Past - Present

Los rayos de la luna golpeando en los elegantes ventanales de una antigua habitación, en penumbras… pasos desgarbados y a la vez firmes, haciendo eco sobre el piso de granito, el chirrido de los goznes de la puerta de caoba; la luz se encendió en aquella habitación cuyo ambiente olía a fresas…

- ¡Me asustaste! - exclamó con voz sobresaltada, una joven mujer de largos y lacios cabellos castaño oscuro que se ondulaban en las puntas. Sus intensos ojos marrones miraban a un hombre alto, de cabello negro y ojos café oscuro, que brillaban fríos.

- ¿Qué haces? - inquirió serio, como si estuviese enojado.

- Sólo acomodaba las cosas de mi niña - dijo, limpiándose las lágrimas con una manta verde tierno que estaba abrazando antes de que él llegara.

- ¿Estabas llorando?- bufó molesto.- Apenas se fueron hace tres días y hablas como si la hubieras dejado de ver hace años - añadió cada vez más exasperado.

- Pues para mí son tres siglos - recalcó, poniéndose de pie de la cama en la que había estado sentada, y enfrentándolo.

- Exagerras - rodó los ojos.

- ¡Por favor Víktor, son mis hijos! cómo no comprendes cuánto es que los extraño… a ti parece que no te importaran. Y también son tus hijos - reclamó, indignada.

- ¿Qué te hace suponer que no los extraño? - terció aparentemente ofendido, sin embargo sus ojos continuaban inexpresivos, el mismo brillo gélido en ellos.

- Tu frío comportamiento… Nunca te he visto que extrañes a nadie, por ejemplo cuando Alexander fue a Durmstrang ni siquiera lo llevaste a tomar el barco, o a Alexa… esas dos ocasiones dijiste que tenías trabajo y te limitaste a enviarlos solos, con los sirvientes. En cuanto a mí, no me permitiste ir a despedirlos. ¡Además la mayoría del tiempo los has tenido a en internados! - le echó en cara, lucía alterada y furiosa.

- ¡Es Por Su Bien, de ellos y el tuyo mismo!- él también alzó la voz, caminando hacia ella de forma amenazante, tan tosca que daba miedo.

- ¿Nuestro bien? ¡Son mis hijos y los quiero conmigo! O Crees que un mes es suficiente para convivir con ellos, eso si no los enviabas a campamentos de verano - ella no retrocedió y continuaba reclamándole; el contorno de sus ojos estaba notablemente rojizo.

- Alexander quería ser un excelente jugador de Quidditch, necesitaba aplicarse. Y lo consiguió - señaló cortante, como si quisiera mantener el control de sí mismo.

- ¡Lo que él necesitaba era estar con su madre! - gritó, a escasos pasos de Víktor.

- ¿Su madre?, la que ni siquiera recuerda cuando él nació - espetó irónico.

- ¡Eres cruel!- sus ojos marrones se dilataron. - Sabes que lucho contra esta estúpida enfermedad que me nubla la mente, que se robó mis recuerdos - comenzó a golpearlo con sus delicados puños en el pecho, por sus mejillas por fin resbalaron las lágrimas que había estado conteniendo. Víktor detuvo con brusquedad sus muñecas, aunque tratando de no lastimarla.

- Perdóname… - murmuró, abrazándola. Su voz tuvo apariencia dulce, pero un dulce corrosivo. La joven parecía acostumbrada a ese tono, continuó llorando sobre el pecho del búlgaro.

- Vamos relájate, velo por este lado… ellos están seguros en el colegio y nosotros podremos disfrutar de nuestro tiempo juntos - dijo con una voz que era una sátira de seducción, acariciándole el cabello; luego intentó besarla en el cuello mientras sus manos bajaron a su cintura y trataron de deslizarse bajo su blusa.

- ¡No me toques! - gritó ella, empujándolo. No sabía por qué no soportaba que la tocara, se suponía que él era su esposo, el padre de sus hijos.

- ¡Vamos Herrmione, No Me Hagas Enojar!- estalló, sus ojos refulgían con cólera.

- ¡Cómo me llamaste! - reclamó; caminaba hacia atrás cuando chocó con la cama de su hija.

- Alexa… te llamé Alexa - subrayó el búlgaro, aunque nervioso no le despegó los ojos de encima.

- No, otra vez me llamaste Hermione ¡Otra vez el fantasma! - gritó ella, llevándose las manos a las sienes y deslizándolas con exasperación por su cabello.

- ¿Fantasma? - rió sarcástico.

- Sí, me sigues confundiendo con tu ex novia muerta - dijo, y parecía repentinamente temerosa; aunque parecía como si desde hace mucho viviera de esa manera, con el miedo constante, miedo a él.

- ¿Si está muerta por qué te pones celosa? - la empujó con una fuerza leve, y ella trató de no caer completamente sobre la cama, metió las manos y cayó sentada.

- ¡Yo no estoy celosa! - negó, retrocediendo sobre la cama; él se recargó en el colchón sobre sus manos y se agachó para quedar cara a cara con ella.

- Sí, soy un estúpido por creerlo… porque se me olvidaba que mi esposa me echó de su cama hace años - su voz fue tan fría que le erizó los vellos de la nuca a la joven, sus ojos marrones lo miraron aterrados. Él sonrió amargo y se incorporó…

- Ya sal de tu depresión, están en el colegio no muertos, algún día regresarán - soltó ácido, dándose la vuelta atravesó la habitación con largas zancadas. - Además sé que a quien más extrañas es a Haylie, porque al parecer también se te olvida que aparte de ella tienes otros cuatro hijos - añadió cáustico, antes de salir dando un portazo. La castaña se quedó ahí con la respiración agitada, por el miedo, por el coraje, por el dolor…

- ¡Te odio, Víktor Krum! - gritó, aventando una almohada hacia la puerta. Por sus mejillas descendía un llanto amargo.