49

Bella despertó a la mañana temprano con el suave golpeteo de la lluvia sobre la casa, y se quedó acostada oyéndolo.

Miró su reloj despertador. Era hora de empezar su día.

Una media hora más tarde, Bella bajaba al comedor para tomar el desayuno con Joshua. No estaba allí.

La señora Mackey vino desde la cocina.

—Buenos días señora Swan.

—Buenos días. ¿Dónde está Joshua?

—Parecía tan cansado que pensé que podía dejarlo dormir un rato más. No empieza el colegio hasta mañana.

Bella asintió con la cabeza.

—Buena idea.

Tomó su desayuno y subió para despedirse de Joshua. Estaba acostado en su cama, profundamente dormido.

Bella se sentó en el borde de la cama y dijo suavemente.

—Eh, dormilón, ¿quieres decirme hasta luego?

Joshua abrió despacio un ojo.

—Seguro, compañera. Hasta luego —tenía la voz cargada de sueño—. ¿Tengo que levantarme?

—No. Te diré lo que vas a hacer. ¿Por qué no descansas todo el día? Puedes divertirte sin salir. Está lloviendo demasiado para que salgas.

Asintió adormilado.

—Bueno, mami.

Cerró los ojos de nuevo y se quedó dormido.

Bella pasó toda la tarde en los tribunales y cuando terminó y regresó a su casa ya eran las siete de la tarde. La lluvia que había continuado todo el día caía a torrentes y cuando Bella entró por el camino de la casa, ésta parecía como un castillo rodeado de un foso verde.

La señora Mackey abrió la puerta de adelante y ayudó a Bella a sacarse su empapado impermeable.

Bella se sacudió los cabellos y preguntó:

—¿Dónde está Joshua?

—Está durmiendo.

Bella miró a la señora Mackey con preocupación.

—¿Ha estado durmiendo todo el día?

—No ¡santo cielo! Estuvo dando vueltas por aquí. Le preparé la comida pero cuando subí a buscarlo estaba dormido de nuevo y pensé que era mejor dejarlo.

—Ya veo.

Bella subió al dormitorio de Joshua y entró sin hacer ruido. Joshua estaba dormido. Bella se inclinó y le tocó la frente. No tenía fiebre, su color era normal.

Le tomó el pulso. No había nada malo, salvo su imaginación. Se estaba dejando llevar por ella. Probablemente Joshua había estado jugando demasiado todo el día y era natural que estuviese cansado. Bella se deslizó fuera del cuarto y volvió abajo.

—¿Por qué no hace unos sándwiches para Joshua, señora Mackey? Déjeselos al costado de la cama. Así los come cuando se despierte.

Bella comió en su escritorio, mientras trabajaba con unos expedientes, preparando su exposición para un juicio que tenía al otro día. Pensó en llamar a Felix para decirle que había vuelto, pero dudó en hablar con él tan pronto después de la noche con Edward …Era tan perceptivo. Después de medianoche terminó con su trabajo. Se puso de pie y se desperezó tratando de aliviar la tensión en su espalda y su nuca. Puso los papeles en el portafolios, apagó las luces y se dirigió hacia arriba. Pasó por el dormitorio de Joshua y le echó un vistazo. Todavía dormía.

Los sándwiches en la mesa de noche estaban sin tocar.

A la mañana siguiente, cuando Bella bajó a tomar el desayuno, Joshua estaba allí, vestido y listo para ir a la escuela.

—Buen día, mami.

—Buen día, querido. ¿Cómo te sientes?

—Bárbaro. Estaba realmente cansado. Debe ser el sol de México.

—Debe ser.

—Acapulco es bonito de verdad. ¿Podemos volver en las próximas vacaciones?

—No veo por qué no. ¿Estás contento de volver a clase?

—Me rehúso a contestar en un terreno que puede incriminarme.

A la mitad de la tarde, Bella estaba tomando una declaración cuando Emily llamó.

—Disculpe que la interrumpa pero hay una señora Stout que quiere hablar con usted y…

Era la maestra de la clase de Joshua.

—Pásame la comunicación.

Bella tomó el teléfono.

—Hola señora Stout. ¿Algo anda mal?

—Oh, no. Todo está muy bien. No quiero alarmarla. Sólo quería sugerirle que sería mejor que Joshua duerma un poco más en casa.

—¿Qué quiere decir?

—Ha dormido en casi todas las clases de hoy. La señorita Williams y la señora Toboco me lo hicieron notar. Quizás usted pueda hacer que se acueste más temprano a la noche.

Bella se quedó inmóvil ante el teléfono.

