Pues sí, estoy de nuevo aquí, por segunda ocasión XD Eso de ver el capítulo de hoy e ir a una expo de anime dan sus frutos(?). Por ahora lo único que me resta por decir, es que esto se va a descontrolar, que los harem son amor y que Kamui celoso puede ser muy peligroso(?).

Capítulo 50

Gravity

El problema no radicaba en la impetuosa presteza que debían soportar mientras todo a su alrededor era difuso y demasiado caliente. Lo que en verdad representaba un asunto delicado era que desde que emergieron de la tierra no habían dejado de ser perseguidos por numerosas y agiles salamandras que intentaban abalanzárseles con la intención de tragárselos.

Pero a quien intentaban cazar no era una presa fácil. Era veloz y tenía los reflejos necesarios para sortear los embistes y mantener a salvo a quienes llevaba consigo. Esa bestia sabía que debía seguir avanzando y encontrar a quien le había ordenado que buscara a las secuestradas chicas.

—¡Sí, más rápido! ¡Corre más rápido, Mune-chan! —Kagura sentía el viento moviendo su melena. También contemplaba el cielo estrellado y todo lo que estaba pasando en el territorio boscoso que atravesaban.

—¡Esto es demasiado peligroso! —Soyo estaba muy bien sujeta del lomo de Masamune. Temía que alguna de esas criaturas la tomara si se despistaba un poco—. ¡Esto va a ser malo para mi corazón!

—Vamos Soyo-chan, esto es genial. ¡Es como si estuviéramos en el parque de diversiones! ¡Mira cómo todo se está incendiando! —es que se veía tan feliz, tan emocionada. Ella estaba pasándola en grande.

—¡Te recuerdo que si no escapamos a tiempo nosotras también quedaremos del mismo modo!

—¡Mune-chan, vayamos hacia allá! Estoy segura que en ese punto se encuentra Gin-chan y mi papá —señalaba la pelirroja hacia el noroeste. Justo donde las montañas de polvo no dejaban de ser creadas.

—¿Estás segura de que debemos ir hacia allá? —es que el Syx ya había cambiado el rumbo—. L-Lo mejor sería que dejáramos que Mune-chan nos lleve. Su olfato es más confiable.

—Mi instinto nunca me ha fallado —certificó.

—¡¿Y tu instinto te advirtió sobre esas cosas?! —chilló Tokugawa a todo pulmón en cuanto vio esos amarillentos ojos demasiado cerca de su rostro—. ¡Serpientes! —Masamune frenó de golpe, enterrando sus zarpas en la tierra. Un paso más y hubiera recibido una lluvia de mordiscos y una dolorosa muerte.

—Imagina toda la piel que podemos sacar de esas serpientes… Piensa en las carteras, en los zapatos y en las pulseras que podríamos hacer…—Kagura miraba a los ofidios como un potencial de negocios. Su amiga por su lado les observaba con pavor creciente; es que esas cosas eran tan gruesas como los troncos que había a su alrededor.

—¡Mune-chan, tenemos que huir! —pedía la pelinegra. El Syx bufó y dio media vuelta listo para emprender la marcha. No obstante, el tiempo que demoraron en reaccionar fue el suficiente para que más serpientes se regodearan a su alrededor—. Estamos rodeadas.

—Soyo-chan, nuestra muerte va a ser bastante rápida. Ni siquiera sentiremos cuando estemos dentro de sus panzas.

—¡Kagura-chan, no digas esas cosas! —era demasiado joven para morir—. ¡Todavía no he dado mi primer beso!

—Siempre serás recordada como la princesa más virgen y pura de todo Edo.

—¡Eso no me consuela tampoco!

Advirtieron esos dientes largos y acanalados tan cercanos que podían tocarlos. Contemplaron sus rostros en esos amarillentos ojos. Y experimentaron por breves segundos que su vida ya no les pertenecía más. Pero también descubrieron que la suerte no las había abandonado.

Todo lo que alguna vez atentó contra su vida se encontraba sobre el suelo, completamente inerte y destazado en varias secciones.

