¡HOLAAA! ¡Cuánto tiempo! ¿Cuándo pasaron cuatro meses? Q.Q ¡La maldita escuela me roba la vida!
Bueno, pasando de mi drama inusual, me disculpo, como es costumbre, por tardar tanto u.u la buena noticie es que gracias a mi dedicación en la escuela, excenté varias materias y tendré una semana libre de clases *llora* así que trataré de adelantar mis fics que tengo estancados *llora de nuevo*
Gracias por sus benditos reviews y su paciencia! Por cierto, el próximo capítulo responderé sus dudas al final del capi, así que no duden en preguntar! :D Habrá muchas aclaraciones con el capitulo siguiente, así que ya podré responder y aclarar las lagunas que hay en la historia.
Bueno, ya fue mucho de mí, pasemos a lo importante :D
A propósito, les dejo el orden de como son los arcos dentro del fic, para que no se hagan bolas.
El secuestro.
El caso de Jack "El Destripador" (Madame Red y Grell).
El concurso del curry.
El circo Arca de Noah.
El asesinato de la mansión Phantomhive.
El Campania.
El Colegio Weston.
El caso del Hombre Lobo y la Bruja Verde.
La purificación de Ángela (en sí, toda la parte que no está relacionada con el anime).
Kuroshitsuji II
Sin más que decir, salvo gracias nuevamente por su espera incondicional, les dejo con el fic
Espero lo disfruten :)
o.o.o
Capitulo L: Ese mayordomo, la caída
…
Todos aprendemos trucos; algunos aprenden a hacer magia, otros a realizar saltos mortales.
Algunas personas, aprenden a manipular a los demás.
o.o.o
Era el final.
Black había desgarrado su cuerpo con tal saña, que ni todos los caballeros del Rey podrían volver a unir todos sus pedazos. Se había transformado en un rompecabezas imposible de armar, y así quedaría, para siempre. La muerte estaba cerca.
Estaba inmóvil, incapaz de moverse, tendida en un charco de su propia sangre sin poder hacer nada más que escuchar el fuego consumir hasta sus cimientos la enorme mansión de lord Kelvin, sin poder hacer nada, salvo comprender que su vida llegaba a su fin, y que aquellos no eran más que sus últimos momentos de consciencia, que la muerte, sabiendo su ventaja, le permitía, un momento más, de reflexionar sobre todos sus actos, de arrepentirse o pedir perdón en silencio a alguien a quien hubiese herido.
Sin embargo, no había amor en sus pensamientos.
En su mente estaba grabada como una voraz quemadura la imagen de Smile, Ciel Phantomhive, mirándola con desdén y repugnancia desde los brazos de su mayordomo, ordenándole, sin pizca de piedad, que acabase con su vida.
Como quien pisa un miserable insecto.
Ah, el odio… Ese odio profundo y crudo que la invadía, minando todo rastro de amor, de sentimentalismo, de hermosos recuerdos. Ni la blanca sonrisa de Joker, ni el rizado cabello de Beast o las usuales bromas de Dagger podían evitar que el rencor echase raíces en su interior, arraigándose cada vez más y más a su corazón y su alma.
Odio… Odiaba a Smile… La traición, la burla, el cinismo… ¡El cinismo, Dios Santo! ¿Cómo podía haber fingido con tal maestría, con tal profesionalidad algo que no sentía, cuando todos ellos le abrieron las puertas como quien da paso a su familia en su propia casa? ¿Es que estaba tan podrido por dentro que era incapaz de sentir piedad, cariño o si quiera culpa? Se había burlado de todos ellos, los había usado y desechado como objetos inservibles e incapaces de hacer nada más que ser un grupo de peones…
La Muerte era un cerco negro a su alrededor, cerniéndose, ahogándola, cada vez más ansiosa para finalmente apoderarse ella, tomar lo que le quedaba de vida, y hacerla pedazos aún más pequeños.
Fue entonces cuando algo susurró dentro de ella, a su alrededor. Una voz oscura e insondable la envolvió, hablando sin parar, con palabras inentendibles pero que poco a poco cobraron un sentido retorcido dentro de su cabeza.
La voz ofrecía poder. La voz ofrecía venganza. Y, por sobre todo, la voz le ofrecía recuperar todo aquello que había perdido… Era una voz suave y seductora, terrible y abrumadora. Eran palabras terribles que ningún mortal podría haber pronunciado jamás, y aunque eran tan prohibidas, Doll no pudo hacer más que escuchar cada una de ellas con una atención que jamás había prestado a nada en su tiempo viva.
Palabras de perdición…
Palabras que prometían aquello a lo que cualquiera hubiese accedido…
Una segunda oportunidad.
o.o.o
-Doll… -jadeé, su nombre me causaba escalofríos. Su rostro se contrajo en una mueca de asco y desprecio profundo e insoportable-. Doll, eres tú…
-Por supuesto que soy yo, estúpido –espetó, caminando delante de mi celda, con el rostro levantado, asqueada de mí. Entonces soltó una risilla, divertida y maliciosa. El depredador divertido ante la acorralada presa- ¿Qué? ¿Pensaste que me quedaría muerta, como me dejaste? ¿Creíste que nunca volverías a verme? Claro que no, ¡el magnífico Phantomhive es incapaz de creer que sus métodos no funcionan! ¡Que puede ir a despedazar vidas ajenas y no habrá castigo alguno que se aplique a él! ¡Se piensa lo suficientemente poderoso como para sortear las consecuencias que le acarreará el destino y burlar la promesa eterna de la venganza Divina! Es la enfermedad de todos los nobles, piensas que son ajenos a la ley, que pueden andar impunes por allí sin que nadie haga absolutamente nada, ¡NADA!
Su grito hizo eco en las pétreas paredes, en las cárceles pequeñas, viajando por entre los corredores oscuros como un mensaje infernal. Aquellos ojos azules, claros, ardían tenebrosos, vengativos, hambrientos de sangre.
-¿Cómo…? –inquirí, casi sin voz. Los recuerdos de la última vez que la vi minaron mi mente. El incendio en la mansión del barón, la muerte de Joker, la orden dada a Sebastian, la paleta de dulce de leche cayendo en un charco rojo y sanguinolento- ¿Cómo es que estás viva…? ¿Cómo es que todos han…?
-¿Pensabas que solo los humanos te teníamos rencor? –espetó, entre riéndose y gruñendo, llevándose una mano a la cabeza, incapaz de soportarme cerca, sin saber que debería hacer conmigo, cuál sería la mejor forma de torturarme- ¿Pensaste que las cosas terribles que hiciste solo nos afectaron a nosotros? Bueno, no es así, lamento decepcionarte. La peste negra que sembraste acabó pudriendo más que solo a los mortales. También hay seres sobrenaturales que te quieren muerta…
Traté de retroceder mi memoria en el tiempo, tratando de comprender de lo que me estaba hablando, pero no lograba hallar nada, salvo Claude…
Claude había perdido a su amo por mí, ¿no? Había descubierto muy tarde que le apreciaba, que le quería, que encontraba encantadora su compañía, su sonrisa enérgica y traviesa de girasol, sus gestos animados, infantiles de pastorcillo de opereta italiana, que añoraba el color triste que teñía su voz cuando recordaba el pasado y que el demonio no apreciaba sus intentos de entregarle su apresumbrado corazón.
Hasta que un destello blanco y violeta cruzó por mi mente como el resplandor de una estrella fugaz, haciéndome comprender de lo que hablaba…
-También los ángeles buscan venganza, Ciel –declaró, escupiendo aquel nombre que obviamente me pertenecía, pero yo no lo sentía como mío-. Y cuando acabaste con uno de ellos, desataste la furia blanca celestial.
-Ash… -murmuré, recordando lentamente los ojos amatistas, la voz molesta de Ángela, la cara deforme de horror que se colocó cuando Sebastian lo hizo pedazos sin siquiera parpadear. Aquel rostro pálido, duro, aquella presencia ponzoñosa me recordó directamente al aterrador mayordomo blanco que tanto me aterraba-. Marius Gelan… él… ¿les ayudó? ¿Los… revivió?
-Ya estaban cercanos a la extinción los ángeles exterminadores, y tu acabaste con uno de los pocos que sobrevivieron los milenios –explicó, observándome recelosa-. Era natural que uno de sus hermanos buscase acabar contigo.
-¡Pero eso no tiene sentido! –exclamé, confundida-. Ustedes murieron mucho antes de que Sebastian asesinase a Ash, ¿Cómo es eso de que los revivió, para que le ayudasen a cobrar una venganza de algo que pasaría mucho después?
Doll soltó una carcajada burlona, abrazándose a sí misma. La cicatriz tostada bajo el maquillaje resquebrajado resplandeció como la nueva piel escamosa de una serpiente y sus ojos parecieron terribles.
-¡No puedo creerlo! ¿De verdad lo preguntas? Has vivido con un Shinigami todo este tiempo, ¿Y no tienes ni idea de lo que te hablo? –preguntó, sin poder dejar de reír-. Cuando mueres, Ciel, tu alma entre en un proceso llamado "el viaje", el desprendimiento del cuerpo mortal para transformarse en algo inmortal. Durante eres proceso, entras en un estado atemporal, en el cual tu alma se haya en el medio del viaje, y pasas por un punto que atraviesa distintas eras, tiempos, pasado, presente y futuro. Allí es donde hayamos a Marius. Su alma ya se movía entre las corrientes profundas del viaje, aun cuando aquello que lo provocaría aun estuviese por suceder. Allí es donde me preguntó si quería participar en la venganza, si quería de vuelta a mi familia, ¡la familia que me arrebataste!
-¿Y por qué te tomó tanto encontrarme? –refuté, ahora furiosa, aunque aún estaba confundida, perdida. Sin embargo, aun así, me enardecía que me hablase así. Pensaran que mi humor cambiaba demasiado rápido, pero es que la situación en la que me hallaba no era normal, yo no estaba estable del todo. No controlaba bien mis emociones.
-Porque desgraciadamente, no puedes controlar donde saldrás durante el viaje –inquirió, inclinándose para poder mirarme a los ojos-. Marius nos halló a todos, nos regresó a la vida. Sin embargo cuando lo hizo, tú ya estabas muerto.
Di un respingo. Aquellas palabras sonaban anormales, incongruentes. No era natural.
-Alguien se nos adelantó –explicó-. Teníamos ahora que esperar el ciclo del renacimiento, que tú regresases a la vida. O, bueno, más bien que te regresasen a la vida.
-¿De qué estás hablando? –pregunté, pero me ignoró y continuó con lo suyo.
-Afortunadamente, eso nos dio tiempo de encontrar más gente que te detestaba, cuyas vidas también hiciste pedazos- me miró, rabiosa, y comenzó a contar con los dedos de sus manos-. Marius, nosotros, los P4, los mismos Inquisidores… y por supuesto, Claudia Phantomhive… Todos ellos se mostraron felices de cooperar, de esperar, de dormir un poco más, hasta que pudiéramos regresar y hacer de tu vida un infierno.
-¡Bueno, aquí me tienen! ¿no? –exclamé, adelantándome, rebosando de furia y frustración. No acababa de comprender del todo sus palabras, de asimilarlas. O, quizás, no quería asimilarlas. No quería más. No quería saber más- ¡Me tienen aquí, a su merced! ¡¿Por qué no me matan y ya?! ¡¿Por qué tienen que destruir todo?!
Entonces Doll se lanzó sobre mí, introduciendo sus brazos por entre los barrotes, apretándome el cuello con sus dedos afilados. Sentí sus manos cerrarse sobre mi garganta, cortando el flujo de aire y sangre, mientras que sus ojos se inyectaban de odio, como una proyección infernal, como un espectro recién salido del infierno que solo busca el dolor, el mismo dolor que le ha perseguido toda su vida…
-¡ES LO MISMO QUE ME PREGUNTABA YO! –rugió, tan furiosa que parecía que iba a matarme con solo sus palabras, con una voz tan cargada de pesar y odio que era casi insoportable. Era el rostro de la pena, el dolor personalizado, materializado en un chica de ojos enardecidos y rostro desfigurado por el aborrecimiento- ¡Es la misma pregunta que me hice tanto tiempo! ¡¿POR QUÉ TENÍAS QUE DESTRUIRLO TODO?! ¡Tú conocías el dolor de perder a una familia! ¡Sabías lo terrible que era quedarse completamente solo en este pútrido mundo y aun así… me arrebataste a mi familia! ¡ME QUITASTE TODO LO QUE TENÍA! ¡TODO!
No supe que decir; las palabras se murieron en mi garganta, al igual que el aire, mi respiración. Aun cuando hubiese podido hablar, no habría podido decir una sola oración. En el fondo, por mucha aversión que sintiese hacia ella, sabía que nada podría componer lo que Ciel hizo en su momento… No había nada que pudiese reponer lo que perdió, ni que pudiera devolverle la paz a Doll, salvo mi muerte…
-¡Y ahora, aun así! ¡TE HAS LLEVADO DE NUEVO A JOKER! –gritó, rasgándose la garganta, soltándome de golpe, lanzándome al suelo. Caí de espaldas, recuperado el aliento, sacudiéndome como un pez fuera del agua, sintiendo una punzada de dolor cuando el aire me llenó de nuevo los pulmones. Entonces escuché la puerta de la celda abriéndose, y cuando pude ver, cuando pude levantar la cabeza y ver que sucedía, algo me golpeó tan fuertemente en el estómago que la vista se me nubló, un manchón rojo oscuro. Doll comenzó a patearme con tan fuerza, con tal intensidad, con un odio que solo podrían ser el resultado de cien años de quemarse en el odio- ¡TE LO LLEVASTE NUEVAMENTE A MANOS DE SEBASTIAN! ¡Y TE LLEVASTE A WENDY, TAMBIÉN!
Solté un grito ahogado de dolor, jadeando, gimiendo, arrastrándome como un gusano mutilado lejos de ella, con las manos atadas a la espalda, sollozando por la desesperación, por el sufrimiento. Una parte de mí no dejaba de gritarme que me lo merecía, que merecía todo esto, que era mi culpa…
Ella continuó pateándome, golpeándome en la espalda, el estómago, sin tener intenciones de detenerse ante nada. No había diversión en su rostro; no reía como una villana de opereta barata, ni se contorsionaba por las carcajadas. Estaba seria, tan severa era su expresión, tan consumida por la rabia ardiente, por el odio crepitante, que no parecía más una persona. Era el mismo espíritu de la venganza que se había materializado frente a mí para atormentarme por mis pecados…
-Basta ya, Doll –dijo alguien de pronto, por encima del griterío y los golpes.
