La música en el alma
Capítulo 53: Ejecución
Continuación,
Miércoles, 24 de mayo de 1871
Estaba temblando. ¿Cómo no hacerlo?
Las respiraciones del Fantasma lo agitaban todo; eran como corrientes de agua arrastrando la tierra a su paso, sin cuidado y con violencia. Sentía con impotencia que me llevaba a un océano de temor y pánico.
Aquel grito me había desconcertado, al igual que la caída. La cabeza me daba vueltas y no tenía fuerzas suficientes para levantarme. Era como si todo el peso del mundo hubiese sido colocado en mis hombros, hundiéndome.
¿Qué estaba pasando?
Un silencio insoportable nos abrazaba, pero temía el momento en el cual explotase y consiguiese que me sangrasen los oídos. Creí escuchar el murmullo del lago al otro lado de aquella pared donde se encontraba la puerta ahora invisible a cualquier ojo; incluso pensé que escuchaba los pasos de los trabajadores en la ópera….
Era increíble como hacía unos instantes disfrutaba de la melodía que me ofrecía el órgano, deleitándome en los acordes mezclados y suspiros profundos del instrumento, para haber llegado a esto.
¿Qué estaba ocurriendo?
Desgraciadamente, ese instante de calma pasó mucho más rápido de lo que deseé, iniciándose con los movimientos de Erik quien, sin apenas apartar la vista del frente, se acercó donde dejé resbalar la máscara blanca. Ese objeto ahora se reía de mí, de la misma forma que hicieron una vez las cartas de ese hombre.
La acarició con dedos cuidadosos al tomarla del suelo, con una reverencia sorprendente que me dejó pasmada. No obstante, pronto ese cariño se tornó odio, crispándose cada uno de sus dígitos contra el material; y lo que fue un rugido salió de su dueño.
En aquel preciso instante, su cuerpo me recordó al de un hombre de un relato corto que leí años atrás. Largo y estirado, con una ligereza indescriptible, pero a la vez con los pies en el suelo, viéndose pesado. Era siniestro y espeluznante, y me creaba puro terror; un terror que se agitaba en mis venas sin darme cavidad al descanso.
Me había hecho caer al suelo, y lo último que esperaba de él era su arrepentimiento. No después de lo que había hecho, ¿verdad?
Pero, ¿por qué ocultarse y llevar una vida de secretismos? No podía ser tan horrible; y no sería por mi parte despreciado tampoco.
No alcancé a ver más allá de una mejilla pálida. Y de todas formas, ¿cómo podía suponer así de mí? Confiaba en él. Él confiaba en mí. Siempre fue así.
Intenté prever sus intenciones, lo que haría a continuación de su repentino cambio de ánimo. Si sus estados me resultaban sobrecogedores cuando no podía verle, ahora no sabía qué sentir. Ya no tenía la oportunidad de hacer aparecer humo, cambiar las voces, o rugir como león. Las paredes que nos separaban habían sido cedidas; no tenía nada con lo que defenderme. Incluso si quisiese correr no sabría cómo salir del agujero donde me encontraba.
Lo que para Erik era su hogar, para mí era una prisión; una de la cual no saber salir sin su ayuda.
Pero él me ayudaría. Todo iba a pasarse.
Había vuelto a una aparente calma tras atarse de nuevo la máscara, con las manos en la cara, los dedos largos rozando desde la frente hasta el cuello. Mas, aún seguía dándome la espalda. Y eso no me gustaba; aunque en verdad nada de lo que estaba ocurriendo lo hacía.
Miré mis piernas, las telas que las cubrían, hecho todo un lío terrible. A pesar de haber una alfombra donde me había arrojado, nada evitó el dolor que ahora sentía tras el golpe contra el suelo de piedra, creando un bucle por todo mi cuerpo, como si estuviese tiritando.
Y es que tampoco cesaba de temblar.
Me decidí a ser la primera en llamar a la calma, teniendo que encontrar la voz y obligándome a mover la lengua y los labios, gesticulando su nombre, carraspeando de forma patética:
—Erik.
Levantó el rostro por encima del hombro, y sus ojos amarillos ardían. En aquel instante creí las palabras que una vez escuché: su mirada brilla con las llamas del infierno. Cerró las manos en puños, volviéndose sus nudillos al igual que el mármol.
