N.d.T: Sí, no soy un fantasma. ¡Por fin he vuelto! Siento haberme retrasado más de la cuenta, pero estoy haciendo una serie de cosas que me han obligado han retrasar un poco el capítulo. Lo siento mucho. Pero no os preocupéis, no creo que tarde más de dos semanas para el siguiente capítulo. Intentaré tenerlo lo antes posible. Muchas gracias a NatLB, satorichiva, mESTEFANIAb, LittleLulaby, Fujoshi-sempai, LadyRockerCat, LunatiqueBlue y To Black por sus comentarios. Se agradecen muchísimo. :)
47. Frightening magic
Cuando Remus volvió a Hogwarts, se encontró con que casi todo el mundo estaba de camino a la última de clase de la tarde. Sabía que probablemente llegaría tarde a su propia clase, al menos que en ese momento fuera por diversas escaleras que conducían a la torre de Gryffindor, reuniera sus libros y luego fuera corriendo a la planta baja. Sabía que probablemente debería darse prisa, para así perder tan poco de ella de lo que fuera posible, pero, por desgracia, todavía se movía con bastante cautela. Mientras hacía su camino hasta el segundo tramo de escaleras, maldijo la lenta tramitación de su solicitud para conseguir la Red Flu, algo que podría haberle ahorrado una gran cantidad de dolor y tiempo.
En el momento en que llegó a la sala común de Gryffindor, no quería nada más que estar en la cama durante el resto del día.
Vio a Charlene sentada en una de las sillas cerca de la ventana, y se preguntó si podía escabullirse sin que ella lo notara. Por desgracia, la suerte no estaba de su lado, y Charlene lo vio justo al llegar a la parte inferior de las escaleras.
—¿Remus? —lo llamó, y gimió, dándose cuenta de que había sido pillado.
Sintió la tentación de ignorarla y continuar por las escaleras, pero sabía que sólo estaría posponiendo lo inevitable.
—¿Puedes saltarte hoy Defensa? —preguntó Charlene—. Creo que tenemos que hablar.
Remus asintió, después de todo, había estado pensando en saltarse la clase de todos modos.
Charlene señaló con la mano el asiento frente a ella, y Remus se sentó en la superficie acolchada, deseando que fuera uno de los sofás más suaves, pero aliviado de que no fuera uno de los asientos de madera de la biblioteca.
—¿Estás bien? —preguntó Charlene, pareciendo claramente haber visto un poco de dolor en sus movimientos.
—Sólo un poco dolorido —respondió Remus, rezando para que no le preguntara porqué.
Charlene se limitó a asentir, entendiendo y ofreciendo algunas palabras de compresión por el dolor de la transformación. Remus se encogió de hombros, totalmente dispuesto a no corregir su falsa suposición.
—No debería de haber ido allí anoche, ¿verdad? —dijo Charlene, agachando la cabeza y centrando su mirada en el ensayo apenas comenzado enfrente de ella.
Remus negó con la cabeza.
—Te dije que no te quería allí.
—Pensé que era porque querías estar a solas con Sirius. Pensé que estabas tratando de dejarme fuera... Supongo que sigo pensando eso. Pensé que había algo entre los dos, ya sea antes de la salida la luna o después del amanecer.
Remus sintió que su rostro se calentaba cuando se dio cuenta de que ahora ellos habían hecho exactamente lo que ella había sospechado que hacían.
—No sabía que estarías tan enfadado de que estuviera allí —continuó Charlene.
—No estoy enfadado —dijo Remus con un suspiro.
—Sin embargo, lo estabas.
Remus negó con la cabeza.
—Tan pronto como entré en el sótano, te volviste loco —señaló Charlene—. Estabas enfadado conmigo por estar ahí.
—Ese era el lobo —explicó Remus.
Charlene negó con la cabeza.
—He leído sobre hombres lobo, y de acuerdo con lo que he leído, el lobo canaliza los sentimientos y emociones del ser humano, solo que sin restricciones.
—Los hombres lobo atacan a los humanos y los muerden —señaló Remus—. Te lo prometo, no quiero atacar a nadie en absoluto.
Charlene frunció el ceño.
—No estabas tratando de atacar la barrera hasta que llegué allí. Romulus me lo dijo mientras me traía de regreso al castillo.
—Rom puso un hechizo en la barrera que hace que el lobo no huela a los seres humanos de la zona —explicó Remus—. Sin eso habría estado tratando de atacar a Sirius del mismo modo.
—Si no puedes oler a ningún ser humano, entonces no pudiste olerme —contrarrestó Charlene—. A mi modo de ver, el primer instinto del hombre lobo es atacar a los humanos, pero cuando no puede olerlos, se limita a canalizar los sentimientos de la parte humana. El lobo estaba en calma cuando sólo estaba Sirius allí, pero aparecí yo y me atacó.
—No fue así —interrumpió Remus—. El lobo es un monstruo, y hubiera tratado de atacar a cualquier extraño que no reconociera.
—Yo no soy una extraña.
—Lo eres para el lobo.
—Entonces, ¿por qué no dejas que el lobo me conozca, de la misma forma en la que dejas a Sirius?
—¿No tienes miedo de él? —preguntó Remus, ignorando su pregunta mientras sus pensamientos volvían a Sirius, sabiendo que él supondría lo que pasaba por su mente, trayendo otro sonrojo en su cara.
Charlene asintió.
—El lobo era más grande de lo que pensé que sería —admitió—. Y esos dientes se veían muy puntiagudos.
—Lo son —respondió Remus, tirando hacia atrás de la manga con el fin de darle una evidencia visual de cuán fuerte eran.
La herida estaba todavía fresca, e incluso a Remus no le gustaba verla muy cerca. No trató de culpar a Charlene por la forma en que se echó hacia atrás en su asiento ante la visión. También trató de no comparar su reacción con la de Sirius, quien había cerrado la herida abierta tan cuidadosamente por la mañana, y luego besó la fea cicatriz tan suavemente que Remus apenas lo había sentido.
