*contiene un spoiler de Princesa mecánica. Es en un párrafo del final cuya primera y última palabra está marcada en negrita, por si quiere ser evitado. No revela información crucial para la historia.
CAPÍTULO L
Para el hombre, como para el pájaro, el mundo ofrece muchos sitios donde posarse, pero nidos solamente uno: su hogar.
OLIVER WENDELL HOLMES
—Ésta es —afirmó Magnus, tras lo cual alargó la mano para tomar la de su pareja—. Ésta es.
—¿Es qué? —preguntó Alec, a su lado.
—Nuestra casa —sentenció el brujo—. Tengo el presentimiento de que la hemos encontrado.
Elizabeth, la agente inmobiliaria que les había acompañado durante toda la búsqueda, sonrió complacida. El profundo suspiro de alivio vendría luego, cuando ellos no estuvieran presentes. Y no era para menos. Magnus y Alec se habían hecho de rogar. Mucho. Para empezar, estaba la cuestión de la tremenda indecisión ante qué tipo de vivienda deseaban, así como de su tamaño y, claro está, la zona. ¿Era mejor un piso con paredes cristal en un rascacielos de Londres? ¿Preferían un pequeño y acogedor ático con vistas al Támesis? ¿Qué tal un adosado similar a aquel en el que vivían Isabelle y Simon? ¿O una unifamiliar de las zonas residenciales? ¿Sería quizás una casita en las afueras preferible a un loft en el Soho?
Sorprendentemente, Alec se decantaba por los áticos modernos del centro de la ciudad, mientras que Magnus insistía en visitar las casas de campo del extrarradio.
—Alexander, sé que estás haciendo esto por mí, y quiero que sepas que no es necesario. No va a ser mi casa, va a ser nuestra casa…
—¡No, eres tú el que insiste en las grandes casas de campo por mí! No sé por qué tienes metida en la cabeza la idea de que eso me apasiona, cuando toda mi vida ha sido urbanita… Si lo digo es porque el loft del Soho me parece que tiene potencial, que lo sepas.
Magnus enarcó una ceja.
—No lo creo. También insististe en aquel dúplex de Camden y cuando creías que no miraba no sonreías tanto como cuando me hablabas.
—¡Porque las cristaleras no aislaban nada el ruido y estaba en una zona demasiado movida! Pero no decía nada para no hacerle un desaire a Elizabeth, para tu información.
—Esto… ya que me mencionáis… ¿al final vamos a Enfield o nos acercamos a la calle Kensington? —preguntó la chica, que iba al volante y había cambiado dos veces de ruta por petición primero de Magnus y más tarde de Alec.
Por suerte, acabaron con aquellas desavenencias hablando claro. Decidieron dejar la estrategia de complacer al otro presuponiendo sus preferencias, más similar al todo para el pueblo pero sin el pueblo de los monarcas ilustrados a aquello que realmente deseaban. Así pues, trazaron un círculo en el mapa y eliminaron tanto el centro como las afueras.
—Quiero jardín. No hace falta que sea grande, pero el jardín es necesario —repitió Magnus, dando pequeños botes en la silla de la agencia inmobiliaria.
Alec no pudo evitar sonreír ante su actitud.
—¿Y por qué te ha dado tan fuerte con el jardín, si se puede saber? El de tu casa está lleno de malas hierbas y montañas de hojas caídas. Presidente Miau se perdió el otro día dentro y casi no sale.
—¡Por las barbacoas! ¡Se han vuelto a poner de moda! Sería fantástico, yo preparando sangría, limonadas y combinados, mientras tú vas dando vueltas a hamburguesas y perritos ante el fuego… con todo el pecho sudoroso, y entonces yo voy y te refresco.
En esta ocasión, Alec soltó una carcajada.
—Porque, claro está, me pondría a atender la barbacoa sin camiseta. Muy seguro eso, sí señor.
—Muy sexy, que no es lo mismo. Y, oh, tendríamos piscina…
—No, piscina no —negó rotundamente el nefilim—. ¿Vuelves a la idea de una mansión de Beverly Hills?
—Al menos una hinchable… —el brujo hizo un mohín—. Al fondo del jardín. De nuestro pequeñito jardín.
