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Guerra


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LIII

«Every night you cry yourself to sleep

Thinking, why does this happen to me?

Why does every moment have to be so hard?

Hard to believe that

It's not over tonight

Just give me one more chance to make it right

I may not make it through the night

I won't go home without you.»

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06 de Agosto de 1978

Las primeras luces del alba no pudieron aliviar los temblores que habían sacudido a Marlenne durante toda la noche. Tiritaba congelada, a pesar de estar bien cubierta de mantas, al abrigo del cuerpo cálido y dormido de Chris.

Pudo aguantar, sudando hielo hasta que la luz empezó a deslizarse dentro del cuarto, y la perspectiva de un nuevo día terminó por enfermarla.

Soportó las arcadas hasta su límite, pero no era tan fuerte. Con torpeza, se deshizo del edredón y se ayudó con ambas manos para andar, como si su cuerpo se negase a cooperar. Llegó trastabillando al baño, empapada de sudor, sin definir los contornos borrosos de su alredeor.

Vomitó violentamente sobre el váter que había alcanzado por un pelo, aferrándose con fuerza sobrehumana al mármol. No tenía nada en el estómago para devolver, así que su boca se inundó de bilis amarga y restos ácidos de las copas que había tomado la noche anterior. Quiso llorar, pues se sentía espantosamente mal. Las nauseas no remitieron a pesar del vómito, y siguió tosiendo saliva espesa que escupió como pudo sin importarle el estropicio.

Chris no tardó ni diez minutos en aparecer, despertando de golpe.

—¿Qué sucede? —saltó, olvidando el bostezo a medio camino. Se arrodilló junto a Mar para poder observarla, lucía fantasmal. —¿Qué tienes?

Ella quiso responder, pero un acceso de tos volvió a reclinarla sobre el váter, vomitando con furia. Chris, preocupado, la sujetó para que no se cayera, sosteniéndole el cabello apelmazado lejos del rostro.

—¿Fue algo que comiste? —le musitó, asustado al oído. Mar temblaba entre sus brazos, la piel pegajosa adherida a la propia. —Tranquila, tranquila...

Sollozaba sin lágrimas, sacudida por espasmos violentos y arcadas vacías, sin fuerza para apartarlo o para recomponerse. Lo dejó hacer, susurrando consuelos al oído, mientras intentaba controlar en vano la rebelión en ciernes que se abría en su cuerpo.

—Estás volando de fiebre —escuchó que decía Chris, al apartarle con las dos palmas extendidas el flequillo hacia atrás, junto a los rizos maltratados. —¿Quieres que...?

La garganta de la joven no quería cooperar.

Chris aguardó, paciente, a que las arcadas remitiesen antes de cogerla en brazos y llevarla de vuelta al cuarto. Mar no podía negarse. Era extraño, pero ella se sentía helada, no con fiebre. Hacía tanto frío que no creía poder recordar lo que se sentía la calidez.

—Tranquila —escuchaba a lo lejos, mientras era envuelta en un lío de mantas. —Estoy aquí. No te preocupes por nada.

Y Mar le creyó, porque su cabeza se embotó de delirio febril y olvidó dónde estaba, qué hacía allí y quién era el que la estaba acompañando.

El malestar adherido a los huesos le borró con su soplo de aire caliente los nauseabundos recuerdos de la noche anterior y la sumió en un limbo estéril de más de una semana.

No había nada en lo que pudiese pensar.

Las voces se sucedían a su alrededor, pero ella no tenía poder para asirlas y desmenuzarlas, comprender qué era lo que estaba ocurriendo. No había vuelto a vomitar después de eso pues suponía que ya no tenía nada más que escupir.

Estaba vacía. En carne viva.

Era extraño, porque en aquel refugio artificial de mantas y susurros incomprensibles se sentía a salvo. Había algo que le faltaba, como si le hubiesen arrancado un trozo de sí, pero no importaba. Estaba cansada, no deseaba volver a preocuparse nunca en su vida.

No quería volver a sentir dolor por una persona.

Las voces se entretejían con sus delirios, provocándole nuevo malestar.

—Hay que llevarla a San Mungo —decía una voz, tensa, conocida. —Mírala, papá. Delira. No es algo que comió en mal estado. No tengo idea de sanación, hay que tratarla.

—No podemos permitir que la prensa se burle de nosotros, hijo —le respondía otra voz, más grave, más seria. —Es un momento muy delicado para nuestras familias. ¿Qué dirán si Marlenne aparece en San Mungo de esta manera?

—En este momento no me importa lo que puedan pensar —replicaba el primero, mordiéndose las quejas. —Me importa que Mar esté bien.

—Y lo estará, hijo. Es solo fiebre.

—Ella jamás se enferma.

—Vas a tener que aprender a controlar tus emociones, Chris. Debes entender cómo se actúa en público. Nada es más importante que la familia, recuérdalo.

—Papá...

—Tranquilízate. Haré que la vea un sanador, ¿está bien?. Si él está de acuerdo, la llevaremos a San Mungo, pero sólo si está de acuerdo.

—Gracias.

—Contrólate, hijo. Esta niña no lo vale.

A veces, las voces se cruzaban, y creía escuchar su propia voz, desgarrada, pidiendo lo que no podía tener.

—Marilyn... Cariño, por favor...

—Quiere a su hermana.

—¿Marilyn es su hermana? —era alguien desconocido, una voz suave y reconfortante.

—Sí.

—¿Por qué no ha venido?

—No se lo permití. Temía que se contagiara.

—Esta chica no tiene nada que sea contagioso. Hay ocasiones en las que el organismo solo reacciona, luego de mucho estrés o impresiones muy fuertes. Parece que la señorita McKinnon está atravesando algo así.

—Mar nunca se enferma.

—Con más razón puedo afirmar que se trata de algo que está ejerciendo mucha presión sobre ella. Trae a su hermana. Creo que le hará bien. Si las pociones funcionan correctamente, mañana debería estar sin fiebre.

—Está bien.

—¿Señor Burke?

—El señor Burke es mi padre. Yo soy Chris.

—Chris, entonces. Su padre me pidió discreción, y yo tengo gran estima por su familia. Oí su compromiso.

—¿Qué quiere decir?

—Que se lo diré porque puedo ver lo mucho que la quiere. Esta niña está terriblemente desnutrida. Si continúa así, todo su cuerpo empezará a fallar.

—¿Qué?

—Estoy administrándole revitalizadores, entre otras cosas. Pero la magia no puede cubrir por siempre el rol de la naturaleza, ¿entiende? Necesita alimentarse. Tal vez este episodio se deba a eso. Puedo afirmar sin error que la señorita McKinnon llevaba días sin comer.

—Gracias. Me encargaré de ello.

—Volveré mañana.

—De acuerdo.

La sensación etérea empezaba a desaparecer despacio, brumosa, para dar paso a un panorama surreal. La cabeza le ardía, pero volvía a sentir sus extremidades recorridas por hiel. Todo dolía, pero era una tortura placentera, como estar anudada a esa cama ajena.

—Con cuidado, Marilyn. Todavía está muy débil.

Un lloriqueo había puesto todos sus sentidos alerta. En su interior, algo se agitaba con rabia.

—¿Va a ponerse bien?

—Claro que sí. Es Mar. Es más fuerte que todos nosotros. Solo es una gripe.

—Chris, tráela a casa, por favor —la súplica en esa voz le quemaba las entrañas. Mar quería llorar, pero no encontraba la manera de hacerlo. —Déjame cuidarla contigo.

—El sanador pidió que descansara aquí.

—Pero yo quiero verla. No es justo.

—Pronto se pondrá bien, ¿sí? No te preocupes por nada.

El llanto bajito se acercaba, y la desesperación de Mar, encerrada en su limbo de inoperancia, crecía hasta explotar.

—No me gusta que te enfermes. Nunca lo haces —una piel fría le apretaba la suya, desconocida y anhelante. —Vuelve a casa, te extraño. Te prometo que no volveré a portarme mal, ni a ponerme del lado de mamá. Por favor...

