Su campo de visión está totalmente oscuro, rodeado de una negrura agobiante. No sabe qué hacer ni a dónde ir, pues puede percibir peligro a dondequiera que se dirija. Su vida se ha convertido en una continua amenaza sin tregua, nunca sabe cuándo va a tener que defenderse. Y es que coordinar ataques y al mismo tiempo defenderse de otros es tarea de titanes.
Muchas imágenes, de repente, empiezan a desfilar por lo oscuro, que es su memoria, hasta ahora siempre sombría. Hay peligro por doquier: ha estado al borde de la muerte por hipotermia, con amnesia en consecuencia, ha estado atormentado toda su vida por haber salvado la vida al que se la salvó, hay gente que planea matarle por esto, porque sabe demasiado. Y así es, sabe demasiado, pero eso no se limita a simplemente haber visto más de la cuenta. Souta cuenta con una inteligencia formidable, que alimentada por la oscuridad de sus sentimientos, busca venganza, hacer sufrir a los que hicieron eso mismo con él. Su vida ha sido un completo infierno. Sin embargo, tenía que defenderse, tenía que luchar, tenía que ser más fuerte que el resto que querían acabar con él. O nadar o ahogarse, o vencer o ser vencido, o domar o ser domado. Y un domador doma, no es domado.
Y así fue. Un domador que aparentemente tenía dificultad para controlar animales acabó controlando a humanos. Supo controlar a los que querían tenerle bajo su control. Sin ningún apoyo más que sí mismo, tenía que vengarse, para defenderse. El espectáculo ha comenzado.
No necesita látigos ni fustas, ni ningún enser para imponerse mediante la fuerza. Él no es esa clase de domador. Un par de cartas y las palabras adecuadas bastan para que los más poderosos rivales no sean más para él que marionetas completamente a su merced. Ahora, las tornas han cambiado. No está bajo los comandos de nadie: ahora él dirige el espectáculo a su antojo. Y ese antojo no es otro que la venganza, hacer pagar a los que querían eliminarle de la función. Moviendo algunos hilos, las marionetas actúan tal y como a él le conviene. Lo que le conviene es que encuentren su propia perdición, y así termina siendo.
Se alza el telón, y las bambalinas quedan a vista del público. Hacer pagar a quien lo merece, al parecer, va en contra de la ley. El domador deja de ser visto como tal cosa. Ha quedado al descubierto, y al ser así, ya no puede domar a nadie. Porque a vista de muchos, se ha convertido en un monstruo. Un monstruo de circo. Uno muy peligroso, capaz de lo peor para su propio beneficio. Capaz no de matar, sino de dominar a la gente que odia para que ella misma lo haga. De jugar con sus mentes para su metafórica diversión: su bienestar.
"¡No he hecho nada malo! ¡Los malos fueron ellos! ¿No es cierto? ¡El único que me ayudó fue el señor Houinbou, así que usé al resto! ¿Qué hay de malo en ello?"
No puede entenderlo. La justicia debería garantizarle una protección que nunca tuvo. La justicia falló para él, y él se encargó de crearse su propia justicia, puesto que no podía quedarse sin ella. Entonces, ¿Por qué lo que ha hecho está mal? Ha buscado lo que le corresponde, él solo sin ayuda de nadie, lo que se merecía y nunca tuvo. Pero aun así, ha hecho mal. Y es que en esa vida que le ha tocado vivir, todo parece ir en su contra. ¿Por qué si no un bien para él ha de estar mal?
Sin embargo, si tan malo es, y de la misma forma lo son los que le ayudan, ahora entiende lo de 'Mala hierba nunca muere.' Una vez más, el señor Houinbou acude en su ayuda, y le salva la vida. Había hecho tan mal que hasta iban a matarle. Ninguno entendía que él ya estaba muerto, y si tan justos eran, así no iban a revivirle. Solo alguien puso mucho ímpetu en ello: su eterno salvador.
"Servidor pide que dejen que su acólito acepte su castigo en prisión."
Y es que ¿Qué otra opción le queda? O la cárcel, o la muerte. Y no ha estado tanto tiempo luchando por su vida para morir así. Además, su salvador confía en que ahí estará por fin a salvo, y tan fuerte es su lazo que decide confiar en él.
