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Prisioneros de la Mafia
Por Ladygon
Capítulo 44: Mentiras para la recuperación.
La mente de Sam revoloteaba por miles de expresiones cuando le dijera lo de Castiel a su hermano. Gabriel pareció leerle la mente.
—Es mejor que no le digas nada a Dean.
—¿Cómo? ¿Por qué no?
—Sam, ven, vamos a mi despacho y te contaré lo que sucede.
Eso sonó mal, como cuando te deben dar una sentencia de muerte producto de una enfermedad terminal. Sam lo siguió a la oficina del médico. El doctor cerró la puerta y lo invitó a sentarse. Sam no reusó esa invitación, porque se venía algo feo. Nervioso casi histérico, tomó asiento.
—¿Quieres un vaso de agua o algo? —ofreció Gabriel— ¿Estás bien? ¿No te hicieron nada? Puedo examinarte si quieres.
—Estoy bien, no me hicieron nada de tortura y eso.
—Me alegra escucharlo. Sabía que estabas…
—Solo… dilo, por favor.
Gabriel suspiró.
—Bien, al grano entonces. A tu hermano lo violaron… sexualmente…
La cara de Sam se puso blanca.
—No fue tortura pura —continuó Gabriel—. Eso ya es difícil de superar con ayuda sicológica, pero cuando sucede algo así en una persona, que no está entrenada para esto, es difícil. Tendrá que superarlo y nosotros le daremos la ayuda profesional. Necesitará de ti en todo momento y no necesita más problemas como la salud de Castiel.
Sam no pudo aguantar las lágrimas, estas rodaron abundantes por su rostro. Gabriel le pasó una caja de clínex, Sam estiró la mano para tomarlos y en ese momento se quebró como una ramita. El llanto del chico impulsó a Gabriel a abrazarlo con fuerza. Por mucho rato estuvo calmando al chico, luego pareció tranquilo.
—¿Estás bien? —preguntó Gabriel.
—Estoy mejor —dijo con su rostro sonrojado por las lágrimas.
Gabriel sonrió.
—Entonces, ve a lavarte la cara. Ahí hay un pequeño cuarto de baño.
Indicó una puerta en un costado de su oficina. Sam estuvo un buen tiempo, tratando de mantener la cabeza fría cuando salió, venía repuesto. Tenía los ojos rojos, pero con un brillo de determinación. Tomó asiento sin que Gabriel se lo pidiera. Gabriel estaba parado frente a la ventana y tomó asiento detrás del escritorio en silencio.
—Necesito pedirte un favor —dijo Sam.
—Dime —fue la respuesta de Gabriel.
—Azazel hizo una prueba de ADN y salió que yo era su hijo. Necesito saber si eso es verdad.
—¿Cómo? —preguntó Gabriel muy extrañado—. Lo que te haya dicho ese demonio es mentira. Él trataba de manipularte, Sam.
—Lo sé, pero es algo que necesitamos saber con Dean para superarlo.
—¿Estás seguro de eso? Dean no necesitas cosas complicadas en este momento.
—Mejor es tener las cosas claras.
—Dean debe tenerlo claro. Es fácil saber que no le creyó nada a Azazel ¿No lo harás por ti mismo? —preguntó Gabriel con intensidad.
—Lo hago por los dos —aseguró Sam.
—En ese caso, déjame decirte una cosa. Como médico de Dean debo prohibirte alterarlo de ninguna forma…
Sam abrió los ojos con sorpresa.
—… No puedo averiguar eso —continuó Gabriel—. Mi consejo para ti es que primero, debes ver a un sicólogo. Lo que pasaste, también fue algo fuerte para tu salud mental. Si bien, no te torturaron físicamente, sufriste tortura emocional con todo ese mundo de violencia.
—Pe… pero… ¿No me ayudarás?
Gabriel se acercó a él y le tocó el hombro.
