El viento gélido se infiltraba por los vericuetos de la torre de astronomía, arrastrando el aire cargado de copos de nieve y rompiendo el silencio de la escuela semidesierta.

Los dedos pálidos de Severus Snape se cerraron sobre la baranda de madera tallada. Sus labios se tensaron en un rictus amargo. Sus ojos relampaguearon con la frialdad y el odio del cual eran capaces.

—Me has engañado— siseó con voz mortal— Todo este tiempo me has hecho creer que estaba trabajando para salvar al hijo de Lily...—escupió—He puesto a Sophie y a mí mismo en peligro... sólo para que tu pudieras llevar a cabo tu maldito plan...—

Albus Dumbledore guardó silencio, mientras escudriñaba con curiosidad la figura lúgubre de su fiel sirviente. Su capa oscura bailaba a la merced del viento, su rostro pálido había perdido aquella expresión indescifrable para translucir una mezcla de desolación e ira.

—No podemos hacer nada, Severus—estableció— Harry es un horocrux, debe morir, y debe ser Voldemort en persona quien lo haga...—

El Slytherin resopló.

–¿Y desde cuándo lo sabes?—arrojó a quemarropa.

El anciano desvió la mirada.

—Desde que descubrimos que puede hablar pársel—contestó.

Los puños de Severus se crisparon. Cerró su capa y levantó la comisura de los labios dirigiendo una mirada de desprecio hacia el otro.

—Lo has estado cuidado sólo para que muera en el momento adecuado—escupió— Como si fuera un cerdo...—

—Me sorprendes, Severus—la voz de Dumbledore volvió a sonar entre los dominios de la torre— ¿Le has tomado afecto al muchacho?—

La pregunta tomó al Slytherin desprevenido. Pero fue sólo un segundo, se dignó en cruzar una mirada de autosuficiencia con el anciano y sacó su varita, tratando de encontrar dentro de sí el recuerdo más feliz de toda su vida.

No había conjurado un patronus desde hacía casi dos años. Cada vez que tocaba fondo, en especial en las festividades, o en el aniversario de la muerte de Lily, traía consigo a aquella cierva de luz azul fosforescente.

A veces lo hacía sentir algo mejor, durante los pocos minutos que duraba regresaba la presencia de la niña que se había ido para siempre.

Pero la sorpresa no se hizo esperar, cuando en vez de la cierva plateada, desde la punta de su varita apareció un halcón, que improvisadamente planeó sobre sus cabezas, y luego desapareció entre la nieve de la noche incipiente. El anciano lo observó pretendiendo no entender.

Severus se quedó sin palabras. La amaba, y aunque nunca se lo había dicho con palabras, lo sabía desde hacía mucho tiempo. Sin embargo, no se había dado cuenta del alcance de aquel sentimiento, ignoraba cuan profundamente estaba arraigado dentro de sí.

— ¿Qué significa esto?— fingió el mago milenario— ¿Acaso tu lealtad ha cambiado?—

El mago oscuro tomó aire despacio. Ignoró las últimas palabras y luego guardó su varita.

—Todo es por Lily—siseó en respuesta— Todo el tiempo ha sido por ella...Y no me importa tu plan... o los horrocruces... No te ayudaré si su hijo debe morir...—

Sus últimas palabras fueron recibidas en silencio. Severus se acercó hacia la baranda y se lanzó al vacío, volando lejos de Hogwarts.

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Sophie leyó las instrucciones por decimoquinta vez. Giró el manual entre sus dedos, tratando de entender las figuritas plasmadas en el folleto. Bufó aire hacia arriba, alborotando aún más los rizos que le caían sobre la frente. Lanzó las remas de papel sobre su cabeza, en un arranque de impotencia.

La cocina estaba hecha un desastre, las frutas picadas, la salsa regada, y toda su ropa manchada con restos de harina. En el medio de la mesa de granito, descansaba un pavo a medio despellejar, y cubierto por tantos ingredientes que ya no podía recordar cuantos eran.