Sentí miedo. No aquel tipo de pavor que me rodeaba cuando su humor se tornaba extraño, sino, como si mi vida peligrase.
Muchos meses atrás había comparada nuestra relación con una caminata sobre una cuerda, empujándonos para ver quién caía primero. Ahora había sido yo la que lanzó al hombre contra el vació, matándolo.
Lentamente el Fantasmas se dio la vuelta, con los hombros rectos y el pelo alborotado. Algo había cambiado: en su postura, en su manera de respirar, en sus ojos. Todo era diferente. Algo se movía y nos movía sin que pudiésemos verlo, solo sentirlo, como un rayo que iba de su carne a la mía, dejándonos entumecidos.
Los estremecimientos de mi cuerpo se acentuaron, y por varios momentos deseé no haberlo llamado, no haber venido a su casa, no haber bajado…
—¿Satisfecha? —habló de repente, haciendo que en mi cara se formase una expresión de confusión. ¿Satisfecha con qué? Pero no me atreví a cuestionarle y aquello hizo que en su boca se colocase una mueca terrorífica.
Dio un paso hacia donde me encontraba y, por simple acto reflejo, me aparté. Esa ingenua reacción creó otra marea de ira y confusión en el Fantasma, y la máscara se tornó mucho más lúgubre y monstruosa.
¿Cómo algo tan simple despertaba en todos un efecto tan extraño?
Sus ojos iban de una dirección a otra, al igual que haría un animal enjaulado desesperado por salir. Su cuerpo me daba claras indicaciones de querer correr, moverse, agitarse; convirtiéndose al final en convulsiones que le hicieron saltar a mi lado, inclinándose donde había caído el banco.
No esperé aquello, y de mi garganta no salió ningún sonido. Estaba pegado a mí, quedando estirado en el suelo, con las piernas arrodilladas y el torso inclinado; siendo todavía más alto que yo, tapándome con su sombra la luz que ofrecían las velas alrededor del gran instrumento a sus espaldas. Sus respiraciones me golpeaban el rostro, y lo único que deseaba era correr de allí, de su presencia frenética.
—Contesta —escupió con perversión, mostrándome los dientes.
Pestañeé varias veces para aclararme, meneando enseguida la cabeza a modo de negación, a pesar de no saber a lo que se refería.
El Fantasma sonrió con crueldad.
—¿Qué esperabas de Erik, Christine? —Estaba atónita—. ¿Era esto lo que querías? ¿Descubrirme así? ¿De ahí nacían tus ansias de conocerme? —Parecía casi divertido, pero con una ferocidad palpable.
—No sé a lo que te refieres —jadeé espantada—. ¿Qué estás diciendo?
Intenté apartarme de él, no importaba si se enervaba más. Su presencia era demoledora contra la mía; yo no era nada a su lado.
—¿Qué hay en esa cabeza tuya, muchacha? —Agarró el banco, lo único que le mantenía a una cierta distancia de mi cuerpo. Lo sujetó con fuerza, arrastrándolo contra él—. ¿Alguien más sabe que estás aquí?
—¿Eso es lo que te preocupa? —No sabía qué contestarle, qué sería lo sensato a decirle. No obstante, prevaleció el acuerdo que mantuvimos una vez, y esperaba que él recordase su parte—. No le he dicho nada a nadie. Nunca. —Tragué con pesadez—. Y tú no deberías asustarme.
De su pecho surgió una carcajada seca, arañando como la lija mis oídos.
Sin preverlo, tomó el mueble que sujetaba y, alzándose en todo su esplendor, lo lanzó contra la mesa donde había colocados cientos de papeles, plumas y tinteros, alborotándolos para que cayesen también al suelo, quedando desparramados.
En esta ocasión sí grite, y me llevé un brazo al rostro por temor a que me sacudiese.
"Esto no puede estar pasando" lloró mi subconsciente.
En mi pecho se agitaban las mismas terribles emociones que conocí cuando bajé a los pasadizos la primera vez, cuando me hizo huir de él.