—Ya, Marilyn. No te preocupes por nada.

—Papá volvió a preguntar por ella.

—Sí, mi padre lo tiene al tanto.

—No sé por qué tuvo que volver a viajar, si Mar...

—Solo es una gripe. Tus padres no pueden interrumpir sus negocios, ¿sabes? Y para eso estoy yo. No te preocupes por nada, en serio.

—No quiero dormir sola en casa.

—Puedes quedarte aquí. Si quieres, puedo llamar a Nick.

—No. Está bien. ¿En serio se pondrá bien enseguida?

—Claro que sí.

—Vale. ¿Chris?

—¿Qué?

—Lily vino a casa dos veces... Preguntó por Mar.

—Está bien. Llámame si vuelve a aparecer.

—Está bien, ella es muy buena. Solo... creí que querrías saberlo.

—De acuerdo.

Al fin, luego de un tiempo que se le antojó infinito, Mar empezó a delinear la realidad con sus propios ojos, las sensaciones de nuevo bajo control detrás de su piel de granito. Despertó de la incosciencia febril que la había atenazado a la cama dándose cuenta que había perdido una semana entera por haberse dejado llevar y haber sido jodidamente débil.

Quiso volver a vomitar, esa vez por el asco que se daba a sí misma.

Y se sintió furiosa. Furiosa con Sirius, por haberla vuelto tan imbécil y blandengue, por haberla hecho olvidar las cosas que de verdad importaban.

La fiebre había terminado y Marlenne tenía que hacer frente a sus decisiones.

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06 de Agosto de 1978

—Lily...

Una vez más, la pelirroja hizo caso omiso del llamado y continuó obcecada en su sitio, en la cama de Sirius abrazada a sus rodillas y mirando sin ver el trozo de cielo que delataba la ventana.

—Por favor, Lily, solo... descansa un poco, ¿de acuerdo? —pidió James, desesperándose un poco. Llevaban así demasiado rato, luego de que llegasen a la tensa conclusión de que a Sirius se lo había tragado la tierra.

Habían salido con Remus y Peter —que se había quedado afuera, alerta a cualquier variación en el aire— a buscarlo luego de que el último llegase estupefacto a observar cómo Sirius salía de la fiesta hecho un huracán, para regresar a Canterbury con las manos vacías.

Lily parecía en shock. Apenas había mediado palabra mientras la escalada de preocupación alcanzaba su paroxismo, firmemente aferrada a James y pálida como un fantasma.

Cerca de la madrugada se habían resignado a que, cuando lo quisera, Sirius regresaría con las orejas gachas y la mueca falsa de que nada había ocurrido. Abatidos, sin mucho más que decir, se habían marchado a casa, dejando a James solo con la pelirroja.

Ella había suspirado y, con los ojos rotos de pena, le había contado absolutamente todo lo que había ocurrido en la fiesta. Era demasiado para poder guardárselo ella sola y, aunque estaba segura que Mar finalmente le había confesado todo solo porque estaba quebrada de dolor, necesitaba desahogarse.

Y James era la persona indicada.

La escuchó con atención, sin interrumpirla, mientras le acariciaba el cabello y le ofrecía pañuelos. Se guardó para sí cualquier reacción que pudiese desviar el relato de Lily, hasta que nada quedó dentro de la pelirroja. En silencio, le había agradecido con un gesto y se había marchado tambaleante al baño para lavarse las lágrimas. Había regresado para sentarse en la cama de Sirius, poniendo distancia con James, y allí había permanecido hasta ese momento.

—¿Crees que debamos decírselo a Sirius?

La pregunta reverberó en las paredes y murió, antes de que James diese con una respuesta certera. Suspiró y se revolvió el cabello, nervioso y tenso por la vorágine de acontecimientos.

—No tengo idea —confesó en voz baja, rindiéndose para acercarse a Lily. No podía verla sufrir sola. —No lo sé...

—Tenemos que hacer algo, ¿verdad? —preguntó, anhelante la chica al verlo tomar sitio a su lado. —Dime que haremos algo. No voy a permitir que Mar se case por algo tan absurdo, ni que... No...

A medida que iba cayendo en la cuenta de lo que decía, el tono de Lily se iba haciendo un susurro, hasta suicidarse en su garganta. Observó llena de súplica en la mirada a James, que esa vez no tenía solución a lo que estaba ocurriendo.

Ya no se podía resolver con unas cuantas bromas, o varios puñetazos limpios. Estaban fuera de Hogwarts y la vida real empezaba a golpearlos sin aviso, sin perdón.

—Creo que debemos hablar con Mar —sentenció, tratando de destilar una seguridad que no sentía. —Y luego, veremos qué es lo que tenemos que hacer.

—Mar no querrá hablar, ya la conoces.

—No puede rehuirnos para siempre —terció James, resuelto. —Vamos a llegar al fondo de esto, Lily, y vamos a resolverlo.

—Yo... —los ojos de la pelirroja volvieron a llenarse de lágrimas. —Siempre supe, ¿sabes? —musitó, sorbiéndose la nariz. Lucía como una niña asustada, y a James le dolía en su propia piel el sufrimiento de la muchacha. Al final, sabía que el miedo —como el que habían vivido hacía poco en el ataque de Londres— no era el que podía destruirlos: era la preocupación demencial por las personas que querían. Lily estaba más afectada por esto que por haberse jugado la vida en las calles de Londres, y James no podía culparla.

No quería imaginar qué hubiese hecho él si era uno de sus amigos el que estaba en esa situación.

—Sabía que había algo extraño. Que no era solo la personalidad de Mar. Cuando empezó eso con Sirius, yo creí... Que se arreglaría, que ese... Que Chris había sido solo una etapa, que podía superarla. Y ahora esto... Sus padres, todo. No puedo creerlo, James, ¿me entiendes? Es espantoso.

Él la abrazó, sin más consuelo que la posibilidad de compartir la pena. Lily se aferró a él con ganas, cansada de llorar.

—Eso haremos, ¿está bien? —le susurró al oído, con una caricia lánguida en su cabello. —Hablaremos con Mar. Vamos a insistir hasta que esto se resuelva, ¿sí? Remus va a estar de nuestro lado, y Mar no puede rehuirnos por siempre.

La pelirroja asintió entre sus brazos, reconfortada al saber que empezaban a trazar un plan.

—¿Y Sirius? —preguntó, bajito. James suspiró.

—Ese idiota se perderá por algunos días, estoy seguro —torció el gesto, como si estuviese pensando algo desagradable. —Volverá insoportable, si lo conozco un poco. No sé si sea buena idea contárselo ahora.

—Irá a hacer polvo la casa de Mar —completó Lily, resignada. —¿Verdad?

—Es lo más probable. No creo que ayude. Más bien lo contrario. Y todavía no sabemos qué clase de personas son los padres de Mar.

—Hablas como si fuesen delincuentes —intentó reprenderlo Lily, por más que supiese que de cierta manera tenía derecho a hacerlo.

—No lo sabemos —trató de razonar James, haciendo una mueca para quitarle hierro al asunto. —Pero vamos a averiguarlo, ¿de acuerdo? De cualquier forma, Sirius sospechaba algo: ¿por qué otra razón querría llevársela de Manchester? Cuando sepamos qué mierda es lo que ocurre, se lo diremos.

—Está bien... —la determinación del joven insufló un poco de confianza en Lily, que volvió a abrazarlo dejando escapar despacio el aire que estaba conteniendo. —Tengo miedo.

—Aquí estoy —respondió de inmediato James, encerrando su cuerpo entre sus brazos. —¿Por qué tienes miedo?

—No quiero descubrir que mi mejor amiga vivió en un hogar espantoso toda su vida y yo nunca pude ayudarla.

El muchacho la separó de sí para poder comprobar que los ojos de Lily volvían a estar brillantes de pena.