Wynona se detuvo de pronto, jadeando por el esfuerzo, mientras yo me quedaba tendida, inmóvil, sin siquiera poder levantar la vista. El cuerpo me escocía por las patadas; no estaba segura, pero creo que me había roto algo. No podía respirar correctamente siquiera. Cerré los ojos con fuerzas, deseando desaparecer de allí, y que al abrirlos de nuevo, todo hubiese acabado.
Deseé, realmente, morirme de una vez.
-Charlotte –exclamó Doll de pronto, recuperando la compostura.
Giré ligeramente la cabeza, solo para ver de quien se trataba. A juzgar por sus ropas, su porte, debería ser una Inquisidora, los cazadores sobrenaturales de los que me habló Sarin. Se veía seria, aunque levemente divertida por el espectáculo. Supuse que se trataba de la chica que Sylvette mencionó antes. Había pensado que James acabó con ella durante su pelea, pero no se veía si quiera cansada. Lo único que revelaba que había estado combatiendo, era el corte que atravesaba una de sus mejillas, y el moretón que manchaba su frente y su cuello.
-Ya pronto podrás divertirte con ella –ronroneó, acomodándose su larguísimo cabello oscuro, rondándome como lo haría un buitre a una rata indefensa-. Desgraciadamente, hay que transportarla a las cámaras inferiores.
-¿Nos vamos ya? –preguntó Doll, sobresaltada, aun jadeante por el esfuerzo-. Pero, ella aun no…
-No, aún falta para que todo esté listo –aclaró, rozándome la mejilla con la punta de su bota. La miré a los ojos; jamás había visto tales miradas, salvo en los orbes demoniacos de Sebastian-. Sin embargo parece que cierto Shinigami y ciertos sirvientes vienen en camino a ayudarle.
Mi corazón se saltó un latido, y debí haber puesto una cara de pánico intenso, ya que Charlotte sonrió maliciosamente.
-Pobrecillos, piensan que podrán contra nosotros –tarareó Charlotte, hincándose a mi lado, pasando sus largos dedos por mi rostro, mientras que yo era incapaz de componer mi mueca de horror.
Yo había venido por mi cuenta, por la simple y sencilla razón de que no quería que nadie más muriese por mi culpa. No quería más muerte, ni más destrucción, solo quería que todo acabara ya, que nadie más sufriese…
Pensar que los sirvientes venían, una vez más, listos para enfrentar la muerte, y que James también se encaminaba…
Imaginé lo destrozada que estaría Sylvette si llegaba a morir Undertaker; él era mi amigo, después de todo, yo también estaría destrozada. Pensé en quienes vendrían, en quienes miraría probablemente por última vez…
Hubiese hecho lo que fuera por evitarlo…
-Pero, ¿Qué hay del otro asunto…? –inquirió Doll de pronto-. Aun no…
-Mi querido Maestro ya está finalizando la última parte de su plan magistral –indicó Charlotte, silenciando a la pelirroja-. Luego de tanto, ya viene hacia acá.
Regresó los ojos a mí, secándome las lágrimas como una madre cariñosa. Yo era incapaz de moverme, de hablar, de decir nada. Terribles escenas se abrían ante mí, pasajes horrendos. Muerte y destrucción.
-¿Sabes quién es Broderick Winchester, querida? –preguntó, dulcemente, sin dejar de tocarme-. Es el líder, el Maestro de la Orden de la Inquisición. El Sanguinario, en persona. Él fue quien hace años acabó con los Trece Únicos, con sus ataques perfectamente orquestados. Él es la mente maestra detrás de todo este circo que buscan la venganza contra ti –me apretó las mejillas con sus dedos, acercando su rostro al mío, peligrosamente. Entonces susurró, ponzoñosa y asesina-: Y ya viene en camino.
o.o.o
No necesité mirar a mí alrededor; antes de abrir los ojos, apenas me sentí consciente, supe que se había ido.
Me levanté lentamente, sintiendo mi cabello enredado caerme sobre la espalda y los hombros. La habitación estaba en silencio; ni un solo ruido podría haber roto el cristal que me envolvía en aquellos momentos, esa esfera impenetrable de confusión y miedo. Grim se había marchado a ayudar a Elisse y, por sus palabras, por sus actos, algo me decía que no pensaba regresar con vida, o no tenía muchas esperanzas de hacerlo.
Con el corazón apretado por el temor, con la garganta hecha un nudo, me volví hacia atrás, sin levantarme aun de la alfombra. Durante un largo rato, me mantuve quieta, simplemente con los ojos fijos en el suelo, pensando con cuidado que debería hacer, que me quedaba por hacer y como debería reaccionar ante mis opciones, la cuales no eran muchas.
Grim me había dejado inconsciente por obvias razones; no quería que corriera peligro, y él probablemente se habría marchado para participar en el rescate de Elisse. Conociéndolo, no se habría ido dejando a los demás participantes, a Brad, David y Alph, solos; parte de su personalidad, era no dejar cabos sueltos cuando ejecutaba alguna parte del plan, yo lo sabía bien. Tal y como me había dicho antes, los sirvientes de Elisse eran demonios, y considerando la jerarquía que Grim me comentó, debería haber dejado algún tipo de equilibrio entre los que estaban haciendo guardia y los que habrían marchado con él.
Fue entonces que, moviendo las manos de manera aleatoria, rocé algo liso, algo frío y algo rugoso. Miré curiosa, averiguando de que se trataba, descubriendo a mi lado un viejo encuadernado gótico, forrado de antigua piel oscura, que en algún buen momento de su larga vida, habría estado teñido de un bello color negro reluciente. Levanté entonces la pieza de metal que me había entregado, elevándola a la altura de mi rostro, y de pronto, sentí el estómago apretárseme contra la columna vertebral.
De una cadena plateada, colgaban once guardapelos pálidos como la luna, relucientes, cada uno con un rizo o un pequeñísimo mechón de cabello, atrapado entre la resina, y en el borde inferior, rodeados de una diminuta corona de olivos, los nombres de todos aquellos perdidos en batalla.
Alex, Jean, Wade…
Alice, Emma y Logan…
Nicolas y Thomas, Rose y también Caroline….
Los Trece Únicos…
Y un último nombre que no pertenecía a los legendarios Shinigami, pero yo comprendía a la perfección que se encontraba allí debido al profundo cariño que James le guardaba; Claudia Phantomhive…
Dejé caer la mano hasta el suelo, desesperanzada. Aquella poca ilusión que me quedaba de verlo de nuevo pareció desvanecerse como huellas en la arena mojada por las olas, y era reemplazada por el desazón y un puñado de rabia. En las últimas horas, James había expuesto su vida deliberadamente dos veces seguidas, me hacía preguntarme si lo que quería era morir, si era lo que tanto ansiaba en realidad.
Sentí un borbotón de bilis subir desde mi interior hasta mi garganta, quemándome por dentro, y antes de poder calmarme, sujeté el encuadernado con una mano y lo levanté sobre mi cabeza, lista para lanzarlo hacia una de las paredes. Desgraciadamente, el volumen era tan antiguo que el conjunto de hojas, aun unidas entre ellas, se desprendió del lomo y el libro sin pasta me cayó justo sobre la cabeza, recreando un sonido pesado y rebotando hacia el suelo.
Me froté la cabeza con una mano, al tiempo que arrojaba con furia la carcasa vacía a un lado. Maldita sea, ni eso podía hacer bien. Con rabia, busqué el encuadernado, las hojas, y las miré recelosa. James la había dejado allí por algo; no era estúpido. Sin embargo, me daba miedo abrirlo, leer y comprender que estaba despidiéndose de mí, que jamás volvería a verlo sonreír, ni reír. Pero tampoco quería dejar aquello así; algo me decía que, fuese lo que fuese, sin importar la terrible que pudiera haber escrito en esas páginas, lo hizo por algo.
Tomé el volumen, soltando un suspiro mientras mis dedos temblorosos abrían la primera hoja en blanco, y luego la siguiente, donde cada espacio en blanco del papel estaba cubierto de dibujos de tamaños variados. Rostros, perfectamente dibujados a lápiz, que supuse se tratarían de sus hermanos. Las primeras diez hojas eran así, simples dibujos, simples trazos y algunas anotaciones bajo las ilustraciones, como "hora del té", "momento de calma" o "prácticas 2", cosas de ese estilo.
Al cambiar de página, entonces, cesaron los dibujos y frente a mí se reveló una hoja escrita a mano, con una caligrafía ornamentada y perfecta. Pese a que el papel estaba envejecido y amarillento, la tinta no estaba corroída, lo que me hizo pensar que había sido escrita de manera reciente. El temor de estar frente a una carta de despedida me apretó con su abrazó de hierro, como si me hubiesen apresado dentro de una dama de hierro y todas sus puntas atravesasen mi cuerpo a la vez. Tomé aire, una y otra vez, y dejé que mis ojos comprendieran las palabras grabadas en el papel.
Le había prometido ser valiente y eso haría…
Pajarillo, mí querida Sylvette:
Antes de que comiences, por favor, asegúrate de estar sola. Hay cosas que te diré que son profundos secretos, y podrían ponerte en riesgo si alguien sospecha que los conoces.
Has de comprender de que debe tratarse todo esto; quizás no del todo, pero ya imaginarás el camino que tomaran mis palabras a través de este escrito. No voy a decirlo; solo pensarlo suena horrible, y no es mi intención hacerte temer. Ya debes estar consciente de ello…
Voy a ser terriblemente honesto contigo; cuando te conocí, no me importabas en lo absoluto. Me parecías interesante, una compañía agradable con quien podía pasar las horas. Pero no me importaba lo que pasase contigo. Incluso, algunas veces, llegaste a resultarme molesta, demasiado perceptiva, demasiado ingenua. Reías demasiado cuando estabas alegre, y llorabas cuando te encontrabas triste, eras demasiado obvia con tus emociones, y eras incapaz de fingir cuando algo no te agradaba. No podías mantener la boca cerrada cuando algo te irritaba, te quejabas tanto, y no parecía importarte demasiado lo que yo hiciese, aun considerando que no me conocías y que me dejaste habitar tu casa sin dudarlo.
Para alguien como yo, acostumbrado a tratar con personas cuyas emociones son medidas, pesadas y calculadas, todo aquello era un lastre. Odiaba que me preguntaras, odiaba que me insistieses tanto, que no supieras seguir órdenes.
Sin embargo, con el paso del tiempo, comprendí que el problema no eras tú, sino yo. Luego de aquella noche que lograste mantenerme con vida antes de que Grell llegase, comprendí que el verdadero problema, era que quería que fingieses tan bien como yo, que nada te turbase ni te hiciese temblar. Convivir con personas cuyas emociones jamás salían a flote me había hecho esperar todo eso de ti. La diferencia, era que todas esas personas frívolas, calculadoras y estoicas, me resultaban profundamente aburridas, ridículas, incapaces de apreciar lo que hay a su alrededor.
Al igual que un valle estéril, me molestaba aquel único árbol que había logrado florecer en mis terrenos. Esperé que cayese a falta de agua, a falta de viento, a falta de lo que fuese, y me pregunté muchas veces alguna forma de echarlo abajo, o lograr que su fundiera con la tierra reseca, destruir sus raíces y mandarlo al suelo.
Pero no lo logré.
A lo que quiero llegar, sin tantos rodeos, es que, como ya te he dicho antes, me has hecho sentir más vivo de lo que jamás he estado, más real, más especial y verdadero de lo que nunca me he logrado sentir. Me has dado vida y paz y es lo que yo más quisiera poder brindarte…
Es por eso, Sylvette, que debe escuchar mis palabras, y hacer caso a lo que te digo.
Sin quererlo, te he posicionado en el ojo de un huracán devastador, en medio de una catástrofe de proporciones bíblicas a la que jamás deberías haberte enfrentado. Los Titanes han invocado un Fomoiré, una bestia legendaria capaz de destruir naciones enteras si llega a recuperar todo su poder. El enemigo que estoy por encarar no es algo que debe tomarse a la ligera, y debes saber el porqué. No te lo diré para que vivas aterrada, ni para que corras a mi auxilio, sino para que tomes las medidas adecuadas y te pongas a salvo.
También lo hago porque es parte de mi pasado, y quiero que lo sepas…
Probablemente, Grell te habrá hablado de Claudia. Lo conozco bien, y sé que debe haberte mencionado algo, aunque sea un detalle insignificante. Antes, yo mismo te había mencionado una persona especial para mí en el pasado, que acabó siendo totalmente lo opuesto de lo que yo pensaba. Pues bien, es ella misma.
Conocí a Claudia Phantomhive durante un combate con los inquisidores. Ella estaba allí, invalida, débil y vulnerable ante ellos, y yo fui quien las rescató. Al igual que tú, Claudia era una mujer intensa con sus emociones, y mientras la llevaba a un lugar seguro, algo en ella despertó mi interés. Fue así como me vi buscándola, y luego de hallarla, al poco tiempo, aquel interés se transformó en algo más.
Sin embargo, ella estaba casada, y tenía un hijo. Claudia siempre decía que odiaba a su marido, que se había casado por compromiso, y que su hijo era lo único que la mantenía atada. Quería vivir conmigo, y yo con ella, y en parte fue ese el motivo por el cual abandoné la Sociedad Shinigami, además de que el Alma Mater sería usado con un fin cruel por los directores Shinigami de aquel entonces, además de que ninguno de mis hermanos quería seguir segando almas.
Cuando llegamos a este mundo, nos establecimos en una enorme casa en el bosque; la casa de una viuda a la que uno de nosotros se llevó, años antes, a mejor vida. Claudia solía ir a visitarnos, y a veces, pasaba allí la noche, y nos convenció de que deberíamos conseguir dinero de una forma y otra. Antes de que pudiese aceptar, ella nos había mandado a conseguido trabajo en la iglesia local, dedicado a embalsamar a los muertos, en los barrios bajos. Podrás pensar que es algo bastante bizarro, sin embargo, nosotros no teníamos problema, y aceptamos de buena gana. Siempre tratábamos con muertos, de todas formas, así que nos era normal.
Éramos felices, y vivíamos confiados de que los Inquisidores jamás nos hallarían, debido al dispositivo que uno de los nuestros, Thomas, había instalado para evitar la intromisión de nuestros enemigos. Thomas había jurado que era impenetrable, y confiamos en ello.
Éramos demasiado estúpidos…
Una tarde, hubo una terrible matanza, y aunque no robaron el Alma Mater, se llevaron las vidas de nuestros hermanos. Incluyendo a Claudia. Aquello me destrozó, nos destrozó a todos, y antes de que muriesen, esos lazos ya estaban rotos. No fue, sin embargo, hasta el segundo ataque, que todo por lo que luchamos acabó destruyéndose.
