Aviso: POSIBLE CANCELACIÓN DEL FANFIC.

Sé que dije muchas veces antes que no dejaría esta historia sin terminar después de trabajar tantos años en ella y al estar tan cerca de escribir el 5to y ultimo arco pero… las cosas en mi vida personal dieron un giro muy, muy brusco.

Sé que durante estos años mi vida ya ha dado varias vueltas y aun así he seguido escribiendo pero no sé si podré hacerlo de nuevo esta vez.

Este tal vez sea el último capítulo que escriba para esta historia… o tal vez no… ya no estoy segura de nada…

En fin, espero que lo disfruten.

1597:

Era un pequeño de piel clara y cabello negro como la noche con ojos color miel. Hijo de una pareja de inmigrantes Galeses que tuvieron que fugarse. No era tan común que la gente no rica se mudara así como así en esa época y querían ganarse la simpatía de sus nuevos vecinos por lo tanto fingieron ser compatriotas ingleses, ocultando sus acentos originales.

Vivía en un pueblo especializado en minería, agricultura y producción de textiles al noroeste de Inglaterra, no era tan sofisticado como las ciudades de York o Canterbury pero al menos tenían un sistema de drenaje igual que ellos. Las calles eran muy amplias, lo cual facilitaba el tránsito de carruajes y de gente. Las casas eran decentes y hasta había muchas de dos pisos, como en la que él y su familia vivían.

En casi todo el año mucha gente de toda la isla Británica y en ocasiones de otros países pasaba por allí por los metales y piedras preciosas de las minas, flores especiales para remedios medicinales debido al suelo único del lugar, sus finas telas o para intercambiar bienes. No era de extrañarse que en la algarabía diaria de ese pueblo se escucharan palabras de otros idiomas venir de aquí y por allá. Debido a que era un punto mercantil desde hace muchos años la Familia de Lords que gobernaba ese pueblo había decretado que todos debían aprender a leer y contar (esto para evitar posibles estafas) pero sólo los ricos y grandes mercaderes tenían autorizado estudiar otros idiomas —después de todo aún eran tiempos retrogradas y tenían que mantener cierto nivel de ignorancia en la población.

El invierno era tan crudo allí que sólo los lugareños podían aguantarlo. El pueblo estaba en terreno muy alto —con un lago cerca— y los únicos 2 caminos por los cuales se podía acceder estaban camino abajo. La nieve que se acumulaba era demasiada, además había muchas curvas debido al terreno haciendo que los viajes a las ciudades y villas más cercanas fueran demasiado riesgosos en esa estación especialmente. Por lo tanto todos permanecían aislados hasta llegar la primavera. Era en verano cuando iba más gente al pueblo y de ese año no fue la excepción.

Estaba a poco de cumplir 7, ya sabía leer a la perfección pero estaba buscando un libro en aquella casa a la que se había infiltrado no por su texto sino por una ilustración.

Había algo que lo acompañaba desde siempre y eso eran fragmentos de momentos vividos en otra vida. No lo sabía en aquel entonces pero su alma no se había purificado totalmente al pasar por el Kôkutos. Aquellos momentos fueron vividos lejos de Inglaterra, países lejanos cuyo nombre ni siquiera sabía aun en esa vida. Eran imágenes, sonidos, sensaciones e incluso sabores que él quería saber de dónde venían. Al principio creía que eran sólo sueños locos pero al mirar a un hombre intercambiar un mapa que antes solo había visto en esos fragmentos de momento supo que eran reales y todo lo que veía en su mente existía en el mundo.

La casa de aquel mercader era su único recurso para obtener información que no requería interactuar con los de su profesión, la última vez que lo hizo el hombre sólo lo apartó de su camino como a un perro callejero y no quería repetir esa experiencia. Pero debía ser cauteloso en la casa, aquel mercader también era un hombre noble y por lo tanto tenía una sección de ejemplares extranjeros. Si lo atrapaban allí creerían que estaba intentando robar o peor… aprender otro idioma, en cualquiera de los 2 casos lo mandarían a la orca.

Se le erizó el vello de la piel al escuchar pasos ir hacia allí. Rápidamente se ocultó bajo un escritorio lejano a la entrada y comenzó a rezar en su mente, suplicándole a Dios que no lo encontraran.

Supo que no era el dueño de la casa al ver las botas desgastadas de quien entró, él siempre reemplazaba su calzado viejo. Al dirigirse a un estante lejos de él pudo verlo mejor, era una persona de unos 20 años con piel tostada por el sol y cabello corto castaño cubierta por una enorme capa que le llegaba las rodillas. Pero había algo raro en su cara, no podía distinguir si se trataba de una dama o un varón.

El niño apretó su espalda más contra la pared al ver que se acercaba al escritorio. Escuchó que movió libros en el estante cercano hasta que dio con el que buscaba.

— ¡Perfecto! —celebró en voz baja.

Y se le cayó, aterrizando abierto sobre el piso. En ese par de segundos que tardó en recogerlo pudo ver la página en la que se había abierto, descubriendo para su asombro la imagen de una construcción que había visto en esos fragmentos de su vida pasada.

Lo tomó y se escapó por la ventana, él no tardó en hacer lo mismo.

Siguió a esa persona guardando su distancia para que no lo oyera y llegó hasta una cabaña en el bosque que solía estar abandonada; aparentemente la había vuelto su casa. Entro y dejó el libro sobre una mesita cerca de la ventana mientras iba a otra parte de la cabaña.

El niño vio la oportunidad y la tomó. Se acercó con cuidado y estiró la mano a través de la ventana lo más que pudo, estaba situada a una altura en la pared que lo obligaba a pararse de puntas. Ya había logrado tocar la orilla de la cubierta cuando sintió una mano tomar la suya que lo jaló hacia adentro.

Lo jaló con tal fuerza que lo metió a la cabaña. Sólo dejó de sentir su fuerte agarre cuando cayó al piso. Abrió los ojos adolorido y lo primero que vio fue la punta de una espada a centímetros de su garganta.

—Sentí como me seguías desde que entramos al bosque —dijo haciendo su voz rasposa a propósito—. Ahora dame una buena razón para no sumarte a la cuenta de personas que esta espada ha enviado a la tumba.

—Y…Yo es-estaba oculto en la… la casa del mercader…

— ¿Me espiabas? —acercó más al espada.

— ¡V-Vi la página en la que se abrió el libro al caerse! —trató de explicarse rápido—La ilus-ilustración del lugar ese que… que —No sabía que sitio era así que no se le ocurrió otra cosa que hacer más que describir con lo que venía acompañada su imagen dentro de los pedazos de memorias— d-donde están los de cabeza afeitada vi-vistiendo túnicas naranjas… y ponen incienso y… y….

Retiró la hoja de metal un poco al escucharlo.

— ¿Tu como sabes de los templos budistas? —preguntó con una ceja arriba.

"Conque ese lugar era un templo…" pensó asombrado.

—Lo soñé… algo así…

Alejó la espada y le indicó que se pusiera de pie.

— ¿Sabes? Me sorprende mucho haber hallado un libro así en un país como este —dijo dejando de fingir aspereza en su vos, oyéndose más aguda y suave— Cualquier otro lo hubiera quemado como cosas de herejes y paganos, creo que ese comerciante no está tan cegado por la fe… ¿Por qué tan quieto, niño? ya no voy a matarte

— ¿Sí ibas a hacerlo?

—Oye, debo protegerme —espetó envainando su espada—. Pienso quedarme en este pueblo un tiempo y no puedo darme el lujo que algún chismoso vaya y le diga a los demás que tengo cosas como estas.

— ¿Cosas? ¿Hay más? —inquirió emocionado.

—Aguarda un segundo, primero dime como es que sabes de los templos budistas, no creas que no noté como me mentiste.

Avergonzado, confesó todo. Era la 1ra vez que hablaba de eso con alguien, temía que si hablaba de eso con sus padres lo llevarían ante la iglesia por creer que estaba siendo poseído por un demonio o que era un brujo.