—Jardín pequeño, ¿entonces? —les preguntó Elizabeth que, como siempre, trataba de poner una expresión lo más neutra posible cuando les veía discutir. Aunque, claro está, siempre acababa sonriendo.
—Sí —respondieron ambos al unísono.
—Pero… —no tardó en añadir el brujo—. ¿Cabrá una fuente, no? Las fuentes dan mucho ambiente. Y ahora que lo pienso, un jacuzzi tampoco estaría mal…
El emplazamiento decidido fue una casa en los alrededores del famoso parque Hampstead Heath. Reunía muchos de los requisitos: alejada del centro, pero no aislada de todo (la realidad ganó a la ficción y tomaron conciencia de que ninguno de los dos sabría vivir muy alejados de la ciudad por múltiples razones), con jardín y una pequeña terraza en el piso superior, sin sótano (Magnus les tenía fobia) y llena de carácter. Quizás lo último fue lo que de entrada más les atrajo de ella. La casa, situada al final de la calle y un poco separada del resto, era la que menos se asemejaba a las demás; había sido fruto de una construcción años anterior.
La fachada huía de la anodina simetría y las líneas rectas de las construcciones aledañas que, si bien eran señoriales también carecían de encanto y personalidad. Era de tamaño razonable, no tenía muchas estancias pero todas éstas tenían unas dimensiones generosas. De tres plantas, la última una buhardilla con ventanas en el techo que de inmediato les produjo la visión de la habitación donde pasarían incontables veladas juntos. Unas puertas ventana se abrían para dar paso a una agradable terraza donde Magnus sabía que acabaría poniendo su deseado jacuzzi. Afuera, el jardín, que aunque no muy grande disponía de un bonito cenador (aunque algo viejo) y en efecto, una pequeña fuente.
En contraposición, el interior era un auténtico lienzo en blanco. Elizabeth les explicó que la casa había sido adquirida diez años atrás por una pareja dispuesta a reformarla, y en medio de ello se encontraban cuando él se vio tocado por el cáncer, por lo cual abandonaron la reforma y acabaron vendiendo la propiedad años más tarde. Prueba de ello eran todas las paredes desnudas, la ausencia de muebles (aquellos que seguramente habían considerado que quizás podrían funcionar los habían dejado en el ático), los zócalos retirados, el suelo a medio colocar… Aquella había sido una de las razones por las que muchos compradores habían rechazado una casa que sin embargo, por fuera, embelesaba.
—No tiene por qué ser muy difícil, ¿no? —preguntó Magnus, tras enumerar a grandes rasgos todos los trabajos que sería necesario realizar. Habían ido a cenar a casa de Isabelle y Simon y les habían explicado que creían haber encontrado LA casa—. Contratamos a unos cuantos obreros para el trabajo pesado, y de la pintura y la decoración nos podemos ocupar nosotros.
—¿Has empuñado alguna vez una brocha? —preguntó un Simon bastante escéptico.
—¿Además de la del maquillaje?
El vampiro enarcó una ceja.
—Sí, sí que lo he hecho… pero hace mucho tiempo. Una vez tuve un amante que era pintor, ¿sabes?
—Sin lugar a dudas, mi tema favorito de conversación —comentó Alec, dejándose caer en la silla justo después de servir los platos.
—En realidad, eran dos. Ah, la bella Holanda. Hubert y Jan, creo que se llamaban. No sé ni cómo lo recuerdo… creo que es porque tengo algunos cuadros suyos en el desván.
—Podríamos cambiar de tema, ¿no creéis?
—¿Holanda? ¿Hubert? ¿Jan? ¿En qué época fue eso? Porque, no querrás dar a entender que estuviste con los hermanos van Eyck.
—Creo recordar que así se apellidaban.
—Flipante —espetó Simon—. De Hubert hoy día tan sólo se recuerda una obra documentada…
Alec se aclaró la garganta.
—El caso es que, no has pintado en tu vida. Ni yo tampoco. Creo que sería mejor que contratásemos a unos pintores también.
—Pero pintar es divertido —intervino Isabelle—. Y muy fácil. Si os implicáis los dos será más personal.
Al final hicieron caso a Isabelle y no contrataron pintores. Los obreros estuvieron para lo justo puesto que, justo después de terminar la instalación de los baños y la cocina, se produjo el retorno de Kevin y Tessa a la capital británica. Y es que el canadiense, un auténtico manitas y experto en la madera, no se contentó con tan sólo aportar su consejo.