—¡Rai-chan! —Kagura se movía de un lado a otro como una pequeña lombriz de tierra. Es que hasta estaba llorando de la emoción—. ¡Nos has salvado de ser comida!

—Raiko-san, no sabe el gusto que nos da el verle —confesaba la princesa con unas lagrimillas en sus ojos—. Un poco más y tendrían que habernos sacado de las tripas de esas serpientes.

—Ha sido mera coincidencia el que nos hayamos cruzado —aseguró viendo a ese par de niñas—. Aunque al final lo único que importa es que se encuentren con vida —Masamune dejó sobre el suelo a la pelirroja—. ¿Quién ha sido el que les secuestró?

—Ese maldito traidor —contestó con una mirada de pocos amigos—. Está trabajando con ese grupo llamado Amatsu —sus manos eran libres y lo mismo sus tobillos. Alguien era bueno abriendo cerraduras valiéndose únicamente de un alambre y un poco de técnica—. Esos sujetos son peligrosos.

—Lo vi por mí mismo —miró con cuidado a la Yato. Estaba claro que no podía mantenerse de pie por sí sola—. Irás arriba con tu amiga.

—Ungh…Mi estúpido cuerpo no me responde como quisiera —estuvo a punto de caerse, pero fue evitado por el blondo—. ¿Y los demás? ¿Gin-chan y mi padre? ¿Y mi estúpido hermano?

—Después de que desaparecieron empezamos a ser atacados. Todos nos hemos separado en grupos para suprimir al enemigo —estaba pasando justo lo que se temía—. Ya que las hemos encontrado, le informaré al resto.

—Capitán, deberíamos continuar avanzando. Si nos estancamos demasiado aquí podría ser peligroso —uno de los hombres a cargo de Raiko se acercó para hablar—. Ya vio lo que ocurrió unos kilómetros atrás.

—Y si ya se dieron cuenta de que estas dos chicas escaparon, estoy seguro de que vendrán a recuperarlas —habló un segundo.

—No vamos a retroceder por algo como eso. Así que encárguense de barrer con toda la basura que se cruce en nuestro camino —ordenó pasivamente—. Yo me haré cargo de mantener a salvo a Kagura y a Tokugawa.

¿Cuánta sangre y cuántas vidas habían sido derramadas sobre ese inmenso campo de batalla? ¿Cuántos cadáveres fueron necesarios para llenar de tal verdor y colorido un suelo que estaba decorado lúgubremente con armas y cráneos fragmentados? ¿Qué podía ser lo suficientemente valioso como para requerir la construcción de un castillo de semejante magnitud en medio de tierras tan distantes? ¿A dónde estaba la gloria y ostentosidad de esa abandona edificación?

Ignoraron las altas hierbas y las tonalidades ambarinas de las pequeñas florecillas que despedían una fragancia casi sublime. También pasaron por alto el particular sonido de los cañones. Pero no podían omitir los pares de ojos que les observaban con inquisición y ansias de matarles; esas mismas miradas que se multiplicaban abruptamente.

—No sé si decir si este sitio es bastante relajante o demasiado acojonante —Umibouzu espetaba viendo sus alrededores—. Que mal gusto tiene el que decoró este prado.

—Existen numerosos lugares como estos a lo largo de todo el país —Akmumu tronaba cada uno de sus dedos. Esa era la señal de que debían guardarle distancia o terminarían con un miembro menos—. Y la gente por temor a lo que pueda encontrar aquí, guarda su distancia.

—¿Puedes culparles? Son criaderos de cucarachas… La peor calaña frecuenta estos campos —en ningún momento Eizen retiró su atención en quienes les aguardaban a unos diez metros de distancia—. Pero lo que estoy viendo es mucho más feo que un lunes por la mañana.

—Eso es porque no has visto las gracias de nuestro perro —comentaba Gintoki con esa fiel espada suya recargada sobre su hombro—. Esas cosas sí que son aberraciones naturales… Pero siento que acabar con ellos será mucho peor que recoger la mierda de un hombre frustrado y virgen.

—Te dije que no te comieras esos hongos que te encontraste tirados… Sabía que eran malos…—Shinpachi lo quisiera o no, estaba preparado para la acción—. Supongo que hay suficientes enemigos para cada uno de nosotros.

