Ranma ½ no me pertenece.

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Advertencia: Hoy no se me ocurrió nada de lo que quejarme. La vida está llena de peligrosas situaciones, pero las ignoraré, me meteré bajo las mantas y descansaré temprano, para variar. ¿Quién me apoya?

Disfruten del capítulo de hoy y, advertencia, no pasen frío.

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Fantasy Fiction Estudios presenta:

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El amor no se esconde. El amor actúa.

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S & S Detectives

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Por el futuro de una nación

Parte 35

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El señor Torii, padre de Nodoka, había desmejorado mucho en los últimos años desde la última vez que estuvo frente a su hija. La señora Torii tampoco estaba mejor, con las marcas de la edad surcando su rostro pálido y ojeroso, como si durante todo ese tiempo hubiera estado enferma. Ambos se encontraban en silencio frente a una taza de té que Nodoka, a pesar de haber llegado como una visita inesperada, les sirvió con atención. Una pequeña bandeja de madera estaba en el centro de la mesa, con deliciosos y también delicados dulces wagashi, con la forma de pequeños copos de nieve adornados con pétalos de sakura, que Nodoka había preparado con sus propias manos para agasajar a sus padres.

La joven Nodoka Saotome también había cambiado mucho en esos últimos años. Sus padres la examinaban atentamente. Había dejado atrás la figura enclenque de adolescente tímida y sin carácter. Ahora era una joven mujer de cuerpo firme, espalda erguida, elegantes gestos, cabeza en alto y mirada directa, ataviada con un elegante y costoso kimono de seda y un peinado que ensalzaba su nuevo nivel de vida.

La señora Torii temió. Jamás nadie, siquiera ella, había mirado a los ojos a su marido sin tener que bajar la cabeza, pero su hija lo hacía en ese momento, y con una sonrisa cordial que demostraba en realidad toda su intensa fuerza y desafío.

Al lado de su hija estaba su nieto. La señora Torii no podía expresar su emoción por verlo en ese momento, debía mantener la compostura. Aún así, ese niño de apenas ocho o nueve años tenía el orgullo, la belleza y, aunque más agresivo, también contaba con rasgos de elegancia en su porte que eran reflejo de la gracia que emanaba Nodoka. Su hija había crecido, su nieto más, ambos eran personas excepcionales. Se cubrió con la manga disimulando, mientras aunó sus fuerzas para contener la emoción que la inundaba.

Ella jamás creyó volverlos a ver con vida y estaba agradecida a su señora Amaterasu por tal bendición. Lamentablemente, su esposo, el señor Torii, de espalda ancha y cuerpo recio, con su yukata negro y formal, no parecía igual de contento.

—¿Qué haces aquí? —preguntó el señor Torii sin rodeos.

La voz ronca y potente, siempre amenazante, de su padre era tal como Nodoka la recordaba. Pensaba en cómo le había temido en el pasado, y lo sorprendida que estuvo cuando fue su padre el que aceptó que Genma la cortejara. Sin embargo, en lugar de alegrarla, durante los días en que fue preparado su matrimonio, la hizo sentir como si ella estuviera obligada a casarse, tanto como si hubiera cometido alguna deshonra a pesar de que siempre fue inocente y se casaba por amor, o por un amor engañado, eso ya no tenía importancia. De alguna manera su padre siempre conseguía que todo lo que hiciera se viera mal, o se sintiera peor, con culpa, por no satisfacer sus expectativas.

En ese momento no se cuestionó la extraña ambigüedad del actuar de su padre, en que aprobaba su matrimonio, lo apresuraba y a la vez le desagradaba por haber escogido a tan mal hombre. ¿Entonces por qué lo permitió en primer lugar? Ahora sabía la verdad, toda la verdad, y eso la tranquilizaba. Todo lo que su padre quería era que ella se alejara de esa casa, desapareciera, formara un hogar borrando del todo su pasado y su vínculo con su familia, y con los Okami.