—Sí… claro. Lo haré.

Colgó el teléfono despacio y se volvió hacia las personas que estaban en el cuarto, esperándola.

—Lo… lo siento —dijo—. Van a tener que perdonarme.

Salió volando hacia la recepción.

—Emily, encuentra a Peter. Pídele que tome la declaración por mí. Me ha ocurrido algo.

—Muy… —Bella ya estaba en la puerta.

Condujo hasta su casa como una enloquecida, pasando la velocidad límite, pasando las luces rojas, con la cabeza llena de imágenes de las cosas terribles que le podrían pasar a Joshua. El camino le pareció interminable y cuando divisó su casa a la distancia, Bella esperaba ver ambulancias y autos de la policía. La entrada estaba desierta. Estacionó frente a la puerta y entró corriendo a la casa:

—¡Joshua!

Estaba mirando por televisión un partido de béisbol.

—Hola, mami. Viniste temprano a casa. ¿Te echaron?

Bella se quedó en la habitación, sintiendo que su cuerpo se aflojaba de alivio. Se sintió como una idiota.

—Deberías haber visto la última entrada. ¡Craig Swan estuvo fantástico!

—¿Cómo te sientes, hijo?

—Perfecto.

Bella le puso la mano en la frente. No tenía fiebre.

—¿Estás seguro de que te sientes bien?

—Por supuesto que sí. ¿Por qué estás tan rara? ¿Estás preocupada por algo? ¿Quieres tener una conversación de hombre a hombre?— Bella sonrió.

—No querido. Es sólo que… ¿no te duele nada?

—Te lo diré —se quejó—. Los Mets están perdiendo seis a cinco. ¿Sabes lo que pasó en la primera entrada?

Empezó una excitada narración sobre el comportamiento de su equipo favorito.

Bella permaneció allí, mirándolo, con todo su cariño y pensando: ¡Maldita imaginación! Por supuesto que está bien.

—Sigue mirando el partido. Voy a ver que hay de comer.

Bella fue a la cocina con toda despreocupación. Decidió hacer una torta de banana que era el postre favorito de Joshua.

Treinta minutos más tarde, cuando Bella volvió a la habitación, Joshua estaba tirado en el suelo, inconsciente.

El camino hasta el hospital Blinderman Memorial parecía no terminar nunca.

Bella estaba sentada en la parte de atrás de la ambulancia, sosteniendo la mano de Joshua. Un practicante había colocado una máscara de oxígeno en la cara de Joshua.

Éste no había recuperado la conciencia. La sirena de la ambulancia sonaba, pero el tránsito estaba muy pesado y la ambulancia avanzaba despacio, mientras los curiosos miraban a través de sus ventanillas, deteniéndose ante la mujer de rostro desencajado y un niño inconsciente. A Bella le parecía una violación de la privacidad.

—¿Por qué no usarán vidrios que no dejen ver desde afuera? —se preguntó Bella.

El practicante la miró sorprendido.

—¿Sí, señora?

—Nada… nada.

Después de lo que pareció una eternidad, la ambulancia entró por la puerta de emergencia en la parte de atrás del hospital. Dos internos estaban esperándolos.

Bella se quedó allí, desconsolada, viendo como Joshua era sacado de la ambulancia y puesto en una camilla.

—¿Es usted la madre del muchacho? —preguntó un practicante.

—Sí.

—Por aquí, por favor.

Lo que siguió fue un caleidoscopio confuso de sonido y luz y movimiento. Bella vio cómo Joshua era conducido por un largo pasillo blanco hasta la sala de Rayos X. Empezó a seguirlo, pero el practicante le dijo:

—Primero tiene que ir a anotar su ingreso al hospital.

Una mujer delgada en el escritorio de entrada dijo a Bella:

—¿Cómo piensa pagar esto? ¿Pertenece a la Cruz Azul o tiene otro tipo de seguro?

Bella tenía ganas de gritar a la mujer, deseando volver al lado de Joshua, pero se forzó a contestar las preguntas y cuando terminaron y Bella llenó todos los formularios necesarios, la mujer le permitió irse.

Se dirigió apresuradamente a la sala de Rayos X y entró. El cuarto estaba vacío,

Joshua no estaba. Bella volvió al hall mirando para todos lados enloquecida. Pasó una enfermera a su lado. Bella la aferró de un brazo.

—¿Dónde está mi hijo?

—No lo sé —contestó la enfermera—. ¿Cuál es su nombre?

—Joshua. Joshua Swan.

—¿A dónde lo dejó?