Mientras hablaban sobre cómo terminar la instalación del suelo de madera les preguntó:
—¿Pero para qué vais a contratar a carpinteros cuando esto es facilísimo de colocar? Esto os lo puedo hacer en un periquete. Y vosotros en nada aprenderéis.
En otra ocasión, se puso a negar con la cabeza:
—El remate que queréis seguro que no os lo saben hacer bien. Y mira que es algo simple… esos carpinteros tienen la cabeza llena de serrín.
Cuando el brujo se puso con los catálogos de decoración:
—He visto que algunos muebles del desván están muy bien, sería un crimen tirarlos. Los lijamos, les damos una mano de pintura y barniz y quedarán muy "vintage", como tú dices.
Mientras tanto, Tessa se ocupaba del jardín. Una vez retiradas todas las plantas muertas, junto con el cúmulo de hojas y malas hierbas que se habían adueñado de la zona durante años, decidió colocar unas cuantas plantas de cuidado fácil. No muchas, sino una cantidad adecuada para decorar el lugar. El cuadro se veía completado mediante flores a los pies del cenador, y un pequeño huerto con plantas aromáticas para aderezar las comidas.
Con dedicación, esfuerzo y bastante ayuda, lograron terminar antes del fin del verano. Eso sí, Magnus y Alec tuvieron que sacrificar sus queridas vacaciones en Australia, que ya reservarían para otra ocasión. El último paso era llevar sus pertenencias. El nefilim lo tenía fácil. Salvo unas pocas cosas de las que decidió deshacerse, todo lo demás lo tenía listo para la nueva casa. Con Magnus vinieron los problemas. Tanto en el desván como en el sótano de la gran mansión de Holland Park se acumulaban ingentes cantidades de pertenencias acumuladas a lo largo de siglos de vida.
—Tenemos que mirar qué quieres conservar y qué no —insistía una y otra vez Alec—. Ahora es el momento. Si no te pones ahora, no lo harás nunca.
—Eso es imposible. ¡No te puedes hacer una idea de cuántas cosas hay! Por mí como si lo tiras todo.
—Muy bien —Alec cogió la primera caja que tuvo al alcance e hizo ademán de salir de la habitación.
—¡Espera, espera! De acuerdo… —dijo con pesar—. Ordenaremos el ático.
—Y el sótano. Seguramente estará todo por tirar, si dices que no ha vuelto a entrar nadie en él desde que compraste la casa y metiste allí tus antigüedades.
—Mis pertenencias personales, si no te importa… —puntualizó el brujo.
—¡Magnus! —exclamó el nefilim, tras retirar una sábana y descubrir lo que se escondía debajo—. ¿Eres tú el de todos estos cuadros? —No logró contenerse. La carcajada que trataba ahogar acabó por salir—. ¡Menudas pintas!
—Eso, para tu información, era el último grito en la corte durante el siglo XVIII. Y ese otro que miras de esa manera, me lo hicieron tras haber acudido a una de las últimas representaciones de Shakespeare estando él en vida.
Al final, acabó siendo Alec el verdadero brujo. De una forma que a Magnus le resultó imposible e inimaginable, fue capaz de poner orden a todas sus antiguas pertenencias. Tiró cosas, sacó el polvo a otras, y sobretodo, clasificó y ordenó todas aquellas que se quedarían allí. ¡Incluso hizo un inventario de ellas!
—Así, si algún día quieres cambiar algo de la decoración… sabrás dónde será el primer sitio en el cual buscar. Antes de comprar jarrones chinos prácticamente exactos a los que no recordabas tener.
Por último, marcharon con toda la avalancha de cosas que Magnus quería tener en la que ya era su nueva casa. Terminaron de poner todo en su sitio y, como colofón final, suspiraron.
—Es… increíble… pero… ya está todo —murmuró Magnus, como si cada palabra le pesase un quintal. Acababa de desplomarse en el sofá.
—Creo que sí… hazme un hueco —el nefilim le apartó las piernas y se echó a su lado.
Permanecieron un largo rato en silencio.
—Supongo que ya está todo —terminó diciendo Alec—. Ahora… deberíamos hacer la cena. Ya sabes, empezar a vivir.
