Buenas noches, días, tardes, madrugadas :D

Antes que nada, una mega disculpa por tardar tanto en actualizar. Sé que no hay excusa que valga, pero en realidad, este fin de año que pasó se me complicó bastante por unos asuntos de mi abuelo y mi propia familia. Resulta que recibimos una ingente cantidad de tíos en la casa, y un montón de primos que hacía mucho que no veía. Me parecía una grosería encerrarme a escribir mañana, tarde y noche, cuando son parientes que veo, con suerte, una vez cada tres o cuatro años. Apenas pude avanzar a la historia hasta comienzos de enero, cuando mi cuatrimestre empezó. Las tareas me lo han complicado un poco (de hecho, ahorita tengo que finalizar dos proyectos, así que ando con prisas y haré una intro rápida) pero finalmente, luego de una larga espera, aquí esta :3

Agradezco a todos los que han esperado con paciencia este capítulo *llora*, una disculpa por tardar demasiado. Tambien me disculpo por no entrar mucho a Facebook, aunque tengo que admitir que no soy mucho de estar en las redes sociales.

Tambien gracias por sus reviews :3 es una especie de presión psicológica XD porque cada vez que llegaba uno era así como que: "¡Maldita sea, tengo que escribir! X.x" y se agradece porque soy bastante perezosa xD

Gracias a todo los que han cooperado con su granito de arena de rewies para presionar a la autora XD jajajajaja y de paso, animarme los días :3 es hermoso para todos los autores recibir comentarios y saber lo que los demás opinan de su obra.

Sin más que decir, los dejo con el capítulo, espero que lo disfruten :)

O.O.O

Meses antes

(Capitulo XXX: Ese mayordomo, agravios)

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¿Qué estás haciendo en Londres? –preguntó Sebastian, con una afilada voz, discreta como un cuchillo bajo la ropa.

Aquella noche, Undertaker había irrumpido en la mansión, de forma súbita. Todos dormían, y los sirvientes apenas notaron la casi imperceptible presencia del Shinigami legendario. Sin embargo, el demonio reparó en ello rápidamente. Conocía bien esa presencia, y también…

Creí que estabas demasiado ocupado, tratando negocios en Manchester.

Ahh, ¿así es como le llaman ahora a lo que hacemos? –preguntó, Undertaker ante la insistencia, mientras se miraba las manos. El arma homicida–. No he venido a causarte molestias, si es lo que temes, mayordomo… ¿puedo llamarte mayordomo aun, verdad?

Me temo que ya no soy exactamente un mayordomo –respondió el demonio, estoico.

Es una lástima… pero, en fin. Si he venido aquí, es solo porque… sé que las cosas están marchando como lo previsto… –confió, James, sin perder ese aire de resignación–. Y eso, no significa que están yendo del todo bien.

Dijiste que no venías a causar molestias… –espetó el demonio, comenzando a sentir la furia fluyendo por su cuerpo, avanzando por la habitación.

Y he dicho que no las causaré. En efecto… me estoy encargando de mis propios asuntos… –concluyó el otro, liberando también su presión, poniéndole un frío alto al reto que le imponía Sebastian–. Te preguntarás, seguramente: "entonces, ¿a qué ha venido? Si no viene para causar problemas, ¿Cuál es su propósito?" y, la verdad, es que estoy aquí, por la misma razón por la que tu estas aquí… Porque de tanto en tanto… olvido lo que soy…

Suena tan estúpido solo con pensarlo… Pero así es; estoy aquí, en un inútil intento de mantener quietas las manecillas de un reloj que es, simplemente, imperdonable… –suspiró, muy hondo. Pareció tomar todo el aire de la habitación y envejecer mil años más. Entonces, continuó con voz infinita y profunda–. Llegará un momento, mayordomo, en que tendrás que dejar de fingir que el mundo no ha cambiado en los últimos cien años. Tendrás que aceptar que, no solo cambió lo que nos rodeaba, sino la gente y con esto incluyo a tu señorita… Es imposible mantenerlos vivos, cuando caminan por la cuerda floja, sin poder ver, guiados únicamente por la bestia que acabara poniéndole punto final a su existencia en este mundo…

No solo hablaba de Sebastian; hablaba de él mismo. Se estaba refiriendo a si mismo también. Él sabía lo que estaba haciendo, y también que, en gran parte, era su culpa.

Hablas con mucha seriedad para ser alguien que tampoco ha podido afrontar lo que dice –repuso, retador.

Si… también lo digo para mí… –musitó, y su voz se transformó en un murmullo nocturno. Se volvió profunda como una tumba y oscura como el infierno–. Sebastian, cuando llegue el momento de tomar la decisión, cuando se acabe el tiempo, ¿podrás tomar su corazón y empujarlo al límite? ¿Podrás realmente… con tus propias manos…? ¿Podrás reventar su corazón y su vida… y acabar con ella?

Sebastian se volvió hacia Undertaker, aun apretando el pomo de la puerta entre su mano. Pese a que aquellas palabras le hicieron temblar en lo profundo de su alma, también despertaron una furia roja dentro de él.

Se irguió, dándose la media vuelta, y al dejarlo ir, el pomo de la puerta estaba comprimido, con la forma de unos dedos de hierro que lo había apretado hasta deformarlo como un pedazo de arcilla fresca.

-¿A qué has venido realmente, James? –preguntó Sebastian, y su pregunta sonó a una profunda amenaza- ¿Has venido a escupir esas palabras en forma de venganza, por aquello que dije una vez?

-Ya te lo he dicho; solo vengo por negocios –Undertaker ladeó la cabeza, severo-. Tú ya lo sabes; conoces perfectamente porque estoy aquí. Deja de engañarte. Y más importante: deja de amenazarme con tu ridícula presión. Es… molesto.

-Entonces deja de hablar en código –gruñó el demonio, sin levantar la voz, pero con suma firmeza-. Dime, ¿se trata esto…. Del Alma Mater?

Undertaker se volvió completamente de espaldas a la ventana, con la luz blanca y pálida del exterior, iluminando por pequeñísimo momento, el perfil del Shinigami, y cuando sus ojos quedaron bajos las sombras, estos parecieron relucir como si un fuego verde viviese virulento en ellos.

-Siempre se ha tratado del Alma Mater, Sebastian –respondió. Sebastian dio un respingo al escuchar su nombre, pronunciado como un siseo venenoso-. Así fue. Así será. Aquella joya tan valiosa trae consigo la destrucción como una maldición silenciosa y legendaria… ¿Por qué me miras de ese modo, como si yo tuviese la culpa de tu tragedia? ¿No fuiste a quien advertí de esto, de lo que acarrearía consigo? ¿Te importó acaso mientras robabas lo que es mío? Lo sabes muy bien, desde hace casi veinte años; no piense que puedes hacerme sentir culpable.

El demonio gruñó con furia, apretando todos los dientes, y sus rojos ojos relampaguearon como los rayos en el cielo tormentoso.

-Si estás aquí para llevártelo…

-No –dijo rápidamente James, con su voz callada y ácida, mientras Sebastian relajaba ligeramente la presión en su mandíbula-. No he venido a llevarme la mitad que tienes. Más bien, he venido a cuidar de ella.

Sebastian frunció el ceño, observando el semblante severo del Shinigami. No parecía estar jugando con él, ni estar bromeando. Sin embargo, le costaba creer en sus palabras. Undertaker no era ese tipo de persona; no hacía nada que no conllevase a su propio beneficio, y eso incluía a Elisse, incluso, al mismo Sebastian.

Entonces, comprendió algo. No lo había notado debido a la presencia de Elisse, debido a que la presión del Shinigami, por muy ligera que fuese, era densa y pesada, opacando cualquier otra. Pero lo notó en el instante en que llegó a él un efluvio lejano, parecido al de Elisse, aunque ligeramente distinto. Un olor dulzón, tibio, un aroma que tensó la garganta del demonio, encogiendo su estómago con la punzada dolorosa de un hambre voraz y repentina.

Fue un cambio apenas perceptible en el ambiente, pero Undertaker comprendió que Sebastian estaba consciente de lo que pasaba. Y en los labios del demonio, se dibujó una violenta mueca de horror.

-¿Qué has hecho? –murmuró, sin atisbo de duda en su voz, con el pánico bailoteando ridículamente en su voz-. Patético, estúpido Shinigami, ¿Qué has hecho?

-Nada distinto a lo que tu hiciste –musitó el otro, en respuesta, sin siquiera titubear, llevándose las manos al pecho, como si quisiera tocar el vacío que tenía allí, donde debería estar su corazón-. No me importa, ¿sabes? No puedes comprenderlo; en muchos sentidos, en tantos, aun eres muy joven. Has vivido al lado de los humanos todo este tiempo, te acostumbras a su estilo de vida… Pero llegará un momento, Sebastian, en el que lo único que quieras, sea morir. Las eras te parecerán lejanas, verás el mundo marchitarse, morir y renacer, a la gente nacer, crecer, y envejecer sin poder evitarlo. No tendrás ningún sitio al cual llamar hogar, ningún lugar que mantenga tu mente y tu cuerpo unido a un mundo que gira sin parar, que es efímero y finito. Al comienzo será hermoso, sublime y bello, cuando contemples reinos alzarse, reyes coronados, el triunfo de la civilización, de la tecnología… y después, las ciudades arder, los reyes enloquecer con el poder o morir por un ideal que jamás será cumplido, y esa tecnología tan valiosa será usada solamente para hacer de este mundo un infierno. Entonces, un día, después de tanto miles de años, comprenderás que te has acostumbrado a la pérdida, a vivir sin esperanza, sin añorar, sin poder desear ni esperar más. Comprenderás que tu existencia es un bucle infinito, en el que los ciclos de la vida se repiten sin parar, y te sentirás prisionero de ello. La gente deja de ser hermosa, porque morirá. ¿Qué caso tiene vivir cada día al máximo, cuando sabes que jamás llegará tu fin? Ya no tiene sentido ver un reino en su esplendor, porque tarde o temprano va a caer, y te darás cuenta de que lo único que es realmente eterno, es la antigua promesa que es la muerte. Comprenderás que estas roto sin remedio, viviendo una vida sin valor, sin esperanza, sin fe… y que jamás llegará a su fin. Justo en ese momento, aprenderás porque nos llaman seres malditos: porque estamos condenados a existir sin ningún tipo de meta más que ser simples espectadores.