—Maldición—masculló mientras intentaba limpiar los restos de harina de su frente.— Debí haberle pedido a Viktor que me ayudara con este asunto del horno... ¿Quién demonios creería que los muggles fabricaran artefactos tan complicados?.—

Estuvo tentada a desaparecer todo a punta de varita, pero la vergüenza que sentía consigo misma por no saber operar un simple aparato muggle la hizo desistir. Hacía más de siete años que poseía ese departamento, y aún no desentrañaba los numerosos secretos del horno de microondas, ni del refrigerador que ronroneaba incansablemente, hasta del simple triturador de basura que estaba debajo del fregadero.

Evaluó el colosal desastre y tomó una nota mental de no ser tan dura con Longbottom luego de regresar a Hogwarts.

Entonces las llamas verdes relampaguearon, y el sonido clásico de que alguien había entrado por la chimenea la tomó por sorpresa.

—¡Estoy en la cocina, Viktor!—exclamó mientras rescataba el manual desde un montón de envolturas plásticas—¡No entiendo nada de esto y necesito tu ayuda!—

Se arrodilló en el suelo, y caminando a gatas alcanzó el manual. Luego se puso de pie, y levantó la vista.

Severus estaba en el marco de la puerta, con la ropa empapada de nieve y sus negros cabellos pegados al rostro, mas pálido de lo habitual. Su piel lucia livida, y sus labios estaban grises por el interminable viaje en contra del viento desde Escocia hasta Moscú.

Ella se quedó paralizada, con la boca semiabierta. Su primer impulso hubiese sido echar a correr hacia su habitación a cambiarse las horribles fachas que tenía puestas, un pijama de franela gris, más viejo y agujereado que el sombrero seleccionador y unas medias de rayas que le hacían parecer a Pipi Calzaslargas.

Pero él no le dio tiempo de nada. En un segundo se abalanzó sobre ella, atrapandola en un abrazo silencioso. Ella cerró los ojos y suspiró, desconcertada y feliz, sintiendo como la humedad de sus ropajes oscuros empapaba su atuendo de espanto.

—Te extrañé—balbuceó.

El gruñó en respuesta, hundiendo su rostro en el cuello de ella.

Sophie se sobresaltó.—¡Te estás congelando!—exclamó en un susurro.

El la ignoró. Empezó a besarla hambriento, ella no pudo resistirse. Lo había extrañado demasiado, tres días se le habían hecho siglos, aún con todas las diligencias y pendientes que tuvo que realizar. Sin embargo, no lo esperaba hasta la hora de la cena.

Sus dedos se perdieron entre aquellas mechas azabache. Las manos de él empezaron a recorrer su espalda, su trasero. El deseo creció, haciendo que sus piernas temblaran, y enrojeciendo hasta las raíces de sus cabellos.

Ella se dejó llevar por el momento, como siempre que estaban juntos. A trompicones desajustó el lazo que anudaba su garganta, y deshizo la hilera infernal de botones que cerraban su casaca. Lo arrastró hacia su baño, dejando la ropa mojada regada en el suelo. Se metieron a la ducha, abrieron el agua caliente y se quedaron ahí hasta que el calor les devolvió la razón.

La nieve caía, amontonándose en los resquicios de la ventana, resbalando por las paredes de concreto y finalizando en el suelo, creando así un amplio tapiz blanco que reflejaba la escasa luz de aquellos días.

Severus abrió los ojos. Su cuerpo estaba anestesiado por el calor que Sophie irradiaba sobre su piel. Podía sentir aquellos rizos caóticos desparramados sobre su pecho, y la mano pequeña, preciosa y vulnerable que descansaba justo al lado de su mejilla derecha. Reprimió el aliento para no despertarla.