—No… quiero dormir —se quejó el brujo—. Ya hemos acabado… no me apetece hacer nada…
—Debemos comer algo. Ha sido un día muy largo…
Alec, contra su voluntad y haciendo acopio de todas sus fuerzas, se levantó. Se encaminó a la cocina para descubrir que, salvo algunas cosas para picar, todavía no tenían nada decente que echarse a la boca.
—Magnus, ¿te apetece que pidamos algo? ¿Pizza, chino, hindú…?
No obtuvo respuesta. Se giró y vio que el brujo se había quedado dormido. Al ver que no despertaba, comió de aquello que encontró, se duchó e intentó levantar a Magnus. Seguía durmiendo, y profundamente, por lo que acabó tomándolo en brazos y subiéndolo a la cama.
—Quien nos manda elegir la buhardilla como dormitorio… —se quejó a sí mismo.
Alec se despertó en una cama extraña. Varios parpadeos después se dio cuenta de que, si bien le era ajena, en realidad era suya. No era la primera noche, en realidad, que pasaban en la casa. Otros días habían dormido allí para así no perder horas de sol y aprovechar toda la mañana trabajando en las reformas, pero siempre habían dormido en el cuarto de invitados de la segunda planta, pues la exclusiva y gigantesca cama (elección de Magnus, evidentemente) no había llegado hasta el día anterior.
—Alexander, ¿te has despertado?
—Ehm… sí —dijo mientras se colocaba sentado con la espalda apoyada en el cabecero—. ¿Qué hora es? Esa luz…
—Son las dos de la tarde, garbancito. Ayer, antes de caer dormido, vi que eran las tres… Merecíamos descansar.
—Es sábado, ¿cierto?
—Ajá. Me habría gustado traerte el desayuno a la cama, pero viendo la hora que es… tampoco tenía mucho sentido.
—Ya veo —Alec se restregó la mano por la cara—. Voy a darme una ducha, a despejarme.
—Sí, claro.
Magnus no dijo nada más. Sabía que cuando Alec se despertaba tan tarde se sentía un buen rato atontado.
—¿Mejor? —le preguntó desde la cama nada más abrirse la puerta del baño. Habían insistido mucho en que querían un baño en la buhardilla, en la misma planta en la que dormirían.
—Uf… sí —Alec salió mojado, claro está, y con tan sólo una toalla atada a la cintura.
Y Magnus se le quedó mirando, por descontado. Sonrió.
—Alec, cariño, ¿has engordado?
—¿Cómo? —el cazador de sombras se giró para mirarle, y al ver que lo decía en serio, se volvió a girar al instante para verse reflejado en el espejo.
—Sí que has engordado… —Magnus seguía sonriendo—. Oh, mi dulce nefilim, ¿cómo hemos podido estar tan ocupados para que no me haya podido fijar en tu cuerpo antes? —Caminó hasta él y le acarició el vientre.
—Pero… ¡sólo son unos pocos gramos! —protestó el cazador de sombras. Sus mejillas estaban enrojecidas—. Y es porque en todo este mes no he ido al gimnasio. De hecho… no he ido desde aquella vez en que prometiste que a partir de aquel día iríamos siempre juntos.
Vaya, sí, aquella vez. Magnus no estaba hecho para el ejercicio y su cuerpo lo dejó claro. Podía aguantar una batalla, participar en ella, darlo todo. Pero era todo por puro reflejo. Si su cuerpo sabía que hacía deporte por hacer algo sin más, no reaccionaba.
—¿Más? ¿En serio tienes que estar más rato en la cinta? —preguntó desesperado.
—Que yo esté no significa que tú…
—Calla. Yo también puedo hacerlo.
Pudo. Pero ese día y ninguno más.
—Hoy mismo voy al gimnasio. Para que se te quite esa cara de tonto.
—No es eso. Es sólo que… quién lo habría dicho. Al final, el mundo es justo. Más o menos. Los Lightwoods no tenéis complexiones de infarto por obra y gracia de la genética, aunque eso ayude. Estáis así por el duro trabajo físico.
—El mundo no es justo. Tú estás así sin mover ni una uña de un dedo.
—Bueno, eso habría que replantearlo. Yo me muevo mucho en… algunas actividades —Dicho lo cual, bajó las manos por el vientre del nefilim lentamente hasta meterlas dentro de la toalla que, cayó.
