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(¸.•´ (¸.•' ¤ ❀ ❁CAPITULO 48
PARTE III: EL CAUTIVO
Candy...
Dos días sin Terry.
No me puedo creer que hayan pasado ya dos días sin Terry. He hecho mi rutina normal, pero sin él aquí, todo parece diferente. Vacío. Oscuro.
Es como si el sol se hubiera escondido detrás de una nube dejando al mundo en penumbra.
Es de locos. Completamente de locos. Ya he estado sin Terry antes. Cuando estaba en la isla se pasaba mucho tiempo de viaje. De hecho, pasó más tiempo fuera de la isla que en ella, y yo me las apañaba como podía para seguir con mi vida. Pero esta vez tengo que luchar continuamente contra un sentimiento de inquietud, de ansiedad, que se incrementa cada hora que pasa.
—No sé qué me pasa —digo a Rosa durante nuestro paseo matutino—. He vivido dieciocho años sin él y ahora, de repente, ¿ni siquiera puedo aguantar dos días?
Me sonríe.
—Claro. Sois inseparables, no me sorprende en absoluto. Nunca había visto a una pareja así de enamorada.
Suspiro y niego con la cabeza con desazón. A pesar de no parecer sentimental, Rosa tiene un inmenso lado romántico. Hace un par de semanas le confié mi secreto de cómo nos conocimos Terry y yo y de mi estancia en la isla. Es verdad que la historia la impactó, pero no tanto como me hubiera impactado a mí si hubiera estado en su lugar. De hecho, parecía pensar que todo era más bien poético.
—Te secuestró porque no podía vivir sin ti —dice vagamente cuando intento explicarle por qué a veces me reservo con Terry—. Es como las historias que lees en los libros o en ves en las películas... —Me quedo mirándola perpleja, casi sin creer lo que oyen mis oídos. Después añade con tristeza—Ojalá alguien me quisiera lo suficiente como para secuestrarme.
O sea que, efectivamente, Rosa no es la persona más indicada para hacerme entrar en razón. Piensa que la causa de que me deprima cuando no está Terry es el resultado natural de nuestra gran historia de amor en lugar de algo que, más bien, requiere ayuda psiquiátrica.
Claro que Ana tampoco sirve de gran ayuda.
—Es normal que eches de menos a tu marido —dice el ama de llaves mientras hago esfuerzos por comerme la cena—.Estoy segura de que Terry también te echa de menos.
—No sé, Ana —digo dudando y dando vueltas al arroz en el plato—. No he sabido nada de él a lo largo del día. Respondió a mi correo ayer, pero le he mandado dos hoy, y nada.
Creo que esto es lo que más me enfada. O bien a Terry le da igual que yo esté preocupada o bien está superocupado luchando contra terroristas. Ambas cosas me revuelven el estómago.
—Igual está volando a algún lado —razona Ana y se lleva mi plato—. O igual está en algún sitio sin cobertura. De verdad, no deberías preocuparte. Conozco a Terry y sé que puede cuidarse él solito.
—Seguro que sí, pero sigue siendo humano. Puede haber muerto de un disparo o de una bomba inesperada.
—Lo sé, Candy —dice Ana con voz tierna, acariciándome el brazo. En el fondo de sus ojos marrones veo que ella también está preocupada—. Lo sé. Pero no puedo dejar que pienses esas cosas tan terribles. Seguro que tienes noticias de él dentro de unas horas. Como mucho, mañana por la mañana.
Me duermo a ratos, me despierto cada par de horas para mirar el correo y el móvil. Por la mañana, aún no hay noticias de Terry. Me levanto cansada, medio dormida, pero resuelta: si Terry no me va a escribir, tendré que apañármelas sola.
Lo primero que hago es localizar a Peter Sokolov. Cuando lo encuentro, está hablando con unos guardias a lo lejos, al final de la finca, y parece sorprenderse cuando me acerco para hablar con él en privado. No obstante, acepta sin problemas.
En cuanto nos alejamos y ya no nos oyen, le pregunto:
—¿Sabe algo de Terry? —Aún encuentro a este tipo ruso algo intimidante, pero es la única persona que puede saber algo.
—No —dice con su fuerte acento ruso—. No desde que su avión despegó de Moscú ayer.