—Esto es lo que soy —dijo Remus en voz baja—. Cada mes trae consigo nuevos dolores y nuevas cicatrices. En los meses más fáciles es sólo un par de rasguños, lo suficientemente débiles para que desaparezcan después de un tiempo. En los más difíciles recibo cicatrices que me van a quedar marca como esta. Es sólo una de tantas.
—¿Es eso por qué no quieres que vayamos hasta el final? —preguntó Charlene.
Remus asintió.
—En parte, sí. Tengo diecisiete años y mi cuerpo ya cuenta con más cicatrices que la mayoría de las personas reúnen en su vida.
—No he visto muchas.
—Por supuesto que no. La mayoría están en los brazos y las piernas. Esas son las partes del cuerpo que el lobo puede conseguir con sus dientes sin ninguna dificultad. Pero están allí, y sólo van a estar añadiéndose más a medida que envejezco. —Remus bajó la manga hacia abajo y cubrió la herida—. Ni siquiera puedes soportar mirarlo, y sin embargo, crees que puedes verlo de cerca al igual que el resto.
—¡Ni siquiera me estás dando una oportunidad!
—¡Muy bien! —Remus retiró la manga de nuevo y puso su brazo sobre la mesa—. Adelante, tócalo.
—¿No te hará daño si lo hago? —preguntó Charlene, sin hacer ningún movimiento para tocarlo.
—¿Crees que un poco de dolor de alguien tocándome se compara con lo que paso al principio y al final de cada luna llena? ¡No tienes idea!
—No quiero hacerte daño —insistió Charlene.
—¡Tócalo! —rompió Remus—. ¡Simplemente toca la maldita herida!
No le sorprendió que ella no llegara a hacerlo, ni que recogiera sus cosas y saliera corriendo de la sala. Sin embargo, se sorprendió de lo poco que le había herido dejarlo solo, al menos, en comparación a cuando Sirius le había dejado esa mañana.
Volvió a tirar de la manga hacia abajo y se dirigió arriba hacia el dormitorio. Tan pronto como entró en la habitación, se dio cuenta de que no era el único que estaba faltando a clases. Las cortinas de la cama de Sirius estaban fuertemente cerradas, y Remus podía escuchar lo que sonaba como sollozos ahogados venir desde dentro.
Se detuvo en el borde de la cama, sabiendo que el ocupante estaba demasiado angustiado para haberlo oído entrar en la habitación.
Sintió la tentación de dar un poco de privacidad a Sirius y salir de la habitación, pero su corazón le dolía por los sonidos que provenían del dosel, y con cautela se acercó a las cortinas.
—¿Sirius? —susurró.
Hubo un sonido de un sollozo ahogado antes de que Sirius respondiera.
—¡Vete a la mierda!
Remus retiró la cortina y se sentó en el borde de la cama.
—No —dijo, cambiando a una posición más cómoda.
Sirius observó el movimiento y frunció el ceño.
—¿Te duele mucho? —preguntó.
Remus agachó la cabeza y sintió su rostro enrojecía una vez más.
—Ahora no tanto —dijo tan honestamente como pudo.
—No deberíamos haberlo hecho —dijo Sirius para él mismo y mirando a Remus—. De ser así, entonces quizás no estarías tan asustado.
—No tengo miedo —sostuvo Remus defensivamente—. Simplemente no me gustas... de esa forma.
Sirius suspiró y una dura mirada apareció en su rostro; una mirada que Remus no recordaba haber visto nunca antes, al menos no en la cara de su mejor amigo.
—¿Qué? —preguntó con cautela.
—Vete a la mierda, Remus —respondió Sirius en voz baja—. Si todavía no estás dispuesto a admitir que te gusto, jódete en el infierno lejos de mi cama, y no te molestes en volver hasta que lo hagas.
—Sirius...
—¡No! —gritó Sirius—. No quiero oírlo. ¡No quiero escuchar la misma mierda de antes, así que hazme un favor, y vete a la mierda!
—¡Muy bien! —gruñó Remus mientras se bajaba de la cama, tratando de ocultar una mueca de dolor por el movimiento.
Trató de no sentirse herido de que Sirius simplemente cerrase las cortinas detrás de él. Sirius, quien siempre había mostrado nada más que la máxima preocupación por Remus, le había vuelto, por primera vez que pudiese recordar, la espalda cuando estaba herido.
—Por lo menos yo no soy el que parece una maldita chica, llorando todo el tiempo y actuando todo femenino —dijo hacia las cortinas cerradas.
Sirius apartó la cortina y lo miró.
—No va a ocurrir de nuevo —gruñó, sentándose en la cama y mirando hacía el dormitorio—. ¡No eres digno de ello!
Remus se volvió hacia su propia cama y tiró de las mantas. Las quitó lo más rápido que pudo, y se metió en la cama. No estaba cansado, pero sabía que era el único estudiante en la escuela que podía dormir esta tarde en particular lejos de ser reprendido por la profesora McGonagall. Cerró los ojos y trató de obligarse a dormir, esperando que cuando se despertara de nuevo las últimas veinticuatro horas no hubieran sucedido en absoluto.
Sirius se sentó en el borde de la base de madera en la orilla del lago. No era su lugar favorito para pasar el rato; los tablones eran viejos y húmedos, no importa qué época del año era. Pero estaba fuera de la vista de la torre de Gryffindor y la sala de profesores, en caso de que quisiera echar un rápido cigarrillo.
Metió la mano en el bolsillo de su túnica, sintiendo de paso el Mapa de Lunático, y sacó su varita. Señaló el agua, y lanzó un hechizo para hacer un pequeño remolino.
—Los tritones se enfadaran si te pillan —dijo James mientras caminaba hacia él y se sentaba.
—Tendrían que atraparme primero —respondió Sirius mientras lanzaba otro hechizo, para hacer el remolino aún más potente.
—¿Quieres hablar de ello? —preguntó James.
—¿Acerca de qué? —respondió Sirius con fingida indiferencia.
