"El amanecer es siempre una esperanza para los hombres."
"Diecisiete"
Capítulo LI
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El androide había conducido completamente en silencio desde que salieron de la Central, limitándose sólo a lanzar miradas inquisitivas al Director del Decovisa a través del retrovisor interior del coche. El ambiente en el habitáculo eran tan tenso que ni siquiera Piper osó forzar conversación alguna con Diecisiete.
Una vez en el Centro de Recuperación de Especies, el androide abrió el maletero para dejar salir a Tristan, y le ordenó que se quedara allí. El lobo tenía la entrada vetada desde que nacieron los polluelos por un tema de aislamiento de virus y bacterias.
Tras cruzarse con Mars y Nakai, los auxiliares de veterinaria que trabajaban bajo la supervisión de Adler en el Centro de Recuperación, Diecisiete entró en el edificio precediendo al Director del Decovisa y a Piper.
Sus pasos resonaron en el corredor del modo habitual, acercándose a la puerta de la sala de trabajo, desde la que le llegó la voz de Ruby hablando distendidamente con Adler y Alec.
Cuando abrió la puerta de la sala los tres voltearon y Ruby le dedicó una sonrisa resplandeciente al verle. Pero antes de que Diecisiete pudiera decir nada, Lorius emergió tras él y se adelantó al encuentro de la zoóloga.
—¡Doctora Sinclair! —exclamó. Ella le miró, extrañada, como si no le conociera de nada—. Permítame felicitarla por su estado. ¡Ha sido una sorpresa para todos! —confesó el hombre.
Tomó la mano de Ruby y la estrechó educadamente, mientras la chica seguía mirándole como a un completo desconocido.
—Lo siento, pero no le conozco. ¿Quién es usted? —preguntó.
Alec y Adler observaban a Lorius, a su vez, con la misma confusión en el rostro. Ninguno de ellos tenía ni idea de quién era ese tipo.
Diecisiete entornó los ojos. Desde el principio se había dado cuenta de que algo no era normal.
—Discúlpeme —dijo el hombre—. Me llamo Claude Lorius y soy el nuevo Director del Departamento de Conservación. Han habido cambios recientes en la última asamblea extraordinaria.
Ella tomó asiento en uno de los taburetes altos junto a la mesa de trabajo y frunció el ceño, extrañada.
—Qué raro, nadie me comunicó nada. Ni siquiera recibí una llamada de Spencer... —murmuró.
—Han sido cambios muy recientes. Probablemente el anterior Director, Spencer no haya tenido tiempo de comunicarle nada personalmente —explicó Lorius, restándole importancia.
Ruby se irguió en su asiento y jugueteó con un lapicero.
—Bueno y, ¿qué le trae por aquí? Deduzco que no ha venido sólo para felicitarme por mi embarazo —dijo ella.
Diecisiete esbozó una sonrisa. A Ruby también le estaba dando mala espina aquel asunto.
—Es usted muy perspicaz —admitió Lorius, riendo. Y su risa sonó forzada y falsa—. Tiene razón, ese no es el motivo principal que me ha traído hasta aquí. Lo cierto es que he venido a insistir.
—¿Qué? ¿A insistir? —preguntó ella, cada vez más perdida.
El androide arqueó una ceja, aquello se estaba poniendo interesante. Dejó el rifle apoyado en una esquina de la sala y se recostó en la pared, junto a la puerta. Había pensado en marcharse a esperar afuera mientras aquello terminaba, pero al oír el inicio de la conversación, su curiosidad había ido in crescendo.
Piper le observó y dedujo que se quedarían allí un buen rato, de modo que se apostó en la misma pared, cerca de él.
—Ni yo ni nadie en el Departamento esperábamos que renunciara a la Cátedra de Rolston —admitió el hombre—. Todos daban por sentado que aceptaría. Ese un caramelo que ningún investigador normal rechazaría. ¡Es prácticamente un regalo que le ofrezcan algo así a su edad!
Ella suspiró. «Ningún investigador "normal", ¿eh?», pensó.
—Bueno, ya se lo expliqué por teléfono a los de Personal. Impartir clase no es lo que yo deseo hacer realmente, aunque me lo regalen. Y si eso me convierte en alguien anormal… En fin, ¿qué le vamos a hacer? —dijo ella, con ironía.
Lorius dejó su cartera de piel sobre la mesa y resopló, forzando una sonrisa.
—Doctora —dijo, en el mismo tono que usa un padre para explicar a su hijo que ha hecho algo mal—, ha sido usted recomendada para el puesto porque es un elemento muy importante para el Departamento de Conservación, y además tiene usted… ¿Cómo explicarlo? Tiene ángel, tiene talento al hablar. Se vende bien. Necesitamos contar con usted para avivar la llama de las nuevas generaciones, para atraer y motivar a nuevos estudiantes yque tomen el relevo de los naturalistas actuales y además...
El sonido de un aplauso lento interrumpió las palabras de Lorius y llamó la atención de todos. Diecisiete, que había permanecido en silencio hasta entonces, avanzaba lentamente hacia Ruby, dando palmadas con ironía.
—Enternecedor —murmuró. Dejó de aplaudir y colocó las manos en las caderas—. Estos discursos siempre me tocan la fibra sensible… —añadió, con voz suave.
—Diecisiete, no creo que debas… —musitó Ruby. Pero se detuvo al recibir la mirada severa de él.
Un carraspeo le hizo fijarse de nuevo en Lorius, que le observaba con aires de superioridad.
—Gracias, señor Ranger, pero creo que no merezco tal...
—Sí, sí… —le interrumpió de nuevo Diecisiete, sin mirarle—. Y ahora di la verdad.
—¿L-la verdad? —dijo el hombre, sin comprender.
Diecisiete sonrió de forma enigmática.
—Nadie se ha acordado de Ruby en tres malditos años. Yo la he visto quedarse dormida sobre la mesa, agotada, mientras redactaba informes completos de su trabajo hasta la madrugada, informes que a nadie le importaron nunca un carajo. ¿Por qué tanto interés de repente?
