Y(la historia no pertenecees propiedad de Sarah J. Maas, la traducciónpersonaje no me pertenece, le pertenece a traducciones Independientes y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi) (Y las antiguos libros publicados en esta página son de Cellita G)
Maraton 2/4
capitulo 47
—¿Pero qué demonios pasó? —gruñó Aelin mientras las puertas se golpeaban tras ella. Aedion y Graham la siguieron pegados a sus talones, los dos bajo pesadas capuchas.
El pasillo principal estaba vació, pero un vidrio se quebró en la cerrada sala de estar y luego–
Tres hombres; uno alto, uno bajo y delgado, y uno monstruosamente musculoso irrumpieron en el pasillo. Harding, Tern, y Mullin. Ella les enseñó los dientes, a Tern en particular. Él era bajo, anciano y el más astuto. El líder del grupo. Probablemente debió haber esperado que ella matara a Arobynn el día en que corrieron el uno hacia el otro en las Bóvedas
—Habla ya —siseó ella.
Tern se apoyó bien sobre sus pies.
—No, a no ser que tú hagas lo mismo.
Aedion dejó escapar un gruñido mientras los tres asesinos miraban a sus acompañantes.
—Que no te preocupen los perros guardianes —dijo Aelin bruscamente—. Hablen.
Se escuchaba un sollozo tenue desde la sala de estar y posó sus ojos más allá del alto hombro de Mullin.
—¿Que están haciendo esos dos pedazos de puta en esta casa? Tern frunció el ceño.
—Porque Elisa es la que despertó gritando junto a su cuerpo. Sus dedos se convirtieron en garras.
—¿Fue ella? —murmuró con tanta ira en los ojos que hasta Tern se movió hacia un lado cuando entró en la habitación.
Elisa estaba desplomada en una silla, un pañuelo presionado sobre su cara. Clarisse, su madame, estaba parada detrás de la silla, su rostro pálido y ceñido.
Sangre manchaba la piel de Elisa y apelmazaba su cabello, también los pedazos de la bata de seda que apenas cubría su desnudez se ahogaron en ella.
Elisa se levantó un poco hacia arriba, sus ojos rojos y su cara manchada.
—No lo hice... lo juro... Yo no...
Una actuación espectacular.
—¿Porque diablos debería creerte? —dijo Aelin arrastrando las palabras—. Tú eres la única con acceso a su cuarto.
Clarisse, y su pelo rubio colgando con gracia aún para ser una cuarentona, hizo sonar su lengua.
–Elisa nunca le haría daño a Arobynn, ¿por qué lo haría, cuando estaba trabajando muy duro para pagar todas sus deudas?
Aelin levantó su mano hacia la madame.
—¿Pedí tu maldita opinión, Clarisse?
Por la violencia de sus palabras Graham y Aedion guardaron silencio, aunque ella podría jurar que vio una chispa de asombro en sus ojos. Bien. Aelin desvió su atención hacia los asesinos.
—Muéstrenme el lugar en que lo encontraron. Ahora.
Tern le dio una larga mirada, procesando cada palabra. Valiente intento, pensó, en intentar ver que es lo que sé más de lo que debería. El asesino señaló a las grandes escaleras que eran visibles desde las puertas abiertas de la sala de estar.
—En su cuarto. Llevamos su cuerpo abajo.
—¿Lo movieron antes de poder ver la escena yo misma?
Fue el alto y callado Harding que dijo:
—Te avisaron solo por cortesía.
Y para ver si yo lo había hecho
Aelin apuntó un dedo hacia donde estaban Elisa y Clarisse.
—Si una de ellas intenta correr —le dijo a Aedion—, destrípalas.
La sonrisa brillante de Aedion apareció por entre su capucha, sus manos casualmente deslizándose hacia sus cuchillos de pelea.
El cuarto de Arobynn era un baño de sangre, y no había nada falso mientras se detenía en el umbral a mirar la cama empapada y la piscina de sangre en el suelo.
¿Qué diablos le había hecho Elisa?
Apretó sus temblorosas manos, teniendo en cuenta que los tres asesinos a su espalda podían verlo. Estaban monitoreando cada respiración, parpadeo y trago.
—¿Cómo?
Mullin gruñó:
—Alguien cortó su garganta y lo dejó ahogarse en su propia sangre hasta la muerte.
Su estómago se torció –realmente se torció. Elisa al parecer no estaba feliz de haberlo dejado ir tan rápido.