—Terminaré con todos ellos que no habrá necesidad de que metan sus manos —Kamui estaba inesperadamente más motivado que de costumbre.

—Intenta no matarnos a nosotros también en el proceso… Tal vez deberíamos usar una mascada con un color distintivo para que no nos confundas con esa panda de malvivientes —proponía Abuto.

—Kamui y yo los exterminaremos a todos. De modo que pueden tomar asiento y disfrutar del espectáculo —Narue podría ser irritante, pero al menos sabía respaldar sus palabras cuando de pelear se trataba.

—…Esa insignia…—susurraba Oshin con cierta frialdad—. No cabe duda de que hiciste tu tarea correctamente, Jirou —no había razón para mantener sus dos sables enfundados—. Me pregunto si serán los últimos integrantes que restan.

—Después de tanto tiempo te encuentro al fin, hija de Tentei —el más alto y fornido de todo el escuadrón habló. Era algo como un híbrido entre un Dakini y un ostentoso buey; tan ridículamente musculoso y con un fanatismo por portar dos hachas gemelas—. Tal como lo dijo. Has tomado este camino.

—No tenemos mucho tiempo disponible para hablar. Quizás en otro momento —esos hombres se habían dormido en sus laureles. La persona que menos se esperaban había tomado la iniciativa; había dirigido sus pasos con temida velocidad hacia el que ansiaba atestarle un buen golpe—. Tú debes ser el Almirante de tal infame tripulación.

Las dos hachas se cruzaron formando un escudo lo suficientemente resistente como para soportar el impacto de sus sables. Aunque eso no garantizaba que pudiera resistir la enorme presión que la Yato estaba imprimiendo en su ataque; seguramente el suelo sería el primero en experimentar cómo era empujado hacia abajo, al mismo tiempo que él era obligado a llevar a sus músculos al siguiente nivel.

Pero el breve aturdimiento que experimentó el Amanto le costó demasiado caro. La Yato tenía a su disposición muchos puntos a los cuales dirigir sus estocadas; había tanto que cortar.

—Ungh…¡Maldita seas zorra! —se lanzó de nuevo a la carga aun cuando su miembro superior derecho no era más que un amuleto de la mala fortuna—. ¡Vas a pagar por lo que le hiciste a mi tripulación! ¡El Hokusei va a lamentar haberse metido donde nadie los llamó! ¡Al ataque! —lanzó el grito de guerra a quienes hasta ese momento se limitaron a observar su pelea—. ¡No dejen ni uno solo con vida!

Oshin no tenía que preocuparse por quienes permanecían atrás. Sabía que ninguno de ellos caería; que obtendrían la victoria antes de que siquiera se dieran cuenta de lo estúpidos que fueron con meterse con semejantes monstruos.

—Ten un poco de paciencia. Pronto tomaré tu cabeza como lo hice con tus ocho capitanes —aseguró con una voz tan carente de relieves, con esa bermellón mirada que reflejaba la calma absoluta. Él no detectaba su instinto asesino, ni ningún sentimiento que llevara a alguien a querer tomar la vida de otro. Y eso era sinónimo de peligro.

Su hacha contra el filo de las danzantes espadas que no dejaban ninguna apertura. Su potencia bruta contra la que ella poseía e incrementaba según lo requiriera. Sus respuestas y contraataques lentos contra los de alguien que respondía tan precipitadamente.

Oshin retrocedió, se impulsó en cuestión de segundos, saltando por encima de su objetivo. La caída libre mezclada con un par de eficientes giros, harían de sus dos sables cuchillas eficaces, capaces de cortar un cuerpo por la mitad, como si se tratase de una rebanada de pan.

—Su comandante ha caído —estipuló, agitando sus dos wakizashi para deshacerse del exceso carmesí—. E imagino que no tienen motivos para continuar peleando —frente a ella todavía existía un puñado de enemigos; el resto había perecido a manos de Umibouzu y asociados—. Pero lastimeramente no puedo permitir que se escapen. Es mi deber exterminarlos por completo.