—No entiendo a dónde quiere llegar, señor —masculló Lorius, la ofensa claramente visible en el rostro.
Diecisiete amplió su sonrisa.
—No me entiendes, ¿eh? Te lo diré de otra forma —dio un par de pasos hacia el Director, sin que su mirada amenazadora abandonara un solo instante los ojos de aquel tipo—. Si sales por esa puerta sin decir la verdad, no podré asegurar que llegues de una pieza a la Central —confesó, en tono pausado. Ruby se llevó las manos a la boca, incrédula. ¡Estaba amenazando al Director! ¿En qué diablos pensaba Diecisiete?—. ¿Quién sabe? Podrías ser devorado por el lobo estúpido y hambriento que llevo en el maletero, o quizá le diga a mi aprendiz que te dispare en el culo mientras corres por el camino. Necesita practicar, tiene una puntería de mierda —confesó, señalando hacia atrás con el pulgar.
Piper, que escuchaba a Diecisiete con la boca desencajada, frunció el ceño al oír la ofensa gratuíta dirigida a ella.
Y Ruby reparó entonces, con más atención, en aquella figura apostada en las sombras, cerca de la entrada.
—Esto es una broma, ¿verdad? —masculló Lorius. Había empezado a sudar—. Una broma de muy mal gusto.
—Nada de bromas —respondió el androide, tajante—. ¿Necesitas que te lo vuelva a preguntar? —insistió.
Ruby abrió los ojos como platos. La cosa se estaba saliendo de madre...
—Diecisiete, por favor —musitó, tratando de hacer que el androide frenara un poco.
—Calma, Ruby —susurró él.
Tal vez fuera por su tono, o por su actitud, o por la amenaza intrínseca de cada palabra que abandonaba su boca, que Ruby calló. Acababa de percatarse de que Diecisiete tenía el control total de la situación. Lorius estaba completamente acorralado. Y ella sabía que cuando Diecisiete actuaba así era porque tenía un motivo.
El hombre miró a su alrededor. Su vista se detuvo sobre el científico del cabello recogido que acababa de retirarse la mascarilla del rostro y le observaba con curiosidad y un brillo de sospecha en los ojos. Nadie parecía tomarse a broma al Ranger.
—A Diecisiete le llaman el "arma secreta". Tiene su propia manera de hacer las cosas y carta blanca para ello… —explicó Adler, cuando notó la atención del Director posada sobre él—. Y cuando llega tan lejos es porque sabe que tiene razón.
«Touché», pensó Ruby. Adler había llegado a la misma conclusión que ella.
Entonces Lorius golpeó la mesa con ambas manos, haciendo vibrar lo que había sobre ella, y provocándole un sobresalto a Ruby. Sus ojos clavados con odio y ofensa sobre los azules de Diecisiete.
—Ésta es una reunión oficial entre miembros de la organización privada que gestiona este parque. ¿Qué derecho se cree que tiene un miserable guardabosques en esta conversación entre la doctora y yo? —farfulló entre dientes.
Al recibir la presión del androide acababa de revelarse la verdadera personalidad de Lorius, arrogante y soberbio.
Pero la mirada de Diecisiete se ensombreció y su sonrisa se borró.
—¿Un miserable guardabosques, dices? —siseó.
Antes de que Lorius se diera cuenta de lo que sucedía, el androide ya había inmovilizado su mano, apoyada sobre la mesa, y sacado la navaja de su bolsillo.
La hoja de metal se incrustó en la madera hasta la mitad de su longitud, justo entre los dedos índice y corazón de la mano derecha de Lorius, muy cerca de la carne.
El hombre dio un grito y saltó hacia atrás, aterrorizado. Diecisiete soltó su mano pero le impidió alejarse, agarrándole del cuello. Ruby se levantó, alarmada, y dio un paso hacia él. Acababa de sobrepasar los límites.
—¡Diecisiete! —exclamó Ruby, poniendo una mano sobre el hombro de él. Pero él no titubeó.
Al contrario, Lorius notó sus pies separándose del suelo al tiempo que el brazo de Diecisiete se elevaba y una sonrisa macabra se dibujaba en su rostro.
—¿Un miserable guardabosques? —repitió él, en un tono tan tranquilo que heló la sangre de Lorius. Sus ojos de hielo no abandonaron un sólo instante los del Director y éste tragó fuerte.
No, aquel no era un simple guardabosques. Esos ojos encerraban algo más, algo desconocido e inquietante. Terrorífico. En esa luz que emitían se escondía una amenaza muy seria.
Lorius temió, en verdad, por su vida.
—¡Este hombre está loco! —gritó, presa del pánico.
Diecisiete chasqueó la lengua al oír esas palabras.
—¿Dirás la verdad ahora, sí o no? —preguntó, de nuevo.
Y Lorius notó sus dedos cerrarse alrededor de su cuello, imposibilitándole el habla y casi la respiración.
—Sí... —logró decir, con dificultad.
El androide sonrió, satisfecho, y soltó su presa. Lorius se sujetó el cuello y dio varios pasos atrás, mirándole, asustado. Diecisiete, por su parte, se sentó sobre la mesa y arrancó la navaja de su superficie. El modo en que miró a Ruby, sonriente, era como si nada acabara de suceder.
Y la chica se mantuvo a su lado, como si estuviera acostumbrada al violento proceder del Ranger, mientras él jugueteaba con la navaja distraídamente.
—Tendrán la verdad, pero no creo que sea un trago agradable: la nueva dirección ha decidido darle prioridad a proyectos y parques que sean rentables —Ruby frunció el ceño, incrédula—. Esta Reserva tiene el acceso al turismo muy restringido y los ingresos por esa parte son nulos. Además, la doctora Sinclair, su proyecto y su trabajo al frente del equipo de este cuadrante no reportan beneficios, al contrario: sólo generan gastos de nueva equipación y sueldos. De modo que el Departamento de Conservación de la Vida Salvaje va a abandonar la gestión del Royal Nature Park.