James, dándose cuenta de que tendría que explicarlo para Sirius, suspiró.
—¿Por qué tú y Remus no se hablan el uno al otro?
—No es asunto tuyo.
—Los dos estáis haciendo la atmósfera del dormitorio insoportable —señaló James—. Eso lo hace mi asunto.
—Entonces, ¿por qué me acosas al respecto? ¿Por qué no vas a hablar con Remus?
—Ya lo hice.
—¿Y?
—¿Y qué?
—¿Qué te dijo?
—Me dijo que me fuera a la mierda.
—Es lo más sensato que ha dicho en toda la semana —dijo Sirius mientras se levantaba.
—¿Sirius? —dijo James, impidiéndole regresar al castillo.
—¿Y ahora qué?
—Hay un fin de semana a Hogsmeade justo antes de la próxima luna llena, por lo que deberías invitar a una chica a ir contigo.
—¿Qué? —preguntó Sirius, con la boca abierta ante la sugerencia de James.
James suspiró.
—Algunos chicos están empezando a hablar —explicó—. Están empezando a sospechar que podrías no estar interesado en ninguna de las chicas. A menos que quieras que toda la escuela sepa de qué lado balanceas, deberías seguir mi consejo.
—¡Cuando quiera seguir tu consejo, te preguntaré! —rompió Sirius, y le dio la espalda a James, marchándose hacia el castillo.
El remolino que había conjurado todavía estaba moviendo las aguas del lago, y estaba a mitad de camino por el sendero cuando oyó el sonido de un tritón romper la superficie del agua y reprender a James por la perturbación. Tendría que haberse sentido culpable por meter a su amigo en problemas, pero no le sobraba tanta simpatía, ya que en ese momento estaba demasiado ocupado sintiendo lástima por sí mismo.
—Dame un maldito descanso —se quejó Remus. No se molestó en levantar la vista de su libro de texto con el fin de responder a su hermano.
—Te dije que arreglaras las cosas con ellos, no que dejases de hablarles y estuvieras enfurruñado durante una larga semana.
—No estoy enfurruñado.
—Bueno, estás dando una muy buena impresión de ello —murmuró Romulus—. ¿Dónde está Sirius?
—No lo sé, no soy su guardián.
—¿Y Charlie?
—Probablemente comprando toda la plata que pueda encontrar con el fin de mantenerme a raya.
Romulus rodó los ojos y murmuró algo sobre los hombres lobos enfurruñados que debían de empezar a actuar acorde a su edad.
—Dijo que iba a la biblioteca —respondió Remus finalmente.
—¿Y Sirius?
—No lo sé.
Romulus alzó una ceja interrogante.
—Realmente no lo sé —dijo Remus—. Tiene el mapa con él.
—Entonces, ¿has tratado de buscarle?
—No... Iba a utilizarlo para evitarlo.
—No puedes evitarlo por siempre.
—Obviamente —respondió Remus con sarcasmo—. Los dos tenemos Defensa esta tarde.
—Remus —dijo Romulus tranquilamente—, ¿no ves la magnitud del daño que está haciendo el negar tus sentimientos? Puedes perder a tu mejor amigo para siempre si no haces algo al respecto.
—Me parece que la única forma en la que puedo mantener a mi mejor amigo es tener relaciones sexuales con él.
—Sabes que Sirius nunca te obligaría a estar con él si no quieres estarlo.
—No quiero estar con él.
—Pero lo hiciste hace una semana.
—Ese fue Lunático.
Romulus lo miró tan frustrado como Remus nunca antes lo había visto, pero no tenía intención de dar marcha atrás. Cerró su libro de texto, y lo metió en su bolsa.
—Voy a estudiar en el patio —dijo.
—Parece que va a llover —señaló Romulus.
—Pero es un lugar bastante concurrido, lo que significa que allí no me puedes acosar.
—No te estoy acosando.
—Y ya no lo harás más —respondió Remus mientras salía del dormitorio, cerrando la puerta detrás de él.
—Juro que me están subiendo por las paredes —estaba susurrando James en la oscuridad del dormitorio, y haciendo que Sirius despertara en el proceso.
Sirius puso una almohada sobre su cabeza para tratar de ahogar las voces, pero no pudo hacerlo. Deseó poder alcanzar su varita para poder hacer un encantamiento silenciador, pero no podía hacerlo sin los otros chicos se dieran cuenta de que todavía estaba despierto.
—No entiendo lo que ha pasado —respondió Peter—. Estaban bien hace unas semanas.
—Creo que algo ha sucedido durante la última luna llena —dijo James—. Ellos estaban bien antes de esa fecha.
—He oído que Charlie huyó de Remus —susurró Peter confidencialmente.
—¿En serio? ¿Dónde lo has escuchado?
—Es de conocimiento común. Pensé que lo sabías.
—Debe ser por eso que Remus y Charlie no se hablan. Me preguntaba por qué habían roto.
—No hemos roto —gritó Remus de repente con impaciencia.
—Entonces, ¿por qué no hablas con ella? —preguntó James.
—Ella no me habla —argumentó Remus—. Hay una diferencia.
—¿Por qué no? —le preguntó Peter, y Sirius oyó que se movía de su cama a la James, con el fin de escuchar mejor a Remus.
Remus suspiró con fuerza, y un segundo juego de pies se fue junto a James.
—Vino a mi casa en luna llena —les dijo—. Lunático se enfadó y ella se asustó. No quiere salir con un feo hombre lobo con cicatrices, no ahora que sabe lo que realmente significa.
—Charlie realmente no parece del tipo que se asuste con facilidad —dijo James, y Peter expresó de inmediato estar de acuerdo.
—Fue al ver esto —dijo Remus.
Sirius se sentó y miró a través de las cortinas. Pudo ver que Remus estaba tirando hacia atrás la manga de su pijama, y James y Peter se inclinaban más cerca para ver la cicatriz que Sirius sabía estaba allí.
—¡Genial! —dijo James, inclinándose hacia adelante para verla.