Su padre había querido salvarle la vida cuando los Okami tenían un precio sobre su cabeza por haber traicionado a Amaterasu. Su padre, a su manera brusca y poco expresiva, la amaba. Quizás adivinó que al casarla con Genma Saotome la estaría condenando al sufrimiento, pero prefirió ese riesgo antes que dejarla morir.

Los rostros agotados y dolidos de ese par de ancianos le indicaron a Nodoka todo lo que habían sufrido, esperando día tras día a que su ejecutor llegara a la puerta de su casa para acabar con sus vidas, y así terminar con los últimos sobrevivientes del clan Okami, guardando las esperanzas de que su hija se mantuviera con vida al ya no pertenecer a ellos.

Por eso le ocultaron los secretos, aunque estuvieron en desacuerdo con la traición hacia Amaterasu, nunca dejaron al clan. Siempre la mantuvieron alejada de la verdad. No querían que ella fuera parte de los Okami cuando la ira de Amaterasu se levantara en su contra, como sucedió años atrás, exterminándolos a todos.

Habían roto todo vínculo, negándole a ella todo contacto. Nodoka creyó erróneamente en ese tiempo que se había tratado de un desprecio por no aprobar a su esposo y su deshonrosa manera de vivir.

Estaba tan equivocada. Lo que creía que era odio en realidad era un acto de amor. Los padres siempre son incomprendidos por sus hijos, cometen errores como todo ser humano, pero su amor es sincero y va más allá del sacrificio.

Nodoka bebió un poco de té, con calma, sonriendo como lo sabía hacer tras sus años viviendo en casa de la señora Jimbo, siendo educada como una maiko en todo tipo de artes útiles como otras más secretas. Bajó la taza.

—Padre, madre, les presento a su nieto, Ranma Saotome —dijo Nodoka con una pequeña reverencia.

Ranma miró a su madre, esta asintió. Entonces el niño también hizo una reverencia casi rozando con la frente la mesa y se enderezó mirando con curiosidad a los ancianos.

—¿Qué haces aquí? —repitió su padre con brusquedad—. No recuerdo haberte invitado.

La señora Torii, tras la alegría inicial, miró a su esposo como si suplicara su clemencia. Ella todo lo que quería era abrazar a su hija y a su nieto. ¿No podía ser siquiera un poco indulgente por una vez?

—¡Qué viejo más cascarrabias! —se quejó el niño Ranma, rascándose la cabeza.

Nodoka se sintió descolocada ante la forma de actuar de su hijo, perdiendo la compostura un momento.

—Ra-Ranma, esa no es manera de…

—Él empezó, mamá —respondió el niño sin siquiera mostrar arrepentimiento—, desde que llegamos se la ha pasado refunfuñando. No me agrada.

El señor Torii gruñó bajo su barba abultada que endurecía sus facciones.

—Pequeño insolente —dijo el anciano, irguiendo el cuerpo con orgullo—. ¿Cómo te atreves a levantar la voz contra tus mayores?

—Yo hablo como quiero —dijo Ranma, también enderezándose para no ser menos, sin siquiera amedrentarse.

Ambos, niño y viejo, se miraron directamente a los ojos, que compartían, de un característico color azul, calmados pero ocultando un poderoso orgullo como el océano.

Nodoka y la señora Torii se mostraron igual de sorprendidas. Las dos habían temido siempre al señor Torii, incluso Nodoka, sintiéndose más fuerte que nunca, no podía dejar de tenerle respeto y recordar cómo esa voz la hacía temblar en el pasado. Pero su hijo demostró un valor en que siquiera le importaba la presencia y aparente fuerza de su abuelo, sacando a relucir su orgullo.

«Son idénticos», pensaron madre e hija, suspirando con pesar y sorpresa.

—Escúchame bien cuando te hablo, pequeño renacuajo —levantó la voz el señor Torii—, jamás nadie se había atrevido a faltarme así el respeto.