Los Inquisidores capturaron a Emma, a Nicolas, además de robar un fragmento del Alma Mater. Desde el comienzo debimos haberlo sabido, que los usarían de rehenes para matarnos a todos, pero guardábamos esperanzas de poder salvarlos, y volver a ser como antes.
Desgraciadamente, no fue así.
Aquella noche, solamente tres sobrevivimos a la catástrofe, y puedo jurar que hubiéramos preferido perecer con los demás. Solamente un fragmento del Alma Mater nos hizo pedazos a todos, y aunque logramos recuperarlo, nada traería de vuelta a nuestros hermanos.
Recuerdo que sobrevivimos por pura surte. Escapamos de ellos con más mañas que astucia. Caminamos hasta alguna cueva en lo profundo de los bosques, y nos quedamos inmóviles, recostados contra la piedra, los tres acurrucados, uno contra otro, con los ojos abiertos, heridos y sangrantes y no dormimos en toda la noche. Recuerdo que nos quedamos allí dentro por dos días, hasta que el hambre nos venció. Salíamos a buscar comida, y volvíamos allí, a dormir, a tratar de borrar esas horridas escenas de nuestras mentes, solamente en silencio. Ninguno hablaba, ni lloraba, ni hacia nada más que dormir y comer, al menos los primeros días. A veces no salíamos para nada, no comíamos. No sé cuánto pasó para que hablásemos, pero al menos, entre nosotros, no intercambiamos nunca palabras. Vivimos aquellos días como animales, en completo silencio, reaccionando antes nuestros instintos básicos.
Un día, Christopher se levantó, sin más, y salió andando de la cueva. Era de noche, y recuerdo ver como su silueta se perdía entre la negrura de la madrugada, bañado por la luz de las estrellas.
Nunca volvió.
Casi una semana después, Hela pronunció su primera y única palabra. Fue una orden dirigida a mí, mientras sujetaba su guadaña contra mi cuello.
"Lárgate", me dijo. Y lo hice.
Caminé todo el día, hasta que llegué a los límites de Londres. Allí, encontré en el East End el local donde solíamos embalsamar cadáveres. Un vagabundo se había establecido allí, y me contó que estuvimos desaparecidos por casi un mes entero. Luego de echarlo, me encerré allí casi un mes más… Lo único que quería era estar solo, al comienzo. Buscaba la soledad, y detrozaba todo aquello que me recordase mi doloroso pasado. Eso me bastó, durante un tiempo… hasta que ideas más oscuras acecharon mi mente.
Poco a poco, los días se hacían más tediosos, y los sueños donde todos mis hermanos me llamaban a su lado eran tan dulces que deseaba jamás despertar. Fue cuando la muerte me pareció más amigable que nunca. Suicidarme parecía la mejor opción.
El día que planeaba hacerlo fue, entonces, cuando alguien tocó a mi puerta. Era Vincent Phantomhive, hijo de Claudia, y necesitaba mi ayuda para detener la matanza que los Inquisidores comenzaron en Londres luego de la desaparición de los Trece. Jamás olvidaré sus palabras; su padre, antes de morir, le dijo que me buscase, que podía contar conmigo. Que era alguien de "honor". Has de imaginar cómo me hizo sentir aquello, y no pude hacer nada más que ayudar al hijo de aquel hombre tan honorable, de quien yo no merecía aquel calificativo.
Siempre pienso que eso me mantuvo vivo; redimirme de mis pecados anteriores, ayudando al hijo del hombre cuya familia destrocé. Eso retrasó mis planes de muerte.
Ya sabes lo que pasó después; entablé amistad con Vincent Phantomhive, y me dediqué a ayudarle a servir a la reina. Sin embargo, me avergüenza confesar que hay cosas que no te he dicho, entre ellas, que fue lo que realmente me logró salvar.
Nunca te lo conté. En realidad, eres la primera persona a quien le cuento esto. Había una niña, la dama de compañía de la sobrina de Vincent. Su nombre era Paula y era la única en aquella casa que no se acercaba con interés de conseguir algo de mí. Me temía, pero no lo suficiente como para huir, y cuando logré rendirme ante ella, comencé a comprender que, si una niña como ella, tan inocente y dulce, podía considerarme su amigo, yo no podía estar tan podrido en realidad.
Pero eso pasó mucho más adelante.
Quise a Paula más de lo que debí haberme permitido, y tristemente, fue aquella debilidad lo que me hizo tomar la decisión más ridícula, estúpida, de mi vida. Xxx xx xxx xxxxx xx xxxxxxx, Ciel, tenía casi tres años cuando una enfermedad terrible lo atacó, y por desgracia, contagió a Paula. Ambos niños morirían, a menos que se hiciese algo rápido. Su salud se deterioraba día a día, y aquella enfermedad, una bacteria que los devoraba desde dentro. Fue cuando Vincent me pidió el terrible favor; integrar en Ciel una parte del Alma Mater, de modo que mantuviera a raya su enfermedad y por consiguiente, salvase su vida.
Le expliqué los riesgos; los Inquisidores presentirían el Alma Mater funcionando, tarde o temprano los hallarían, y todos correrían peligro. Todo por lo que habrían luchado, se vendría abajo, sería en vano. Pero él insistió, y yo, al ver a Paula en riesgo, decidí dividir el Alma Mater, tomar dos de sus partes e integrar una en cada niño.
Ambos sobrevivieron, xxxx xxx xxxxxxxxxxx xxxxxxxx xxx xxxxxx xxxxx x xx xxxx xxxx, de modo que estuviera a salvo. Aquello fue muy difícil, tanto como para Rachel como para Vincent, pero era lo mejor.
Por desgracia, aquella felicidad, no duraría mucho…
Pronto, los Inquisidores supieron del uso del Alma Mater. Alguien traicionó a los Phantomhive desde dentro de su círculo de amigos, y aquello significó la muerte para toda la familia. Mas tarde, años después, supimos que el informante era Kelvin Carson, íntimo amigo del archiduque A., quien acudió a varias reuniones de la familia Phantomhive. Él, obsesionado con Ciel, fue la pieza clave para que los Inquisidores, su clan, identificasen la ubicación del Alma Mater dentro de ese niño. La información llegó a oídos de su líder, y pronto le dieron caza a toda la noble familia, incluyendo a otras más que apoyaban a los Phantomhive.
Conoces ya lo que pasó después. Los Inquisidores atraparon a Ciel, y él invocó a Sebastian. Ya te he contado el camino ensangrentado que dejó de tras suyo para cumplir su venganza.
Lo que no sabes aun, es lo que pasó con Claudia.
Tiempo después, por medio de Hela, Lily, supe que Claudia nos había traicionado. Fue por ello que los Inquisidores pudieron traspasar la barrera de Thomas, la cual juró hasta el fin de sus días que era imposible que los Inquisidores hubiesen brincado, porque había sido un ataque interno. Para su desgracia, ninguno de sus atentados de ataque logró su meta, robar el Alma Mater, y aquello le costó la vida. Luego de perder el único fragmento del arma que tanto deseaban, su líder, Hannibal Ford Winchester, la desterró y condenó a muerte. Los Inquisidores la lapidaron, luego de torturarla por días, y la abandonaron en el bosque para que muriese.
Desconozco del todo lo que pasó en lo profundo del bosque; lo que sé, es que Claudia sobrevivió, y no solo eso, volvió con extraños poderes, muy parecidos a los de un demonio… además de cargada de un odio visceral.
Luego de que volviese con los Inquisidores, Claudia se enfrentó a ellos, desafiando a Hannibal, su líder, cuestionando su autoridad, y exigiendo que la siguiese para lograr una meta que aun desconozco, pero además, quería acabar con los Phantomhive a toda costa, pues se había enterado de que su hijo, Vincent, se había unido a los enemigos y aquella traición no podía tolerarla, y de paso, robar el Alma Mater. Hannibal cuestionó su autoridad; viejo y acabado, no lograba ver más allá de la furia de Claudia. Fue entonces cuando su hijo, Broderick H. Ford Winchester, lo apuñaló por la espalda y, antes de que el viejo líder pudiese dar la orden de detenerlo, le cortó el cuello. Tal y como dictaba la tradición, Broderick heredó el título de líder de los Inquisidores, y se unió a Claudia con el fin de llevar a cabo su propuesta.
Sylvette, este tipo, Broderick, nadie le ha visto en años, y por lo que se sabe, igualmente obtuvo poderes con ayuda de Claudia. Su padre era conocido por ser devastadoramente cruel, brutal, y llevar a cabo planes y matanzas dignas de escribir en los libros sobre temas que el mundo jamás debería recordar y nunca tuvo un alias; ahora imagina la clase de engendro que era Hannibal hijo, Broderick, a quien los Inquisidores apodaron como El Sediento de Sangre, El Sanguinario, por sus memorables logros. En efecto, los ataques que acabaron matando a mis hermanos, fueron orquestados por él, pues su padre se encontraba fuera.
Fue Broderick quien ordenó el ataque a los Phantomhive, y también el mismo que planeó enloquecer a la viuda de Ciel, Elizabeth.
No te digo esto para que temas, sino para que estés consciente de lo que hay allí afuera. Por favor, Sylvette, hagas lo que hagas no…"
Alguien me puso una mano en el hombro, haciéndome darme la media vuelta, asustada, saltando el libro de pronto, agitada por lo que estaba leyendo. Una mano me tapó rápidamente la boca, sofocando el grito de terror que brotó de mi garganta, haciéndome temblar y casi desmayarme, mientras me retorcía para liberarme de su agarre.
-¡Sylvette, soy yo! –exclamó una voz conocida, y yo me quedé quiete, inmóvil. Abrí los ojos para ver de qué se trataba, solo para encontrarme con el confundido y profundamente preocupado rostro pecoso de Brad-. Soy yo, por Dios, silencio.
-¡Brad! –jadeé, empujándolo lejos, y él cayó de sentón sobre la alfombra, torpemente, al tiempo que se llevaba una mano al abdomen, apretándose allí, a la altura donde una venda se clareaba bajo la ropa. Hizo una mueca de dolor, apretando los dientes y los ojos, temblando ligeramente. Me levanté de un salto, acercándome a él rápidamente para ayudarle. Rayos, odiaba ser tan distraída- ¡Lo siento, lo siento, de verdad! ¿Estás bien…? ¿Te duele…?
-No… mucho… -dijo con dificultad, haciendo un gesto adolorido, aunque gracioso, tratando de poner una sonrisa en su rostro contraído-. Me iría mejor si evitamos los movimientos bruscos…
-Y los saludos inesperados –coincidí, sonriéndole nerviosa.
Él continuó riendo durante un momento, aunque su rostro se tornó severo paulatinamente, hasta el punto que no parecía la misma persona.
-¿Por qué has venido? –pregunté de pronto, sorprendida por mí misma reacción, aunque él ni se inmuto, era como si estuviese tan profundamente concentrado, como si hubiera esperado que aquella pregunta fuese pronunciada por mí.
Levantó entonces su mirada azulina, decidido.
-Se ha ido –murmuró, preocupado, serio, observándome fijamente-. Elisse ya no está aquí en la mansión.
Llevándome las manos al rostro, suspiré agobiada. Desde antes, supe que ella se iría, pero no pensé que fuera tan pronto. Una parte de mí no quería pensar en ello, no quería imaginar a mi amiga enredada en un lío del cual probablemente no saliera con vida.
-Lo sé –respondí, descubriéndome la cara, pensando-. Se despidió de mí. Dijo que era algo que tenía que hacer sola.
-¿Y le creíste? –refutó el rubio, súbitamente furioso. Sus pecosas mejillas se colorearon de rojo por la rabia-. Sylvette, ¿Qué demonios…? ¿Por qué la dejaste ir?
-¿Qué es lo que querías que hiciera, eh? –exclamé, señalando arbitrariamente hacia la puerta, molesta por su tono- ¿Sabes por todo lo que pasó? ¡Está harta de huir, Brad!
-¡No, no es eso! –respondió, poniéndose de pie, irguiéndose delante de mí. Jamás lo había visto tan molesto. Era como si fuese incapaz de soportar lo que yo le decía- ¡Está harta de que esto no se resuelva! ¡Se ha cansado de que solamente Sebastian…!
-¡Sebastian es un demonio, Brad! –rugí, levantándome. El aludido se tapó los oídos con las manos, girándose hacia la puerta, y al llegar a la pared, le atestó un puñetazo que podría haber dejado inconsciente a un luchador. Pero eso tampoco me detuvo- ¡Sé que estas consciente de cómo son las cosas aquí, y que estamos rodeados de cosas sobrenaturales! Cosas mucho más poderosas y experimentadas que nosotros.
-¿Qué se supone que significa eso? –preguntó, con el rostro pálido y las manos detrás de su nuca.
-Significa que no podemos hacer nada para ayudarle… -finalicé. Mi voz se tiñó tanto de desesperanza, que Brad me miró durante largo rato, sin decir nada, como si no pudiese comprender del todo el peso y la severidad de mis palabras. Yo también me paralicé, sorprendida de haber dicho una verdad tan dura, pero no me dolió. Creo que la había aceptado ya tiempo atrás-. Somos humanos… Débiles, frágiles, sin ningún tipo de poder para defendernos de asesinos como ellos. Somos un estorbo, Brad. Somos inútiles.
Por un momento, esas mismas palabras que pronuncié con tanta vehemencia, me parecieron estúpidas y molestas. Me hicieron rabiar, enfurecerme conmigo misma por darme tan fácilmente por vencida. Eran ciertas, pero no menos ridículas. Me sentí como alguien tratando de cruzar un largo río, a quien le brindan pedazos pequeños de madera, pero en vez de unirlos para hacer una balsa, los lanza frustrada al agua.
-No me importa nada de eso –declaró Brad de pronto. Sus orbes azules tenían una fuerza terrible inyectada en ellos, una decisión tan increíble, que me parecía sobrenatural-. Puede que no tenga poderes, que sea un simple humano insípido, y que no tenga la capacidad de hacer nada más que estorbar… pero haré lo que pueda. Ya sea hacer de carnada o… ¡no sé! ¡No lo sé! Pero voy a ayudarla…
-¿Qué vas a hacer, Brad? –pregunté, entrando en pánico. No lo conocía muy bien, pero sabía que Elisse lo consideraba un amigo cercano, un fiel amigo. Pensar que iría a ponerse en peligro… Corrí hacia él, quien ya estaba dirigiéndose a la puerta, y tiré de su brazo. Se volvió hacia mí, sin violencia, pero aun decidido- ¡Vas a hacer que te maten! ¡Y va a ser en vano!