La ley lo ha conseguido: el monstruo de circo ahora está encerrado. Ahora, está enjaulado, y aunque por una parte puede relajarse, ya que no tiene que estar alerta a cada segundo por su vida, sus sentimientos están encerrados con él. Y sí, no está muerto, pero no se encuentra mucho mejor. Su interior sigue tan muerto como siempre. Esto, y mucho más, desfila por su mente a una velocidad de vértigo. Le produce tan reacción que incluso abre los ojos. Souta, ojiplático al ver la historia de su vida, mira fijamente a lo que está viendo delante de él. Es él mismo. Se está viendo a él, con sus mechones rojos como la sangre cayéndole por la cara, que ahora está muy blanca y forma dos lágrimas rosadas alrededor de sus orbes castañas. Y como él ha sido, o se ha convertido en ello, un domador nato, va vestido como tal cosa: de circo. Como el monstruo que, supuestamente, es.
Las lágrimas perpetuas en sus ojos que nunca llegan a existir, muy atento a lo que le rodea… Esa ha sido su imagen durante la mayor parte de su vida. No podía mostrar sus sentimientos, o eso le haría débil. Tenía que estar pendiente de todas las amenazas que le podían llegar. El miedo siempre ha ido con él a todas partes. El miedo que le infunde la oscuridad que le rodea. Como la oscuridad que ha rodeado toda su vida.
La sombra, al igual que los barrotes de su jaula, le aprisionan, le atosigan. Pronto, se siente agobiado, solo, asustado. Está lleno de miedos internos que no quiere mostrar al resto.
Y es entonces, cuando piensa en todo esto, que el lugar donde está, se ilumina. La luz inunda todo, mostrando una habitación curiosa. A su alrededor, hay todo de objetos extraños, como atrezzo teatral, perchas con millares de vestidos de todas las formas y colores, pósters coloridos, y muchas más cosas, así como el tocador que hay frente a él. Esa imagen reflejada que veía de él mismo era su reflejo en el espejo. Un espejo rodeado de luces, acabando en una mesa donde hay maquillajes de todas las clases. Reconoce ese lugar: es un camerino. Al fin y al cabo, cuando trabajaba en el circo, ahí se preparaba para salir a escena.
Curioso por cómo ha acabado ahí, se levanta de su asiento y circunspecta el lugar. Quizás pueda ir a otros sitios desde donde está. No obstante, se encuentra confuso. Hay tres puertas en las sala. Pensando en cuál debería escoger, se da cuenta de que esa no es la cuestión. Ninguna de ellas está abierta. Está encerrado.
—No… No puedo salir de aquí… Estoy solo aquí encerrado….
Prueba otra vez, pero no hay ningún cambio. Las puertas siguen cerradas a cal y canto.
—¡Maldita sea! ¡Esto es como la cárcel!
"Keh heh heh. Ciertamente. Esto es como la cárcel.", resuena por la sala.
—¿...Señor Houinbou? —le llama Souta, mirando a todas partes.
Nada más pronunciar su nombre, en una de las puertas, la primera de todas, se dibuja un círculo, y en su interior aparece la silueta de una pieza de ajedrez. Parece el alfil.
Y evidentemente, es el alfil. No es necesario que sea él el que abra la puerta, ella ya se abre sola. Bueno, mejor dicho, alguien la abre desde el otro lado. Y es desde allí de donde aparece Ryouken, mirándole con una gran sonrisa, y vestido de una manera un tanto peculiar aunque bastante influenciada por el estilo japonés tradicional que siempre ha caracterizado su indumentaria.
—¡Señor Houinbou! ¿Qué hace aquí?
—Así es. ¿Por qué te sorprendes, Souta? Desde que entraste en la prisión, siempre he estado contigo, y ya que dices que esto es la cárcel, no podría ser de otro modo.—inquiere, determinante.
—B-bueno… Era solo una manera de hablar. Aunque en fin, ahora ya no estoy solo.—declara, algo más animado.—Además, ya podemos salir. La puerta está abierta, ¿No?