—Ahí —dijo ella y su garganta se cerró. Lo intentó otra vez—. Hay una huella en la sangre.
—Botas —dijo Tern a su lado—. Grandes, probablemente de un hombre —le dio una mirada al delgado pie de Aelin. Luego estudió los pies de Graham en un lugar detrás de ella, aunque probablemente ya lo hubiera hecho. Pequeña mierda. Claro que las huellas que Albert deliberadamente dejó estaban hechas con otro tipo de botas a las que llevaban.
—Él seguro no tienen señales de haber sido forzado, ¿qué tal la ventana? —Ve a ver —dijo Tern.
Ella tendría que pasar sobre la sangre de Arobynn para alcanzarla. —Solo dime —dijo tranquilamente.
—El seguro está roto por fuera —dijo Harding y Tern le lanzó una mirada.
Volvió a la fría oscuridad del pasillo, Graham siguió manteniendo su distancia, su identidad de Hada aún escondida bajo la capucha; y se mantendrá así a no ser que abra su boca y muestre sus largos caninos. Aelin dijo:
—¿Nadie reportó algo extraño anoche?
Tern se encogió de hombros.
—Había una tormenta. Lo más probable es que el asesino haya esperado hasta ese momento para matarlo —le dio otra de esas miradas largas, perversa violencia danzando en sus oscuros ojos.
—¿Por qué no lo dices Tern? ¿Por qué no me preguntas donde estaba anoche?
—Sabemos dónde estabas —dijo Harding pasando a llevar a Tern. No había nada amable en su insulsa cara—. Nuestros ojos te vieron en casa toda la noche. Estabas en el techo de tu casa y después te fuiste a la cama.
Exactamente como ella lo había planeado
—¿Estás diciéndome ese pequeño detalle porque te gustaría que encontrara esos ojos y los
cegara? —Aelin replicó dulcemente—. Porque después de que ponga en orden este desastre
eso es exactamente lo que voy a hacer.
Mulling suspiró ruidosamente por la nariz y miró a Harding, pero no dijo nada. Él siempre fue un hombre de pocas palabras –perfecto para el trabajo sucio.
—Tú no tocas a nuestros hombres y nosotros no tocamos a los tuyos —dijo Tern
—Yo no hago tratos con pedazos de mierda-asesinos de segunda mano —pidio ella y le dio una sonrisa pícara mientras se habría paso por el pasillo, pasando por su antiguo cuarto y bajando por las escaleras, Graham un paso por detrás.
Asintió con la cabeza hacia Aedion cuando entró en la sala de estar. Conservó su posición de observador, todavía sonriendo como un lobo. Elisa no se había movido un centímetro.
—Te puedes ir —le dijo ella. Elisa movió la cabeza repentinamente.
—¿Qué? —ladró Tern
Aelin apuntó a la puerta.
—¿Por qué estas zorras degradadas por dinero matarían a su mejor cliente? —dijo sobre su hombro—. Creo que ustedes tres tendrían más que ofrecer.
Antes de que pudieran empezar a ladrar, Clarisse tosió enfáticamente. —¿Si? —siseó Aelin
La cara de Clarisse estaba pálida como la muerte, pero mantuvo su cabeza en alto mientras dijo:
—Si lo permites, el Maestro del Banco estará pronto aquí para leer el testamento de Arobynn. Arobynn... —se pasó una mano por los ojos. El perfecto retrato del sufrimiento—. Arobynn me dijo que estábamos nombradas. Nos gustaría quedarnos hasta que haya sido leído.
Aelin sonrió.
—La sangre de Arobynn que se encuentra en la cama aún no se seca y ya están abalanzándose sobre su herencia. No sé por qué estoy sorprendida, quizás debería desecharte como su asesina si estás tan entusiasmada por arrebatar lo que sea que te haya dejado.
Clarisse palideció otra vez y Elisa comenzó a temblar. —Por favor Candy —rogó Elisa—. Yo nunca– Alguien llamó a la puerta principal.
Aelin deslizó sus manos a sus bolsillos.
—Vaya, vaya, que momento más oportuno.
oooooooooooo
El Maestro del Banco parecía como si fuera a vomitar por ver a Elisa cubierta de sangre, pero pareció relajarse luego de divisar a Aelin. Elisa y Clarisse se sentaron en sillas iguales mientras que el Maestro se sentaba detrás del pequeño escritorio, cerca de las grandes ventanas. Tern y sus compinches merodeando como buitres. Aelin se apoyó contra la pared cerca de la salida con los brazos cruzados, Aedion a su izquierda y Graham a su derecha.