-¿Qué sentido tiene entonces, James, entregarle esa vida a una simple humana, que el día de mañana podría morir incluso de algo tan perfectamente ridículo como un resfriado? –espetó el demonio- ¿Qué diferencia hay entre ella y el resto del mundo?

Undertaker le sonrió, con una valentía que desbordaba coraje de sus ojos.

-Pienso que sabes perfectamente la respuesta a esa pregunta… -Sebastian entornó los ojos, sin querer demostrar que, aunque aquellas palabras del antiguo Shinigami no le importaban, sabia los motivos que lo habían llevado a cometer la misma locura-. Desgraciadamente, morir, sobre todo morir para alguien como yo, con tantos asuntos pendientes, es una verdadera lacra. Especialmente con tantos idiotas sueltos hoy en día –levantó ferozmente los ojos del piso, hundiéndolos en el demonio-. No habrás estado robando unos valiosos documentos míos, ¿verdad, querido?

Sebastian se llevó una mano al rostro, gruñendo furioso.

-Por todos los Infiernos, James –siseo entre dientes, hastiado, comprendiendo de pronto las intenciones del Shinigami-. Las Muñecas Bizarras, esas abominaciones…

-Alguien ha robado la formula, mayordomo –respondió Undertaker, con la voz oscura por la rabia-. Ha robado esa fórmula… y también, algo más… No tengo la menor idea de cómo localizaron su ubicación. Era un endemoniado laberinto.

-Y el hecho de que estés aquí es la explicación más obvia que puedo tener–replicó Sebastian-. Mi ama y esa mocosa que has traído contigo, son el blanco, ¿o me equivoco? No has venido a proteger el Alma Mater en sí, sino más bien, tu parte del Alma Mater…

Undertaker asintió silenciosamente.

-Tan perceptivo como siempre-admitió-. Aunque, en este tipo de casos, proteger una parte, significa proteger ambas partes. Si proteger una, deberás cuidar de la otra… ¿Qué mejor que dos seres sobrenaturales cuidando un arma tan valiosa?

-¿Qué te hace pensar que cuidaré de tu mascota? –refutó Sebastian, soltando una ligera carcajada de burla-. En lo que a mí respecta, nada me gustaría más que arrancarle el corazón y los ojos con mis propias manos. Si no puedes cuidar de ella porque decidiste darle lo único que te mantenía con vida, es tu problema; debiste pensarlo mejor, Shinigami. Puedo cuidar perfectamente de mi ama, por mi cuenta. Lo menos que necesito, son un par de señuelos atrayendo el peligro a este sitio.

James entornó los ojos, y la habitación pareció temblar. Pero Sebastian no parecía tener suficiente; su demoniaco ego, siempre el ego.

-¿Piensas que no me daría cuenta? Has viajado desde lejos, falsificando invitaciones para poder traer engañada a esa neófita. La única razón que te traería es que buscas algo aquí, o que comprendes que no puedes con el enemigo en tu condición.

-¿Ah, es eso? –dijo Undertaker con suavidad, sonriendo lenta y ampliamente, enseñando todos sus blancos dientes bajo los labios-. Pensé que yo mismo habría venido hasta aquí para luchar al lado de un demonio cínico e inmaduro que no tiene ni idea de que poco a poco ha sido rodeado por un enemigo contra el que simplemente no tendrá ni una oportunidad de salir victorioso…

-¿De qué demonios estás hablando, Shinigami?

-No seas ridículo, mayordomo –continuó, sonriendo-. Sabes a lo que me refiero. Te conozco, y no eres estúpido. Estoy consciente de que no eres tan estúpido como para pensar que las Muñecas Bizarras pueden causar tal caos, y que sabes que le temo a algo peor. Sabes que no es lo único que escondo entre esos documentos. Sé que entiendes que todos los enemigos, todo el caos que rodea a Elisse Phantomhive no se debe simplemente al Alma Mater; se debe, en parte, a eso, y al apellido maldito que carga sobre sí. Sabes mucho, pero no puedes decirle sin resultar herido con el fuego de tus propias palabras. Tendrías que decirle lo que has hecho, todas las atrocidades que has causado… Puedes quedarte callado, si gustas, pero sé que has hecho tu tarea, y comprendes a que se debe la súbita selección de Londres como sede para esos ridículos juegos adolescentes. Sabes quienes son esos Titanes, sabes que es lo que quieren, tanto ellos, como Claude, como Marius, incluso Rachel. No sabes exactamente cuál es su meta, quizás ni cómo se dieron las cosas, ni las relaciones entre ellos; eso ni yo lo sé. No sabemos muchas cosas, Sebastian, pero sabemos que han venido aquí, desde muy lejos, buscando el único trofeo que podría satisfacer sus inquietas almas; la cabeza de tu querida ama.

El demonio guardó silencio largo rato, mientras que un desfile de rayos y atronadores relámpagos salpicaban el cielo oscuro. La casa pareció rugir bajo el silencio, rugir bajo los truenos, rugir bajo las poderosas presiones que buscaban matarse la una a la otra. James comprendió que Sebastian estaba indeciso. Quizás era su maldito ego lo que le evitaba aliarse con un enemigo acérrimo por naturaleza y la historia que compartían juntos.

Entonces, decidió presionar un poco más.

-Si hacemos todo bien, no perderás a tu señorita, y todos seguiremos con vida –confió el Shinigami, aunque su mirada delataba que no estaba del todo seguro de sus palabras-. Si no, bueno… pienso que será el fin del mundo como lo conocemos… Humanos, Shinigami, Demonios, Ángeles… incluso los entes menores; todos pagaremos caro, más de lo que podríamos imaginar.

Sebastian lo miró de reojo, examinando cada una de sus palabras.

-Básicamente, si no te ayudo, todo se irá al carajo.

-Básicamente –afirmó el Shinigami-. Si lo haces, no solo Elisse estará a salvo… también todos lo estarán. Sé que no te importa demasiado, pero un acto heroico para finalizar mi vida, no me molestaría. Y es lo correcto. Es lo que ella querría que hicieras, ¿no?

-No sé si mi señorita tenga pensamientos tan románticos…

James le sonrió con amabilidad, relajando sus duros ojos.

-Hablo de Devine…

Sebastian enfureció, volviéndose violentamente hacia el Shinigami, y como si la casa hubiese sido aplastada por el peso de aquella sorpresa, se escuchó un ruido atronador. Un rayo cayó justo sobre la mansión, y las luces parpadearon violentamente por largo rato. Undertaker parecía blanco como el hueso, bajo la luz incandescente y penetrante. Blanco como la muerte…

Odiaba escuchar ese nombre. Odiaba que los demás lo conocieran, y que lo utilizaran, o lo pronunciasen como una condena. Odiaba que siguiese haciendo eco en su cabeza, aun después de tanto…

-Tendrás que hacer algo por mí, primero –espetó Sebastian, volviéndose hacia el pomo de la puerta, sin querer mirar al Shinigami, quien ladeó la cabeza con curiosidad.

-¿De qué se trata? –preguntó.

-Elisse ha obtenido unos diarios que cuentan gran parte de lo sucedido en la mansión Bell–comenzó a decir el demonio-. Muy probablemente, la señorita quiera investigar más a fondo sobre la familia Bell.

-Y las tumbas están justo en uno de los cementerios antiguos, en los que solía trabajar… -completó James, comprendiendo. Se encogió de hombros, ante la simpleza de la petición-. Justamente hoy revisaba los documentos. Tengo toda la información en orden, los árboles genealógicos. Incluso las tumbas tienen los nombres intactos. Le daré toda la información que…

-No –sentenció Sebastian, volviendo sus virulentos ojos al sorprendido Shinigami-. Todos esos datos, documentos… deshazte de ellos. Destrúyelos. Quémalos. Alimenta con ello a las aves. Modifícalos, si piensas que es lo mejor. Haz lo que quieras.

James guardó silencio por un momento, sorprendido ante aquella petición; aquello significaría la pérdida no solo de importantes documentos, sino también de datos irrecuperables, y dañar los sitios donde reposaban aquellos a los que una vez quiso. Sin embargo, algo le dijo que era un tonto por esperar algo diferente de ese demonio.

-Quieres que mienta –dijo, sonriendo de pronto ante aquel egoísmo tan vívido.

-No debe saber nada que relacione a los Bell con los Phantomhive –continuó Sebastian, mirando el piso, el intrincado diseño de la alfombra holandesa, preguntándose, en el fondo, porque hacer aquello le hacía sentir apenas una presión en el pecho; la culpa humana-. Lo descubriría todo, no se le podrá ocultar por siempre. Ya llegará el momento para Elisse… de saber que allí se pudrió el cuerpo de Elizabeth Midford y todos los hijos de Ciel Phantomhive… Pero no ahora…

-Que adecuado para un demonio… -canturreó Undertaker, sin dejar de sonreír.

Sebastian levantó los ojos del suelo, con una furia roja cargada en ellos.