—¡¿Qué?! —exclamó Ruby.
Lorius alzó ambas manos en gesto de concordia.
—No nos pongamos nerviosos… Usted podría sernos rentable como profesora. Es cierto que es carismática, lo demostró en la jornada de conferencias medioambientales, y además es atractiva. La posibilidad de tenerla como profesora atraería a nuevos estudiantes para estudiar Zoología, y esto por lo tanto, SÍ reportaría ganancias al Departamento.
Ruby apartó algunos mechones de su frente, había comenzado a sudar. Se sujetó a la pierna de Diecisiete y le miró, preocupada. Necesitaba sentarse.
Como si hubiera leído su mente, Diecisiete se guardó la navaja, bajó de la mesa de un salto y puso un taburete al lado de Ruby, quien se sentó inmediatamente y comenzó a abanicarse con un puñado de papeles.
—En otras palabras —musitó Adler—, queríais engatusar a Ruby con un puesto de profesora, para que ella misma aceptara salir de aquí, porque os interesaba por su carisma. Y una vez se hubiera largado, cerraríais todo esto. Supongo que nosotros dos terminaríamos en la calle, ¿verdad? —afirmó, señalando a Alec y a sí mismo.
—La idea era promocionarles para abandonar…
—¡Promocionarlos para abandonar! Esa frase es buena… —masculló Diecisiete mirando a Adler, que asintió sonriendo. A la vez, el androide no dejaba de vigilar a Ruby, de soslayo.
—¿Cuánto tiempo hace que el departamento tenía pensado desvincularse de la gestión de este parque? —preguntó Ruby, y la decepción podía notarse perfectamente en su voz.
—Mucho tiempo, doctora. De no haber sido por el anterior director, Spencer, usted no habría venido nunca a trabajar aquí. La muerte de Ben habría significado el fin del trabajo en este cuadrante.
¿Desde antes de que ella llegara allí? Los ojos de Ruby se ampliaron y se abanicó con más brío.
—¿Y si sigo negándome a aceptar la Cátedra? —espetó, entonces.
Alec y Adler la observaron, callados. Eso había sonado a ultimátum. Estaba claro que Ruby no iba a dar su brazo a torcer.
—Está previsto retirarles todos los fondos, tanto si acepta como si no. No les quedará otra opción que abandonar ustedes mismos el proyecto. Y eso no es algo positivo para el currículum de un investigador, ¿verdad doctora?
Ruby soltó los papeles sobre la mesa y suspiró. Sus puños se cerraron y su rostro se contrajo en una mueca de disgusto.
Efectivamente, abandonar un proyecto en curso daba muy mala fama a un investigador. Las organizaciones miraban con lupa el currículum de los científicos antes de inyectar dinero en sus proyectos, y era difícil que lo hicieran cuando habían abandonado trabajos previos. Esa era una lacra que pesaba negativamente sobre cualquier investigador.
Diecisiete observó a Lorius, inexpresivo. Estaba intentando coaccionar a Ruby para que aceptara la jodida Cátedra. Ese tipo no tenía ni idea de cuánto la estaba cagando.
—¿Y qué va suceder con la fauna de este parque? ¿Quién se va a encargar de su estudio y de su cuidado si no lo hace el Decovisa? —dijo entonces Alec.
—Venderemos los derechos de gestión…
—Al mejor postor, claro —añadió Adler.
—¡Señores, seamos realistas! —exclamó Lorius, cabreado—. El Decovisa como ustedes le llaman, no es una organización sin ánimo de lucro. Hay sueldos que pagar. ¿Alguien cree que el proyecto del Águila Dorada va a tener éxito? ¿Qué probabilidades tiene de hacerlo? ¿Una entre 100.000? Si hubieran contado con la colaboración de alguien de la universidad como portavoz, entonces...
—¡Claro! Entonces, si salía todo bien, venderían el proyecto con la firma del Departamento en lugar de la nuestra. No, este proyecto es nuestro. No vais a meter las narices _explotó Adler.
Lorius rodó los ojos, con fastidio.
—No se trata de eso, Adler. Pero no voy a negar que eres un digno miembro de tu familia: especialista en iniciar proyectos imposibles.
La inquina con la que pronunció aquellas palabras no pasó desapercibida para Adler. Pero él sonrió, tranquilamente, y se cruzó de brazos.
—Sí, en mi familia tenemos muchas cosas malas, pero creo que también poseemos algo que a los del Decovisa les falta: vocación.
En ese punto de la reunión a Ruby le temblaban las manos.
Estaba muy nerviosa, disgustada, decepcionada… Se sentía traicionada. Acababa de descubrir que la organización para la que había estado trabajando durante tanto tiempo primaba el dinero antes que la vocación, tal como había dicho Adler.
Pero aún así guardó la calma. Necesitaba sangre fría para pensar adecuadamente. Además, un disgusto podía ser muy negativo para su bebé.
Respiró hondo varias veces, tratando de serenarse, y miró a Diecisiete, que seguía los movimientos de Lorius por la habitación.
Él había sospechado desde el principio. Nunca entendió porqué, de repente, querían apartarla de su trabajo y colocarla en un puesto completamente distinto. En ese sentido, las cosas nunca le habían cuadrado.
Ruby paseó la vista por la habitación, fijándose en la urna térmica en la que los polluelos piaban como locos.
Y los ojos se le nublaron al verlos.
—Adler, tienen hambre… —musitó.
—Sí —afirmó él—, ya les toca otra vez comer.
Y sin decir nada más, se colocó unos guantes de látex nuevos, y abrió la urna para alimentarlos otra vez.
—Siento mucho que haya tenido que enterarse de las cosas así, y más en su estado —dijo Lorius, entonces.