—No dije eso, pero Sam, no es el momento de hacer nada drástico. Mira, si después de mejorar, sigues con la idea de saber, yo mismo haré las pruebas. Por el momento, no hagas nada que no sea preocuparse de la salud de ambos.
Sam miró un poco angustiado a Gabriel, pero debía pensarlo, porque la curiosidad le corroía el alma. Quizás saberlo solo él y no Dean, porque era cierto que lo afectaría demasiado.
—¿Me entiendes, Sam? —insistió Gabriel.
Afirmó con la cabeza al doctor. No arriesgaría la salud mental de Dean si él estaba mal. Era el momento de devolver la mano y cuidarlo como él lo cuidó todos esos años de abandono.
Sería él quién lo protegería de ahora en adelante.
Temprano en la mañana, pudo ver a su hermano de cerca, pero cuidando de no despertarlo de su descanso. Gabriel le dio permiso con esa condición, así que debía ser cuidadoso y estar en silencio.
Sam tenía unas ganas enormes de tocar la mano de Dean, pero se contuvo a duras penas, para no despertarlo en algún descuido. Dean debía dormir todo lo que podía antes de despertar a la cruel realidad. Eso lo tenía nervioso, porque no podría decirle lo de Castiel.
Permaneció bastante tiempo hasta que vino Kevin por él para desayunar.
—¿Cómo está tu hermano? —le preguntó Kevin por los pasillos del hospital.
—Por el momento bien, pero debo esperar cuando despierte.
—¿Sabes algo de Castiel? Pregunté, pero no me dicen nada.
Sam mordió su labio inferior. El estado de Castiel era confidencial, significaba que solo algunas personas estaban autorizadas para decidir a quién le daban esa información y él, no era una de esas personas. Es decir, no tenía el permiso y para hacerlo más secreto, Gabriel le pidió prometer que no le diría a nadie, ni siquiera a Dean. Por esta razón, no podía decirle nada a su amigo. La única respuesta negativa que le dio, fue el movimiento de su cabeza, negando el hecho.
Kevin hizo un mohín de preocupación.
—¡Maldición! Inias no llega y tampoco sé nada de él —alegó Kevin con voz dolida.
—No te preocupes Kevin, Inias está bien y llegará pronto. Ya lo verás —aseguró Sam, tocando el hombro de Kevin en actitud de camaradería.
Era lo único que podía hacer por el momento. Se sentía mal, pero quizás mejor así, a que descubriera que Castiel estaba en coma.
Desayunaron entre nubes de inseguridades bastantes parecidas, las unas con las otras, aunque la persona era diferente.
—Deberías tratar de comunicarte con Inias.
—Sí, gracias, eso haré —respondió Kevin.
Kevin llamó a Inias, pero al no tener respuesta partieron a ver a Samandriel, el cual también estaba dormido a causa de los sedantes.
—¿Sabías que tu compañero era un ángel encubierto? —preguntó Kevin.
—¿Quién?
—Él —dijo, indicando con su dedo a Samandriel—. Es un "Durmiente". Se llaman así los ángeles no activos, pero que en caso de emergencia se activan y están al servicio del grupo Novak.
Sam abrió los ojos con sorpresa. Ahora entendía algunos comportamientos de su amigo, como el no querer dejarlo solo en ningún instante.
—Fue él, quien nos guio hasta ustedes a través de un rastreador escondido y por eso pudimos salvarlos —explicó Kevin.
—Eso es increíble.
Así que le debían la vida a su amigo Samandriel. La revelación lo conmovió y quedó en darle las gracias cuando pudiera hacerlo.
Finalmente, Kevin decidió ir a la Mansión Novak por noticias. Sam volvió a la sala de Dean. Quería verlo cuando despertara, así que permaneció en ese lugar durante bastante rato.
Estaba cabeceando, producto de la mala noche pasada, cuando sintió un movimiento. Abrió inmediatamente los ojos y vio cómo la mano de Dean movía los dedos. Puso bastante atención en el hecho, pero no pudo contenerse y le tomó la mano entre las suyas.