—Erik cree que las promesas son para los débiles —tronó. No era capaz de mirarlo, mantenía los ojos contra el suelo—. Debemos vivir por actos y consecuencias, no por ruegos de nadie. —Observé de reojo sus pies volar hasta aquella mesa, y cuando mi atención regresó a él en su totalidad, la agarró por los bordes para levantarla enseguida y abalanzarla hasta la mitad de la sala con una brutalidad que me dejó pasmada.
Me llevé una mano a la boca para ocultar lo que eran mis sollozos. Quería levantarme, pero mis piernas se negaban; deseaba gritar, pero de mi garganta no saldría nada. Estaba paralizada.
Todo a mi alrededor se volvió borroso.
—Siempre lo pensó; pensó que sería un engaño. ¿Cómo tal cosa maravillosa podría soportar estar con algo atroz? Ahh, mas ese algo ansía hermosura, pero si se la arrebatan…
Corrió hasta donde estaban las estanterías al lado del órgano, consiguiendo que cediesen a la gravedad de un solo impacto, derramando todo lo que mantenían en ellas, quedando cerca de mi propio cuerpo.
Los pies de aquel demonio al que había considerado amigo se desplazaban veloces, de un lado a otro. Él hablaba, en diferentes idiomas, con diferentes acentos, con diferentes tonos.
Aquel hombre no era el que yo creía conocer.
En un acto de locura —sin pensarlo en realidad—, mientras lanzaba la librería paralela a la ya derrumbada, conseguí que el cuerpo me correspondiese dando un salto con las piernas temblorosas, tropezando con la falda y los artilugios rotos en el suelo.
Esta vez fui yo quien corrió; pero de allí no podía escapar. Esa era su casa.
El Fantasma a mis espaldas bramó al verme, y mientras intentaba poner un pie tras otro, con cuidado de no ceder por los temblores que me recorrían desde la nuca hasta los talones, sentí antes de lo que me esperaba, como me tomaba de las caderas, haciéndome girar en un terrible desplazamiento que me dejó —con mucho más cuidado del que esperaba— en el suelo, bajo su temible voluntad.
El aire se me escapaba de los pulmones, como si fuesen a ser las últimas respiraciones que diese. Grandes cascadas de lágrimas brotaban desde mis ojos, la cabeza me palpitaba al ritmo del corazón, dejándome cegada por varios segundos.
El hombre se extendió frente a mí, en paralelo. Todo en él estaba ahora hecho un lío; la camisa sobresalía de en algunas partes de debajo del pantalón, la chaqueta se encontraba torcida, y las hebras que componían su cabello se le colaban en la cara, sin llegar a esos orbes amarillos que todo lo juzgaban.
—¿Qué has hecho Christine? ¿Qué has hecho? —Me agarró de las manos, estrujándolas, obligándome a dar otro grito que lo asustó, pues fue como si le pinchasen con un alfiler en los lomos, cambiando su expresión. Tenía la piel fría, tan fría como el hielo; muy a diferencia de la mía que parecía arder.
—¡Nada, no hice nada! —sollocé.
—¿Nada? ¡Nada! —Mi forcejeo no sirvió. Su fuerza era descomunal y sus palmas daban cavidad perfectamente a la totalidad de mis extremidades—. Entonces, ¿por qué? ¿Por qué quitarle la máscara al pobre Erik? ¿Acaso no era suficiente? ¿No es suficiente todo lo que te ha dado?
—Por favor —rogué, deseando que todo esto acabase—. No pretendía… No quería dañarte…
Porque le había dañado, ¿verdad? Todo esto era por la terrible máscara que llevaba, la cual estaba tan cerca de mi cara que me hacía estremecer. Podía estudiar las curvas que tenía, el extraño material del que estaba hecha, las marcas donde habría sido golpeada.
Ninguna vez imaginé que tal acción podría llevarle a la cólera. Nunca le consideré feo o deforme, ¡por Dios! Nunca creí nada sobre lo que se decía en la ópera; había cosas que eran mejor ignorar. ¡Nunca creía en las habladurías!
El hombre había salido del trance casi en su totalidad, estudiándome ahora con ojos diferentes, con una fe inimaginable, con los labios entreabiertos y las respiraciones calmadas.