¿Huir? Tal vez alguno de ellos pensó en hacerlo. Sin embargo, su orgullo les obligaba a quedarse y pelear como hombres hasta el final. Aunque lamentablemente su convicción no tuvo la recompensa esperada.

—…Esa panorámica me trae recuerdos. Ninguno de ellos agradable y alentador —mascullaba Gintoki en cuanto miró hacia donde la boticaria había llevado a cabo su combate.

—B-Bueno…No podíamos esperar a que fuera misericordiosa con nuestros enemigos. Y mucho menos ahora que es la Almirante del Hokusei —de ahora Shinpachi cuidaría muy bien sus palabras ante esa mujer.

—Hay que admitir que sus cortes han sido justos y bastante bonitos —Eizen sonreía ladinamente, con cierto entusiasmo—. No ha dejado a ninguno que sea capaz de contar lo que pasó aquí.

—Odio admitirlo, pero es medianamente buena —a Narue no le estaba gustando nada de nada que la boticaria estuviera recibiendo más atención de la que se merecía. Y menos porque su interés amoroso también parecía haberse unido al estúpido club.

—Por eso dicen que de las serias hay que cuidarse —estipulaba Abuto mientras degollaba a su último rival—. No quisiera encontrarme en un callejón oscuro con ella en estado "Bersek".

—Pareciera que sólo cuando se trata de su amada tripulación es capaz de pelear en serio —ese comentario lo esperaba de antemano el castaño; hasta sonrió al oírle decir eso.

—Sé lo que estás pensando, así que ni se te ocurra —le regañó con antelación—. Ella jamás te perdonará si asesinas a cualquiera de su tripulación. Sin importar lo que llegaras a importarle, no lo hará… Te aborrecerá hasta el final de sus días —justo como lo hacía con aquel que nunca llamaría como padre.

—Nunca dije que fuera a hacer algo como eso —eso sí que logró dejar a cuadros a Abuto—. Yo mismo encontraré un modo de hacerla confrontarme en serio.

¡¿De verdad ha dicho que no matará a nadie del Hokusei y que hallará una vía alterna para lograr su objetivo?! —estaba en shock y necesitaría unos minutos para asimilarlo completamente—. ¿Cómo debo interpretar esto? ¿Cómo que se volvió medio cuerdo o como que no le agrada en lo más mínimo la posibilidad de que esa mujer le odie para toda su vida?

—Si mi memoria no me falla, ellos pertenecían al Yadori —hablaba Akumu para el resto de los que ignoraban por completo a quiénes se habían enfrentado—. No eran ni por asomo temidos por el resto de tripulaciones que navegan a lo largo del universo. Sin embargo, para planetas como la Tierra o parecidos, representaba una molesta y temible amenaza.

—¿En qué sentido? —cuestionaba el de gafas.

—El Yadori se había adueñado casi por completo el tráfico de esclavos… Incluso cuando manejaban cualquier especie, sentían una gran inclinación hacia los humanos… Porque eran presas fáciles y a los Amanto les encantaba tenerlos de mascotas —respondió la boticaria sin mirarle. Ella continuaba con su mirada sobre los cuerpos a los que les quitó la oportunidad de un mejor futuro—. Los conocí hace casi diez años, cuando masacraron el lugar en el que crecí —avanzó un par de pasos, justo donde yacía el almirante de tan desagradable agrupación—. No supe quiénes eran hasta varios años atrás… Y cuando eso sucedió comencé a cazarlos… Lo he hecho por casi cinco años y parece que al fin no queda nada de ellos…

—¿Estás satisfecha? —preguntaba Eizen, curioso.

—A medias —sí, porque todavía existía algo más—. Aún falta que termine con quien lo orquestó todo —agregó, con unas pupilas que vibraban ante el indiscutible sentimiento de la venganza—. Pero inevitablemente se cruzará en mi camino… Después de todo, estamos destinados a matarnos mutuamente.

—De modo que la niña que tanto quiere y malcría ese idiota pelirrojo no es más que una asesina en pausa —agregaba con burla el pelado.