—Sí y no. Aunque más bien, no y sí. La puerta está abierta, pero no podemos salir de momento. Al otro lado no hay salida.
—¿No? Y entonces, ¿Cómo ha llegado usted ahí?
—Keh heh heh… Esto es un circo, ¿No? Aquí, no todo tiene por qué tener explicación. Pero en lo que sí has acertado es en que ahora no estás solo en la 'cárcel'.
Souta no entiende muy bien la índole de todo ese asunto. Todo lo que está sucediendo es altamente extraño.
—Extraño, ¿No es cierto?—pregunta Ryouken, con una risa, porque sabe que ha leído su mente.—Es solo cuestión de pensarlo un poco, y con lo inteligente que eres, estoy seguro de que esto será coser y cantar para ti.
—¿A qué se refiere, señor Houinbou?
—Has comparado este lugar con la cárcel, ¿No? Yo he sido el primero en aparecer ya que fui también el primero que estuvo contigo en la prisión.
—Ajá… Vale, eso tiene un mínimo de sentido. Es todo ¿Una metáfora?
Misterioso, Ryouken asiente con suavidad, una gran sonrisa autóctona en su rostro.
—Estas puertas parecen tener un significado. Usted salió de la primera de ellas, porque fue el 'primero'. Pero antes estaban cerradas… Eso es que se van abriendo progresivamente siguiendo un orden. Ahora, debería abrirse la segunda puerta, ¿No es cierto?
—Keh heh heh… Así es. Aunque dudo que por mucha fuerza que hagas ceda.
—Tiene razón. Tiene que abrirse sola, igual que se abrió cuando le llamé. Esa puerta le simbolizaba a usted, que fue el 'primero'. Así que ahora, hemos de pensar en el 'segundo'. ...La 'segunda', mejor dicho. La que llegó a la cárcel después de que usted y yo ya estuviéramos en ella.
—¿Y quién es ella?—inquiere retóricamente Ryouken, riendo sin malicia.
—No podía ser otra. Mi hermanita. ¡Yukiko!—la llama, deduciendo lo que pasará a continuación.
Lo que deduce acaba por realizarse. En medio de la segunda puerta, aparece otro círculo, que se rellena con otra pieza de ajedrez, esta vez, la reina. Sin embargo, la puerta no se abre.
—¿Hum? Qué raro, ¿Por qué no se abre?
—Estaba a punto de preguntar la misma cuestión….—se extraña incluso Ryouken, echándole un vistazo determinante a la puerta.
—¿Yukiko? ¿Estás ahí?—repite Souta.
Al acercarse para comprobarlo, oye algo. Además, el pomo se está moviendo ligeramente, haciendo ruidos sordos.
—¿Yukiko?
—¡Jolín! ¡¿Por qué no se abre esta cosa?! ¡Ya me ha quedado mal!—se la oye protestar, desde el otro lado de la puerta.
Al escucharla, Ryouken sacude la cabeza mientras sonríe, al mismo tiempo que se palmea la frente. El labio de Souta comienza a temblar, así como su maquillaje por miedo a desaparecer, pues el pelirrojo augura lágrimas de risa.
—Hacia el otro lado. Unos instantes después, y la puerta de la reina termina por abrirse, dando paso a Yukiko, vestida con el disfraz que le hizo Souta: el vestido amplio a rayas verticales rosas y lilas, un cinturón de tela y medias a cuadros blancos y negros, unos curiosos y delicados zapatitos de fantasía y su famoso collar de los abalorios, el caballo negro y la campanita bien a la vista, también el maquillaje de base blanca y las lágrimas de los ojos y el corazón de la mejilla de color rosado, influenciado por el mismo estilo de Souta. Además, en el cuello, lleva un adorno de tela blanca con bordes de fantasía muy replegada, similar al del traje de Souta, y una coronita que le rodea la cabeza y su pelo suelto negro peinado como el pelirrojo hecha por brillantes en forma de estrellitas de nieve.
—Hola, Souta. Tu hermana ha llegado, trayéndote paz. Ya no estás solo.—declara la morena con dramatismo, extendiendo los brazos como si fuese la portadora de la paz mundial.