—Interesante… sígueme, hay algo que quiero mostrarte —le sonrió.

Fue con ella sin tener idea del mundo que estaba a punto de presentarle.

Un atardecer en el primer año del siglo 17:

En esos momentos corría a toda velocidad, creía que si llegaba a tiempo podía evitarlo. No quería que se fuera; sus manuscritos, dibujos y mapas le habían enseñado sobre lo que había más allá del pueblo, más allá Inglaterra, más allá de Europa. También aquello que la iglesia trató de enterrar en el tiempo.

Había aprendido sobre otras religiones y la historia de sus dioses. Sobre otros modos de vida. Sobre los otros tipos de amor que había entre los humanos y como estos no eran malos como sus padres y la iglesia le habían dicho. Sobre los montes, los ríos y los animales de muchas tierras. Le había enseñado muchísimo pero sabía que tenía más que aprender y ninguna otra persona en ese pueblo podría enseñarle.

Pero para cuando llegó ya había subido sus cosas a la carreta atada a su caballo.

— ¿Qué haces aquí? —le preguntó al verlo.

—Asena… *gasp* No te… *cough* No te vayas… por favor.

—Tengo que hacerlo, sé que los adultos de aquí me odian y no quiero que nadie me acuse de brujería —dijo ajustando el nudo en una cuerda—. Además, creo que empiezan a sospechar que no soy un hombre —suspiró abriendo su camisa, mostrando un poco las vendas que ocultaban sus senos.

— ¡Pero no es justo! ¡Tú no eres mala! —Lloró— Si les enseñáramos tus manuscritos tal vez…

—No. Los destruirían —lo interrumpió—. Y a mí…

— ¿Pero qué harás?

—Saldré de la isla británica, hay cosas que quiero aprender. Oí de un lugar en Persia en el que supuestamente tienen un tónico para hacer crecer el cabello y quiero probarlo. Con una barba en mi cara la gente no sospecharía que soy mujer ¡Podría aprender cuanto me plazca sin ser tan precavida! ¿No sería estupendo? —exclamó.

— ¡Pero no vas a volver! —Dijo aferrándose a ella— No me dejes…

Ella era la única persona con la sintió que tenía un hogar durante los últimos 3 años: no quería perder eso. La mujer suspiró y le devolvió el abrazo.

—Yo nací para aprender y enseñar. Aquí terminé de enseñar y ahora debo irme a aprender, aún hay mucho que no sé…

—Pero yo aún no he aprendido ni la mitad de lo que tú sabes…

—Necesitas tiempo, yo tardé mucho en saber lo que sé ahora… —dijo deshaciendo el abrazo— pero te dejaré algo.

Sacó un libro largo y delgado de un baúl que bajó de la carreta: era un atlas.

—Piensa en todo lo que te enseñé sobre los países que hay aquí. Puedes guardarlo en mi cabaña si crees que no estará a salvo en tu casa, también puedes usarla como refugio si quieres —dijo revolviéndole los cabellos.

— ¿Te volveré a ver?

—Lo dudo mucho. Pero prométeme que no te volverás como los adultos de tu pueblo ¿Sí, pequeño galés? Trata de aprender todo lo que puedas y de paso has algunos amigos, he visto que te entiendes bien con varios niños del pueblo.

—Lo intentaré —prometió secándose las lágrimas.

Se despidieron con un largo abrazo. Al final la mujer subió a la carreta, agitó las riendas y su caballo avanzó. Empezó a correr para estar a la par de su corcel antes de que adquiriera más velocidad, había algo que quería decirle.

— ¡Dejaré el pueblo algún día! —Exclamó— ¡Viajaré por el mundo y trataré de encontrarte mientras veo todos los lugares de los que me enseñaste!

— ¡No creo que me encuentres! —Gritó también volteándolo a ver— ¡Pero una cosa te aseguro, mi tumba estará en algún lugar lo más al norte posible de Suecia, muy cerca del mar!

— ¡Te encontraré antes de que mueras! —juró dejando de correr.

— ¡Qué sea una apuesta de 10 monedas de oro entonces! —Rió— ¡Espero que ganes! ¡Adiós!

Dejó el atlas dentro de la cabaña y se fue a su casa con un gran dolor en su corazón pero también con la esperanza de una apuesta que ganar y el deber de una promesa que cumplir. "Mañana intentaré hablarle a Molly —pensó en la hija del zapatero viendo el pueblo a lo lejos —, se ve simpática… también a ese niño James"

Llegó a unos minutos después del atardecer, vivía en los límites de la ciudad y la vida nocturna allí no era tan activa como en la zona del centro donde se encontraban la plaza, los negocios y las tabernas. Estaba a punto de entrar pero su padre —aquel hombre alto y fornido con quien compartía color de ojos— se le adelantó saliendo de la casa, se veía enojado y cansado.

—Quítate —dijo con el mismo tono que tenía cuando estaba a punto de golpearlo, y cubriendo su acento galés original fingiendo uno inglés.

Lo obedeció sin vacilar.

— ¿A dónde vas, padre? —preguntó fingiendo el acento también.

—A la taberna —dijo sin dejar de caminar ni mirarlo—. Fue niño.

El chico dio un respingo, sorprendido. El bebé que su madre cargaba en el vientre había nacido mientras no estaba "¡Tengo un hermano!" Pensó emocionado, pero entonces recordó como salió su padre de la casa, la expresión de su cara… algo no estaba bien. Entró corriendo a la casa, tenía que saber que era.

10 años y muchos días después, 1610.

La luz del sol llenaba con su resplandor a todo el pueblo —lo cual era raro puesto que allí casi siempre estaba nublado en esa estación—. Como todos los días la gente empezaba a levantarse de sus camas y comenzar con sus actividades; y su familia no era la excepción.

—Vamos, levántate —decía la voz de aquella mujer con su acento galés normal, pero el receptor de aquel mensaje se cubrió la cabeza con la sabana, cosa que molestó a la mujer— ¡William, levántate ahora!

— ¿Qué…? —murmuró con la voz ronca.

—William Kendrik, tienes que ir a trabajar ¿El nombre de James te suena familiar?

—Está bien, mamá, ya voy… —dijo aun con ganas de seguir durmiendo.

—Más te vale, tu avena se te va a enfriar.

—*Gasp* ¿Ya puedo volver a comer? —preguntó esperanzado.

—No, pero dejó casi todo su desayuno. No lo desperté a tiempo a propósito y al ver que faltaba poco para el amanecer y él seguía en cama se levantó a toda prisa. Sólo pudo darle un par de probadas a su plato antes de salir corriendo al taller —le contó guiñándole el ojo.

—Por eso te amo… —dijo fingiendo voz de borracho.

—Ya cámbiate —rió lanzándole una camisa a la cara mientras salía de la habitación.

William Kendrik: ese era el antiguo nombre de Ragamuffin cuando aún vivía como humano, cuando la vida para él era sencilla y modesta a pesar de las dificultades de vivir a inicios del siglo 17.

Era sólo un joven de 20 años ahora, uno que no se veía tan viejo. En aquella época la gente "se desgastaba" un poco más rápido y moría más pronto, en estándares del siglo 21 se veía como cualquier joven de 20 pero para el pueblo lucía como un chico de 17. Hecho que sus amigos aprovechaban para molestarlo y no ayudaba en nada a su situación el que aún no le creciera la barba.

Como todos los días se levantó de su cama y lavó su cara para despabilarse con el agua que dejó en el plato sobre la pequeña mesa de su cuarto. Se puso su camisa blanca de mangas largas y amplias con cuello en v, pantalones oscuros, botas de cuero y un chaleco café atando la separación del pecho con un cordón formando pequeñas equis y ajustando la cintura con otro cinturón. Ya habiéndose vestido se dirigió a la puerta de la pequeña habitación de su hermano.

—Tom, ¿estás despierto? —preguntó tocando a la puerta.

El chico sólo emitió un gemido de molestia por haberlo despertado como respuesta.

—Nada de quejas, tienes que levantarte.