—No fue tu culpa —murmuró, sincero, secándole con cuidado las lágrimas que se abrían camino hacia el filo de su mandíbula. Lily no parecía de acuerdo con él. —Entiéndelo. Si Mar vivió un infierno, pudo sobrellevarlo porque estabas con ella, te lo aseguro. Sé de lo que te hablo.

James sonrió con amargura, dándole a entender todo aquello que estaba pasándole por la mente, sin necesidad de expresarlo en voz alta.

Sirius.

Lily se impulsó con tanto ímpetu para abrazarlo que lo pilló desprevenido y acabó por tumbarlo hacia atrás, sujetándolo con fuerza por el cuello. Sentía que iba a perderse en ese mundo de mierda si lo soltaba, y James comprendió de inmediato porque deslizó sus manos por la cintura y la atrajo hacia sí.

—Tranquila —dijo junto a su oído con la voz apretada. —Estoy aquí.

Lily lloró todos sus remordimientos. Lloró por todas las veces que había sentido sospecha y no le había dado más importancia, por todas las vacaciones que Mar había pasado encerrada en su hogar, por todas las respuestas vagas que había decidido tomar como parte de su esencia.

Las cosas empezaban a cuadrar de una manera que no había imaginado y, aunque era consciente de que James tenía razón, la culpa le atenazaba los músculos.

Desesperada por consuelo, giró el rostro mojado para pegar la mejilla contra la de James, necesitada de cariño.

Había hecho todo mal. Todo.

El beso llegó con rabia, salado. Lily solo encontró los labios del chico y los apretó contra los suyos, sin pensarlo, sin sentirlo.

Quería que esa noche de mierda tuviese algo bueno para recordar.

James se sorprendió pero no la apartó. La dejó hacer, comprendiendo el enojo diluido entre sus lágrimas, y la abrazó con las manos y el alma, igual de agotado que ella. Lily rodó para quitarse de encima y poder abrazarlo de vuelta, absorbida por la calidez que emanaba la piel de James sobre la suya marchita y agónica.

No dejó de llorar de inmediato. Entreabrió los labios para obtener más, dejándose llevar por el vacío de su mente, sin darse cuenta de que empezaba a retorcerse contra el cuerpo del chico, desesperada.

Entonces James se apartó bruscamente, resollando y dejando a Lily tiesa, sorprendida. Y congelada.

La observó con los ojos muy abiertos —y los labios hinchados—, pudiendo ver de cerca la transformación de la pelirroja, que pasó de la estupefacción a la comprensión.

Y al dolor.

James quiso golpearse cuando se dio cuenta que parecía que estaba rechazándola.

Lily rompió a llorar de nuevo, y él, con el pulso tembloroso, tuvo un segundo de duda agónico antes de sentarse y ayudarla a hacer lo propio.

—L-lo siento —tartamudeó Lily, cubriéndose el rostro con las manos para no encontrar su mirada. —L-lo lamento, de veras —quiso girarse para bajar de la cama, pero James la atrapó antes de que pudiera escapar, todavía sin tener idea de lo que debería decir.

—Oye, no... —las pestañas de Lily rozaban sus mejillas mojadas. —¿Qué...?

—Perdona —susurró la pelirroja, controlando su voz. —Olvídalo. Me iré a casa, ¿sí?

—No —la respuesta de James fue tan cortante y sincera que Lily elevó la mirada para encontrarse con la de él. Hervía. —No tienes nada de qué disculparte y tampoco tienes por qué regresar a casa —expresó de corrido, negando con la cabeza. —Háblame, Lily. Quiero entenderte —ella tragó y cuando cortó el contacto visual, una última lágrima cayó directo a la colcha. —Por favor.

La muchacha permaneció en silencio.

Aturdido, James inspiró despacio, llenándose el estómago de aire antes de dejarlo ir y, con delicadeza, se hizo con el mentón de Lily para observarla de cerca.

—Quiero ser soluciones para ti, ¿sabes? —afirmó con una sonrisa triste. —No problemas. Puedes contar conmigo para lo que sea. Sé que estás dolida y confundida con todo lo que está pasando, pero...

—No es eso —lo interrumpió la pelirroja, obcecada en concentrarse en sus manos. —Al menos, no es solo eso.

—Cuéntame —pidió de inmediato James, y se dio cuenta que tal vez estaba presionándola demasiado. —Si quieres. Cuando estés lista —deslizó una mano hasta la palma de la chica y la apretó, dándole ánimo. —Odio verte sufrir, Lily. Haré lo que sea, solo dime.

Al fin, ella suspiró y se atrevió a levantar la cara, con una mueca amarga.

—Es ridículo. Es Mar la que está en problemas, no yo. Soy demasiado egoísta.

—No lo eres.

—Estaba más preocupada por mí que por ella —siguió Lily, haciendo caso omiso de sus palabras. —Sabía que había algo raro y aún así... aún así no era lo primero que tenía en la cabeza.

—¿Qué era entonces? —se atrevió a preguntar James, acariciándole la mejilla con dulzura. La pelirroja lo atrapó con sus ojazos verdes por un segundo.

—Tu.

El chico quiso bromear al respecto —como lo haría en cualquier otra ocasión—, pero permaneció en silencio comprendiendo que Lily estaba hablando en serio.

—Desde que... —la joven se desinfló y se frotó los párpados con pesadez, resignada. —Olvídalo. No tiene caso. Soy tonta y no deberíamos hablar de esto. Soy una pésima amiga, James.

—Deja de culparte por todo y cuéntame —replicó el aludido, práctico, mientras tironeaba de ella para volver a pasar el brazo por los hombros. —Eres de las mejores personas que he conocido, y nada de lo que digas me hará cambiar de parecer. ¿Qué te preocupa? Además de lo evidente.

Ella sopesó la idea, sintiendo cómo sus mejillas ardían al darse cuanta de que le confesaría todo a James. ¿Por qué tenía ese poder sobre ella?

Eran demasiadas cosas en su cabeza, y si no drenaba algo, corría el riesgo de explotar.

—Pues... Soy idiota, ¿de acuerdo?

—Tengo infinidad de pruebas que demuestran lo contrario.

—Creí que ya no querías estar conmigo.

Lo soltó a bocajarro, concentrada en no mirarlo ni dejarse vencer por las ganas de espiarlo de soslayo. James dejó pasar un segundo largo con sabor a infinito.

—¿Qué?

—Eso —Lily trató de encogerse de hombros para fingir un desinterés que no sentía. El corazón le latía desenfrenado en el pecho, y volvían a picarle las comisuras de los ojos.

Se sentía ridícula e infantil.

El silencio de James la puso más nerviosa.

—No volvimos a... Luego de Hogwarts, es decir... —intentó explicarse en voz baja, con torpeza. —Luego de la noche de graduación, no tuvimos un momento para... para nosotros, ¿entiendes? Y pensé que tal vez había hecho algo mal. O... Yo no tengo mucha experiencia, ya lo sabes. Tal vez estabas decepcionado y no sabías cómo decírmelo.

—¿Estás jugando?

—No te atrevas a burlarte de mi estupidez porque estoy diciéndolo en serio —pidió, a la carrerilla, antes de que el chico pudiese acotar nada más. La incredulidad de James le llegaba incluso sin observarlo a la cara, su piel estaba siendo abrasada por la vergüenza.

—Ay, Lily... —se lamentó el joven, besándole la coronilla antes de obligarla a mirarlo. —Puedes ser tan tonta a veces.

—Eso es lo que estoy diciéndote, pero...