Paseó la vista por el techo, las cortinas drapeadas y pesadas que ocultaban la ciudad en víspera de navidad, los retratos de paisajes e instrumentos musicales en las paredes de pálido color. Ahora que tenía el tiempo en silencio, con la espalda acomodada en aquella amplia cama y Sophie profundamente dormida entre sus brazos, pensó en la terrible revelación de Dumbledore. La rabia de saberse utilizado rompió todos los remanentes de su paz. mal que bien siempre había confiado en el anciano, aun cuando no estuviera de acuerdo con sus planes, le había3333 obedecido al pie de la letra en todo, con la esperanza de que con el tiempo la balanza del destino se inclinara a su favor, y el pudiera cumplir su promesa para el recuerdo de Lily.

Pero no había vuelta de hoja, el niño debía morir, eso estaba claro. Si era un horocrux debía hacerlo, y en manos del propio Voldemort, así que no tomaba mucho intelecto deducir el plan del anciano. Y no se sentía con las fuerzas suficientes para llevar a cabo nada, ni el asesinato, ni entregar al chico, ni buscar hasta la última maldita pieza del alma del Señor Tenebroso.

Pero debía hacerlo, lo había prometido. Sonrió amargamente, esa era una de las frases de Sophie "un Prince nunca falla a su promesa", y ciertamente él nunca había fallado a la suya.

Respiró. El aroma de flores, ámbar y vainilla del cabello de ella se le metió dentro.

¿Qué podría esperarle ahora? ¿Cuántas muertes mas tendría que presenciar, propiciar o concluir? Quizás la suya estaría destinada para dentro de muy poco. En el pasado la había deseado con insistencia, la había llamado muchas noches de amarga soledad. Pero no desde que ella regresó, y menos mientras siguiera con vida.

Se sumergió entre los pensamientos, buscando la fuerzas necesarias para hacer lo que debía hacer, cuando un par de ojos azules lo sacaron del trance.

—¿Qué hora es?—preguntó ella en susurros, restregándose los ojos. Su cabello parecía tener vida propia, y su piel lucia sonrojada, como siempre que acababan de hacer el amor. Las pecas de ella se notaban mas cuando estaba ruborizada, algo que hacía que el Slytherin olvidara de momentos que el mundo se les venía encima.

—Son las tres—contestó él sobriamente. Sophie se levantó de la cama de un brinco, buscando que ponerse a toda prisa.

—¡Por Merlín y todos los magos!—exclamó mientras se recolocaba su sostén y luego se metía en un suéter cuello de tortuga.—¡No me va a alcanzar el tiempo para la cena! ¡Todo por el maldito horno...—

Pero entonces la voz de Severus la hizo pararse en seco.

—Tenemos que hablar—dijo, en aquel tono de voz suave, casi silencioso, pero que tenía la capacidad de congelar todo a su alrededor. Sophie levantó la cabeza. Se imaginaba que no sería nada agradable de escuchar, y por un momento temió lo peor. Terminó de colocarse sus zapatos y luego se sentó en el borde de la cama, mirando al otro fijamente.

—Tú dirás—respondió respirando profundo, reuniendo fuerzas. Intuía desde que lo vio llegar, casi a punto de congelarse por el viaje desde Escocia hasta Moscú al simple vuelo bajo la nieve, y sabia que algo había pasado, pero no quiso romper la magia del primer momento.

—Necesito pedirte algo... algo muy importante...y quiero que me lo concedas..—

Ella no dijo nada. Esperó en silencio.

—Quiero...—continuó él luego de esperar un momento—Quiero que mañana te vayas al castillo de tu familia en Rumania... y quiero que te quedes allí hasta que yo vaya a buscarte, o hasta que te lleguen noticias de la muerte del Señor Tenebroso.—

Durante largos segundos ninguno de los dos dijo nada. Sophie intentó descubrir la verdad oculta entre esas palabras, y Severus esperó en total silencio, preparándose para lo inevitable.

—Si crees...—inició ella, mordiéndose el labio inferior, y mirándolo con ojos desafiantes— que me voy a ir, a dejarte para que mueras como un héroe trágico al estilo de Lord Byron... estas muy equivocado. Me regresaré a Hogwarts antes de que empiecen las clases como estaba pautado, quieras o no... que suceda lo que tenga que suceder...—

El resopló. Crispó los puños y endureció sus ennegrecidos ojos como sólo él podía hacerlo.