—Soy yo Dean, no te preocupes.
La voz suave tranquilizó el despertar adormilado por los sedantes, pero también, quedó inquieto al mismo tiempo. Dean enfocó los ojos en su hermano y trató de esbozar una sonrisa, que por el dolor no salió muy bien. Sam respondió a su sonrisa, con eso él quedó tranquilo. Pasaron unos segundos, y quiso hablar con su hermano.
—Caaa —murmuró.
—¿Cas? —pregunta sin querer responder—. Lo operaron Dean. Está en una sala de recuperación.
No supo qué más decirle, pero eso pareció tranquilizar a su hermano o fue el efecto de los calmantes que lo hicieron dormir otra vez. Sam estaba en una disyuntiva, porque no quería mentirle a su hermano, sin embargo, Dean no estaba nada de bien y sabía cómo le afectaba Castiel. No estaba seguro del todo, pero su hermano tenía sentimientos muy profundos por el jefe yakuza. Conocía a su hermano lo bastante bien, como para saber que le afectaría demasiado si supiera que Castiel estaba en coma.
Entonces, tenía un remolino en su cabeza como para dejar su propia salud sin cuidar. Al menos estaba Gabriel para cuidarlo.
—Ve a comer algo, yo lo cuidaré —le dijo Gabriel.
Sam no quería separarse de su hermano, pero Gabriel insistió y fue a comer algo. Doblaba en su mano el billete que le dio el doctor, puesto que él no tenía ni un yen en sus bolsillos. Prefirió comprar un emparedado y un jugo de una de las máquinas expendedoras, no tenía mucha hambre. De vuelta recordó a Samandriel así que fue por una visita al valiente chico que salvó su vida. Al menos lo encontró despierto y lúcido.
—Hola Sadry, ¿cómo te sientes?
—¡Sam! —exclamó con una sonrisa de felicidad—. Bien, un tanto machacado, pero nada serio, ¿y tú?
—Bien. No tuve la oportunidad antes de darte las gracias por todo lo que hiciste por nosotros.
—¿Ya te dijeron?
Sam asintió con la cabeza.
—Era mi deber —continuó Samandriel—. Además, también eran mis amigos.
—Somos tus amigos, Sadry.
—No lo sé, después de todo, les mentí. No creo que Dean me perdone.
—Nos salvaste la vida. Dean estará feliz contigo, ya lo verás.
—¿Y cómo está él?
—Está muy sedado, pero despertó y se veía mejor.
—Eso es bueno, ¿y Castiel?
A Sam la pregunta lo pilló de improviso, así que decidió mentir.
—No sé nada de él todavía. Solo que está en recuperación.
—Pobre, es quién se llevó toda la rabia de los demonios —dijo con pena Samandriel.
—Sí…
Ahí quedaron los dos en silencio sin saber que más decir. Al parecer, ambos estaban experimentando los recuerdos de la noche anterior. Las cosas estaban muy en caliente y las imágenes alteraban los sentidos. Era cierto lo que decía Gabriel, los chicos necesitarían sesiones sicológicas para superar esto.
Sam volvió con Dean y se encontró con Gabriel.
—Sam, no te ves bien. Déjame verte —le dijo el médico.
El chico retrocedió cuando vio la mano acercarse.
—Perdón, pero…
—Está bien —dijo Gabriel.
—Yo…
—Entiendo, no te preocupes.
Sam comprendió que la experiencia lo volvió diferente y se mordió los labios. Él nunca fue tan desconfiado, eso se lo dejaba a Dean, menos con su médico. Sin embargo, las cosas cambiaron, no eran como siempre pensó. Debía ser cuidadoso, porque el enemigo estaba en todos lados. La paranoia estaba a la vuelta de la esquina para Sam, pese a sospechar que sentir, no es nada malo.
Gabriel no dijo nada, pero era evidente que el chico estaba perturbado con todo lo sucedido y debía ver ayuda profesional lo más pronto posible.
