Disculpen la tardanza, voy intentar actualizar el siguiente capítulo más rápido. Espero que este les guste.


Capítulo 52: Nuevo comienzo.

Hermione abrió los ojos despacio, su cara relajada y apacible estaba apoyada cómodamente en el pecho desnudo de Draco. Su piel suave, firme y masculina le servía de estupendo acolchamiento. La respiración de ambos era acompasada constante; muestra de un sueño profundo, descansado y agradable. Draco la envolvía con sus brazos, la mantenía pegada a él bien acoplada, en la cama estrecha e infantil, diseñada para una sola persona.

No había sido un sueño, todo era real; él fue en su busca, la encontró y se quedó a su lado. La necesitaba. Hermione tenía una sensación extraña y fuerte recorriendo sus entrañas, algo muy parecido a la euforia contenida. Se sentía feliz, se sentía la más dichosa. Su amor estaba con ella, la amaba tanto como el primer día, Él le aseguró que ya no volvería a dejarla. Siempre estarían juntos.

Despacio, como a tientas, levantó la vista encontrándose con la mirada dulce y despierta de Draco; llevaba rato contemplándola dormida, pero no quería despertarla, sabía que necesitaba descanso. Él le sonrió con cariño, despegó una mano de la espalda de Hermione y la posó en su mejilla acariciándola con ternura. Ella le devolvió una sonrisa tímida, Draco bajó la cabeza y la besó. Fue un beso corto y efímero, pero ese cálido contacto piel a piel, tan afectuoso, la hizo sentir que se elevaba de la cama y flotaba en el aire.

―Buenos días, cariño ―la saludó Draco.

―Buenos días ―a Hermione le costaría un poquito más de tiempo, poder utilizar ese lenguaje meloso con que Draco la agasajaba. Siempre había sido comedida en ese aspecto, pero después de todo lo vivido, sabía que no lo imitaría de la noche a la mañana; pasaría un tiempo prudente, pero terminaría acostumbrándose.

―¿Cómo te sientes?

―La verdad es que muy bien; ya no tengo dolor de cabeza ni ese cansancio tan agotador, al contrario, parece que me he despertado nueva y llena de energía. Muchas gracias por el suero y los analgésicos, se ve que me han ayudado mucho.

―Me alegro de que haya sido así. ―Draco posó la palma de su mano en la frente de Hermione para comprobar la temperatura―. Creo que ya no tienes fiebre. ―Informó sonriente.

―Gracias Draco… ―dijo ella, tocando con las yemas de sus dedos, los hoyuelos de la sonrisa masculina. Le gustó mucho aquel tacto rasposo de la incipiente barba de varios días; su barbilla de hombre, su fisonomía atractiva tan varonil. Sin advertirlo, la sonrisa de Hermione se amplió nerviosa.

―No hay de qué, amor mío… ―respondió contra sus labios. Los tomó en un beso profundo y embriagante, la besó con hambre, con gula.

Draco la estrechó aún más entre sus brazos, sus manos inquietas viajaron por todo su cuerpo, estremeciéndola. Ella le correspondía; para Hermione era una auténtica gozada sentir bajo las palmas de sus manos, aquella piel tersa y desnuda. Tocó los hombros torneados de su chico, siguió el canal de su columna. Los músculos de aquella espalda recta y fuerte, se tensaron. Draco llevó su boca lujuriosa, al delicado cuello de Hermione.

Dulce y exquisito baile de lengua y labios incitaban la sensible piel femenina. Besos fogosos allanaban el camino del deseo, para dejar la huella inconfundible del placer. Manos urgentes luchaban contra la odiosa tela del vestido que se interponía entre ambos cuerpos anhelantes. Draco se incorporó en la cama agobiado, y se puso de rodillas para poder desvestirla. No dejó de besarla, ni dejó de tocarla. Necesitaba sentirla como nunca, se moría por tenerla. Metió las manos bajo la falda del vestido, acariciando los muslos esbeltos, rozó con los dedos la zona que cubría la ropa interior; en sus caderas, su bajo vientre, entre las piernas. Se detuvo en ese punto inflamable acariciando con constancia. La respiración de Hermione se volvió agitada, el ritmo lento y circular comenzó a inquietarla, no podía evitar retorcerse moviendo las caderas, echó la cabeza hacia atrás mordiéndose el labio y reprimió un gemido. Sintió el peso del cuerpo de Draco sobre ella, abrazándola, besándola, excitándola. Pero ella tenía que pararlo, y tenía que hacerlo en ese preciso momento, porque si se dejaba llevar, no iba a tener suficiente fuerza de voluntad.

