Capítulo 50
La muda mueca de sorpresa e indignación que se instaló en la cara de los integrantes del consejo y sus distinguidas esposas no era muy distinta a la que se había dibujado minutos antes en los rostros de Gustav y su muy distinguida esposa.
- ¿Cómo? ¿Qué es esto? – preguntó uno de ellos cuando por fin logró articular palabra.
- Lo que lees. No tengo más información. El capitán me entregó la nota hace unos minutos.
- ¿Me vas a decir que lo hizo sin avisarte?
- Así es.
- Pero, Gustav, esto es totalmente ridículo. ¿Qué le pasó? ¿Terminó de volverse loca de una vez por todas? ¿Cómo permitiste que lo hiciera?
- En primer lugar, yo no soy el dueño de Camille, así que no puedo impedirle ni permitirle nada.
- Eso lo dices ahora, porque antes… - trató de comentar molesto Depaul, otro de los miembros del consejo que se afanaba en armar un cigarrillo para pasar el mal rato.
Gustav lo fulminó con la mirada. Estaba indignado, tanto o más que ellos. Sabía que su privilegiada posición como mano derecha de Camille se debilitaba a pasos agigantados; lo último que necesitaba era que se lo refregaran en la cara. Pero el cambio de planes de la muchacha lo había tomado por sorpresa. Habían llegado a primerísima hora de la mañana al puerto y, como de costumbre, habían tomado su tiempo para ordenar sus pertenencias para descender del barco e instalarse en un cómodo hotel por unos días, hasta que iniciaran viaje a Londres, donde otra vez descansarían, irían de compras, visitarían a los amigos y luego de unos días, iniciarían el viaje a Francia a través del canal. Pero Camille había roto otra vez las reglas, embarcándose en otra pequeña nave en cuanto llegaron a puerto, sin avisarle nada a nadie. Llegaría esta misma tarde a Francia, un día antes que ellos.
- En segundo lugar – continuó Gustav -, hizo todo a mis espaldas. De hecho, ya va camino a París.
- ¿Qué? – gritó André Benoit, uno de los integrantes más antiguos del consejo- ¡Pero eso es imposible!
- No lo es si estás dispuesto a no descansar y partir de inmediato. Camille simplemente se cambió de este barco a otro que ya la lleva a Francia, sin siquiera pasar por Londres.
- Pero es absurdo, ¿para qué?
- ¿No leíste la nota? Lo último que quiere es tener que verse con la prensa, menos aún con la inglesa. Grantchester es local, ¿recuerdan?
- Claro… así los despista por completo, porque nadie esperaría que se fuera sin pasar antes por Londres… - comentó Benoit.
- Exacto. Y eso, además, me lleva al tercer punto: si creen que Camille está loca, los locos son ustedes – sentenció Gustav mirándolos severamente –. Sigue a cargo de todo, como siempre, y quiere que partamos hoy mismo a París. Por lo tanto, esperaremos aquí hasta que sea el momento de cambiarnos al barco que nos llevará a Francia. Camille llegará casi un día antes que nosotros y, desde luego, espera que no nos atrasemos y que no hablamos con la prensa.
- ¡Pero esto es inaudito! – reclamó una de las mujeres de los altos ejecutivos - ¡No somos animales! Necesitamos descansar y recuperarnos después de…
- … un largo viaje en primera clase… - rió Gustav con ironía – Desde luego. Partimos en la tarde.
- ¡Pero Gustav…! – intentó reclamar, Pierre Girard.
- Dije que partimos en la tarde, a las cuatro. ¿Es qué no entienden? ¡No son ideas mías, son órdenes de Camille!
- ¡Esa mocosa está loca! ¡Deja ya de defenderla! Tú deberías…
- Basta ya, Pierre – dijo Jean Delors, el único que hasta ahora había permanecido en silencio– Déjala disfrutar de su viajecito, mientras le dura.
- ¿Qué quieres decir con eso, Jean?
- Nada, Gustav, nada. Disculpa, pero aprovecharé para estirar las piernas recorriendo el puerto mientras esperamos para obedecer las instrucciones de mademoiselle. Salvo, claro, que en su nota haya alguna prohibición al respecto.
- Desde luego que no – contestó áspero Gustav.
- Excelente. Sabes que odiaría tener que desobedecerle. Con su permiso, señor secretario personal.
- ¡Yo no soy…!
- Tranquilo, Gustav – lo calmó Juliette, su mujer, apretando levemente su mano –. Será mejor que descansemos. Nos espera un viaje largo.