—¿Cómo está Dean? —preguntó Sam.
—No ha despertado todavía. Si es eso lo que preguntas.
—Está igual entonces… —dijo con un poco de desilusión.
El médico lo quedó mirando.
—Mira Sam, esto tomará un buen tiempo. No seas impaciente. Ve, paso a paso, y verás como todo sale bien, pero debes tener esperanzas o no ayudarás.
Sam se sintió regañado con lo último, porque era cierto. Algo le iba a responder a Gabriel, pero justo en ese instante, Dean se quejó y los dos pusieron atención en él.
—Dean, no te esfuerce —suplica Sam.
—Sam…
Dean por fin abrió los ojos y pudo enfocar su vista en su hermano. Se sentía cansado, pero podía moverse con cuidado.
—Dean, no debes forzarte. Todavía tu cuerpo está débil, pero si te cuidas, te recuperarás pronto —le dice Gabriel.
—Sam, ¿estás bien? —pregunta Dean.
—Sí, Dean, estoy sin ningún rasguño para que estés tranquilo. Lo importante es que te recuperes pronto —responde su hermano.
—Cas, ¿cómo está?
Esa pregunta era la más difícil en responder. Sam se quedó callado sin saber qué decir, quizás se alegaba ignorancia podría salvarse como le paso con Samandriel.
—Castiel no está bien, Dean, tendremos que mandarlo al extranjero para que complete su recuperación. Aquí no tenemos los medios necesarios para ayudarlo por completo —explica Gabriel con aires científicos.
—¿Es muy grave? —pregunta preocupado.
—Está fuera de peligro, si es lo que quieres saber, pero su recuperación será lenta. No como la tuya, si le pones esfuerzo podrás estar bien en poco tiempo —dijo, animando a su paciente.
Dean pareció comprender y en el fondo sintió alivio de que Castiel estuviera vivo y fuera de peligro. Sam también sintió alivio de no tener que dar las malas noticias.
Estuvieron un buen rato conversando los hermanos. En realidad, Sam conversó todo el rato y Dean escuchaba. Le habló de Samandriel y lo que había hecho para ayudarlos. Dean no dijo nada, pero hizo un mohín de disgusto comprensible según Sam a causa del engaño, aunque no sabía de la ida de lengua de esos dos sobre la apuesta. Esa apuesta que cobró la desconfianza de Castiel. Las imágenes volvieron a la cabeza de Dean y se sintió indispuesto. Gabriel supo que era suficiente y le inyectó unos analgésicos en el suero para que volviera a descansar.
Dean volvió a dormir y Gabriel decidió volver a su turno. Sam lo siguió hasta fuera de la habitación.
—Gracias por decirle lo de Castiel. Me alegro que esté fuera de peligro y que tengan planes para él —le dijo Sam.
—Mentí en casi todo—dijo Gabriel con actitud agria.
—¡Qué!, pe… pero…
—No sé si sobrevivirá. Es muy pronto para saberlo. Si sobrevive, lo llevaríamos al extranjero. Al menos pasó la noche, eso es algo, pero su estado es delicado y en cualquier momento podría colapsar.
—No…
—Lo siento Sam, serás el único en saber sobre la salud de Castiel. Dean no puede enterarse.
—¿Debo mentirle a Dean? —preguntó con desaliento.
—Me temo que sí, lo lamento, pero es la única forma de que él se recupere.
—No puedo mentirle todo el tiempo. Él tarde o temprano lo sabrá.
—Eso es cierto, solo será hasta que esté de alta. Después, podrás decirle la verdad —puntualizó Gabriel.
Sam guardó silencio, pero sabía que la salud de Dean era primordial y podría afectarlo si se enteraba del real estado de salud de Castiel. Debía mentirle, no había otra forma de superar esto.
Fin capítulo 44
Hola a todos, aquí con la actualización. Espero les guste.