―Draco… no podemos… ―él no le hizo caso. Por el contrario, encontró la cremallera del vestido y se dispuso a bajarla, pero Hermione lo apartó de ella―, para por favor. Este no es el mejor momento. ―Draco sintió una impotencia brutal, no podía creer que le estuviera pasando eso de nuevo. Era uno de los temas más conflictivos que siempre se hacía presente entre los dos, y él ya no estaba dispuesto a seguir pasándolo por alto; no obstante, acababan de reconciliarse y debía tener paciencia. ―. No es que no me apetezca, lo que ocurre es que no estamos tomando precauciones y… digamos que este es el momento más propicio de mi ciclo para… para que me quede embarazada. ― A Hermione no le hizo ninguna gracia tener que entrar en esos detalles, sobre todo por que le traía malos recuerdos. Pero sentía que le debía una explicación a Draco.

―Entiendo… ―contestó él, enfriándose. Se levantó de la cama y comenzó a vestirse―. Tienes razón, tenemos que ser responsables. Y hora lo mejor sería tomar un buen desayuno y ponernos en marcha.

―¿Ponernos en marcha? ―le preguntó, sin entenderlo.

―Tenemos que volver al mundo mágico. Nos quedan muchas cosas por arreglar, empezando por ir a San Mungo para que te receten otra vez, la pócima anticonceptiva.

―No quiero irme de aquí, yo quiero estar en mi casa, Draco. Hace mucho que la tengo abandonada; quiero pasar un tiempo en ella, solo necesita… limpieza y que le den vida. Y si es por lo de los aniconceptivos… bueno, aquí no tendremos problema en encontrarlos.

―¿Anticonceptivos muggles?, tengo entendido que no son cien por cien fiables.

―Los preservativos sí lo son. Es el método más seguro que hay. ―Draco la observó con el ceño fruncido.

―¿Te refieres al plástico ese que se ponen los hombres en el pene? ―Hermione no pudo evitar soltar una risita.

―Es el método más seguro que hay en el mundo muggle.

―He oído hablar de ellos… ― contestó en cierto tono desaprobatorio―, también he escuchado que pueden romperse.

―Es muy difícil que eso ocurra.

―Hermione, tú sabes que yo te quiero y que haría cualquier cosa por ti. Pero no voy a disfrazarme el pene con un chubasquero. Es ridículo y seguro que debe de ser igual de incómodo. Volveremos al mundo mágico. ―le contestó, calzándose los zapatos―. Cómo tú misma sabes, aquí no podemos estar mucho más tiempo, no hay luz ni agua corriente, y también nosotros necesitamos darnos una ducha y cambiarnos de ropa. ―Draco se acercó a ella y la besó―. Iré a por algo de desayunar y luego nos marcharemos.

A Hermione le costaba dejar su casa. De una forma u otra Se sentía reconfortada entre sus paredes, revivía a menudo, muchos recuerdos de sus padres; algunas veces sintiéndose muy feliz, otras veces, con nostalgia. Ella quería intentar convencer a Draco de que pasaran alguna temporada larga allí, pero no quería discutir con él, ahora que volvían a estar juntos.

Se levantó de la cama y estiró las sábanas, extendió bien el edredón y ahuecó la almohada. Se dirigió al baño pero recordó enseguida que el agua estaba cortada. No podía hacer mucho por asearse, sin embargo sí podía peinarse un poco y cambiarse de ropa. En su antiguo armario seguiría todo aquel vestuario que utilizaba, antes de ir a vivir a Malfoy Manor. Se alegró de la idea de poder ponerse por fin, unos pantalones; llevaba ya, tres años sin lucirlos. «¡Ropa cómoda!» pensó encantada. Lo que ella averiguaría después, sintiendo una curiosa mezcla de decepción y diversión, era que ninguno de esos pantalones que tanto deseaba ponerse, le subirían de las caderas. No contaba con el hecho de que su ropa seguía siendo menuda y ella ya no lo era tanto. De los dieciséis a los casi veinte que tenía, había dado un cambio bastante significativo; su cuerpo ya no era el de una adolescente flacucha y desgarbada.

Después de intentarlo con casi todos los pantalones que tenía, encontró unos de hacer deporte cuya tela podría estirar, estaba segura de que esos le quedarían bien. Encontró una camisa amplia de algodón, y la sudadera a juego del pantalón. Las zapatillas le quedaron un poco justas, pero por un par de días se las podía apañar.

Bajó a la cocina y empezó a revisar los estantes. Tendría que tirarlo todo. Escuchó que la puerta de la entrada se abría y se cerraba de un golpe liviano. Draco apareció en la cocina portando una bolsa de papel con lo que iban a desayunar; el olor de los alimentos les recordó enseguida el hambre que tenían. Lo dispusieron todo en la pequeña mesa, frente a los fogones y se sentaron a comer.

Era un comienzo bonito y especial. Se miraban a los ojos, se sonreían, se entendían si decir una sola palabra. La decisión que tomaron a medias, y estando ambos de acuerdo, fue que regresarían al mundo muggle, una vez que lo hubieran dejado todo arreglado en el mundo mágico; entre esas cosas estaban, un trabajo estable y una vivienda fija.