—¡Llegas tarde! —chilla el pelirrojo, empezando a reírse estrambóticamente.—¡Menuda entradita guapa, hermanita!—le espeta, riéndose sin parar.
—¡Jooo! ¡No te rías de mí!—protesta infantil, con un puchero.—Encima que viene tu hermanita a tu cárcel para que no estés solito, con su mejor intención...—trata de conmoverle, balanceándose de un lado a otro.
—...Anda, ven aquí.
Parando de reír con un supremo esfuerzo, Souta abre los brazos para abrazar a Yukiko, quien le recibe mucho más animada, y muy sonriente.
—¡Eso está mejor! ¿Verdad, señor Houinbou?
—Keh heh heh… Por supuesto. Me hace muy feliz veros tan unidos.—declara Ryouken, conmovido.
Incorporándose, Yukiko parece estar muy animada y contentilla.
—¡Ahora podremos hacer nuestro propio circo, por fin! ¿A que sí?
—Claaaro… Cuando encontremos una salida al camerino, quizás. ¿No se puede salir por ahí?
—Nop.—niega, sacudiendo la cabeza.—Imagínate el canguelo que me ha entrado al ver que la puerta no se abría.
—Keh heh heh...—esta vez, el que ríe así es Souta, adoptando la misma risa que Ryouken.
—Pero bueno… Quizá haya algo en esa puerta de ahí...—inquiere la morena, con una sonrisilla inquisitiva, y señalando la tercera puerta.
—Conozco esa mirada, payasa. Y esta vez, nunca mejor dicho por tus pintas.—la intercepta Souta.—En ese caso, ya sé a quién me voy a encontrar ahí.
—No sé… ¿Quién fue el tercero en venir a verte? Y con verte, me refiero a que os veíais en sueños, porque no podías dejar de pensar en él, porque le amas, y…
—¡Y-ya lo he pillado!—la corta el pelirrojo, algo ruborizado.
Acercándose a la tercera puerta, Souta se prepara. Ya sabe lo que debe decir para que se abra.
—...Tontosuke.
No hay reacción, al menos en la puerta. Souta, por su parte, se ha echado a reír. Yukiko le da un codazo, refunfuñando. No por ello va a ceder, pero sí lo hace cuando percibe que Ryouken está a un paso de darle una colleja.
—Vale, vale, ya va.—se rinde, tapándose las orejas al principio.—...Manosuke.
Esta vez, sí hay una consecuencia. En la tercera puerta, tal y como ya se imaginaba, se dibuja un nuevo círculo que se complementa por la figura de un caballo de ajedrez. Esta vez, la puerta no se abre inmediatamante tampoco, aunque sí algo más rápido. De ella, por supuesto, sale Manosuke, o Magosuke, como le llamó él cuando le vio con esa ropa, que obviamente, es un traje de mago a cuadros blancos y negro, aunque ahora la chistera ha hecho el favor de brillar por su ausencia.
Y como Manosuke no puede hacer entradas mucho mejores, esta vez no podría ser una excepción.
—¿...Alguien sabe qué cojones le pasa a estas puertas?
—¿Lo ves? ¡Yo no soy la única!—aprueba Yukiko, moviendo los brazos como si Manosuke fuese una demostración a lo que le ha pasado.
—Pues a mí no me ha pasado eso.—interviene Ryouken, serenamente.—Por cierto, ¿Nada más salir ya estamos con palabrotas, Manosuke?—le "amenaza".
—¡Hostia!—se altera, sabiendo lo que le espera y doblando su castigo en un segundo.—Digo… Lo siento, no volverá a ocurrir, se me ha escapado.
—Keh heh heh… Excelente, excelente.
—No le crea, señor Houinbou. Ni yo mismo le creo.
—¿No confías en mí, Saru?—le pregunta Manosuke, sonriéndole pese a todo. —...N-no es eso. Claro que confío en ti. Es solo que… No me creo que no vayas a decir tacos nunca más. ¿Quién sería Manosuke sin tacos?
—Es verdad, mejor no me arriesgo. No quiero cambiar mi comportamiento y que eso afecte a lo mucho que te quiero.