Sirius pudo ver a Remus haciendo una mueca en su cama, y sofocó el impulso de ir y golpear a James por ser tan insensible.
—Parece bastante asqueroso —dijo Peter—. ¿Se supone que tiene que encontrarse de esa forma?
—No —respondió Remus—. Es el brazo en el que me apoyo cuando estoy escribiendo, lo sigo usando y no se cura correctamente. Necesita volver a sellarse. Sin embargo, soy una mierda en hechizos de sanación...
—¿Por qué no le preguntas a Sirius para que se solucione el problema? —sugirió James.
—Porque no estamos hablando exactamente en este momento —le recordó Remus—. Iré a ver a la señora Pomfrey cuando regrese de su conferencia en San Mungo.
—Siempre hay una sanadora junior hasta entonces —agregó Peter.
Remus negó con la cabeza; todos sabían que la sanadora junior era bastante inútil, y era una total pérdida de tiempo ir para nada. El rumor decía que ella realmente se había desmayado la semana anterior. Sirius frunció el ceño y salió de la cama. Podía sentir que los otros muchachos lo observaban mientras tomaba su varita de la mesita de noche y caminaba por la habitación.
—Trae aquí —ordenó, señalando el brazo de Remus.
—Está bien —murmuró Remus, poniendo la manga en su sitio.
—Pomfrey seguramente no va a volver hasta el día antes de la próxima luna llena —le recordó Sirius—. Podría infectarse si la dejas hasta entonces.
Remus pareció querer discutir, pero hizo retroceder la manga una vez más y le tendió su brazo obedientemente.
—Ya está infectado —dijo Sirius, tan pronto como lo vio—. Espera un minuto mientras consulto el libro que Pomfrey me dio.
Remus asintió mientras Sirius se fue a buscar el libro y hojeaba las páginas, buscando el hechizo para eliminar la infección.
—Eres un idiota, ¿lo sabes? —murmuró mientras buscaba el hechizo—. ¿Prefieres dejar que tu brazo se infecte que pedirme ayuda?
—No pensé que te gustaría —admitió Remus.
Sirius frunció el ceño.
—Realmente no me conoces en absoluto, ¿verdad? —dijo. Entonces, sin esperar a que Remus respondiera, señaló con su varita a la herida y la limpió a fondo.
Remus maldijo entre dientes y siseó de dolor.
—¿Duele? —preguntó James.
—Por supuesto que duele la maldita —respondió Remus, apretados sus dedos en un puño.
Sirius terminó de limpiar y sellar la herida y cerró el libro.
—Trata de dejarte esta vez la venda —aconsejó.
—No puedo mover correctamente mi varita con una venda —argumentó Remus.
—Bien, no tomes mi consejo —murmuró Sirius—. Pero por tu propio bien, ¿puedes por lo menos decirme si se infecta de nuevo? A menos que te guste la idea de perder el brazo, claro.
—No, por supuesto que no quiero perder mi brazo —rompió Remus.
—Entonces deja de ser un idiota —espetó Sirius.
—Así que, ¿por qué estáis peleados? —le preguntó Peter.
—No es asunto tuyo —respondieron los dos simultáneamente.
Sirius se dio la vuelta y regresó a su propia cama, lanzando su libro y la varita a la mesita de noche y subiendo de nuevo las sábanas.
Peter y Remus volvieron a sus propias camas, y pronto se escucharon dos pares ronquidos.
—¿Sirius? —lo llamó Remus por la silenciosa habitación.
Sirius sintió la tentación de ignorarlo, fingir que estaba dormido, también.
—¿Sirius? —llamó Remus de nuevo.
—¿Qué? —respondió Sirius con impaciencia.
—Gracias por curar mi brazo —susurró Remus.
—De nada —respondió Sirius.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
Remus se sentó frente a Charlene en la biblioteca tres días antes de la próxima luna llena.
—¿Significa esto que ya has dejado de evitarme? —preguntó Charlene.
Remus no se molestó en negar que eso era lo que había estado haciendo.
—Sí.
—¿Y ahora qué?
—Depende de ti —le dijo Remus.
—¿Cómo está tu brazo? —preguntó Charlene en su lugar.
—Dolorido —murmuró Remus—. Sirius tuvo que curarlo otra vez por mí.
—Sirius, ¿eh?
—Sí —confirmó Remus, algo irritado.
—¿Quieres ir a Hogsmeade con los demás? —preguntó Charlene, tratando claramente de desviar la conversación de nuevo a aguas más suaves.
—Claro —respondió Remus con una inclinación de cabeza—. Deberíamos irnos para llegar a tiempo para el almuerzo.
Charlene asintió aceptando de la sugerencia, y recogieron sus cosas juntos.
Remus sabía que todavía tenían mucho de qué hablar, pero al menos ahora solo iban a hablar en lugar de discutir.
Sirius salió de los vestuarios de Gladrags y se dirigió derecho hacia Katy Fenwick.
—Aquí estás —dijo con un suspiro de alivio—. Pensé que nunca ibas a llegar.
—Eso hace que estemos los dos (1) —respondió Sirius—. ¿Era ese el último cliente probándose un traje de la tienda?
—Más o menos —dijo Katy con una risa—. ¿Vamos al encuentro de Benjy, entonces? Probablemente está preguntándose dónde estamos.
Sirius asintió y salieron apresurados. Podía sentir los ojos de varios estudiantes sobre él, y sabía que se preguntaban quién era ella. No era una cita, o incluso una simulación, pero si los otros estudiantes pensaban que lo era, entonces no tenía ninguna intención de corregir su falsa suposición.
—¿Benjy te ha dicho que ha conseguido trabajo en el Ministerio? —preguntó Katy.
—Sí —confirmó Sirius—. En alguno de los departamentos de asuntos internacionales, ¿no?
—Así es. Está muy contento. Siempre ha querido viajar.
Charlaron mientras se abrían camino a Las Tres Escobas y ordenaban el almuerzo. Benjy llegó unos minutos después de que lo ordenaran, y se dirigió a la barra para pedir su propia comida.