El viaje de regreso fue entretenido, Hermione se sentó junto a Draco, que la abrazó y le confesó lo mal que lo había estado pasando sin ella. Resultó ser un buen momento para sincerarse, por lo que ella también quiso contarle todas las razones que la llevaron a rechazarlo, durante esos tres años de difícil convivencia. Se escucharon con curiosidad y con paciencia. Pero llegado el momento de resolver las dudas que aún conservaban, no se amilanaron por la incomodidad o el bochorno, tras reconocer las equivocaciones cometidas en muchas ocasiones. Lo que más claro tenían, era que volvían a estar juntos muy enamorados, pero con un pasado en común doloroso en particular. Sabían que no podían guardarse nada, todas las preguntas que tenían debían ser resueltas, si querían recuperar la confianza para poder llevar una relación sana y duradera. Ambos coincidían en empezar de cero y sin reproches. El pasado estaba ahí y no lo podían olvidar, pero era necesario que lo dejasen justo donde estaba, para poder vivir tranquilos, el nuevo presente y llegar a disfrutarlo sin limites.

Al llegar a la ciudad y poner los pies en la estación de King´s Cross, lo primero que quiso hacer Draco, fue reservar un hotel donde quedarse algunos días, mientras realizaban las gestiones para obtener una nueva casa. Hermione insistió en que fuera sencillo y económico, tampoco le apetecía seguir levantando rumores, hospedándose en lugares costosos en los que los reconocerían de inmediato. Draco pensaba lo mismo, no quería exponerlos a más habladurías, y necesitaba un tiempo de paz y tranquilidad con ella. Deseaba que estuviera a gusto y segura.

Conocía un lugar perfecto junto al puerto, cerca de los muelles; era un pequeño hostal muy antiguo regentado por un matrimonio de ancianos, que aunque parecían algo huraños en principio, resultaban amables y acogedores a medida que se les iba tratando. No era bonito ni poseía encantos dignos de recordar, pero todo estaba aseado y no carecía de lo esencial para estar cómodo. Estarían bien por unos días.

Los dos pudieron darse una larga ducha caliente y relajante, luego bajaron a la zona del comedor donde les sirvieron un almuerzo nada ostentoso, pero casero y muy reconfortante. Tanto Hermione como Draco fueron objeto de un evidente escrutinio por parte, tanto de los dueños del hostal, como por parte de algunos huéspedes. Pero sobre todo era a Hermione a quien observaban con atención. Y no era de extrañar; el conjunto deportivo que llevaba puesto, resultaba demasiado llamativo para esa parte del mundo mágico todavía anclada en las viejas costumbres. Draco pensó de forma muy acertada, que después de tanto tiempo, Hermione querría ponerse otra cosa que no fueran, faldas y vestidos; por lo que en cuanto terminaron de almorzar, la llevó a varias tiendas donde pudo comprar prendas básicas pero de aspecto un poco más formal. Ella estaba contenta con lo que había adquirido, la ropa era de lo más corriente, y al mismo tiempo tenía la sobriedad necesaria para ir a cualquier parte; incluida la consulta de su medimaga de cabecera, en San Mungo. La cual, podía atenderlos a última hora de esa misma tarde.

La doctora se alegró de verlos. Pero evitó que se le notara lo sorprendida que estaba de encontrarlos juntos nuevamente y de buen talante. Ellos por su parte, le explicaron que se habían reconciliado, y que esa vez querían hacer las cosas bien. Los dos estaban de acuerdo en la relación que llevaban y no tenían a nadie detrás, que los estuviera obligando a nada.

La doctora le preguntó a Hermione por su embarazo. Ella le contó sin entrar en muchos detalles, que sufrió un aborto y las circunstancias que lo causaron. Le dijo que el medimago que la estuvo tratando en Malfoy Manor, le aclaraba en cada visita, cómo estaba siendo su recuperación, hasta que la última vez que la atendió, le aseguró que se encontraba restablecida del todo. Sin embargo, la doctora no estaba tan convencida de lo que Hermione le estaba contando, no se trataba de que no la creyera; pero era cierto que no tenía mucha información, y notaba por parte de su paciente, cierta reticencia a ahondar en el tema. Por su puesto, la entendía. No obstante, no podría ayudarla de la manera adecuada si no averiguaba con exactitud, los detalles importantes que provocaron su aborto.

Así se lo hizo saber a Hermione, que después de pensarlo unos instantes, terminó por revelarle el nombre del veneno que había ingerido, estando engañada. La doctora se quedó estupefacta, no solo por la historia que era terrible, sino por el peligro que conllevaba ingerir el potente veneno de basilisco. Era tan dañino que una dosis de más, ocasionaba la muerte.