A raíz de la respuesta, Souta se ruboriza de nuevo, y Yukiko suelta un silbido de ternura. En conjunto, se ha convertido en una escena peligrosa para el radar de collejas de Ryouken.
—Yo solo digo que tengo muy buena memoria. Y tú estás incluida en ella, Yukiko, querida.—"amenaza", riendo perversamente.
El golpe de gracia. Todos tragan saliva de repente.
—Bueno, el caso… Manosuke, ¿Podemos salir por esa puerta de aquí?
El de la cresta niega con la cabeza, encogiéndose de hombros y mostrándose serio esta vez.
—Pues no. No hay salida desde aquí.
—Entonces, ¿Por dónde se sale de aquí? En ninguna puerta hay una salida.—concluye Souta, algo incómodo de repente.
—No te preocupes, Souta. Tiene que haber una manera.—trata de tranquilizarle Manosuke, como siempre, poniéndole las manos en los hombros.
—Sí, tienes razón, hermanito Manosuke. Si la buscamos juntos, encontraremos la salida.—corrobora Yukiko, con un gesto de aprobación.
—En cuanto a mí… Soy de la misma opinión. Con un poco de tiempo, la hallaremos.—finiquita Ryouken, esperanzado.
Escuchando las opiniones de todos, Souta asiente, una media sonrisa dibujándose en su rostro.
—De acuerdo, tenéis razón. Confío en vosotros.
Como si fueran esas unas palabras mágicas, de repente las tres puertas parecen fusionarse en una puerta más grande. En ella, aparece un círculo más grande, con el símbolo de un rey de ajedrez retratado sobre su superficie. Ese es su símbolo. Esa es su salida. La que ha logrado confiando en el resto.
—Creo que la hemos encontrado.—anuncia el pelirrojo, sonriendo más ampliamente.
De repente, todo cobra sentido en su mente. Ryouken tenía razón, todo este tiempo todo ha sido una metáfora. El camerino ha sido una metáfora de la cárcel, donde él se sentía encerrado y solo, hasta que aparecieron Ryouken, Yukiko y Manosuke, en el orden real en el que accedieron a la prisión. Ahora, Souta ya no está solo, y confía en todos, por lo tanto ya está preparado para salir al escenario. A la vida.
Inspirando profundamente, Souta abre la puerta, la cual se abre mostrando la verdadera salida de la estancia. Una luz cegadora se refleja directamente en sus ojos, lo que hace que el pelirrojo tenga que cerrarlos unos instantes. Cuando la intensidad lumínica aminora, Souta puede fijarse mejor en el nuevo panorama que ahora le rodea: el mismo circo en sí. Con su pista, gradas, decorados, trapecios y una carpa llamativa envolviéndolo todo. Un escenario realmente mágico.
Además, como en cualquier circo, no puede faltar algo fundamental: los animales. A Souta, y a todos en general, le encantan, y si faltasen serían echados de menos. Sin embargo, como las circunstancias son especiales, los animales también lo son. Desde el centro de la pista, se acercan a ellos sus amigos del reino animal de toda la vida: presidiendo, Kuro, con su porte formidable, y junto a él, Tasuke, subido a lomos del perro con aspecto animado y siguiéndoles, la gatita negra de Yukiko, majestuosa como de costumbre.
—¡Chicos!—les llama Souta, sonriendo con sencillez.
—Sí, están todos aquí. Nadie podía faltar en un acontecimiento así.
A lo lejos, resuena una voz que les resulta familiar. Desde el fondo de la pista, se acerca alguien a quien conocen perfectamente: el doctor Chusei Kokoro, que aparentemente no se ha querido perder tampoco el "espectáculo". Ha cambiado su característica bata blanca por un intrincado y elegantísimo traje de aspecto antiguo, de modo que parece un disfraz. Pese a eso, no le queda del todo mal.
—Dichosos los ojos. Pero si es el doctor Kokoro.—le saluda Ryouken, sonriéndole.
—Maestro Houinbou...—le interpela el susodicho, con una reverencia de gran respeto.—He estado vigilando a los animales hasta que llegasteis. Por lo visto, estaban deseando veros.
—Se lo agradecemos.—le agradecen todos al unísono.