—Yo ya era una asesina antes de ser acogida por el Hokusei —mencionó con un tono teñido de mordacidad—. Desde el momento en que mis manos se mancharon con la sangre de todas esas personas, no hubo manera de volver hacia atrás —¿melancolía, arrepentimiento u aborrecimiento? ¿Qué era lo que realmente deseaba trasmitirle con sus palabras? —. Una persona que asesina a otras para proteger a otros, no es un héroe, sino un monstruo… Y un monstruo debe aprender a lidiar con las consecuencias de haber tomado una decisión como tal.

—Aniquilaste a una parte de ti misma para ser capaz de llegar hasta aquí. Solamente así podías sobrevivir sin convertirte en lo que tanto ansiabas exterminar —Akumu era demasiado astuta. A ella no se le iba ningún aspecto por más escondido que se encontrara—. Y te convertirte en un monstruo para salvaguardarles y encarar las despedidas… Eres esa clase de personas que destrozarán su propio limite y creencias para cumplir con su actual código de vida.

—Si continúas actuando tan seriamente, te arrugarás antes de tiempo, Oshin-chan —decía burlonamente Sakata mientras echaba su brazo alrededor del cuello de la mujer—. Deja que sea yo quien se luzca en las batallas y en las palabras inspiradoras que conmuevan los corazones de todos —él había sido un cascarón vacío hasta hace poco, hasta que conoció a Kagura y a Shinpachi, hasta que las molestas personalidades de su ciudad se fueron poco a poco alojando en su corazón. Ella también lo había sido hasta que conoció a su estúpido padre y al Hokusei. Ambos eran demasiado parecidos. Ambos se levantarían las veces que fueran necesarias para cuidar aquello que les había devuelto la calidez y el sentido a sus existencias. Ambos encontraron el mismo significado para fuerza.

—La verdad no me importa que seas tú el que se luzca o suelte los sermones del día —ambas miradas se cruzaron. Extrañamente se observaban con aburrimiento—. No pienso pagarte absolutamente nada por acompañarme en todo esto.

—¡¿Qué?! ¡¿Pero por qué?! ¡Te he escoltado todo este tiempo para que nada malo te suceda! Hasta le he dado un masaje francés a tu bestia…Y con tu bestia me refiero al conejo subdesarrollado ése, porque el otro es más peligroso —exclamó con cabreo. Ahora había pasado a zarandearla como muñeca de trapo. Una pena que ella no se dejara y le diera tremendo puñetazo—…M-Maldita…—alguien estaría fuera de combate por un rato.

—Ese hombre debe aprender a tratar a las mujeres o se quedará solo como perro —señalaba Eizen para quien estaba K.O.

—Si continúas invadiendo su espacio personal, podrías acabar del mismo modo que Sakata —la enmascara lo decía porque aquel samurái se encontraba descaradamente acariciando la cabeza de la boticaria como si fuera una niña pequeña.

—Ella no hará tal cosa.

—¿Ah sí? ¿Por qué? —preguntaron Oshin y Akumu a la par.

—Cuento con un haz infalible —¿qué fue lo que ese hombre le susurró al oído a la Yato? Era un verdadero enigma del que ansiaban conocer la respuesta al precio que fuera.

—¡…! —ese rostro nunca antes estuvo tan rojo como en ese momento. Y es que hasta lucía tremendamente nerviosa, sin muchos deseos de mirar al hombre que le cuchicheó quién sabe qué.

—Eizen, ¿pero qué carajos le has dicho? —la enmascara preguntaba en nombre de muchos de los ahí presentes.

—No tengo problema alguno en decírselos. Siempre y cuando ella quiera.

—¡D-De…! ¡De ninguna manera lo harás! —y es que ya estaba intentando taparle la boca al peli gris.

—De igual modo la oferta está abierta para ti… Siéntete libre de venir conmigo cuando te hayas aburrido de jugar con esos cachorritos —la pelinegra hizo sus manos unos bonitos puños y se giró en sentido contrario al samurái; claramente la vergüenza era más grande que sus deseos de golpearle—. Todo lo que te mencioné está en pie.

—¡Eres un…! —era tan divertido ver cómo ella intentaba cortarlo por la mitad mientras el peli gris se divertía de lo lindo esquivándole y dedicándole una mirada pícara.