-¡Es mejor que sentirme como un inútil aquí! –replicó, sujetándome la muñeca con una mano-. No puedo hacerlo, Sylvette. No lo tengo dentro de mí…
-¡Ella no querría que murieses!
-¿Y tú? ¿Quieres que ella muera? –exclamó, lanzando aquellas palabras a mi rostro, como un escupitajo, dejándome helada como el viento que soplaba contra los ventanales-. Ese… ese sujeto, Grim o James, o como se llame, también irá por ella. Sebastian no ha vuelto desde que esa… cosa subió al cielo. Por lo que sabemos, podría ya estar muerto… ¡Sí, somos humanos y frágiles e inútiles! ¡Pero quizás… quizás en estos momentos podríamos ser la diferencia entre la vida y la muerte de Elisse! Si lo que quieres es quedarte aquí, sobrecogida de miedo, o huir, porque es mejor así, adelante, ¡hazlo, no te detendré! Pero tampoco trates de detenerme, porque huir… ser solo un espectador… Si eres feliz de ese modo, yo no lo soy…
Tragué saliva, sin saber que decir, sin saber que debería pensar, pues lo único que me rondaba la cabeza, era aquello que le prometí a Grim con tanta vehemencia, que sería valiente, que esta vez no huiría ante la amenaza. Él me pedía, me rogaba que no entrase en batalla, sin embargo, aquello era proteger el lazo que me unía con él…
¿Y que había del lazo que me unía con Elisse? ¿Qué había de ello? ¿También debería abandonarla?
¿O debería luchar por aquello que creía verdaderamente valioso y real, aun cuando todo estuviese en mi contra…?
Levanté la cabeza.
-¿Tienes un plan? –pregunté, decidida. Brad no dijo nada respecto a mi cambio, pero algo en él cambió, algo se iluminó en sus relucientes y esperanzadores ojos azules.
-Los sirvientes de Elisse han marchado con Grim a su rescate –dijo, firmemente-. No todos; dos de ellos se han quedado aquí a cuidar a los participantes, Adelina y Alejandro. Escuché parte de lo que planeaban… -soltó una risilla nerviosa, súbitamente, luciendo de nuevo como el chico accesible que todos conocíamos-. Creo que estaban demasiado concentrados para notar que los espiaba a través de la puerta. Por lo que oí, conocen la mansión Phantomhive, y planean entrar por los pasajes subterráneos. Su objetivo es matar al Fomoiré antes de que recupere su poder y rescatar a Elisse… y a Sebastian.
-Bien, ¿Cuál es el plan? –insistí.
Brad levantó un dedo en mi dirección, rebuscó en su bolsillo y extrajo un arrugado pedazo de papel amarillo.
-Dejaron esto en la mesa –continuó, abriendo el papel. Era un mapa viejo, amarillento y desgastado, que mostraba una serie de caminos retorcidos bajo la mansión Phantomhive-. La entrada más cercana está a medio kilómetro –señaló un punto al sureste, cerca de Aracnoville-. Con suerte, estarán demasiado ocupados con los Shinigami como para notar que nos acercamos. Dijeron que lo más probable, es que mantuvieran a Elisse cautiva en lo profundo de la mansión; los calabozos. El camino que te dije es también uno de los pocos que conducen directamente a las mazmorras…
-No puede ser tan simple –deduje, llevándome una mano a la barbilla-. Probablemente estarán vigilados…
-Grim comentó que, dado que deberían vigilar el despertar del Fomoiré, la mayoría de los enemigos estarían vigilando el proceso, y otros a Elisse. En caso de que hayan capturado a Sebastian, tendrían tres puntos en que distribuir su atención. Lo único que se me ocurre que podrían tener para mantener vacíos los pasajes, son que tengan a… esas cosas… zombis…
-Muñecas Bizarras –dije, y él asintió-. Mmm… Bueno, James dijo que las destruyó todas, aunque no dudo que tengan reservas.
-Ellos dijeron que no se sentían presencias de esas… muñecas –hizo una mueca de asco al mencionar el nombre-. No comprendo porque las bautizaría de ese modo.
-Si no las percibían, eso quiere decir que los números de las Muñecas son mínimos –inquirí, casi sonriendo-. Podríamos abrirnos paso, con cuidado, pero podríamos.
-Por eso traigo esto conmigo –exclamó, sonriente y triunfal, desenvainando un reluciente mosquete francés de su cinturón. No había notado que traía aquello consigo-. Lo encontré en el salón comedor, pienso que podría sernos de utilidad.
Observé el filo reluciente del mosquete, la perfección con la que había sido creado, y sentí aquella dormida chispa, ese deseo de combatir con una espada, la pasión por la esgrima, despertar ansiosa.
Entonces dirigí los ojos a Brad, tan firmemente, que el chico se encogió.
-¿No tendrás dos más, de casualidad?
o.o.o
-¿Piensas que lo lograrán?
Adelina volvió la mirada hacia el Shinigami rubio, quien se había mantenido silente hasta ese momento.
Durante largo rato, se dedicaron a observar el paisaje oscuro que los altos ventanales de las plantas superiores podían ofrecerles. El cielo estaba en aparente calma; un lago profundo e inexplorado donde no se sabe que habita sus gélidas aguas. La tierra, gris y marrón, se alargaba allí a lo lejos, entre manchas difuminadas por la negrura de la noche, en el medio de parches vegetales y altísimos pinos y cipreses. Sus demoniacos ojos podían distinguir, ahora ya casi imperceptibles, las cinco siluetas que avanzaban raudas y agiles cual fantasmas, hacia la antigua mansión Phantomhive.
Según el plan de Undertaker, Minnie, Alistair, Eleazar y Miranda acudirían a la mansión, en un intento desesperado por salvar a Elisse y evitar la inminente tragedia, mientras que Ronald, Grell, Alejandro y ella, se quedaban a cuidar a los participantes. El plan era simple, aunque sencillo; Undertaker conocía bien las entradas a la mansión, apostaban a una emboscada, en la cual pudieran tomar al enemigo por sorpresa, en solitario, y desaparecerlos uno a uno. Aun cuando los superaban en uno a ocho, aproximadamente, si los tomaban por separado, sería bastante sencillo; además, tanto Undertaker como sus compañeros demonios podían esconder a la perfección sus respectivas presiones, no les sería demasiado complicado infiltrarse sin ser detectados.
Sin embargo, eso no significaba que no corriesen riesgos, y Adelina, aun cuando era capaz de ocultar perfectamente sus sentimientos, en esos momentos no le era posible enmascarar el temor que sentía envolviendo su corazón. Su mente demoniaca formuló mil y un formas en las cuales las cosas podrían salir mal.
También sabía que sus compañeros recordaban claramente las ordenes de Sebastian; de ser posible, deberían salvar a Elisse. Era a todo lo que el demonio aspiraba. Sin embargo, si él tenía que ser dejado atrás, deberían seguir se volver por él. Sobra decir que ninguno de los demonios se sentía a gusto con ello, pero no podían hacer nada al respecto.
Preferirían no dejar a ninguno de los dos atrás.
-Tengo fe en que sí –respondió luego de unos momentos, mintiendo lo mejor que le fue posible-. James no es un idiota; sabe lo que hace, y mis compañeros son astutos. Todo lo que puedo aspirar es que el elemento sorpresa funcione.
-Y contamos con el arma secreta –añadió Knox, mirando hacia el exterior. Se quedó pensando un momento, inquieto.
No era estúpido; sabía que la demonesa no estaba siendo del todo honesta, y que no creía que fuesen a salir con vida sus compañeros. Lo sabía, porque James se los había advertido a él y a Grell.
Difícilmente, aquel plan funcionase; era una misión suicida, al menos de su parte. Todo lo que aspiraba, era recuperar la mitad del Alma Mater que yacía dentro de Elisse, antes de que el Fomoiré la tomase. Si llegaba a integrarla en sus poderes, nada podría detenerlo. Si las cosas no funcionaban, entonces Grell y Ronald interferirían para resolverlo. Sin embargo, esto último los demonios lo desconocían; aquella parte del plan no deberían conocerla, pues si lo hacían, probablemente harían lo posible por asesinarlos.
-Se está muriendo, ¿cierto? –preguntó ella de pronto, tomando a Ronald por completo con la guardia baja. Los ojos grises de Adelina se arremolinaron sobre él como una tormenta devastadora-. El Shinigami legendario, James.
Ronald pareció dudar un momento; no era en realidad una pregunta lo que ella decía, era más como una sospecha que buscaba confirmar.
-Puedo sentirlo –admitió Adelina, regresando la vista a la ventana, observando su propio reflejo en los fríos cristales-. Su presión decae lentamente, el esfuerzo lo consume, su vida se está apagando, más lentamente que la de un humano, pero de una forma anormal para su naturaleza.
El Shinigami suspiró.
-Él quiso que así fuera –dijo de pronto, cansino, algo molesto, aunque trataba de lucir despreocupado como siempre-. La vida le está pasando la cuenta de todo lo que hizo. Y él ya no quiere detener el avance del tiempo. La muerte de un Shinigami no es distinta a la de un humano; llega un punto en el que simplemente, ya no podemos vivir. No importa que tan sano estés, que tan joven te veas, que tan bien conservado, la muerte asoma y no podemos detenerla. El cuerpo se deteriora poco a poco…
-¿No podría usar el Alma Mater para mantenerse vivo? –interrogó ella de nuevo, un poco incomoda. Le resultaba imposible de creer que no se le hubiese ocurrido aquello- ¿O está tan desesperado por morir?
Ronald soltó una risilla, recargándose contra la pared al costado de la ventana.
-Tenía el Alma Mater en su interior –respondió, llevándose las manos detrás de la nuca, al tiempo que Adelina lo miraba inquisitiva, sin poder comprender-. Lo usaba para detener permanentemente su desgaste. James podría haber vivido unos dos mil años más con esa cosa en su interior…
-¿Y qué fue lo que pasó? ¿Lo retiró de su interior? –quiso saber, curiosa, preguntándose qué demonios habría sucedido para que el Shinigami aceptase la muerte tan complacidamente.
Desgraciadamente, en el momento que Ronald abrió los labios para responder, un sonoro portazo quebró en mil pedazos aquel momento de confianza y secretismo. Ambos, demonesa y Shinigami, se volvieron inmediatamente hacia la puerta, donde Alejandro había entrado corriendo junto con Grell, sosteniendo varios papeles en las manos, con el pánico tatuado en sus rostros y sus ojos.
-¡Estamos jodidos! –rugió Alejandro, corriendo hacia la mesa del salón. Los ojos encendidos con la furia del infierno, la boca desencajada por el terror. Grell estaba igual o peor de exaltado, con su rostro usualmente divertido, torcido en una mueca horrorizada y furiosa- ¡MALDITA SEA! ¡Estamos jodidos!
-¿Qué demonios sucede? –exclamó Ronald, sobresaltado por el alboroto, por los gestos en sus rostros. Adelina no dijo nada, pero se acercó rápidamente a la mesa.
Algo le dijo que sus peores miedos estaban por hacerse realidad.
-Tenemos que ir inmediatamente con James –espetó Grell, delante de Ronald, mientras que Adelina ser acercaba a Alejandro, quien buscaba desesperadamente un papel en específico.
-¿Por qué? ¿Qué ha pasado? –quiso saber Ronald- ¿Qué es esto?
-Documentos de los Juegos de las Siete Disciplinas –murmuró Adelina, tomando entre sus manos una carpeta, llena de permisos, firmas, oficios dirigidos a Saint Joseph, Saint Mary-. Nuestra ama los trajo un día; las invitaciones enviadas, las personas que vendrían, número de alumnos, presupuesto, todo eso… Aunque no recuerdo haber visto esto nunca antes. Es decir, lo trajo y no volví a verlos nunca más…
-Bien, ¿y a que viene esto? –preguntó nuevamente el rubio, sin poder comprender del todo- ¿Por qué estamos leyendo esto?
-Estaba buscando los pasaportes, identidades falsas que Sebastian preparó en caso de que tuviéramos que huir –aclaró Alejandro, mascullando con furia, rebuscando sin parar en los papeles-. No tenía idea de donde estaban; no los hallé en la biblioteca, ni en el salón, ni en ningún lado. Me puse a registrar las habitaciones; Sebastian tenía escondites en algunas, así que pensé que deberían estar por allí. No encontré la documentación falsa, pero sí esto… ¡Maldita sea! ¿Dónde está?
-No comprendo –inquirió nuevamente Adelina, al tiempo que Ronald le quitaba la carpeta de las manos- ¿Qué ha pasado?
-¡Lo que ha pasado es esto! –exclamó Alejandro, con su voz atronadora, al borde de un rugido estremecedor, levantando una serie de papeles al frente de la nariz de Ronald y su compañera- ¡Los hemos mandado a su muerte! ¡Nos han jodido desde dentro!
Adelina se la arrebató de las manos, al tiempo que Ronald asomaba por sobre el hombro de la demonesa para ver de que trataba todo eso. Era la lista de los participantes de las cuatro escuelas, la lista con nombre, dirección, matrícula y numero de invitación que habían recibido. La morena se puso a revisar la de Saint Mary, la escuela de dónde provenía Sylvette, y rápidamente, entendió lo que Alejandro trataba de decirles.
-Sylvette no figura en esta lista… -dijo ella, extrañada. Miró a Ronald, a Grell con sospecha; algo en ella lanzó una alarma sobre lo que estaba insinuando Alejandro.
-Es porque son las listas originales –aclaró Alejandro, dándole una carpeta más-. Sebastian tenía otras en su estudio; aquí están. Sylvette está allí, como la invitación número veintidós. Casualmente, la chica que debió llegar en su lugar, no podría haber acudido. Y tampoco la chica con la invitación treinta.
-Shelby Freeman y Kate Bingley… -murmuró y Ronald la miró sorprendido.
-¡Espera! –inquirió el rubio, soltando un jadeo sorprendido-. Grell, ¿acaso no son las chicas cuyas almas fuimos a buscar aquella vez que nos encontramos con Elisse? ¿La vez que robó tu libreta?
-Esas dos chicas están muertas –corroboró el pelirrojo, pasándose una mano por el largo cabello-. Lo han estado muchos meses antes de los Juegos, según este demonio.
