Y(la historia no pertenecees propiedad de Sarah J. Maas, la traducciónpersonaje no me pertenece, le pertenece a traducciones Independientes y los personajes de Candy Candy le pertenecen a Mizuki e Igarashi) (Y las antiguos libros publicados en esta página son de Cellita G)
Segunda parte
Maraton 3/4
Capitulo 48
Manon golpeó a Asterin en la sala de desayuno la mañana siguiente a su arranque con respec- to al aquelarre Yellowlegs. Nadie preguntó por qué; nadie se atrevió.
Tres golpes sin defensa.
Asterin no hizo mucho más que estremecerse.
Cuando Manon hubo terminado, la bruja solo se le quedó mirando, sangre azul saliendo a borbotones de su nariz rota. Ni una sonrisa.
Luego Asterin se fue.
El resto de las Trece la monitoreaba con cautela. Vesta, ahora la Tercera de Manon, lucía me- dio inclinada a correr detrás de Asterin, pero una sacudida de la cabeza de Sorrel detuvo a la bruja pelirroja.
Manon estuvo desconcentrada todo el día luego de eso.
Ella le había dicho a Sorrel que se mantuviera en silencio sobre las Yellowlegs, pero se preguntó si debería decirle a Asterin que hiciera lo mismo.
Titubeó, pensando en ello.
Tú los dejaste hacer esto.
Las palabras dieron vueltas y vueltas en la cabeza de Manon, junto con ese sermoneador pequeño discurso que Elide había hecho la noche anterior. Esperanza. Qué tontería.
Las palabras aún seguían bailando cuando Manon entró en la cámara de consejo del Duque veinte minutos más tarde de lo que le habían convocado.
—¿Te deleitas en ofenderme con tu tardanza, o eres incapaz de decir la hora? —dijo el duque desde su asiento. Vernon y Kaltain estaban en la mesa, el primero sonriendo satisfecho, la última mirando en blanco hacia el frente. Ninguna señal de fuego sombra.
—Soy inmortal —dijo Manon, tomando asiento frente a ellos mientras Sorrel montaba guardia por las puertas, Vesta en el pabellón fuera—. El tiempo no signi ca nada para mí. —Un poco descarado de ti ahora —dijo Vernon—. Me gusta.
Manon le dio una mirada fría.
—Me perdí el desayuno esta mañana, humano. Si fuera tú, tendría cuidado.
El señor solo sonrió.
Ella se recostó en su silla.
—¿Por qué me convocaste esta vez?
—Necesito otro aquelarre.
Manon mantuvo su rostro en blanco.
—¿Qué hay de las Yellowlegs que ya tienes?
—Se están recuperando bien y pronto estarán listas para visitas.
Mentiroso.
—Un aquelarre Blackbeak esta vez —presionó el duque.
—¿Por qué?
—Porque quiero uno, y tú me lo darás, y eso es todo lo que necesitas saber.
Tú los dejaste hacer esto.
Ella podía sentir la mirada de Sorrel en la parte trasera de su cabeza.
—No somos mujerzuelas para el uso de ustedes hombres.
—Son vasijas sagradas —dijo el duque—. Es un honor ser escogida.
—Encuentro que es una cosa muy masculina de asumir.
Un destello de dientes amarillentos.
—Escoge tu aquelarre más fuerte, y mándalas escaleras abajo.
—Eso tomará cierta consideración.
—Hazlo rápido, o las escogeré yo mismo.
Tú los dejaste hacer esto.
—Y mientras tanto —dijo el duque mientras se levantaba de su asiento en un ligero y poderoso movimiento—, prepara a tus Trece. Tengo una misión para ustedes.
Manon navegó en un viento fuerte y rápido, empujando a Abraxos incluso cuando las nubes se juntaron, incluso cuando una tormenta se desató alrededor de las Trece. Fuera. Ella tenía que salir, tenía que recordar la mordida del viento en su rostro, lo que la desenfrenada velocidad e ilimitada fuerza eran.
Incluso si el ímpetu de eso estaba de alguna manera disminuido por el jinete que tenía frente a ella, su frágil cuerpo abrigado contra los elementos.
Truenos rompieron el aire tan cerca que Manon puso saborear el sabor del éter, y Abraxos viró, zambulléndose en la lluvia y nubes y viento. Kaltain no hizo mucho más que estremecerse. Gritos surgieron de los hombres montando con el resto de las Trece.
Truenos resonaron, y el mundo quedó entumecido con el sonido. Incluso el rugido de Abraxos fue sofocado en sus embotadas orejas. La cubierta perfecta para su emboscada.
