Capítulo 29: Melancolía anclada en el alma
Finnick Oddair se acercó al grupo de mujeres formado por Sae , Madge y Prim, en un intento de dar privacidad a la familia Everdeen. Katniss y Annie continuaban abrazadas al emocionado hombre, gimoteando e incapaces de contener sus lágrimas.
-No puedo creerlo- murmuraba la madre de Madge, con los ojos vidriosos.
-Es increíble que esté aquí, vivo y abrazando a sus seres queridos- le dio la razón el señor Oddair.
-¿Se sabe algo de la señora Everdeen?- ahora la que preguntó fue Sae, con visible preocupación en su rostro. El gesto negativo del rubio hizo que una mueca de desilusión se instalara en los rostros de Madge y Prim.
-No perdemos la esperanza de encontrarla- les dijo este -pero cada vez es más complicado.
Finnick se disculpó, para después dirigirse hacia el interior de la casa, donde estaban sus hijos. Podía escuchar sus risas y carreras por la reducida estancia. Los pequeños, vigilados por la cuñada de Sae, corrieron con pasos torpes hacia los brazos que su padre les extendía. Ahora que los tenía con él de nuevo, entendía la ola de sentimientos que embargaban ahí fuera el corazón del rabino Everdeen.
A veces le daba miedo que sus pequeños olvidaran su cara... dios... pasaba fuera tantos meses...pero sabía que había confiado a sus hijos a una buena muchacha como era Annie Cresta. Si por él fuera, se quedaría con ellos y no regresaría, pero todavía le quedaba mucha tarea que realizar en el continente.
Apenas unos minutos después, la puerta principal se abrió; había estado tan ensimismado escuchando el gracioso parloteo de sus hijos que había olvidado que la mayoría de la familia, porque eso era lo que era este estupendo grupo de gente para él, seguía fuera. Todos ellos fueron pasando al interior de la vivienda, cerrando el camino el rabino Everdeen, apoyado en su hija Katniss y en su sobrina Annie.
-Annie...- su pequeña señaló a su niñera con su pequeño y regordete dedito; la aludida giró la cabeza al oír la llamada de la niña. Cuando dejó a su tío acomodado en el sofá, se dirigió directa hacia ella.
-¿Qué le pasa a mi niña?- le pregunto dulcemente, a la vez que ésta le tendía los brazos -¿tienes sueño?- le preguntó. La niña afirmó con la cabeza, a la vez que se rascaba un ojo y apoyaba su cabeza en el hombro de la joven morena -enseguida iremos a casa- le prometió, a la vez que su mano libre acariciaba su espalda.
-Annie, si quieres puedes acostarla en mi cama- le dijo Katniss, que se había acercado a ellos; esta se disculpó para llevarse a la pequeña; Finnick tenía a su hijo en brazos, y miró de reojo como su señorita Cresta se alejaba hacia el dormitorio.
-Gracias, señor Oddair- susurró la joven, intentado disimular su voz trémula -gracias por devolverme a mi padre.
-No las merezco, Katniss- le quitó importancia -ahora debes disfrutar de su compañía; ha sido una larga separación.
-¿Por qué lleva un bastón?- interrogó, preocupada.
-Su pierna izquierda no se ha repuesto completamente de una fractura que sufrió mientras estaba escondido en el gueto- le relató -Katniss, debo ser franco contigo -la joven asintió con la cabeza -no es su pierna lo que me preocupa, sino sus pulmones. Ha pasado por varias bronquitis severas, y una fuerte pulmonía- los ojos marrones de la joven, anegados de nuevo por las lágrimas, enfocaron la figura de su progenitor, que charlaba con la cuñada y el hermano de Sae; oía trasiego por la cocina, así que supuso que el resto estaba preparando la cena -está débil y tendrá que ser vigilado regularmente por el doctor... pero estoy seguro que ahora con su hija, estará mucho mejor- le guiñó un ojo de manera cómplice -mañana hablaré con el doctor local, para que regularmente pase a visitarlo.