Quiso hacerle en ese mismo momento, un chequeo completo a Hermione, y de entrada la informó de que era muy probable que a causa de ese veneno, pudiera haber desarrollado intolerancia o alergias a algunos componentes de la pócima anticonceptiva. Aparte de eso, le comentó que también cabía la posibilidad de que hubiera quedado estéril. Draco cerró los ojos con fuerza. Otro golpe más. Odiaba no poder hacer nada para cambiar ese hecho, si al final resultaba lo que tanto comenzaba a temer, no se lo perdonaría nunca.

Sin embargo Hermione estaba tranquila, agarró la mano de Draco y le dedicó una cálida mirada de ánimo. Ella le hacía ver con su actitud, que no le afectaba en absoluto, incluso le regaló una sonrisa tibia y alentadora a pesar de que aún no estaba comprobado que fuese estéril. Pero estaba equivocada sin saberlo, en realidad perder a su hijo le había significado un trauma tan doloroso, que se negaba en rotundo a la sola idea si quiera, de planificar en un futuro, el quedarse de nuevo embarazada. Le gustaban los niños, no le cabía duda; pero el imaginarse siendo madre, o que Draco, llegado un momento en sus vidas le plantease tener un niño, solo le producían rechazo y miedo. Tenía pavor a que algún impulso o instinto paterno, por parte de él, ensombreciera y dañara la relación tan favorable que estaban recuperando. De repente todo lo que deseaba Hermione, era salir de aquella consulta cuanto antes, y olvidar los motivos que los habían llevado hasta allí. Su mayor esperanza era que a su marido nunca se le ocurriera pedirle un hijo, pues era algo por lo que no quería volver a pasar jamás.

La doctora Banks quiso hacerle unos análisis también a Draco, y ya de paso, averiguaba de esa forma, cómo estaban ambos de salud. Los resultados fueron rápidos y esperados; seguía tan sano como siempre, no presentaba problemas de ningún tipo. Lo de Hermione fue un poco más complicado. Se encontraba bien, pero dado su historial con unas sustancias en verdad, muy peligrosas y dañinas, la doctora corroboró que tenía inmunidad a buena parte de los ingredientes que elaboraban las pócimas anticonceptivas. Podría tomarlas sin problemas, pero de eso a que le hicieran efecto, era otra cosa. Tampoco salió en su chequeo si era estéril o no, para saber eso, tendría que hacerle un examen más exhaustivo; tardando varias semanas los resultados.

Hermione se adelantó a comentarle a su medimaga que no estaba interesada en ese momento, en saber de nada que no fuera un método anticonceptivo fiable. Draco no objetó su decisión, pero era un tema que quería tratar con ella, en cuanto estuvieran despejados del trabajo que tenían aún por resolver.

La única opción que les quedaba en el mundo mágico, era que él tomase la pócima masculina. Se trataba de una novedad muy práctica e ingeniosa que poseía grandes similitudes a la pócima femenina. Creada ese mismo año, se estaba distribuyendo con excelente acogida por parte de los varones, y todavía más por parte de las mujeres; ya que las liberaba del mayor peso de la responsabilidad. Los efectos secundario eran casi nulos, excepto quizá, porque solían causar en contadas ocasiones, una leve irritabilidad. Pero esta podía ser controlada de manera muy fácil, combinándola con infusiones relajantes, preparadas en el mismo hogar.

La otra opción que tenían, eran los preservativos muggles. Eran conocidos y cada medimago los recomendaba a aquellas parejas o personas solas, que estuviesen buscando un cambio en sus métodos. Aunque en verdad, a muy pocas personas les llamaba la atención.

Draco no se lo pensó dos veces, le gustaba la idea de poder ser él, quien llevase el control. Y si tenía que decidir entre el preservativo o la pócima, prefería mil veces la pócima. La doctora no tardó nada en prescribirles la receta; se la entregó a Draco y le indicó que podría comprarla en ese mismo momento, un par de plantas más arriba, junto al laboratorio.

Como el día seguía claro, y estaban seguros de que no llovería, quisieron dar un paseo antes de volver al hostal. Draco le habló de un proyecto de trabajo que tenía en mente, se lo había propuesto uno de sus abogados, antes de que decidiera marcharse, él declinó la oferta en su momento; pero sabiendo que era probable que regresase, sugirió que aplazaran las negociaciones hasta su regreso. Draco quería trabajar con personas que tuvieran sus mismos intereses, personas en las que pudiera confiar; y aquel abogado, siempre le demostró carisma para los negocios, y fidelidad.