-Por eso no hubieron problemas con las habitación –comprendió Adelina, mirando a Alejandro como si se hubiese transformado en una estatua de hielo-. Porque estaban completos, según lo que esperábamos… Treinta de cada escuela…
-Pero si enviaron treinta invitaciones a cada escuela, y dos lugares no fueron ocupados –plateó Ronald, observando al pelirrojo. Era como si solo confiase en las palabras de su compañero-, y están diciendo que Sylvette ocupó uno y no hubo problema con los lugares… ¿Quién ocupó el último lugar libre?
Sin embargo, antes de que dijese algo, el demonio le entregó a Adelina una carpeta más. El silencio llenó la sala, el aire se llenó de tensión toxica, densa y aterradora.
-Hay alguien más que no figura en esta lista –expresó, casi con rencor, al tiempo que Ronald tomaba la carpeta-. La lista de Saint Basil.
Adelina comenzó a pasar las hojas junto con el Shinigami, buscando la lista, hasta que dio con ella, casi al final. Rebuscó entre los nombres, y su cerebro sobrenatural, al igual que el de Ronald, comprendieron inmediatamente lo que sucedía.
Todas aquellas piezas sueltas cayeron en su sitio, como un rompecabezas terrible que se acaba solo para descubrir que se trata de una pintura horrenda y desagradable. Todo cobró sentido; las palabras, las sonrisas, los gestos… Todo se unió para revelar un telar de mentiras magistralmente entretejido. Al final, las revelaciones no era lo que queríamos; al final, lo que quedaban, eran los terribles secretos que no queríamos aceptar.
La demonesa dejó caer la carpeta, y los otros tres la siguieron por la puerta, dirigiéndose a las habitaciones inferiores de la casa, mientras que se repetía, una y otra vez a sí misma, que quizás no era demasiado tarde, aun cuando en el fondo sabía que probablemente, la muerte ya tendría sus vidas en sus manos.
La esperanza se le escurrió de entre los dedos como el agua de una fuente. Sintió el estómago apretujado contra su columna.
Lo peor había sucedido.
o.o.o
Había un cepillo de plata sobre el fino tocador de madera y mármol, y un enorme espejo de marco intrincado del otro lado de la habitación. La pared del fondo estaba pintada de arriba debajo de un tenue color crema, con una cenefa dorada, intrincada, llena de ramas elegantes y flores de cinco pétalos que recorrían todo el salón, salvo una esquina, donde un cuadro dejaba ver un pedazo de la pared que no había sido restaurado, enseñando como había sido realmente la pintura de la habitación en el pasado. El color de la pintura era mucho más etéreo, y la cenefa era mil veces más intrincada y hermosa y complicada que la exhibida en la actualidad.
Khimaira penetró en la habitación que alguna vez perteneció a la pareja Phantomhive, sintiendo dentro de ella una pesada nostalgia que la invadió, en el instante en que se adentró en ese salón que parecía haber sido sellado en el tiempo, donde los años jamás transcurrieron en realidad, donde los monstruosos trenes de vapor recorrían media Inglaterra de extremo a extremo, y la gente paseaba en elegantes carruajes negros, las mujeres con ajustados corpiños y faldones largos de tafeta, sobreros almidonados con aves y flores, andando al lado de galantes caballeros, que se detenían a saludar amablemente a cualquier que conociesen.
Era como si Victoria siguiese reinando, y el mundo fuera aun ese sitio sin más tecnología que esa proporcionada por el vapor. Una parte de ella se sentía abrumada ante aquel nuevo Londres, donde todo funcionaba como por arte de magia, donde pulsar un botón podría hacer más cosas de las que jamás se imaginó.
Dirigió su atención a la pared del fondo; el espejo que ocupaba casi todo el espacio de la misma la reflejó, imitando sus movimientos con esa mímica espectral. La dama de largos cabellos dorados y ojos grises de huracán, la diáfana aparición idéntica, igual de hermosa, igual de perpetua y con la misma cabellera leonina que la caracterizó siempre. La preciosa joven del espejo frunció el ceño, claramente incomoda.
Movida por una voluntad que no era suya, sino más un mero instinto, un impulso del momento, caminó rápidamente hacia la cómoda más cercana, tomando la vasija de porcelana que anteriormente la gente rica usaba para lavarse las manos y la cara, y no se detuvo hasta llegar al cuarto de baño. Afortunadamente, las tuberías funcionaban, y el agua del lavabo llenó hasta rebosar la pequeña vasija de porcelana. Apretó los ojos, hasta que pequeñas arrugas marcaron ligeramente su rostro inamovible, y remojó la punta de los dedos en la vasija llena de agua, agitándola ligeramente. Durante largo rato, no sucedió nada, pero después, comenzaron a brotar pequeñas burbujas en los bordes del recipiente, pero no fue más que eso.
Khimaira trató una vez más, maldiciendo por lo bajo, hasta que comprendió que no sucedería sino eso. Enfurecida, lanzó la vasija hacia una pared, donde explotó en todas direcciones, lanzando salpicaduras de agua tibia y pedazos de porcelana. Apenas y prestó atención a su desastre, parecía poseída por algún espectro misterioso que la impulsaba a hacer aquello. Corrió hacia el tocador, revisando los cajones en perfecto orden, removiendo los pañuelos, la delicada cajita de hilos y costura, un libro, hasta que finalmente, halló una tijerilla pequeña, de mago dorado y repujado con figuras de diminutos ángeles coronados con rosas.
Entonces se paró frente al espejo, y tomando entre sus manos un largo mechón de cabello, lo cortó sin dudar. Dio un respingo, como de pronto se hubiese dado cuenta de lo que había hecho. Sin embargo, luego de unos segundos de observarse, continuó con la operación, sin detenerse hasta que todo se cabello rubio yacía regado a su alrededor, y en su cabeza solo quedaba una pelusilla dorada, casi adherida a su cráneo. Se miró por unos instantes, y luego, con la misma tijera, comenzó a cortar la larga falda de su vestido, hasta que esta quedó dispareja, lo suficientemente corta como para dejarla moverse con facilidad.
Cuando volvió a levantar la mirada, descubrió que no solo su cabello ya había crecido un poco, dejando ver el nacimiento del cabello nuevo de un color oscuro y profundo, y a la vez, que alguien la había estado observando.
Guardó silencio un momento, solamente mirando a su espía, ahora descubierto. Khimaira dejó caer la cabeza, arrancando de su falda los hilos que sobraban.
-No pude soportarlo más –explicó ella, dando un tirón a la tela hasta que esta se desgarró, aun sin mirarlo de nuevo-. Odiaba ese color; odiaba fingir algo que no soy. Un día más y me hubiese vuelto loca.
-No te he pedido una explicación –replicó él, caminando lentamente hacia ella. La joven se mantuvo de espaldas, y apenas dirigió la atención al muchacho cuando este colocó sus manos sobre sus hombros desnudos-. Te comprendo a la perfección.
Jugueteando con uno de sus rizos ya crecidos, Sarin le sonrió travieso por el espejo. Khimaira se sonrojó ligeramente.
-Deja ya mi cabello –dijo, fingiendo incomodidad, pretendiendo que seguía buscando hilos sueltos a su vestido, cuando solamente no quería mirar a Riccino a los ojos-. Me veo ridícula; esas horrendas puntas rubias.
-Te ves hermosa –le respondió, riendo ligeramente. Ella frunció el ceño, algo molesta-. Siempre lo has sido, Beast.
-Eso es lo menos que me preocupa en este momento, Dagger –añadió rápidamente ella, alejándose del muchacho con paso decidido.
Aquel coqueteo era lo más que podía soportar. Jamás había visto a Dagger como más que su amigo, su hermano, y sabía que este no la miraba del mismo modo. Por más que una parte de ella quisiera rendirse ante esos brazos, buscar consuelo en él de lo que había pasado con Joker, sabía que no era lo correcto. Dagger se merecía algo mejor que eso, y ya hacía mucho que había llorado a su querido Joker. Era algo que jamás funcionaría, no estaba destinado a suceder…
-¿Qué es, entonces? –preguntó el albino, poniendo una expresión de completa inocencia en su rostro, usualmente endurecido.
-¿Ciel? ¿Los Shinigami? –se llevó una mano a la frente, tratando de encontrarle sentido a su miedo. No lo entendía del todo; en realidad, había hablado sin pensar-. No lo sé, en realidad, solo que estoy preocupada. Todo esto me confunde, me asusta.
-Marius nos explicó que era algo normal, ¿recuerdas? –insistió él, sin acercarse, pese a que ella parecía debatirse entre rogarle en silencio que lo hiciera o que se quedará justo donde estaba-. Miedo, inquietud, todos eran sentimientos normales luego de regresar de la muerte, sobre todo cuando estamos luchando contra la persona que provocó nuestro final fatal.
-Lo sé, ¡es sólo que no puedo dejar de pensarlo! –exclamó la joven, pasándose distraídamente la mano por la frente, donde su flequillo ondulado ya le cubría la frente, y los fieros rizos ya rozaban sus hombros redondeados. Guardó silencio un momento, dedicándose solo a pensar. Algo en su rostro cambió, y cuando miró de nuevo a Sarin, este vio con claridad a través de ella-. Tengo miedo… Temo por Doll; no es la misma que conocimos hace tanto…
-Es sólo que le tocó la peor parte de todo, es eso solamente –trató de explicar, aunque la verdad, solo buscaba calmar a Beast-. Aun es nuestra hermana, y se preocupa por nosotros, y deberíamos hacer lo mismo por ella.
-¿Piensas que realmente podemos confiar en estas personas? –preguntó ella súbitamente, mirándolo con intensidad, cerrando sus dedos delgados en las manos del albino-. En Marius, en los Inquisidores, en…
-Dejen esas tonterías para después –replicó alguien a sus espaldas. Ambos jóvenes se volvieron inmediatamente, descubriendo la silueta oscura y apagada de Sonje, en el umbral de la puerta. Khimaira soltó las manos de Dagger, tan rápido como le fue posible, sin poder fingir calma. Se preguntó si Sonje había escuchado sus palabras, aunque a juzgar por el rostro sombrío de la chica, sabía que así había sido-. Y no te preocupes, Beast; buscamos exactamente lo mismo que ustedes. Mientras ese sea nuestro objetivo en común, no tienen nada que temer.
-¿Piensas que ayudaríamos a Phantomhive? –interrogó Beast, desafiante, avanzando hacia la chica con un andar feroz. Su rostro no dejaba lugar a dudas-. Siquiera pensarlo me provoca nauseas. Ciel Phantomhive arruinó mi vida, nuestras vidas, y voy a hacerle pagar caro por ello. Tu solo ocúpate de tu asqueroso Shinigami, y nosotros le arrancaremos a Ciel los ojos con nuestras propias manos. Entendido, ¿Violet?
Violet la miró despectiva por largo rato; nunca había sido así de parlanchina. Había hablado más con aquellas personas de lo que jamás comentó cuando era parte del P4. No le agradaban ninguno de ellos, en especial esa chica Khimaira, pero era necesario comunicarse. A veces. Otra hubiera preferido cerrarles la boca a base de venenos insoportables mientras dormían.
-Espero que así sea –siseó en respuesta, dejando caer sus manos lánguidas a los lados de su cuerpo. Su rostro ojeroso se contrajo en una extraña mueca de desprecio-. Y, sobre todo, espero que no tengan problema en poner de lado sus asuntos íntimos para encargarse de los que vienen…
-¿Los que vienen? –preguntó Beast, dando un paso al frente, sobresaltada ligeramente. Sus rizos elásticos y oscuros se movieron graciosos a los lados de su rostro y sobre sus hombros- ¿Quiénes vienen? Pensé que teníamos ya a Sebastian, ¡pensé que ya nadie nos interrumpiría!
-Tranquila, Beast, es solo parte del plan –dijo Sarin, tomándola con suavidad del brazo, haciendo una ligera presión. Ella lo miró con esos ojos tan duros y dulces, valientes pero pidiendo una mano que la ayudase por el camino-. Ya me he encargado de ello.
-¿Lo has hecho? –preguntó de nuevo, inquieta, al tiempo que Dagger asentía.
-Una técnica que robamos de los archivos de James Crevan –sugirió, con su semblante adquiriendo un tinte malicioso, pese a su sonrisa tranquilizadora-; la misma que debería haber mantenido a los Inquisidores fuera de la casa donde habitaba Claudia, la hemos adaptado a nuestros propósitos.
-Pero, ¿no se supone que burlaron la entrada?
-En realidad, no –aclaró Dagger-. El código era infalible; lo que en realidad sucedió, fue que lo adaptaron al ADN (que en aquel entonces la humanidad todavía no tenía idea de cómo funcionaba eso) de todos los que vivían en la casa, y si una naturaleza desconocida entraba, en realidad no los mantendría afuera, sino que los neutralizaría. Desgraciadamente, el código ADN reconocía a Claudia como un elemento "positivo", puesto que desconocían que ella era una inquisidora, de modo que cuando se dio el ataque la barrera no apagó los poderes de los atacantes.
Beast se quedó sorprendida ante las palabras de Dagger. Su amigo, su fiel y dulce amigo hablaba de traiciones y matanzas y códigos como un asesino entrenado. No había duda en sus palabras, ni miedo al invocar aquellas horribles horas para los Shinigami. Por un momento, temió que no estuvieran haciendo lo que realmente era correcto. Comprendió que no sólo Doll había cambiado; también Dagger, e incluso Wendy, Diana, antes de morir.
-Es hora de ir a su encuentro. No tardarán en llegar –Violet les dio la espalda, mirándolos desafiante por encima del hombro-. Tendremos que combatirlos un poco antes de activar el campo. Son demasiado fuertes como para neutralizarlos al instante. Así que muévanse ya ambos.
Beast comenzó a avanzar, sujetando y tirando inconscientemente de la mano de Dagger, pensando en lo anterior. Sin embargo, pronto sintió que los dedos del muchacho se resbalaban de entre sus manos, y se detuvo a mirarlo, confundida.
-¿Qué pasa? –inquirió, y aquel llamado hizo que Violet también se volviese a mirarlo.
-Me temo que no podré participar en la "masacre Shinigami" –dijo, soltando una risilla amarga, como quien se lamenta de no poder asistir a un evento increíble. Se llevó una mano tras la nuca, sonriendo, inocente.
Violet se volvió con los ojos entornados, todo su cuerpo crispado. Daba la impresión de ser un lobo amenazante, listo para atacar a la menor provocación.
-¿A qué te refieres con que no pelearás?
Sarin levantó una ceja, cínico.
-Alguien tiene que activar el campo, querida –gruñó, molesto por la desconfianza. Se cruzó de brazos-. Requiere energía, usaré gran parte de mi presión para activarlo. Probablemente me halle fuera de combate durante un rato. Así que manténgalos lejos del cuarto de máquinas.