— ¡No quiero! ¡Me vas a dejar sólo con esa mujer de nuevo! —protestó el chico.

— *Sigh* Tom, ya hemos tenido esta discusión antes, nuestro padre tiene que ir al taller y mamá con las hilanderas, tienen que trabajar y yo también, debes quedarte con la señora Phillips…

— ¡No! Esa vieja me obliga a tomar caldos y sopas que saben a basura hervida…

—Pero ella siempre ha sido buena contigo —insistía.

—No me importa.

"Aquí vamos de nuevo" pensó William mientras suspiraba. Abrió la puerta del cuarto de su hermano, el chico de 10 años de cabello castaño claro estaba sentado sobre su cama aun con la pijama puesta, pero su rostro no reflejaba en él ni la más mínima intención de levantarse. William no pudo evitar notar que de nuevo tenía eso puesto.

— ¿Por qué te ataste de nuevo esa venda en los ojos? —le preguntó sin separarse del marco de la puerta.

— ¿Qué importa? No sirven al fin y al cabo. —dijo.

Su hermano era ciego, en términos médicos actuales sus ojos se veían como si tuviera el cristalino opaco (como si tuviera cataratas). Por alguna razón desde hace unos 4 meses había adoptado la costumbre de atarse una venda alrededor de los ojos; también sus movimientos se hicieron más accidentados que lo normal pero eso no era lo que le importaba a William. En lo que debía concentrarse era ganar la discusión en el menor tiempo posible, tenía cosas que hacer.

—Tom, todos los días es lo mismo —dijo sentándose en la cama a su lado— ¿Qué acaso no te cansas de esto?

—No —espetó haciendo un puchero.

—Tom…

— ¡Es que no lo entiendo! ¡¿Por qué no me dejas ir contigo?! ¡Ya sé hacer más cosas solo!

—Eso no le quita importancia al hecho que podrías lastimarte en los establos y luego tendría que llevarte al médico ¿Quieres eso?

Silencio.

—… ¿Vas a recogerme temprano? —preguntó rendido.

—Haré lo posible.

Después de hacer que el niño se vistiera ambos salieron de la casa después de despedirse de su madre, su padre ya se había ido a la herrería de la familia.

Aquella era una mañana de otoño, no faltaba mucho para que cayera la primera lluvia de agua-nieve así que la gente de afuera que se encontraba allí se estaba apurando para comprar todo lo que necesitaran. William tenía que apurarse también, quería conseguir con alguno de los comerciantes un buen libro de historias que mantuvieran a él y a su hermano entretenidos durante el invierno.

Después de que los dos hermanos se fueran de su casa caminaron por el pueblo para llegar a su destino. El mayor no pudo evitar ver a lo lejos, en la plaza, como dos jóvenes que ya llevaban 3 años de casados hablaban con expresiones preocupadas. William suspiró.

— ¿Qué ocurre? —le preguntó sujetando su mano con fuerza.

—Charles y Ann siguen sin poder concebir un hijo —contestó.

Desde hace una década que ninguna de las parejas lograba concebir; no había niños menores de 10 años en todo el pueblo. Su hermano fue el último en nacer de esa generación.

—Ya veo… que mal —masculló el niño.

Al final, ambos llegaron al frente de la casa del señor Phillips, donde su regordeta esposa los espera con una amplia sonrisa.

—No me dejes —intentó convencerlo una última vez.

—Volveré por ti a las siete. Vendré más temprano si puedo —le dijo—. Sé bueno ¿Sí?

—Está bien —suspiró.

Después de dejarlo William se dirigió a su trabajo. Al ser el hijo de un herrero dueño de un taller lo esperado era que siguiera los pasos de su padre y eso era lo que hacía. Pero su amigo James se había enfermado gravemente hace 3 semanas y no podía ir a los establos del rico criador de caballos purasangre para el que trabajaba. Como el padre de James había muerto hace años, y ahora él era el sostén principal de la casa, William se ofreció a trabajar en su lugar, no le importaba que ninguna moneda de la paga fuera a sus bolsillos.

Su madre estaba orgullosa de él, ya que a su parecer estaba poniendo el ejemplo que todo buen cristiano debía seguir. En cambio su padre enfureció; no podía tolerar el que su hijo desperdiciara el tiempo que pudiera invertir trabajando en la herrería y perfeccionando su técnica en el oficio. Le prohibió a William tomar de la comida que compraran y a su esposa y a su hijo menor que compartieran bocado alguno con él "Si no vas a contribuir a esta casa entonces tendrás que cazar tu propia comida" había dicho.

No le había contado a nadie al respecto, tenía pena de pedir a la vieja madre de James o a su hermanita que compartieran su comida con él; tampoco quería tomar dinero prestado de sus amigos. Pero había alguien que siempre lo proveía aunque fuera con un poco de pan duro cuando no lograba cazar nada; persona por la cual se desvió de su ruta a los establos para poder verla. Tocó la puerta de su casa y al poco tiempo abrió la madre de aquella a quien buscaba.

—Oh! William Kendrik, eres tú —dijo sorprendida y alegre.

—Buenos días ¿Está Molly en casa? Necesito hablar con ella antes de ir a trabajar —preguntó bajando la mirada tímidamente.

—Aquí estoy —apareció la joven de cabellera castaño rojizo detrás de su madre—. ¿Puedo ir a hablar con él? Será rápido.

—Muy bien, pero no hagan nada indebido ¿De acuerdo? —Dijo pícaramente haciendo que William se sonrojara.

Los dos se fueron corriendo tomados de la mano hacia la parte de atrás de la casa de uno de sus vecinos que siempre salía a trabajar muy temprano, era seguro hablar allí.

—Te guardé una manzana —susurró sacándola de un bolsillo oculto en los pliegues de su vestido.

—Gracias —sonrió, comiéndola lo antes posible— Dime ¿Está todo listo? —preguntó en voz baja con la boca medio llena.

—Sí.

— ¿Estás segura? ¿La carreta y el caballo están en buen estado? ¿La comida será suficiente? ¿Bastará el dinero?

—Ya revisamos eso, sí. Y el caballo está saludable.

—Muy bien… oye ¿Estás bien? —preguntó al verla temblar.

—Sí, es sólo que… cielos, no puedo creer que sea hoy.

—Yo tampoco pero ya dejamos pasar varias oportunidades en el último par de años. Si no lo hacemos pronto llegará el invierno y tendrán que esperar hasta primavera.

—De acuerdo… —susurró.

—Entonces te veré allá en la noche —notó que sus ojos comenzaron a lagrimear—. Molly…

—Tengo miedo, ¿Qué tal si nos descubren? No quiero que… que…

—No lo harán —le aseguró poniendo las manos en sus hombros—. Los tres planeamos bien todo esto ¿Recuerdas?

—Sí… pero prométeme que serás muy cuidadoso cuando te escabullas dentro de la catedral.

—Lo seré. Ahora tengo que irme a trabajar —dijo yéndose— te veré luego.

—Te quiero, William —le sonrió secándose las lágrimas.

—Y yo a ti —la besó en la frente antes de irse.

Corrió a toda prisa para no llegar tarde a trabajar, esa pequeña desviación lo había atrasado más de lo que estimó. Llegó a los establos empapado en sudor, donde un par de sus amigos y el resto de los trabajadores lo esperaba.

— ¡Y el último lugar es para William Kendrik! —gritó un chico regordete.

—Hola, Frank —dijo con desgana.

— ¿Por qué tardase tanto? —preguntó un hombre mayor llamado Ron mientras movía una pila de heno.

—Seguro que pasó por la casa de Molly… —dijo en voz alta Lewis, un joven de su edad.

—No —dijo mirando a otro lado, recordando un incidente vergonzoso de su niñez para que su cara se tornara roja.

— ¡Se te nota en toda la cara, te estás sonrojando! —señaló Martin, otro adulto.

— ¡No es cierto!

— ¡Por todos los cielos, joven! ¡Tienes 20 años, ya pídele que se case contigo de una buena vez! —terció Keith, el más viejo de allí cargando un balde agua.