-Esa es mi parte. Ahora dime, ¿Qué es lo que quieres? –preguntó finalmente, claramente furioso.

James abrió los brazos, encogiéndose de hombros, como quien abraza su destino inevitable.

-Mi última voluntad –musitó, sin atisbo de preocupación-; destruir el Alma Mater.

o.o.o

Capitulo XLIX: Ese mayordomo, el Rey ha muerto.

o.o.o

Oscuridad…

Oscuridad y tinieblas…

Viejos recuerdos comenzaron a llegar, y con ellos, se abrió un pozo infinito de memorias que parecían ser de distintas épocas, un enorme océano de visiones extraordinarias, increíbles e impensables, que yo jamás habría imaginado que estaban guardadas en lo más profundo de mi mente. Pero estaban allí, y comenzaron a acercarse como árboles en el medio de una carretera; rápidos, raudos y casi borrosos; eran muy veloces, algunos eran meros destellos de imágenes superpuestas, pero lograba comprenderlos, porque ya los había visto antes…

Descubrí, entonces, entre esos vistazos, un momento, supuse que el instante de mi creación. Estaba en el medio de una habitación casi destruida, y el pesado techo caía en escombros. Undertaker estaba allí, al fondo de la sala, cubierto en polvo y hollín, y observaba en mi dirección con una expresión entre euforia, preocupación y sorpresa. Supuse que finalmente, obtuvo el resultado esperado, luego de tanto tiempo de investigación.

También encontré el instante en el cual me extrajeron de la Sociedad Shinigami. Y los muchos otros momentos en los que James me hablaba como si yo fuera una persona real, capaz de oír, opinar y sentir, aun sabiendo que no era más que un simple objeto. Comprendí mi función, mis habilidades como Alma Mater, y todo eso…

Comprendí que todos esos recuerdos que había visto, no eran más que simples memorias de personas que habían tenido contacto conmigo. El Alma Mater… Yo tenía memoria táctil; si alguien me tocaba, si alguien había entrado en contacto conmigo, eso abriría una brecha entre esa persona y yo. Yo vería cosas a través de sus ojos, podría comprender también sus sentimientos, sus emociones. Descubrí que, a veces, podría sentir su dolor.

Claudia, James, Lily… todos ellos habrían entrado en contacto conmigo. Todos ellos me habían sostenido en algún momento, y ahora, sus recuerdos eran ventanas para mí.

Me encontraba rota… Me encontraba profundamente rota, y sentía en el pecho una horrible presión, como si estuviese conteniendo un terrible grito, un alarido que mis capacidades anatómicas estaban lejos de poder reproducir. Yo no podía gritar, porque esa no era mi voz. No podía sentir, porque no era mi alma, y no podía opinar, porque no tenía personalidad. Yo no había nacido, no era nada… Yo era solamente una roca, un contenedor, y lo peor de todo aquello, era que ni siquiera los recuerdos que visualizaba eran míos.

¡Eran los recuerdos de alguien más! ¡Eran las memorias de Lily, de Ciel, de James…! ¡Eran los recuerdos de tantas personas… pero ninguno era mío! Yo solo había estado allí, observando como un silencioso testigo a través de momentos cruciales en la vida de otras personas… ¡pero no en la mía!

¡Yo no era nada…! ¡Yo no era absolutamente nada…! ¡Y nada me pertenecía! Para mí no habría salvación, ni perdición, ni nada… Mi destino era el mismo que todos esos Shinigami que murieron antes de mi creación; desaparecería, y mi alma jamás volvería a formar parte del ciclo del renacimiento, porque yo no pertenecía allí…

Yo sería destruida, y jamás volvería a vagar el mundo.

Y cuando comprendí que era un objeto, vinieron todas esas preguntas aterradoras y escalofriantes, que eran terribles siquiera de considerarlas…

¿Qué me pertenecía a mí? ¿Qué soy? ¿Quién he sido todo este tiempo…?

¿Soy real en realidad…? ¿Existo…?

Era una simple cosa…

Comprendí, entonces, lo horrible de mi situación…

Y hurgué, como quien retuerce el puñal en la herida, esos recuerdos del comienzo…

Yo fui entregada a ese pequeño niño por medio de Undertaker… Vincent le rogó que lo hiciera. Se lo pidió como amigo, como hombre, como un alma desesperada. Su hijo no viviría más de dos años; su cuerpo era débil, su espíritu no resistiría las enfermedades, la horrible enfermedad que lo asaltaba, y moriría. Sería el fin de ese niño, sería el final, y con esa muerte, probablemente vendría también la de Rachel Durless, cuya precaria salud apenas y mostraba mejoría.

Podía sentir la presión en el antiguo Shinigami. Comprender que, hacer eso, sería condenar a su amigo, atar su vida a una cuenta regresiva indefinida, y que los Inquisidores se enterarían de aquello tarde o temprano. Sentía la opresión, el dolor, la angustia al aceptar todo aquello, y resignarse a hacer algo que odiaba hacer.

Pude ver el instante en el cual, comencé a echar raíces dentro del pequeño Ciel. Algo del Alma Mater se aferró a esa alma, pequeña y constante, encontró un sitio donde anidar y permaneció allí. Aquella vida tan simple y monótona que llevaba el ser una piedra, se transformó en una tormenta de colores y fragancias, recuerdos y memorias, de tiempos felices y tragedias, y el mundo visto a través de los ojos de un niño jamás me pareció tan hermoso.

Ciel amaba el cielo, el aire libre, las flores, pese a que su asma, su frágil salud, aun con la protección del Alma Mater jamás se lo permitió disfrutarlo del todo. Pero adoraba lo animales, al enorme perro que, pronto descubrí, se llamaba Sebastian. Miraba las ardillas, encontraba encantador todo aquello que fuese pequeño y corriera cuando algo crujía a su alrededor, y disfrutaba con tal gusto los tés de la tarde, el pastel de chocolate que le servían de postre, la leche endulzada con miel con la que lo calmaba el abuelo, y los inventos que su madre solía hacer en la cocina, cuando la servidumbre estaba distraída, cuando nadie los miraba y nadie podía reprender a Rachel por andar cerca de la lumbre como una criada. Entonces ella derretía el chocolate en una taza, y bañaba con ella las galletas de avena, entregándole una su hijo, mientras le embarraba con chocolate la punta de la nariz. Y él saltaba, divertido, llenándole las mejillas de dulce, y ambos, sucios y manchados, daban vueltas por la cocina, girando sin parar, riendo como los ángeles en un alocado vals sin melodía, hasta que Vincent llegaba, atraído por los ruidos y las voces y las risas. Era cuando Ciel corría a su lado, y pese a la seria actitud de su padre, este no le negaba los abrazos, y le sonreía al niño con dulzura cuando frotase su nariz contra su mentón y el Perro Guardián de la Reina perdía toda la seriedad con su nueva barba de chocolate.

Eran escenas adorables, acogedoras. Eran el tipo de momentos felices, que llenaban de alegría y felicidad, y calidez.

Aun cuando yo sabía que todo aquello no tendría un final más feliz que toda tragedia…

Y sin que yo pudiese evitarlo, toda aquella luminosidad desapareció en un espiral de ardientes llamas virulentas, feroces y hambrientas de cualquier cosa que pudiese alimentarlas. La elegante mansión se transformó en un profundo infierno naranja, encendido con una furia entre dorada y roja que resplandecía, atacando las cortinas, el piso, los muebles importados, el precioso clavicordio junto a las enormes vidrieras, los techos…

Ese fuego arrebató la felicidad, y como un tornado, como un terrible cataclismo que ocurre sin que puedas hacer nada al respecto, me vi sumida en un profundo pozo de recuerdos, que girando a mi alrededor, me mostraban al mismo tiempo, todas esas horrendas memorias…

Aquel horrible dolor me atacó con saña, queriendo despedazarme lentamente, como si fuera una fuerza exterior a mí, una personalidad extra. Pensé que se trataría de aquel sujeto a quien pertenecía la voz, pero no era así. Aquel empuje, aquella crueldad al tratar de herirme… yo no la conocía…

La voz susurró mil cosas en mi cabeza que no era capaz de escuchar, mil cosas horrendas, terribles, repitiéndome una y otra vez que yo no valía nada, que yo era un objeto, que mi existencia era falsa y jamás debería haber existido… Esas palabras eran algo que yo no quería oír… pero no podía negarlas…

Todo lo que veía… era como si pudiese ver miles de monitores al mismo tiempo, cada uno con una película distinta y fuese capaz de observarlos todos a la vez…

Vi como la mansión acababa hecha pedazos por el fuego, como la sombra roja del asesinato llevándose en ese infierno a todas las almas que encontraba a su paso…

Vi como Ciel fue vendido como un animal para servir de sacrificio a un rito…

Presencié la muerte y destripamiento de los noventa y dos niños que aquella secta de los Inquisidores hizo pedazos tratando de invocar un demonio…

Todo ese odio, esa rabia, el horror que Ciel presenció… ¡Mi vida era una broma ridícula en comparación a la suya! Podía sentir su odio, lo sentía bajo la piel, bajo las venas, un odio ardiente, enfermizo, que quería quemarme, matar toda la paz, desear la muerte más horrenda, y ninguna palabras, ningún idioma, nada podría describir la rabia, la furia, aquella ira que amenazaba consumirme como un cáncer… ¡No encontraba una forma coherente de explicar mis motivos para ser tan estúpida! No entendía…

Y entonces vi la tragedia, la vida….