Pero enseguida cambió de nuevo al odio, volviendo a zarandearme.
—¡MIENTES! —habló con voz gutural, tornándose su mirada en una pétrea.
—Por favor… —Esta vez le empujé en el pecho, y como si fuese veneno evitó que lo hiciese de nuevo, dejando nuestros brazos en vilo.
—Sabía que no tendría que haberte dejado venir. ¿Cómo pudo ser tan idiota y confiado?
Sacudí la cabeza con fuerza.
—No lo eres. Por favor, maestro… —No me gustaba oírle hablar de esa forma—. No ha pasado nada.
—¡Claro que pasó! No intentes quitar ahora culpa.
—No sabía que…
—¿Qué lo que habló Buquet podría ser cierto? Ja. Ahora sabes por qué tu queridísimo maestro vive sin querer saber nada del resto de personas que ocupan París. Eso era lo que estabas buscando desde que le conociste. —Las palabras salían rápidas, y si no le prestaba la suficiente atención me quedaría fuera de toda comprensión—. Pero ha aprendido; todo sigue siendo lo mismo. Débil, ¡débil!
—No, no… Erik…
—Erik, ¡Erik! ¡ERIK! —volvió a vociferar. Dijo algo en un idioma que no comprendí, pero supe que no sería bueno. Nada de esto era bueno—. Todo para nada, Christine. ¿Qué ocurrirá ahora? ¿Erik tendrá que marcharse de lo que es su palacio?
—¡Por supuesto que n-no! —tartamudeé. Él podría quedarse donde quisiera. Si hiciese falta sería yo quien desaparecería.
—El muy terco no es capaz de vivir sin belleza. Y ahora que ha conocido la verdadera belleza… —masculló para él, aflojando el nudo que eran nuestros dedos. Al instante me tocaba con reverencia, con cuidado.
Yo ya no sabía qué pensar.
—Ángel… —Susurré con lástima. Sería jugar sucio, sobre todo por la melancolía que ahora reflejaban sus ojos a causa del nombre que le di, pero no tenía demasiadas oportunidades.
Entonces, soltó mis manos con violencia, y sentí en la piel un picor doloroso. Se las llevó a las orejas y lo único que escuché entonces fue el sonido de su hiperventilación. Yo intentaba guardarme cualquier tipo de ruido, como si pudiese hacerle creer que mi presencia no existía.
Observé con desdén el desorden donde nos hallábamos, lamentando que las cosas tan bonitas que tenía se encontrasen desparramadas sin cuidado, dañadas, rotas… Y todo era por mi culpa. Nunca creí terminar así. Ni las peores pesadillas me prepararon para aquello.
Los que una vez habían sido mis sollozos ahora eran los suyos, quedando en ahogados gemidos.
Con la misma presteza de siempre volvió a mirarme, encogiéndose mientras se arrastraba hacia mi cuerpo. Pero esta vez no me moví; no volvería a despertar su odio. No quería más por esta noche.
—Sólo quiero saber… —comenzó dubitativo— ¿ha sido siempre esto lo único que buscabas en mí? —En su mirada brillaban lágrimas, las cuales caían tras la máscara, encerradas en una prisión que él se permitía. Guio sus manos hasta esta, acariciándola con cuidado, cerciorándose de que todavía estuviese allí.
Y de repente, como si me hubiese caído un rayo, sabía que estaba hablando con el hombre racional; con Erik. Se trataba de una transición, desconfianza, miedo, aversión: aquello era el Fantasma. Erik era el hombre, el caballero, la transigencia; era mi amigo. Y no me permití vacilar; ahora no tendría miedo. Si quería regresar a casa debía mostrarme valiente, aunque no lo fuese.
—Te prometo… —Me retracte—. Te juro que no he visto nada, Ángel. —Levanté la mano contra el pecho, sintiendo los latidos de mi corazón. Esperaba que me creyese—. Las promesas y juramentos si son importantes para mí; nunca las rompo.
Sus ojos se abrieron más. Tenía un color de iris tan extraño; era precioso, cálido, y lo único que no estaba frío siempre en él, porque todo su cuerpo daba una sensación de frialdad agonizante.