-No sé como podré agradecerte todo lo que has hecho y sigues haciendo por nosotros- le dijo ésta, visiblemente emocionada; Finnick sabía de buena tinta que sus ahorros eran ínfimos, pero no podía evitar ayudar en todo lo que pudiera.
-No se merecen, Katniss- contestó, esbozando una pequeña sonrisa al ver a Annie entrar de nuevo en el salón, pero la conversación con la joven castaña no había concluido.
-¿Cómo está Peeta?- preguntó, con ansiedad y miedo; casi dos meses desde que llegaron las últimas noticias de su amor, y se estaba volviendo loca, releyendo una y otra vez toda la correspondencia antigua.
-Él está bien, tranquila por eso- le contó, a la vez que con su mano libre sacaba un sobre color blanco. Katniss lo tomó con el corazón latiéndole con fuerza... por fin noticias nuevas de su amor.
-Gracias- susurró, agarrando la carta con sus dos manos y apoyándola en su pecho.
-También traigo una carta paraMadge, parezco el cartero- bromeó, arrancando la sonrisa de la joven.
-Un cartero que siempre trae buenas noticias- añadió Annie, mirándole con timidez y una sonrisa nerviosa.
Katniss se disculpó, alegando que en la cocina necesitarían su ayuda, para dejar a la pareja unos momentos de intimidad. A lo largo de estos meses, su prima poco les había contado a las chicas y a ella misma, pero estaba más que claro que Annie sentía algo por el señor Oddair; su Peeta también se lo preguntaba en las cartas, ya que Finnick apenas sacaba a colación el tema de su secreto carteo con la muchacha.
Dirigiendo de nuevo su vista hacia su padre, sonrió emocionada al verle inmerso en una animada charla con el hermano de Sae; satisfecha se apresuró a la cocina, para echar una mano.
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El tiempo pareció echar la vista más de diez años atrás, ya que la cena que disfrutaron en esa pequeña casa de la campiña inglesa bien podía asemejarse a los tiempos felices de Landeck, antes de que la crueldad de la Segunda Guerra Mundial sesgara de un plumazo las vidas de todos los congregados en torno a esa modesta mesa.
El rabino Everdeen, bajo el respetuoso silencio de Finnick Oddair, Sae y su familia, recitó bajo unas emocionadas Katniss, Annie, Prim,Madge y su madre las frases del Netilat Yadaim, o rito de purificación de las manos antes de comer. Todas ellas, con la cabeza gacha, imitaron la acción del padre de Katniss, lavándose las manos y rezando las palabras que acompañaban al ritual.
Los ojos marrones de la joven se llenaron de lágrimas, cuando su padre, después de la consabida oración, hizo una pequeña referencia al resto de los integrantes de la Organización, pidiendo que un día no muy lejano, pudieran volver con sus seres queridos. Madge también tuvo que bajar sus ojos, ya que la emoción los embargaba por momentos, acordándose de Gale Hawthorne.
Esos intensos momentos dieron paso a una agradable y tranquila cena. La mesa lucía impecable, ataviada con la mejor mantelería de hilo fino, ya que según todo era poco para dar la bienvenida al rabino Everdeen. Viandas como Keftes de espinacas, sopa de pollo con mandalaj, ensalada de arenque y deliciosos latkes de manzana a modo de postre presidían la enorme mesa. Sae y su familia también degustaron algunas de las recetas judías que las chicas habían cocinado, aunque después ellos disfrutaron las sobras del mediodía, consistentes en un jugoso estofado de cerdo.
Durante el transcurso de la velada, los recuerdos se mezclaron con las innumerables preguntas que Everdeen hacía a todos y cada uno de los comensales; Madge y su madre le hablaron de su trabajo, y de lo bien que las había acogido los miembros de la familia para la que estaban empleadas. Prim, con su usual timidez, le relató con lágrimas como ella, Katniss y el resto se conocieron en el campo, y ya no se había vuelto a separar de ellas. También se interesó por como iba la panadería, y se alegró por Johanna y su padre, a salvo en Toronto y empezando una nueva vida.