Sirius y Katy continuaban charlando, y Benjy pronto se unieron a ellos.
—¿Por qué sigues mirando hacia la barra? —preguntó Katy a Benjy mientras que estaban comiendo.
—Tan sólo miraba a un montón de idiotas del final —respondió Benjy.
—¿Qué quieres decir?
—Estaban chismeando sobre ti y Sirius, y algunos pensaban que teníais una cita.
—Sabes que eso no es cierto —señaló Katy—. Fue tu idea que Sirius viniera primero a verme.
—Sí, lo sé. Los puse en su sitio.
—Pero, eso es bueno. ¿No es cierto?
—Pensaba que sí —dijo Benjy—. Hasta que uno de ellos llamó a Sirius asqueroso marica.
Sirius casi se atragantó con su boca llena de verduras.
—Bueno, eso es ridículo —dijo Katy mientras golpeaba a Sirius en su espalda.
—¿Lo es? —preguntó Benjy, y de repente Sirius fue el foco de su atención.
Sirius dejó el tenedor y tomó un trago de su cerveza de mantequilla.
—¿Lo es? —repitió.
Sirius no podía encontrarse con los ojos de su amigo, ya que se dio cuenta de que Benjy no iba a ser ni de lejos tan comprensivo como habían sido Remus o James.
—Lo eres, ¿verdad? —siseó Benjy—. ¡Eres un maldito maricón!
—Benjy… —susurró Sirius, pero su voz se apagó de inmediato, ya que no sabía qué decir.
—Vamos, Katy —dijo Benjy—. Vamos a salir de aquí.
Katy le dio a Sirius una mirada de disculpa, pero siguiendo todavía a su hermano fuera del pub.
El apetito de Sirius se fue, y cuando vio que muchos estudiantes estaban en el edificio, se preguntó cuántos había oído lo que Benjy había dicho, y si alguna vez podría volver. Se puso de pie y se puso su capa, apresurándose a salir lo más rápido posible.
No vio a Remus sentado al otro lado de la sala con Charlene.
—Tal vez deberías ir tras él —sugirió Charlene mientras Sirius corría hacia la puerta.
—Va a estar bien —dijo Remus—. Ha tenido a la escuela chismeando antes sobre él.
—Tu mejor amigo acaba de ser marginado; probablemente necesita a alguien que le muestre un poco de apoyo.
Remus sabía que tenía razón, y se levantó para seguir a Sirius. Charlene declaró su intención de hacer algunas compras antes de reunirse de nuevo en Hogwarts, y Remus se dispuso a ver si Sirius estaba bien.
Desafortunadamente, no estaba en ningún lugar a la vista. Un poco preocupado por su amigo, Remus se apresuró a regresar a Hogwarts, esperando encontrar a Sirius en la sala común de Gryffindor, o tal vez escondido en el dormitorio. Fue sólo después de comprobar el mapa cuando se dio cuenta de que Sirius no estaba en los terrenos de la escuela, o en cualquier lugar que viera.
Remus no tenía forma de saber que su amigo había sido asaltado en su camino de regreso a la escuela, y que, de hecho, había pasado casi tan pronto como hubo dejado Hogsmeade.
Sirius se apresuró por el camino de regreso a Hogwarts, con la cabeza hacia abajo para evitar mirar a nadie a los ojos. No vio a la media docena de estudiantes que de repente le bloquearon el paso hasta que estuvo sobre ellos.
—Black —lo saludó el más alto con una desagradable sonrisa. Sirius asintió saludándoles, y trató de dar un paso para rodearles.
De repente se sintió muy pequeño frente a los chicos más mayores.
—No aquí a simple vista —murmuró uno de los otros chicos.
—Tiene razón —estuvo de acuerdo un tercero—. Al otro lado de esos árboles.
Sirius miró el borde del Bosque Prohibido, donde el muchacho estaba señalando. De ninguna forma iba a ir allí con ellos.
Metió la mano en el bolsillo y agarró su varita. Un buen maleficio en su cabeza, y con un poco de suerte el resto lo dejaría en paz.
Sacó su varita, apuntó a su objetivo y gritó el primer maleficio que le vino a la mente. Desafortunadamente, tres de los otros chicos habían anticipado su movimiento y su varita voló de su mano y de su alcance antes de que el hechizo cortante incluso fuera completado.
—Al camino —ordenó el chico más alto, y Sirius se encontró siendo empujado más o menos hacia los árboles.
Empujó a la banda tan fuerte como pudo, tratando de alcanzar su varita, pero el chico que lo sostenía lo mantenía fuera de su camino.
Pronto estuvieron ocultos dentro de los árboles, y Sirius se encontró siendo empujado de nuevo hacia un gran roble, apuntándole una varita en la garganta.
—Está bien, te has divertido —dijo Sirius—. Ya tienes a un prefecto. Bien hecho. Ahora devuélveme mi varita y no diré nada al respecto.
—Esto no es porque eres un prefecto —dijo el cabecilla—. Esto es porque eres un maricón.
Sirius había tenido la sospecha de que eso podría ser el caso; reconociendo al menos a dos de los chicos del bar. Debieron de haber prácticamente volado para adelantarle en el camino.
—¿Vas a negarlo? —le preguntó uno de los otros chicos.
—No va a negar eso —dijo el cabecilla—. Él va a admitirlo para nosotros, ¿no es así, Black? Vas a admitir que no eres más que un pequeño asqueroso chupa pollas, para que todos nosotros podamos escucharlo.
—Vete al infierno —gruñó Sirius, empujando al chico tan fuerte como pudo. Fue un error, y de repente dos juegos de brazos lo empujaron contra el árbol, y el cabecilla puso su varita en su garganta una vez más.
—Admítelo —repitió—. Dilo, vamos. Di que te gusta chupar pollas, y luego te dejaremos ir.
Sirius no le creyó, pero no tenía mucha opción. El chico a su derecha le estaba torciendo el brazo con fuerza, y le dio toda la impresión de ser capaz de romperle los huesos del brazo incluso sin sudar.