El pequeño Ranma no le sacó la mirada, cruzó los brazos y le sacó la lengua.

—No te tengo miedo —dijo.

—Deberías.

—No.

El anciano alzó una de sus pobladas cejas. El niño lo imitó, de manera cómica, forzando su ceja a moverse.

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La señora Torii se sirvió un poco de té. Ranma jugaba en el jardín con un boken, una espada de práctica de madera, de las muchas que había en el dojo. El señor Torii miraba hacia el jardín, los movimientos ingenuos del niño. Se veía que tenía algún nivel de entrenamiento, pero no en kendo, y mentalmente lo corregía, ya pensando casi por costumbre de qué manera instruirlo. Pero eso sería imposible, porque seguramente no lo volvería a ver tras ese día.

—Necesita disciplina, esas artes marciales que práctica no lo ayudan, requiere un maestro que lo sepa contener y que le enseñe el camino del honor y la obediencia, cualidades necesarias en un hombre viril y valiente, presto a la acción y al sacrificio —se quejó el anciano señor Torii, moviendo su abultado bigote. Sus ojos azules centellearon—. Nunca en mi vida me sentí tan ofendido, ¡debería haberlo golpeado!

—Padre, no puedes tocar a mi hijo —dijo Nodoka, con los ojos cerrados bebiendo su té—. Es mi deber disciplinarlo.

—Muy mal lo haces entonces, siempre fuiste una tonta para estas cosas. Las mujeres son muy débiles de carácter.

—Y usted siempre fue un bruto que no ha aprendido a apreciar el corazón de su hija ni mucho menos el de su esposa —replicó sin alterarse.

El señor Torii se puso rojo de la indignación.

—¿Tú también, Nodoka?

Nodoka abrió los ojos y lo miró, también desafiándolo.

—Padre, no ha sido honorable su decisión de mentirme todo este tiempo. Si usted sabía que Genma Saotome no era un hombre calificado para mí, debió decírmelo.

El señor Torii guardó silencio. Su esposa respondió en su lugar.

—Eso es un poco duro de tu parte, Nodoka —dijo en tono conciliador—, después de todo tú fuiste la que escogió a ese hombre. Nosotros solo complacimos tus deseos, ¿y nos culpas a nosotros de tener dificultades con él?

—¿Dificultades? —Nodoka suspiró—. Hace años que vivimos separados.

—¡¿Cómo?! —exclamó el señor Torii y su mano se cerró temblando, como si quisiera abofetearla—. El divorcio no está tolerado en nuestra familia, y lo sabes, Nodoka.

—Ni siquiera sé si estoy casada realmente —respondió ella con calma.

Ante el asombro de sus padres, Nodoka les contó todo lo sucedido tras la boda, la vida que tuvo, las deudas, el abandono de Genma llevándose a Ranma, su vida posterior en soledad, el ataque del que fue víctima, el trato con los yakuzas y finalmente la aparición de la policía que le reveló la realidad sobre su esposo. Ante el silencio sepulcral de sus padres, en especial del señor Torii que parecía compungido, con los labios abiertos y la mirada vacía observando a su pequeña hija, tan elegante, sin imaginar la vida que había tenido, ella continuó.

El relato se tornó más oscuro, pues para sorpresa de ellos les contó cómo esa niña, apenas una mujer, se decidió a viajar para recuperar a su hijo. Les contó lo sucedido en Kioto, luego la aparición del misterioso hombre con katana. Esperó un momento para ver la reacción de sus padres cuando pronunció su nombre con claridad.

—Takamori Saigo me salvó y viajó conmigo durante dos años buscando a Ranma.

—¡Por Kami-sama! —exclamó su madre.

El señor Torii se llevó una mano al rostro.

—Hija, ¿te hizo algo? ¿Te amenazó? ¿Estás bien? —preguntó su madre que corrió a su lado de la mesa para abrazarla y tomar sus manos.