—Eizen, te aclaro que ella no es una de esas amantes que te consigues de vez en cuando. Continúa siendo ilegal en este planeta —Akumu, siempre velando por el bienestar de su amigo—. Podrían meterte en prisión.

—Pero fuera de la Tierra es legal. Así que no debería haber problema —agregaba divertidamente.

—Si su padre o Raiko-dono te masacran un poco, no vengas llorando a mí —era el buen momento de quitarse los problemas de encima.

—¿Qué te dije de hacer esta clase de estupideces, ¿eh? —Oshin ni siquiera había terminado de reñirle a Eizen y ya se encontraba bloqueando tan familiar parasol con su mano libre—. ¿Quieres comportarte por un momento?

—Pensé que no te caería mal un poco más de entretenimiento después de todos los Amanto que acabas de matar tan despreocupadamente~ —mientras él sonreía, ella le miraba con muy mala leche. Bastaba decir que hasta había hecho trizas el arma del pelirrojo—. ¿Te has enfadado?

—Voy a arrancarte de nuevo esa trenza, por las malas.

—Es tan fácil provocar a tu capitán —Eizen estaba ya a un lado de Abuto. Parecía divertirse con el espectáculo que se encargó de montar—. A todos le está resultando demasiado obvio lo que pasa entre él y Oshin.

—Menos para él mismo —añadió con cansancio.

—Cuando conocí a Kamui y escuché lo bien que se expresaba Hosen de él, pensé que hablaba de dos sujetos totalmente diferentes… Por un lado tenía a un niño que intentaba hacerse el fuerte y el chulo mientras tenía esa mirada cargada de arrepentimiento que rogaba por volver a casa… Y por otro lado estaba el chiquillo que estaba dejándose llevar por su sangre, persiguiendo un título demasiado absurdo y vacío —la boticaria ya había dejado de seguirle el jueguito al pelirrojo. Y eso puso fin a su pequeño duelo—. Debió de haber puesto más empeño en criar a su hijo —Umibouzu estaba a solo unos cinco pasos de distancia de él.

—Para ser el hijo de ese bueno para nada, eres medio sensato. Aunque tienes su misma lengua suelta y su prepotencia —dijo, bien casual—. No deberías estar intentando seducir las mujeres de otros hombres. Podría costarte algo más que las pelotas.

—Hasta donde tengo entendido, ella no es la mujer de nadie… Ni de su hijo, ni de Raiko —Abuto y Umibouzu veían desde el rabillo del ojo a quien estaba diciéndoles las cosas como eran. Lo admitieran o no, la situación era como él la pintaba.

—De manera que vas en serio —el sexto sentido del castaño se lo había advertido—. Y yo que pensaba que te encontrabas haciendo servicio a la comunidad.

—Se lo reiteré varias veces. Los harem no son buena idea… Siempre hay un momento en que todo se tuerce —hablaba el pelado con seriedad—. Con lo idiota que es mi hijo no podrá competir con las artes de conquista que tu experiencia te ha aportado… Un cazador reconoce a otro cazador cuando lo ve.

—¿Acaso está insinuando que usted es todo un Gigoló? ¿Eso es lo que quiere dar a entender? ¿Por qué se está comparando con un hombre que claramente es mucho más apuesto que usted en sus años mozos? Estoy segura de que su esposa lo eligió porque tenía buen corazón o dinero en alguna cuenta suiza —Narue era tan venenosa cuando se lo proponía—. ¿Quieren dejar de hablar de Oshin como si fuera la gran cosa? Lo único bueno que tiene son ese par de bolas grasosas.

—El tamaño es importante —mencionaba Eizen con normalidad—. Ni muy grandes ni muy chicas. Justo el tamaño perfecto para mí.

—Ciertamente es una parte de la anatomía femenina que no pasa desapercibida —Abuto se unió a la discusión—. Una cordillera es mucho más emocionante que una llanura —omitiría la parte en que su inconsciente le traicionó y trajo a colación la imagen de cierta conflictiva Renho.