—Me gustan otros tíos —susurró, y no se sorprendió cuando no fue puesto en libertad.
—Vamos, vamos —le reprendió el cabecilla—. Eso no fue lo que te dije que dijeras, ¿verdad? Quiero decir, me gustan los tíos, mis mejores amigos son tíos, pero no me gusta chuparles la polla, ¿verdad?
El resto de los chicos se rieron de sus comentarios y el cabecilla se volvió hacia Sirius una vez más.
—Dilo, correctamente esta vez... Dinos cuánto te gusta chupar pollas.
Sirius consideró brevemente escupir en el ojo del chico, pero tenía la boca muy seca, incluso para hacer eso. En su lugar, se obligó a decir las palabras en su boca.
—Me gusta chupar pollas —susurró.
—No creo que los muchachos de la parte de atrás te hayan oído —dijo el cabecilla—. Dilo otra vez, más fuerte.
—Me gusta chupar pollas —repitió Sirius en su voz normal, escupiendo las palabras con los dientes apretados.
—Todavía no lo coge —comentó el muchacho que sostenía la varita de Sirius—. Haz que lo grite.
El cabecilla se rio.
—Ya lo has oído —dijo a Sirius—. Grítalo, para que todos podamos escuchar que lo admites.
Sirius cerró los ojos, con la cara ardiendo de vergüenza.
—Me gusta chupar pollas —gritó.
—Eso está mejor —dijo el cabecilla.
—¡Ahora déjame ir! —dijo Sirius.
El cabecilla negó con la cabeza.
—Todavía no —respondió—. Queremos asegurarnos de que sepas que no aprobamos exactamente ese tipo de cosas pervertidas.
—Oh, ya recibí el mensaje —le dijo Sirius.
—No creo que lo hayas hecho —comentó el que está en su lado derecho, torciendo bastante el brazo de nuevo.
—Pero podría —dijo el cabecilla, guardando su varita y acercándose—. Lo harás.
Sirius no podía dar un hacia paso atrás por el árbol, ni caminar a la izquierda o a la derecha debido a los dos muchachos que le sostenían en su lugar. Lo único que podía hacer era permanecer allí mientras que el cabecilla ponía las manos sobre sus hombros y rápidamente subía la rodilla bruscamente, haciendo contacto con su ingle.
Sirius pensó que realmente podría enfermarse por el dolor, y dibujó profundas bocanadas de aire mientras sus ojos se humedecían.
Ni siquiera se había enderezado de nuevo cuando el primer puño le golpeó en el estómago. Si no fuera por los dos muchachos que lo sostenían, se habría doblado por el dolor. Entonces una mano tiró de su cabeza hacia atrás, tirándole por el pelo, por lo que estuvo mirando a la cara de su torturador principal.
—Eres un pequeño asqueroso chupa pollas —gruñó—. Dilo, Black... ¿qué eres?
—Un pequeño asqueroso chupa pollas —dijo Sirius con voz áspera entre jadeos.
—No tienes derecho de ser un mago como el resto de nosotros... ¡dilo!
—No tengo derecho de ser un mago —repitió Sirius, rezando para que terminara pronto su tortura.
—¿Quieres tu varita de vuelta? —preguntó el chico que la sostenía, girándola en la mano como un bastón. Claramente no tenía intención de entregarlo, pero estaba deseoso de tenerlo de vuelta tan fácilmente.
Sirius asintió con la cabeza todo lo que pudo, teniendo en cuenta que el cabecilla todavía lo sostenía por el pelo.
—Tal vez debería hechizarle con su propia varita... —sugirió el chico con una sonrisa—. ¿Qué crees que sería adecuado?
—Bueno, ya que es una chica, podrías tratar de darle un par de tetas y quitarle la polla ya que claramente no sabe cómo utilizarla correctamente —sugirió uno de los chicos que estaban cerca.
—Sabes que es una mierda con en ese tipo de hechizos —señaló el cabecilla—. Yo digo que tratemos con él de forma muggle, ya que no está en condiciones de ser un mago. Tal vez le enseñará una lección para el futuro.
Sus últimas palabras fueron puntuadas con un puño volador que envió a Sirius al suelo, junto con uno de sus dos captores. El segundo tenía el sentido de dejarle ir.
Sirius llevó una mano temblorosa hasta su cara con cautela, y sintió su nariz. Estaba bastante seguro de que estaba roto y había sangre corriendo por su rostro, goteando en el barro. Apenas se había registrado lo que había sucedido cuando sintió la primera de muchas patadas en el estómago, la ingle y la espalda.
Se esforzó por dar la vuelta sobre su estómago, tratando de proteger la ingle de los golpes más violentos.
Estaba tratando de ponerse en pie, cuando sintió el aplastante dolor de una bota en su mano.
—¿Es esta la mano con la que la chupas? —preguntó el propietario de la bota, presionando con el talón un poco más.
Sirius escuchó un repugnante crujido, y supo que al menos uno de sus dedos se había roto. La bota ni siquiera había salido de su mano izquierda, cuando sintió una segunda presión sobre la parte posterior de su cuello, estrechando la garganta, ahogándolo bajo la presión. Y lo que es peor, podía sentir una oleada de líquido caliente entre sus piernas, y sabía que su humillación estaba completa.
La bota desapareció de su garganta, y sintió una fuerte patada en un lado de la cabeza. Hubo unas pocas más de patadas de seguidas, pero la mano destrozada de Sirius dolía demasiado para notar realmente dónde estaban cayendo.
—Creo que captó el mensaje —dijo finalmente el cabecilla—. Sólo una cosa más. Quiero verle cuando lo haga, dándole la vuelta.
Sirius sintió manos girando sobre él, y sus oraciones para este fin fueron sustituidas rápidamente por unas para que no notaran la mancha húmeda en la parte delantera de sus pantalones. Pero sus oraciones fueron ignoradas, tal como hubiera esperado que fueran.