—Has intentado engañarla conociendo su estado, no te atrevas ahora a mencionarlo para disculparte —gruñó el androide.
—No importa, Diecisiete… —susurró ella, aún mirando las crías de águila—. De todas formas no me está dejando otra opción…
El androide guardó silencio y el Director cambió su expresión por una de alivio. ¡Al fin lo había entendido! Aquella mujer era realmente tozuda, no imaginó que iba a costarle tanto obligarla a aceptar la Cátedra.
Al fin se acabó aquel problema llamado Royal Nature Park… O eso pensaba él, hasta que escuchó la decisión final de Ruby.
—Renuncio a mi puesto como investigadora del Decovisa.
—¡¿Qué?!
Lorius no fue capaz de decir nada más. No podía creer lo que acababa de oír, pero Ruby se aseguró de despejar sus dudas en su siguiente frase.
—Le agradezco mucho que se haya desplazado hasta aquí para explicarnos la situación. Pero creo que esta conversación ha terminado. Mañana recibirán mi renuncia por escrito. De todas formas, me quede o no, el Departamento va a abandonar la gestión de este Parque… De modo que continuaré por mi cuenta… Lo siento mucho, chicos —musitó en un tono más amable, dirigiéndose a Alec y Adler.
—Continuaremos —la corrigió Adler. Se acercó al nido artificial de las águilas y procedió a alimentarlas con pequeños pedacitos de carne—. De todas formas el sueldo es una mierda y estamos estancados. Sigamos por nuestra cuenta. ¡Yo también me largo! —exclamó, convencido.
—Tengo algo de dinero ahorrado con el que podríamos pagar el combustible de los generadores los próximos 3 meses —dijo Alec, pensativo. Luego chasqueó la lengua y miró a Ruby—. ¡Qué diablos! ¡Los muy cabrones nos iban a despedir de todas formas! Ya veo los titulares: "El Decovisa abandona la gestión y la investigación en el Royal Nature Park. Tres investigadores continúan contra todo pronóstico" ¡Vamos a ser héroes!
Ruby rió, nerviosa, al sentir el apoyo de sus compañeros.
—Sois demasiado jóvenes para entender cómo funciona el mundo —masculló Lorius. Aquel no era para nada el final que había esperado—. Para todo es importante el dinero. ¿De dónde vais a sacarlo?
—¡Oh! Me temo que a partir de ahora ese es nuestro problema, señor Lorius —respondió Ruby—. Encantada de haberle conocido —finalizó, bajando del taburete.
El gesto y la frase, dicha en un tono claro de despedida, le invitaban a largarse. Y Lorius lo entendió perfectamente.
Decepcionado, recuperó su elegante cartera de piel, la cual ni siquiera había abierto desde que llegó, y se dispuso a voltear para abandonar el Centro de Recuperación. Pero antes de hacerlo sintió la mirada astuta de Diecisiete clavada sobre él, y Lorius retrocedió dos pasos, temeroso.
—Elegiste un gran día para venir a este Parque. Pero a la persona equivocada para tomarle el pelo —dijo, burlón—. Dijiste la verdad así que te llevaré de vuelta a la Central. Pero te recomiendo que jamás vuelvas a poner un pie en estos bosques. Tómalo como una amenaza —concluyó.
Lorius no osó responderle, continuó con su intención inicial y abandonó el edificio.
Ruby se recostó con ambas manos sobre la alta mesa de trabajo y suspiró con los ojos cerrados.
—Siempre he pensado que eres muy valiente, "Bichóloga" —musitó él.
Ruby sonrió, en medio aún de su estado de conmoción.
—No puedo creer lo que acabo de hacer —dijo, volviéndose a sentar.
—Valiente y también algo loca —admitió Diecisiete. Recuperó su rifle del rincón y se lo colgó al hombro antes de regresar junto a ella—. ¿Estarás bien? —preguntó en un susurro sólo audible para ellos dos.
Ella le miró y asintió.
Estaba bien. Un poco trastocada por el giro de acontecimientos y porque, de repente, de tener una vida bastante ordenada y organizada y un trabajo estable, había pasado a hallarse en medio del océano de la incertidumbre, con dos hijos a los que criar y embarazada. Si no tenía en cuenta todo eso... Sí, estaba bien.
—De puta madre —terminó diciendo.
El androide arqueó las cejas, sorprendido por la expresión, más propia de él mismo que de ella.
Y pensando esto, Ruby no pudo evitarlo y comenzó a reír, muy nerviosa. Diecisiete frunció el ceño y miró al veterinario.
—Sólo está en shock —dijo Adler, mientras alimentaba los pollos, al notar la interrogación del androide en su mirada—. Reír es una buena forma de liberar el exceso de adrenalina.
—Lo siento. Es que… —trató de disculparse Ruby, con voz temblorosa.
Y las carcajadas histéricas interrumpieron su frase.
Aquello se convirtió en una pandemia. En segundos, Diecisiete se vio rodeado de risas sin control y sin motivo. Alec se desternillaba con la frente apoyada en la mesa. Adler intentaba acertarle a un pollo en el pico con un pedacito minúsculo de carne, sin lograrlo, y Ruby se sujetaba el estómago, con gruesos lagrimones cayendo por las mejillas.
—Vaya panda de tarados… —farfulló Diecisiete.
Arrojándoles una última mirada de reproche, abandonó la sala, con Piper pegada a sus talones.
Y cuando el ataque de risa finalizó, los tres investigadores se quedaron mirando al infinito en aquella amplia sala.
—¡Joder! —exclamó Alec—. Siento una liberación enorme. Es como si supiera que todo va a ir bien a pesar de los problemas económicos que seguro vamos a tener. Porque los vamos a tener, lo sabéis, ¿verdad?
—Sí —admitió Ruby—. Tenemos que conseguir financiación. Hay muchos gastos que pagar. Yo también tengo algo de dinero ahorrado, pero no va a ser suficiente...