— ¡William y Molly sentados en un árbol…!

— ¡Deja de cantar, Lewis!

Todos empezaron a reírse mientras él desviaba su mirada, aparentando estar apenado. Molly no le interesaba de esa forma, no la amaba así pero tenía que fingir hacerlo. Ya llevaba 4 años haciéndolo y no iba a dejar que un desliz echara abajo todos esos días de esfuerzo por hacerle creer al pueblo que los dos estaban enamorados. "Tranquilo, William: todo termina hoy" se aseguró mentalmente.

—Buenos días, Kendrik —lo saludó aquel joven desde la entrada del establo.

Se giró para encontrarse con el insoportable pelmazo de cabello rubio y ojos azules llamado Edmund Barclay, el hijo del dueño de los establos "¿Por qué no fuiste a molestar a otros con tus secuaces o a serle infiel a tu prometida con las chicas del pueblo como siempre? Bloody twat" pensó queriendo decírselo en cara.

—Buenos días, señor —contestó tratando de no fruncir el ceño ni gruñir.

—Quiero ir a cazar con Magnus esta tarde y necesito que lo cepilles, un noble semental como él siempre debe lucir como tal.

—S-Señor, si quiere yo puedo… —Intervino otro trabajador.

—No, quiero que él lo haga —dijo tomando un cepillo y lanzándoselo.

William lo atrapó antes de que le diera en el ojo. Lo miró fijamente antes de dirigirse al cubículo de Magnus. Los demás lo vieron como alguien a punto de correr por un campo de espinosos rosales, una analogía perfecta para lo que estaba a punto de hacer. Magnus era un caballo muy arisco y brusco con todos menos con su dueño. Y desde que William cubría a James, Edmund siempre le encargaba exclusivamente a él cepillarlo cuando podía. "Por James… y por Molly" pensó al abrir la puerta. Apenas puso un pie adentro y el caballo comenzó a relinchar furiosamente.

—Acabemos con esto.

Se movía con rapidez, daba una cepillada y cambiaba de posición. Cada vez que al caballo se levantaba en dos patas él se apartaba del animal dirigiéndose a la pared más cercana. Al cepillar la parte trasera corría hacia sus costados cuando comenzaba a patear. De lo que si no podía salvarse era cuando lo golpeaba con su cuerpo contra las paredes o cuando lo golpeaba con su cabeza; al menos jamás lo había mordido.

Por más que su orgullo le suplicaba no podía evitar que los gritos salieran de su garganta. Dolía mucho y cuando lo golpeaba en heridas pasadas era mucho peor. Salió después de 30 largos y agonizantes minutos, una vez más estaba cubierto de moretones, heno y el cabello hecho un desastre. Jalaba de sus riendas para llegar hasta Edmund, al dárselas el caballo se calmó como por arte de magia.

— ¿Ves que no era tan difícil, Kendrik?

Y en cuanto se fue de los establos…

—Lo quiero castrar… —siseó.

— ¿A Edmund o al caballo? —preguntó Frank.

—A ambos pero más a Edmund.

—Tú y todos aquí —le sonrió Lewis poniéndole la mano en el hombro.

—Es tu culpa, joven Kendrik —dijo Ron—. Y bien que lo sabes.

— ¡Claro que no! ¡Cuando el corazón habla no hay manera de callarlo! —Objetó el viejo Keith hablando como poeta.

Lo de Magnus y otros abusos más de su parte eran a causa de Molly. Edmund la quería como esposa pero entonces los dos comenzaron a fingir su enamoramiento a los 16. Siempre tenía que huir de él y sus brabucones, para su suerte no lo alcanzaban el 70% de las veces. Cuando sí terminaba cubierto de golpes pero valía la pena para William. Él era su mejor amigo (varón) y ella lo quería mucho, cosa se supo el día en que Molly le reveló su secreto más oculto, algo que podría condenarla a muerte de salir a la luz. Y William estaba dispuesto a probarle que era digno de haberle mostrado tal grado de confianza. "Todo termina hoy" se recordó a sí mismo.

—Pero sigo diciendo que ya deberías pedirle matrimonio —continuó Keith.

—Pronto habrá un anillo en su dedo, se los prometo —les garantizó causando una ronda de silbidos, aplausos y felicitaciones de parte de los presentes.

Al atardecer:

De los establos se dirigió hacia la casa de James, donde le dio a la vieja señora el dinero que le habían pagado.

— ¿Y cómo está?

—Ha estado mejorando, el reposo le ha caído muy bien —le contó, haciéndolo suspirar de alivio—. De nuevo muchas gracias, querido William, no sé qué haríamos sin ti.

—No se preocupe, señora Grace, para eso están los amigos de los hijos.

Después de eso recogió a Tom de la casa Phillips. El pequeño se lanzó a sus brazos en cuanto llegó. Los dos fueron a casa mientras se contaban el uno al otro sus desventuras del día, primero Tom con la dieta asquerosa a la que la señora Phillips lo tenía sometido y luego William cuando cepilló a Magnus.

—Alguien le tiene que dar su merecido a ese idiota de Edmund.

—Lo sé, pero no podemos. Su padre es de los hombres más ricos en la ciudad, tomaría represalias.

—Entonces algo le tiene que dar su merecido como… como… ¡Como que se encuentre con un duende malo y le deforme la cara!

— ¡Eso sí que sería glorioso! —Exclamó— O que se encuentre con un hechicero loco que le desacomode las rodillas.

—Sí, no podría volver a caminar ni cabalgar bien jamás —rió Tom.

Siguieron pensando en destinos terribles e irónicos para Edmund hasta llegar a casa, donde su madre los esperaba. Los recibió con un abrazo —como siempre— y les dio algunas galletas que unas de sus compañeras de la hilandería había traído al trabajo.

—Sólo no le digas a tu padre que te di una —le dijo su mamá.

"Que bien... algo dulce para amortiguar lo amargo que viene" pensó resignado.

—Debo salir —avisó abriendo la puerta—, voy al taller, debo hacer algo importante pero volveré pronto.

—No hagas enojar a tu padre, por favor —pidió preocupada.

—Tranquila, mamá, no lo haré —le aseguró.

El taller era un lugar enorme lleno de diferentes artículos de metal y herramientas, el fuego del horno era la única fuente de luz a esa hora del día sin el sol filtrándose por las pequeñas ventanas. Y en el fondo de allí se encontraba su padre, ese hombre castaño de semblante duro y mismo color de ojos que él a quien había alcanzado en estatura al cumplir 18. Pero le faltaban más años trabajando en la herrería para igualarlo en musculo. Estaba martillando aquella espada al rojo vivo que acababa de forjar para después meterla al agua. Sus ayudantes-empleados habían salido temprano, cosa que agradeció.

—Padre… —susurró con su acento galés original.

Vio por sus movimientos que reconoció su voz pero decidió ignorarlo "This bloody wanker…"

— ¡Padre! —gritó.

— ¿QUÉ? —exclamó empuñando amenazantemente la espada que acababa de forjar.

Tratando de no temblar —tanto por temor como por la ira contenida de muchos años— aclaró su garganta y se acercó a él.

—Necesito plata… y un zafiro de la caja donde están las gemas…

— ¿Estás ebrio? ¿Qué te hace creer que te voy a dar eso? —dijo colocando la espada en una mesa, procediendo a acomodar sus herramientas.

—Lo necesito, es para algo muy importante… —volvía a ignorarlo, debía decirlo ya— necesito hacer un anillo…

El hombre se detuvo en seco y lo volteó a ver con los ojos bien abiertos.

— ¿Al fin le vas a proponer matrimonio a Molly? —William afirmó con la cabeza, esperando con ansias lo que tuviera que decirle al respecto—… Vaya, ya era hora—suspiró volviendo a su expresión estoica de siempre.

"Ni un felicidades, ni un ese es mi muchacho o un me alegro… ¡Y mucho menos una bendición! ¿Por qué me sorprende aun sabiendo cómo eres? Grandísimo bastardo" pensó apretando los dientes.