El demonio surgió de entre las tinieblas, y su ser era oscuro como la perdición, y tomó forma humana como el Diablo encarnado en la serpiente. Sebastian estaba allí, frente a Ciel, y Ciel lo miraba como un niño que observa a un insecto a punto de ser aplastado bajo un zapato. Le bastó una sola orden para que esa bestia destrozase todo a su paso, para que hiciera pedazos a todas esas personas, sin que le importase demasiado. Y tras la aparición de Sebastian, cada paso que daba Ciel, dejaba tras de él un rastro sanguinario, un mar de llanto y perdición.

Todos los enemigos que había hecho, la gente cuya vida había quedado arruinada sin remedio por su culpa o por su simple presencia, o las cosas que no pudo evitar…

Los Shinigami, los miembros del circo del Arca de Noah y los niños inocentes que eran sus prisioneros del barón Kelvin, los viajeros de Campania, los estudiantes, los P4, Alois Trancy, inclusive Claude Faustus…

Cuando vi todos los rostros de la tragedia, cuando vi el sendero de destrucción… pude entender, pude reconocer la pila de cadáveres sobre la que Ciel había construido su imperio, sobre la cual colocó su trono y se coronó rey, aun insatisfecho con toda esa matanza, hambriento de más sangre, de más dolor, furia y tragedia y destrucción…

Y sentí las manos manchadas de esa misma sangre, de esa misma culpa, creciendo como una laguna negra a mí alrededor, como un canto sonoro y horrible, que no conocía limites, ni nada en lo absoluto…

Me eché a gritar, a llorar desesperadamente, jadeando por ese horror indescriptible al comprender que era yo quien mantenía con vida a ese pequeño asesino con rostro de querubín. Era yo quien había permitido que ese demonio, ese destripador continuase vagando por el mundo, y que mis manos estaban hundidas en las turbias aguas sanguinolentas del río de lágrimas de todas sus víctimas.

La voz me pidió que parase, que cerrara la boca y escuchara lo que tenía que decirme, pero yo no era capaz de detenerme. Aquella conmoción me hacía sentir en una imparable espiral de perdición, el insoportable dolor me obligó a volver al mundo real, a salir de aquella ilusión tan terrible. Parecía haber durado una eternidad, pero no duró más de un par de segundos. Volver al mundo así, regresar a esa realidad brutal me provocó nauseas, y podría haber vomitado de tener algo en el estómago.

Sentía que esas emociones iban a matarme tan despiadadamente como un demonio, como un psicópata. Sin embargo, yo no podía escuchar mis gritos. No podía escuchar nada, salvo un intenso zumbido a mí alrededor, y eso me hacía gritar con más horror… Recuerdo que estaba llorando como jamás había llorado antes, con ese dolor abrumador que causa únicamente el sentirse completamente roto por dentro, totalmente destrozado, sin sentido, que no vales absolutamente nada…

Me sentía como la nada…

Recuerdo haber levantado el rostro, y encontrarme con que Sebastian había llegado, y estaba allí, tratando de hacerme reaccionar a gritos, sujetándome la cara, los hombros, pero yo… ¡yo no podía hacer nada! ¡No podía parar! ¡NO PODÍA! Me eché a gritar desesperadamente, sin poder articular palabras y explicar las cosas. Vi que estaba herido; tenía varios cortes en el pecho, en el rostro, pero…

Entonces él se volvió de pronto, dándome la espalda, mientras que yo lo jalaba del pantalón, tratando de que me mirase… ¡YO NO COMPRENDÍA! ¡No comprendía que sucedía en lo absoluto! No entendí, hasta que vi, frente a Sebastian, una enorme columna de fuego, roja y terrible, destruyéndolo todo, subiendo hasta el cielo. Creo que me arrastró de allí. No lo sé. Creo que trató de moverme. No sabría decirlo. Había demasiado movimiento a mí alrededor.

Yo seguía en trance, cuando apareció Claude frente a nosotros, con una furia atronadora despidiéndose de sus ojos, y junto a él, estaba Khimaira, Wynona, Sonje, Sarin y alguien más… alguien que… al comienzo… no pude distinguir…

Pasó todo, con la rapidez de la muerte…

Los cinco demonios se lanzaron sobre Sebastian, quien se volvió una fiera para evitar que me tocasen. Caí al suelo. Claude gritó algo, y la persona entre ellos, saltó a la luz de repente. Fue un abrir y cerrar de ojos, y cuando volví a mirar, Sebastian estaba inmóvil en el suelo, temblando como un insecto al que no han terminado de rematar, y aquella persona estaba de pie, sosteniendo algo rojo y sangrante en sus manos...

Aquella persona, miraba el corazón de Sebastian, como si fuese un manjar profundamente delicioso, y recuerdo haber berreado intensamente, como una loca, pero cuando sus ojos me miraron, cuando me encontró en el medio de la negrura…

Cuando esos ojos perfectamente azules, cubiertos por el cabello perfectamente negro, me atraparon, encontré una explicación en mis recuerdos...

Ese rostro tan parecido al mío, el rostro que yo conocía…

Hay un límite de terror y dolor que todo humano puede soportar…

Y yo lo superé, cuando dije, entre susurros, el nombre de la persona que estaba allí, que había mutilado brutalmente a Sebastian, y que yo me negaba a creer que fuera cierto…

El Fomoiré…

Antes de que todo se oscureciese, mi cerebro logró forzarse al máximo, articulando una única palabra. Su nombre, era el mismo que me perseguía en mis sueños y mis pesadillas, desde aquella terrible tarde del diez de octubre…

-Michelle…

o.o.o

El rayo de luz había ardido durante unos diez minutos, para luego apagarse por completo. Todo quedó en silencio, todo quedó callado.

Grim había abandonado la habitación en el mismo instante en el que se escuchó el crujido en el cielo, cuando ese faro infernal comenzó a brillar. Aquel sujeto, Trece, le había dicho varias cosas a Grim que, si soy honesta, no entendí. Sin embargo, algo que logré comprender, es que el Alma Mater, aquella arma potencial y peligrosa estaba involucrada en todo esto, y no podía dejar de pensar en la horrible teoría de que Elisse tuviese algo que ver con el Alma Mater. Era la única explicación coherente para todo el caos a su alrededor, para entender la charla entre James y Trece.

Hasta donde yo sabía, Ellie había hecho el contrato con Sebastian con el fin de poder cobrar venganza a quienes mataron a su mejor amiga, Michelle. En su camino, se encontró con el Poltergeist de Rachel Collins…

Rachel había dicho y jurado que Ellie la mató, lo cual no podía ser más errado, dado que… bueno, digamos que Elisse ni siquiera estuvo involucrada en el momento de su desaparición, y ahora con todo esto, estoy bastante segura de que los Titanes fueron los verdaderos asesinos. Necesitaban quitarla del camino, sobre todo ahora que sobresalían a consecuencia de trato de Mark Slender con Marius Gelan. Esto sumaba un enemigo más a los ya numerosos contrincantes de Elisse, entre ellos, Abigail Williams y su banda de retrasadas, quienes ya tenían a su vez un contrato con Claude.

El único que objetivo que les veía en común, era Elisse. Sin embargo, James dijo que los Titanes buscaban invocar algo. Y si a esto le sumamos el hecho de que los Inquisidores estaban aquí…

A los Inquisidores solo les importa la cacería, pero como dijo Charlotte, ella solo quería el Alma Mater.

¿Por qué los Titanes querrían invocar algo y a su vez, traerían un grupo de gente que podría arrebatarles un poder avasallador? No tenía sentido, en realidad. A menos que los Inquisidores hubiesen venido simplemente por el hecho de que pudieran obtener el Alma Mater. Aunque siendo honesta, Charlotte no parecía convencida por eso. No mencionó el objeto hasta que James insistió en hacer un trato, y fue cuando lo pidió. Esto me hace pensar que están buscando algo más, un objetivo en común.

Y aun así, me deja llena de dudas.

¿Por qué quieren matar a Elisse? No logró comprenderlo.

Pero quería ayudar. Quería hacer algo al respecto, y no solo quedarme sentada viendo como los demás se rompían la espalda.

Ya medio vestida, busqué mi blusa por los sillones de la salita, hasta que finalmente di con ella en el suelo. No recordaba donde la había dejado… o donde la habían dejado. O si seguía existiendo. Rápidamente, me la acomodé, cerrando los botones con la mayor velocidad posible, asegurándome que todo se viese en su lugar, pasando varias veces las manos sobre la tela para quitarle las pequeñas arrugas que ahora tenía. Por mi falda no había nada que pudiese hacer; estaba tan arrugada como un viejo mapa. Después de todo había estado en el campo de batalla –mas bien, bajo el campo de batalla-, por largo rato.

Estaba por atarme el cabello en una coleta, cuando al levantar los brazos, sentí una punzada, un dolor agudo cerca del vientre. Resbalé con cuidado la orilla de la falda y la ropa interior, buscando de que se trataba todo aquello, y al escudriñar a la luz escasa, descubrí, con claridad, varios hematomas alrededor de mis caderas que no estaban antes allí. Coloreaban, amoratados, con un contraste violento sobre mi piel blanca, y parecían rodearme toda la cadera, partes del vientre y la cintura.

No comprendí de qué se trataba –estúpidamente-, hasta que encontré formas apenas perceptibles en aquellas manchas alargadas. Apenas se distinguían algunas zonas donde se había apretado dedos, con suma fiereza contra mi piel, buscando un sitio de apoyo. Sitios donde unas manos se aferraron con desesperación. Las manos y los dedos de una persona de la cual no recordaba que me hubiese causado dolor, que me hubiese herido. Y si lo hizo, la verdad es que no lo noté.