—Él… te encontró —murmuró el anciano, sintiendo el peso del mundo sobre sus hombros—. Todo fue en vano, tu matrimonio con ese miserable de Genma, todo fue en vano.

—Esposo mío…

—¡Todo fue en vano! —el anciano señor Torii se cubrió con ambas manos las lágrimas de dolor y vergüenza—. Todo el dolor para nada…

—Padre, madre, no teman. Estoy viva y bastante bien, ¿es que no me ven con sus ojos?

—Nodoka… —la señora Torii se quedó sin palabras. Su hija estrechó sus manos con ternura.

—Lo sé todo, la razón por la que permitieron mi matrimonio y también por la que me alejaron de ustedes. Pero deben saber que nada malo les sucederá. El señor Saigo no los lastimará, como tampoco lo hizo conmigo.

Nodoka les contó el resto de la historia, omitiendo convenientemente sus sentimientos, y cómo al final fue Takamori Saigo el que le contó toda la verdad sobre su historia y el exterminio de los Okami.

—¿Es verdad? —preguntó Nodoka.

Su madre iba a responder, pero el señor Torii se le adelantó.

—Es verdad, Nodoka, todo es verdad —dijo con el dolor quebrándole la voz—. Los Okami traicionamos a nuestra señora Amaterasu, creyendo a voces disidentes dentro de los diferentes clanes. Ellos decían que la diosa nos manipulaba, que no era un ser divino, sino una criatura ancestral, un primario…

—«Primigenio» —corrigió la señora Torii.

—Eso, primi-lo-que-sea, y terminaron asociándose a otros grupos secretos, más políticos.

—El Ishin Shishi —dijo Nodoka—. Los conozco —explicó ante la sorpresa de sus padres.

Nodoka les contó lo que sabía y lo que sucedió al final con Takamori Saigo, y la sorpresa y el dolor de sus padres fueron en aumento, porque pudieron también adivinar el secreto sufrimiento de su hija por culpa de ese hombre, que a pesar de los años, no había menguado, en especial por el resplandor que aparecía en los ojos de Nodoka cada vez que se refería a él.

—Lo siento, Nodoka, todo ha sido mi culpa, la culpa de los Okami. Este no debió ser tu destino —dijo su padre.

—Querido, no es necesario que se lo digas, ya no.

—Lo es, Kioko, ella debe saberlo todo.

—¿Saber qué, padre? —Nodoka se sintió confundida—. ¿Madre?

Sus padres se miraron antes de responder.

—En los Okami, los matrimonios eran únicamente entre los miembros, para mantener el secreto dentro de las familias. El tuyo ya estaba arreglado desde tu infancia, sería con un joven que… —el señor Torii se detuvo. La expresión en los ojos de su hija le dio a entender que ya no era necesario decir más—. Lo siento, Nodoka, de verdad lo siento.

El rostro de Nodoka palideció, sus ojos oscurecieron y sus manos temblaron con fuerza, siendo sostenidas por las de su madre que se mantuvo siempre a su lado. No, no era culpa de sus padres, ni del destino. Toda la culpa había sido de ella, porque tenían razón, fue su elección no haberlo esperado. ¿Qué importaba si los Okami desaparecían por orden de Amaterasu? Nada, no importaba nada, porque de alguna manera el destino se hubiera cumplido para ella… para ambos. Pero ella al casarse con Genma Saotome, en un acto de resentimiento, celos y estupidez, dejándose engañar como una tonta, había escrito un nuevo destino, uno que no solo influyó en ella, sino también en su hijo Ranma.

Gimoteó débilmente. Alzó el rostro y las lágrimas cayeron por sus mejillas. Pero su rostro seguía estando firme y calmado, resignado.

—Ya veo —dijo, apenas un susurro.

Miró hacia el jardín, donde Ranma seguía jugando con el boken, tratando de darle a los dientes de león que volaban bajo un esplendoroso sol.