—Ya sabes en donde están los materiales, fórjalos, apaga bien el horno y cierra el portón con llave y candado.

Así lo hizo, pero lo que su padre no sabía era que él terminaría haciendo 2. Sabía que ese día iba a llegar y que si tomaba plata o gemas de más su padre lo notaría; por eso había robado una hebilla de plata con un zafiro de las ropas de Edmund hace un tiempo. Nunca pudo probar que él lo hizo pero descargó su frustración encargándole cepillar a Magnus durante 6 días seguidos.

—Valió la pena —se dijo a sí mismo recordando cómo también había pasado un par de noches desvelado dándole forma distinta al zafiro cortándolo con la punta de un diamante grande del taller, escabulléndose en él por las noches tomando la llave sin que lo supieran.

Al llegar a su hogar lo primero en recibirlo fue su madre abrazándolo y llenándolo de besos en la mejilla.

— ¡William, no puedo creerlo! ¡Te vas a casar!

—Espera… ¿Papá…?

—Nos lo dijo en cuanto llegó —terció su hermano.

Levantó su vista mientras su madre seguía felicitándolo, viendo a su padre de espaldas, sentado frente a la chimenea tallando un trozo de madera ¿Acaso esa había sido su forma de felicitarlo? ¿Diciéndoselo a su madre sabiendo cuál sería su reacción y lo que haría cuando llegara? ¿Para que ella lo llenara del cariño y expresiones de júbilo que él no se atrevía a darle quien-sabe-por-qué-motivos? Nunca lo sabría pero en esos momentos quiso pensar que esa era la razón, que había una parte que lo amaba en ese estoico hombre.

—Oh, William, no pudiste haberme elegido nuera mejor; Molly es una joven tan dulce y trabajadora.

—Sí, amaré tenerla como esposa —le siguió el juego.

Durante la cena su madre no podía dejar de hablar sobre la boda y como debían planearla. Le dolía verla así de feliz sabiendo lo que tendría que hacer después, la quería con todo el corazón pero debía cumplir su promesa con Molly. Tom también estaba muy emocionado. Su padre permaneció callado, William le lanzaba sonrisas cómplices cuando Tom y su madre no lo veían, mas este lo miraba como diciéndole: no tientes a tu suerte, hijo.

Esperó a que todos en la casa se hubieran dormido, salió de allí después de tomar una lámpara de aceite y sujetando los zapatos en la mano para no hacer mucho ruido con los pies. Al estar afuera se puso su calzado y corrió lo más rápido que pudo hacia la catedral moviéndose en la oscuridad para que aquellos con sueño ligero e insomnes no lo vieran o lo escucharan.

Todo ocurrió como si él fuese sólo una sombra. Se escabulló y tomó la biblia que usaban en el servicio dominical, entró a la habitación del reverendo y tomó su ropa —haciendo todo lo posible para no despertarlo—. Eso más una botella de vino, dos copas, velas y unos cerillos. Luego fue al sur del pueblo y continuó hasta que la luz de su lámpara iluminó aquel gran roble y dio vuelta a la derecha, saliéndose del camino y adentrándose en el bosque. En poco tiempo llegó a aquel claro en el bosque donde días antes había acomodado un grupo de piedras grandes en forma de medio círculo, se puso la ropa del reverendo y esperó. Pasó poco menos media hora cuando divisó la luz de una linterna junto a dos personas.

— ¡William, sí llegaste! —exclamó Molly abrasándolo.

— ¡Por supuesto que iba a llegar!—Dijo alejándola de él para verla mejor— Oh, Molly, el vestido de novia de tu mamá te queda hermoso… y tú tampoco te ves nada mal con ese traje, Aubrey —habló ahora con la otra mujer.

Ella era más alta que Molly, tenía cabello rubio cenizo corto y una complexión ligeramente más gruesa.

—Gracias, era de mi abuelo ¿Quién diría que sería yo la primera de sus nietos en usarlo y no mi hermano?

—Antes de que iniciemos ¿Todo está bien? ¿Nadie las siguió? ¿Tienen suficiente dinero para ir de aquí a Londres?

—Sí, William, todo está bien —le aseguró Aubrey pellizcándole la mejilla—. No te preocupes.

— ¿Qué esperas que haga cuando las quiero tanto? Son mis amigas ¿Lo olvidan? —sonrió apartando la mano de la chica.

—Bueno, iniciemos ya —dijo Molly conteniendo su emoción.

Colocaron la biblia en el centro donde había rocas planas acomodas para simular una mesa, una de las velas fue puesta sobre ellas y la otra se la dieron a Aubrey. Extendieron una alfombra que trajeron las chicas recreando la imagen de un pasillo nupcial. Ahora que todo estaba listo William recitó aquellas palabras del sermón de bodas del reverendo las cuales memorizó. Las copió a tinta y pluma una noche hace meses después de tomar prestado el manuscrito sin permiso de la casa de un joven en entrenamiento para reemplazar al reverendo actual cuando le llegara su hora. Molly contenía sus ganas de llorar con cada oración, notaba con sólo verla que no podía creer que aquello estaba pasando al fin; pero gradualmente el cálido agarre de la mano de Aubrey la calmó.

Al final, llegó la parte que más le gustaba de las bodas.

—Con esta mano yo sostendré tus anhelos —recitó Molly tomando la de Aubrey y elevándola.

Caminaron los tres pasos que las separaban de las rocas-mesa.

—Con esta vela iluminaré tu camino en la oscuridad —dijo ahora Aubrey y encendió la vela que le habían dado al principio.

—Tu copa nunca estará vacía porque yo seré tu vino —Molly sirvió ambas copas de las cuales bebieron.

Y finalmente…

—Con este anillo… te pido que seas mía.

Aubrey tomó la sortija —la cual tenía un rubí— y la insertó en su dedo muy despacio, sintiendo cada instante. Molly hizo lo mismo el otro anillo de zafiro que William forjó. Las dos gemas brillaron con la luz danzante de las velas, opacando a las estrellas que se podían ver a través de las hojas de los árboles.

—Por el poder que esta noche me ha conferido: yo las declaro esposas.

Se dieron el beso más puro y lleno de amor que William hubiera visto en toda su vida. Aquella escena lo conmovió hasta las lágrimas. Aun recordaba aquellos años cuando Aubrey, James, Molly y él solían jugar juntos al hacerse amigos. Las noches de verano atrapando luciérnagas y los inviernos construyendo muñecos de nieve; era increíble lo rápido que pasaba el tiempo.

Jamás olvidaría el día cuando Molly —de 15 años— se arriesgó a contarle que estaba enamorada de Aubrey y las lágrimas de alivio y felicidad cuando le dijo que entendía y aceptaba su forma de amar. Tampoco el enorme abrazo de oso que Aubrey le dio al saberlo también, abrazo que casi lo dejó sin aire. Fueron 5 años de cubrirlas en sus salidas románticas y 4 de fingir ser el enamorado de Molly pero todo había valido la pena, el fruto del tiempo y la paciencia estaba frente a él: y era bellísimo.

William tocó algo de música con una Lira que había traído Molly y las dos recién casadas bailaron a la luz de las velas pausando a veces para besarse otra vez. La noche fue simplemente perfecta… o al menos esa parte de ella lo fue.

—Me encantaría decir que vendremos a visitarte pero sería una mentira —lamentó Aubrey mientras ayudaba a su esposa a subir al carruaje.

—No importa, tal vez sea yo el que las visite un día —tomó como posibilidad.

—Oh, nos encantaría —dijo Molly.

—Prometan que van a cuidarse mucho mientras viajen y que serán precavidas en Londres, no quiero que les pase nada malo.

—Tranquilo, fingiremos ser primas y mantendremos el afecto a puerta cerrada —le aseguró Aubrey—. De nuevo, no sabes cómo yo... es decir, las dos te agradecemos, William.

—Son mis amigas. Su felicidad es lo que me importa.

