Escuchamos un ruido enfrente de la puerta principal, que se abrió a toda prisa antes incluso de que llegáramos a la entrada de la casa. Del otro lado, empapada por la intensa lluvia que caía, una mujer que aproximadamente contaba con la misma edad que mi madre, entró en la casa portando con ella un bulto bien resguardado bajo el manto que la cubría.
– Llegas tarde – le regañó Wolf, serio.
– No finjas, no puedes enfadarte conmigo – le replicó la recién llegada. – No eres capaz.
– Está bien – anunció mi madre. – Ha llegado el momento.
– ¿El momento? – pregunté. – ¿El momento de qué?
– El momento de que te conviertas en un verdadero Akano – estableció, misterioso, mi padre.
– El momento de...
– De que te conviertas en un Akano por propio derecho – sonrió profundamente mi madre.
– De que me convierta en...
– Es un ritual antiquísimo dentro de nuestro clan que se realiza cuando uno de los Akano alcanzaba la mayoría de edad – explicó mi padre, restándole importancia a mi estado de perplejidad.
– Como un ritual iniciático, vamos – disimulé mi estupefacción.
– Algo así – corroboró el viejo capitán.
– Ya veo... – mentí.
– Déjame los instrumentos, Yuki – solicitó mi padre.
– ¿Los instrumentos? – pregunté asombrado. – ¿Qué instrumentos? ¿Para qué los instrumentos? ¡¿Qué me vais a hacer?!
– Nada grave – trató inútilmente de relajarme mi madre. – No te va a pasar nada, ni a sufrir ningún daño.
– Está bien, te mostraré lo que vamos a hacer – dijo mi padre, viendo que no conseguía calmarme.
Lentamente, se dio la vuelta mientras se desvestía de cintura hacia arriba mostrándome su espada, surcada desde la zona cervical hasta la zona lumbar por un enorme rayo, el símbolo de los Akano, según me había dicho Kaiser Wolf en la noche en que lo conocí, que combinaba lo dorado con el negro, la misma marca que lucía sobre el brazo izquierdo, desde el hombro hasta el codo.
En aquel momento, aquello se me antojó como la forma última de la identidad de un grupo. Una forma en la que esa identificación, esa referencia al grupo, iba aún más allá de lo afectivo hasta especificarse en lo somático. Cierto es, pensé más tarde, cuando el embotamiento mental producido por toda aquella situación, que si aquello se limitaba a la marca física y fallaba el soporte emocional, aquella marca se convertía en algo más que simple superficialidad, pura hipocresía.
Además, paralelamente al rayo que surcaba de arriba a bajo su dorso, dos nombres lucían sobre su piel. El primero no era otro que "Youichi", el nombre de mi padre. El segundo era más confuso: escrito en letras griegas, lo que dificultó en un primer momento su lectura, se podía leer "Olimpos", el monte que los helenos consideraban el hogar de los dioses. ¿Qué significaba aquella palabra?
– Por si te lo estás preguntando, – afirmó mi padre – Olimpos es el nombre de mi espada.
Parecía como si me hubiera leído el pensamiento aunque, por otra parte, era predecible aquel interrogante que surcaba mi mente al ver aquel enorme tatuaje que cubría su espada y su brazo izquierdo.
– La tradición estipula que es el padre quien debe marcar a su hijo – explicaba poco a poco Kaiser Wolf. – Es el símbolo que se transmite de padres a hijos el signo de la continuidad del clan. Para ello se crearon los utensilios que tu abuelo me entregó.
– Eso es lo que no me queda claro – le interrumpí. – ¿Por qué a ti y no a mi padre?
– Porque... durante mucho tiempo... – vaciló mi padre.
– ¿No creías en él? – volví a intervenir, adelantándome al resto de su frase. – Pensaba que...
– Mi exilio se debió únicamente a que era un Akano... No así el de tu madre... – balbuceaba mientras volvía a vestirse. – ¿Por qué crees que no era un oficial de la Novena División, como se suponía que debía ser?
– Siempre fuiste un rebelde sin causa – sonrió mi madre cariñosamente para consolarlo. – Mi rebelde sin causa. Eso es lo que me gusta de ti.
– Vaya... – murmuré. – Un momento – me detuve. – ¿Mamá también era shinigami?
– ¿Acaso lo dudabas? – bromeó mi padre. – Tilly Grossner, la primera de nuestra promoción en la academia y la Tercer Oficial de la Novena División.
– Tercera Oficial de la Novena División... – repetí
Una nueva ironía del destino más se abría paso ante mis ojos: ambas, mi madre y la mujer a la que amaba, ostentaban el mismo rango en la Novena División. ¿Simple coincidencia o una nueva maniobra de la Dama Fortuna que quería recordarme que seguía siendo omnipresente en mi existencia?