Los integrantes del consejo se miraron unos a otros. Gustav se daba cuenta de que en ese grupo él ya no tenía cabida, pues los otros cuatro hombres hacía ya mucho tiempo que lo habían excluido, lo cual aumentaba su sensación de incertidumbre. Ellos lo culpaban de haber sido incapaz de manipular a Camille como ellos querían; Camille, por su parte, le reclamaba que no fuera capaz de contenerlos. Estaba en el medio de una pugna de poder asfixiante.
Por años la chica había confiado ciegamente en él, tal como lo había hecho su padre. Pero todo había cambiado cuando conoció al simplón vaquero norteamericano. Sabía que tendría que haber hablado antes, acusarla al consejo, impedirle que se involucrara con él, o bien, animarla a jugar con él por un rato para luego dejarlo. Pero no: la tonta muchachita tenía que enamorarse, aun sabiendo que en cuestiones del corazón era la más tonta de las tontas. ¿Es que no había aprendido nada del asesinato de sus padres? Evidentemente no.
Camille era de la misma naturaleza sensible de sus progenitores. Aunque ante todos fuera una roca fría e inmutable, bien sabía que en el fondo, muy en el fondo, sólo era una niñita miedosa que pedía a gritos amor y protección. Él había tratado de ser un padre para ella, pero Camille jamás lo había aceptado realmente… O mejor dicho, jamás se había dejado dominar. Al principio había parecido todo tan sencillo. Camille estaba sola y confundida, todavía no pasaba la mayoría de edad, era tímida y fea, con apenas dos o tres amigas tan feas y poca cosa como ella… ¿En qué momento había cambiado tanto? ¿En qué momento se le había escapado de las manos para convertirse en un ser pensante que se le adelantaba a sus acciones, que atraía la mirada de los hombres casi tanto como su envidia, y que lo dejaba una y otra vez en ridículo?
En fin, no tenía caso darle más vueltas al asunto. Gustav miró su reloj: aún no daban las nueve de la mañana. Camille llegaría ese mismo viernes en la tarde a Francia y ellos llegarían el sábado. Eso era un alivio. Lo que fuera que Camille quisiera hacer en París, tendría que esperar obligatoriamente hasta el lunes a primera hora.
O al menos así lo creía Gustav.
P P P
El sol aún no se atrevía a romper de lleno el gélido frío de la noche que aún cubría Lakewood. Los animales aún parecían adormilados y apenas se oía uno que otro ruido de vez en cuando. El momento era tan bueno como cualquier otro para empezar la jornada diaria. Era viernes y, como siempre, había mucho que hacer. Mucho trabajo monótono, agotador y que en realidad no era necesario hacer en ese momento, pero para Tom aquello era un detalle. Lo importante era trabajar, no detenerse ni por un momento, apenas respirar, correr de un lado a otro o hacer lo que fuera con tal de no pensar.
Había regresado el miércoles al rancho, soportando las miradas de lástima de todos. Ni siquiera en el campo podría esconderse, eso lo tenía claro. En el fondo era su culpa: nunca había podido guardarse para sí mismo el loco amor que sentía por la asistente de su hermana, la huraña extranjera con acento francés con la que muchas veces había recorrido el pueblo. Un pueblo chico donde los chismes corrían con la lenta, pero infalible velocidad de la vida de campo.
Tom había decidido desde el primer momento que no tenía caso ocultarse y que lo mejor era hablar con todos de una vez, en cuanto le fuera posible, para reconocer abiertamente que se había equivocado con Lorraine, pero que al final daba lo mismo, porque ya habían terminado hacía mucho, mucho tiempo. Desde luego, descubrir que era en realidad una millonaria empresaria había sido algo inesperado, pero eso era un detalle sin importancia, una anécdota graciosa. En cuanto la gente del rancho y del pueblo lo viera de buen humor y abocado a sus labores con la misma fresca y despreocupada alegría de siempre, bien lo sabía, todos perderían interés en el chisme, porque sin víctima sufriente, no hay placer en esparcir rumores. Esa era la clave: actuar con naturalidad, reconocer el golpe, reírse, no darle importancia, actuar con naturalidad, bromear, actuar con naturalidad, no esconderse, no bajar la guardia, actuar con naturalidad… actuar y seguir actuando. Todo se reducía a eso. Tal vez si practicaba lo suficiente podría convertirse en un buen actor y así, tal vez, le interesaría a la señorita Lefevre.
