52.
Cuando me paro delante del hospital universitario me miran un poco raro, creo que no esperaban que los trajera aquí, pero lo cierto es que quiero darle a Rose algo que creo que va a disfrutar.
Yo: vamos a visitar a Leah. Hace prácticas aquí, y este mes le toca estar rotando en un área muy especial. Seguidme. Por cierto, os voy a bloquear el olfato un buen rato, así nos ahorramos el olor a antisépticos- paro delante de la máquina de cafés y le saco uno a cada uno- cogedlos con ambas manos, Leah os los quitara en cuanto os vea – es una de las adicciones en casa junto al chocolate. Probablemente nos saldría rentable invertir en alguna fábrica
Me siguen en silencio y sus caras solo van volviéndose aún más raras cuando ven por los carteles que vamos a la sección de nonatos. Mientras tanto, yo voy chateando con Leah que aparece al final del pasillo.
Leah: hola, llegáis justo a tiempo. La supervisora se ha ido y no va a volver durante un par de horas
Saco de mi bolso dos pares de extrañas pulseras, que solo sirven para que me miren más raro si es posible por lo que les aclaro, mientras que les ayudo a ponérselas: se trata en realidad de sensores, y servirán para avisarnos de cuando vuestra temperatura es demasiado baja. Vamos, es hora de la cena para unos cuantos peques.
Entramos en el nido donde están los bebes. Mientras mis acompañantes hacen una gran imitación de estatuas de mármol retiro mi escudo del olfato para tomarle el pulso a la situación, y cuando consigo un equilibrio para que el olor de los bebes no sea saturador les aviso: voy a retirar parcialmente el escudo del olfato – y ante sus jadeos y pánico pintado en sus rostros- los otros seguirán en su sitio, no hace falta que nadie se desmaye – funciona porque parece que se calman un poco
Los voy dejando oler y les doy unos segundos para que se adapten:¿va todo bien?
Los dos asienten, y casi me dan ganas de reír, desde que hemos entrado en el hospital están mudos. Leah me ahorra decir alguna tontería y aparece con un par de biberones. Les planta uno junto a cada uno de ellos mientras se encamina a coger el primer bebe. Se vuelve hacia Rose quien se ha quedado otra vez de piedra.
Me situó a su lado para darle ánimos: Rose, tú puedes hacerlo, no voy a dejar que nada malo ocurra, te lo prometo
Rose no parece todavía del todo convencida por lo que Leah: soy una quiloute y enfermera durante más de media vida, ¿crees que te dejaría hacer esto si tuviera alguna duda?
Eso parece espolear a Rose que se anima a coger al bebe como si fuera de cristal: Rose, no puedes romperlo te lo prometo, lo tengo totalmente protegido
Rose que esta con cara de asombro y felicidad y que es incapaz de apartar la mirada del bebe en sus brazos: pero puedo sentirlo…
Yo: lo sé, si no, no te habría puesto los sensores, recuerdas?
Parece que solo Em pilla parte de la ironía de mis palabras, pero tampoco mucho porque esta embobado viendo a su mujer. Leah aprovecha que Rose esta ya centrada para ponerle el bebieron en la mano y enseñarle como debe darle de comer. Y cuando la maniobra está controlada llega el momento de poner a Emmet a trabajar.
Su cara de susto inicial es un poema, pero se recompone rápidamente y en breves instantes con el minúsculo bebe en sus brazos me recuerda a un enorme oso de peluche achuchale, tal es su expresión de felicidad.
Los siguientes minutos parece que pasan en una dimensión paralela para estos dos. Solo tienen ojos para ellos mismos y sus bebes. Solo cuando uno de los sensores vibra parece que vuelven un poco al mundo real, pero solo tienen que cambiar de brazos, ya que la mano que sostenía el biberón esta templada para seguir sosteniendo a los bebes
Así entre los dos dan de comer a los siete bebes que toman biberón, hay tres más pero no lo necesitan, y mientras Leah, que hace rato se ha terminado los dos cafés, se ocupa de ir aseando a los otros para luego llevarlos de vuelta con sus padres.
Para mí es suficiente con observarles, como le dijera a Rose, los bebes me parecen muy majos, pero no son lo mío. Cuando se lleva al último es nuestra señal para irnos, pero no llego muy lejos, porque nada más salir al pasillo me veo envuelta entre dos pares de brazos que si fuera humana me habrían asfixiado
Gracias, gracias, gracias… los dos lo repiten como si fuera un mantra y lo único que puedo hacer es devolverles el abrazo: de nada…
Movemos cuando se han recuperado y abandonamos el hospital. Nos despedimos con la promesa de vernos dos días más tarde, vendrán a nuestra casa, e invitarles a repetir la tarde de hoy siempre que quieran.