– Cuando descubrimos que tu abuelo estaba vivo, en tu funeral, – continuó mi madre – fue volviendo poco a poco al redil.
– ¿Entonces por qué no os conocí antes?
– Ni yo me atreví ni él quiso decirnos donde vivía para no ponernos en peligro – suspiró Youichi. – Decía que si Nadie había ido a por ti, no podía poner en peligro a nadie más, y menos a nosotros.
– ¿Por qué no dejamos todo esto? – interrumpió la recién llegada – No me habéis hecho recorrer el Rukongai bajo la lluvia para asistir a una función de cuentacuentos.
– Siempre protestando – se rió Wolf. – Por cierto, Rido, te presento a mi queridísima teniente, Natsuyasumi Yuki.
– ¿Teniente?
– ¿Algún problema? – sonrió abiertamente ella.
– No... – me apresuré a responder. – Vivo entre oficiales de alto rango – sonreí yo también.
– Yuki tiene razón, estamos aquí para algo – apremió mi madre.
– Está bien, vamos allá – me instó mi padre. – Capitán, Yuki, esperad aquí.
– ¿A donde vamos?
– Paciencia – susurró mi madre.
Así, fui conducido a través de una trampilla que llevaba a una especie de gruta-santuario, muy parecida a la que se encontraba excavada bajo la cabaña del maestro. Posiblemente, aquella era copia de esta otra en la que estaba yo ahora. Posiblemente, mi abuelo podía haber construido la otra como una réplica para algún día, quien sabe si las cosas hubieran ocurrido de otra forma, realizar aquel mismo ritual que ahora nos disponíamos a llevar a cabo para poder perpetuar el clan.
Cierto es, y hago aquí un pequeño inciso en mis explicaciones de lo ocurrido aquella noche, que aquel tipo de ritos recordaban vagamente a algún tipo de secta iniciática, esas que tantas veces había criticado en otros tiempos. Pero estaba tan inmerso en lo que estaba pasando, tan sorprendido y tan embobado, que no me daba cuenta con mucha claridad de lo que sucedía a mi alrededor. De lo único que era consciente era de que una fuerza dentro de mí me impulsaba a hacerlo y no había forma de oponerse a ella. Era Akano Rido, que parecía querer dar el último y definitivo paso hacia el exterior.
Allí estábamos, los tres últimos Akano: mi madre, mi padre y yo, solos, reencontrados después de tanto tiempo. Mi padre sostenía en sus manos el estuche que había recibido de la antigua Teniente de la Décima División. Cuando lo abrió, se reveló una pluma dorada que reposaba tranquila sobre el forro aterciopelado del interior de la caja.
– Como ya sabrás, el reiatsu de cada persona es único – dijo. – Sácate la parte de arriba y túmbate boca abajo en el altar.
Obedecí al instante. El tacto con la piedra resultaba incómodo pues, a pesar de que estaba perfectamente pulida, la humedad que flotaba en el ambiente debido a la tormenta hacía que la piedra rezumara agua, lo que acrecentaba la sensación de frío que ya de por sí causaba.
– El objeto de esta pluma – continuó, depositándola sobre mi espina dorsal – es plasmar la unicidad de ese reiatsu en la forma de un rayo. Por eso ninguna de las marcas es igual a otra.
– ¿Te fijaste alguna vez en tu abuelo? – terció mi madre, relajando la tensión de la explicación. – Todo su torso estaba cubierto por las marcas, por delante y detrás.
– Nunca le vi sin la ropa – dije.
– Esa era la muestra de su poder – añadió. – La extensión, el número de dibujos...
– Para que lo entiendas, – tomó la palabra mi padre – mis marcas están ya bastante por encima de la media.
– Entonces...
– Ahora entiendes por qué le llamaban legendario, ¿verdad?
– La verdad es que la suya fue una generación excepcional de shinigamis – afirmó mi madre con nostalgia.
– ¿Cómo eran los capitanes en vuestra época? – interrogué interesado mientras mi padre preparaba una especie de amalgama en un mortero.
– Cuidado, no te muevas – avisó, viendo que me había incorporado levemente, apoyado sobre los codos. – Pues verás... sería largo de contar.
– Tenemos tiempo – sonrió mi madre. – A ver... uno por uno. El General Kraug era algo excepcional, aunque era un poco serio – añadió. – Cuando éramos académicos nos metía mucho miedo en el cuerpo. Dicen que su espada fue el arma de fuego más poderosa de todos los tiempos.
– ¿Más que Ryuujin Jakka?