Hermione le expresó su deseo de volver a retomar sus estudios, para ella, ahora que su vida tomaba un cauce más suave y seguro, era importante terminar de estudiar para poder formarse de la mejor manera posible. Su idea era que los dos trabajaran medio tiempo, y que el resto que les quedase, siguieran con sus estudios. A Draco no le pareció una mala idea, de entrada. Su intención era trabajar a tiempo completo, para mantenerlos a ambos con holgura y sin complicaciones; pero ahora que ella le recordaba la universidad, veía otra buena opción, en trabajar media jornada. Lo que estaba claro era que sin formación académica completa, su posición laboral y más que nada, su salario, serían bastante más bajos.

Pararon en una cafetería medio escondida, situada entre dos estrechos callejones. A ella solían acudir los comerciantes de la zona; artistas poco conocidos pero talentosos, y viajeros necesitados de un descanso, a ser posible, bien cargado de cafeína. Era el típico territorio relajado y ameno, que escaseaba en las grandes urbes bulliciosas. Las luces tenues de las lámparas y de las velas, la música de los expertos en el violín, y el intenso aroma a café recién tostado, invitaban a quedarse largo rato, para recrearse en un ambiente encantador.

Era una cafetería bastante concurrida, pero la clientela variopinta era discreta, sabiendo cada cual, guardar las distancias, y su lugar. A Draco siempre le pareció un lugar magnifico para hacer un paréntesis de los quehaceres en medio de la ciudad. Para Hermione, que era su primera visita, la cafetería cumplía con creces, todas sus expectativas. Y observando a su marido, se daba cuenta de que no podría tener mejor compañía. Tomaría nota de aquel seductor espacio, para cuando le apeteciera estar un rato sola con Draco, alejados del ritmo ajetreado de las calles.

Llegaron al hostal un par de horas después de que se sirviera la cena, por lo que tuvieron que conformarse con algunos emparedados y dos cervezas de mantequilla. Draco compró el profeta por tres galeones más y lo subieron todo a la habitación. Estaban contentos de volver a tener intimidad.

Hermione se desvistió bajo la atenta mirada felina de Draco. Se tomó su tiempo eligiendo entre los dos pijamas que había comprado ese mismo día. El se levantó despacio de la cama, y se le acercó por detrás, con un frasquito de cristal azul oscuro en las manos. Lo abrió y se tomó el contenido de un solo trago; le regaló una sonrisa traviesa y atractiva a su mujer, y la abrazó besando sus hombros, su nuca, y su cuello. La primera dosis anticonceptiva tardaría varias horas en hacer efecto. Los dos lo sabían, pero eso no significaba que no pudieran jugar un rato.

Cuando entendieron que debían parar, lo hicieron con obstinación, pero acatando con madurez, las advertencias de la medimaga. Hermione lo besó con cariño, se puso el pijama y se metió en la cama, arropándose hasta el cuello. Draco se tumbó a su lado sobre el edredón y comenzó a leer el profeta en voz alta, haciendo una perfecta parodia de las declaraciones de los políticos. Hermione reía escuchándolo. Por primera vez en mucho tiempo, los dos reían juntos.

Al pasar varias páginas, Draco vio la noticia de que Luna y Neville se casaban ese mismo fin de semana, le enseñó el periódico a Hermione, que le contó que después de haber discutido con Harry, había tomado la decisión marcharse de su casa. Como no tenía donde ir, le pidió ayuda a Luna. Esta le propuso que se quedara con ella y con su familia; y también le dijo que si se reconciliaba con Draco, estaban los dos invitados a su boda.

Draco no mostró entusiasmo, sabía que Luna tenía buena fe en invitarlo, pero prevalecía el hecho de que él siempre fue con ella, más que hostil. No le gustaba recordar ese pasado, no le gustaba recordar la crueldad con la que siempre trató a muchas personas que no se lo merecían en absoluto. Por ese motivo le dijo a Hermione que no iría a la boda, la instó a que fuera ella sola, o con quien pensara conveniente; él no tenía cara para presentarse allí,

como si nada hubiera ocurrido.

Hermione le afirmó que ni Neville ni Luna le guardaban rencor, le aseguró que ellos sabían que ya no era la misma persona, de hecho, todo el mundo mágico, estaba al tanto de su innegable transformación. La pareja estaba de acuerdo en que asistieran los dos, a su boda. Sería una buena forma de derribar el muro del resentimiento. Así se lo explicó Hermione y Draco le contestó que se lo pensaría.

Al pasar la siguiente hoja, vio una noticia que le hizo cambiar el gesto, el buen humor que tenía, se le esfumó. Se trataba de su madre; Narcissa estaba enferma, estuvo sufriendo episodios de ansiedad con una regularidad preocupante. Sin embargo, después de varias peticiones que ella y el propio alcaide habían hecho para su traslado a San Mungo, no obtuvieron una respuesta positiva. La madre de Draco no se encontraba bien, su encierro en Azkaban le estaba significando un cambio drástico en su vida y muy duro de sobrellevar. No solo por la pérdida de su libertad, sino por todos los privilegios de los que no podría gozar. Draco sabía que su madre estaba sufriendo, y a pesar de todo no podía evitar sentirse culpable y desdichado, él había testificado en su contra; muy convencido de que era culpable de cada cargo que le imputaron, pero también, consciente de que era a su madre a quien estaba acusando y en cierta medida, condenando. Él la quería, a pesar de todo la quería.