Adler escuchaba, silencioso, terminando de alimentar al último polluelo. Al cerrar la urna térmica, los aguiluchos se quedaron tranquilos y cerraron los ojos, dispuestos a dormitar un rato.
Pensativo, se sacó los guantes de látex y los arrojó a la papelera. Miró a sus dos compañeros y chasqueó la lengua. Él sabía que no tenían forma de conseguir financiación.
¿Qué banco les iba a conceder un préstamo para cubrir los gastos del proyecto? Eran gastos a fondo perdido. De todas formas tendrían que devolverlo con intereses y, ¿de dónde iban a sacarlo entonces. Tendrían el mismo problema.
Hallar financiación de la nada iba a ser muy difícil. Ahora no tenían una gran organización como el Decovisa que les respaldara. Estaban solos. Eran investigadores independientes y demasiado jóvenes como para que alguien apostara por ellos.
Adler se cruzó de brazos. Sólo había una posibilidad, sólo una persona a la que acudir en busca de ayuda.
Suspiró, se despojó de su bata de médico y recuperó su teléfono móvil de una bandeja cercana a la puerta.
Cuando se independizó hacía ya quince años, lo hizo con la intención de no regresar jamás, ni tan siquiera en busca de ayuda económica. Pero en aquel momento era la única solución. Y Ruby había dado la cara por él demasiadas veces desde que ejercía como veterinario allí. Ya era hora de devolverle el favor.
—Quizá haya una posibilidad —musitó, buscando en su agenda telefónica… —Alec y Ruby le miraron, intrigados—. Tengo que hacer una llamada —añadió, pensativo.
Abandonó la sala sin decir nada más, y salió del edificio en busca de aire fresco.
Se sentó en un bloque gris de cemento que sobró de la construcción de la zona de rehabilitación al aire libre, y pulsó el botón de llamada.
—¿Diga?
—Hola tío… Soy yo —dijo, algo torpe.
—…¡Adler! —respondió la voz masculina del otro lado de la línea, emocionada—. ¿Cómo estás muchacho?
—No me va mal… —respondió.
A pesar de que, desde que se fue de casa, apenas había visto a su tío y hablado con él, resultaba muy difícil hallar un tema de conversación. Aunque pareciera que la distancia y el tiempo podía facilitar las charlas, en realidad, la brecha entre ambos era demasiado difícil de atravesar, y aumentaba con el tiempo.
Restablecer los vínculos era complicado. De hecho la última vez que se habían visto, hacía apenas un par de meses, ya habían tenido problemas para conversar.
—Supongo que no me has llamado para una conversación casual, ¿verdad, sobrino? —dijo su tío, dando el primer paso.
Adler sonrió.
—Supones bien —musitó—. En realidad te llamo porque necesito tu ayuda, tío —confesó.
Decidió no andarse por las ramas. No tenía sentido intentar maquillar el motivo por el que le contactaba. Los dos sabían que esa repentina llamada no era para preguntar por la familia. Y tras haberse comportado como un muchacho rebelde e inconformista y haber dado la espalda al negocio familiar, su tío estaba en su pleno derecho a negarle cualquier ayuda. Adler lo sabía perfectamente y asumiría las consecuencias, en ese caso.
—¿Tienes problemas, Adler? —preguntó su tío.
Adler se frotó el rostro con la mano en un gesto nervioso.
—...Algo así —admitió.
Escuchó un suspiro al otro lado de la línea, y lo reconoció de inmediato como el sonido que hacía su tío cuando exhalaba el humo de los cigarros puros que solía fumar a todas horas. Entonces la voz rompió el silencio.
—Dispara, chico.
Adler sonrió.
…
Diecisiete observaba con una sonrisa de mofa en los labios cómo el coche del director Lorius se alejaba por la carretera.
La reacción de Ruby había sido espectacular, como siempre. Había sorprendido a todos y, por supuesto, también a él. Y Diecisiete estaba seguro de que aquella era la mejor decisión que podía haber tomado.
Hacía mucho tiempo ya que el Decovisa enterraba a Ruby entre infinidad de trabajo que a ella no le gustaba, sobretodo la cumplimentación de formularios y la redacción de informes de todo tipo. Ahora la zoóloga tenía la oportunidad de hacer las cosas como creyera convenientes.
Hallándose pensativo notó que alguien tocaba su espalda. Diecisiete volteó de forma instintiva y se encontró con el rostro de Piper a menos de un palmo del suyo.
Los ojos de color verde oliva de la muchacha le observaban con expresión de desconcierto, como si no hubiera esperado aquella reacción tan repentina por parte de él.
Diecisiete entornó los ojos y la miró con sospecha.
—¿Qué estás haciendo? —musitó.
—Sólo estaba mirando tu rifle —explicó ella—. Siempre me lo he preguntado: no es un rifle de francotirador reglamentario, ¿verdad?
Él evaluó la expresión del rostro de la chica antes de responder.
—No.
Piper se mordió el labio y sonrió, emocionada.
—¡Lo sabía! ¿M-me dejarías verlo? —casi imploró, con un ronroneo, muy cerca de su rostro. Piper sujetó con ambas manos la tela de su camisa, y le atrajo hacia ella.
Diecisiete alzó el mentón para alejarse.
Suficiente. Con aquello la chica superaba con creces el límite que estaba dispuesto a permitir. "Pimienta" invadía su espacio vital, le hacía preguntas personales y ahora le pedía que le prestara su rifle. ¡Su rifle! ¡Algo que no tocaba nadie más que él! Estaba más que claro que esa chica buscaba un acercamiento a toda costa.
El androide dio un paso atrás y se cruzó de brazos, un gesto que provocó que ella soltara su camisa instantáneamente.
—Oye, "Pimienta", dicen que has solicitado el ingreso en los Rangers por mí. ¿Es eso cierto?
Piper abrió los ojos al máximo. No se esperaba que Diecisiete fuera ser tan directo con ese tema. ¿Quién habría sido el liante que se lo había dicho?