—¿Cómo crees que pude decepcionarme? —preguntó, sin dejarla terminar. La voz se le había elevado dos octavas. —Eres ciega, o no sé... —ella parpadeó, sin comprender. —La noche en el Baño de Prefectos fue de otro planeta, ¿de acuerdo? Me calienta solo recordarla. Pero... ¿has visto cómo estamos? —James hizo una mueca de amargura, negando apenas con la cabeza. —Hace un mes que salimos del castillo y ya estuviste al borde de la muerte, nuestros amigos casi echan abajo a la Orden y ahora esto... Claro que no estoy decepcionado de ti, si lo que más quisiera es estar solo contigo, pero esto es todo un desastre —Lily se hizo pequeñita, sintiéndose más y más ridícula a medida que entendía la lógica detrás de las palabras de James. ¿Cuándo se había vuelto tan inmadura? —Estás horriblemente estresada, todavía no nos recuperamos del susto de Londres y... Mar está en problemas. No quise agobiarte más, Lily, no quiero que sufras por mi culpa —James sonrió triste, y su pulgar se deslizó desde la mejilla de la pelirroja hacia arriba, atrapando la pequeña lágrima que quería volar. —No quiero que sufras de ningún modo, pero al menos puedo tratar de que no sea por mí. ¿Entiendes?

—Lo siento —suspiró Lily al fin, sonriendo al notar cómo la palma del joven le frotaba despacio la espalda.

—¿Ahora por qué estás disculpándote?

—Por ser ridícula y preocuparte a ti también.

—No eres ridícula —la contradijo James, enternecido. —Está bien, tal vez fui muy cortante. Creí que necesitabas tu espacio, pero debí preguntártelo.

—Sí lo necesito, pero... —Lily lo imitó, estirando las comisuras agrietadas de sus labios. —No tanto.

Una chispa salió volando de la mirada de James, delante de sus narices.

—De acuerdo —consintió, relajándose. —Pero ahora, tenemos que concentrarnos en Mar, ¿vale? Descansa un poco. Mañana iremos a Manchester.

—Sí. Está bien —era un buen plan y el alivio de haber dicho en voz alta sus pensamientos más oscuros habían revelado a Lily lo exhausta que se sentía. Necesitaba energía para poder enfrentar el alba. James le besó una vez más la coronilla antes de ponerse de pie, sonriente.

—Espera... ¿qué haces? —lo interrogó la pelirroja, asombrada, al ver que se regresaba a su cama luego de agitar la varita para cambiar las sábanas de la otra, en donde se encontraba la chica.

—¿Vamos a dormir? —la afirmación salió en modo de pregunta, mientras rebuscaba en el armario para ofrecerle a Lily un edredón extra. —Aunque no le digas a Sirius que dormiste ahí... En verdad, se lo merece, probablemente no le veamos ni el pelo por varios días, el muy imbécil.

—No seas tonto —lo reprendió la pelirroja dando un salto, atónita. Se deshizo de las mantas de la cama de Sirius y observó extrañada a James. —Quiero dormir contigo.

—¿En serio? —el aludido se enderezó, pasmado, con el edredón entre los brazos.

—Sí —la expresión incrédula de James le provocó una calidez aleteante en el pecho. —Si quieres.

—Claro que quiero.

—Entonces vale.

—Lily, a veces tienes ideas brillantes.

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06 de Agosto de 1978

Remus llegó tardísimo a Dover, con la cabeza rezumando al compás de las olas furiosas que rompían contra el acantilado.

Se sentía como la mierda.

Se había sentado en su propio portal, sin atreverse a entrar, repasando una y otra vez la secuencia que se había sucedido con macabra exactitud aquella noche.

Cuando se cansó de ver la mueca desesperada de Mar y la furia chorreando de los ojos de Sirius, fue hundiéndose más y más atrás, buceando en recuerdos, en viejas memorias que salían a la superficie con una nueva luz.

El frío ni siquiera le había importado.

Mar siempre había sido su amiga. Era una calidez distinta a la de Lily, más etérea. Era ese silencio reconfortante que necesitaba a veces, cuando sentía que su vida estaba por irse a la mierda. Eran esas conversaciones parcas, esas sonrisas opacas y cómplices.

Lily había sido su primer y mejor amiga en Hogwarts, sí, pero su cercanía lo había atraído hacia Mar, con quien compartía demasiados puntos en común. Hasta Mary lo había dicho alguna vez: eran tan serios y aburridos, el par perfecto.

A Remus siempre le había costado acercarse a las personas, aún después de que James, Sirius y Peter decidieran irrumpir sin aviso derribando todas sus barreras. Lily lo había hecho despacio, sonriente, y Mary había limpiado con cuidado el camino que le había abierto la pelirroja. Se había colado en su corazón de forma sutil, imperceptible, con toda esa honestidad y sencillez.

Mar, sin embargo, lo había hecho de pronto. Había llenado un hueco que Remus no conocía, se había sentado a su lado en la biblioteca una mañana, mientras él estudiaba con Lily, y ya no se había vuelto a marchar.

Era reacia, como él, y por eso se habían entendido tanto. Había pillado al vuelo, incluso antes que la pelirroja, lo que estaba pasándole al licántropo con Mary, y a su manera, había intentado impulsarlo, perezosa, hacia la felicidad.

Y él no se había dado cuenta.

Había sido tan ridículo de enfrentar a Sirius cuando les había confesado lo que se traía con Mar, había olfateado el peligro y había intentado protegerla de la misma manera que ella lo había hecho con él. Todavía llevaba fresca en la piel la sensación de miedo al ver a James tumbado en la cama con la sonrisa maltrecha, asegurando que estaba bien y que había sido Mar la que lo había curado.

Él había querido cuidarla, tal y como ella lo hacía: en silencio, sin prisas.

Pero no había podido hacerlo. Su instinto había fallado, no había notado dónde radicaba el problema de Mar.

Su casa estaba engulléndola entera, y ellos allí, sin poder hacer nada.

Estaba furioso, deprimido y lleno de rabia. Le enfermaba delinear el perfil pálido de Mar sobre el estrado, consintiendo a casarse con ese tipo del que poco sabían y demasiado sospechaban.

Tenía que haberle creído a Sirius. Deberían haberlo tomado en serio, por una vez, y tal vez ese desastre no estuviese arreciando sobre sus cabezas.

Remus vio el amanecer desde su portal, abrigado con el rocío de la mañana y la impotencia de no tener ni puta idea qué hacer.

Sirius no daría la cara en días, y Lily estaba al borde del colapso. Apenas se reponía del ataque de Londres —todavía seguía arrepentida por haberles borrado la memoria a Sally y a las demás— y tenían que enfrentar aquello.

Mar no era de las que se dejaban ayudar. Había lidiado con toda esa mierda sola y querría seguir haciéndolo, y eso estaba desesperándolo aún más.

Se puso de pie, ignorando el chillido de sus articulaciones entumecidas, y supo que haría una estupidez irremediable, y que luego se arrepentiría de ello.

Pero estaba triste.

Y solo.

Se apareció y enseguida notó que algo no había salido del todo bien. Con amarga ironía, observó el brazo que estaba ardiéndole para darse cuenta de que cerca del hombro, una mancha oscura iba tomando posesión de su ropa.

—Mierda.

Se empapó los dedos de la sangre espesa que conocía demasiado bien y la viscosidad pegándose a su piel le hizo recuperar la cordura. Se dispuso a regresar, en silencio, cuando giró y se encontró de pronto con el rostro que estaba anhelando ver.

—¿Remus?

Mary tenía los ojos muy abiertos, como si no se decidiese a creer lo que estaban mostrándole. Vestía un abrigo de colorines que nunca había llevado en Hogwarts, un gorro de lana con orejeras y dos largas trenzas terminadas en bucle. Además de la sorpresa, enseguida el rubor conquistó su expresión, casi dejando caer las bolsas de compra vacías que sujetaba en las manos.

—¿Qué haces aquí?

El licántropo se enderezó lentamente.

—No tengo idea —respondió con absoluta honestidad. Mary lo recorrió entero, asegurándose otra vez que no fuese producto de su imaginación y dio con la palma que estaba sujetándole el brazo, manchado de oscuro. Remus la atajó antes de que pudiese horrorizarse.

—No es nada —balbuceó, tanteándose la zona. —Es decir, sí, pero tranquila. Solo es un poco de sangre. Creo que estaba distraído cuando me aparecí.

—Ven aquí.

Mary no dudó en tironear de la manga del muchacho para obligarlo a entrar en su casa, y Remus estaba tan resignado que no encontró la fuerza para oponerse.