Mientras el Maestro hablaba y hablaba sobre sus condolencias y disculpas, Aelin sintió los ojos de Graham sobre ella. Él dio un paso, acercándose como si intentara rozar su brazo contra el de ella. Se apartó.
Graham seguía mirándola cuando el Maestro abrió un paquete y se aclaró la garganta. Parloteó sobre la jerga legal y ofreció sus condolencias otra vez, las cuales la maldita de Clarisse tuvo el descaro de aceptar como si fuera la viuda de Arobynn.
Después vino la larga lista de sus posesiones, sus invenciones de negocio, sus propiedades y la gigante e indignante fortuna que tenía en su cuenta. Clarisse estaba casi babeando sobre la alfombra, pero los asesinos de Arobynn mantuvieron su cara neutral.
—Es mi voluntad —leyó el Maestro—, que el único bene ciario de mi fortuna, posesiones y propiedades sea mi heredera, Candy White.
Clarisse se giró tan rápido como una víbora.
—¿Qué?
—Una mierda —soltó Aedion.
Aelin solo miró al Maestro, su boca un poco abierta, sus manos sueltas a sus costados. —Di eso de nuevo —respiró.
El Maestro dio una pequeña y difusa sonrisa.
—Todo. Todo esto se te fue otorgado. Bueno, excepto por esta suma que fue dejada a madame Clarisse para saldar sus deudas —le mostró a Clarisse el papel.
—Eso es imposible —siseó la madame—. Él me prometió que estaría en el testamento.
—Y lo estás —dijo Aelin lentamente, apoyándose sobre la pared para ver el pequeño número
sobre el hombro de Clarisse—. No te pongas codiciosa ahora.
—¿Dónde están los duplicados? —demandó Tern—. ¿Los has inspeccionado? —se acercó a la mesa abruptamente para examinar el testamento.
El Maestro se encogió, pero levantó el translúcido papel rmado por Arobynn y completamente legal.
—Verificamos nuestras copias en las bodegas esta mañana. Todas idénticas con la fecha de hace tres meses atrás.
Cuando ella estaba en Wendlyn. Dio un paso hacia adelante.
—Así que, aparte de esa insignificante suma para Clarisse... todo esto, esta casa, el Gremio, las otras propiedades, su fortuna –¿es todo mío?
El Maestro asintió otra vez, preparándose para tomar sus cosas.
—Felicidades señorita White.
Lentamente ella giró su cabeza hacia Clarisse y Elisa.
—Bueno, si ese es el caso —mostró sus dientes en una sonrisa viciosa—. Saquen sus malditos cuerpos chupa-sangre infernales fuera de mi propiedad.
El Maestro se atragantó.
Elisa no podía moverse más rápido mientras corría hacia la puerta. Clarisse a pesar de todo permaneció sentada.
—¿Cómo te atreves...? —comenzó la madame.
—Cinco —dijo Aelin levantando cinco dedos. Bajó uno y tomó su daga con la otra mano—.
Cuatro —otro—. Tres.
Clarisse salió volando de la sala detrás de una sollozante Elisa.
Luego Aelin miró a los tres asesinos. Sus manos colgando ácidas a sus costados, furia, shock y sabiamente algo parecido al miedo estaban en sus caras.
Habló muy despacio:
—Tú retuviste a Anthony mientras Arobynn me enviaba al olvido y no levantaste un solo dedo para detenerlo cuando se lo hicieron a él también. No sé qué rol juegas en su muerte pero nunca olvidaré el sonido de sus voces afuera de mi habitación mientras me alimentaban con detalles sobre la casa de Rourke Farran. ¿Fue fácil para ustedes tres, enviarme a esa casa cruel sabiendo lo que él le había hecho a Anthony y lo que planeaba hacer conmigo? ¿Estaban solo siguiendo órdenes o eran felices siendo voluntarios?
El Maestro se encogió en su asiento, tratando de ser lo más invisible que podía en una sala llena de asesinos profesionales.
El labio de Tern se curvó.
—No sé de qué estás hablando
—Lástima. Me debí haber preparado para escuchar historias insignificantes —miró al reloj sobre la chimenea—. Empaquen su ropa y se van. Ahora ya.