"Los ojos son las puertas al alma" escuché hablar a mi padre en la distancia. Y decía toda la verdad.
~)}O{(~
Me llevó arrastras de nuevo a mi habitación. La bajada fue impresionante en comparación con la subida; donde en un principio sentí miedo por el abandono, se convirtió después en preocupación por no volver a verle. Además de temblar en el caso de que aquella bondad que había visto en su mirada se hubiese difuminado con cada paso.
Pero continuó, y creí vislumbrar desesperación cuando cerró el espejo de nuevo.
Me dejó sola, a oscuras. Y ni si quiera el gato estaba allí para hacerme compañía.
Había asumido bien lo que pasó. Apenas nos habíamos dicho palabra alguna mientras caminábamos por los interminables túneles y escaleras. Yo le prometía que olvidaríamos esto —por su propia comodidad—, y él solo callaba o emitía algún sonido profundo creado desde la garganta.
Me era extraño que una persona a la cual había adorado, hubiese hecho todo aquello; que me hubiese asustado y atemorizado; tratado como una marioneta sin cuidado.
Erik estaba loco; o al menos en un principio de locura.
¿Podría curarse?
Deseaba con todo mi corazón que sí.
Era un buen hombre, de eso estaba segura. Me lo decían susurros tras las orejas, me lo aseguraban las clases donde compartíamos charlas entretenidas, me lo prometían los regalos intercambiados en Navidad. Solo necesitaba ayuda. Y yo, valiente de mí presencia, acepté el nuevo reto. Era como si aquel que decía ser un espectro llamase a mi cuerpo de manera sobrenatural, como si nada en el mundo fuese más importante, como si todo girase en torno a él.
Al tener estos pensamientos paré de lavarme la cara para mirarme al espejo. ¿Por qué Erik me importaba tanto? Podría tratarse de piedad; de una inocencia que me partía el corazón. Pues, cuando me mostró su hogar, había una excitación en todo su cuerpo que me hechizó.
No obstante, solo el tiempo sabía cuándo volvería a reunirme con él. Aunque, si me era totalmente sincera, esperaba que no demasiado, pero tampoco quería que apareciese de aquí a unas horas. Tenía cosas importantes que pensar, situaciones que meditar, acciones que juzgar.
En una ocasión, mientras me bajaba de la barca, dije algo sobre el resto de personas que habitaban el país, pero su respuesta me había dejado clavada en el suelo.
—¿Cómo no voy a estar enojado con ellos si me usurparon incluso la dignidad; cosa lo cual tú has vuelto a hacer.
Me llevé una mano al pecho, lanzándome bajo las sábanas de la cama ya en camisón.
¿Quién era el cruel: él o yo?
Me hundí más contra el colchón, arrugando las mantas con fuerza. Lágrimas me corrían por el rostro y lo detestaba. No podía parar de llorar y una frustración me apretaba con violencia. Ahora montaba y desmontaba para mí toda la situación vivida, las palabras dichas… Y cada vez que lo repasaba era más y más confuso, como si se tratase de un torbellino que nunca para.
Me di la vuelta y estudié el siniestro cristal que me mostraba reflejada. Hacía mucho tiempo pensé que —como madame Valerius me dijo— los fantasmas aparecían en los espejos. Nunca creí que algo tan literal pudiese ocurrirme, y de vez en cuando dudaba si mi cordura no estaba dañada.
Al menos los cardenales en las piernas por la primera caída lo negaban…
Con un sentimiento turbado y resentido, me levanté despacio del camastro, arrastrando los pies hasta llegar a la zona frente al espejo, donde el suelo no estaba cubierto por la cálida alfombra. Respirando con dificultad, agarré el manto negro, estudiando por última vez las rosas que decoraban el marco, sintiendo como si algo me estrangulara por la espalda.
Pero no le di importancia. Necesitaba tiempo, y eso era lo que tendría.
Levantándome sobre las puntas de los pies, coloqué la tela encima del objeto, ocultando de nuevo su esplendor; y con ello todo lo sucedido.
Lo único que necesitaba era tiempo.
~~~OOO~~~
(Se escucha un órgano siniestro de fondo)
¡Un besazo y hasta el próximo capítulo!