—Menos mal que te encontré —farfulló ella, rodando los ojos. El efecto había quedado deslucido por el genuino alivio que se pintó en su rostro al quitarse la ropa que usaba para andar por el pueblo, escondiéndola detrás de la puerta. Quiso deshacerse las trenzas, pero ya era tarde. —Estoy segura que te volverías a Dover sin curártelo.

Remus sentía visos de irrealidad en regresar a aquella casa. Solo había estado allí una vez, hacía poco tiempo, para dejarle a Mary en claro que nada podría ocurrir jamás entre ellos. Era irónico que estuviese allí de nuevo, cuando se sentía al borde de la desesperación, pues acababa de rechazar a la chica sin dudar. Mary no parecía afectada por eso.

Nunca se había dejado ganar por la oscuridad a su alrededor. A Remus le gustaba pensar en ella como el sol, un astro cálido y demasiado brillante, que disipaba con su sonrisa las tinieblas que serpenteaban a sus pies. Le gustaba mirarla de lejos, pues acercarse implicaba quemarse entero y borrar de ella toda su luz.

Y sin embargo, allí estaba. Con los labios apretados dejando que la chica le limpiase el feo corte con un poco de díctamo y algodón.

—Lo haría con la varita, ¿sabes? —le había comentado, sonriendo a modo de disculpa. —Pero no soy tan buena en ello. Confío más en mis manos.

—No quiero seguir molestándote —suspiró Remus, sincero. Mary parpadeó.

—No lo haces. Estaba saliendo a hacer las compras, pero puede esperar. No voy a permitir que te desangres —intentó decirlo con humor, pero el licántropo no le correspondió. Terminó de limpiarle el corte, y se alejó un poco para evaluar el resultado. —Ya está. Te va a quedar una marca, fijo. Al menos por un tiempo.

Remus se encogió de hombros y empezó a desenrollarse con parsimonia la manga. Tuvo que morderse la lengua para no comentar nada, pues una cicatriz más en su piel remendada poco podía importarle. Mary lo miraba por el rabillo del ojo, ansiosa.

El corazón no había dejado de latirle en un segundo, respirando el mismo aire que el joven.

—¿Quieres acompañarme? —soltó a bocajarro, sin reflexionarlo dos veces. Remus enarcó ambas cejas. —Es decir, de compras. Solo será un rato. ¿Quieres?

Si él atisbó la ansiedad detrás de sus palabras, no comentó nada. Dejó escurrir un largo segundo antes de hacer un gesto con la cabeza, asintiendo.

—Vale.

Se puso de pie de un salto y buscó de nuevo sus capas, lamentando internamente no tener algo más digno que ponerse. A pesar de que sentía estar traicionando a su madre, descartó el gorro que le había tejido y solo se abotonó el abrigo por delante, asegurándose de que Remus hiciera lo propio.

—Te ves un poco enfermo —le confesó, ante la muda interrogación por su insistencia. —Si no te cubres, vas a pillar una gripe.

—Tu te ves adorable.

Remus escuchó sus propias palabras como dichas por alguien más. No él, que era un imbécil y que no merecía estar allí, sino alguien que pudiese apreciar lo bonita que era Mary. Se arrepintió de inmediato, dándose cuenta lo muy afectado que estaba por todo —llevaba más de veinticuatro horas sin dormir, dejando a un lado la noche espantosa que había vivdo— y las ganas de esfumarse se incrementaron.

Mary lo observó un momento, arrebolada. Parecía una niña muy alta, el sol brillando en lo alto. Derritiendo toda su mierda escarchada.

Escondiendo su vergüenza, abrió la puerta y salieron al cielo de Edimburgo, con los balbuceos de la chica intentando llenar el silencio incómodo que se había espesado.

—Es tan extraño, ¿verdad? Este frío en Agosto. Es como si el clima ni se hubiese enterado que empezó el verano... —le indicó el camino, andando sin prisa. —Debería haberte prestado una bufanda, pero creo que no aceptarías los colores de Hufflepuff —sonrió, intentando obtener una reacción por parte del Remus. Él solo esbozó esa sonrisa cortés que Mary detestaba. —¿Qué has hecho estos días? —claro que no esperaba una respuesta, pero no podía dejar de hablar cuando se sentía nerviosa.

Estaba paseando con Remus.

El mismo Remus al que se había confesado.

El mismo Remus que la había rechazado.

—Ayer fue el cumpleaños de Mar, ¿sabes? —titubeó, buscando un tema seguro. —Daría una fiesta en su casa, con toda esa gente coqueta. A veces me cuesta imaginarla en ambientes así, ¿no crees? Ella es tan diferente. Pero nos prometió que luego íbamos a celebrar con ella. Bueno... en realidad, no prometió nada, pero a mí me gustaría. Ya la conoces, le cuesta relacionarse con la diversión —torció el gesto, animándose a sonreír y a mirarlo de frente. —Un poco como tu. ¿No te gustaría venir también? Aún tengo que hablar con Lily, pero seguro iremos a Cokeworth. A mi mamá no le gusta que nos quedemos solas aquí.

Remus sentía el estómago pesado, tirando de él hacia abajo.

—Mary, no creo que...

—Sí, sí, ya sé —lo interrumpió ella, descartando su objeción. —Pero es una tontería. Mar tuvo un año difícil, creo que se lo merece. Todo lo de Sirius... —titubeó al darse cuenta de lo que había dicho, pero Remus permaneció en silencio. —Será bonito. Quizá conozcas a su hermana, Mar la adora. Es una niña preciosa.

—La vi, en el andén.

—Ah, sí —la expresión animada de Mary decayó un poco al recordar las circunstancias. —Sí. Ya verás, será divertido.

Al licántropo no le daba ya la energía para quebrar las ilusiones de la joven una vez más. Solo cabeceó, en silencio, pasando las manos por los bolsillos para controlarse.

—Mira, mi madre me consiguió empleo allí —dijo Mary de pronto, cambiando de tema. Señalaba una farmacia modesta, en el medio de la calle. —Creo que voy a aceptarlo, ¿sabes? Todavía no sé lo que quiero hacer, no soy como Lily. Y me gustaría ayudarla.

—Es algo muy noble —consintió Remus, sin sonreír.

—Ya.

Se detuvieron en la entrada del mercado y aunque a Mary se le daba demasiado bien fingir que nada ocurría, tomó una inmensa bocanada de aire y decidió enfrentar al licántropo.

—Perdona, Remus, pero volveré a preguntarte... —procuró ignorar el bochorno que estaba mordiéndole las mejillas y bajó el tono —¿qué haces aquí?

El aludido cambió el peso de su cuerpo hacia la otra pierna, antes de permitir que una sonrisa amarga conquistara su rostro.

—Ya te lo dije —murmuró. —No tengo idea.

Mary entrecerró los ojos y se aferró a la bolsa que llevaba en las manos.

—¿Y sueles aparecerte muy seguido en las casas de las chicas a las que rechazas?

Cuando Remus elevó la mirada, pudo ver la cara absolutamente colorada de Mary, contrastando con la determinación de sus ojos claros.

Se terminaban los juegos.

—No.

—Vale. Entonces, voy a repetirlo una última vez: ¿por qué viniste aquí?

Las facciones de Remus se endurecieron, en el mismo segundo que el corazón de Mary se saltaba un latido.

—Quería verte.

—¿Por qué?

«Porque eres lo único bueno e inocente que hay en este mundo de mierda.»

—No lo sé —asumió despacio, desviando la mirada.

Mary sonrió con dulzura. No quería presionarlo, por más que todas sus terminaciones nerviosas estuviesen a punto de estallar.

—De acuerdo. Te diré una cosa —Remus quedó prendado de su expresión y de su sonrisa, que parecía querer lavarle despacio todas las heridas que llevaba dentro, tal y como había hecho con su hombro. —Puedes venir cuando quieras. Aunque no sepas por qué. ¿Entramos?

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02 de Agosto de 1978

Alice se sentía rara.