—Jamás olvidaré esos buenos años de mi juventud donde ninguna mujer se resistía al atractivo y fuerza del gran Umibouzu —es que si él no se echaba flores a sí mismo, nadie lo haría—. Pero tarde o temprano encontramos una mujer que se resiste a nuestro atractivo y puntos buenos —Kouka, por ejemplo.

—El equilibrio siempre es lo mejor. Es algo que dicta la misma naturaleza —porque Gintoki también se había unido a la conversación—. Puedo decir por experiencia propia que esas gemelas son dignas de ser una buena almohada.

—Los hombres son escoria… Excepto Kamui. Él es un hombre decente.

—Técnicamente es asexual. Por lo que no se considera una respuesta válida —opinión que a Shinpachi le valió ser enterrado bajo tierra por la Yato.

—¡¿Quieres dejar de estar de zorra con todos los hombres que se te acercan?! —la peli verde ya estaba bastante mosqueada, por lo que no dudó en acercarse hasta esos dos—. Ve a buscar a ese samurái traidor y déjenos en paz.

—Si supiera dónde está, con mucho gusto —aseguraba.

—Sigue todo derecho y piérdete —es que hasta ya estaba entre Oshin y Kamui.

—…Una llanura y una cordillera montañosa…—mascullaron los cinco hombres que lo veían todo desde lejitos.

—¡Dejen de estarnos comparando malditos bastardos!

—…Te encontré…

Dos palabras sirvieron de advertencia para lograr que todo el mundo se movilizara, alejándose de lo que indudablemente era una fuente potencial de muerte. ¿Y es que quién esperaría que un objeto tan largo y aparentemente frágil pudiera dejar el suelo en tan precario estado? ¿Qué tan diestro se requería ser para hacer de esas dos curveadas hoces elementos a considerar mientras su dirección y potencia estaban coordinadas a través de la cadena que ese hombre sujetaba con firmeza?

Esa kusarigama doble era tan particular como su portador.

—¡Es ese hombre! El que detuvo el enfrentamiento entre Kamui-san y esas dos —Shinpachi reconocía al enemigo, pero no entendía el motivo que lo había llevado hasta ahí—. E-Espera…Esto quiere decir que…

—Justo lo que has pensado —Bishamon se mantenía totalmente sereno pese a encontrarse prácticamente en medio de todos sus invitados—. Digamos que en un determinado punto, nuestros objetivos se tornaron los mismos.

—Él no es como el resto de enemigos a los que nos hemos estado enfrentando. Él está en un nivel completamente diferente —Umibouzu podía sentir cierta inquietud ante el peli azul. ¿Pero a qué se debía?

—¿Al fin se han dignado en aparecer los peces gordos?

—Sé lo que estás pensando, Kamui. Sin embargo, eres la presa de alguien más —sus carmesí pupilas veían ávidas al pelirrojo. Ansiaba enfrentarle—. Yo he venido a matar mi curiosidad sobre ti…

Pudo ver cómo ese filoso objeto pasó por su mejilla, con una velocidad y poderío que no eran ni por asomo normales. Al mismo tiempo que había logrado escapar apuradamente del agarre de su larga cadena.

Sin embargo, no cesaría. Él continuaría atacándole con mayor insistencia, con mayor celeridad, con las claras intenciones de dejarla por completo a la defensiva. ¿La estaba imposibilitando para responder o tal vez lo que estaba buscando era alejarle de todos los demás?

—Tú disculparás mi rudeza. Pero no me gusta tener polizontes en mis combates, así que tuve que apartarte un poco de ese público tan encantador —Bishamon clavó sus ojos en ella, como lo hacía la serpiente antes de tragarse al ratón—. Me dije a mí mismo que esperaría un poco más para presentarme, pero el que Mikaboshi sea el único que tenga diversión me ha producido cierto sentimiento de incomodidad y envidia —ella no entendía nada de lo que decía. Sin embargo, sabía que su parloteo podría estar escondiendo una verdad mucho más macabra—. Oshin, es un gusto el poder conocerte al fin…—añadió con una sonrisa embebida de una creciente motivación—. Demuéstrame si vale la pena romper las cadenas que te atan con Jirou.