SEGUNDA PARTE

DENTRO DE LOS CALABOZOS

Capítulo IV - Durante la sentencia

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Resignado a su destino, Crono caminaba altibajo por el estrecho puente hacia la torre de los calabozos, seguido de los extraños guardias monstruosos al lado del capitán Sir Dianos; delante de él iba el Canciller, aquel viejo hombre, mano derecha del rey que logró más allá de su cometido. No sería sentenciado a prisión, sino a la pena de muerte, su encarcelamiento apenas duraría tres días antes de la fecha programada. Pensar en los tres días que tenía por delante antes de perder la vida, dentro de un sucio calabozo oscuro le provocó náuseas. Todo el mundo muere en algún momento, y lamentaba que el suyo fuese de aquella manera. Se obligó a dejar de pensar en eso observando el vacío a un lado del puente, pero resultó peor al sentirse mareado.

A la entrada de la torre, un vigilante los recibió, tenía unas facturas y planos sobre el escritorio donde trabajaba. Hizo una caravana al Canciller y a Sir Dianos. Luego observó al muchacho que le llevaban.

—¿Este es el famoso bastardo de Truce? ¿Con el que se pensaba fugar la princesa?

—¡No! —se exaltó el Canciller—. Es el hombre que secuestró a la princesa obligándola a permanecer a su lado para extorsionar al rey. ¡No olvide eso! ¡Queda claro!

Avergonzado, el guardia murmuró un "sí señor". Obviamente, aunque los rumores dijeran lo contrario, el anciano se empeñaría en intentar de desmentirlos inútilmente.

—Bien. Se le ha encontrado culpable y sentenciado a la pena capital. Esto entrará en vigor dentro de tres días.

Contrariado, el vigilante ladeó la cabeza.

—¿Pena capital? El rey en serio que debe odiar a este muchacho por querer tener a su hija. De acuerdo, lo conduciré personalmente a los calabozos…

—¡Espere! —Sir Dianos observó a los guardias de los calabozos. Aunque no le agradaran tenía que darles un uso—. Mejor utilice una escolta. Aunque no lo aparenta, él es un guerrero muy fuerte. Lo sé porque yo mismo lo entrené —habló con arrepentimiento—. No lo descuiden ni un instante.

Aunque asombrados y escépticos por las palabras del capitán de los caballeros de la mesa cuadrada, tomaron las precauciones indicadas. Sir Dianos se dio la vuelta, convencido que ya había hecho suficiente, pero antes de alejarse lo suficiente, Crono se dio la vuelta suplicante.

—Capitán. Yo no hice nada malo.

Sir Dianos se detuvo un momento para contestarle, pero no se volvió a mirarlo.

—Ya es tarde.

Tras marcharse, los guardias entraron a una nueva habitación llevándose al muchacho. Aguardaron antes a que el vigilante volviera a su trabajo y el Canciller siguiendo a Sir Dianos, regresara a su lado de nuevo al puente. Una vez lejos de ellos y en privacidad, los guardias estallaron en carcajadas macabras.

—Vaya, niño —hablaba uno con voz rasposa y gutural—. No creas que podrás disfrutar lo último que te queda de vida.

Y con un golpe de la empuñadura de su espada sobre su cabeza, el guardia dejó inconsciente al pelirrojo para llevárselo a rastras.