Finnick también respondió a las preguntas que iban surgiendo de las bocas de los comensales, hablando de la situación política y económica del continente, y de las derrotas y victorias de los aliados. Hacía tan solo un semana, el día 8 de diciembre, Gran Bretaña había declarado la guerra a Japón, a consecuencia de los ataques a Pearl Harbor y otras islas del Pacífico; la respuesta de China no se hizo esperar, ya que justo al día siguiente declaraba la guerra a Alemania, Italia y al país nipón. Otro frente abierto, y por lo que relataba Oddair, más tropas que destinar... o lo que era lo mismo, más vidas que conducir a una muerte segura. Por fortuna, las tropas soviéticas recuperaron el dominio de dos importantes poblaciones estratégicas, Klin y Kitvin.
La situación del ejército ocupó gran parte del tiempo de la cena y de la tertulia que siguieron los hombres en torno al café. El rabino Everdeen escuchaba con atención y no podía ocultar su preocupación.
Por fin, ya entrada la medianoche, los invitados empezaron a despedirse, ya que al día siguiente sus trabajos no perdonaban. Annie y Oddair, cada uno con un niño en sus brazos, completamente dormidos, partieron hacia su casa, al igual que Madge y su madre. Sae y Prim también dieron las buenas noches para después retirarse a sus dormitorios.
Con una humeante taza de té en sus manos, y envuelta en una toquilla de lana gruesa, Katniss aprovechó para sentarse en el porche delantero de la casa; su padre y el cuñado de Sae se habían enfrascado en una partida de ajedrez, de modo que era el momento perfecto para perderse en su soledad, y poder disfrutar de la carta de su Peeta.
Con manos temblorosas rasgó un lateral del sobre... y ahí estaba esa caligrafía que tan bien conocía...
Amor mío:
El tiempo pasa de manera lenta, cruelmente lenta... cada noche, cuando ya estoy tumbado en la cama, doy gracias a Dios porque ya ha pasado otra jornada en nuestra particular cuenta atrás; un día menos para poder tenerte entre mis brazos, y que puedas quedarte para siempre en ellos.
-Peeta..- suspiró con tristeza y melancolía; en cada nueva misiva se podía entrever, cada vez de manera más alarmante, la tristeza y la soledad que poco a poco iba minando el ánimo y esperanza del teniente.
Se que debo ser fuerte y paciente. Se que el día en el que nuestra felicidad sea completa llegará tarde o temprano... pero no puedo evitar que, en la soledad del único lugar que hace las veces de mi hogar, la desesperación por verte, aunque solo sea un segundo, reconcoma cada célula de mi cuerpo.
-Si supieras cuan bien conozco esa sensación, Peeta- susurró la joven, levantando por unos ínfimos segundos su vista de la redonda y ordenada caligrafía. Para ella los días también era una auténtica tortura. Era curioso, e incluso hasta ridículo, ya que bien podrían llevarla a un congreso de medicina como si fuera un mono de feria. Estaba segura de que era de las poquísimas personas que podían ser capaces de vivir sin un órgano vital como era el corazón.
Era tal la sensación de vacío que tenía en su pecho, que ya los latigazos de dolor y pesadumbre no hacían mella en su cuerpo; sabía que una vez dejara atrás Alemania, su corazón y su alma se quedarían allí con Peeta, en forma de silenciosa y esperanzadora compañía.
Pero al menos, ahora tendrás un motivo para sonreír, mi amor. No sabes lo que me hubiera gustado ser yo el que acompañara a tu padre, pero no puedo arriesgarme. En apenas cuatro o cinco meses empezaré a tramitar mi traslado; ya hará más de un año que saliste de ese horrible sitio, lo suficiente para que no puedan relacionar tu salida con mi persona.