Resopló. Tanto daba ya, no le quedaba más remedio que decir la verdad. Diecisiete era demasiado inteligente como para intentar engañarle y ya había visto su perturbadora manera de hacer desembuchar al mismo Director del Departamento de Conservación. Piper no tenía ganas de que comenzara a cantar "the knife goes chop chop chop" e intentara clavarle la navaja.
—De acuerdo, es verdad —admitió, desviando la mirada—. Lo hice porque quiero estar contigo.
Diecisiete cerró los ojos y escondió el rostro en la palma de su mano. Lo que le faltaba…
—Voy a dejarte las cosas claras desde YA —dijo, entonces. Caminó hasta el coche y dejó su rifle sobre el techo antes de apoyarse en la carrocería y encarar a Piper—. Renunciaría a ser tu compañero de patrulla, pero si lo hago pierdo todos los privilegios que tengo. Y mis privilegios me gustan mucho. Óyeme bien: esto no va a pasar de lo profesional. Quiero que borres de esa cabeza tuya la remota posibilidad que tengas de seducirme. Tú no me interesas lo más mínimo, ni me interesarás. Tengo esposa, dos niños pequeños y uno más en camino. Así que despierta de una jodida vez y tómate esto en serio, o vuelve a tu casa a jugar a las telenovelas.
Y dicho esto la miró de la forma más cruel que pudo y esperó su respuesta. Con un poco de suerte, su discurso habría sido lo suficientemente claro e impactante para ella y la chica renunciaría por iniciativa propia y pura vergüenza.
Pero en lugar de bajar la vista al suelo y adoptar un gesto de "tierra trágame", Piper colocó sus brazos en jarras y le miró, fijamente. Y a Diecisiete le quedó claro: allí no había ni rastro de vergüenza.
—¿No te parece un poco machista lo que me acabas de decir? —espetó ella, de repente. Él arqueó una ceja—. ¿Qué pasa, que por ser una mujer mi única motivación para alistarme a los Rangers tiene que ser conseguir acostarme con uno de ellos? _dijo, entre dientes_. ¡No es eso lo que quiero! ¡Tú no me gustas, Diecisiete!
El androide pestañeó un par de veces, asimilando las palabras de la chica y el tono grosero con el que las pronunció.
—Ah, ¿no? —ahora sí que estaba perdido.
—¡No! —gritó ella, furiosa. Y su grito provocó que un par de cabezas se asomaran a las ventanas de la oficina—. ¡Grrrr! ¡Siempre me pasa lo mismo! —masculló, entre dientes— ¿Quién ha sido el idiota que te ha dicho eso, Diecisiete?
El "idiota", precisamente. Diecisiete no respondió pero miró de reojo la ventana de la oficina, y justo en aquel momento una de las cabezas se escondió.
"Ese" idiota, definitivamente, iba a hacer de blanco móvil en la siguiente clase de tiro.
—Entonces, ¿qué es lo que quieres de mí? —preguntó el androide, al borde de su paciencia.
—Lo que quiero es que me enseñes a… ¡A cazar furtivos!—confesó ella. Y al hacerlo cerró los ojos y tragó fuerte, como si acabara de confesarle su amor.
Definitivamente, esa chica era otra tarada más. Un fichaje perfecto para aquel cuerpo de guardabosques.
—A "cazar furtivos"… —repitió él.
El androide cambió el peso de una pierna a otra y la observó un momento. Ella asintió, nerviosa. Era el primer ser humano al que oía hablar de matar como si fuera un juego de mesa.
—Los odio —explicó Piper, con la mirada aún en el suelo—. Por eso me he alistado en los Rangers. Quiero aprender a encontrarlos y quiero acabar con cualquier furtivo con el que me encuentre. Y tú eres el mejor en eso...
—Esa es una buena motivación —admitió Diecisiete, dedicándole una sonrisa de las de su cosecha—. Sólo una pregunta más para el cuestionario, ¿qué finalidad tiene todo esto?
—Quiero cazar a uno en específico. Y quiero que sufra como un condenado… —confesó Piper. Sus puños fuertemente cerrados.
Diecisiete alzó las cejas, sorprendido.
—Esa frase abulta más que tú, rubia, ¿lo sabías? —musitó. "Rubia" la llamó y al oír esa palabra, Piper se atrevió a alzar la vista del suelo y mirarle a la cara. La expresión de Diecisiete ya no era tan severa como al principio. Suspiró imperceptiblemente, aliviada—. Y, ¿quién es el afortunado?
—Mi padre —soltó Piper, entre dientes—, el mayor hijo de puta que ha pisado este planeta.
Diecisiete hizo un sonido suave de admiración, pero luego negó con la cabeza.
—No creo que hayas conocido suficientes hijos de puta como para hacer esa afirmación.
—Con conocerle a él tendrías suficiente —dijo ella—. No me retracto de mis palabras. Mi padre es cazador, y a veces caza... personas —confesó, a media voz—. Quiero abatirle a tiros como el animal que es.
No bromeaba, todo ese rencor que podía ver claramente en los ojos verde oliva de la chica era muy real. Ahora que sabía qué significaba ser padre, Diecisiete no podía imaginar qué podía haber hecho ese tipo para ganarse aquel odio por parte de su hija.
—Me parece un buen plan, "Pimienta" —dijo, finalmente, y se encogió de hombros.
Y la rubia sonrió, emocionada. Con la influencia directa y las enseñanzas de Diecisiete seguro que conseguiría lo que quería.
…
Había sido un día entretenido, cuanto menos. En una sola jornada Ruby había pasado de trabajar para una organización privada que gestionaba la protección del medio ambiente en dos de los cuadrantes del Royal Nature Park, a ser una investigadora independiente que iba a desarrollar su propio proyecto sin rendirle cuentas a nadie. Y aquel parque quedaba desprotegido.
