LXX

Meg, tenia la respiración acelerada, como si hubiera corrido una milla. Pero tenía otra fiesta en la que cantar, y no podía perder el tiempo pensando en Claudia Augusta.

Aunque fuera una cantante de éxito, seguía siendo una esclava. No podía irse a casa a rechinar los dientes o abrazar a su pequeña. Tenía que tocar y sonreír para los clientes de Gayo.

A veces, resultaba tan doloroso como las tortas o los golpes en los días que hacía de sombra Claudia.

Ha sido una velada preciosa, Paulino– Bostezo Claudia mientras bajaban de la litera.–¿Quieres tomar algo antes de regresar al cuartel?

Gracias, pero tengo que irme.

Como quieras.

La casa estaba a oscuras y en silencio. Los esclavos se habían acostado ya.

Del atrio llegaba el aroma a jazmín en el calor de la noche veraniega. Paulino acompaño a Claudia a dentro.

Se dio cuenta, que Claudia se había dejado el chal de seda en la litera.

Cuando regreso dentro de la casa, Claudia no estaba. Cruzo el recibidor y la biblioteca. Al pasar junto a la última habitación, en el dormitorio de Claudia, la puerta se abrió. Se acercó a cerrarla, y se detuvo.

Claudia se encontraba junto a la cama, de espaldas a la puerta. Sobre la mesilla había puesto el collar de zafiros. Su cabello era un manto rubio que le caía por la espalda.

Nunca se había fijado en el pelo tan bonito que tenía.

Claudia se estiro y la luz de la lámpara solitaria iluminó sus brazos blancos. Su camisón de seda azul resbalaba por un hombro y con un ligero movimiento de la espalda cayó del otro y se bajó hasta el suelo.

Paulino cerró la puerta y los ojos. Retrocedió un paso y tropezó con un jarrón.

Se lanzó para evitar que cayera y golpeó una estatua de Afrodita que se rompió con un gran estruendo. Echó a correr por el pasillo, dejando el chal en el suelo.

Al día siguiente, Paulino fue a ver a Claudia.

Era lo más correcto. ¿Acaso César no le había pedido que la cuidara? Estaba cumpliendo órdenes.

¡Paulino!– Le recibió Claudia, ofreciéndole la mano– ¿ A qué debo este honor?

Llevaba puesta una túnica de seda verde y adornaba su frente y su mano con dos enormes perlas. Paulino, sobrecogido ante tanta belleza, solo fue capaz de balbucear.

¿ Estás nervioso?– Le preguntó Claudia mientras le conducía al atrio, donde se hundió en los cojines de su lecho – ¿ Por qué?,¿ Vas a Visitar esa cantante?– Le pregunto Claudia seria.

No– Contestó, sonrojándose.– Es que..

La verdad, no sé qué le has visto– Dijo ella, y lo invito a sentarse. – Hace años, era mi esclava.

Pero… me dijiste que no la conocías.

Te mentí.– Confeso Claudia después de pedir vino y algo de comer. – Desde entonces ha mejorado mucho, pero sigue siendo la misma putita de siempre.¿ Vino?

Oh, gracias– Paulino observó a Claudia que se inclinaba para servir la copa.

No se imaginaba que esas palabras pudieran salir de la delicada boca de Claudia.

Pues si– Añadió Claudia, y descansó su pálido brazo en los cojines– Se acostaba con todos los hombres, sobre todo con los Gladiadores.

Paulino pensaba, ¿en cómo había acabado en aquella conversación? No era lo más apropiado pensaba.

A Claudia se le curvo una sonrisa.

Unas cuantas miradas, del mismo modo que te dio a ti…– Dijo Claudia, apoyando la barbilla en la palma de la mano.

Paulino contemplaba a Claudia. Su penetrante perfume de almizcle inundaba su olfato. Claudia acarició su rodilla, y Paulino se levantó dando un respingón.