La soledad se ha convertido en mi mejor compañera, pero la prefiero a cualquiera de las ratas inmundas que conviven conmigo en este lugar. Hawthorne y Boggs son los únicos que se salvan, y no ven la hora de que nuestra misión acabe, y vivir en paz de una buena vez.
-Mi pobre Peeta- una solitaria lágrima bajó lentamente por la mejilla de la joven, para terminar su camino en la hoja de papel que tenía en sus manos. Intentó que la tinta no se corriera, pero fue en vano... todas las cartas que el teniente le había mandado estaban marcadas por sus lágrimas. La nostalgia, desesperación, melancolía, soledad, tristeza; esos eran los sentimientos que su Peeta le transmitía, y poco podía hacer ella... la distancia... que gran enemiga para una historia de amor, y la vez, cuanto podía fortalecerlo.
Pero no quiero que estés preocupada por mi, ángel mío; ahora tu padre está allí contigo, y debes estar con él. Espero que ésto te haga la vida un poco más feliz, y si es así, me doy por satisfecho. Podré considerarme artífice, al menos en parte, de que tu preciosa sonrisa vuelva a adornar tu cara. Y si puedo devolverte a tu madre, tu felicidad será mi completa felicidad.
-Ya lo eres, mi amor- exclamó ella, con un esbozo de sonrisa, aunque estuviera llorando- gracias a ti, mi padre ha vuelto a mí, y es algo que jamás te podré pagar- siempre mortificándose y culpándose de todo lo ocurrido. Esperaba que con el tiempo, ese sentimiento de culpabilidad desapareciera.
Poco más puedo contarte, amor mío. Imagino que Finnick os pondrá al corriente de como está situación en el continente, y de los avances del ejército aliado. Por Hawthorne, Boggs y yo mismo no debes preocuparte, todo va bien, y la sombra de la sospecha está alejada de nosotros. Es de ti de quien quiero saber en mi próxima carta, de como te va el trabajo en las casas, en la panadería con Sae, como están las chicas, si has recibido carta de Johanna... se que la distancia es dura, vida mía, pero quiero que me cuentes todo lo que te ocurre. Es mi particular manera de seguir cuidando de ti, de preocuparme, aunque solo pueda acompañarte en mi pensamiento.
Puede que también sea mi particular manera de cortejarte de forma oficial, y demostrarle a tu padre que soy digno de tu amor.
Escríbeme lo más pronto que puedas, Katniss. Eres el sueño que anhelo tener en mi alma cada noche cuando cierro los ojos, y eres la razón por la que cada amanecer los abro. Tú eres mi fuerza y mi anhelo, y lo que me hace vivir.
Te amo, y no dudes que, un día, regresaré a ti, para vivir la vida que ambos nos merecemos.
Tu Peeta
-Hija mía...- la vista de Katniss, anegada en lágrimas, enfocó la desvalida figura de su padre; llevaba varios minutos releyendo una y otra vez las últimas líneas de esa carta. Era una de las que más le había emocionado; cada día esa lucha constante contra la distancia y la soledad iba destruyendo lentamente su estado de ánimo, pero cada vez que leía esas palabras tan bonitas que le dedicaba su Peeta, sus esperanzas se fortalecían de nuevo. Y así sería hasta el día que lo viera en la distancia, acercándose hacia la vida que le esperaba con ella.
-Perdona papá- se disculpó, limpiándose las lágrimas de su cara con el extremo de su toquilla de lana -no te había oído salir- sonrió, pero con pena en sus ojos. Everdeen se sentó a su lado, y dejando el bastón apoyado en el extremo del banco, abrió sus brazos cual invitación silenciosa. Su hija se acurrucó dentro de ellos, igual que hacía cuando era una niña.