No era una sensación desagradable, aunque tampoco del todo placentera.

Los días se habían sucedido de manera extraña y por eso no podía discernir si se encontraba aceptablemente conforme con ello o no.

BJ y ella se veían casi todos los días.

Luego de aquella discusión que no había terminado de la manera que esperaba, él se había comprometido sinceramente a darle lo que Al le estaba pidiendo: confianza.

—Mi nombre completo es Bartemius Crouch, como el de él —le había dicho hacía poco, con una sonrisa amarga. —Lo odio. No recuerdo cómo, pero una vez alguien dijo algo sobre el Junior en mi nombre y BJ solo apareció. Prefiero eso. Me desliga de todo.

—¿Por qué no te llevas bien con tu padre?

—Si lo conocieras, no harías esa pregunta.

La curiosidad de Alice aumentaba de manera proporcional a la información que recibía. BJ había sido reacio al principio, pero había terminado por contarle mucho sobre su familia y la vida que llevaba en Hogwarts.

Había sido un niño inteligentísimo, y de joven esperaba ser una de las promesas de su año. Al empezaba a idolatrar su imagen, pues parecía que a BJ poco le importaban todos los logros que había conseguido. Le recordaba un poco a Dorcas, siempre tan brillante sin siquiera esforzarse. Era increíble cómo terminaba siempre rodeada de personas demasiado superiores a ella misma.

Las vacaciones en Hogwarts habían empezado y BJ conseguía escurrirse de su casa para llenar los huecos vacíos en el horario de Alice.

Y eso le hacía feliz.

Dorcas había comenzado a burlarla, echándole en cara que se había conseguido un novio del que nadie sabía nada. Alice había intentado cortar su broma ridícula, apenada de que Frank la escuchara, pero el chico apenas se había enterado. Eso la había dejado taciturna por días, pues era evidente que poco le importaba a Frank lo que ella hiciese con su vida. Quería superar todo lo que sentía por él, pero aunque BJ le ofrecía felicidad, sabía que era superflua y artificial.

La verdadera felicidad estaba al lado de Frank, pero aquel puesto no estaba reservado para ella.

Benji le había hablado una de las noches al regresar del bar, tan sereno como siempre.

—No tienes nada que ocultarnos, Al —le había afirmado, con honestidad. —Si hay alguien que te agrada y estás saliendo con él, puedes decírmelo. Cuando estés lista.

No le había pedido explicaciones ni había mencionado a Frank. Alice había querido echarse a llorar por la preocupación sincera de Ben. Solo intentaba que fuese feliz.

Las cosas en el Ministerio también habían mejorado.

Dorcas ya era la estrella del Escuadrón. Era la novata más prometedora de los últimos años, así se había jactado Russell de ella en una reunión de varios miembros. Dearborn solo había enarcado una ceja pero no había intentado discutir y eso ya era una victoria. Ojoloco Moody había empezado a supervisar alguno de sus entrenamientos, y eso había motivado muchísimo a su amiga, que lucía más en forma que nunca.

Frank también había hecho las pases con el Escuadrón. Después de la última disputa con su jefe, había procurado mantener un perfil bajo y eficiente. Él y Benji también comenzaban a mostrar su valía, tanto, que ni Dearborn tenía ya demasiados reparos para ellos. Los entrenamientos se intensificaban y cada uno había sido visto como promesa en el área en el que más destacaban.

Alice se sentía conforme con su desempeño, fluido y correcto a pesar de no destacar.

Era el papel que estaba reservado para ella, después de todo. Estaba segura que era mejor que Dor en el área de transformación de objetos —su amiga era increíblemente buena en transformación humana—, pero ella se vanagloriaba tanto que Al no había querido opacarla. No le importaba, de cualquier forma. Estaban por cumplir un año en el Escuadrón y por primera vez en su vida, se sentía útil.

Esa misma mañana, Benji le había pedido un momento aparte que la descolocó.

—Perdona Al, pero esta noche no podré recogerte en el bar —le susurró a la carrera, entre turnos. Lucía genuinamente en falta, tan serio que a la joven le dieron ganas de reír.

—¿Si sabes que soy una mujer adulta que puede llegar a casa por su propio pie, verdad? —intentó no burlarse demasiado, negando con la cabeza. —Somos Aurores, Ben.

—A mí me gusta cuidarte —la contradjio él sin inmutarse. —Y lo seguiré haciendo. Le pediré a Frank que me cubra, ¿de acuerdo?

El buen humo de Alice palideció hasta desaparecer.

—No, espera, no...

—Además, tal vez es un buen momento para que conversen un poco —añadió el rubio, antes de que ella pudiese inventarse una buena excusa.

—No necesito que seas mi casamentero —se lamentó Alice, sabiendo que era en vano. Si Benji lo había decidido, estaba perdida.

—No lo soy, soy tu amigo —replicó él encogiéndose de hombros. La aludida rodó los ojos.

—Ni sé por qué intento discutir contigo. Al menos dime qué tienes que hacer tan urgente —repasó en un tris las posibilidades y parpadeó. —¿Tus abuelos están bien?

—Sí, tranquila —lo descartó Benji de inmediato. —No es eso. Es que... —carraspeó, y su mirada se deslizó fugazmente hacia donde Dorcas estaba practicando los nuevos hechizos de defensa. —Tessa estará en la ciudad y solo tiene libre esta noche.

—Ah —la mueca de Alice se llenó de compresión. —Ah. Claro. Me dejas por tu niña bonita.

Benji endureció las facciones.

—Ya, no te pongas así —lo reprendió de inmediato la chica, sonriendo. —Era solo una broma. Ve tranquilo. Me dejas entre la espada y la pared, pero ya ves tu cómo te arreglas con tu conciencia.

Estaba segura que el rubio iba a contestar algo, pero enseguida los habían interrumpido para cambiar de turno. Alice se había sentido inquieta el resto del entrenamiento, paladeando nerviosa la perspectiva de estar a solas con Frank.

Siempre cabía la posibilidad de que él no quisiese recogerla. Después de todo, era una estupidez que había implantado Benji sin ningún fundamento. Lo más lógico hubiese sido que solo regresase sola. Incluso, había pensado salir del bar y buscar a BJ, ya que Ben no iba a estar.

Sin embargo, Frank la había aguardado puntual en el mismo sitio que el rubio, con una sonrisa de disculpa pintada en el rostro.

El corazón de Alice aleteó hasta volverse un estrépito constante en su pecho.

El verano parecía haberse olvidado de caer en Londres y un viento lluvioso soplaba cuando salió para cruzar y encontrarse con el chico.

—Hola —sonrió Frank, ladeándose un poco. Alice podría jurar que él también había notado que hacía demasiado que no estaban a solas.

—Esta confabulación de ustedes dos para hacerme creer una inválida está surtiendo efecto —lo amonestó medio en serio medio en broma, acercándose para chocarlo con el hombro. —No era necesario que vinieras. Puedo llegar a casa perfectamente.

—Ya lo sé —confirmó Frank, empezando a andar. —Pero quería hacerlo de cualquier forma.

Alice no supo qué responder a eso, pues su estómago empezó a burbujear de la ya demasiado conocida esperanza, que luego tenía que apagar con lágrimas que no deseaba volver a verter.

Frank respetó su silencio y caminaron bajo aquella llovizna que no alcanzaba a mojar.

Era gracioso cómo la distancia con Frank podía ponerla así de nerviosa, cuando con Benji la reducía de un solo salto, colgándose de su brazo. Creía que su rostro explotaría si intentaba hacer lo mismo con él. Nerviosa, se concentró en los pasos firmes que estaba dando, para reducir el riesgo de un ridículo.

Pasaban los años pero con Frank ella seguía siendo una adolescente idiota.

—Ten —dijo de pronto el chico a su lado, girando hacia ella con algo en la mano. —Me pareció que quizá tendrías ganas de algo así.

Era una enorme tableta de chocolate. Alice la tomó, estupefacta, y se obligó a permanecer inexpresiva.

Todo su interior temblaba.