Poco tardan en acercarse los unos a los otros, saludándose. El mono se sube a los hombros de su amo, sonriéndole y dándole un tierno abrazo simpático, a lo que Souta le emociona. Acaricia a su peludo amigo en la cabeza, mirándole solemne. Le ha cogido muchísimo aprecio al animal.
—Kuro… Volvemos a vernos. Y ahora vienes mejor acompañado. Keh heh heh...—le habla Ryouken, agazapándose para acariciar al can y su fiel compañero y amigo.
El perro ladra, lamiéndole la cara a su dueño por excelencia. A su lado, la gata maúlla, dando a entender que ella también se encuentra ahí.
—¡Anda! ¡Tú también estás aquí, minina! Hola, hola.—la saluda Yukiko, haciéndole gestos con la mano para que se acerque.—Muy bien… Eres una buena chica.
—Oh, ¿Finalmente se convirtió en tu mascota?—pregunta Ryouken, curioso.
—Sí, así es. Es una gatita muy bonita, y buena. ¡Es un angelito!—la adula la morena, con un gesto de aprecio.
—Y el motivo por el que eres una bruja.—la pica Souta.
—Sí, Souta tiene razón. Esa gata va a acabar mareada contigo, hermanita. Ya la has corrompido un poco, ¿No? Mira qué aires se da la gatita, ya tiene asumido que es la mascota de una reina.—corrobora Manosuke, con guasa.
Sin caerse de los brazos de Yukiko, la gata echa el cuerpo hacia adelante y gruñéndoles, hace un intento por arañar a Souta y Manosuke con una irascibilidad sorprendente. Incluso les maúlla como si les estuviese retando.
—¡Ajá! ¡Ya lo habéis visto, cabezas huecas!—les desafía también Yukiko.—¡Meteos con la menda, y mi gatita os sacará un ojo! No podréis hacerme nada siempre que me proteja ella. Y araña como nadie, os lo digo yo.—inquiere, orgullosa.
Incluso la gata logra implantar una expresión circunstancial en Souta y Manosuke, que le clavan una mirada algo atónita, y con una ceja alzada.
—Y claro, como este es nuestro circo, los animales no podían faltar. ¡Son el alma de todo esto!
—Para el carro. ¿"Nuestro" circo?—formula el pelirrojo, algo confuso.
—Sí. ¿No me habéis escuchado? Voy a jugar a los circos con mis hermanitos. ¡Es lo que siempre quise hacer desde que me enteré de que existíais a los seis años!
—Jo, pero de eso ya hace tiempo, Yukiko. Mucho, muuucho tiempo….—exagera Souta con una mirada pícara, en un intento por provocarla.
—¡He dicho que jugaremos a los circos y no se hable más! Vamos, no os hagáis de rogar. Dije que, cuando os encontrase, montaríamos nuestro propio circo. ¿Por qué no?
—¿Quizás porque es un poco estúpido?—protesta Manosuke.—No seas cría, hermanita.
—Venga, vamos a repartirnos los papeles. Obviamente, Souta será el domador, Manosuke el mago, los animales nuestros ayudantes….
—Pero niña, ¿Nos escuchas cuando te hablamos?—pregunta Manosuke, serio, sabiendo que la respuesta es, al menos ocasionalmente, 'no'.
—Tú, la payasa. Apunta, apunta.—se ríe Souta.
Antes de que la morena pueda protestar, otra voz lo impide.
—Yo podría ser el maestro de ceremonias, puesto que conozco el dato de que muchos me tratáis como un referente.—propone Ryouken, sonriendo.
—¡¿Q-qué?!—se sorprende el pelirrojo, echando la cabeza para atrás.—S-señor Houinbou, ¿Usted también….?
—El señor Houinbou es mucho más guay que tú, hermanito.—Yukiko le saca la lengua.—¿Y usted, doctor Kokoro? ¡El trapecista!
—Gracias, Yukiko, pero me conformo con preparar el atrezzo. No soy gran fan de las alturas.—la refuta el moreno de las gafas, con una media sonrisa y sacudiendo la cabeza.
La morena, mirando a su alrededor, parece conforme con todo. Su faceta de directora vuelve a salir a flote.