Sentí el rostro enrojecido y caliente, mientras que también, algo dentro de mí se apagó de pronto. Por más que traté, por más que quería, sabiendo que la situación no era la mejor, que no estábamos a salvo del todo, y que no era el momento ni para sentirse así ni para pedir atención, ni siquiera pare recordar silenciosamente todo los sucedido y acurrucarse… me entristecía el hecho de que Grim se hubiese marchado justo después de lo ocurrido, que no hubiese habido tiempo para hablar de lo que pasó, ni siquiera para… bueno, para nada. Honestamente, no era la mejor forma de despertar luego de algo tan íntimo.

Sé que estaba mal, pero ese sentimiento de rechazo, esa sensación de haber sido usada, comenzó a regresar a mí, asentándose como una nube negra a mi alrededor. La congoja comenzó a acentuarse, y al deslizar de nuevo mis manos sobre la piel amoratada, sentí un nudo en la garganta, amargo como el café sin leche ni azúcar que lo endulce, ardiéndome en el cuello, en las mejillas.

Por más que quise, no podía controlarme. Pienso que luego de todo el estrés, el trauma, las heridas, estar con James, todo se había juntado, y ahora me encontraba demasiado vulnerable para luchar contra aquellas emociones. Quería algo que no podía exigir en esos momentos.

Estaba a punto de echarme a llorar, cuando un cálido aliento exhaló junto a mi cuello, y un par de manos pesadas se colocaron con suavidad allí donde los hematomas estaban, rozando la piel con suavidad, hundiéndose ligeramente bajo el elástico de la falda.

-Lamento si te causan dolor… -susurró con suavidad, con su usual voz, callada y rasposa, delineando las marcas amoratadas con las yemas de sus largos dedos, causándome cosquillas. Quizás una parte de mi cerebro se apagó cuando él hizo eso, porque, de verdad, no me lo esperaba-. No pude controlarme…

Tragué saliva, sintiendo como se aliviaba esa presión en mi pecho. Me sentía egoísta, pero no podía dejar de pensar en que también me hacía feliz.

-No pasa nada, de verdad –respondí, hablando con calma, sin siquiera querer moverme. Sujeté una de sus manos entre las mías, recorriendo con sus propios dedos el contorno de los hematomas, con la mayor lentitud posible-. Fueron tus manos… Pensaré en todo que me hiciste con ellas cada vez que los vea... Me… gusta...

Lo escuché suspirar profundamente, rodeándome fuertemente con ambos brazos, hundiendo su rostro entre mi hombro y mí cabello. Me apretaba, estrechándome con una necesidad lacerante, como si el mundo amenazase con absorberlo, y yo fuese lo único que lo mantuviese con los pies en la tierra. Había una ternura que vaciaba sobre mí en esos momentos como nunca antes lo había hecho, y cuando volvió a suspirar, sonó más a un sollozo que a un suspiro.

Algo estaba mal.

Me volví hacia él, soltándome de su agarre, mirándolo, buscando una explicación a su comportamiento. Sin embargo, antes de que pudiese darme la vuelta por completo, acercó su rostro al mío, acunándome contra su pecho, besándome sin tregua, sin pausa, sin clemencia, sujetándome posesivamente del cuello y la cintura.

Lento, apasionado, tan intenso que me olvidé por completo del mundo. No era un beso de lujuria, ni siquiera de pasión. Era de terrible necesidad, de pura y viva necesidad con la que trababa su boca contra la mía. Abrumadoramente cálido, dulcemente tierno…

Y aterradoramente triste.

Logré separarme de él, casi sin aliento, sin comprender porque hacia todo aquello. No era un beso usual de "post-sexo". Había algo más.

No se veía triste, de hecho, se veía como era usual, aparentemente. Sin embargo, me miraba con especial afecto, con una intensidad que, si sus ojos fueran cuchillas, habrían abierto un túnel de mí frente a la nuca.

-James, ¿Qué pasa? –pregunté, pasando una mano por su mejilla, recorriendo la dura línea de su pómulo y su mandíbula- ¿Qué sucede?

Él siguió callado, sujetando mi mano entre las suyas, justo como yo lo había hecho antes, y se la llevó a los labios, besando los nudillos, los puños, la palma. El tiempo transcurrió lento, sin que ningún ruido, ni el viento, ni nada, pudiese hacerle alguna amenaza al eterno silencio.

-Hay algo que necesito decirte –confesó, murmurando. Sentí que la blusa me apretaba el pecho, y los pies se helaron en mis zapatos. Pero mantuve la calma, tratando de que no me afectasen sus palabras. Quizás piensen que estaba exagerando, pero dadas las circunstancias, el Fomoiré y todo aquello…-. Debí habértelo dicho desde hace mucho. No me excusaré diciendo que no sabía cómo hacerlo o cuales eran las palabras adecuadas; el tiempo me ha brindado la capacidad de comprender y manejar este tipo de situaciones.

Guardó silencio un momento, y yo dejé caer las manos de entre las suyas, mirándolo sin comprender. Por un momento, dejé de preocuparme por mis asuntos egoístas sobre si estaba rechazándome luego de lo que habíamos tenido. Aquella seriedad en su voz no era algo a lo que yo estuviese acostumbrada, y muy pocas veces la había usado conmigo. Comencé a sospechar que se trataría de Elisse, de alguna nueva revelación que, anteriormente, yo no habría querido saber por mi temor a correr riesgos. Tal vez algún peligro se cernió sobre nosotros, y mi afán por alejarme habría terminado siendo la perdición.

-Puedes decirme –murmuré, fijando mis ojos en él, con igual insistencia-. Ya no voy a salir corriendo. Sea lo que sea, voy a escuchar, y pelearé, si es necesario. No tengo miedo, James; voy a ser valiente.

Sonrió ligeramente, y con aquel gesto que rompió la expresión exánime en su cara, surgió un asomo de angustia, observándome como quien tiene de frente a un niño prometiéndole a un adulto que todos sus problemas se resolverán, como si la esperanza que había en mis palabras fuese algo que él ya no pudiese permitirse, pero quisiera creer en ello con todas sus fuerzas, y mientras me rozaba el rostro, acomodando mi cabello tras mi oreja, dijo con una voz teñida en amargura:

-Me temo, Vetty… que ser valientes es la única opción que tenemos…

Sentí como todos mis nervios se volvían de hielo al escuchar sus palabras, su voz desesperanzada. No lograba comprender porque decía aquellas cosas, ni porque me miraba de ese modo, como si… como si jamás fuese a verme de nuevo. Apreté todos los dientes, y sujeté sus manos, que se paseaban incesantemente por mis mejillas, mientras un viento gélido entraba por la ventana.

-James... ¿Qué piensas hacer? –murmuré, apenas consciente de lo que decía, de mi propia entonación.

Afuera, se escuchó una especie de estallido, como cual una botella de vidrio revienta al contacto con el calor intenso. Miré a mi alrededor, desorientada, y el suelo tembló bajo mis pies. No pude evitar soltar un jadeo de temor, y el miedo galopando, ganando terreno con ferocidad en mis venas. Él apretó la mandíbula, y su rostro se tensó, feroz, como si de pronto hubiese recuperado el valor que había en su interior, como si aquel temblor lo hiciese enardecer, y asió su agarre en mis manos, llamando mi atención.

-No tengo mucho tiempo –admitió rápidamente, clavándome sus ojos de esmeraldas encendidas, cerrando sus puños sobre mis delgados dedos, dejándolos caer-, no puedo hacer esto como quisiera, pero… es mejor a que nunca lo sepas…

Antes de poder comprender sus palabras, antes de siquiera poder mirar la vieja libreta que había puesto entre mis manos junto con algo frío y metálico, me besó la frente, y el piso tembló de nuevo, ansioso y terrible, como si un maremoto estuviese brotando justo debajo de mis pies. Las vibraciones invadieron mis nervios, tensando mis músculos como cuerdas hasta el punto de que sentí que iban a reventarse. Fue cuando comprendí que no era un terremoto; era la presión de Grim, y la estaba liberando bajo de mí, a mí alrededor…

¡Él… él quería desmayarme…!

Lo miré por última vez, con los ojos desorbitados por la angustia, la duda y el pánico, justo antes de que las oleadas de poder nublasen mi vista, mi razón y mi voluntad. Antes de que siquiera pudiese decirle adiós…

Comprendí entonces que aquello no era más que una despedida… y aun a punto de rendirme a la inconsciencia, me invadió el terror.

o.o.o

La luz, hambrienta de destrucción, proveniente del enorme rayo que subía hacia el cielo, parecía un faro terrible en el medio de la negrura, manchando de rojo ese mar de tinieblas. Aquella luz, ambarina y roja, cual ardiente llamarada, parecía iluminar todos y cada uno de los rincones alrededor de los arboles cercanos, bajo cada hoja, cada piedra, cada sendero, opacando el brillo blanco de la luna.

No sabía cuánto tiempo llevaba allí esa luz, pero cuando el rubio muchacho despertó, el rayo ya se encontraba ardiendo allí fuera, a lo lejos de su posición.

Allí donde sabía que se encontraba la mansión Phantomhive, la mansión del antepasado de Elisse.

Brad revisó su reloj de mano, al tiempo que se palpaba el costado herido. Había dejado de sangrar, y alguien lo había vendado a la perfección, evitando que el corte se abriese de nuevo. Debería llevar más de un par de horas inconsciente. Un par de horas en los que no tenía ni la más remota idea de lo que habría sucedido con la mansión, con los estudiantes, con los Titanes que amenazaban con matarlos. Dos horas en los que Elisse podría haberse metido en problemas.

La conocía lo suficiente como para saber que era un imán del caos. O quizás era solamente el polo opuesto que se arrastraba hacia la destrucción, buscándola y quedando a merced del peligro cada vez que ocurría algo fuera de lo común. Era algo difícil de decir, pero ella así era.