—Él… él iba a Rayos X y… —Bella se estaba volviendo incoherente—. ¡Qué han hecho con él! ¡Dígamelo!

La enfermera miró más detenidamente a Bella y le dijo:

—Espere aquí, señora Swan. Voy a ver si lo encuentro.

Volvió unos minutos más tarde.

—El doctor Morris quiere verla. Por aquí por favor.

Bella sintió que le temblaban las piernas. Le resultaba difícil caminar.

—¿Está usted bien? —La enfermera se detuvo para esperarla.

Tenía la boca seca por el miedo.

—Quiero a mi hijo.

Llegaron a una sala llena de extraños aparatos.

—Espere aquí, por favor.

El doctor Morris llegó un momento después. Era un hombre muy gordo, con el rostro colorado y los dedos manchados de nicotina.

—¿Señora Swan?

—¿Dónde está Joshua?

—Espere aquí un momento, por favor —le llevó a una pequeña oficina frente a la sala de los extraños aparatos—. Por favor siéntese.

Bella tomó asiento.

—Joshua… ¿es… no es nada serio, no doctor?

—Todavía no lo sabemos. —Su voz era sorprendentemente suave para un hombre de su tamaño—. Necesito algunos datos. ¿Cuántos años tiene su hijo?

—Tiene sólo siete.

El sólo se le había escapado como una reprimenda a Dios.

—¿Ha tenido algún accidente recientemente?

Bella tuvo la rápida visión de Joshua dándose vuelta para saludar, perdiendo el equilibrio y golpeándose.

—El… él tuvo un accidente practicando esquí acuático. Se hizo un chichón en la cabeza.

El doctor tomaba nota.

—¿Hace cuánto pasó eso?

—Hace… hace muy pocos días. En Acapulco. —Le resultaba difícil razonar.

—¿Estuvo bien después del accidente?

—Sí. Tenía un chichón en la parte de atrás de la cabeza, pero… pero parecía bien.

—¿Notó alguna pérdida de la memoria?

—No.

—¿Algún cambio de la personalidad?

—No.

—¿Convulsiones o dolores de cabeza?

—No.

El doctor dejó de escribir y miró a Bella.

—Ya tengo el resultado de los Rayos X, pero no es suficiente. Quiero hacer un examen con CAT.

—¿Con…?

—Es una nueva computadora inglesa para tomografías del cerebro.

—Después puedo querer unos estudios adicionales. ¿Está usted de acuerdo?

—Sí-sí-es… —estaba tartamudeando— necesario. ¿N… no le va a doler, no?

—No. A lo mejor también necesito una punción de la médula

. El médico la estaba aterrorizando. Bella se forzó a hacer una pregunta.

—¿Qué cree usted que es? ¿Qué pasa con mi hijo? —No reconocía el sonido de su propia voz.

—Prefiero no hacer adivinanzas, señora Swan. Lo sabremos en una hora o dos. Está despierto ahora. ¿Quiere verlo?

—¡Oh, sí por favor!

Una enfermera la acompañó hasta el cuarto de Joshua. Estaba acostado en la cama, una figura pálida y pequeña. Levantó la vista cuando Bella entró.

—Hola, mami.

—Hola, compañero —Bella se sentó en el borde de la cama—. ¿Cómo te sientes?

—Un poco raro. Es como si no estuviera aquí.

Bella se acercó más y le tomó la mano.

—Estás aquí, querido. Y yo estoy contigo.

—Veo todo doble.

—¿Se… se lo dijiste al doctor?

—Aja. Veo dos doctores también. Espero que no te mande dos cuentas.

Suavemente, Bella puso sus brazos alrededor de Joshua y lo estrechó. Su cuerpo parecía frágil y encogido.

—¿Mami?

—¿Sí, querido?

—¿No me vas a dejar morir, no?

Los ojos de Bella cobraron repentinamente fuerza.

—No, Joshua. No te voy a dejar morir. Los doctores te van a poner bien y después te llevaré a casa.

—Bueno. Y me prometiste que volveríamos a Acapulco otra vez.

—Sí. Tan pronto como…

Joshua se quedó dormido.

El doctor Morris entró a la habitación acompañado de dos hombres con chaquetas blancas.

—Querríamos hacer las pruebas ahora, señora Swan. No van a llevar mucho tiempo. ¿Por qué no espera aquí y se pone cómoda?

Vio como se llevaban a Joshua. Se quedó sentada en el borde de la cama, sintiendo como si hubiera recibido un castigo físico. Toda la energía la había abandonado. Permaneció allí, mirando la pared blanca, como en un trance.