Tengo que irme– Dijo

Claudia ladeó la cabeza y lo miró con sus tranquilos ojos.

¿ Te toca guardia?– Preguntó, ya sin el tono áspero en su voz– Que pena…

Paulino le beso la mano y se retiro.

Paulino se marchó de Brundisium a finales de octubre, le explico Atia a Meg.

Estuvieron hablando que llevaba un tiempo distante y preocupado. Igual tenía problemas con su familia; teniendo también Claudia cerca.

Atia, también le preocupaba otros asuntos.

Algunos tribunos pujaban para que Meg fuera su compañera e importunaban a Gayo por ello.

Eres una música, niña– Le decía– Una artista. Deberías tener audiencia, no Clientes.

No había pasado mucho tiempo desde que se dedicaba a la prostitución, y conocía perfectamente la diferencia entre un pretendiente y un Cliente.

Y a la audiencia no podía elegirla, pero si a los hombres que la cortejaban, y eso ya era algo. Los esclavos se tenían que aprovechar de las pocas posibilidades de elegir que les daba la vida.

¿ Que hay de malo en entretener a un joven oficial de vez en cuando?– Dijo Meg.

Nada, pero solo lo haces cuando te ofrecen regalos caros– Le dijo Atia.

Tengo a una criatura que mantener– Respondió Meg enfadada.

Pero esas cosas puedes ganarte una mala reputación– Atia suspiro.– Eres esclava, pero eso significa que no puedas casarte algún día– le explico Atia.

No tengo intención de casarme.

La ley no daba mucho valor a los matrimonios entre esclavos. Se podía llegar a respetar a unos esposos cuando moría su amo, y no volvieran a verse.

¡Qué cínica eres, hija!– Dijo Atia mirándola.

Lo soy.

Meg, se arrepintió del ataque de rencor. A veces no le apetecía cantar para los amigos de Gayo, solo quería tumbarse a leer un libro o dar un paseo con su hija como cualquier madre.

Bueno, igual es mejor que no quisieras casarte– Comento Atia con una sonrisa– No me imagino un hombre teniendo paciencia con tu hija, es de armas tomar.

Su hija ya tenia cinco años, pero a un le resultaba doloroso los recuerdos.

Ahora eran unas pinzas frías que, en lugar de desgarrarle, solo pellizcaban.

Todo por culpa de los recuerdos, pensaba, molesta, apartando la mirada de Atia. No se borraban ni un poquito, todavía recordaba el tacto de sus manos; besándola; Hercules cubierto de sangre y tembloroso en la arena; sorprendiéndola con una sonrisa profunda y breve.

Durante los primeros días que paso en la costa, la única obsesión era hacerle llegar un mensaje a Roma. " Estoy en Brundisium." " Sácame de aquí".

Pero en aquella época Meg, no tenía dinero ni para escribir una carta. Más tarde, cuando reunió unas monedas y pudo enviarle una , no recibió respuesta.

Tras semanas de espera y desaliento, no llegó nada, y el lanista no tenía motivos para pasarle una carta suya…¿ De que le sorprendía? Su lanista controlaba toda su correspondencia. Meg era la culpable de que su mejor gladiador se hubiera vuelto vulnerable.

Seguramente le habría roto la carta…

Meg, no volvió a escribir.¿ De qué serviría? Aunque algunas cartas llegaran Hercules, no podría venir. Meg jamás iría a Roma, por que Gayo odiaba la ciudad.

Olvídalo, oraba a los dioses todas las noches, hasta hoy en día.– Dioses, ayudarme a olvidarlo. Así será todo más fácil. Es mejor olvidar y acabar con el sufrimiento. Y todas esas noches esa voz que le decía: " No, no lo olvidaras nunca… lo sabrás todo de él, hasta lo más profundo de su alma. No podrás tenerlo, pero lo recordaras. Tendrás los recuerdos, tendrás a tu hija y te ara recordar…

Meg lloraba desconsoladamente.