Beast asintió rápidamente. Algo en ella le decía que, quizás Sarin, en realidad no quería masacrar gente, no sentía esa ansía de sangre, como Doll, como Violet.
La chica asintió rápidamente, sonriéndole con dulzura, justo antes de marcharse, justo antes de que Violet cerrase la puerta de la habitación tras de ella, clavando sobre Sarin sus ojos llenos de recelo, como pronunciando una amenaza silenciosa hacia el muchacho.
o.o.o
-Estás asustada…
La voz susurró, distinto a otras veces. Ya no era una melodía bélica, sino un canto a la calma, a la paz, el consuelo de aquellos que están por enfrentarse al peor destino posible.
El choque de metales, los gritos, los rugidos furiosos y los golpes bestiales retumbaban sobre mi cabeza, como un gólem de piedra haciendo sonar un gigantesco tambor de guerra. Sabía quiénes se masacraban allí arriba, reconocía cada una de las voces que creaban ecos vacíos a mi alrededor…
Alistair, Eleazar, Miranda, Minnie, Undertaker…
Ellos cinco contra todo un enjambre de demonios y cazadores ansiosos por darles muerte, sedientos de ver sus rostro exánimes y sus cuerpos en el medio de un charco de sangre. Grell no estaba con ellos, ni Ronald, y mucho menos Lily, quien había desaparecido mucho antes de que llegásemos a mi casa.
Todos vigilando arriba, de modo que no había nadie prestándome atención ni haciendo guardia… ¿Para qué? No era como si pudiese a escapar…
-Sí… -respondí, titubeante. Me había encadenado a la "equis" de acero donde antes había estado Phoebe, con cada mano atada por grilletes y cadenas a las puntas de la misma. Me costaba incluso levantar el rostro-. Sí, estoy asustada…
-No deberías tener miedo –insistió la voz, y me reí ligeramente-. Las cosas que has visto, no son para que adoptes está actitud tan patética.
-No entiendo entonces como deberían hacerme sentir –refuté, hablando aun entre susurros. No tenía deseos de discutir, pero era incapaz de no impregnar con sutil sarcasmo mis palabras-. Soy un objeto… Toda la gente que amo peligra, observé un sinfín de tragedias, no tengo la menor idea de que pasará con Sebastian, y estoy pagando por los pecados de alguien más… ¿Qué parte de eso no debería deprimirme…?
-La parte donde finalmente sabes quién eres –respondió rápidamente, casi con aburrimiento-. La parte donde al fin entiendes que eres, y lo que no eres… ¿No es divertido encontrarse a sí mismo?
-Me pregunto cuántas veces tengo que golpearme la nuca contra el hierro para dejar de escucharte…
La voz soltó una risilla cruel, callándose por un momento. El silencio dentro de mi cabeza dio paso a la carga de sonidos y crujidos y choques y rugidos en las plantas superiores. Un grito de horror se hizo presente, invadiendo toda la sala…
Un grito femenino…
-Y, si mueres, ¿Qué pasará con tu pacto con Sebastian? –la voz me llenó de nuevo, cerrando las puertas a los gritos fantasmagóricos. Abrí los ojos de golpes; no esperaba aquella pregunta- ¿No te importa saber la verdad sobre Michelle?
-Claro que sí –dije-. Aun quiero arrancarle los ojos a esa desgraciada que la ha suplantado, y que usa su cuerpo…
-¿Entonces?
-No lo sé… -solté suspirando-. De pronto… nada parece valer la pena. No quiero que muera nadie más, no quise que muriera nadie más, y fue por eso mismo no quiero pelear, pero es como si desear provocase más caos y destrucción. No sé qué es peor; si desear que huyan y me abandonen, o que lleguen hasta aquí, solo para sacarme viva, y continuar con este ridículo ciclo en el que nunca tengo paz, en el cual siempre hay alguien asechando para matarme. Esto no se acabará hasta que yo este muerta. Y la verdad, es que…
-¡Ah, tenemos compañía! –exclamó de pronto la voz, esfumándose como el humo.
En la sala reinaba el silencio sepulcral, y ya nada podía escucharse en los pisos superiores. La lucha habría acabado, y me sentía agitada por el pánico al imaginar la peor escena. La muerte de mis amigos… Los Inquisidores arrancándole la cabeza a Undertaker, lanzando al fuego de mis sirvientes y corriendo para asesinar a todos los que quedaban vivos…
Jadeé, horrorizada, incapaz de gritar, pero sin poder calmarme. Necesitaba saber que había pasado… ¡Necesitaba saber!
Fue entonces cuando se escuchó un golpe, firme, pero fuerte, cerca de la pared de piedra al frente de la sala de columnas. Inmóvil, a la expectativa, esperé de nuevo el sonido, que se repitió segundos después. Una y otra vez más, hasta que súbitamente, un bloque de piedra comenzó a moverse, lentamente, de su sitio. Pensé que estaba delirando, que era una alucinación, y me preparé para ver lo peor emerger de allí…
Lo que menos esperaba, fueron los dos rostro sonrientes que me miraron, al borde de la euforia, al asomar de aquel agujero. Ambos sucios y sudados, pero tan alegres de verme que parecían incapaces de creerlo.
-¡Ellie! –jadeó Sylvette, incapaz de gritar, saliendo de aquel hoyo de un salto, corriendo hacia mí. El terror de verla allí, vulnerable, y la felicidad de saber que no estaba sola, se mezclaron como la sal con el azúcar cuando me rodeó con sus brazos y me apretó contra ella.
Súbitamente, aquella remota esperanza de vivir volvió a mí como el aire luego de pasar a ahogarse; no lograba comprender como minutos antes había estado tan decidida a morir allí, sola y rechazada, en un agujero de piedra. Me parecía una estupidez, una idea tan… tan ridícula.
Brad salió del agujero, colocando el pesado bloque de piedra para sellar el pasaje de donde habían salido. Se limpió el rostro con su camisa azul oscuro, quitándose la tierra de los pantalones, y cuando notó que lo miraba, me dedicó una dulce sonrisa desde donde estaba; sus ojos estaban iluminados de felicidad, de esperanza, como si hubiese logrado la única meta que tuviera en la vida y todo el color hubiese regresado a él con solo mirarme a salvo.
-¿Qué están haciendo aquí? –exclamé, jadeando, asustada y feliz, al tiempo que me emocionaba tanto que las lágrimas rodaron por mi rostro- ¡Te dije que tenía que hacer esto sola!
-¡Y eres una estúpida por ello! –refutó, sonriéndome igual de feliz, a punto de llorar conmigo-. Somos tus amigos, Ellie. Soy TÚ amiga, y eso significa que jamás te abandonaré, ni te dejaré enfrentar sola lo que nos depare el destino. Estamos juntos en esto, y no voy a dejar que caigas. Te sostendré hasta el final, y si no puedo, caeré contigo. No volveré a permitir que marches sola a tu final –me apretó una mano. Había tan fuerza en su voz, que jamás pensé que ella tuviera en sí, que fuese capaz de ser tan firme, tan segura y decidida-, y si no nos queda más, el final nos hallará juntas.
Asentí rápidamente, sin poder dejar de llorar, conmovida, emocionada.
-¿No hay nadie aquí? –preguntó Brad súbitamente, mientras que Sylvette se paraba en las puntas de los pies para tratar de liberarme de los grilletes- ¿Dónde están tus sirvientes, y Grim? Vinieron hace ya rato a intentar un rescate.
-No lo sé… -respondí, calmándome lentamente-. Estaban luchando arriba; podía escucharlos, pero ya no. No sé qué ha pasado con ellos.
Miré de reojo a Sylvette, cuyo rostro pareció turbarse por el temor a lo que pudiese haberle pasado a James. Sin embargo, solo apretó los dientes, desenvainó una espada (¡¿Espada?!) de su cinto y trató de hundirla en la cerradura.
-¿Cómo llegaron aquí? ¿Qué pasó? –pregunté, confundida- ¿Y por qué tienen espadas?
-Pasajes bajo la mansión –indicó Brad, mirando alrededor de la sala, como buscando algo. Una salida, una ventana, supuse, o quizás por donde podrían atacarnos-. Es una larga historia…
-También de las espadas –inquirió Sylvette, concentrada en hallar un ángulo en el que la cerradura cediese. La forzó un poco más, y el seguro cedió, abriéndose y liberándome la mano. El chasquido nos sorprendió tanto, que incluso Brad nos miró, un tanto sorprendido. Solté un suspiro de alivio y un grito ahogado de júbilo.
-¡No te conocía estos talentos! –exclamé, mirando sorprendida a la pelirroja-. Date prisa, uno más y nos largamos de aquí.
-Tengo muchos otros talentos ocultos –murmuró ella, ligeramente halagada, aunque se podía notar en sus manos que estaba muriéndose de nervios. Sabía que teníamos el tiempo en contra-. También hago una lasaña muy buena, ¡y no se diga lo que hago con una espa…!
Ambas nos quedamos en silencio sepulcral, mirándonos las caras, cuando un sonido abrazador envolvió la sala con su voz atronadora…
Sylvette soltó el grillete, con los ojos abiertos de par en par, lentamente, dirigiendo su atención allí a donde brotaba la sangre, como un manantial sanguinario, de su cuerpo. Justo en el medio de su pierna, una entrada de bala había rasgado la piel de la parte trasera de su muslo; el disparo que nos dejó pétreas cual estatuas aterradas había sido dirigido a ella.
La pelirroja se derrumbó en el suelo, llevándose las manos a la herida, abrumada por la pérdida de sangre, al grado que no pudo hacer más que articular sonidos doloridos y jadeos de horror, mientras que yo, con la mano tendida al frente, sin poder comprender lo que había pasado, levantaba el rostro, buscando, buscando al culpable de aquello…
Pero no había nadie allí…
Nadie más que Brad, de pie, a varios metros de nosotros, con su rostro exánime, sus ojos clavados en Sylvette, quien se retorcía en el suelo entre su propia sangre…
Y su brazo estirado al frente, donde una humeante pistola apuntaba hacia nosotras…
-¡BRAD! –grité, temblando, horrorizada, al tiempo que Sylvette comprendía que podía hacer ruido, y comenzaba a gritar- ¡BRAD, SOMOS NOSOTRAS!
¡¿CONTROL MENTAL?! ¿ACASO PODÍAN HACER ESO…?
¡No entendía que pasaba…!
-¡Baja el arma, somos nosotras, por Dios! –chillé, al ver que no había ningún cambio en su rostro. Bajó el brazo del arma, guardándosela dentro de la ropa, avanzando hacia donde estábamos, mirándonos con desdén- ¡BRAD, ESCÚCHAME! ¡¿POR QUÉ HACES…?!
-Esto debe ser muy confuso, me temo… -dijo de pronto, con una voz totalmente distinta a la del Brad que yo conocía. Una voz dura y terrible, los ojos desprovistos de esa dulzura usual en él, desprovistos de piedad, de sentimientos…
Sentí un agonizante dolor en el alma, en el pecho, mientras comenzaba a comprender que pasaba, pero sin poder creerlo, sin querer creerlo…
-No, por favor…
-Realmente, no esperaba que lograses forzar la cerradura, Sylvette –murmuró, de pie frente a ella, a menos de medio metro. La chica se arrastró hacia mí, alejándose de él, mirándolo con profundo y horrida desesperación-. No habría tenido que dispararte.
Entonces miró hacia atrás, y de todos lados, las capas negras de los Inquisidores emergieron de la penumbra hacia el centro de la sala, todos tan evanescentes como el humo de una vela. Había unos quinces Inquisidores, y entre ellos, los Titanes, quienes llevaban, encadenados por grilletes, y sometidos, un botín de guerra que para mí, era más valioso que mi propia vida…
Alistair se retorcía, desesperado, del agarre de dos Inquisidores, mientras que dos más lanzaban al suelo un cuerpo inerte, pero igual encadenado. Un vacío helado me invadió la boca del estómago al reconocer a Eleazar, tan herido y golpeado que parecía un trapo sanguinolento, mientras que Miranda se lanzaba a su lado, encadenada, custodiada por Sonje, mirándola con crueldad.
No vi a Minnie por ningún sitio, nadie la sujetaba, no estaba presente, y los rostros de Alistair y Miranda, horrorizados, me dejaban en claro lo que le habría sucedido…
El pánico me envolvió con sus ventiscas violentas y turbulentas.
Sin embargo, nada me hubiese podido preparar para lo que llegaron sujetando el resto de esos malnacidos. Una escolta, encabezada por Doll y Khimaira, se adentraron por un camino que los Inquisidores abrían a su paso; ambas ataviadas con sonrisas despectivas, miradas hambrientas de muerte y sufrimiento, y tras de ellas, Claude y Marius, llevaban las cargas más preciadas del festín.
Undertaker cayó de rodillas al frente; tenía la ropa rota, el rostro amoratado y una herida abierta en la ceja, el pómulo y el labio, y Sylvette al verlo, gritó su nombre, angustiada, al grado de ponerse de pie débilmente y caminar unos pasos hacia él. Brad no hizo nada por detenerla; se desplomó con solo avanzar un par de metros, y el Shinigami, agitado al verla, se removió, luchando por soltarse del agarre de Claude, quien lejos de dejarlo ir, lo golpeó en un costado, lanzándolo al suelo como si fuese un perro.
Yo, en cambio, no pude siquiera gritar, ya que al lado de Grim, igual de débil, herido, cansado, estaba Sebastian… Lo único que puede notar, fue el enorme agujero que había en su pecho, allí donde alguna vez, había estado su corazón…
Lucía más allá de la agonía… incapaz de siquiera luchar por el contrato que manteníamos…
Capté la visión general del panorama, hice un esfuerzo por comprender lo que en verdad estaba sucediendo, lo que estaba pasando; Brad le había disparado a Sylvette, y Sylvette yacía en el suelo, asustada y retorciéndose, buscando una forma de detener el profuso sangrado que manaba desesperadamente de su pierna, allí donde le había alcanzado la bala. Undertaker estaba retorciéndose como un poseído, gritando que alguien hiciese algo para ayudarla, y los demás se miraban entre ellos, asustados y anonadados, tan incapaces de tragarse la idea de que estábamos rodeados por nuestros acérrimos enemigos. Inquisidores, enemigos hambrientos de venganza, espíritus que ni siquiera recordaba haber perturbado en algún momento de mi lejana existencia como Conde de Inglaterra.