—Nodoka —dijo su madre, en un tono bajo y solemne, como si estuviera en un funeral, mientras acariciaba la cabeza de su afectada hija—, ¿se quedarán unos días?

—Me gustaría que lo hicieran —agregó su padre, sonriendo a la vez que emocionado—. Ya no hay necesidad de escondernos. Ahora podemos estar juntos de nuevo… hija mía.

Nodoka negó con la cabeza.

—No solo por unos días, padre —respondió con una seriedad que le provocó a su padre preocupación—. He traído a Ranma conmigo para que comience su entrenamiento, pues a su edad tan corta ya no puedo enseñarle nada más del arte de las espadas de Amaterasu. Padre, usted es el último maestro que queda vivo de los Okami, y también me informé que tiene interesantes contactos en Japón, China y otros lugares de Asia que podrían servir para perfeccionar la técnica y fortaleza de mi hijo.

—¿A qué te refieres, Nodoka? ¿Pretendes que tu hijo sea entrenado como una katana de la diosa? —preguntó su padre, preocupado—. Los Okami desaparecieron del todo, y no es mi plan revivirlos y contradecir la voluntad de nuestra señora, menos ahora que según nos cuentas ella ha perdonado nuestras vidas.

No, no fue ella, pensó Nodoka con cierto sentimiento de indignación, fue el señor Saigo. Pero no tenía caso explicarle aquello a sus padres en ese momento. Tenía un asunto más importante entre manos.

—Ranma… —Nodoka dudó, sin dejar de mirar al niño correr por el jardín abanicando el boken—, mi hijo Ranma es el último kusanagi.

—No es posible —El señor Torii sintió que su viejo corazón saltaba como el de un adolescente—. Entonces debemos comenzar su entrenamiento de inmediato, sí, hay tanto por hacer. Si es la voluntad de Amaterasu, entonces en verdad nos ha perdonado. ¡Mi nieto, el kusanagi! ¿Escuchaste eso, Keiko? Debo encargarme de que su vida sea dedicada al arte y que esté listo para cumplir otra vez con su rol ancestral, convertirse en una espada de la diosa…

—Lo es —lo interrumpió su hija—, pero aunque padre y otros maestros le enseñen, seré yo la que me encargue de supervisar su entrenamiento como he hecho hasta hoy.

—Nodoka, ¿de qué estás hablando? —preguntó su padre, indignado.

Nodoka Saotome tomó la taza en sus manos mirando el té, con una sonrisa segura y calmada.

—Antes de ser un arma, Ranma es mi hijo, y mientras pueda él tendrá una vida normal.

Bebió un poco más de té ante el silencio de sus padres.

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Continuará

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Nota de autor:

Si siguen la épica colección de mi esposa Randuril, ya sabrán lo que significa wagashi. Para recordarles es el nombre del estilo de repostería japonés en que se hacen pequeños dulces con tanto cuidado y detalles estéticos, además del delicado sabor, que por sí solos son una obra de arte. Normalmente se preparan para acompañar la ceremonia del té.

Siento si esperaban ya el desenlace de acción, pero todavía quedaba un asunto por resolver. Lo demás es historia, que ya ha sido contada en innumerables detalles a través del fic, como el que Ranma estuvo entrenando en China bajo la tutela de Cologne, que también tuvo su momento bajo la instrucción de Happosai, luego pasó por la JSDF donde conoció a Ryoga, y al retirarse trabaja actualmente como detective privado junto a su madre. Por supuesto, que el pobre nunca supo su auténtico destino hasta ahora.

¿Qué habrían hecho ustedes en el lugar de Nodoka? ¿Estuvo bien ocultarle a Ranma su situación real?

Saludos a todos mis queridos lectores, muy en especial a Rokumon, Denisse, Paulayjoaqui, Jessica. Espero que sigan disfrutando de la trama y no desesperen, que nos veremos si Dios así lo quiere, mañana.

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Noham Theonaus

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