Con una mano acarició la anatomía todavía dormida de su amante. Con la otra, lo tomó de la mano y lo atrajo hacia sí.
—Ven aquí, gordito. Que tenemos que estrenar la cama.
Fueron hasta ella y, sobre está, se desplomaron en medio de un beso.
—Como me vuelvas a llamar así… —murmuró el nefilim, justo antes de pasar sus manos por dentro del pantalón del brujo para así apretarle el trasero.
La inauguración oficial (y no la privada, que tuvo lugar aquella misma tarde) tuvo lugar aquel domingo por la noche. Invitaron, como no podía ser de otra forma, a Simon, Isabelle, Tessa, Kevin, George y Godfrey. A Elizabeth le habían enviado un buen vino y un ramo de rosas exclusivas de Magnolia, la bruja amiga de Magnus, y la promesa de invitarle en otra ocasión a cenar.
Mientras cenaban, Alec se dio cuenta de que no podía haber reunión más dispar. Dos cazadores de sombras inmortales, un vampiro diurno, un brujo, un licántropo, un humano con la visión y una bruja nefilim. Y sin embargo, todos estaban unidos por algo más fuerte que la raza: el amor.
—En esta noche tan especial —pronunció Magnus, tras levantarse con la copa en la mano—, quiero darle un regalo a mi queridísimo Alexander.
—¿Un regalo? —Alec no se imaginaba qué podía ser. Le taparon los ojos y le sacaron al jardín. Cuando pudo volver a ver, se encontró con un perro labrador de pelaje blanco con un lazo rojo atado al cuello. Pero no era un perro cualquiera, porque parecía… —. ¿Linda?
—Pensé que… este hogar necesitaba un toque femenino. ¿Te parece bien?
Alec se agachó e inmediatamente, Linda se le acercó.
—¿Qué si me parece bien?
Linda era una perra de unos tres años de edad que había sido abandonada. La había llevado a la clínica una señora que la había recogido e intentado cuidarla, pero le había resultado imposible porque resultó ser hiperactiva e ingobernable y había empezado a destrozarle las cosas en casa. Alec, además de curarle las heridas que tenía, la adiestró. Le explicó a la señora que la perra no era agresiva, que la necesidad de actividad y ejercicio eran inherentes a su raza. Pudo comprobar que en efecto así era, pues una vez adiestrada y cuidada por Alec, volvía a ser la perrita sociable y falta de cariño a la que había recogido. Sin embargo, se dio cuenta de que no estaba hecha para ella, y decidió adoptar un perro más acorde a su estilo de vida. Así, el cazador de sombras se vio obligado a dar a la protectora a una perra con la que había desarrollado un vínculo afectivo.
Sin lugar a dudas, aquello era lo peor de su profesión.
—Me parece más que estupendo —finalmente dijo Alec, acariciando el lomo de Linda–. Bienvenida a tu nuevo hogar, Linda.
¿Hay alguien ahí? Aunque parezca extraño, aquí sí. Cuatro meses y medio… sí. Sé que ha sido mucho tiempo desaparecida, y no tengo ninguna excusa infalible que daros. Simplemente he estado pasando por una época complicada debido a mis estudios y no tenía fuerzas ni ánimos para escribir. No sé si esto es lo que esperabais… un intento de transición a lo que vendrá después. No quiero prometer que publicaré el siguiente la próxima semana, pero eso intentaré. Porque quiero terminar la historia, quiero darle un buen final, sobretodo porque parece que en esta época no soy capaz de terminar nada. Lamento que esta historia se vea afectada por los altos y bajos que da mi vida pero no soy capaz de escribir los capítulos de una e ir poco a poco publicándolos. Me lo había planteado para asegurarme de no dejaros de nuevo a medias, pero no va con mi forma de escribir. No sé si ya lo dije, pero como ha pasado tanto… quiero haceros una especie de regalo por apoyar esta historia y el regalo vendrá (espero que esta vez sí) creo que dentro de dos capítulos.
¿Qué opináis, qué ha sido de vuestra vida en todos estos meses? De verdad que me gustaría saberlo. Un beso a todos, y ave atque vale! (Tanto tiempo sin usar esa frase que me emociono *-*).
Littlemacca.