Él no era un demonio como Sebastian, no podía sentir el llamado de la chica.

Pero lo presentía. Era una corazonada latente de que aquel rayo infernal señalaba la posición de la muchacha. Algo en el interior del corazón de Brad Anderson tembló cuando consideró la posibilidad de que, esta vez, realmente se hubiese desatado el caos alrededor de la chica Bennett.

Fue esa corazonada lo que le impulsó a tomar la ropa limpia que yacía junto a su cama, amarrar a su cintura la desgarrada camisa sucia, y salió corriendo de su habitación, con una sola meta en su mente.

Su destino: la mansión Phantomhive.

o.o.o

Undertaker entró al salón como un rey enfurecido que se adentra en su cámara. Su mirada no delataba la angustia, sino que algo terrible le esperaba a sus enemigos, y que no habría piedad para nadie. Miranda se volvió hacia él, sin atisbo de sorpresa; había sentido su presencia dirigirse desde hacia unos momentos. Alistair y Eleazar, reunidos en torno a una pesada y larga mesa de cerezo, no dirigieron sus miradas al Shinigami, estaban demasiado ocupados mirando algo extendido sobre la superficie de la mesa. Un aire sombrío rodeaba a todos los presentes, como una enorme serpiente cercándolos con su venenoso siseo, un grupo de demonios enfurecidos.

-¿Qué es lo que ha pasado? –preguntó James, colocándose al lado de Miranda. La pelirroja le dedicó una pétrea mirada.

-Elisse se fue y… me temo que ya sabe la verdad. La han capturado, y estoy segura de que el Fomoiré volvió a la vida…-admitió ella, entre asustada y apenada. Bajó la mirada, apretando los puños-; y yo la dejé irse.

Alejandro, poniéndose de pie, hizo tronar sus nudillos. Nadie más hizo ningún gesto; era como si todos esperasen la reacción del Shinigami. Demonios, al fin y al cabo, pensó James.

-Tenía que saberlo en algún momento –admitió Grim, haciéndose aceptar que era la verdad-. No podíamos seguir escondiéndola, no ahora.

-Y creo que fue lo mejor –completó Adelina, saliendo de entre las sombras, con el largo cabello atado en una coleta-; habrían venido a buscarla, si ella no iba. Habrían devastado la mansión, asesinado a todos. Al menos, sabemos que no le harán daño…

-Por ahora… -gimió Minnie, desde detrás de Alistair-. No sabemos hasta cuando les dejará de ser útil.

-Ni siquiera sabemos exactamente para que la quieren –refutó Alistair, apretando todos los dientes. Su semblante usualmente amable era ahora una mueca de rabia impenetrable-. No sabemos siquiera cual es el propósito de tener a Elisse.

-Y Lily… -musitó Eleazar-. No la he visto desde que llegamos al viejo teatro…

Grim se pasó una mano por el rostro, fastidiado; odiaba el egocentrismo de Sebastian y su costumbre de mantener un extremo secretismo. Eran momentos como esos en los que sus modales jodian las cosas. Estaba a punto de hacer un comentario ofensivo hacia ese molesto demonio cuando una voz lo interrumpió.

-Sebastian se fue hace rato… antes de la explosión… -susurró Miranda, entre asustada y rabiosa, mirando a todos con expresión sombría-. No ha vuelto… y no… no puedo sentir su presión…

La tensión se hizo casi palpable, como una tormenta de nieve, imparable, imponente. Un grupo de demonios sin líder, sin guía, sin ninguna idea de lo que realmente pasaba. Fue entonces cuando la enorme silueta de Alejandro se irguió del sofá más alejado, andando con pasos pesados, y miró desafiante al Shinigami.

-Yo te conozco, Catrín –dijo, hablando con una voz seca y áspera-. Viví mucho tiempo en una tierra donde se te veneraba como a un dios, donde los guerreros te ofrecían corazones sangrantes y hacían fiestas en tu honor. Aun lo hacen. Ah Puch, Mictlantecuhtli, Xólotl… Tienes muchos nombres en esa tierra, todos tan antiguos como sus ciudades, ahora en ruinas. Eres sabio, y astuto; a ellos los engañas, pero a mi no. Sebastian no confiaría en ti sin motivo alguno; así que te sugiero que empieces a hablar.

Undertaker le dedicó una enigmática sonrisa; sabía que conocía a aquel demonio de algún sitio. Lo había visto aterrorizar a los indígenas del Nuevo Mundo, vestirse con trajes coloridos y pieles de jaguares, y presentarse ante los hombres como una sombra espectral, capaz de acarrear la muerte a sus enemigos, y a quien debería venerarse. El señor de la guerra.

-Siempre me gustó la comida de muertos, si te sirve de algo –bromeó rápidamente, antes de tornarse severo. Todos los demonios lo miraron, expectantes, mientras que James tomó aire, justo antes de comenzar su explicación. Tardó unos segundos en prepararse; ¿Cómo podría explicar algo tan complejo…? Simples palabras le parecían una grosería…

-Para que puedan comprender, tendría que narrarles algo… una historia trágica que ocurrió antes de todos los tiempos, antes de que los hombres fuesen hombres y la tierra fuese algo más que una roca carbonizada. Tendría que retroceder eones atrás, y me temo que no hay tiempo, desafortunadamente, así que deberán conformarse con algo aún mucho menos complejo…

"Hace años, como muchos aquí sabrán, yo era un Shinigami venerado, líder de las Trece Muertes. Por azares del destino, conocí a una mujer llamada Claudia Phantomhive, quien acabó convenciéndome de que abandonase la Sociedad Shinigami para vivir como un humano. Algo estúpido, debo decir, porque fingir la mortalidad para los que nunca mueren es tan ridículo como para un humano pretender que la muerte jamás lo alcanzará. Pero me estoy desviando del punto; los otros doce y yo llegamos al mundo humano, dispuestos a crear aquí una nueva vida entre los mortales. Naturalmente, la Sociedad Shinigami no estaba de acuerdo, y quisieron decomisar nuestras guadañas y mis documentos.. y, por supuesto, el Alma Mater, la creación capaz de potenciar cualquier tipo de naturaleza. Afortunadamente, no lo lograron. Desafortunadamente, pienso ahora.

Lo que sucedió fue lo siguiente; ninguno de nosotros imaginó el peligro en el que estábamos; los Inquisidores, los asesinos de inmortales, comenzaron a darnos caza. No comprendimos que querían al comienzo, hasta que un día, atacaron la mansión de campo donde nos escondíamos…

No perdí el Alma Mater, pero sí a mis compañeros, a mis amigos… y a Claudia. Años mas tarde, comprendería que nunca debía haber creado aquella monstruosidad, pero era demasiado tarde; era imposible su destrucción. En aquellos días, conocí a Vincent Phantomhive, quien me pidió ayuda contra la lucha sobrenatural que surcaba Londres, luego de la muerte de gran parte de los Trece. A lo largo de aquellos años que pase a su lado, comprendí que si bien el Alma Mater no podría destruirse, podía dividirse en piezas, y así mismo, dividía su poder.

Aquel descubrimiento no duró lo suficiente como para hacerme feliz por poder deshacerme de ese objeto para siempre; días después, el hijo de Vincent nació. Fue un niño enfermizo y débil, y cuando se supo que pronto moriría, Vincent me pidió que le entregase la mitad para salvar a su hijo. Yo acepté, pensando que, si no lo hacía, yo sería el asesino de ese niño.

Debí haber sabido que, de cualquier manera, yo lo habría condenado a la desgracia…"

Miró a los demonios a su alrededor, inescrutable. Ellos parecían contener la respiración con el relato, esperando ansioso sus palabras.

-Ya saben lo que le sucedió a Ciel… -continuó-. Cuando los Inquisidores atacaron la mansión Phantomhive, fue vendido y utilizado por otro núcleo de los Inquisidores para invocar a un demonio, Sebastian. La pieza que contenía Ciel, la mitad del Alma Mater fue lo que atrajo tanto a Sebastian, y a muchos otros entes. Era cuestión de tiempo hasta que los mismos Inquisidores, los demonios y otras bestias pusieran sus ojos en él… Aun luego de que…

Undertaker se detuvo por un instante, con los ojos fijos en el mapa extendido sobre la mesa, señalando todas las posibles entradas a la mansión Phantomhive, al viejo teatro, a la mansión Bennett. Algo en el Shinigami se tensó, como si las palabras se atorasen como piedras en su garganta, haciéndolo incapaz de respirar.

-¿Aun luego de qué? –insistió Minnie, dudosa.

Fue cuando Miranda pareció surgir de un trance, cual estatua de piedra que cobra vida, y en sus azules ojos brilló algo muy extraño, y con voz de ultratumba, finalizó la oración del Shinigami:

-Aun luego de convertirse en demonio…

o.o.o

Desperté con un jadeó, con un respingo, con el corazón súbitamente apretado por el terror. A mi alrededor no había más que sombras, apenas difuminadas en contra de su voluntad por el aura dorada que despedía una antorcha cercana. Me quedé un momento quieta, sin siquiera moverme, solamente dejando que mis propios ojos rodasen, explorando lo poco que podían, tratando inútilmente de reconocer donde me encontraba, pero me era imposible. Tenía el rostro recostado contra la piedra del suelo; alguien me había lanzado dentro de una especie de celda, sin la mínima consideración de ponerme en una postura aceptable.

Me erguí lentamente, como esperando a que alguien brincase de entre las sombras para atacarme, aunque, en realidad, no era como si me importase demasiado que un nuevo monstruo apareciese y me matara. Me preocupaba más que… que no fuesen a matarme.

