Se limitó a seguir sus pasos, callada, indagando en cada magulladura. Y Cullen se limitó a ignorar toda cortesía, subiendo hasta la habitación de la inquisidora, como si fuera la suya propia. Pero ninguno dijo nada. Ella le siguió, con el corazón en un puño, a la intemperie, esperando cualquier cosa, sin saber nada, sin disimular su impotencia, su tristeza, su torpeza emocional.
El comandante empezó a recoger su armadura, que aún seguía desperdigada por el suelo.
-Déjame verte- Susurró la elfa, con un hilo de voz atemorizado. Él ahora de cuclillas, siguió en silencio, sin levantar la mirada. Se acercó, arrodillándose a su lado, le agarró el rosto, y suspiró amargamente. Cuando intentó zafarse ella le acogió más fuerte.- Estás sangrando- Advirtió.- Deja que te cure.- Y mientras levantaba la mano para rezar un hechizo, Cullen silbó enfadado
- No necesito magia para curarme.- La agarró de la muñeca, pero a diferencia de la crudeza de su tono y sus palabras, el gesto fue amable. La miró por fin, inescrutable, frío y distante.
- Por favor- se dejó caer sobre su pecho, derrotada. La súplica no era por curarle, era una necesidad incesante de compasión, de dolor y desesperanza. El contacto fue extrañamente reconfortante, pero la agarró y la separó con delicadeza, sin dejar de mirarla a los ojos. Ella le respondió con la más añorante de las miradas, acariciándole el rosto.
Y de nuevo, ambos sintieron la necesidad del contacto. Y rompiendo una vez más el silencio, ella se abalanzó sobre él, y le besó, lo mejor que pudo. Para su sorpresa la correspondió. La abrazó con fuerza, para sentir aquel recipiente tan pequeño que era su cuerpo.
-Cómo puedes ser algo tan delicado, tan mortífero.- La susurró sin separar sus rostros. La volvió a besar. Ella le miró, y vio lágrimas de tristeza, de perdón, de súplica.
-Perdóname.- Su voz se rompió en un sollozo. Y se levantó, llevándole con ella. Le sentó en la cama y le volvió besar, más dulcemente.- ¿Pero qué hago ahora?- Preguntó perdida.- ¿Cómo me explico?- él negó con la cabeza, y la volvió a besar.
Ninguno tenía en mente nada, más que la imagen de otro. No una forma retorcida de arreglar algo que se había roto en cristales diminutos. Solo querían fundir el hielo que habían sentido, fundirlo mientras se sintieran un ser formado por dos almas heridas.
-Te quiero.- Asumió ella, exponiéndose a un rechazo absoluto, que nunca sucedió, y mientras la miraba, la dejó explicarse, ahora y por fin, lo que debía haber escuchado antes.- Solo a ti, él no es nada. Es un amigo…
-No hables de él.- Dijo sencillamente. Mientras la acercó de nuevo, suavemente y la besó con una fiereza propia de quien tiene que demostrar algo.
- Te quiero.- Añadió de nuevo, desesperada porque él entendiera la carga de aquellas palabras, que entendiera, que todo lo demás no servía, que aquella era la única razón de peso.
-Ahora lo sé- Susurró sin pensar.- Me cegaba un dolor que ni yo mismo comprendía, me nublaba pensar que no era posible que lo hicieras. Yo no soy más que el recodo de quien fui, marcado por las cosas terribles, por los recuerdos que me persiguen, me atemoriza pensar que tú también me dejes…- Ahora negó ella y le besó.
Ella tenía miles de preguntas, sobre lo que había pasado tras aquellas puertas entre Daniel y él. Pero aquel momento era tan imperfecto, que sus besos comenzaban a nublar cada acto de raciocinio.
Le tiró sobre la cama, poniéndose encima, y partidamente le arrancó el cordel con el que se ataba la camisa, y la desterró en el suelo. Dejando la desnudez de un torso magullado y cálido, por la reciente pelea. Le besó el cuello y los labios repetidas veces. Y cuando comenzó a desabrocharle los pantalones, sonó un gritito nervioso.
-E-espera- Dijo Cullen ruborizado. Se sentó, aun con ella encima, sin camisa y despeinado.- Yo nunca he…- Ella se acercó a su cuello y le mordió la oreja.
-Pues puedes preguntarme todo lo que quieras.- Le susurró a la oreja. Y por su espalda recorrieron sus manos como un acto reflejo. Desasiéndose de cada centímetro de tela hasta llegar a la piel.