Tom sonrió tristemente ante su tonta idea. El día anterior Archie lo había llamado para transmitirle las palabras de la señorita. Lo amaba. Y jamás había tenido nada que ver con Grantchester, algo que Archie le podía dar firmado, porque ya había tenido el desagrado de conversar con el inglés para escuchar su versión de los hechos. Vaya con el insoportable de Grantchester ¿Grantchester? De todos los actores que había en el mundo, ¿tenía que ser justo con Grantchester? ¿Es que tendría que encontrárselo siempre y en las peores circunstancias? Si al menos fuera otro que valiera la pena… ¿Pero Grantchester? ¿El mismo tipo que le había roto el corazón a su hermana? La vida definitivamente tenía un humor macabro que él no lograba comprender.
La señorita Lefevre había ordenado a Archie transmitirle su mensaje de amor y las explicaciones del malentendido. Archie, desde luego, había obedecido como seguramente hacían todos los que la rodeaban. No era que hubiese tenido muchas alternativas, en todo caso. Eso era parte del trato al que habían llegado para evitar que Lefevre demandara a los Andrew.
Mientras ensillaba su caballo, Tom se preguntaba cuánto poder tenía realmente Lefevre. Conocía muy bien a Archie y no necesitaba que nadie lo pusiera al tanto de los negocios y la fortuna de los Andrew. ¿Cómo era posible que incluso Albert corriera desesperado de un lugar a otro para evitar que cayera sobre ellos el rigor de Lefevre? La imagen de Archie y Albert bailando al son de las órdenes de una poderosa desconocida le hacía gracia. Lo que no le hacía gracia alguna era pensar que aquella desconocida era en realidad la mujer que él, tontamente, creía haber conocido. ¿Eran la misma persona? ¿Se había enamorado de Camille Lefevre, la terrible Camille Lefevre?
Cuando dejó el establo, el amanecer ya se insinuaba. Tom montó de un salto su caballo y lo condujo sin prisa a través de campo aún dormido. No iba a ningún lugar en especial, sólo le interesaba estar en movimiento y lejos de todos. Los días habían pasado lentos y pesados. Actuar era un trabajo agotador, porque era una ocupación de tiempo completo que apenas le daba tiempo de dormir. Y en realidad ni siquiera quería dormir, porque en cuanto cerraba los ojos la veía en su mente, la sentía en su piel y la añoraba entre sus brazos.
Camille era Lorraine. Lorraine era Camille. La mujer a la que todos buscaban, la mujer que todos temían, el prodigio francés que había llegado desde lejos a poner en jaque a los millonarios escoceses avecindados en el país. La mujer inteligente, calculadora, brillante e implacable de la cual todos los empresarios hablaban despectivamente en sus muy masculinas reuniones de negocios, pero que en secreto envidiaban, como viejas alcahuetas de pueblo chico. La mujer que le había doblado la mano al mismísimo William Andrew, sin que él ni nadie lo supiera… y sin hacer nunca alarde de ello.
¿Cómo podía ser esa fuerte mujer la frágil y asustadiza jovencita que él había estrechado entre sus brazos? ¿Cómo? ¿Cómo había tenido el coraje para mentirle tan descaradamente si le había costado tanto robarle el primer beso? ¿Cómo le había dicho que lo amaba si en realidad lo estaba usando como estaba acostumbrada a usar a todos los que tenía a su alrededor? ¿Por qué, por qué, por qué? ¿Por qué a él? Ahora entendía que Candy le debía una buena parte de sus ganancias, pues bien sabía que Lorraine había sido quien le había ayudado a dar un giro más audaz en sus inversiones, con resultados excelentes. ¿Cómo no se había dado cuenta entonces? Lorraine siempre había sabido demasiado. ¡Era todo tan evidente!
Pero es que… ¿quién habría podido pensar en algo así? ¿A qué mente enferma se le podría ocurrir enamorarlo como lo había hecho, para sólo reírse de él y de todos? ¡Y él le había pedido matrimonio, la había buscado por todas partes, se había preocupado por ella! Cuántas veces se habría reído de él y su modo campechano, de su trabajo humilde, de sus tierras, sus animales y sus proyectos, todos insignificantes al lado de su increíble fortuna.