Apostada en el alféizar interior de la ventana del dormitorio, tomaba pequeños sorbos a su té mientras pensaba en la sorpresa que les había dado Adler. ¿Quién iba a pensar que el desaliñado veterinario con pintas de trotamundos era miembro de una de las familias más acaudaladas del mundo, una de esas típicas familias cuyo poder adquisitivo les venía heredado de múltiples negocios que habían ido pasando generación tras generación, y de los que ya ni siquiera tenían que preocuparse personalmente.
La familia de Adler iba a financiar el proyecto del Águila Dorada, y una vez acabado y con los informes exitosos, lo presentarían ante diferentes organizaciones medioambientales para que se interesaran en la gestión de los dos cuadrantes protegidos del Parque. Y, hasta entonces, Adler, Alec, y ella, serían el equivalente del Decovisa.
Era tarde ya cuando Diecisiete regresó de su patrulla nocturna, en solitario, y aparcó su 4x4 en el lateral de la casa. Los niños hacía horas que dormían.
El androide se adentró en el silencio sepulcral del salón. Dejó su cazadora y su sombrero en el colgador, y el rifle y la semiautomática en el soporte de las armas, procurando no hacer ruido alguno.
Cansado y tras beber un poco de agua, Tristan se tumbó en el gran cojín que le servía de cama, junto al sofá, y se puso a dormir casi de inmediato.
Y Diecisiete entró en el dormitorio principal, desabrochándose los puños de la camisa. Pero se detuvo en el vano de la puerta.
Ella no dormía, estaba sentada en el pequeño alféizar. Una taza vacía reposaba en el otro extremo del poyete.
Diecisiete sonrió y miró su perfil, su silueta. El vientre que ya le impedía abrocharse los pantalones.
Ruby miraba el exterior de la casa, hacia la oscuridad serena de la noche, y entonces unos pasos la alertaron. Volteó y sonrió al mismo tiempo, conocía ese sonido demasiado bien.
—¿Qué tal tu día? —preguntó en voz baja, tal como acostumbraba.
—No tan excitante como el tuyo —respondió él, imitando su tono.
—¿No? Y… ¿Qué tal tu aprendiz? —murmuró Ruby, entonces.
Diecisiete arqueó una ceja, imperceptiblemente. Aflojó la hebilla de la funda de la pistola y la dejó sobre una silla.
—Podría ser peor —admitió.
—… Pues es muy guapa —dijo Ruby, sonriendo.
Diecisiete la miró con suspicacia. Esa sonrisa no era sincera.
—No está mal. Tiene mucho…. Brío.
—¿Cómo? —dijo ella. Y se irguió en el alféizar borrando cualquier rastro de amabilidad de su rostro. El gesto le recordó al que hacen los coyotes cuando detectan una presa.
Diecisiete le dedicó una sonrisa torcida y triunfante, mientras desabrochaba los botones de su camisa.
—Estás celosa —afirmó él.
Ruby negó, rápidamente. Odiaba cuando le hablaba en aquel tono, tan seguro de sí mismo… Bueno, no sabía si lo odiaba o le encantaba.
—¿Yo? ¿Celosa? No sabes lo que dices… —masculló.
—No, ¿verdad? Entonces no te importará si se cambia de ropa en mi coche. No hay vestuario de mujeres en la Central —dijo Diecisiete, mirando con atención la reacción de Ruby.
—NI DE BROMA —farfulló ella. Y él la miró con cara de victoria—. ¡Está bien! A lo mejor lo estoy… Sólo un poquito…
Diecisiete se quitó la camisa y la dejó sobre la funda de la pistola, mientras sonreía.
—¿Hago bien en estarlo? —dijo ella, entonces.
—¿Tú qué crees? —musitó él, con misterio.
Y sonrió de la misma manera. Disfrutaba tomándole el pelo a Ruby y ella lo sabía. Normalmente no hacía caso de sus provocaciones, porque él sólo pretendía alargar la broma y terminar haciéndola rabiar.
Pero esa chica siempre le había parecido preciosa, como una muñeca, y la había reconocido en seguida cuando la vio oculta entre las sombras de la sala de trabajo del Centro de Recuperación.
Y Diecisiete nunca había tenido compañía femenina a excepción de Ruby. Era una situación completamente nueva.
Se mordió el labio antes de seguir con la conversación, cuyo hilo, como siempre, dominaba Diecisiete.
—No lo sé, dímelo tú —le retó, frunciendo el ceño.
—¿Y tus poderes para leer la mente, "Bichóloga"? —siguió provocándola él.
—Hoy están fuera de servicio —murmuró Ruby.
Diecisiete rió levemente y extendió los brazos a ambos lados, con las manos abiertas.
—Yo no le intereso de ese modo. Y si le interesara, no importaría, porque a mi no me interesa ella.
Ruby miró sus ojos. Diecisiete jamás le había mentido, pero aún así, le sonaba increíble lo que acababa de decir.
—¿No te interesa una chica así? —susurró.
—A mí sólo me interesa UNA chica, y no es "Pimienta".
Ruby trató de mantenerse seria pero la sonrisa torcida de él era demasiado irresistible.
—Diecisiete… —musitó.
—Ni una palabra más del tema —sentenció él, acallando lo que fuera que Ruby tuviera intención de decir—. ¿Qué hacías?
—Esperarte… —respondió la chica—. Y pensar…
—¿En "Pimienta"? Vaya pérdida de tiempo…
Ruby rió.
—En parte. Pero "Pimienta" no es lo que más me preocupaba… —confesó. Y su vista vagó de nuevo hasta el exterior oscuro de la casa—. No podía dormir. Ahora ya no tengo a nadie a quien rendir cuentas y todo lo que haga a partir de ahora es bajo mi responsabilidad...
—No me digas que tienes miedo —gruñó él.
Ella negó con la cabeza.
—No. No es miedo. Es que ahora todo es incierto.
—Siempre lo ha sido —argumentó Diecisiete. Ella le miró de nuevo. No había mofa en su rostro.
