gigante que teníamos de frente, pude ver el cambio brusco de su rostro. Algo le preocupó de improvisto. Llevó su mano a la boca y tapó una mueca de horror.
—¿Qué sucede, Alice? —inquirí, algo asustada—. ¿Son los bebés? ¿Te duele algo?
—No, no —aplacó con las manos en el aire—. Olvidé que te había puesto junto a Edward en las mesas.
Un balde de agua fría cayó sobre mi espalda, atravesando mi columna con frío y dolor. No había pasado por aquel detalle, Alice tenía lista la organización de las meses desde hace meses, no tenía la culpa de nada. Debí haberle dicho, me reproché internamente, ahora Alice se sentiría mal. Pero, ¿qué podía hacer? Aguantar, aunque eso me llevase terribles momentos, tampoco era obligación estar sentada junto a él todo el rato, ¿no?
—Lo siento mucho —me susurró, dando vuelta el rostro para mirarme.
—No, tranquila, no podías interferir en eso —le dije, restándole importancia—. ¿Quién más estará sentado con nosotros?
—Jacob, James, Rose y Emmett —respondió todavía con la cara algo triste—. Tu hermano odia a Edward, ¡en qué estaba pensando!
—¿Lo odia?
Entornó los ojos, me tomó de la mano y la apretó fuertemente.
—¿En qué mundo vives, Bella? Tu hermano ha estado odiando a Edward desde que terminaron, que tú ni siquiera te preocupes por Emmett es otra cosa, estás más enfrascada en tus pensamientos y eso no está bien.
Agaché mi mirada hacia el suelo, con la esperanza de encontrar una oración para rebatirle, aunque tenía razón en todo sentido. Me sentí mal, con mi hermano no había podido acercarme como lo éramos antes, quizá habían tantas novedades en su vida y yo preocupándome por mí enteramente. Estaba siendo muy egoísta y eso era de la Isabella antigua, no de la nueva.
—Supongo que me estoy convirtiendo en la frívola de antes —le dije algo a la defensiva, con un tono irónico en mi voz.
—¿Es lo que quieres?
Esme carraspeó junto a Rosalie a nuestro lado, nos señalaron a la estilista y al maquillista para que los tomásemos en cuenta. Me disculpé, algo avergonzada, estábamos hablando mucho y todavía faltaba vestirse.
—Oh mamá, te ves estupenda —exclamó Alice, parándose de su silla para levantar un poco la falda vaporosa de Esme.
Y realmente se veía maravillosa y radiante. Tenía el cabello caramelo con unas bellas ondas en las puntas, enroscadas entre sí con uno que otro mechón amarrado al cráneo con un pinche de piedras. Su vestido era largo y esponjoso, de graves colores pasteles, le hacía verse más joven y vivaz, sobre todo con los tacones de charol del mismo color y la cinta que le daba vueltas en la cintura. El maquillaje; labios con gloss y ojos en pasteles y una raya en lo largo del parpado, acabando con una leve inclinación y mascara en escala.
Con tan solo verla podía dar por hecho los parecidos que tenía con Edward, ambos eran hermosos y de delicados detalles, se parecía mucho, tanto como los ojos verde esmeralda y el cabello de tonos cobrizos. Pero por otro lado, la masculinidad arraigada en aquella bella mandíbula y su cuerpo esbelto, eran propios de Carlisle.
Debía dejar de pensar en Edward o me volvería loca.
Rosalie tampoco se quedó atrás. Su vestido, también largo, negro y de suave seda, le caía por las piernas con suavidad y delicadeza. Lo único que quedaba a la vista eran sus pies con las sandalias negras y de tacón alto, con tiras alrededor del tobillo para darle mayor estabilidad. El cabello estaba puesto hacia el lado derecho, cayendo en espiral hasta topar con el pecho. Lo que más me impactó fue el brillo de sus ojos bajo las pestañas postizas y el maquillaje ahumado, la sonrisa feliz que mostraban sus labios carnosos y pintados de rojo. Estaba feliz y sabía que eso era el resultado de su relación con mi hermano.
—Rose, tú estás bellísima. ¡Wow! Me opacarán todas, ¿eh? —bromeó Alice, dejándose peinar por la chica.
—¿Y tú, Bella? Debes vestirte —exclamó mi madre, entrando con autoridad a la habitación.
Rodé los ojos, me mordí el labio inferior y agaché la cabeza como una niña.
—Ya voy, mamá —gruñí—. Y te queda bien el celeste.
Mamá llevaba un vestido largo y recto a cuestas, con los hombros descubiertos y un tajo pequeño en la pierna derecha, sumando a sus tacones plateados favoritos y una suave cola de caballo.
Me sonrió con gratitud y me besó la mejilla con suavidad, luego acarició la piel.
—Gracias, hija —masculló—. Y ahora ve a vestirte, que tienes que ayudarle a Alice a ponerse ese vestido mientras todas nosotras —se dirigió a las mujeres— vamos a buscar a nuestros hombres. Menos tú, Pequeña Cullen.