¿Sería por eso que lo había elegido, porque no era más que un pobre diablo, el hijo abandonado de una mujer desconocida adoptado por lástima por un vaquero solitario? Como todo huérfano, Tom guardaba muy en el fondo de su ser la negra herida del abandono, esa que creía curada para siempre con el amor del hombre al que llamaba padre. Era la primera vez que sentía el frío peso de la orfandad en su corazón desde que su padre lo había adoptado, un dolor que creía haber olvidado. Jamás había renegado de su origen y daría la vida por su padre, pero ahora, a falta de una explicación mejor, era su condición de huérfano lo único que parecía ser la razón para que Lorraine se hubiese burlado de él como lo había hecho.
Con lágrimas en los ojos y la garganta apretada, Tom volvió a preguntarse por qué sus padres lo habían abandonado, llegando a la triste conclusión de que en él debía haber algo malo y horrible que hacía imposible para los demás quererlo y por eso lo dejaban. Por eso nunca nadie lo querría.
Un tímido y tibio rayo de sol rozó su mejilla. Lloraba. Estaba solo y no necesitaba actuar. Odiaba hacerlo, tanto como odiaba compadecerse de sí mismo. Él no había sido hecho para eso. Exageraba en forma ridícula, lo sabía. No era cierto que nadie lo quería. No era cierto que jamás formaría una familia y tampoco era cierto que tendría que vivir como un solitario amargado toda la vida. Sobre todo, no era verdad que él era un pobre huérfano. Tenía padre, hermanas y a falta de una, dos maravillosas madres. Tenía más que la mayoría y sin lugar a dudas, mucho más que la señorita Lefevre, porque él tenía la dignidad y la grandeza de espíritu que ella claramente jamás tendría.
Era cierto, lo habían embaucado y se habían reído de él por mucho, mucho tiempo. Demasiado tiempo. Sí, era cierto: todos se lo habían dicho. Y sí, también era cierto que él no había querido aceptarlo. Bien, ya lo había aceptado. Lorraine se había reído de él. Y aun así el mundo no había dejado de girar, las cuentas no había parado de llegar, ni las vacas habían dejado de dar leche. En el fondo, todo su mundo estaba bien. De hecho, estaba aún mejor. Ya no tenía que perder más tiempo preguntándose si estaría bien o mal, si estaría viva o muerta. Estaba viva, muy viva mientras él estaba muerto por dentro.
El sol terminó por conquistar la oscuridad dando comienzo a un nuevo día. El telón volvía a levantarse. Ya era hora de volver a actuar. Con su más fresca sonrisa de viernes por la mañana, emprendió el regreso al rancho, a su vida, a su escenario. Su público lo esperaba. No podía fallarles.
Sí, en realidad estaba todo muy bien. Lo único molesto eran esas ganas de llorar que a veces le nublaban la vista y ese miedo terrible a no ser capaz de sacársela del corazón y a poner fe en el mensaje que Archie, el nuevo empleado de Camille Lorraine Lefevre, le había dado.
CONTINUARÁ...
Este es uno de esos capítulos complicaditos... pero ya pronto se explicará por sí sola la historia. Como siempre: paciencia es la clave.
Lamento no haber podido publicar antes, pero tuve un día de verdad ultra agitado, de esos que te dejan agotada. Gracias por la paciencia de haberme esperado y seguir ahí, leyendo y comentado. Y a propósito de eso eso, es hora de retomar nuestra sección "Comentarios sobre sus comentarios". Aviso que será un tanto extenso (porque se me juntaron muchos comentarios sin responder), así que si no tienen tiempo para leer, no se preocupen. Y por favor, si no las incluyo aquí... ¡no crean que es falta de aprecio por sus comentarios! Sólo es falta de neuronas mías ;-)
Pauli, Lucero, Cyt, Miriam, Kari, Terry's Girl... ¿suena muy repetido si les digo una y mil veces GRACIAS por sus hermosas palabras? Bueno, no conozco otra palabra mejor, así que GRACIAS NUEVAMENTE. Extensos, breves, efímeros, enojados, emocionados... ¡todos los comentarios son buenos!
Marina: ¡me encantó tu comentario! Gracias mil por animarte a escribirme
RVM85, gracias por tus saludos desde México. ¡Amo México! la comida, la gente, la comida, las playas, la comida... la gente... la comida... uuuu... ¡amo México!
Pauli... no sé si tu novio (¿pololo?) terminará odiándome o quedándose dormido de tanto oír de Pupilas. ¡Pobrecito!
Andrelao, ¡gracias por seguir acompañándome en el viaje!