—¡Oh, genial! —cantó una voz riéndose—. El maricón se ha meado en sus pantalones.
El resto de los chicos aullaron también de risa, siendo el más ruidoso el cabecilla.
—¿Tienes mojadas tus bragas, maricón? —preguntó.
Sirius se sentía demasiado enfermo para tratar de responder; en su lugar, les dio la mejor mirada de desprecio que podía manejar.
—Tal vez deberíamos desaparecer sus pantalones y ver si el maricón usa también ropa interior de mujeres —sugirió uno de los chicos.
—Desaparécelo con su propia varita —sugirió el cabecilla—. Puede ser el último hechizo que realice.
—¿Qué? —susurró Sirius, y luego sintió la brisa fresca de la primavera contra sus piernas desnudas. Estaba agradecido de que sus bóxers se mantuvieran en su sitio, aunque fuera húmedo y manchado de orina.
Los chicos se rieron más fuerte que antes, y Sirius alcanzó a bajar su mano buena, tratando de cubrir su vergonzosa debilidad.
—Parece que quiere masturbarse para nosotros —dijo uno de los chicos, lo que provocó más risas de sus amigos.
Sirius luchó por incorporarse, gritando de dolor mientras lo hacía.
—¿Me devuelves mi varita? —preguntó, tratando de no pensar en ello como mendicidad.
—En un minuto —dijo el cabecilla, tomando la varita del chico en cuestión que le ofrecían.
—¡Devuélvemela! —repitió Sirius, más fuerte y más duro esta vez.
—El mundo mágico no necesita a alguien como tú —dijo el cabecilla mientras sostenía la varita frente a Sirius, pero bien fuera de su alcance.
—¡No! —gritó Sirius, pero ya era demasiado tarde; el cabecilla rompió su varita por la mitad, echando los trozos rotos sobre él.
Su varita, que realmente nunca le había dado mucho valor desde el día que lo había comprado, estaba rota para siempre.
No escuchó a los otros chicos cuando se fueron, ni tampoco cuando el puño del cabecilla salió volando a la cabeza por segunda vez, esta vez dejándolo inconsciente.
Cuando Sirius recobró el conocimiento no reconoció dónde estaba en absoluto. Desde luego, no estaba de vuelta en Hogwarts, a menos que lo hubieran dejado en los establos. Había un olor a caballo distinto en el aire.
Volvió la cabeza dolorida hacia un lado, y vio el rostro familiar de Firenze mirándolo.
—¿Dónde estoy? —susurró.
—Fuiste encontrado por una de las patrullas y traído de vuelta al campamento —le dijo Firenze—. ¿Que pasó?
—Fui atacado por un grupo de matones —respondió Sirius—. No es nada.
—¿Nada? —repitió Firenze—. Tienes varias costillas rotas, dos dedos rotos y también la nariz rota. Yo no lo llamaría nada.
—Estaré bien. —Sirius trató de incorporarse, pero su cabeza le dio demasiadas vueltas para hacerlo—. Tengo que volver antes del toque de queda.
—El toque de queda ha sido y se ha ido —le dijo Firenze—. Has estado fuera de él, ya que fuiste encontrado ayer.
—¿Ayer? —preguntó Sirius—. Seguro que voy a ser expulsado.
—Estoy seguro de que no lo estarás —prometió Firenze—. Dumbledore estará mucho más preocupado por lo qué te pasó.
—Tengo que volver a la escuela —repitió Sirius—. Sólo dame unos minutos y estaré listo para irme.
—No vas a ninguna parte —declaró Firenze con firmeza.
—¿Puedo al menos enviar una lechuza a la escuela, para que sepan dónde estoy? —preguntó Sirius.
—No utilizamos lechuzas para comunicarnos —explicó Firenze—. Esa es la forma de los magos.
—Pero debe de haber alguna forma de hablar con ellos.
Firenze asintió y miró al otro lado de la habitación a un centauro que Sirius no había notado antes.
—Sabes cuál es el precio —dijo el centauro a Firenze.
—Lo sé —respondió Firenze con frialdad.
—¿Qué pasa? —preguntó Sirius con su curiosidad despertada por la evidente tensión en la sala.
Firenze se volvió hacia él.
—Por usar un término que entiendas, me han dado un jaque mate.
—La ceremonia se llevará a cabo dentro de una hora —anunció el centauro más viejo—. Las plumas que necesitas serán el regalo para el patrocinador de mi hijo.
Firenze asintió y Magorian salió de la habitación.
—No lo entiendo —dijo Sirius.
—Usamos flechas para enviar mensajes —explicó Firenze—. Utilizamos nuestra propia magia para asegurarnos de que lleguen a su destino. Parte de la magia consiste en el uso de algo estrechamente ligado al destinatario, ya sea como parte de la flecha o el pergamino que está escrito. Mi padre se correspondió con Dumbledore durante muchos años, y el director le proporcionó un suministro de plumas de fénix que se utilizó para hacer flechas para enviarle mensajes. Magorian los tiene ahora, y sólo me dejará tener lo necesario si estoy de acuerdo en patrocinar a su hijo.
Sirius recordó a Remus diciéndole acerca de esto, y realmente no necesitaba escuchar la respuesta a la siguiente pregunta.
—¿Y renunciar a tu derecho de nacimiento? —preguntó.
Firenze asintió.
—¿Por qué no puede alguien ir a la escuela y decirles que estoy aquí?
—Magorian ha cerrado las puertas y ha negado todas las peticiones de salida.
—Por lo tanto, ¿soy un prisionero? —preguntó Sirius—. Pero, ¿no estarán los profesores buscándome?
—Y tus amigos —añadió Firenze—. Desafortunadamente, a Magorian no le importan esas cosas, sólo conseguir lo que quiere.
—Lo siento.
—No es tu culpa —le aseguró Firenze—. Si no hubiera sido esto, habría sido otra cosa. Te prometo que voy a enviar una carta por flecha a Dumbledore, tan pronto como la ceremonia se lleve a cabo. Entonces sólo será cuestión de esperar a que él y la señora Pomfrey vengan y te curen.