—Gracias —murmuró, encontrando su mirada. Frank se encogió de hombros.

—Trabajas muy duro, Al —comentó, al pasar. —Te mereces cualquiera de estas tonterías.

Su control no pudo con tanto, y la chica sintió sus mejillas arder. Frank sonrió y aceptó el trozo tembloroso de chocolate que ella le estaba ofreciendo.

—Es una locura, ¿verdad?

—¿Qué cosa?

—Llevamos casi un año en el Escuadrón —explicó Frank con tranquilidad, de cara al cielo. Las minúsculas gotas de llovizna se le habían adherido a la piel como una máscara transparente. —Luego de septiembre podremos ser parte de las misiones. Ya no seremos novatos. En menos de lo que crees, seremos Aurores.

Ella tragó despacio el dulce antes de contestar.

—Creí que ese era el objetivo —sonrió.

—Lo es. Pero sigue siendo increíble.

—No sé por qué dices esas cosas. Tu eres increíble. Serás un Auror excelente —hacía tiempo que Al quería decírselo y no podría encontrar un momento más adecuado. Ya sabía que su opinión poco importaba, pero era lo que le gritaban todos sus poros.

Estaba orgullosa de él.

—También tu, Al —consintió él con una amplia sonrisa. —Eres brillante. Sé que te cuesta más verlo, pero no te dejes encandilar por Dor, ¿de acuerdo? Tu tienes luz propia.

Alice bajó la mirada a la tableta a medio comer, avergonzada. Hubiese dado cualquier cosa por creerse a pies juntillas las palabras de Frank y, aún más, poder confesarle que oír eso de sus labios era toda la energía que necesitaba para salir adelante.

—Seremos Aurores —repitió en cambio, deleitándose con la idea. —Suena bien.

—Sí.

Estaba por cumplir el primero de sus sueños. Frank estaba a su lado, aunque fuese solo su amigo, y confiaba en ella. Todos lo hacían, y convertirse en Auror era algo que ya no se veía lejano o imposible. BJ calentaba sus noches, y sus amigos la impulsaban de día.

Alice se dejó embargar por esa tranquila felicidad artifical, consciente de que no sería eterna.

Lo que no podía saber era que duraría tan poco.

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14 de Agosto de 1978

La reunión de la Orden se hacía esa vez en Cambridge, por lo que los Prewett habían tenido que abrir las puertas de su casa.

Allí ya se encontraban casi todos —Hestia había llegado sola a pesar de las quejas de Fabian, por más que estuviese completamente recuperada; la chica lo lo había ignorado y había buscado a Edgar para preguntarle por sus hijas—, aguardaban solamente a que Ojoloco terminase de recibir los informes de Caradoc del Ministerio.

James había aprovechado para hacerle señas a los demás y juntar mucho las cabezas en un aparte, tenía mucho para informar.

—Vale —había empezado nervioso, rascándose el cuello. —No tengo buenas noticias.

Él y Lily se habían dividido las tareas. Lucían cansados, al igual que Remus y Peter, que habían hecho todo lo posible por ayudarlos.

—Investigué a los McKinnon —informó, siendo directo. —No dicen mucho que no sepamos. El padre de Mar fue el que levantó la empresa de la familia, que hacía túnicas desde bastante tiempo atrás. Él fue el que se asoció con los Burke.

—¿Los Burke? —repitió Peter, sin entender.

—La familia de Chris —explicó Lily, tensa. Remus asintió y le hizo una seña a James para que prosiguiera.

—Sí. Son sangre pura, como sabrán —puso los ojos en blanco para demostrar lo poco que eso le importaba. —Y están emparentados con otras familias de mierda —ante la muda interrogación de los demás, James chasqueó la lengua. —Sí. Los Malfoy, los Lestrange. Todos ellos. No me extrañaría que en algún punto del árbol genealógico lo estuviesen con los Potter o los Black. Los puros son así —masculló, encogiéndose de hombros. A Lily no pudo más que enternecerle en parte que James hablase de ello como si no fuese parte de la aristocracia mágica. —Dudo mucho que sean trigo limpio.

—¿Y por qué les interesa tanto la familia de Mar? —inquirió Remus, torciendo el gesto.

—Poder —respondió James llanamente. —Les conviene a ambos. Mar dijo que su padre quiere unirse a los sangre pura, y por lo que sé, el padre de Chris no fue de los más afortunados con su herencia. Los lazos con las demás familias no le sirvieron así que supongo que intenta conseguir dinero de esa forma. Y como vimos en la fiesta, tampoco son reacios a hacer negocios con los que rechazaron su alianza.

—Me dan asco —susurró la pelirroja apretando los labios. Peter imitó el gesto.

—¿Pero si ya lo habían conseguido antes, por qué quieren que ellos se casen? —insistió, sin terminar de comprender.

—Eso mismo me pregunto yo —se exasperó James, echándose hacia atrás. —Ya tienen negocios juntos, la firma de túnicas del padre de Mar funciona excelente. ¿Por qué presionar tanto? —hubo un silencio espeso que nadie pudo llenar. —Hay algo que nos está faltando, ¿saben? Una última pieza.

Remus asintió, cerrando los ojos por un momento.

—¿Qué saben de Sirius? —preguntó en cambio, intentando disipar el ambiente asfixiante que se estaba creando. Peter hizo un ruidito de disgusto con la garganta.

—Ese imbécil —se lamentó, rodando los ojos.

—Sigue sin dar la cara —añadió James encogiéndose de hombros. —Y Pete no puede peinar toda Inglaterra por sus caprichos, no sé si...

—Sí puedo hacerlo —lo contradijo el aludido de inmediato. Se veía apenado. —Es tan idiota que puede llevar dos días sin saber siquiera dónde está —tragó saliva y se revolvió incómodo. —Estoy preocupado.

—Sí, lo sé, Pete —lo consoló James, con una sonrisa triste. Remus suspiró.

—¿Y Mar?

Esa vez fue el turno de Lily de soltar el aire con pesar.

—Nada —dijo en voz baja. —Sigue sin abrirme. Fui a su casa varias veces, pero Marilyn me decía que no estaba o Chris me echaba con cualquier excusa. Es ridículo —era evidente que la pelirroja estaba tironeada por la preocupación y el enfado, retorciéndose las manos sobre la falda. —Le envié varias lechuzas, pero tampoco contestó. No sé qué hacer... Le avisé de la reunión de hoy, pero no creo que se deje ver.

—Tranquila, Lily —intentó animarla Remus con una sonrisa que no le alcanzaba a los ojos. —Todo se arreglará, ya verás.

James le dio ánimos con su mano sobre la rodilla, pero antes de que ella pudiese acotar algo más, Peter estiró el cuello y palideció.

—Oh, mierda.

Sirius estaba entrando en el apartamento detrás de Dorcas, como si nada hubiese pasado. Llevaba el cabello mojado, al igual que la chica, e ignoró por completo la esquina en la que estaban reunidos sus amigos para marcharse con su acompañante.

—¿Qué demonios...?

—Ay, Merlín.

James se había puesto bruscamente de pie, seguido de inmediato por los demás.

Gideon estaba entrando en la sala con una enorme sonrisa cargada de ganas de joder.

—Vaya, pero si es el Black perdido —soltó de inmediato al verlo llegar. —Pero si no llueve afuera, ¿verdad? ¿Por qué andan los dos con el cabello empapado? —la mueca se pronunció. —No me digan que se ducharon juntos.

Sirius aceptó la provocación con las cejas levantadas y su eterna expresión de gamberro.

—Claro que sí, Prewett —respondió, sonriendo e intercambiando una rápida mirada a Dorcas que enseguida le siguió el juego. —Yo sí sé lo que hay que hacer con mujeres hermosas.

Gideon silbó por lo bajo, ganándose un codazo por parte de Emmeline. La sala había descendido el volumen para oír el intercambio de esos dos, así que Hestia ya estaba muy colorada ante la clara insinuación de Sirius.

James debatía la mejor manera de acabar con el amigo más estúpido que había tenido en su vida.