MaTeresa: ¿Ya estás leyendo Pupilas de nuevo? :-o Cielos... ¡increíble! ESpero que no vayas a sufrir una sobredosis de Pupilas justo cuando se acerca el final.
Jessie: ¡Vives en Japón! ¡Cielos! Eso sí que fue una sorpresa enorme. Caramba... ¡gracias por leer Pupilas! Me encantaron tus comentarios sobre mi forma de escribir. Yo trato, de verdad trato de traspasar al fic lo que veo en mi cabeza, así que si logras visualizarlo, WOWWW... ¡es genial! Concuerdo en que los talentos son regalos de Dios, así que no queda de otra: ¡hay que compartirlos!
Galaxylam84: I love your comments! If it is easier for you to write them in English, please go ahead! I know it can be very, VERY difficult trying to explain your feelings in a second language. So don't! English is perfect for me :-)
MACH23: Je sais que vous n'avez pas laissé un commentaire sur le dernier chapitre, mais je veux juste dire encore une fois: merci beaucoup pour la lecture de mon histoire! [hope Google translate made a good job, but I think it did ;-) ]
Liliana: No te preocupes por ser una lectora desordenada. Si Pupilas I te atrapó en sus capítulos finales, entonces significa que cumplieron su objetivo. Ese es el desafío de cada capítulo, sobre todo en el caso de una historia tan extensa: ¿cómo mantener el interés? ¡Es súper complicado! Así que me alegra mucho saber que lo he podido lograr al menos en parte :-)
Janja8: Gracias por tus lindos comentarios. Sí, en Pupilas he tratado de crear un Albert más humano, menos príncipe azul de cuento, más real... lo cual es un riesgo, porque mal que mal al leer una fantasía, uno también quiere soñar y cuesta aceptar que el príncipe azul pueda tener pies de barro (y siempre se corre el riesgo de que las enamoradas del príncipe de la colina se enfaden conmigo... lo cual sería muy difícil, si consideramos que yo misma soy una fan del príncipe de la colina... ups...). Pero bueno, un fic que sea así, más brutal, no hace daño de vez en cuando ;-)
Mondhexe: ¡Buen punto sobre la cabeza fría de Candy! En otras cosas sigue siendo una atolondrada (sobre todo en su sentimientos hacia Camille Lefevre), pero si después de 80 capítulos no aprendió al menos un poquito sobre relaciones amorosa... estaríamos mal. Muy mal. Gracias por notar ese detalle.
MonyATAAS: ¡Has dado también en el clavo! Por fin todos empiezan a entender a Camille y las muchas, muchas dificultades que tiene que enfrentar en la sociedad de su tiempo. Es un punto clave de la historia y es genial que lo cites y que la compares con la misma Candy. Así es, ambas son "transgresoras", pero como suele pasar a veces, la transgresora Candy es tal vez más conservadora de lo que ella misma creería. Ni qué decir el transgresor Albert. Así que tenía que pasar algo fuerte para que se dieran cuenta, en parte, de la situación compleja de Camille.
Jimena andrew: Nuevamente, gracias por tu interés en otros de mis trabajos. Espero que no te decepcionen jejejeje. Sobre planes a futuro... uff... bueno, como ya sabes, Pupilas de Gato ya está terminado. Me tomó un año escribirla, pero la idea tomó casi 5 años en ver la luz... así que sinceramente, sobre todo por tratarse de una historia tan extensa, confieso que estoy absolutamente agotada y sin inspiración. El problema de escribir un fic tan largo es que te permite meter en él un montón de escenas o situaciones que habías pensado antes como parte de algún minific y así, poco a poco, vas quemando tus ideas. Volviendo a leer otros trabajos que he escrito antes, me doy cuenta que algunas cosas aparecen de nuevo en Pupilas y creo que crear algo original ahora, tras estos 100 capítulos, será de verdad muy, muy complicado. Con esto quiero decir, Jimena, que dudo realmente que pueda escribir algo original a corto plazo. No digo que NO lo haré, digo que lo considero difícil, porque tengo que terminar mi trabajo y porque estoy "seca de ideas". Pero si algo se me ocurre y tengo el tiempo y los medios, claro que me gustará compartirlo con ustedes :-)
...y finalmente, me sumo al sentir popular: a falta de Albert... ¡qué bueno sería un Tom! : -) (aunque en esta historia de verdad Albert ha metido harto la pata, la verdad sea dicha).
De seguro rompí algún récord respecto a la extensión de mis comentarios post-capítulo. ¡Lo siento! Abrazos.
PCR