Vio al carruaje alejarse en la noche con luna llena de estrellas, deseándoles toda la suerte y felicidad del mundo. Ahora sólo tenía que dejar la ropa del reverendo de nuevo en la catedral, irse a su hogar, esperar el amanecer, buscar a Molly en su casa con el anillo en mano y fingir dolor al oír a sus padres decir que encontraron una nota que decía se había escapado con un mercader extranjero que estuvo viendo en secreto desde hace un par de años cuando este volvía al pueblo por negocios la cual Molly dejó sobre su almohada antes de irse, justo como lo planearon.

Pero eso no acabaría allí, también iba a tener que darle las malas noticias a su familia, desilusionarlos, fingir melancolía por algunos meses, soportar el apodo que seguramente le darían los lugareños —siendo "el que esperó demasiado" uno de los más probables a usar— y otras cosas más. Sin embargo la memoria de esa sencilla pero hermosa boda y el beso que ellas se dieron lo harían recordar que todo había valido la pena.

Empezó a sentir algo de nostalgia repentina por lo que en vez de ir a casa decidió hacer una parada en la vieja cabaña de Asena. A veces cuando necesitaba estar solo o un lugar donde pensar iba allí. En esos 10 años desde que ella se fue había cuidado muy bien del lugar para que no terminara en ruinas y había hecho un buen trabajo, el paso del tiempo no se notaba en la construcción.

Al entrar encendió la chimenea y se puso a hojear aquel atlas que tanto atesoraba. A diferencia de la casa este si se había desgastado por tantas veces que lo hojeó. Miró cada uno de esos mapas y se imaginó una vez más estar en aquellos lugares plasmados con tinta. Aquellos lugares de los que Asena le habló con tanto detalle.

— ¿Dónde estarás ahora? —suspiró, cerrando el atlas.

Se quitó la ropa del reverendo y la guardó en su morral, salió de la cabaña y la cerró cuidadosamente. Recorrió aquel sendero oculto hasta volver al camino principal hacia el pueblo. Miró con apatía el letrero que indicaba cuantas yardas faltaban para llegar, ya se sentía cansado de pensar en toda la mascarada que tendría que mantener el resto de sus días. "Está bien… ellas lo valen" pensó.

Pero podía irse. Cada vez que pasaba cerca de las afueras por cualquier motivo no podía evitar quedarse viendo al camino por unos minutos. Sentía que el mundo lo esperaba. Quería salir a ver todo aquello que Asena le había enseñado además de buscarla. No había olvidado aquella puesta; quería ganarla, quería volver a verla.

Pero eso significaría dejar a su hermano solo.

No podía. No debía. Como sus padres escaparon de su pueblo natal en Gales Tom no tenía familiares en quienes apoyarse cuando sus padres fallecieran. Aun logrando conseguir un trabajo a pesar de su ceguera sabía que la soledad de no tener familia a su lado lo devastaría y moriría de tristeza antes de que tan siquiera su piel empezara a arrugarse. Irse no era una opción.

También pensó muchas veces en llevárselo con él pero William quería viajar hasta el día que muriera y con Tom a su lado tendría que establecerse en un lugar fijo tarde o temprano lo cual lo llevaría a hacer lo mismo que si se quedara: formar una familia para que tuviera quien lo cuidara al fallecer. No permitiría que su hermano se quedara solo a la merced de cualquier ladrón que quisiera aprovecharse de su ceguera… aunque eso significara tener esposa e hijos por conveniencia y no por amor. Pero eso llevaba a la posibilidad de terminar siendo como su padre.

Lo odiaba, muchísimo; pero antes las cosas no eran así. Su madre le había explicado que sus abuelos no aprobaban su unión y cuando se embarazó de él tuvieron que irse de Gales antes de que sus parientes intentaran hacerles algo. Por muchos años cargó con esa culpa pero Asena lo hizo entender que él no se merecía el desprecio que su progenitor le daba y la apatía en su trato. Aun así, una parte de él no podía evitar buscar su aprobación.

Mas aun después de todo lo que hizo esos años para poder convertirse en el joven herrero que tomaría su lugar tanto el taller como el pueblo aún no había recibido afecto alguno de su parte hasta la fecha. Jamás había sonreído en su presencia, las únicas veces que lo veía feliz era cuando creía que su madre y él estaban solos en la casa. No podía esperar a que estuviera en su lecho de muerte para decirle todo lo que se guardaba adentro.

Unos gemidos lastimosos que vinieron de su izquierda lo sacaron de sus pensamientos. Sonaba como alguien viejo sufriendo. Eran bajos pero largos, cosa que indicaba que aquella persona llevaba sufriendo por más tiempo de lo soportable lo que sea que provocaba su dolor.

De haber sabido lo que iba a pasarle jamás se hubiera salido del camino, hubiera seguido hasta llegar al pueblo y seguiría con el plan pero nada de eso pasaría. Conforme se acercó al bosque los gemidos de dolor eran más claros, estaba cerca.

Lo encontró tirado en medio de un claro iluminado por la luna; un hombre que aparentaba 60 años, canoso de barba, uñas y cabellos largos con facciones europeas afiladas llevando una vestimenta de estilo búlgaro muy rasgada. Lo que hizo saber a William el porqué de sus gemidos fue su peso. Estaba demasiado delgado, tanto que se podían ver las marcas de sus costillas a través de las rasgaduras en su ropa, sus ojos también estaban muy hundidos en sus cuencas. Era claramente un caso de inanición extrema.

—Señor, ¿Me escucha? —preguntó tocándole el hombro.

Lo miró con los ojos llenos de esperanza y locura, como si fuera un oasis en el desierto y susurró con un inglés tosco:

—… H… ha… hambriento… muy…

—No se preocupe, lo llevaré a mi casa —dijo colocando su brazo sobre sus hombros—, allí le daremos comida.

—Ham… hambre… —murmuró ahora un poco más alto.

—Lo sé, está muy hambriento —dijo William comenzando a caminar—. No se preocupe, mi casa no está tan lejos.

"Ahora tengo que inventarme una muy buena mentira de por qué estaba en el bosque a esta hora" pensó fastidiado de tan sólo imaginarse en cómo le iba a gritar su padre por recoger viajeros hambrientos y como discutiría con su madre cuando ella lo defendiera por hacer lo que un buen cristiano debía.

—Sed… —habló ahora con un volumen normal, comenzando a temblar un poco.

—Sí, también tenemos agua en casa. Como le dije, no se preocupe, lo ayudaré a recuperarse.

Poco sabía que lo haría pero de un modo mucho más brutal del que se hubiera imaginado. El hombre tembló más, como si estuviera en una ventisca.

—Seeeed... —masculló dolorosamente más alto.

"Diablos, debe estar sufriendo mucho". Planeó llevarlo a un riachuelo que no estaba tan lejos de allí para que al menos pudiera hidratarse y callar el hambre aunque fuese un poco. Aceleró sus pasos pero entonces sintió todo su peso apoyado en él, había dejado de caminar.

No quería arrastrarlo así que decidió cargarlo hasta el riachuelo: el error más grande que pudo haber cometido en esa vida. Al sostenerlo en sus brazos su cuello quedó a pocos centímetros de él, centímetros que borró en instantes.

Un grito escapó de su garganta al sentir la dentadura en su carne y soltó al hombre pero él no separó su boca de William; había encajado sus uñas tras su espalda antes de que lo soltara, manteniendo el agarre.

Trató de apartarlo de él pero el hombre sacó fuerzas de la nada y lo hizo caer de espaldas. En el suelo intentó liberarse una vez más pero los brazos del hombre estaban más tiesos que la piedra. Gritó como nunca antes, pidiendo auxilio desde el fondo de sus pulmones. Intentó obligarlo a apartarse rasguñándole la espalda pero ni se inmutó.

Podía sentir como la sangre fluía de su cuello, siendo los colmillos aun en estos el único impedimento de que saliera a torrentes de su yugular. Los labios del hombre succionaban todo lo que podían desesperadamente como fuera la misma ambrosía de los dioses, deteniéndose sólo para permitir que su lengua lamiera las gotas que chorreaban por las comisuras de sus labios.