—Este es nuestro hogar —dijo Harding
—Ya no más —dijo mirándose las uñas—. Corrígeme si estoy equivocada, Maestro —ronroneó y el hombre se encogió ante eso—. Yo poseo esta casa y todo lo que hay en ella. Tern, Harding y Mullin aún no terminan de pagar sus deudas al pobre Arobynn, así que poseo todo lo que ellos tienen aquí, incluyendo su ropa. Me siento generosa, así que les dejaré conservar eso, ya que su gusto es asqueroso de todas maneras. Pero sus armas, la lista de clientes, el Gremio... todo eso es mío. Yo decido quién está adentro y quién está afuera. Y desde que estos tres intentaron acusarme de haber matado a mi maestro, yo digo que están fuera. Y de nuevo, en esta ciudad, en este continente y por la ley y las leyes del Gremio, tengo el derecho de cazarlos y destrozarlos en miles de pedacitos —batió sus pestañas—. ¿O estoy equivocada?
El Maestro tragó audiblemente.
—Está en lo correcto.
Tern dio un paso hacia ella.
—No puedes –no puedes hacer esto.
—Puedo y lo haré. Reina de los Asesinos suena bien ¿no? —se movió hasta la puerta—. Sírvanse fuera.
Harding y Mulling iban a moverse pero Tern levantó su brazo y los detuvo. —¿Qué demonios quieres de nosotros?
—Sinceramente no me molestaría ver a los tres destripados y colgando de los candelabros, pero creo que se arruinarían estas hermosas alfombras de las que soy dueña ahora.
—No puedes solo echarnos. ¿Qué haremos? ¿A dónde iremos?
—Escuché que el infierno es particularmente agradable en esta época del año.
—Por favor, por favor —dijo Tern, su respiración acelerándose.
Ella puso sus manos en sus bolsillos y observó la habitación.
—Supongo que... —hizo un sonido re exivo—. Supongo que puedo venderte la casa, y las tierras y el Gremio.
—Tú perra —escupió Tern, pero Harding se adelantó.
—¿Cuánto? —preguntó.
-—¿Cuál es el valor de la propiedad y del Gremio, Maestro?
El Maestro parecía un hombre caminado hacia la horca mientras abría su archivo otra vez y buscaba la suma. Astronómica, Indignante, imposible que los tres puedan costearla.
Harding pasó una mano por su cabello y Tern estaba de un color púrpura.
—Diré que no tienen lo suficiente —dijo Aelin—. Que pena. Iba a vendérselos al pie de la letra –sin alza.
Comenzó a girarse cuando Harding dijo:
—Espera, ¿qué tal si todos pagamos juntos? –nosotros tres y los otros. Así poseemos todos a casa y el Gremio.
Ella se detuvo.
—El dinero es dinero, no importa de dónde lo sacaste con tal que me lo des a mí —giró su cabeza hacia el Maestro—. ¿Puedes tener los papeles para hoy? Considerando que puedan lograrlo hoy, claro.
—Esto es una locura —le murmuró Tern a Harding
Harding negó con la cabeza.
—No hables, Tern, solo –no hables.
—Yo... —dijo el Maestro— Yo –yo puedo tenerlos en más o menos tres horas ¿Es eso tiempo suficiente para que puedan reunir lo necesario?
Harding asintió.
—Encontraremos a los otros y les diremos. Aelin le sonrió al Maestro y a los tres asesinos.
—Felicidades por su nueva libertad —señaló nuevamente a la puerta—. Pero como soy la dueña de esta casa por las próximas tres horas... Fuera. Vayan a buscar a sus amigos, junten el dinero y siéntense hasta que el Maestro vuelva.
Ellos obedecieron, Harding sujetando la mano de Tern para evitar que hiciera un gesto obsceno. Cuando el Maestro del Banco se fue, los asesinos hablaron con sus colegas y cada habitante de la casa desapareció, uno tras otro, incluso los sirvientes. No le importaba lo que los vecinos pensaran de eso.
Pronto la gigante y hermosa mansión estaba vacía para ella, Aedion y Graham.
En silencio la siguieron mientras caminaba a través de la puerta que llevaba a los niveles inferiores y descendía para ver a su maestro una última vez.
oooooooooooo
Graham no sabía qué hacer. Una ola de odio, ira y violencia, eso era en lo que ella se había convertido. Y ninguno de estos asquerosos asesinos estaba sorprendido –ni siquiera pestañearon hacia su comportamiento. Por la cara pálida de Aedion, sabía que el general estaba pensando lo mismo, considerando los años que ella había pasado como esa sólida y viciosa criatura. Candy White –que es lo que había sido y en lo que se convirtió hoy.