—Te lo estoy pidiendo... —se acercó a ella, tanto como fue posible, hasta que sus rostros quedaron al mismo nivel—Te lo estoy pidiendo... amablemente, te lo estoy...suplicando—tragó saliva—Pero te diré esto... si no accedes por las buenas... no me quedara otro camino que dominarte con un imperius—

Peligroso, intenso, oscuro... Sophie Smirnov comprendió una vez mas porque había perdido la cabeza por ese hombre desde los albores de su adolescencia. Con Severus nada era a medias, todo era por el todo o nada. Y si se dejaba amedrentar, se quedaría con la segunda parte.

—Dime...—respondió ella sin bajar su mirada ni un ápice, tragando saliva y armándose de valor— ¿Que ha pasado en Hogwarts? ¿Qué nuevas malas noticias te han hecho venir a despedirte de mí? —él apartó la vista al sentirse expuesto, como si de pronto ella hubiese leído la verdad en sus ojos.

—Nada—escupió– Nada que tu necesites saber...y ya sabes demasiado. No tienes alternativas, Sophie... harás lo que yo te diga lo quieras o no—

Ella sonrió. Se cruzó de brazos mientras sus labios seguían curvados, y sus ojos clavados en el príncipe mestizo.

—Tienes un hueco en tu plan, Severus—anunció. El permaneció impasible.

—Si me lanzas un imperius Viktor se dará cuenta, y al final me liberara de la maldición y luego yo regresaré a Hogwarts, como estaba planteado desde el principio...—

Luego se calzó sus guantes de piel oscuros. Se acercó a él, esperando por una réplica, pero el hombre de los ojos negros se limitó a mirarla fijamente.

— Te puedes ir cuando lo desees, pero yo regresaré a Escocia.—se puso un sombrero que le tapaba hasta las orejas y se dirigió a la puerta— Voy al mercado, regresaré en rato.—

Y sin nada más que decir abandonó el departamento.

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Deslizó sus manos entre los bolsillos de su abrigo por puro instinto. Hacia frio, como siempre.

La nieve que caia a intervalos, los niños jugando en la plaza principal ubicada al centro de los complejos de edificios. Quizas mañana, después del desayuno desempolvaría sus patines y se iría con Severus a la pista de patinaje y pasarían la mañana de Navidad pretendiendo que todo estaba bien, aunque fuera tan sólo por unas horas.

Sophie siguió caminando. Ahora no quería pensar, por esos minutos de camino al mercado, donde obtendría de nuevo los ingredientes que echó a perder por ignorancia, quería olvidar todo y concentrarse en la velada que tenía programada.

Y no era tan difícil, con los ritmos festivos que provenían de todas partes, las luces, y las risas.

Desde lejos divisó las callecitas retorcidas, y el letrero de entrada de una pequeña área de comercio mágico. Con un poco de suerte podría hacer algo decente de comer, aunque Severus odiara la comida étnica, y no se mostrara entusiasmado en ingerir toda la amplia gama de salchichas y carnes de los platos típicos rumanos, al menos intentaría repetir el pastel de queso brie de Hogwarts.

Siguió caminando, cuidando de no resbalar sobre las calles congeladas, cuando de repente el pinchazo en la nuca la alertó.

Alguien la estaba siguiendo. Ese vértigo y la descarga de adrenalina que había sentido en tantas ocasiones hizo aparición, Sophie sacó su varita, y trato de seguir caminando con sus cinco sentidos alertas.

Pero no fue suficiente. Antes de que pudiera reaccionar, un rayo de luz roja la elevó hacia el cielo, y su cuerpo se desplomó sobre la nieve.

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Hola mis queridas lectoras. Espero que les haya gustado. Perdón por durar tanto para actualizar, pero he tenido varios inconvenientes. El capitulo que viene... va a estar muy muy muy oscuro. Mil besos.