—Sí. Pero ahora me siento… Dueña de mis decisiones, de mi vida… Eso me da un poco de aprensión —explicó, finalmente.
—Ahora entiendes cómo me sentía yo cuando decidí quedarme aquí para seguir mi propio camino y no buscar a mi hermana y a Dieciséis —confesó Diecisiete.
Era cierto, Ruby podía notar el parecido de las situaciones de ambos: controlados inicialmente y luego liberados. Y qué abrumadora era la libertad. Sí, podía entenderlo.
—¿No te arrepentiste en algún momento de la decisión que tomaste? —preguntó ella.
Nunca le había hecho preguntas acerca del tiempo en que Diecisiete vagó por el bosque sin un objetivo claro, lo había considerado algo demasiado personal o delicado como para sacarlo a relucir.
Pero ahora que veía similitud entre ellos, también en ese sentido, Ruby se armó de valor.
Y él, soltó una carcajada silenciosa.
—¿Arrepentirme? —dijo, divertido.
Diecisiete miró el cabello de Ruby que descendía por su espalda como una cascada de negras aguas. La forma de su nariz y la silueta de sus labios. La sombra que sus pestañas proyectaban sobre sus mejillas.
Recordó el cosquilleo de la risa nerviosa de ella contra la piel de su cuello, la primera noche que hicieron el amor. El calor de su cuerpo en la madrugada. Su pausada respiración cuando se quedó dormida y su parloteo en sueños.
Era curioso la cantidad de cosas que identificaba ahora dentro de sí al mirarla. Conceptos que había sentido casi desde el inicio, pero que había rechazado por considerarlos tan extraños que le generaban pavor. Sentimientos que le habían provocado temor por lo desconocidos que le resultaban. Sensaciones que jamás se hubiera planteado ser capaz de sentir.
Como el impulso de acariciar su pelo cada vez que ella aparecía en su campo de visión.
Como las ganas de cubrir de besos las casi imperceptibles pecas que poblaban su nariz.
Como el deseo de encerrarse en la jaula de sus brazos y no salir.
Como la necesidad de hacerle el amor de innumerables maneras.
«Arrepentirme», repitió en su mente.
Ruby fue su salvación, quien le despertó de la pesadilla en la que estaba atrapado sin posibilidad de escapar. Quien puso en marcha los engranajes de su vida. Quien logró que la arrogante máquina de matar evolucionara a amante, esposo y padre de familia.
—¿Cómo voy a arrepentirme? —preguntó—. Si al quedarme aquí te encontré a ti, chica frágil —dijo.
Junto a ella, y ahora también junto a sus hijos, Diecisiete era un ser completo. No necesitaba nada más.
Ruby sonrió de forma adorable y negó con la cabeza.
—Te equivocas de nuevo —murmuró. Él frunció el ceño, intrigado—. YO te encontré a ti, chico duro.
Diecisiete le devolvió la sonrisa.
—Puede ser... Y yo pensaba que ya lo había visto todo en el mundo, que nada podía sorprenderme. Y entonces, tú… Tú…
La sonrisa se fue borrando del rostro de Diecisiete y su voz sonó cada vez más grave, como un gruñido gutural, mientras caminaba hacia ella, su figura cerniéndose sobre Ruby como un depredador. Pero ella no le temía aunque sus ojos de color aguamarina ardieran como brasas. Simplemente aguardó, silenciosa, a que Diecisiete llegara junto a ella.
El androide enterró la mano en su cabello y deslizó los dedos por toda su longitud, dejándolo caer, suavemente, sobre sus hombros, y sacudió la cabeza en gesto de negación.
—...Tú.
Siguiendo un impulso común se unieron en besos lentos, mientras las manos exploraban la piel suavemente.
Sumergido en la humedad de su boca, Diecisiete veía la respuesta tan clara como el sol de la mañana.
Sí, ELLA. Ella había sido todo. Ella lo ERA todo.
Su principio y su final.
Su pasión, su ilusión, su locura y su rabia.
Su ser y no ser.
Su mundo. Su amor. Su vida.
—A veces eres muy difícil de manejar —susurró ella, contra su boca. Y volvió a besarle brevemente—. Pero te quiero… Siempre te he querido.
Él la abrazó. Y su vista fue, entonces, la que se fijó en la oscuridad de la noche, a través del ventanal.
Lo que sentía Diecisiete por su pequeña chica frágil era tan enorme que si continuaba conteniéndose y negándose a expresarlo creía que se desintegraría.
Sus labios descendieron hasta situarse junto a la oreja de Ruby. Apartó con los dedos algunos largos mechones de su cabello y susurró algo muy breve en su oído.
—Yo también.
Fueron sólo dos palabras, la respuesta que tantas veces le había quemado en la punta de la lengua y que las mismas veces había optado por silenciar, por incrédulo, por ser injusto consigo mismo.
La respuesta que más había temido y anhelado pronunciar jamás.
Ruby estrechó su cintura y enterró el rostro en su clavícula. Y Diecisiete reconoció perfectamente los sollozos que la chica silenciaba, porque todo su cuerpo se sacudía.
Y sonrió de medio lado.
—Decídete, "Bichóloga", o ríes o lloras…
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Nota de la autora:
Diecisiete es cada vez menos reacio a responder al cariño de Ruby tal como le pide su propio corazón de androide, claro, pero un "yo también" era algo impensable al principio de esta relación. Cada vez es más obvio el avance que ha hecho como ser humano :)
¡Muchas gracias por leer! Espero que os haya gustado tanto como a mí escribirlo.
El próximo capítulo habrá un salto temporal de unos meses y Ruby tendrá una barriga enorme! XD
P.D: La parte final de este capítulo está inspirada en la canción "My world, my love, my live", la versión demo de Per Gessle. Si podéis escuchadla en Youtube, porque os juro que le pone la banda sonora al momento frente a la ventana.
Dragon Ball © Akira Toriyama