—Muy bien, ¡Todos a escena, el show debe continuar!
—Keh heh heh… Tengo la impresión de que poco hará falta el maestro de ceremonias si tenemos a Yukiko comandándolo todo...—opina Ryouken, de brazos cruzados. —No diga eso, señor Houinbou. Aunque estoy de acuerdo en que Yukiko es una controladora...—apunta Souta, asegurándose de que Yukiko le escucha.—Usted siempre nos hace mucha falta.
Con una gran sonrisa de orgullo, Ryouken se acerca a él y le desordena el pelo, en señal de afecto.
—Vaya, primero la parodia de la cárcel, y ahora tengo mi propio show circense. A ver si seré actriz, después de todo.—apunta Yukiko, haciéndose la interesante en broma.
—Entre otras muchas cosas.—le responde Manosuke, determinante. A continuación, enumera y empieza a contar con los dedos.—Actriz, escritora, casamentera, cocinera, reina… Y licenciada en cómo ser un plomo con honores.—ríe el de la cresta.
—...Dentro de poco, podrías añadir "asesina" a esa lista...—le "amenaza"a broma, con una mirada pérfida.
Por fin, llega el momento que algunos estaban esperando. Y no es el comienzo del espectáculo ni nada por el estilo. Se trata del momento histórico en el que la morena reciba su primera colleja.
—¡Aaaaay! ¡Eso duele!
—No hay bromas que valgan en relación a ese asunto. ¿Queda claro?—la riñe Ryouken.
—A-ahora que lo pienso… Vale, creo que tenéis razón.—sonríe inocentemente, encogiéndose de hombros y frotándose el cuello.—Pero no me peguéis, no lo he hecho a posta.
—¡Su primera colleja! El momento que tanto hemos estado esperando…
—Crecen tan rápido...—ironiza Souta, haciéndose el paternal.
Mientras tanto, los animales parecen estar hablando entre ellos, y se ponen de acuerdo para ladrar, chillar o maullar respectivamente para llamar la atención de todos.
—Es verdad, tienen razón. ¡Tenemos que comenzar el espectáculo!
—Nada, no se le ha olvidado ni con la colleja… Así como se le ha olvidado que no tenemos nada ensayado.
—¿No te enseñaron a improvisar, hermanito?
—Pero si no tenemos público siquiera. Además, todo esto no es lo mío.—añade Manosuke, intentando que cambie de idea.
—Keh heh heh… Sinceramente, no creo que por mucho que le digáis nada la vayáis a convencer de lo contrario.
Ya lo sabían, pero por si les quedaba alguna duda, Yukiko dice que sí con la cabeza, encogiéndose de hombros. Lo que Ryouken dice es una verdad como un templo.
—En mi sexto cumpleaños, le dije a Manya que, cuando encontrase a mis hermanos, haríamos nuestro propio circo. Y eso pienso hacer.
—Además, me parece que hay algo en todo eso que es falso. Creo que, después de todo, sí tenéis público. Hay un par de personas que han venido a veros.—anuncia el doctor Kokoro, con una enigmática sonrisa.
Lo que pretendía con su tono es lo que provoca en sus receptores. Los tres se muestran curiosos ante la afirmación del médico, y les gustaría comprobar tal inusual situación con sus propios ojos. El de los ojos verdes se les adelanta y les guía, orientando un brazo con la mano abierta hacia una zona en concreto de las gradas.
Si eso fuera un espectáculo normal y corriente, esos asientos serían bastante privilegiados, pese a que eso no es lo más sorprendente de la situación. Ese aspecto concierne a la identidad de las dos personas que hay ahí sentadas.
—¡Oh!—se sorprenden los tres, al mismo tiempo.
Así es, las conocen. Hace mucho tiempo que no se ven en persona, pero especialmente desde los últimos acontecimientos, les resultan familiares. De hecho, lo son. Son dos mujeres a las que nadie esperaría volver a ver ya, pero ahí están, bastante diferentes a simple vista pero más similares de lo que parecen. Una rubia vestida en blanco y negro y la otra morena ataviada en colores suaves, fueron modistas, mejores amigas y sus propias madres. Jade Erz y Manya Sladkiy.