Brad caminó en círculo, justo delante de nuestras narices, mirándonos a todos y a cada uno de nosotros, como si pudiera ver a través de los ojos asustados y la sangre y los rostros profundamente confundidos. De pronto, levantó la mirada hacia el frente, y sin decir una sola palabra, una orden que no fue necesario pronunciar, Charlotte avanzó hasta delante de él, haciendo una reverencia magistral y respetuosa. Probablemente le habría besado la mano de no ser porque se encontraba lejos de su alcance.
-Venda a la chica, Charlotte –ordenó, señalando a Sylvette con la barbilla, al tiempo que guardaba el arma en su pantalón-. Asegúrate de parar la hemorragia. No quiero que haya ningún tipo de prisa en estos momentos.
Charlotte no hizo ninguna pregunta, ni siquiera alguna mirada que dudase sobre las palabras de Brad…
Sylvette retrocedió, aterrada al ver a Charlotte avanzar hacia ella, tan rápidamente, tan cerca, y esta, como si disfrutara aquello, le guiñó un ojo a la indefensa pelirroja, sujetando la pierna de la chica casi con ternura, vendándola con un pedazo de tela que arrancó de una de sus muñequeras, haciéndole un rápido torniquete. Sylvette no dijo nada; estaba en shock, supongo, por la pérdida de sangre, el temor, y se dejó vendar como un animal que comprende que no le harán daño. Al menos no en ese momento, y Charlotte parecía disfrutar cada segundo de aquello, rozándola cariñosa, limpiando el exceso de sangre de su piel, moviéndola con cuidado a un lado de donde me encontraba, lejos del charco de sangre en el que había estado remojada.
Undertaker se tensó bajo los cuatro brazos que lo sujetaban, adquiriendo esa actitud feroz que adquieren los lobos cuando se sienten amenazados, observando con cuidado voraz cada una de las acciones de Charlotte.
¿Por qué Charlotte le obedecía a Brad tan ciegamente? ¿acaso el espíritu de su maestro había reencarnado en Brad? ¿Lo habrían hecho poseer el cuerpo de mi amigo…? ¿Y si fue la mordida de las Muñecas? Pensé en mil cosas, pensé en todo lo que podría estar pasando…
-¿Brad…? –balbuceé, asustada, asustada de mi propia voz, de mis propias palabras.
El rostro exánime de Brad se volvió en mi dirección. En los orbes azules que yo tan bien conocía ya no había dulzura ni entendimiento. No había ese espíritu aventurero que tanto me sorprendía a veces, ni la coquetería galante, ni siquiera un atisbo de amabilidad infantil en su pecosa nariz. Ahora parecían diminutas salpicaduras sangrientas, y sus ojos eran un estanque en calma, tan en calma que nada se atreve a nadar en sus aguas. Agua demasiado tranquila como para inspirar confianza. Agua que no refleja absolutamente nada en sus lindes.
El rostro de un hombre que ha vivido mil años.
-Has sido un rival más que honorable, Ciel –dijo de pronto. La voz que escapó de sus labios no era la de Brad. Era más profunda, más afilada. El corte preciso y finito de una navaja penetrando a través de una arteria. Se volvió hacia mí, avanzando en mi dirección, sonriendo ligeramente, de esa forma que solía arrancar gritos de euforia a la porristas. Pero ahora, parecía invocar otro tipo de alaridos-. Tenaz, fuerte, indomable. Sé que quizás no te importa, pero es algo que deberías saber.
-¡¿Quién eres tú y que has hecho con Brad?! –rugí, tirando de las cadenas que me sujetaban a los postes. Sentía el rostro salpicado de lágrimas y sudor frío, pero nada de eso podría haberme detenido, y estaba demasiado furiosa, casi al borde de la histeria, como para hacer algo más- ¡¿A dónde lo has llevado?! ¡¿Y quién es esa que se hace pasar por Michelle?!
La usual sonrisa de Brad no desapareció del rostro del desconocido que movía ese cuerpo que no le pertenecía. Se pasó una mano que no le pertenecía por el rubio cabello que no era suyo, y exhaló un aliento robado. Lanzándome una mirada cargada de lastima y paciencia, me enfrentó desde lo lejos, como si se preguntase internamente como debería explicarme las cosas para que yo comprendiese.
Aquello me enfureció. Me hizo rabiar aún más allá de lo que ya me encontraba.
-¡HABLA AHORA, TÚ, PEDAZO COBARDE DE INMUNDICIA! –mi voz sonó como un rabioso ladrido, haciendo eco en la sala en silencio. Los rostros a nuestro alrededor se mantuvieron exánimes. Estatuas con capas negras y rostros inamovibles- ¡SUCIA ESCORIA MALNACIDA! ¡QUIERO SABER QUÉ DEMONIOS PASA, CARAJO! ¡ALGUIEN DÍGAME LA VERDAD!
Mi voz se rompió en mil pedazos, y esos pedazos rebotaron por las paredes pétreas de la cámara oscura. Nadie rio ante mi dolor, ni hubo mofa de mi desesperación. Brad me miró durante largo rato, y tras de él, mis sirvientes parecieron asustados, temer por mí. Sus ojos viajaban de Sebastian a mí, y de mí a Undertaker, y de él a Sylvette, para luego observarse entre ellos, como si hubiera alguna explicación implícita en todo aquello.
Súbitamente, Brad levantó una mano, y dos Inquisidores se acercaron a él, andando robóticamente, casi haciéndolo lucir como algo ensayado durante años.
-Díganle que es hora.
Los dos salieron de la habitación, donde lo único que se escuchaba, salvo la agitada respiración de Sylvette, eran los sollozos histéricos que yo no podía acallar. La desesperación que sentía ya no tenía nombre. La muerte me tenía en el centro de su tornado. Ya no quedaba más.
Y entonces Brad regresó su rostro a mí, como la misma Muerte que nos indica que el momento ha llegado.
-Ahora que todos estamos reunidos aquí –dijo, abriendo los brazos a los lados, luciendo severo y firme como todo un personaje ilustre a punto de comenzar un inspirador discurso-, finalmente, todas tus preguntas serán respondidas, Elisse. Todo lo que siempre has querido saber, la verdad de todo aquello que te tortura. Lo sabrás, porque has sido honorable, y la forma más honorable de recompensar eso, es solamente con la verdad.
La verdad…
¡La verdad!
¿Realmente quería saber la verdad?
El mismo miedo que me invadió al ingresar en la mansión de los Inquisidores volvió a mí, aprehendiéndome como un depredador a su presa. Por el cuello, sin posibilidades de supervivencia. Hundiendo sus filosos dientes en la carne, sofocándome con su aliento fétido de muerte. Comencé a temblar, a querer gritar y llorar, y pedir que no dijeran nada, que quería ser ignorante, que quería morir sin saber nada más.
La verdad me mataría, y ahora era tan claro…
Lo que siempre quise…
-Y no temas, no voy a mentirte –declaró, plantándose frente a mí. Nunca pensé en lo aterrador que podía ser Brad, en lo tremendamente vacíos que podían lucir sus ojos-. Especialmente, porque yo no contaré la historia. Por eso los he reunido aquí, a Undertaker, a Sebastian, incluso a tus propios sirvientes…
En ese momento, por la puerta oscura, ingresaron los dos Inquisidores, ahora escoltando a una persona más con ellos. Sentí el pulso acelerarse, y el corazón deteniéndose en mi pecho al mismo tiempo. La reconocí al instante; era la persona que había arrancado el corazón de Sebastian de su pecho. Pero lo más horripilante no era sino la máscara inamovible que era su rostro; totalmente exánime, sin ningún tipo de emoción, mirándonos sin mirarnos, como si observase un velo que llevara delante de los ojos. Y lo peor era que era el mismo rostro de Michelle. Suave y redondeado, infinitamente parecida a mí. Suaves pómulos delineando el contorno de sus mejillas, los labios pequeños e infantiles y los enormes ojos grandes como estanques profundos y cristalinos. Sin embargo, su piel lucía extraña, como la piel de una estatua, como si bajo de la dermis no hubiese más que músculos y huesos de roca sólida.
Avanzó con gracia infinita, andando con tal ligereza que parecía flotar, y en silencio, caminó en el medio del semi círculo que formaban los inquisidores, detrás de todos los rehenes arrodillados, y al pasar al lado del legendario Shinigami, le dedicó una corta mirada, sin que ningún tipo de emoción en especial escurriera por sus ojos, a diferencia de James, quien abrió los labios, como si quisiera soltar un grito al verla andando, pero su voz se había esfumado, y por más que lucho por articular palabra, le fue imposible.
La joven continuó andando, y su escolta únicamente se retiró cuando se halló al lado de Brad, y este le tendió una mano, sujetando sus femeninos dedos con inmensa suavidad, con amor. Ella lo miró, dejando que una levísima sonrisa manchase su inexpresivo rostro, abandonándola tan rápido como había sido formulada.
-Y ahora, con nuestra querida Claudia, ya estamos todos completos –continuó Brad, regresando sus ojos vacíos hacia mí-. Listos para empezar.
-¿Cómo sé que me dirán la verdad? –refuté, apretando todos los dientes, haciendo un esfuerzo por articular claramente las palabras a través de mis sollozos- ¡Ni siquiera sé qué eres tú, maldito!
Sin que lo hubiese esperado, una bofetada me cruzó el rostro. Rápida, afilada y seca, me hizo lanzar el rostro hacia el lado contrario, y cuando abrí los ojos, sentí la carne de la cara ardiendo, casi como si alguien hubiese pegado una plancha de metal al rojo vivo contra mi mejilla. La carne palpitaba violenta.
-Guarda más respeto, Phantomhive –masculló Charlotte. No puse ver su cara, puesto que mi cabello me cubría parte del rostro, y el golpe me había desorientado, pero no necesité mirarla para saber la expresión que debería tener. El aire se llenó con risillas guturales, apenas audibles, burlonas.
Escuché un leve forcejeó, un jadeo opacado y un golpe seco, justo allí detrás de Claudia. Levanté la vista y observé con horror como Sebastian era levantado del suelo por Claude, quien tiraba de su cabello para hacerlo volver a su posición, de rodillas. Mi corazón saltó un latido al ver sangre escurrir de sus labios y su nariz, su maltrecho rostro amoratado, y las ropas empapadas de rojo, especialmente allí, donde Claudia había abierto un agujero en su pecho. Se miraba tan débil, tan roto… No comprendía como era que no se curaba, porque su condición no mejoraba…
-Charlotte, basta –ordenó Brad, firmemente, casi molesto, y la susodicha retrocedió unos pasos, bajando la cabeza como un perro que ha sido regañado-. Sé paciente con nuestra invitada… -y volvió su rostro a mí, aun tenso por las acciones de la inquisidora-. En cuanto a lo que preguntas, no debes preocuparte por las palabras que salgan de mi boca, especialmente porque no seré yo quien te diga la verdad de lo que ha sucedido durante todos estos años.
-¿Y quién deberá ser el narrador? –refuté, ansiosa, molesta, casi sin voz. Lo miré desafiante, bajo mi flequillo. Lo observé como si yo fuese una serpiente venenosa lista para matarlo de una mordida-¿Me lo dirás tú? ¿Tú, que ni siquiera sé qué demonios eres o que has hecho con mi amigo? ¿O cualquiera de estos imbéciles que hacen lo que sea que les digas? ¿A QUIÉN SE SUPONE QUE DEBERÍA CREERLE LO QUE DICE?
Mis palabras hicieron eco en el recinto, y cuando este se apagó, no hubo ningún ruido, ninguna risa, nada que rompiera la tensión que se cernía a nuestro alrededor como una niebla venenosa. Él me miró durante largo rato, en silencio, simplemente observándome, observando mi rostro compungido por la ira y el terror, la confusión y el pánico, tratando de deducir si mis emociones eran una mezcla sólida, o si cada uno era el resultado de eventos distintos y meramente aleatorios. No parecía comprender si me encontraba en ese estado por lo que sucedía en ese momento o por todo por lo que había pasado desde que comenzó aquella locura de buscar mi ridícula venganza.
Lo peor, era que ni yo misma lo sabía.
-No te preocupes, no seré yo quien te cuente la historia –dijo súbitamente, y chasqueando los dedos sin mirar atrás.
Aquello fue una orden nuevamente, y vi, sintiendo el pavor descendiendo helado hasta mis pies, como Marius levantó a Undertaker por el cabello, al tiempo que los dos inquisidores que lo sujetaban por los brazos tensaron su agarre, como si temieran que fuera a hacer algo para luchar o combatir, colocando una extraña arma, similar a una pistola de clavos, justo a la altura de su cuello, sin embargo, el débil forcejeó de James contra sus captores no cesó, ni siquiera cuando Marius, rodeándolo por los hombros con un brazo, presionó otra arma contra la cabeza del Shinigami.
No fue hasta ese momento en el que noté las temblorosas piernas del Shinigami, que comprendí que algo estaba mal. Las múltiples heridas de su cuerpo no sanaban, ni las de Miranda, ni las de Alistair o Eleazar, quien no había vuelto en sí…
Eran demonios, de menor categoría, pero ni siquiera Sebastian ni Undertaker sanaban… ¿Qué diablos sucedía?
-Será nuestro querido James, invitado especial, quien te narrará parte de la verdad –admitió, ladeando la cabeza, mientras mi cerebro trataba de razonar aquello que decía-. Supongo que viniendo de un amigo, es más fácil creer, ¿no es así?
-Él… ¿Él sabe…? –balbuceé, con la mente en blanco, confundida, arruinada. Miré al suelo, incapaz de entender-. No…
Traición. Engaño.
-Pero… él… él dijo que…
-¿Qué les has hecho? –preguntó Sylvette de pronto. Su quebradiza voz llamó la atención más de lo debido, e incluso la inexpresiva Claudia la observó desde lo alto. Ella también lo había notado y realizó la pregunta que yo misma me hacía, pero que era incapaz de articular ahora- ¿Por qué no se están curando? ¿Qué les has hecho?
-Una probada de su propia cosecha –murmuró Brad, petulante-. Hace años, los Shinigami usaron el mismo prototipo para neutralizar nuestros poderes si llegábamos a entrar a sus terrenos. Ahora, gracias a los documentos robados, provistos por el mismísimo James Crevan, ahora tenemos acceso a ello; sólo que esta vez, a nuestro favor.
Sylvette soltó un jadeo desconsolado. Yo hubiese hecho lo mismo de no haber seguido pensando en lo anteriormente dicho…
¿James supo la verdad desde el comienzo…? ¿O sabía solo parte de ella?
-¿Por eso no pueden curarse? –inquirió Sylvette, casi sin voz, adelantándose ligeramente hacia el frente- ¿Es por eso…?