Tragué fuerte al oír eso, sin querer me había dolido. Intenté pasarlo por alto y obligarme a reír con todas las caras de las demás que sacaban a relucir lo apuesto que estaba su novio o esposo. Apreté mi mano en mi vientre, acariciando la leve protuberancia de mi Caballito de Mar. Mi bebé me daba fuerzas.
—Quítate la ropa, nadie te estará mirando —me dijo distraídamente—. Quizá algo más amarrado, ¿no crees, Amanda? —le indicó a la estilista, la cual asintió sin chistar, comenzando a cotorrear sobre el clima.
Me quité la ropa de encima y quedé en ropa interior, un conjunto negro de algodón. Me giré hacia la ventana para que nadie tuviese la posibilidad de mirar mi vientre. Tomé el vestido y lo alisé con mis manos, planchándolo de las arrugas inexistentes. Era hermoso, no me cansaba de pensarlo.
—Oye, el color está muy bonito —me dijo el chico gay, avanzando hacia mí con una sonrisa sincera.
No me había detenido a mirar sus ojos, eran oscuros y grandes. Un rizo rubio cayó por su frente y éste se lo quitó con un suave bufido.
—¿Tú crees? —inquirí, alejándolo un poco para mirarlo desde otra perspectiva.
—Es fascinante. Quedará muy bien en tu color de piel. ¿Te parece si te maquillo con pastel, azul claro y blanco en los ojos? No quiero arruinar la suavidad de tu rostro con colores cálidos o muy oscuros, creo que tienes una forma muy bella de observar.
Levanté las cejas, un tanto sorprendida por la amabilidad de este chico. Últimamente lograba agradarle a gente desconocida, la cual me regalaba muy buenas atenciones. Quizá era por mi embarazo que daba una imagen más dulce.
—Gracias por el cumplido —le dije, sonriéndole de oreja a oreja.
Me metí dentro del vestido azul eléctrico con algo de dificultad, por lo cual, le pedí al chico —que, a todo esto, no sabía su nombre—, que me ayudara a cerrar la parte de atrás, pues mis manos no alcanzaban. Puso sus manos en mi cintura y subió el cierre del vestido hasta el tope, justo en la parte más baja de mi espalda. Me di la vuelta y profirió un silbido.
—Te ves muy bien. Iré a preparar el maquillaje mientras tú te pones los zapatos o algo para que estés más cómoda, ¿te parece?
Asentí, viéndolo alejarse hasta el mueble del otro extremo. Comenzó a separar una que otra paleta y los pinceles correspondientes. Yo, por mi parte, decidí buscar mis tacos, pero no los encontraba. Metí mi nariz en cada rincón del maldito cuarto, pero no lograba ubicar la caja de los Jimmy Choo. Bufé exasperada, odiaba cuando algo se me perdía.
—Están debajo de la cama, Bella —me indicó Alice, con los ojos cerrados por el relajante masaje que le estaba dando la chica en su cuero cabelludo.
—Gracias por decírmelo antes de que anduviera como loca en cada rincón —murmuré, agachándome para sacar la bendita caja.
—Era divertido verte exasperada, metiendo la cabeza en cada hueco que veías.
—Muy graciosa —dije irónica, sacando el zapato izquierdo primero.
Cuando logré ponerme el tacón, levanté el pie izquierdo para abrochar la hebilla que se amarraba al tobillo. Trastabillé horriblemente, doblando mi pie derecho y causando así un movimiento feroz que me haría caer al suelo de bruces… Si no fuera porque una mano fuerte me agarró desde el brazo, haciendo que mi cuerpo se fuese hacia adelante contra su pecho.
—Andas más torpe que de costumbre —ronroneó.
Insegura subí la cabeza, temiendo encontrarme con sus bellos ojos verdes. Tenía una sonrisa avergonzada, asomando en sus bonitos labios, provocando que su mejilla derecha se elevara solo un poco, dejándome ver un leve hoyuelo.
—¿Te has hecho daño? —inquirió, todavía con su aquel arrullo propio de él, causándome el peor efecto, un tormentoso deseo irrefutable dentro de mí.
Seguía con sus manos agarradas de mis brazos y yo embelesada, mirándolo contra su pecho duro y protector. Mi corazón palpitaba al igual que el suyo, desbocado y extasiado. Olí su aroma masculino, el que extrañaba todas mis noches y el que deseaba cada momento de mi existencia.
Sentía su respiración con fuerza, chocando contra mi rostro, mientras yo solo podía mirarlo con divinidad, incapaz de separarme de él.
Es un cap realmente corto, pero no podía escribir más sino, no hay gracia. Me gusta siempre poner un final enigmático. En fin, espero que lo hayan disfrutado, porque el domingo llega un capítulo INFARTANTE, cien por ciento firmado ;)
Gracias por sus reviews, aunque extrañé a algunas... UN BESO