-¿Sabías que habían calabozos bajo la mansión Phantomhive? –preguntó alguien de pronto. Volví el rostro en dirección a la voz, rápidamente. Tardé un momento en enfocar la vista y comprender que, allí en el medio de la casi absoluta oscuridad, apenas iluminado por la luz de unas antorchas a ambos lados de la celda, estaba el rostro pálido y sonriente de Sarin Riccino.

Impresionada, me quedé observando su pose, cruzado de piernas, desparramado en la silla con brazales, mirándome con una extraña y profunda curiosidad. No supe que decir, no supe siquiera cómo reaccionar… así que me quedé callada, simplemente observándolo.

Él pareció comprender mi confusión, y continuó sin demasiada espera.

-Claro que no –se respondió a sí mismo-. Fueron usados como bunkers durante la Segunda Guerra Mundial, y más tarde, transformados en calabozos durante una pequeña invasión nazi en el territorio inglés. Se cuenta que allí, donde estás sentada, dieron muerte a un grupo de niñas judías cuyas madres trataban de huir.

Su voz se tornó oscura, y sus verdes ojos parecieron querer perturbarme aún más de lo que me encontraba. Sentí el estómago reducirse hasta quedar del tamaño de una pasa seca y arrugada, mientras imaginaba el charco de sangre que probablemente me habría manchado los pies cincuenta años atrás.

Él hizo una mueca ante mi expresión turbada y aterrada; como si yo no mostrase la reacción adecuada o no estuviera siguiendo a la perfección su guion de horror. Se levantó de la silla de forma súbita, irguiéndose, de modo que quedó plantado ante mí como una perfecta estatua de mármol pulido, con ese porte tan elegante y aterrador que tenía.

Sus ojos como ácido, queriendo deshacerme en un charco sanguinolento con solo verme.

-Estoy decepcionado –admitió, repentinamente, sacudiendo la cabeza de un lado a otro como un robot al que se le ha zafado una tuerca-. Pensé que, cuando despertases, te volverías rabiosa como una bestia y querrías respuestas a como diera lugar… ¿No tienes dudas de lo que pasó, acaso? ¿No quieres saber que es todo aquello que viste? ¿O es que ya te has resignado a morir dado que eres un simple objeto?

Aquellas palabras eran crueles, pero no menos ciertas. Algo en mí se había roto sin reparación, sin remedio, en cuanto supe la verdad… Esa furia imparable, esa rebeldía, la arrogancia agria que me envolvía… ese odio que me potenciaba hacia la verdad, se había apagado, deshecho como un caracol al que le rocían sal encima. No lograba entender todo lo que pasaba, pero comprendía lo suficiente como para saber que mi loco y desenfrenado camino de venganza había colapsado sin planes de renovación. Derrotada, es la palabra correcta. Ilusa, estúpida, ridícula.

Me sentía sin ningún valor…

Sarín ladeó la cabeza, entrecerrando sus penetrantes ojos, entre divertido y molesto, de una forma que no acababa de comprender.

-Tú no eres la chica de la que me hablaron –murmuró, y yo lo miré súbitamente sorprendida. Incluso mis enemigos esperaban algo más de mí-. Y si lo eres… creo que no valió la pena tanto esfuerzo por atraparte… -soltó una risa socarrona-. Sebastian ha perdido miserablemente su tiempo en ti, humana insulsa. Creo que todos lo hemos hecho.

-Sebastian… -dije por lo bajo, reaccionando súbitamente. Su nombre… aquello me hizo recordar lo que había sucedido antes, y sentí el cuerpo envuelto en una cortina de hielo.

Sus gritos…

Michelle delante de él, sonriendo cruelmente…

Su sangrante corazón sostenido entre sus manos…

-¿Dónde está…? –pregunté casi sin voz, con la garganta entrecerrada por el pánico y la agitación que provocó en mí el pensar que estaría muerto- ¿Dónde…?

Pero Sarin no me respondió. Se levantó de la silla, de un abrupto salto, ágil y veloz, de modo que cuando cayó al suelo de pie, lo hizo frente a los barrotes de la celda, inclinándose a la altura de mi rostro.

-Al menos, por dignidad, demuestra que tanta planeación no fue en vano…

Lo seguí con los ojos mientras se ponía de pie, rápido como una liebre. Entonces se volvió de espaldas a mí, inmóvil, mirándome por encima del hombro con obvia molestia.

-Después de que te capturaron, la Maestra se llevó su corazón –confesó, con voz liviana. Una canción cálida de verano. La burla no escrita estaba en sus gestos-. Sigue vivo, porque ella así lo quiere, pero no será por mucho.

-Déjenlo… en paz… -jadeé. Los efectos del cansancio, la depresión y el miedo comenzaban a hacer efecto en mi sistema. Pronto, no solo sentí mi voz quebrarse, sino que también las lágrimas mojándome el rostro-. Ya me tienen… Dejen a todos en paz… ¿no es lo que querían? ¿A mí?

Sarín se encogió de hombros, torciendo la boca, despreocupado.

-No es mi decisión –dijo sin más-. Los Inquisidores están del mismo lado que los Titanes. Y los Titanes siguen las órdenes de La Maestra, así que como verás, no hay mucho que pueda hacer. Por lo que he oído, quieren apoderarse de un par de personas más de tu bando.

Nuevamente, la oleada imparable de pánico, y el rostro burlón de Undertaker, y la sonrisa inofensiva de Sylvette llegaron a mi mente.

-¿Quieren a Undertaker…? –dije con debilidad. Un dolor agudo me invadió cuando pensé en el legendario Shinigami, y como quien mira a través de un caleidoscopio, un sinfín de escenas, recuerdos, fragmentos de memorias de Ciel llegaron a mi mente con evocar el nombre del legendario Segador de Almas. Eran tantas que no podía controlarlas.

Sarín se volvió sin siquiera prestarle la menos importancia a mi ataque, ladeando su exánime rostro.

-No sabes mucho sobre los Inquisidores, ¿cierto? –preguntó de pronto, con cierto cinismo manchando su voz-. Ellos son un grupo de ancestrales cazadores dedicados a destruir a todo tipo de seres sobrenaturales que pueblan este mundo; entre ellos, los demonios, los fantasmas, todas esas cosas. Pero si hay algo que mantiene vivos y respirando a esa jauría de engendros, es acabar con los Trece Únicos, y si es posible, con todo lo que ellos aprecian.

-¿Entonces por qué están ayudando a un Fomoiré? –pregunté de nuevo, sin ponerme a pensar que era un enemigo con quien hablaba- ¿Por qué sirven a alguien que también es un ente sobrenatural? No tiene sentido…

-Eso no lo sé –confesó, susurrando teatralmente a la altura de mi rostro. Se encogió de hombros, juguetón-. Supongo porque su líder ha sido amigo de Claudia, La Maestra, durante muchos años.

-¿Qué? –pregunté sorprendida, sin poder detener mis palabras- ¿Claudia? ¿Claudia Phantomhive? ¿Ella es La Maestra? ¿Ella es el Fomoiré?

Sarín asintió repetidamente, como si todo fuese un juego de niños.

-Está de locos, ¿verdad?

-Pero… Claudia… -traté de poner en orden mis pensamientos, pero era en vano. No lograba comprender nada de lo que Sarin decía. No tenía sentido-. Claudia no murió…

Él negó con la cabeza, mordiéndose los labios.

-No lo hizo.

-¿Y cómo fue que…? ¿Cómo se volvió un Fomoiré? –insistí- ¿Qué fue lo que pasó?

-Fue Marius –confesó de forma abrupta, con una voz suave como la de un amante-. Él le ayudó, al igual que salvó a Mark de la muerte.

-El ataque de tiburón… su brazo… -recordé, diciéndolo espontáneamente, y entonces Sarin soltó una ridícula carcajada.

-¡Su brazo! Ay, querida, esa es la versión pública –dijo, finalizando su carcajada con un abrupto sonido ahogado que me hizo temblar-. Mark Slender no perdió el brazo en ese ataque de tiburón. Aquel día en la playa, Mark Slender fue atacado, pero no por un tiburón, sino por los propios Titanes … -contó, con su voz profunda inundada por la malicia, mientras yo sufría el gélido asalto del terror, sin poder entender, sin poder contener un jadeó de horror-. Lo persiguieron desde las cabañas, sin que nadie se diese cuenta. Mark Slender tenía pánico de sus "amigos", por la simple y sencilla razón de que algo había cambiado en ellos. Todos ellos sufrieron un cambio horripilante: morir, y renacer con los mismos rostro, pero distintas mentes. Uno por uno, cayeron. Y él fue el último.

-¿Y entonces…?

Se encogió de hombros nuevamente.

-Marius apareció –confesó, sin apenas cambiar su expresión-. Marius los hizo volver a la vida con ayuda de unos viejos documentos robados de Undertaker, quien había logrado crear a las Muñecas Bizarras perfectas; humanos comunes y corrientes, capaces de pensar, actuar y trascender como una persona común y corriente. El proyecto Lazarus…

-Resurrección… -finalicé, casi sin voz, incapaz de creerme todo aquello.

-¡Bingo! –soltó triunfante-. Ese idiota creó algo que supera todo límite humano y sobrenatural. Esa fue una de las razones por las cuales también decidió huir de la Sociedad Shinigami. Sin embargo, es casi imposible traer de vuelta a la misma alma al cuerpo muerto para que pueda vivir.