Un momento más tarde una voz le dijo:

—Señora Swan…

Bella levantó la vista y vio al doctor Morris.

—Por favor vaya y haga las pruebas.

El doctor la miró extrañado.

—Ya terminamos.

Bella miró al reloj de la pared. Había estado allí por espacio de dos horas. ¿A dónde se había ido el tiempo? Miró la cara del doctor, tratando de leer en ella, buscando un detalle, por pequeño que fuese que le revelara si las noticias eran buenas o malas. ¿Cuántas veces había hecho eso antes, leyendo en las caras de los jurados, sabiendo de antemano por sus expresiones, cuál iba a ser el veredicto? ¿Cien veces? ¿Quinientas veces? Ahora porque estaba llena de pánico, no podía decir nada. Su cuerpo empezó a temblar descontroladamente.

—Su hijo tiene un hematoma subdural —dijo el doctor Morris—. En términos profanos tiene un trauma masivo en el cerebro.

La garganta de Bella estaba tan seca que no podía articular palabra.

—¿Qué… —tragó y trató de nuevo—, qué es lo que…? —No pudo terminar la frase.

—Quiero operar inmediatamente. Necesito su permiso.

Le estaba jugando una broma cruel. En un momento iba a sonreír y a decirle que Joshua estaba bien. Sólo la estoy castigando, señora Swan, por hacerme perder mi tiempo. No hay nada malo en su hijo, excepto que necesita dormir. Está creciendo. No puede hacernos perder el tiempo cuando tenemos pacientes que están realmente enfermos. Iba a sonreír diciéndole «Puede llevarse a su hijo a casa».

El doctor Morris siguió hablando.

—Es chico y su cuerpo parece fuerte. Todo indica que la operación va a ser un éxito.

Van a operar cortando su cerebro de niño, cortando con filosos instrumentos, destruyendo quizás algo que hace ser a Joshua, él mismo. Quizá… matándolo.

—¡No! —fue un grito de furia.

—¿No nos da su permiso para operar?

—Yo… —su mente estaba tan confundida que no podía pensar—. ¿Qué… qué le va a pasar si no lo operan?

—Su hijo morirá —contestó sencillamente el doctor Morris—. ¿Está aquí el padre del niño?

¡Edward! Oh cómo necesitaba a Edward, cómo querría sentir sus brazos alrededor de ella, confortándola. Lo quería allí para que le dijera que todo iba a salir bien, que Joshua iba a estar bien.

—No —contestó finalmente Bella—, no está aquí. Yo le doy permiso. Hagan la operación.

El doctor Morris sacó unos formularios y se los alcanzó.

—¿Querría firmar esto, por favor?

Bella firmó el papel sin mirarlo.

—¿Cuánto tiempo durará?

—No lo sabré hasta que no abra… —Vio la expresión de su cara. —Hasta que no comience la operación. ¿Quiere esperar aquí?

—¡No! —las paredes la encerraban, la oprimían. No podía respirar—. ¿Hay algún lugar donde pueda rezar?

Había una capillita con una pintura de Jesús detrás del altar. El lugar estaba vacío, con excepción de Bella. Se arrodilló pero no podía rezar. No era una persona religiosa, ¿por qué iba a oírla Dios ahora? Trató de aquietar su mente para poder hablar con Dios, pero su miedo era demasiado fuerte, se había adueñado completamente de ella. Empezó a hacerse reproches sin ninguna compasión. Si no hubiera llevado a Joshua a Acapulco…, pensó… si no lo hubiera dejado hacer esquí acuático… si no me hubiera confiado en el médico mexicano… Si. Si. Si… Hizo un trato con Dios. Haz que esté bien de nuevo y yo haré lo que me pidas.

Negó a Dios. Si existe Dios, ¿le haría esto a un chico que nunca le hizo mal a nadie?, ¿qué clase de Dios deja morir a chicos inocentes?

Finalmente al borde de sus fuerzas, los pensamientos de Bella se aquietaron y recordó lo que el doctor Morris le había dicho. Es chico y su cuerpo parece fuerte. No hay ninguna razón para que la operación no sea un éxito.

Todo va a salir bien. Por supuesto que sí. Cuando esto terminara, iba a llevar a Joshua a algún lugar donde pudiera descansar. Acapulco, si él quería. Podrían leer, y jugar y charlar…

Cuando Bella estuvo tan agotada para poder seguir pensando, se quedó inmóvil con la mente en blanco. Alguien le estaba tocando el brazo, levantó la vista y vio al doctor Morris parado al lado de ella. Bella lo miró y no necesitó preguntarle nada.

Cayó desmayada.