Justo cuando creyó que el dolor había alcanzado su punto máximo la sensación de hielo corriéndole por las venas se extendió por todo su cuerpo, iniciando desde su yugular y luego bajando, eclipsando lo que sentía en su cuello y su espalda. Sus latidos que de por sí ya eran presa del pánico comenzaron a requerir más esfuerzo para llevarse a cabo, como si corazón estuviera tratando de bombear miel... pero al cabo de unos minutos las palpitaciones se hicieron más lentas.

Pronto sus gritos comenzaron a morir antes de salir de su garganta. El mareo que venía con la pérdida de sangre llegó acompañado por insensibilidad en sus miembros y su visión empezó a nublarse.

Al final de largos y agonizantes minutos que parecerían no acabar el hombre al fin retiró sus dientes de su cuello. Se encontraba a poco de estar seco pero eso no le podía importar menos, tampoco el cómo era posible que aun estuviera consiente con tan poca sangre. Lo único que tenía lugar en su mente ahora que "el caníbal" lo había soltado al fin era Tom. Lo que temía que le pasara si se iba del pueblo ocurriría… iba quedarse solo.

Y el responsable de que eso se encontraba arrodillado cerca suyo en un trance placido. Su mirada llena de paz iluminada por la luna, la boca dibujando una sonrisa que enseñaba los colmillos, su iris emitiendo un brillo rojo rubí. Entonces su rostro pasó de la serenidad a la preocupación, rápido limpió su colmillo derecho con la lengua y puso su índice bajo la punta. Después de un par de segundos cayó sobre su yema una gota de color naranja. Apartó su mano y al verla se cubrió la boca con la otra mientras sus ojos se abrían aún más.

William miró al cielo y recapituló toda su vida hasta el momento en unos instantes junto con las cosas que deseaba y debía hacer. Nunca podría ver el mundo, ni reencontrarse con Asena y tampoco cuidar de su hermano o seguir ayudando a James hasta que sanara… pero sí había logrado casar a Molly y Aubrey además de ayudarles con su huida del pueblo.

"Bueno… al menos logré… hacer algo bien…" pensó rompiendo en llanto. Y sus ojos finalmente se sumieron en la penumbra.

… … …

Todo era oscuridad… no podía ver… no podía oler… y no podía oír. Esos días —que le parecieron años— su mundo y todo lo que existía en él se convirtieron en un abismo negro donde sólo existían el suelo y el dolor.

Dolor del hielo viajando por sus venas. Dolor de su mandíbula superior por sus dientes cambiando de forma. De sus ojos como si estos se encontraran viendo el sol sin apartarse. De sus huesos y sus músculos endureciéndose. De sus uñas sintiendo constantemente que las estaban arrancando. De sus pulmones suplicando por aire. De su corazón moviéndose pero sin latir, como intentando escapar de su pecho.

¿Acaso las ramas del cristianismo tenían razón y estaba en el infierno? ¿O se encontraba en el purgatorio? Fuese como fuese trató de captar algún sonido muchísimas veces. Gritaba a todo pulmón, sentía sus cuerdas vocales tensarse pero no podía escuchar ni su propia voz.

A veces gritaba los nombres de sus amigos cuando tenía esperanza de aun encontrarse entre los vivos, suplicando mentalmente que lo escucharan y lo sacaran de donde fuera que estuviese. Pero cuando la desesperación volvía a invadirlo clamaba por sus difuntos bisabuelos esperando que pudieran sacarlo de allí si es que estaba en alguna parte de a dónde iban los muertos y al menos volver como fantasma vagante al mundo terrenal.

De vez en cuando trataba de levantarse pero el sufrimiento por el que pasaba también se había tragado todas sus fuerzas; no logró despegar ni un miembro del piso por más que lo intentó.

Un día todo se detuvo… el dolor se había esfumado… y su olfato volvió.

Atónito, respiró a bocanadas, dándose cuenta de la humedad que lo rodeaba y la tierra ¿Estaba en un lugar subterráneo? Pronto se dio cuenta que en realidad se encontraba en la superficie al oler una brisa que entró en donde estaba, cargada del olor del pasto, el rocío, la corteza de los arboles… pero había otro olor que provocó una repentina segregación de adrenalina en todo su cuerpo: saliva mezclada con sangre.

Todo recuerdo, toda cordura se bloqueó de su mente; sólo quería llegar la fuente del olor. Razón por la que no se asombró de haber encontrado la fuerza para ponerse de pie y correr. Corrió a ciegas con una velocidad digna de un caballo. El olor del musgo en los troncos le indicaba la ubicación de los árboles en su camino y no chocó contra alguno de ellos.

Al estar a pocos metros de llegar sintió la tierra temblar un poco, la fuente del olor corrió hacia él al notar su presencia: era enorme. Las vibraciones del piso le hicieron sentir también cuando se detuvo frente él y se irguió. Con sólo su olfato percibió la tierra en sus garras yendo directo a su cara y pudo agacharse a tiempo. Una tacleada le bastó para tumbar a ese ser enorme.

Su cabeza lo golpeó justo bajo en el esófago, olió su aliento abandonar su cuerpo. Sentir los latidos bajo su grueso pelaje lo llenó se éxtasis y apenas dos segundos de que la espalda del ser tocara el piso, no pudo resistirse más. Atravesó su torso con la mano y la deslizó a lo ancho haciéndole una enorme abertura en el vientre.

El ser se movió, se levantó e intentó atacarlo pero esquivó sus extremidades mientras le sacaba las entrañas, llenando el aire con el olor que lo guió hasta él. Dentro de poco cayó de nuevo al piso, aun se movía pero pronto dejaría de hacerlo. William lamió el líquido de cubría las aun tibias vísceras del peludo ser, pero no le bastó, tenía mucha hambre.

Estuvo a punto de dar la primera mordida cuando sintió su piel quemándose; debía volver de donde vino. Arrastró con facilidad al ser —ahora que ya había bebido un poco recuperó más fuerzas— y en poco tiempo volvió al lugar húmedo y frio donde inició su búsqueda, allí continuó.

… … …

Esos momentos que vivió después de que el dolor cesó volvieron a su mente ahora que había sido tocado por la cortina roja pero en aquel siglo no recordó nada de ello al despertar con sus otros sentidos de vuelta.

Lo que lo había sacado de su sueño fue el sonido a pocos metros de él, un montón de zumbidos incesantes. Se limpió las lagañas de los ojos y al ajustar su visión supo que estaba en una cueva. Iba a ponerse pie pero se lo impidió el impacto causado al ver el origen de los zumbidos. Era el cadáver de un oso cubierto de moscas con toda la caja torácica abierta y casi vacía, sólo quedaban en ellas el intestino grueso, los pulmones y las cosillas.

Retrocedió asqueado cubriéndose la boca. "¿Qué clase de desquiciado pudo haber hecho esto? —pensó. Entonces recordó al "caníbal" — Él… ¡Sí, definitivamente fue él!"

Temiendo que se encontrara cerca, se quitó los zapatos para no hacer ruido y caminó despacio a la salida. Cuando estaba a un metro del cadáver todas las moscas se alejaron volando como si huyeran del fuego. Después de pasar al oso —haciendo su mejor esfuerzo por no vomitar— llegó a la entrada de la cueva, miró alrededor revisando que no hubiera nadie y corrió como alma perseguida por el diablo.

Los colores y las texturas de las cosas se dibujaban en sus ojos con una nitidez que le parecía irreal. También lograba escuchar y distinguir todos los sonidos en un radio muy amplio, desde los insectos hasta los diferentes toques del viento sobre cada objeto por el que pasaba. Y su olfato no se quedaba atrás, la multitud de olores que había en el bosque se aglomeraban en su nariz, todos únicos y definidos como nunca antes los percibió.

No fue hasta haberse adentrado a una parte que conocía del bosque en que al fin se permitió detenerse al lado de un árbol donde se sentó con las rodillas cerca del pecho, cubrió sus odios y cerró los ojos. Era demasiado, sus sentidos lo habían saturado por todos los flancos, sentía que su cerebro podría estallar en cualquier momento.