—Por el momento quiero estar lejos de la señora Pomfrey —le dijo Sirius—. Ahora que pienso en ello, preferiría quedarme aquí hasta la luna llena.
—No creo que tus profesores permitan eso.
—Sin embargo, no quiero volver allí —susurró Sirius—. Es sólo un par de días. ¿Puedes al menos preguntarlo? Soy mayor de edad, pueden dejarme aquí, lo sé.
Firenze pareció dudoso, pero prometió que añadiría la petición de Sirius a la carta.
La ceremonia se llevó a cabo casi una hora más tarde. Una hora después de que finalizara, Firenze envió un mensaje a Dumbledore, quien había llegado de inmediato al campamento y reparado varios huesos rotos de Sirius.
—Ahora, ¿qué es eso de no querer volver a Hogwarts? —preguntó Dumbledore mientras se sentaba enfrente de Sirius.
Sirius se encogió de hombros y lanzó una rápida mirada involuntaria a los trozos rotos de su varita. Había sido él quien los había encontrado, y los había dejado en su poder.
—¿Es la varita? —preguntó Dumbledore, sacando su propia varita y mirándolo pensativo. La apuntó y echó una rápido "reparo", reparando la varita en un instante—. Ahora no tienes excusa para no unirte a sus compañeros de clase en sus clases de mañana.
—Ellos no me quieren allí —murmuró Sirius.
—¿Quiénes?
—No importa —respondió Sirius, cogiendo su varita y comprobando si estaba dañada. Pero estaba perfectamente.
Dumbledore asintió lentamente.
—Ser diferente nunca es fácil, incluso en estos tiempos modernos. Incluso nosotros los Gryffindors luchamos en ocasiones por encontrar nuestro valor.
—¿Qué sabe usted de ser diferente? —preguntó Sirius—. Es el mago más grande de todos los tiempos.
—¿Lo soy, lo soy? —le respondió Dumbledore con una sonrisa—. ¿Te interesaría saber que soy tan diferente como tú?
Sirius miró al director con curiosidad.
—¿A qué se refiere? —preguntó.
Dumbledore sonrió.
—Cuando eres tan viejo como yo, comienzas a reconocer las señales.
—¿Las señales?
—Las señales de otros que son iguales que yo —le dijo Dumbledore con un guiño—. No pensaras que eres el primer mago gay en asistir a Hogwarts, ¿verdad?
Sirius negó con la cabeza.
—¿Quiere decir que usted es...?
—Oh, sí —respondió Dumbledore—. Mucho.
—¿Qué pasará ahora? —preguntó Sirius.
—Bueno, eso depende de ti —le dijo Dumbledore—. Eres mayor de edad, y si lo deseas, puedes dejar Hogwarts en cualquier momento.
—¿Puedo hacerlo?
Dumbledore asintió.
—Aunque espero que tengas más valor que eso.
—Tengo el valor —insistió Sirius—. ¡Lo tengo!
—Entonces te sugiero que te armes de él dentro de poco —le dijo Dumbledore con severidad—. Remus te necesitará durante la luna llena. Si quieres quedarte aquí con los centauros por unos días para pensar las cosas y recuperarte, me han dicho que Magorian lo permitirá, pero no lo dejes por mucho más tiempo, ya que la luna llena está a la vuelta de la esquina.
Sirius asintió.
—¿Va a decirle a mis amigos dónde estoy? —preguntó.
—¿Y que vayan a verte a escondidas por el bosque? —preguntó Dumbledore, sacudiendo la cabeza—. Les diré que estás a salvo, y a Remus que te espere de regreso en luna llena.
Sirius prometió que regresaría para la luna llena, y Dumbledore se levantó para irse. Se puso de pie, para caminar con el director, pero todavía le dolía los golpes, y sus movimientos eran lentos. Los huesos rotos eran fáciles de reparar, pero los moretones todavía persistían. No era del todo una mentira que necesitaba un poco más de tiempo para recuperarse.
—Me iré de aquí con Remus en la noche de luna llena —prometió una vez más, aunque no tenía ni idea de si en realidad Remus lo querría allí.
Dumbledore asintió una última vez y se fue. Fue sólo después de que se hubiera ido que Sirius se dio cuenta de que había dejado un pequeño paquete de objetos en el extremo de su cama. Sirius miró lo que le había traído y vio que había ropa de repuesto, los libros escolares de las asignaturas a las que faltaría, y notas de sus profesores diciéndole que estaban cubiertas las clases y que hiciera los deberes.
Sirius sonrió cuando se dio cuenta de que Dumbledore siempre había tenido la intención de dejar que se quedara en el campamento durante un par de días, pero no de descuidar los estudios durante su ausencia.
(1) Expresión inglesa. No sé traducirlo de otra forma.
Respuestas a comentarios anónimos:
-LittleLulaby: ¡Hola! Sí, es normal que te cueste ponerte en la situación de los personajes pudiendo entender perfectamente la situación de los dos. Y sí, tiene que doler mucho. :/ Tienes razón de que a Remus todavía le falta un pequeño empujón para que abra los ojos y acepte de una vez las cosas. Y bueno, ya he acabado los exámenes, por fin. A ver si tardo poco en subir el siguiente capítulo. Un saludo y gracias por tu comentario. :)
-Fujoshi-sempai: ¡Hola! Contigo ya son dos personas las que queréis una historia de Sirius y Rom,y como ya he dicho, podéis comentárselo a la autora. xDDDD Tendría que pasar algo de eso solo para fastidiar un poco a Remus, la verdad. Y yo creo que nos moriremos antes de que Remus admita sus sentimientos. xDDD Bueno, tranquila, ya no queda demasiado (?). Charlie puede parecer buena algunas veces, pero otra es muy tonta, sí. u.u Y me parece bien que te quedes tú con Sirius. Así Remus sabe lo que se ha perdido. Un saludo y gracias por el comentario. :)