Noto la tensión en su mirada cuando habla. Me pongo histérica al darme cuenta de que Peter también está preocupado.
—Deberían haber informado de su llegada, ¿no es así?—digo mientras observo sus atractivos rasgos exóticos. Siento como si no pudiera coger aire—. Algo ha ido mal, ¿verdad?
—No podemos darlo por seguro todavía. —Se esfuerza en hablar en un tono neutro—. Puede que no hayan respondido a nuestras llamadas por motivos de seguridad, porque no quieran que intercepten sus comunicaciones.
—Eso no te lo crees ni tú.
—Es poco probable —admite. Me clava los ojos grises en la cara—. No es el procedimiento habitual en este tipo de casos.
—Ya, claro.
Intentando luchar lo mejor posible contra las ganas de vomitar que se adueñan de mí, le pregunto:
—Entonces, ¿cuál es el plan B? ¿Enviareis a un equipo de rescate? ¿Tenéis a más hombres de apoyo que enviar?
Peter niega con la cabeza:
—No podemos hacer nada hasta que no sepamos más—explica—. Ya me las he arreglado para recibir información de Rusia y Tayikistán. Pronto sabremos algo más de lo que ha pasado. Hasta el momento, solo sabemos que su avión despegó en Moscú sin problemas.
—¿Cuándo crees que recibirás información de sus fuentes?—Intento que no cunda el pánico, pero aun así se me nota en la voz—. ¿Hoy? ¿Mañana?
—No lo sé, señora Graham —dice. Veo un ápice de compasión en sus ojos despiadados—. Podría ser en cualquier momento. En cuanto sepa algo, se lo haré saber.
—Gracias, Peter —digo, y sin saber qué más hacer, regreso a casa.
Las siguientes seis horas se hacen eternas. Me paseo por la casa de habitación en habitación, sin ser capaz de centrar mi atención en ninguna actividad. Cuando me siento a estudiar o a intentar pintar, se me pasan por la cabeza decenas de situaciones posibles, a cada cual más terrible que la anterior. Quiero asumir que todo va a salir bien, que el avión de Terry desapareció del mapa por alguna razón inofensiva. Pero no me lo creo ni yo.
El mundo en que vivimos Terry y yo no es de cuento de hadas, sino de una realidad atroz.
Aunque Ana me ha ofrecido de todo, desde bistec hasta postre, no he podido probar bocado en todo el día. Para que se quedara tranquila, le he dado unos bocaditos a una papaya a la hora de comer, y he reanudado mi paseo sin rumbo por la casa.
A primera hora de la tarde, la ansiedad me revuelve el vientre. Tengo un martilleo en la cabeza y el estómago parece que se comiera a sí mismo, como si los ácidos lo hubieran perforado.
—Vamos a bañarnos en la piscina —sugiere Rosa cuando me encuentra en la biblioteca. Le percibo la preocupación en la cara y sé que probablemente haya sido Ana quién la haya enviado para distraerme. Rosa normalmente está muy ocupada con sus tareas como para hacer un descanso en mitad del día. Pero, obviamente, hoy ha hecho una excepción.
Lo último que me apetece hacer es nadar, pero acepto su invitación. Tener la compañía de Rosa es mejor que volverme loca de preocupación.
Al salir juntas de la biblioteca, veo que Peter viene en nuestra dirección. Tiene una cara de preocupación inmensa.
Se me para el corazón por un instante y, al momento, empieza a retumbar en el pecho.
—¿Qué sucede? —Casi no puedo articular palabra—. ¿Se sabe algo?
—El avión se estrelló en Tayikistán, a unas doscientas millas de la frontera —dice con voz apagada—. Parece que hubo un problema de comunicación y el ejército militar de Uzbekistán los derribó.
De repente, la oscuridad me nubla la vista.
—¿Cómo que los derribó? —La voz me suena como si estuviera en la distancia, como si esas palabras pertenecieran a otra persona. Casi ni noto el brazo de Rosa en mi espalda, que intenta serenarme. De todas formas, sentir su contacto no ayuda a calmar el escalofrío que me recorre el cuerpo.
—Ahora mismo estamos buscando los restos —dice Peter, casi con afecto—. Lo siento, señora Graham, pero dudo que hayan sobrevivido.
CONTINUARA