Hermione contempló la expresión apagada de Draco, se incorporó en la cama y le acarició la mejilla,

―Deberías ir a verla ―Draco la miró con el ceño fruncido―, es tu madre, es normal que te sientas triste por ella, tienes derecho a sentirte así.

―Lo que yo sienta por ella ahora, ya no importa. ―contestó él, casi en un susurro―. Ni yo ni ella podemos cambiar el pasado, desgraciadamente está donde tiene que estar.

―Te equivocas, ―rebatió Hermione―, claro que importa lo que sientas por ella. Se trata de tu madre, se supone que es quien más te tendría que querer, ella te dio la vida; y aunque haya actuado mal, estoy segura de que te quiere. Es verdad que no se puede cambiar el pasado, pero se puede cambiar el presente. Yo no me voy a interponer entre tu madre y tú, Draco. No es mi intención alejarte de ella.

―No se trata de ti, Hermione, no eres tú quien me aleja de ella. Es ella misma la que lo ha hecho con su comportamiento.

―¿No te parece que ya está pagando bastante, para que tú la sigas castigando?

―No eres la más indicada para hablar, ¿por qué la defiendes?

―No la estoy defendiendo. Lo que ocurrió está ahí, estuvo mal y ahora ella está cumpliendo una condena por eso. ¿Qué ganas con guardarle tanto rencor?, si yo no lo hago, menos tendrías que hacerlo tú. Draco… creo que a los dos os vendría bien hablar, estoy segura de que si vas a verla te sentirás mejor. ―Draco no respondió. Se levantó de la cama y le dijo que iba a darse una ducha.

Tardó un buen rato en volver a la cama junto a Hermione, que ya estaba dormida, pero él no pudo coger el sueño tan rápido. Estuvo pensado en su madre, en los hechos que la habían llevado a ser encarcelada en las mazmorras de Azkaban, y en las palabras de su esposa. Draco pensó al final, que quizá tuviera razón. Quizá Narcissa y él, todavía se debían una conversación.

Metido bajo la gruesa manta de lana, abrazó a Hermione estrechándola contra su cuerpo cálido, ella, medio dormida, se dio la vuelta acurrucándose en su pecho y devolviéndole el abrazo. En aquella postura tan agradable, los dos pudieron dormir de forma relajada y profunda.

….

Narcissa acababa de recibir el alta de la zona de la enfermería, estaba sentada en un sillón que le habían traído como obsequio por buen comportamiento. Aunque hacía frío en la mazmorra, su celda poseía una chimenea que tenía permitido usar. Esta ardía con vigor. El ministro, también quiso encargarse de que estuviera lo más cómoda posible. No pretendía saltarse las normas con ninguno de sus protegidos, pero le tenía especial cariño a Narcissa e hizo cuanto estuvo en sus manos para proveer su celda de todo aquello que pudiera necesitar. El mismo alcaide miraba hacia otro lado cada vez que le traía cosas nuevas como alfombras, tapices para las paredes, una vajilla y cubertería para su uso exclusivo, un espejo largo de pared, una mesa junto a su sillón para tomar el té, varios frascos con esencias mágicas para modificar el olor de la celda y elementos de aseo y de cosmética.

Su alimentación nunca fue mala, recibía cuatro comidas diarias de buena calidad, que cubrían de forma adecuada sus necesidades nutricionales. Su dieta no se podía comparar bajo ningún concepto a lo que comía en la mansión, pero sí era equiparable a lo que cualquier persona de clase media se podía permitir, teniendo una situación holgada.

En teoría no se podía quejar, muy pocos presos incluido su marido, podían contar con tanta suerte y ella lo sabía. Tampoco lloriqueaba por su nueva vida a la que se empezaba a acostumbrar a pasos de hormiga, era consciente de ser una reclusa en Azkaban. Sabía que estaba metida ahí dentro por haber delinquido. No tenía la pretensión de que la soltaran solo por ser quien era, ella entendía que eso no ocurriría nunca. Solo tenía la esperanza de ver pasar los meses y los años, rápido. Todos los días soñaba que la reja de su celda se abría y ella salía de aquella mazmorra para ser libre de nuevo.

Estaba absorta leyendo su última novela, cuando escuchó pasos que se acercaban a su celda. Creyó que sería uno de los guardias que le traían sus medicamentos; y así era, pero no llegaba solo.

―Señora Malfoy ―dijo el guardia asomándose tras las rejas―, tiene usted una visita.

