Capítulo 44: Regreso inesperado
Mientras me pierdo en el mar azul de sus ojos, recuerdo la mañana de hace dos días cuando desperté por primera desde el Vasallaje a su lado. Esa misma noche había cometido la mayor tontería de mi vida. Cuando recuerdo como me mostré completamente desnuda ante sus ojos aún me sonrojo y soy incapaz de mirarlo a la cara por unos instantes. Bien pudo haberse aprovechado de la situación (y temo que yo no me hubiera resistido demasiado), pero fue tan delicado conmigo que, con ese gesto, consiguió hacerme sentir la mujer más afortunada del mundo por tenerlo a mi lado. Aquella mañana, juré y perjuré que haría todo lo que estuviese en mi mano por hacerlo sentir tan afortunado como yo me siento a su lado, costase lo que costase. Eso sí, cuando fuera capaz de dejar de parecer un farolillo rojo… Me costó más de medio día y unas cuantas burlas por parte de Peeta olvidar el asunto.
Su voz me saca de mis ensoñaciones:
- Creo que deberíamos ir a desayunar. Ya son más de las once.
- ¿Las once? ¡Hace siglos que no me levanto a estas horas!
Y es cierto. Antes de los Juegos porque tenía que cazar para alimentar a mi familia, después por las pesadillas que no me abandonaban y desde que volví porque no dormía a su lado. Creo que las pocas veces que lo hice fue antes de los Juegos porque me puse mala y mi madre me dejó no asistir a clase. Cuando aquello, mi padre aún vivía. Hace tiempo, mucho tiempo.
- Creo que yo estoy igual. Desde que duermo contigo soy una marmota. ¡Nunca me había costado tanto dejar la cama para ir a trabajar!
Nos reímos un buen rato y, tras unos cuantos besuqueos más de los que no reniego (quién me ha visto y quién me ve…), nos levantamos a desayunar. Peeta baja antes que yo para ir preparando el café y unos cuantos dulces que sobraron ayer. Sigue haciendo calor, por lo que no me molesto en abrigarme y bajo con el pijama de verano. Ahora tengo mis cosas repartidas entre mi casa y la de Peeta. El jueves decidí traerme unas cuantas mudas, el cepillo de dientes, ropa de cambio y un par de pijamas. Es absurdo que no termine de traer todo, puesto que casi no paso por mi casa, pero como nadie ha mencionado nada de vivir juntos definitivamente no sé que hacer. Me sentiría más cómoda trasladando todas mis cosas aquí, pero no quiero parecer demasiado desesperada. Es estúpido, pero me haría sentir sobreexpuesta.
Llego a la cocina y pongo la mesa en lo que Peeta termina de servir el café. Me siento muy cómoda a su lado, como si éste fuera mi lugar natural, incluso por encima del bosque. Podría prescindir de todo y sería feliz siempre y cuando él estuviese conmigo. He tardado tanto tiempo en darme cuenta…
Cuando termino, me siento en mi sitio, a la espera de que Peeta corte el pan para las tostadas y se ponga a desayunar conmigo. Lo observo de espaldas a mí, cortando rebanadas de pan sobre la tabla de madera que protege la encimera. Observo como se tensan los músculos de su espalda y de sus brazos cuando hace fuerza para hundir el cuchillo y no puedo frenar la avalancha de pensamientos impuros que me invaden. Si algo he notado estos días de convivencia es que mis necesidades fisiológicas han aumentado a la par que lo han hecho mis sentimientos hacia él. Lo que antes de la guerra reconocía como un cosquilleo en el estómago cuando lo besaba, ahora se ha vuelto de la magnitud de la hambruna que asola un país entero. Creo que se debe, en parte, a que ya no me niego a mí misma lo que siento por él. Tanto tiempo sin poder disfrutar de su compañía hizo que me diese cuenta de lo que realmente necesitaba. Aún así, sigo sin confesarle nada.
- Marchando unas tostadas y un café para la señorita. - dice Peeta dándose la vuelta con mi plato en una mano y la taza de café en la otra.
- Muchas gracias, caballero. - le contesto tomando la taza de la mesa para pegarle un sorbo.
- ¡Espera! - grita Peeta. Casi tiro todo el contenido de la taza por el susto.
- ¿Qué? ¿Qué pasa?
- ¡El azúcar! Aún no se lo he echado. - contesta como si fuera el fin del mundo.
Peeta me echa dos terrones de azúcar en el líquido oscuro. Primero le miro divertida por su gritito histérico, pero pronto mi mirada se torna en ternura al saber que no se ha olvidado de que no me gusta el café amargo. Puede parecer una tontería, pero ese es el tipo de detalles que caracterizan a Peeta. El tipo de detalles que lo hacen único.
Desayunamos entre risas y planes para el día de hoy. A la noche será la fiesta que tantos dolores de cabeza nos ha dado, por lo que decidimos disfrutarla al máximo y hacer que hayan valido la pena. Pensé que sería un verdadero suplicio asistir a un evento así, pero conforme se ha ido acercando el día y las cosas han ido mejorando, me encuentro ansiosa por disfrutar junto a Peeta de una noche tan especial.
Estoy apurando los últimos posos del café cuando alguien llama a la puerta.
- Ya abro yo. - le comento a Peeta. - Será Haymitch. Le dije que se pasase hoy por tu casa para darle el pan duro para los gansos. Termina tranquilo.
Peeta asiente con la boca llena y yo me levanto reprimiendo la risa y cojo la bolsa del pan rancio que cuelga del respaldo de una de las sillas. Haymitch decidió criar bichos de esos hace unas semanas y nos pidió que le diésemos el pan sobrante para ellos. Me dirijo a la puerta pensando en que ponerme para esta noche. Supongo que debería elegir algo más elegante de lo habitual. Creo que le pediré opinión a Peeta.
- ¡Katniss! ¿Vas a querer un bollo de mantequilla? - me pregunta Peeta desde la cocina cuando ya estoy abriendo la puerta. Giro la cabeza en su dirección a fin de que me escuche mejor y le contesto. No me importa que Haymitch nos vea así en casa, ya está enterado de todo.
- ¡No, Peeta! Gracias, pero no quiero ocupar más que tú en la cama. - le digo y oigo como se ríe a carcajada limpia. Últimamente me ceba como a un cerdo sin darse cuenta. Aunque supongo que si fuese por comerme, lo haría encantado.
Me río a la vez que él y aparto esas tonterías de mi mente. Me gusta mucho la relación distendida que mantengo con él, parecemos más amigos que otra cosa a pesar de que, en realidad, somos mucho más que eso.
Termino de abrir la puerta, la cual había tenido entreabierta durante mi breve conversación con Peeta, y empiezo a hablar con Haymitch:
- Toma, pesado. Aquí tienes el pan duro. No entiendo como esos bich…
Paro en seco cuando giro mi cabeza hacia la persona que está frente a mí. Tiene los mismos ojos grises y el mismo aire de la Veta que Haymitch, pero ahí acaban los parecidos. Es alto, muy alto, más de lo que lo recuerdo, y tiene una espalda digna de un nadador profesional. Lleva el pelo corto, casi al ras por los laterales y algo más largo en la coronilla. No lo reconocería de no ser porque sigue teniendo esa expresión seria y misteriosa que tanto tiempo admiré. Su nombre es lo único que atino a decir:
- ¿Gale?
¡O.o!
¡Y sin previo aviso! ¿O ya había avisado...? Alguna con sus reviews anduvo muy cerca de acertar.
Nos leemos mañana jijijiji