– Eso dicen.
– Entonces... ¿Superaban a los capitanes de la época dorada?
– Muchos de ellos sí – sentenció mi padre. – Por ejemplo, a Minami Keita le llamaban "El Nigromante" porque decían que era incluso capaz de resucitar a los muertos. El Capitán Estévez, de la Quinta podía recitar de memoria y sin dudarlo todo lo que había pasado desde los inicios de nuestra era. El Capitán Klapp, de la Octava División, y su Poseidón no tenían igual en cuanto al dominio del agua...
Continuó así durante unos minutos hasta que repasó, uno por uno, los trece capitanes a excepción del abuelo, Asharet y Wolf. Los nombres de estas trece leyendas, para que aquellos que no lo recuerden lo hagan, eran, por orden, Alexander Kraug, Ahmed Bin-Jaffet, Jean LeBon, Minami Keita, Raúl Estévez, Sadoq Asharet, Abel Gama, Gorrino Klapp, Akano Kumaru, Kaiser Wolf, Ragnar Rommeveit, Gugliermina Marlatti, y Patrick McCarthy. Sé que puede sonar pretencioso listarlos de esta forma en un escrito como es este, pero sus hazañas, que poco a poco fui conociendo a través del último de ellos que quedaba vivo, Kaiser Wolf, el más joven junto con mi abuelo y Asharet, y de mis progenitores, causaron tanto impacto en mí que me veo obligado a, al menos, reflejar sus nombres, a falta de relatar sus hazañas, pues el objetivo de estas páginas es otro.
– La verdad es que era sobrehumano lo que aquellos trece eran capaces de hacer – agregó mi madre, sin perder el tono altamente nostálgico que ambos demostraban. – Así es que muchos shinigamis que hoy serían sin dudarlo Capitanes no llegaron a superar el grado de Teniente hasta que aquella generación comenzó a desaparecer.
– Pero había tres cuyo poder excedía los límites de lo imaginable: tu abuelo, el loco que está ahí arriba y Asharet.
– Vaya forma de hablar de tu Capitán – le regañé burlón.
– Hace tiempo que dejó de ser mi Capitán para ser mi amigo – replicó. – Hay que ver lo que es capaz de hacer el poder con las personas...
– Es la eterna moraleja – susurré. – "El poder corrompe".
– Sólo a aquellos que no poseen la suficiente entereza – apostilló mi madre. – Sadoq Asharet siempre fue algo... retorcido.
– Bien, esto ya está – anunció mi padre. – Ahora sí que vamos a empezar.
– Creía que ya lo habíamos hecho.
– No – negó, acompañándose con un movimiento de la cabeza. – La pluma necesita estar en contacto con el iniciando unos minutos antes.
– ¿Has comprobado la mezcla? – se interesó mi madre.
– Tal y como tú y papá me enseñasteis – aseguró mi padre, entregándole el cuenco que contenía una bebida similar al té.
– Toma, bebe – me ofreció. – Tranquilo, no te vamos a envenenar – anunció.
– Antes de dormirte, escúchame bien, ahora te enfrentarás al dragón, a tu demonio más grande. No tienes otro remedio que ganar y tú tienes la fuerza para ello. Lo sé. Puedes hacerlo. Tienes que vencerlo, sea como sea. Confío en ti.
En cuanto tocó mis labios, reconocí aquella bebida, era la misma que mi abuelo me había preparado cuando me enfrenté a mis demonios personales. Previendo el resultado, dejé que la droga actuara y me preparé para un nuevo encuentro con un viejo amigo.
– Veo que ya conoces los efectos de la bebida – sonrió mi madre.
– El abuelo me la dio una vez – acerté a explicar mientras el sueño me invadía lentamente.
– Hacía mucho tiempo que no venías a visitarme – saludó Balmung, sentado tranquilamente en las escaleras de la entrada del monasterio.
– ¿Qué clase de postura es esa para un monje tan recto como tú, Balmung? – bromeé.
Realmente, la relación entre el espíritu de mi espada y yo había avanzado mucho desde las primeras veces en que había hablado con él. La confianza había aumentado enormemente desde que había descubierto la liberación, quizás porque en ello consistía precisamente la técnica, en que confiásemos el uno en el otro.
Lo cierto es que a veces aquella confianza rozaba la verdadera amistad y llegaba a la irreverencia en las contestaciones con las que nos deleitábamos recíprocamente, tal y como sucedía con Eliaz o, en su momento, con el difunto Yonas.
– Es culpa tuya – afirmó sin perder la compostura.
– ¿Culpa mía?