Él lo odiaba. Odiaba no poder alcanzarla cuando era esa persona. Odiaba haberla roto la noche anterior, entró en pánico al contacto de sus manos. Ahora ella lo había apartado completamente. Esta persona en la que se había convertido no poseía amabilidad ni alegría.
La siguió hacia los calabozos, donde las velas alumbraban un camino a través de la sala donde el cuerpo de su maestro era mantenido. Ella aún se comportaba arrogante, las manos en sus bolsillos, sin importarle si Graham vivía, respiraba o incluso existía. Falso. Se dijo a sí mismo. Está actuando.
Pero ella lo evitaba desde ayer, y hoy lo evitó cuando intentó alcanzarla. Eso había sido real.
Ella dio una zancada a través de la puerta abierta hacia la sala en la cual Anthony estuvo recostado. Cabello rojo sobresalía bajo la blanca sábana de seda que cubría el cuerpo desnudo en la mesa, y se detuvo frente a él. Luego se giró hacia Graham y Aedion.
Ella los miró, esperando. Esperando a que–
Aedion maldijo.
—Cambiaste el testamento, ¿cierto?
Ella le dio una pequeña y fría sonrisa, sus ojos se oscurecieron.
—Dijiste que necesitabas dinero para un ejército, Aedion. Aquí está tu dinero, Todo y cada moneda para Terrasen. Era lo mínimo que Arobynn nos debía. Esa noche que peleé en las minas, estábamos ahí solo porque contacté a los dueños días antes y les dije que enviaran unas señales sutiles a Arobynn sobre invertir. Él mordió el anzuelo, ni siquiera pensó en la gravedad del asunto. Pero quería asegurarme de que devolviera rápidamente el dinero que perdió cuando destrocé las Bóvedas. Así que ni una sola moneda que nos deban se nos será negada.
Maldito Infierno ardiente.
Aedion negó con su cabeza.
—¿Cómo –cómo siquiera pudiste hacerlo? Ella abrió su boca, pero Graham dijo despacio.
—Se infiltró dentro del banco, todas esas veces que se escapaba en medio de la noche. Y usó todas las citas del día con el Maestro del Banco para tener idea de donde están guardadas las cosas —esta mujer, esta reina suya... Una sensación familiar de emoción lo recorrió—. ¿Quemaste los originales?
Ella ni siquiera lo miró.
—Clarisse sería una mujer muy adinerada, y Tern se habría convertido en el Rey de los Asesinos. ¿Y sabes que habría obtenido yo? El amuleto de Orynth. Eso fue todo lo que me dejó.
—Así es como supiste que realmente lo tenía, y donde lo guardaba —dijo Graham—. Por leer el testamento.
Ella se encogió de hombros otra vez, ignorando el shock y la admiración que Graham no podía evitar tener el rostro. Ignorándolo a él.
Aedion examinó su semblante.
—Ni siquiera sé que decir, debiste haberme dicho, así no parecía un idiota allá afuera.
—Tu sorpresa necesitaba ser genuina; ni siquiera Elisa sabía sobre el testamento —una respuesta muy distante, cerrada y fuerte. Elisa quería sacudirla, demandarle que hablara, que lo mirara. Pero no estaba seguro de que haría si ella no lo dejara acercarse, si lo apartara frente a Aedion.
Aelin se giró hacia el cuerpo de Arobynn y corrió la sábana de su cara, revelando una herida que se deslizaba a través de su cuello pálido.
Elisa lo había destrozado.
La cara de Arobynn había sido arreglada para mostrar una expresión de paz, pero por la sangre que Graham había visto en su habitación, el hombre había estado más que despierto mientras se ahogaba en su propia sangre.
Aelin miró a su antiguo maestro, su cara en blanco excepto por su boca torcida.
—Espero que los dioses oscuros encuentren un buen lugar para ti en su reino —dijo ella y un escalofrío recorrió la espalda de Graham a la caricia de medianoche de su tono.
Ella extendió su mano hacia Aedion. —Dame tu espada.
Aedion tomó la espada de Orynth y se la entregó. Aelin miró hacia la espada de sus ancestros mientras la tomaba en sus manos.
Cuando levantó su cabeza, solo había una fría determinación en esos destacables ojos. Una reina haciendo justicia.
Luego levantó la espada de su padre y separó la cabeza de Arobynn de su cuerpo. Rodó hacia un lado con un sonido vulgar, y ella sonrió con malicia al cadáver.
—Solo para estar seguros —fue todo lo que dijo.