Charlotte sonrió con delicia, levantado los hombros mientras soltaba un suspiro delicado, lleno de deleite, como si hubiese pasado toda la vida esperando aquella pregunta.
-¿Te gusta cómo se ven? ¿Cómo luce James? –preguntó con un ronroneó, andando a su alrededor con sensualidad, contoneándose como un gato ante Sylvette, quien tenía la pierna estirada, y el torniquete se había manchado también de sangre. Sin embargo, la mirada de la pelirroja trataba de ser feroz, firme, pese a que el temor profanaba sus gestos fieros-. Tan débil e indefenso, quizás te permita atenderlo con la misma lascivia que te caracterizó un poco más temprano esta noche…
Sylvette palideció profundamente, lejos de sonrojarse, pareció profundamente avergonzada y aterrada de que expusiera aquel hecho con tanta petulancia. Las risas apenas audibles y guturales llenaron el ambiente nuevamente, y Charlotte, arrodillándose ante ella, la miró a los ojos, como una monja fanática que la condenaba al infierno por tener tan sucios apetitos.
-Aun estas impregnada con su olor… -le dijo, ponzoñosa, para volverse luego hacia James, cuyo verdes ojos parecían desear que, en el momento en el que miró hacia atrás, se hubiese convertido en una estatua de sal- ¡Que criaturas más morbosas y estúpidas resultaron ser, ustedes dos! ¡Un demonio y una humana! ¡Un Shinigami y una humana! ¿Qué clase de ridículo están haciendo? ¿y que esperaban acaso ustedes dos? ¿Qué un demonio abandonase su voraz apetito? ¿Qué un Shinigami pudiese trascender la inmortalidad y no superar sus muertes al cabo de unos meses? ¿O es que ambas soñaban con envejecer estúpidamente al lado de los inmortales, arrugadas y marchitas, mientras ellos fingían que no sentían repugnancia hacia la vejez, la falta de vitalidad y la muerte, siendo admiradas porque podían mantener hombres "jóvenes", pese a su edad? ¿O que las convirtieran a la inmortalidad? ¡Qué absurdo! ¡Qué broma más patética y abominable! ¡Que fantasía más impertinente y pretenciosa!
Las carcajadas de Charlotte podrían haber roto las ventanas del lugar, de haber habido ventanas. Y todos los inquisidores rieron con ella, al unísono, mientras que Sylvette y yo nos encogíamos en nuestro sitio. Las palabras crueles no dejaban de ser ciertas; era lo que yo siempre supe y nunca me sentí lo suficientemente madura como para decírmelo a mí misma.
-¡Pero él te quiere, Vetty! –añadió rápidamente, sujetándola por el mentón, elevando su rostro lacrimoso para que la mirase a los ojos. Sylvette temblaba de vergüenza y rabia- ¡Te quiere, y ahora, nos va a contar a todos una bonita historia sobre el pasado de tu ridícula amiga y su aún más ridículo demonio!
-¿Qué demonios te hace pensar que lo haré? –interrogó James, desafiante.
Charlotte se volvió con esa forma tan característica suya, y esta vez, tirando del cuello de la camisa de Sylvette, la obligó a levantarse, pese a que mi amiga tuvo que asirse del brazo de la inquisidora para mantener el equilibrio, sollozando por el dolor en su pierna herida. Charlotte le rodeó el cuello con un brazo, y desenfundado una pistola, la colocó justo sobre la cabeza de la pelirroja.
Una oleada de pánico me invadió, devastándome, haciéndome olvidar todo por un momento y concentrarme en lo que pasaba a mi lado. Sylvette gritó al sentir el metal contra su sien, al tiempo que tanto James y yo nos contorsionábamos en nuestros sitios, y Miranda y Alistair elevaron sus voces con gritos de alarma.
-¡No!
-¡Charlotte, no!
-¡DETENTE, MALDITA SEA!- rugí.
-¡El hecho de que si no lo haces, voy a abrirle otro agujero a tu querida zorrita! –gruñó furiosa, y esta vez, ni siquiera Brad o Claudia hicieron el intento de detenerla.
Muy lejos de eso, Brad se volvió hacia el Shinigami, sonriéndole fríamente, casi disfrutando el rostro aterrorizado de James, los llamados horrorizados de mis sirvientes, incluso el forcejeo casi invisible de Sebastian.
-Ya la escuchaste, Shinigami –murmuró, casi escupiendo el nombre.
-¡Si la matas, nunca hallarás el Alma Mater, Charlotte! –exclamó Undertaker, apretando todos los dientes, tratando de que su voz se llenase de seguridad, pero el miedo lo embargaba. Sabía que no tenía poderes, y que nadie podría intervenir esta vez- ¡Si la hieres…!
-¿Para que querría tu mitad de Alma Mater, James? –preguntó Brad con una risilla gutural, grave. Sus ojos se tiñeron de una crueldad inexorable, tan terribles casi cual la muerte, y James palideció-. Ya tenemos a Ciel, y con ella, una de las mitades del Alma Mater… Eso es más que suficiente para recrearla. Y lo sabes, ¿verdad?
-No pueden recrearla… -respondió fríamente el Shinigami, casi sin voz- ¿De verdad se arriesgarían a perder la mitad, solo por arrogancia? ¡Necesitan la otra mitad!
Brad caminó lentamente hacia él, al tiempo que le miraba directamente a los ojos. Me pregunté que vería en el Shinigami, que estaría percibiendo. Era, por lo menos, una cabeza más bajo que Undertaker, y aun así, daba la apariencia de ser un gigante tenebroso.
Entonces susurró de pronto:
-Charlotte.
El disparo se fundió junto con el alarido de dolor de Sylvette, quien tembló incontrolablemente, mirando el torrente rojo que comenzó a brotar interminable de su misma pierna, ahora en la tibia. Chilló por un momento, sin poder creerlo, en shock por la sangre, por la visión de verse herida de nuevo. Y Undertaker pareció volverse una bestia rabiosa, retorciéndose bajo el agarre de sus captores.
-¡MALDITO HIJO DE PERRA! –espetó James, encendido con una furia infernal, una voz que no era suya, ante el sonido, y de pronto la sala se llenó de gruñidos, jadeos y sollozos- ¡VOY A HACERTE PEDAZOS..!
-¡Ahora, habla, o le volaré miembro por miembro a balazos! –exclamó Charlotte, sin soltar a Sylvette, quien lloraba y se retorcía de dolor en sus brazos, observando al Shinigami con una mirada cargada de desesperado socorro.
-¡Mi pierna…!
-¡NO TE ATREVAS…! ¡NO TE ATREVAS, CHARLOTTE!
Miranda trataba de ponerse de pie, y Alistair logró levantarse, solo para ser lanzado al suelo nuevamente por Khimaira. Sylvette gritaba sin poder parar, sin poder detenerse o razonar lo que pasaba a su alrededor, llorando totalmente fuera de sí. Mil sonidos me rodeaban, mil voces acosándome y amenazándome, gritándome que debía acabar con aquello.
Y la voz susurrándome que era una cobarde, que era una vil y mugrosa cobarde…
-¡James, haz lo que te dicen! –pidió Miranda, casi al borde de las lágrimas, apretando los ojos, como si el dolor de la agonía de la pelirroja le hiriera también- ¡HAZLO YA!
-¡POR UN DEMONIO, JAMES, HABLA! –rugí, elevando la voz por encima del ruido general- ¡NO ME IMPORTA LO QUE SEA, LO DIFICIL QUE SEA, HABLA YA!
Los desesperados ojos de Undertaker se enfrentaron con los míos, y pese a su naturaleza casi invencible, en aquel momento, me pareció estar mirando a un niño indefenso, incapaz de decidir por sí mismo. Charlotte estaba a punto de perder la paciencia, y sin pensarlo, arrojó a Sylvette al suelo de un empujón, colocándole su bota sobre la nuca e inclinándose para encañonar el arma contra la cabeza de la pelirroja, quien temblaba, frenética y llorando casi trastornada ante su destino.
James pareció volver en sí al verla en aquella posición, mientras yo me sacudía en mi sitio, incapaz de dejar de mirar a mi amiga, al borde la muerte, temblando con solo imaginar sus restos estampados en la piedra, la bala deformando su cabeza, el agujero que dejaría en su frente…
La imagen de la cabeza hecha papilla de Michelle…
La sangre, las vísceras y los fragmentos de hueso regados por la habitación…
Una insoportable sensación de vomito me invadió, haciéndome regurgitar la bilis, y justo cuando parecía que Charlotte apretaría el gatillo, la voz de Undertaker hizo trizas cualquier otro sonido que hubiese en la sala.
-¡CHARLOTTE, HABLARÉ! ¡HABLARÉ, MALDITA SEA! ¡HABLARÉ!
Ella levantó la mirada, como si no le creyese del todo, y todos guardamos silencio, esperando la respuesta de los inquisidores.
-Hablaré… -jadeó James, con gravedad, severo, como quien trata de hacer entender a un animal salvaje que retrocederá, y saldrá de su territorio-. Haré lo que me pides… Sólo déjala… Déjala ya…
Charlotte no cedió, sino hasta que Brad la miró por encima del hombro, ordenándole que así es como las cosas deberían ser. Entonces retiró el pie de sobre la pelirroja, y esta soltó un agudo jadeo al ser levantada del suelo como una muñeca de trapo, desarticulada, lánguida. Me dio la impresión de que, cuando todo aquello terminara, si es que salíamos vivos, lo cual realmente dudaba, Sylvette probablemente jamás querría volver a verme. Quizás acabaría igual de trastornada que yo, demente y loca, encerrada en un asilo mental.
-Bueno, ahora que todo se ha resulto –dijo Brad de pronto, y yo tardé unos instantes en alejar los ojos de mi amiga, y llevarlos a aquel que se hacía pasar por Brad-, que los actores han accedido a realizar su rol, no nos queda más que comenzar…
-Espera… -solté de improvisto. Las palabras salieron de mi boca sin que pudiera pensarlas antes. Él se giró para mirarle, y yo sentí algo muy parecido al horror al encontrarme con el rostro de Brad, nuevamente. Tragué saliva, pensando en si realmente quería hacer aquella cuestión, sino me arrepentiría después-. Solo, una pregunta antes de comenzar… Sólo respóndeme, y no hablaré de nuevo… ¿Quién eres? ¿Qué le hiciste a Brad? ¿Está… está muerto?
Él se pasó una mano por el cabello. De nuevo, esa sensación de que estaba violando la privacidad de mi amigo. Nada de eso le pertenecía. Él no era nadie…
¿Dónde estaba Brad…?
-"Brad" nunca existió, Elisse –declaró fríamente. Sus palabras llegaron claras a mis oídos, pero no fui capaz de decir nada, de discutir-. Todo este tiempo, has jugado mi juego, mis reglas. El chico dulce, amable, ¡qué actuación, diría yo!
-¿Qué…? –balbuceé, casi inentendible. La confusión, el miedo, ese temor abrumador que te nubla por completo, pero te mantiene cuerdo al mismo tiempo. Ese que te cierra desde dentro, donde nada puede salir de ti, pero escuchas todo con una claridad enfermiza- ¿Qué dices…? ¡Estás mintiendo…! ¡ESTÁS MINTIENDO…!
-¿Por qué debería? –preguntó de pronto, mirándome, suavizando su rostro hasta que volvió a ser tan dulce y amable como antes. La mirada de borrego herido, de cachorro sin dueño, su boca tierna, la expresión tranquilizadora de su rostro- ¿Porqué "siempre te he amado"? ¿Porqué "me enamoré de ti, mucho antes de prometerlo"?
Quise llevarme una mano a la cabeza. Quise gritar y salir huyendo. Quise revisar mentalmente todas mis conversaciones con él, pero todas esas visiones y recuerdos eran tan dispersos que no los comprendía…
-No es cierto… -jadeé, asustada, llorando incontrolablemente- ¡NO ES CIERTO…!
-Eres demasiado lista, Elisse –continuó, tranquilo y apacible-, ese es tu principal defecto. Piensas que sabes lo que haces, subestimas a los demás. No eres capaz de ver realmente tras las acciones de los demás. Crees conocerlos, pero no es así… Y ese fue tu problema conmigo, y por eso logré saber tanto de ti… El chico tonto, arrogante del aula de clases, que todo parece saberlo, un completo cabeza hueca. Eso pensaste la primera vez que me viste. Entonces, te hablé de libros, de cultura, de cosas que sabía que te interesaban y te importaban, y al poco tiempo mordiste el anzuelo, porque pensabas que quizás no era tan estúpido como parecía. Me gané te confianza al defenderte de Edward, y como no lo querías ver, no le creerías ni una sola palabra, no te preguntaste porque estaba tan exaltado, porque estaba tan asustado, incluso desde la obra de Navidad. Su error fue presionarte más de la cuenta, y por eso jamás le creíste, ni quisiste oírlo… ¿Qué dirías si te cuento que solo buscaba advertirte? ¿Qué dirías si te confieso que, todo lo que te ha sucedido, que todo lo que has vivido, ha sido supervisado por mí? ¿Qué tu vida ha sido casi planeada, y que has bailado al son que hemos tocado?
Negué repetidamente con la cabeza…
Negué, porque no quería creerlo, no quería saberlo…
Negué porque yo no podría con lo que me decía…
Se irguió frente a mí, con un aire de invencibilidad, justo como un titán apunto de aplastarme bajo su peso.
Y rogué dentro de mí, que lo hiciera…
-Mi nombre es Broderick Anderson Winchester –exclamó, con una voz de trueno y relámpagos, al tiempo que yo reconocía el nombre-, Líder Supremo de los Inquisidores, Asesino de Engendros, El Sanguinario. Y la historia que James va a contarte ahora, oh, tan amablemente, es una que en lo personal, es mi favorita. La vieja historia de un demonio ridículo e insensato, y un patético ángel llamado Devine.
o.o.o
¿Qué pasó? ¿Les gustó? Querían actualización, y aquí está 7u7
Pensaba responder preguntas en este, pero creo que me esperaré al siguiente, ya para aclarar dudas con calma, y aparte porque no avisé el capi pasado.
Nuevamente, una disculpota por no actualizar rápido. Ando muy atareada, casi no tengo tiempo de escribir y no quería traerles un capitulo corto o mediocre u.u
Espero que les haya gustado, y muajaja, espero sus preguntas para responder jojo!
¿merezco un review?
Nos estamos leyendo n.n
Los quiero, de todo corazón :D
Att. Slinky-me-retraso-escribiendo-Pink