Tú los dejaste hacer esto.
La lluvia empapando sus guantes se volvió cálida y pegajosa sangre.
Abraxos agarró una corriente ascendente y subió tan rápido que el estómago de Manon se hundió. Sostuvo a Kaltain fuertemente, incluso aunque la mujer estaba asegurada. Ni una re- acción de su parte.
El Duque Perrington, montando junto a Sorrel, era una nube de oscuridad en la visión periférica de Manon mientras se cernían a través de los cañones de los Colmillos Blancos, los cuales habían trazado tan cuidadosamente las pasadas semanas.
Las tribus salvajes no tendrían ni idea de lo que se cernía sobre ellos hasta que fuera demasiado tarde.
Ella sabía que no había forma de huir de esto –no había forma de evitarlo. Manon siguió volando a través del corazón de la tormenta.
oooooooooooo
Cuando llegaron a la aldea, entremezclada en la nieve y rocas, Sorrel arremetió lo su cientemente cerca para que Kaltain escuchara a Perrington.
—Las casas. Quémalas todas.
Manon miró al duque, luego a su carga.
—Deberíamos aterrizar–
—Desde aquí —ordenó el duque, y su rostro se volvió grotescamente suave cuando le habló a Kaltain—. Hazlo ahora, mascota.
Debajo, una pequeña gura femenina salió de una de las pesadas tiendas. Ella miró hacia arriba, gritando.
Llamas oscuras –fuego sombra– se la tragaron de pies a cabeza. Su grito fue cargado hasta Manon por el viento.
Luego hubo otros, surgiendo mientras el fuego maldito saltaba sobre sus casas, sus caballos.
—Todos ellos, Kaltain —dijo el duque por encima del viento—. Mantente circulando, Líder del Ala.
La mirada de Sorrel se encontró con la de Manon. Manon rápidamente miró hacia otro lado e hizo a Abraxos retroceder de vuelta por el paso donde la tribu había estado acampando. Había rebeldes entre ellos; Manon lo sabía porque los había rastreado ella misma.
Fuego sombra rompió a través del campamento. Las personas caían al suelo, encogiéndose, rogando en lenguas que Manon no podía entender. Algunos se desmayaban del dolor; algunos morían por su causa. Los caballos estaban sacudiéndose y gritando –sonidos tan miserables que incluso la espalda de Manon se puso rígida.
Luego, desapareció.
Kaltain se hundió en los brazos de Manon, jadeando, dando respiraciones rasposas. —No puede más —dijo Manon al duque.
La irritación destelló en su rostro labrado en granito. Él observó a las personas corriendo debajo, tratando de ayudar a aquellos que estaban sollozando o inconscientes –o muertos. Los caballos huían en todas direcciones.
—Aterriza, Líder del Ala, y pon un n a esto.
Cualquier otro día, un buen baño de sangre podría haber sido disfrutable. Pero esta orden...
Ella había hecho un reconocimiento de esta tribu para él.
Tú los dejaste hacer esto.
Manon le ladró la orden a Abraxos, pero su descenso fue lento –como dándole tiempo de reconsiderarlo. Kaltain estaba estremeciéndose en los brazos de Manon, casi convulsionando.
—¿Qué está mal contigo? —le dijo Manon a la mujer, medio preguntándose si podría montar un accidente que terminaría con el cuello de la mujer estampándose contra las rocas.
Kaltain no dijo nada, pero las líneas de su cuerpo estaban apretadas, como congelada a pesar de la piel en la que estaba envuelta.
Demasiados ojos –había demasiados ojos sobre ellos como para que pudiera matarla. Y si era tan valiosa para el duque, Manon no tenía dudas de que él tomaría a una –o a todas– de las Trece como retribución.
—Apresúrate, Abraxos —dijo, y él recobró el paso con un gruñido. Ignoró la desobediencia, la desaprobación, en el sonido.
Aterrizaron en un pedazo plano de repisa en la montaña, y Manon dejó a Kaltain al cuidado de Abraxos mientras pisoteaba a través del agua nieve y nieve hacia la aldea en pánico. Las Trece silenciosamente entraron en formación detrás de ella. Manon no las miró; parte de ella no se atrevió a ver qué podría haber en sus rostros.
Los aldeanos se detuvieron cuando observaron al grupo parado en la cima de la roca sobresaliendo por encima del hueco donde habían formado su hogar.
Manon desenfundó Cuchilla de Viento. Y entonces los gritos comenzaron de nuevo.