— ¿Me volví loc…? ¡Ahg!

Incluso el volumen de su propia voz era mucho para él. "No… no puedo estar loco… —continuó mejor en su mente— ¡Debo estar enfermo! Sí, ese maldito viajero inmundo debió haberme contagiado algo raro cuando me mordió" Sólo esperaba que ese algo no fuera contagioso vía aérea o cutánea, odiaría tener que estar en cuarentena dentro de algún cuarto sellado en la enfermería de la catedral. Pero sabía que no podría caminar de vuelta al pueblo con sus sentidos así, no lo soportaría.

Entonces ató el pañuelo que tenía en el bolsillo interior de su chaleco sobre su nariz y boca. Luego arrancó dos pequeños trozos de tela de su camisa y los puso en sus odios luego de enrollarlos. Por último se despeinó un poco para que sus cabellos le cubrieran los ojos sin obstruirle mucho la vista pero si lo suficiente para no notar demasiado las texturas y colores.

Se encaminó de regreso a su hogar, repasando mentalmente lo que debía hacer ahora que Molly y Aubrey se fugaron. "Esperen… ¡El anillo!" Buscó ansioso en sus bolsillos, suplicando que el caníbal no se lo hubiese robado y al tocarlo fue sorprendido por la sensación de metal al rojo vivo calcinando su mano.

La sacó dando un grito que atravesó sus improvisados tapones de oídos. En la palma tenía dibujado un círculo con su piel recién quemada. Recorrió las heridas con su dedo "Es real… —dijo en su mente, temblando— ¡¿Pero cómo demonios?!" Pensó un poco y supuso que el caníbal debió ponerle algún veneno que hiciese daño al contacto. Sabía que esa conjetura no tenía mucho sentido pues de haberlos visto lo más lógico era que los robara y ya, pero era lo único que se le ocurría para explicar la quemadura. Además, creía que el hombre era indudablemente un trastornado mental, no debía sorprenderle que hubiese hecho algo así sólo por pura diversión maliciosa.

Se desvió de su camino para ir al riachuelo al que pensó llevar al viajero, allí se quitó el pañuelo de su boca —aguantando la respiración— y tomó el anillo con ayuda de este. Lo iba a lavar rápido y volver a colocarse el pañuelo pero, al acercarse al agua, el reflejo que le devolvió la mirada tenía un rostro distinto. Tenía facciones un poco más afiladas, el color miel de sus ojos parecía rojizo, toda cicatriz e imperfección se había borrado y, sobretodo, parecía un par de años mayor.

"No, estoy alucinando" negó con la cabeza.

Sumergió el anillo y lo frotó con el pañuelo pero al tocarlo después de que lo sacó este quemó su piel una vez más. Pensó que sin dudas era una enfermedad rara ¿Qué otros síntomas tendría al avanzar esta? No quería averiguarlo. Se ató el pañuelo húmedo y corrió otra vez hacía el pueblo.

Estaba muy cerca de llegar, casi podía verlo a la distancia pero entonces un sonido muy fuerte se acercó desde su derecha. Eran como pisadas, muchas y muy rápidas, también gruñidos. Volteó apartando sus cabellos de su frente para ver de qué se trataba, su estómago se hizo nudo al darse cuenta que era un conejo perseguido por un trio de lobos.

No quería cruzarse en su camino y convertirse en otro blanco para ellos. Dio media vuelta y corrió pero tropezó con una roca, quebrándose la nariz. La manada ahora estaba a poca distancia de él, se cubrió la cabeza con los brazos esperando lo peor pero luego de unos segundos sólo escuchó el sonido de patas haciendo fricción con el piso.

Confundido, se atrevió a levantar su vista del suelo y no creyó lo que vio. Tanto depredador como presa se habían detenido en seco a cinco metros de él. Todos tenían las orejas abajo, las patas les temblaban, los lobos gemían como si fueran perros falderos, el conejo respiraba muy agitado: le temían. Apenas se movió un poco para ponerse de pie y los cuatro animales se fueron corriendo en diferentes direcciones.

El dolor por su nariz rota hizo que por reflejo se alargaran sus colmillos que no había visto bien en el reflejo en el agua debido a que el cabello le cubría los ojos. Al sentir el movimiento en su encía llevó sus dedos a su dentadura y pudo tocarlos. Olfato, oídos y vista super-desarrollados, sensibilidad a la plata, colmillos más largos que el humano promedio, provocación de miedo en animales. Tocó en donde lo mordió "el caníbal" y se dio cuenta que no le quedó una marca común de dientes, sino sólo dos orificios.

"No, no puede ser eso… ¡Me reflejé en al agua! ¡Ellos no tienen reflejo!" —gritó en su mente tratando de conservar la calma.

Sólo había una cosa que podría afirmar aquella terrible hipótesis: el sol. Miró al cielo, las nubes cubrían todo el firmamento excepto por algunos pequeños espacios vacíos y uno de ellos estaba a punto de pasar frente al astro rey. Se alejó hacia un claro en el bosque, no quería que la sombra de los arboles interfirieran en lo absoluto.

Aguardó. Un minuto. Ansiedad. Dos. Temor. Tres. Esperanza.

Al final la marcha del viento dio paso al momento que William esperó. La luz trajo con sigo la sensación del fuego abrazando todo su cuerpo y lo tiró al suelo, donde se retorció y gritó. Miró horrorizado a su piel expuesta enrojecerse y olió el aroma a carne quemado que comenzó a despedir.

Ese sufrimiento inmenso fue la confirmación de su condena a la oscuridad y la miseria: lo habían convertido en VAMPIRO.

¡NOOOO!

Se arrodillo y rezó. Rezó lo más fuerte y vehemente de lo que jamás había odio a alguien más hacerlo. Rezó mientras sus quemaduras llegaron a su tejido muscular. Rezó aunque sus oídos no soportaran el volumen de su voz, suplicándole que se detuviera. Rezó aunque sintió sus ojos hervir bajo sus parpados. Rezó apelando a la misericordia de cualquier dios, diosa o dioses que estuvieran escuchándolo, jurando lealtad y devoción absolutas si devolvían su alma y cuerpo a la sencillez de la humanidad.

Rezó…

Rezó…

Rezó…

Mas lo único que llegó fue la nube que le tocaba tapar el sol en ese momento dando una pequeña tregua a su sufrimiento, al menos el de su cuerpo.

Los mismos pensamientos que rondaron su cabeza la noche en que lo atacaron volvieron una vez más a atormentarlo pero ahora eran más fuertes, más tangibles. Una cosa era lamentarse en un lecho de muerte sobre todo lo inconcluso… y algo muy diferente era lamentarse siendo lo que era ahora.

Seguía en el mundo que le pertenecía a los de corazón latiente y todo lo inconcluso seguía cerca de él, mirándolo fijamente, recordándole que estaría fuera de su alcance para siempre. Y de todo aquello lo peor era que el futuro que tanto temió para su hermano ahora sería definitivo; iba a quedarse solo.

Volvió a rezar pero ahora por una misericordia diferente:

—Mátenme…

Nota de la autora:

Sé que este es corto en comparación de capítulos más recientes pero lo que queda para decir sobre su pasado aun es bastante y hubieran sido muchas páginas en un solo capitulo.

Quería escribir un poco la vida de Ragamuffin como humano antes de hacerse vampiro, exponer que clase de persona era y que valores tenía además de darle un buen fundamento a sus deseos de dejar el pueblo en el que vivía.

Sip, sé que usé los votos de "El Cadáver de la Novia" para la boda de Molly y Aubrey; ¡Es que son tan bellos!

Como dije al principio, no sé si siga con el fanfic pero si decido dejarlo les avisaré como aquella vez que utilicé el capítulo 30 para avisar que mi vieja laptop se había descompuesto.

Espero que les haya gustado y nos vemos… tal vez…

(Perdón por los posibles errores de ortografía)