-¿Es una carta de Peeta?- preguntó el rabino, con precaución en su voz -odio verte tan triste, pequeña mía- la consoló.
-Ya no yo tan pequeña, tengo veintisiete años- intentó bromear, en un intento de evadir la pena que la embargaba.
-Para mí, al igual que para cualquier padre, siempre serás mi niña pequeña- le explicó -¿le amas, verdad?- la pregunta no pilló de sorpresa a Katniss.
-Sí- no titubeó al contestar, hecho que hizo asentir satisfecho al rabino -ni siquiera cuando nos topamos de nuevo, en esa estación de tren polaca, y después en Ravensbrück- le explicó suavemente.
Durante un buen periodo de tiempo, Katniss le explicó a su padre todo lo que ella y las chicas vivieron en en campo; la terrible noche de su llegada, como las trataron cuan animales de ganado, las cortaron el pelo... los ojos de su padre se aguaron cuando le mostró el brazo, donde el estigma formado por esos cuatro números la acompañaría todos y cada uno los días de su vida. Lloró emocionada cuando su padre le dijo que estaba orgulloso de todas ellas, por ser tan valientes, y por el esfuerzo que hacían en Inglaterra por recuperar su vida, aunque ello significara no volver jamás a su hogar.
-Puede que pienses que haya perdido el juicio, papá- el rabino la miró sin entender -a veces, preferiría estar allí, vestida con ese camisón a rayas y el pañuelo en la cabeza, destrozándome los dedos cosiendo, si con ello pudiera estar a su lado.
-No estás loca, hija- le explicó su padre -yo muchas veces quisiera estar con tu madre- de nuevo los ojos de la joven castaña se aguaron -aunque ambos estuviéramos en el mismísimo infierno, a veces lo daría todo por estar a su lado, y comprobar de primera mano que está bien.
-Ojalá esté viva- sollozó ésta, abrazándose de nuevo a su padre con fuerza.
-Solo Yahvé sabe el destino de cada persona- habló su padre de nuevo -puede que ella esté viva, o puede que haya dejado de sufrir- le explicó con calma -debemos aceptar lo que Él nos tiene deparado, cariño.
-Lo se- gimoteó suavemente.
-Debemos dar gracias, porque nosotros estamos vivos. Como bien ya hablé con Peeta en nuestro encuentro, las consecuencias más crueles de las guerras son las pérdidas humanas- Katniss le escuchaba ensimismada... le había echado tanto de menos -y si debemos agradecer a alguien que tú yo estemos aquí, es a Peeta, Finnick y a todas esas personas que arriesgan su vida, ayudando a quien lo necesita- de nuevo la sonrisa apareció en la cara de su hija -te ama hija, más de lo que te imaginas.
-Yo también a él- contestó suavemente.
-Esperaré gustoso el día en el que te conviertas en Katniss Mellark- la cabeza de esta se levantó como un resorte, mirando a su padre con ojos cautelosos.
-¿No te importa que él no profese nuestra religión?- interrogó preocupada. Una sonrisa cómplice se instaló en la cara de su padre.
-Peeta me hizo exactamente la misma pregunta- ahora era sonrojo lo que predominaba en las mejillas de Katniss -nunca me ha importado eso, hija mía. Él es el que ha elegido tu corazón, aunque estuvierais diez años separados, y os reencontrarais en terribles circunstancias. Peeta me ha devuelto lo más valioso para mí, y no encontraría mejor hombre para confiar el corazón de mi hija-.
-Gracias, papá- exclamó, emocionada; necesitaba saber que su padre no culpaba a Peeta de todo lo que habían vivido.
-No tienes que dármelas, cariño.
Padre e hija permanecieron levantados hasta bien entrada la madrugada, hablando y disfrutando el uno del otro. Después de más de dos años de separación, lo necesitaban con urgencia. La pena de Katniss Everdeen no había remitido en absoluto, pero a partir de ahora sería mucho más llevadera, con su padre a su lado.