―Gracias, Alfred ―contestó ella, poniéndose en pie y observando cómo abría la reja. Su sorpresa fue inmensa cuando descubrió que se trataba de su hijo. Se llevó una mano a la boca y ahogó un quejido―. ¿Draco?, ¡Draco, no me lo puedo creer!, ¿¡qué haces aquí!?

―Hola, madre. ―el guarda cerró la reja y se retiró para dejarles un poco de intimidad.

―¡Hola hijo!, ¡cómo me alegro de verte!

Narcissa corrió a abrazarlo. Draco se contuvo al principio, no quería tocarla, pero la coraza de hierro que había decidido usar para no verse afectado por las circunstancias que rodeaban a su madre, se le estaba resquebrajando como si se tratase de una hoja seca. Pronto sintió un nudo en la garganta y una pesadez en los músculos, los ojos le escocieron. Sin poder remediarlo, la tristeza lo embargó. Le dolía ver a su madre relegada a una indigna reclusa, obligada a permanecer en ese lugar tan repugnante lúgubre, le dolía que a causa de su delito, la hubieran tenido que jugar, y le dolía en el alma, haber tenido que enfrentarse a la dura decisión de tener que elegir entre ella y su mujer. Su madre, su sangre, carne de su carne y hueso de sus huesos le dolía de una forma horrible. En ese momento fue consciente de cuánto le hacía falta su presencia.

Draco dejó de reprimirse y correspondió con suavidad al abrazo a su madre, ella lo tomó de la mano y lo hizo sentarse en una cómoda silla junto a ella, que se quedó en el sillón.

―Me alegro mucho de verte hijo mío.

―¿De veras te alegras, madre? ―preguntó, con incredulidad, recordando que fue él quien denunció a sus padres.

―Claro que sí, Draco. Yo siempre me alegraré de verte ―Narcissa lo miró de la cabeza a los pies, en una rápida ojeada materna―. Te ha crecido el pelo, y has ganado peso ―le comentó sonriendo―, tienes buen aspecto.

―Gracias… por cierto, Odalyn te manda saludos, he estado con ella unos días.

―¡Oh!, vaya… hace un montón que no veo a tu prima, imagino que debe de seguir tan hermosa como siempre.

―Así, es. Cada día está más bonita.

―Es una lástima que seáis primos. A tu tía y a mi nos habría encantado comprometeros ―comentó con una sonrisa. Draco no supo si lo decía en serio o en broma.

―Me lo imagino…

―¿Has visto a tus tíos?

―No, solo estuve con ella. ―Draco echó un vistazo a la celda de su madre. No imaginó encontrarla tan bien provista―. Madre, he sabido que has enfermado, ¿cómo te encuentras?

―Pues mejor que cuando tuve la última recaída. Por desgracia me negaron el traslado a San Mungo, pero he de reconocer que no me han atendido mal, aquí. ¡Oh!, ¡Merlín!, qué cabeza la mía… casi se me olvida tomarme la medicación ―Se levantó del sofá y abrió la puerta de una de sus alacenas, de las que sacó una botella de agua y un vaso―, prepararé un poco de té para los dos.

―No, gracias, no es necesario, madre.

―Hijo… no seas descortés y acepta la invitación de tu madre ―Draco no le quiso llevar la contraria, y sentía curiosidad por ver cómo se desenvolvía su Narcissa en aquel nuevo espacio.

Sacó dos tazas de la alacena, dos cucharillas y también un tarrito metálico con el azúcar. Llenó una jarra de porcelana negra con un poco del agua de la botella y la puso a hervir colgada del techo de la chimenea.

―A la vieja usanza ¿no? ―comentó Draco, impresionado de ver por primera ve en su vida, esa nueva faceta tan impropia.

―Así lo hicieron siempre nuestras antepasadas hijo… ―contestó ella, colocando unas pastas en la mesa―, algunas antiguas costumbres no debemos perderlas. Forman parte de nuestro legado mágico ―volvió a sentarse en el sillón, y agarró la mano de su hijo―. Draco… estoy tan contenta de verte… te he extrañado muchísimo.

―Madre… de veras lamento que estés aquí. Nunca fue mi intención hacerte daño.

―Lo sé, lo sé hijo. Por favor no hablemos de eso ahora. Tenemos muchas cosas que contarnos y muy poco tiempo para hacerlo.

―Estoy preocupado por tu salud, madre, si necesitas algo, dímelo y te lo traeré. ―Narcissa sonrió complacida por la actitud de su hijo.

―No te preocupes por eso, en realidad el Ministro y su esposa me tienen muy consentida. El alcaide también se ocupa de hacerme llegar una mensualidad de oro, con la que puedo ir comprando algunas cosas que necesito aquí. Me agrada saber que todavía sientes algo por mi…

―Madre… no digas eso…

―Draco… sé que actué mal, pero por favor… no me niegues tu cariño, eres lo más importante que tengo en mi vida. Sabes que te quiero con toda mi alma―Draco suspiró incómodo.