-De modo que los Titanes… no son realmente los Titanes… -finalicé, comprendiendo un poco más de todo. Tenía sentido; ellos querían matarme, aun cuando yo jamás me había topado con ellos en la vida. Tenía que tratarse de viejos enemigos de Ciel Phantomhive. Enemigos que hice en mi otra vida, gente a la que Ciel hirió y mató. Era lo más lógico…

Entonces, de pronto, sentí una especie de furia subir por mi estómago, envolviéndome con su rabia ácida. Algo me decía que me estaban tomando del pelo…

-Me estás mintiendo…

-¿Por qué habría de hacerlo? –comentó, sin mucha ceremonia-. No es como si fuera algo secreto. Y no es como si fuese a hacer algo al respecto. Después de todo, ya te has resignado a morir como un perro, ¿no es así? ¿Qué caso tendría mentirte?

Lo observé con ojos inescrutables, profundamente furiosa.

-Porque eres un mentiroso, manipulador… -declaré-. Hipócrita, egoísta y estúpido… Porque, de otro modo, no habrías tolerado las barbaridades que sucedieron en Aracnoville… ¡Bastardo insulso! ¡Cobarde! –rugí, con toda la ira que era capaz de manifestar estando atada y herida- ¡Mataste a gente inocente allí! ¡Tú pelea es conmigo! ¡CONMIGO! ¡¿Por qué mataron a mis amigos?! ¡¿Por qué herir a gente inocente?! ¡Malnacidos hijos de puta!

-¡Porque pudimos hacerlo! ¡Porque es divertido verlos morir y sangrar y verte berrear como una perra frente a sus cuerpos! ¡Por eso lo hicimos! –explotó Sarin, triunfante, señalándome con el dedo, con sus ojos infectados en una mezcla de pasión y triunfo y odio.

-¡PÚDRETE, ENGENDRO! –espeté, ingerida en un odio visceral y crudo. Dios, quería matarlo con tantas ganas. No había palabras para describir aquella necesidad- ¡VOY A MATARTE CUANDO SALGA DE AQUÍ! ¡VOY A MATARTE, TE LO JURO! ¡Te sacaré los ojos y haré que te los tragues, desgraciado infeliz!

-¡Eso es, Elisse! –rugió con voz sonora y terrible- ¡ENFURECETE! ¡Vuélvete esa máquina de destrucción que todos sabemos que eres! ¡Estás aquí, atrapada por los pecados de otros, y han pagado todos los que quieres! ¡Y nos hemos reído cuando lo hicimos! ¿Quieres hacernos pagar? ¿Quieres venganza?

-¡PERRO ASQUEROSO, CLARO QUE QUIERO!

-¡Entonces deja de ser una víctima! –gruñó por lo bajo, hablándome entre dientes, siseando como una serpiente. Aquel cambio radical me sorprendió, impactándome más de lo que hubiese hecho un grito. Había algo en sus ojos que no había notado antes. Algo se mezclaba desesperadamente con la rabia y la burla-. Acepta lo que eres. Pelea. Libérate. O todos estaremos muy decepcionados…

Me quedé mirándole, observando sus extraños ojos encendidos de furia, una sonrisa extraña y maliciosa. Sarin soltó los barrotes de hierro, alejándose por entre la oscuridad. Su gesto era un reto.

Entonces, súbitamente, Sarin desapareció, y frente a mi apareció, como una película a la cual cambian de escena, nada más y nada menos que la figura delgada, alargada de Wynona Doll. Sacudí la cabeza, confundida, mientras ella me estudiaba con el entrecejo fruncido, extrañada. Jadeé agitada, sin entender.

¿Qué había sido aquello? ¿Una especie de visión? Sarin se había metido a mi mente, de eso estaba segura. Podría jurarlo. Creo. A juzgar por la expresión de Wynona, puedo decir que no me equivocaba.

-¿Dónde estoy? –pregunté de pronto, haciendo un esfuerzo por mantener el equilibrio. Era difícil mantenerse hincada con las manos atadas a la espalda.

Wynona ladeó la cabeza, molesta.

-En los calabozos bajo la mansión Phantomhive –respondió. Entonces Sarin no mentía-. Parte de la mansión ha sido destruida por el rayo de luz. Esto es un refugio meramente temporal.

-¿Van a llevarme a otro sitio? –quise saber. No estaba segura de que ella fuese a responderme, pero valía la pena tratar.

-Para que la Maestra vuelva a la vida, es necesario –dijo sin más-. Partiremos cuando ella de la orden.

Me quedé pensando en esas palabras. La Maestra… Claudia, no, era aquella con el rostro de Michelle… Pero esa no era Michelle… ¿Qué significaba? ¿Qué era acaso? ¿Su reencarnación? ¿acaso la había matado y ahora utilizaba su cuerpo?

Recordé de pronto aquella noche en la mansión 112. Phoebe, Lydia o como quiera que se llame o sea, se me presentó en el cuerpo de Michelle. Era su misma mirada, su mismo cabello, rostro. Todo era ella. Pero no lo era…

¿Acaso todo esto no era más que una visión? Tendría sentido; los Titanes utilizaron a Lydia para traer a la Fomoiré a la vida. Quizás había absorbido sus poderes, quizás podía utilizarlos.

O quizás, podía usar los cuerpos de los que había asesinado.

Sarin había dicho que los Titanes mataron a Mark Slender, y que algo volvió a la vida en el cuerpo de Mark, pero ya no era más el líder de los Titanes. Que todo aquello tenía que ver con las Muñecas Bizarras perfeccionadas, que Marius había tenido que ver en ello.

Me sentía como quien ha armado un rompecabezas de una retorcida pintura cubista. Tienes ya gran parte de las piezas, pero aun así, no logras comprender nada de lo que tienes enfrente. No le encuentras absoluto sentido a todo ello.

-Debes sentirte muy confundida, ¿no es así? –inquirió Wynona de pronto. Su cabello rojo y rizado se agitó cuando ladeó el rostro. Parecía particularmente irritada-. Somos estudiantes, fuimos tus huéspedes, y de un día a otro, atacamos a tus amigos, a toda la gente que aprecias, y resulta ser que solamente queremos tu muerte. Es incomprensible, ¿verdad?

Iba a insultarla, pero guardar silencio me pareció mucho más prudente. Wynona no parecía divertida como Sarin; se veía terrible, profundamente recelosa. Había un rencor inigualable en sus facciones. Y aun así, había algo extraño en su rostro…

Su piel se veía distinta, rara. Algo estaba mal en uno de sus ojos…

-Tu, quien te sientas en tus ricas sillas, duermes en una enorme cama dorada y te deleitas con todos los placeres de la vida, eres incapaz de entender cómo puede haber gente así en el mundo –continuó, con su voz aun llena de odio. La piel bajo su mejilla tembló de forma extraña-. "¿Cómo, por qué quieren herirme? ¿Por qué se llevan todo lo que quiero?"

Su mejilla… estaba maquillada. Tenía una espesa y gruesa capa de maquillaje que parecía descascararse cuando fruncía demasiado el ceño. Su ojo estaba fijo…

-Hemos esperado mucho tiempo, Phantomhive –declaró, inclinándose frente a mí, con el rostro enrojecido por la rabia y el rencor-. Mucho, para hacerte pagar. Yo, personalmente, he esperado demasiado para hacerte pagar por todo lo que has hecho…

Yo conocía a Wynona, antes de que fuera Wynona. Estaba segura; el sentimiento de estar frente a ella con anterioridad lo recordaba bien.

Pero en mis recuerdos ese rostro no estaba lleno de odio y furia, ni buscaba matarme. En mis recuerdos, sus manos me tocaban con suavidad, y tenía una sonrisa de lo más amable…

Y ahora, haciendo memoria, gran parte de los Titanes me parecían conocidos de antes…

Todos esos rostros de antaño, decorados con felices sonrisas, con amables gestos…

Mark Slender saludando amistoso, Khimaira y sus gestos sensuales, con la única diferencia de que en mis recuerdos, su cabello era oscuro como la noche…

-¿Quién eres, Wynona? –pregunté, casi sin voz, sin lograr recordar del todo su nombre- ¿Quiénes son ustedes?

Ella apretó la mandíbula con tal fuerza que pensé que sus dientes se quebrarían. Sus ojos resplandecieron de furia a la luz de las antorchas, pero cuando la iluminación se reflejó en ellos, en su rostro, pude entender que era lo que pasaba…

No tenía un ojo; aquello era una extraña canica, dura y fría…

-Tu sabes quienes somos –declaró, justo en el momento en que yo recordé donde había visto aquel rostro antes. Abrí la boca, sin saber si debía gritar o llorar, y ella sonrió cruelmente.

Su rostro y sus ojos; solo había conocido a una persona así antes, cuyo nombre era ahora el mismo apellido de Wynona…

-¿No te alegras de verme de nuevo, Smile?

o.o.o

Un capitulo meramente informativo, espero que les haya gustado :3 lo hice con amor 3

¿Ya saben quienes son los Titanes? XD habrá mas revelaciones en los siguientes capítulos oh si!

Próximamente:

-Brad va a buscar ayuda, pero cuando se da cuenta de que los demonios y los Shinigami actúan por su lado, va a buscar a la única amiga de Elisse en la que puede confiar.

-¿Sebastian está vivo? ¿o está muerto? ¿A dónde se dirigen los Titanes y quien es la misteriosa Maestra?

Esto es algo de lo que pueden esperar en el siguiente capítulo :D

Como siempre, trataré de actualizar pronto, pero sean pacientes :) este fic no está abandonado, y prometí que lo acabaría a como de lugar.

¿Un review para Sylvette y Undertaker por su pequeña pero sexy escena? XD fue muy difícil controlarme y no poner lemmon de nuevo, se los aseguró xD

Sin más que decir, me despido, deseando que estén teniendo un hermoso comienzo de año c: que todas sus metas se cumplan!

Besos y abrazos.

S-P.