– Hay demasiado ruido ahí dentro – se quejó, señalando hacia la puerta por encima del hombro. – Una fiesta o algo así, pero es demasiado caótico para "un monje tan recto como yo".
– ¿Algo va mal y no me he dado cuenta? – me preocupé.
– Todo lo contrario – se apresuró a rebatirme. – ¿Ves el cielo? Ni una sola nube.
– ¿Entonces?
– Creo que ya lo sabes...
– ¡Qué bonito! – exclamó la voz de mi madre desde detrás de mí.
– ¿Mamá?
– ¿Qué? – se irritó el monje. – ¿Qué hace ella aquí?
– ¡Oh, vamos! – se rió. – ¿En serio crees que tu capitana es la única mentalista que ha habido en la historia de la Sociedad de Almas?
– ¿Eres una mentalista?
– Y muy buena – añadió Balmung. – No es tan fácil entrar en el mundo interior de otro. Ni siquiera estoy seguro de que Henkara sea capaz de hacerlo.
– ¿No tienes cara? – preguntó mi madre al espíritu de mi Zampakutou, que seguía luciendo su característico capuchón
– Algún día, tu hijo estará preparado para verla – respondió. – Ese día se acerca, pero aún no ha llegado. Entonces se mostrará mi verdadero rostro al mundo
– ¿Qué has venido a hacer aquí? – me interesé, evitando el tema de la capucha, que tantas veces había discutido con él.
– He venido a guiarte – anunció.
– ¿A guiarme? ¿En mi propio mundo interior?
– Exacto, a guiarte, en tu mundo interior.
– ¿Eso no es un poco... pretencioso?
– Ambos sabemos el motivo de esa "fiesta" de la que habla... ¿Balmung? – contestó. – Lo he percibido desde la primera vez que viniste, aunque te felicito, pudiste esconderlo muy bien incluso de ti mismo.
Los tres allí presentes sabíamos perfectamente de qué estaba hablando mi madre. Los recuerdos de Akano Rido no paraban de aparecer, a veces de forma coherente, otras casi de forma profética, otras veces dispersos y sin conexión aparente... pero lo cierto es que poco a poco iba casi conociendo a la perfección a mi antiguo yo.
– El proceso de metempsicosis no es un proceso limpio – aclaró.
– Lo sé – repliqué. – Fue así como Balmung me hizo preguntar por el otro Rido. Los recuerdos más importantes de una persona...
– Nada de "los más importantes" – me paró. – Todos los recuerdos de una persona permanecen en el alma, sellados. Pero ese sello no siempre es lo suficientemente poderoso – informó. – Digamos que de alguna forma lo has roto...
– ... cuando realicé uno de los mayores sueños de mi antiguo yo.
– Posiblemente.
– Interesante – murmuró el monje. – Muy interesante.
– Así que si logramos encontrar el lugar... podremos volver a sellarlo – conjeturé.
– Eso... o abrirlo de todo – propuso mi madre.
– ¿Abrirlo de todo?
– Creo que será lo más seguro – sentenció.
– Pero eso... sería... renunciar a mi propia identidad como... yo – dije poco a poco, tratando de medir las palabras para no ofenderla.
Entendía por qué decía eso, aunque hubieran recuperado físicamente a su hijo, tanto mi padre como mi madre eran conscientes de que yo no era exactamente el Akano Rido que un día se fue de casa camino a la Academia y regresó un ataúd. Para ellos, era como una sombra o una imitación de aquel otro yo, lo mismo que, muchas veces, notaba en las reacciones de Nalya, que era menos sutil que mis progenitores.
– Lo sé... pero...
Tenía que decidirme, al fin y al cabo...
– No te preocupes – la tranquilicé. – Lo haré. Abriré el sello del todo.
– Ahora tienes que averiguar qué es... y donde está.
– Para eso tengo a Balmung – sonreí.
– Cierto – apostilló el monje.
– No le pago para que simplemente se siente a tomar el aire todo el día mientras ve cómo se mueven las flores sobre la hierba – me burlé. – Además, no hay nadie que conozca esto mejor que él, seguro que lo conseguimos rápidamente.
– Entonces, os dejo – se despidió.– Como ha dicho, no es fácil introducirse en el mundo interior de otro y requiere demasiada energía.
Poco a poco la imagen de mi madre se fue difuminando hasta desaparecer completamente. Aquello significaba que había regresado al mundo real, a la gruta en la que mi padre y ella se disponían a convertirme en un Akano de pleno derecho. Era mi turno de corresponder a aquel ritual para que no se quedara en un simple formalismo para pasar a ser Akano Rido como de nombre, sino ser, de una vez y para siempre, Akano Rido.
– Y bien, – le dije. – ¿Alguna idea para empezar?