―Madre… es verdad que he estado muy apartado por causa de los errores que cometisteis padre y tú, habéis causado un daño irreparable. Le hicisteis daño a la mujer que amo ―Narcissa alzó la vista y contempló a su hijo contrariada, quiso decir algo pero cerró la boca―. Sí madre, te hablo de Hermione. Amo a Hermione, y sigo casado con ella. Hemos decidido darle una nueva oportunidad a nuestro matrimonio, y nos está yendo muy bien. ―Narcissa apartó la mirada de Draco y su rostro se volvió duro de repente―. He venido a decirte que puedes contar conmigo, vendré a visitarte a menudo y yo también me ocuparé de que tengas todo lo que te haga falta aquí dentro. Intentaré hablar con nuestros abogados, a ver si podemos apelar y hacer que se te reduzca la condena. Pero quiero que sepas que sigo enamorado de Hermione. No quiero separarme de ella, y ella tampoco quiere separarse de mí. Vamos a luchar por lo nuestro, y en un futuro, que espero que no sea muy lejano, tendremos hijos. ―el agua hirvió y Narcissa se levantó para apartarla del fuego y servirla en las tazas, sobre dos bolsitas de té. Draco la observaba contrariado, esperaba algún comentario por su parte, alguna clase de maldición o improperio, pero Narcissa seguía muda. ―Madre… ¿acaso no tienes nada que decirme?

―¿Y qué quieres que te diga, hijo? ―respondió, sentándose en el sillón, y disponiendo de su taza― tú sabes perfectamente cómo pienso. Pero antes de que comiences otra vez con tus juicios has de saber una cosa. Yo no pienso volver a meterme nunca más, en tu relación con esa muchacha. Ya eres un hombre para saber lo que haces, lo que te conviene y lo que no. Por su puesto, no esperéis una bendición de mi parte, yo no apruebo vuestro matrimonio, pero quiero que sepáis que nunca interferiré ni intervendré en él. Espero que quede bien claro en esta visita.

Draco sintió como si le hubieran levantado un bloque de hormigón de su espalda. Aquellas palabras tenían un significado muy valioso, viniendo de su madre, que había sido criada con tanto ahínco en el concepto de la pureza de la sangre. Era un cambia bastante grande en ella. Por lo visto, Narcissa enterraba el hacha de guerra, y reconocía a Hermione como la mujer de su hijo. Si bien era posible que no se tratasen nunca, al menos, sabía que ya no lucharía para apartarlos.

―Me alegro de que sea así, de veras que me alegro, madre… ―Narcissa asintió y dio un sorbo a su té. ―.Creo que Hermione se alegrará de saberlo. Ahora sí que no me salvaré de acompañarla a la boda de Luna ―dijo en voz alta para sí mismo, con esa media sonrisa suya tan característica―. Narcissa lo miró a los ojos con el ceño fruncido.

―¿Luna? ―preguntó intrigada― ¿Quién es esa muchacha?

―Nadie… ―contestó, restándole importancia― una excompañera de Hogwarts, que se casa este fin de semana con otro de nuestros compañeros, Neville Longbottom. Imagino que te sonará el apellido…

―Sí ―contestó ella, cortante―, sé de quién me hablas. Pero te pregunto por ella, no por él.

―Ah, pues ella se apellida… Lovegood. sí, su nombre es Luna Lovegood. ―A Narcissa se le disparó el corazón, se llevó una mano a la boca, sintiendo cómo la preocupación la invadía. Draco lo notó.

―¿Madre?, ¿te encuentras bien? ―preguntó él, preocupado.

―¿Piensas ir a esa boda? ―preguntó ella, a su vez.

―Son sangres limpias ―contestó Draco, con el ceño fruncido―. Todos en su familia lo son, incluso los Longbottom.

―¿Vas a ir a esa boda, sí o no? ―inquirió Narcissa.

―¿Cuál es el problema?, ¿qué ocurre, Madre? ―Narcissa suspiró y cogió una bocanada de aire para armarse de valor.

―Creo que ha llegado el momento de que lo sepas…

―¿Saber el qué? ―Draco no entendía nada de lo que pasaba. Pero viendo la expresión del rostro de su madre, supo que se trataba de algo de suma importancia.

―Escucha hijo… esto es muy difícil para mí, y sé que te lo tenía que haber dicho antes… pero necesitaba guardar el secreto para protegerla a ella… y también a ti. ―Narcissa volvió a agarrar fuertemente la mano de su hijo. Estaba fría, pero enseguida se volvió tibia con el tacto de la piel de su madre―. Draco… Luna Lovegood es tu hermana.


Para mantener los capítulos un poco más limpios les voy a contestar los mensajes por MP. Un saludo a todxs y cuídense mucho.