—¿Celoso?

—¿De ti? —replicó Gideon, horrorizándose.

—Claro que no, de mí —intervino Dorcas, paseándose felina hasta llegar a los dos jóvenes. —También tengo para ti, Gideon, si quieres.

—Luego la comparación te va a doler, pero adelante —dijo Sirius antes de que el pelirrojo llegase a acotar nada. Dorcas se rió con él, haciendo que Prewett lo fulminase con la mirada.

Lo cierto era que poco recordaba de la última semana, pero era difícil olvidarse del cuerpo de Dorcas luego de haberlo probado.

Y Sirius lo había degustado una cantidad ridícula de veces en ese tiempo. Habían alquilado un cuartucho de mala muerte en la zona más desagradable de Londres luego de aquella mañana.

Dorcas no había preguntado nada. Cuando había despertado, Sirius fumaba en su ventana, desnudo y ausente.

No hacía falta preguntar nada, estaba suspendido en el aire.

Sirius se había dado cuenta de que estaba enamorado de Marlenne.

Alice no consentiría que se quedasen allí, por eso habían ocupado otro sitio, para perderse en los orgasmos más fuertes de su vida. Tampoco le había preguntado cuándo pensaba regresar a lo de James, o qué pensaba hacer de allí en adelante. Solo se rendía al sexo exquisito que le ofrecía Sirius. Y en cierta forma, Dorcas podía entenderlo.

Se habían bebido muchísimo whisky en esos días, tantos que a veces no recordaban siquiera dónde estaban de pie. Reían mucho, y balbuceaban incoherencias, entre besos, lamidas y alcohol.

Solo habían hablado de aquello una vez, compartiendo un cigarro de madrugada, cuando la bruma se había disipado un poco de sus ojos.

—La vida es demasiado corta para desperdiciarla en alguien que te rechazó —le había dicho ella, envuelta en volutas de humo. Sirius había enarcado ambas cejas, pillado por sorpresa. —No te enfades, es la verdad.

—¿Cómo sabes esas mierdas?

—Porque me gusta el sexo, y me gusta vivir —respondió con sinceridad Dorcas, pasándole el pitillo. —Y enamorarse es para los idiotas. O para los que son demasiado buenos, como Al.

—¿Y tu qué crees que soy?

—No lo sé. ¿Qué quieres ser?

—No sabía que estaba acostándome con una filósofa.

Ella se encogió de hombros.

—Eres mucha cosa para alguien como McKinnon —afirmó, sabiendo que estaba arriesgándose a su rabia. Pero Sirius permaneció laxo e inexpresivo. —¿Para qué sufrir? Ella no lo vale. Nadie lo vale, en verdad. Creí que eras como yo, sin ataduras.

Las palabras de Dorcas lo habían hecho reflexionar. Luego de esa noche, había dejado de beber y había tenido que enfrentar la realidad.

Él no era James. No le importaban esas mierdas, no sabía interpretar la cursilería con la que su amigo se desvivía por Lily.

No podía hacer nada de eso y Marlenne había tomado su camino.

Le importaba una mierda. Se había terminado.

Sirius había decidido salir de su encierro porque ya no tenía nada que ocultar al mundo. Había enterrado sus heridas, restañándolas con alcohol, y tenía a una mujer demasiado hermosa para su propio bien.

Era todo. Mar no volvería a entrometerse y volverlo un rematado imbécil.

Por eso se había marchado del cuartucho, con Dorcas, para aparecerse en Cambridge y fingir que nada había pasado. Estaba seguro que James y los demás se iban a poner insoportables, pero llevaba años lidiando con ellos.

De esa forma, solo le había hecho una mueca gamberra a James, que resopló de indignación antes de que empezaran a acomodarse los demás presentes. Había logrado hacerle una llave a Peter para intentar frotar su puño contra la coronilla del chico antes de que se zafara, haciendo caso omiso de la fea mirada que estaban obsequiándole Remus y Lily.

Simplemente se sentó, haciendo de cuenta que nada había pasado.

Porque nada había pasado.

—¿En serio te acostaste con Sirius? —cuchicheaba Alice, sorprendida y algo avergonzada, hacia Dorcas que se veía muy pagada de sí misma. —¿Es una broma?

Hestia seguía roja en su sitio, intentando no mirar a nadie a los ojos, y procurando no hacer contacto con Gideon que todavía seguía picado.

—Bueno, bueno, dejen de cotillear —interrumpió Ojoloco, haciendo sonar su pata de palo y tomando asiento en la cabecera. —No estamos aquí para jugar.

—¿Por qué siempre tienes que cortar la fiesta? —se lamentó Gideon con una mueca exagerada que Alastor ignoró.

—Si quieres fiesta puedo mandarte derecho a la Mansión Lestrange, Prewett.

—No mientas, Ojoloco, si no sabemos dónde mierda queda.

La risa general obligó al Auror a gruñir, a pesar de que sabía que tenía razón. Volvió a golpear, esta vez la mesa, para reclamar la atención de todos, dispuesto a dar por comenzada la reunión. Pero fue interrumpido por un suave llamado de nudillos en la puerta, que descolocó por un momento a los demás.

Emmeline fue la que se levantó a abrir, pues estaba más cerca de la puerta y, en un silencio increíblemente tenso dio paso a Mar, que ingresó cabizbaja y sin mediar palabra.

Ojoloco volvió a gruñir.

—Gracias por deleitarnos con su presencia, McKinnon —comentó con ironía. —Veo que al menos recuerda esto, porque en estos días parece haber olvidado muchas otras cosas.

Sin despegar la mirada del piso, Mar se sentó en el sitio que le ofreció Hestia, sabiendo que Moody se refería al curso de medimagia. Tragó y quiso enderezar el cuello para poner atención a la reunión y los ojos centelleantes de Sirius la atraparon por un segundo que se hizo eterno.

Las patas de la silla chirriaron de manera espeluznante cuando el joven se puso de pie y, con los puños apretados, pasó de largo ignorando las muecas desencajadas de sus amigos para salir de la sala y dar un sonoro portazo.

Nada había ocurrido, era cierto, pero aunque había enterrado heridas, todavía estaban demasiado frescas para mirarlas a la cara.

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¡Buenas, buenas a todos!

Ya sé que todavía deben estar atragantados con la enorme catarata de palabras que les volqué hace menos de una semana, pero les voy a confesar que aunque parezca ridículo estoy teniendo mucho tiempo libre y estoy usándolo al máximo para seguir con el fic. Así que culpen a mis mañanas por esta actualización express, porque si no escribo me duermo.

Esta vez traje un capítulo mucho más emocional. Sé que muchos temían lo que fuese a pasar luego del cumpleaños de Mar, pero intenté diluir lo máximo que pude. En cierta forma, esto que acaban de leer es como el impasse antes de que todo vuelva a explotar así que tranquilos. Esta línea temporal tiene todavía mucho para contar, y quiero empezar a hacerlo cuanto antes, así que no sufran que lo veremos pronto.

Esta vez no hay mucho más que tenga para decir. Espero seguir manteniendo este ritmo de actualización, al menos por este mes, porque ya saben que escalamos la mitad del fic y quiero avanzar todo lo que pueda antes de que mi vida empiece a hacer de las suyas. Les confieso que el plan que tenía armado para los próximos está teniendo arreglos de última hora, así que todavía no tengo muy claro a dónde vamos a aterrizar, pero será muy pronto.

Espero no estar cansándolos con esto, sé que estoy dejando muy poco tiempo para asimilar, pero por otro lado, todas las tramas están poniéndose más y más interesantes y quiero terminar de resolver muchas dudas.

Como siempre, saben que pueden pasar por las historias paralelas a Guerra y que pueden encontrarme en Twitter como CeciTonks o en el grupo de Facebook Jily Squad.

Los quiero muchísimo. Gracias por seguir apoyándome. ¡Espero sus comentarios!

Y si llegaste hasta aquí un océano infinito de gratitud,

Ceci Tonks.