Advertencia:Cualquier parecido que veas en ésta historia con otras ajenas a mi persona, es la simple señal de que lo que te estás fumando no es nada bueno, o que necesitas urgentemente comprarte una vida.

Disclaimer: Odio decirlo, pero "Axis Powers Hetalia" como obra maestra no me pertenece, sino a Hidekazu Himaruya. No es mi intención lucrar con su creación, sino hacer de ésta historia una actividad de mero entretenimiento para quien se interese en leerla.


LII

Como verse descubierto por los ocupantes de la residencia no estaba entre sus planes, Sadiq tuvo que improvisar rápidamente un plan para darse a la fuga y poder reunirse con sus compañeros sano y salvo… y claro, sin la información que supuestamente debería facilitarles tras su infiltración en el palacio del emperador…

— ¿Viste algo que nos pueda ser útil?

— Eh… no realmente. Verás, Gansükh, es que… ¡Ese palacio es un verdadero laberinto…!

— ¡Ah, pero subiendo sus muros, como lo hiciste hoy, seguro no será un problema ver hacia dónde debemos dirigirnos!

— Uh… claro.

— ¿Alguna otra observación?

— No pude hacer mucho…

— ¿Cómo? ¿Y todo el tiempo que estuviste ahí dentro…?— interrogó extrañado el mongol.

— Digamos que es un sector sumamente vigilado. No pude desplazarme bien al interior de sus muros, de modo que me fue imposible obtener una panorámica más amplia del territorio enemigo— mintió el turco. Estaba sudando por el temor de ser descubierto — Me temo que esta vez no podré serte de ayuda, salvaje.

— Deberemos tomar medidas drásticas— meditó el arquero — Quizás podamos hacerlo como en mis tierras: entrar a la fuerza, localizar el objetivo, quemar el lugar, robar sus pertenencias y matarlos a todos…

— ¡No! — prorrumpió Sadiq en un sorpresivo grito. Gansükh arqueó las cejas en señal de desaprobación y duda.

— ¿Qué sucede contigo? ¿Te ha hecho mal el desayuno?

— Eh… quise decir… ¡No tenemos que hacerlo! ¿Te das cuenta lo arriesgado que sería entrar al palacio de un emperador así como si nada? ¡Piensa en cuántos guardias deben estar custodiándolo desde el interior!

— Nos fue bien en China cuando lo hicimos ¿Por qué habría de ser diferente ahora, eh? — el mongol carcajeó de forma burlesca — ¡Ya sé, estás acobardado!

Sadiq desvió la vista, cruzando los brazos.

— No es eso… es que…

— ¿Qué? — inquirió el arquero, inclinándose hacia el comandante con gesto malicioso — ¿Acaso hay algo tenebroso ahí de lo que no quieres comentarme? ¡Anda! ¿Qué es lo peor que podría hacer? ¡Burlarme de ti, como mucho…!

— Hay algo ahí dentro… mejor dicho: alguien— el turco curvó los labios reprobatoriamente — Si entramos a ese palacio sin tomar las debidas precauciones, reaccionará y todo para mí estará perdido…No quiero que nada le suceda.

De inmediato, supo a qué se refería. ¡Debió haberlo sospechado desde un comienzo! Pero ¿Por qué ahora, que estaban tan cerca de obtener la quinta pieza de la Llave Sagrada? ¿Era una mala jugada? ¿Acaso pretendía el espadachín volverse en su contra y quedarse con ese deseo para cumplir únicamente sus ambiciones? ¿Estaría bajo algún hechizo de duda? Una cosa así, solo podía causarla la mayor generadora de discordia en la historia de las traiciones…

El mongol frunció el entrecejo. Con voz horrible y gutural, se dirigió a su compañero de aventuras:

— ¿Acaso… una mujer?

Sadiq no le respondió.


— ¡Intruición femenina les digo! ¡Nunca falla!

— No insistas, Yekaterina…

— ¡Yo sé que mi Sadiq no es malvado! ¡Lo vi en sus ojos cuando nos conocimos en el jardín!

— ¿"Tu" Sadiq? ¡Lo llevas apenas conociendo un día! ¡No puedes haberte enamorado de él en UN DÍA!— reprochó Natalya.

— ¡Se puede, cuando es amor de verdad! — se defendió afligida la mayor de las brujas.

— Si llegase a venir por ti, nuestros soldados y los cuatro forasteros voluntarios van a detenerlos antes de que puedan siquiera atravesar las puertas de este palacio. Y nosotros permaneceremos a salvo lejos de la contienda, viéndolos matarse entre ellos.

— Qué cruel eres, Natasha…

En la planta baja del palacio, los cuatro viajeros se habían reunido con el emperador y algunos miembros de su servidumbre. Entre ellos, el gendarme de dudosa masculinidad que los había conducido en primer momento, y un muchacho joven de apariencia inocentona, vestido con una armadura ligera.

— Les presento a Toris. Mi guardaespaldas personal— dijo Iván, señalando al caballero. El aludido reverenció a sus visitantes.

— A su servicio.

— ¡Es muy bueno con la espada! Si necesitan ayuda, Toris dirigirá el ejército real que ronda por estos lugares… ellos no siempre son del todo eficientes— Iván miró de reojo a Yekaterina, que se encontraba en el segundo piso, escuchando lo que hablaban los hombres — Si un extraño logró infiltrarse para coquetear con mi hermana, es porque no han hecho bien su trabajo… son brutos, pero enérgicos ¡En pocas palabras, un buen ejército cuando quieren!

— Harán su mejor esfuerzo si llegan a ver que la vida del emperador o de su familia está en peligro, eso ténganlo por seguro— añadió Toris.

— Me alegra oír eso. Gracias por ofrecernos su apoyo— dijo Ludwig.

— Lo que sea por servir a la noble causa de detener a una banda de saqueadores y asesinos.

Natalya, desde arriba, observaba con desconfianza a los forasteros.

— ¿No te parece demasiada casualidad que justo unas horas después que nuestros invitados llegaran a palacio, nos viésemos amenazados por la invasión de una horda de ladrones?

— Eh… pues… sí, es un poco extraño…— titubeó su hermana mayor.

— Se necesita más que un par de piezas de una reliquia mágica para mover un ejército. Presiento que nuestros invitados nos están ocultando algo — el gesto de la bruja se ensombreció — Deberé de tomar medidas…

— ¡E-espera, aún no hemos comprobado nada…! N-no puedes acusarlos…

La menor resopló molesta.

— Sea lo que sea que esté pasando, si veo el mínimo asomo de peligro que amenace a nuestra familia, yo misma voy a intervenir.

Por ese día, fue suficiente. Nada importante pasó sino hasta muy entradas las altas horas de la madrugada.


— Señorita Yekaterina… ¡Señorita Yekaterina!

Alguien llamaba a la ventana de la habitación de la mayor de las brujas. Ella, somnolienta, apartó las frazadas y se desperezó, antes de reaccionar a abrir. Removió la densa pieza de hielo que simulaba el cristal, descubriendo a Sadiq dificultosamente hincado en la saliente resbaladiza, con una fina capa de nieve sobre sus hombros y el sombrero.

— ¡Sadiq…! Dios, debes estar congelándote…— gimió la bruja — Entra… p-pero procura no hacer ruidos. Nuestro ejército está en la planta baja del castillo…

— ¿Un ejército? — inquirió el turco, deslizándose silenciosamente hacia el interior del dormitorio de Yekaterina, cuidando de no tocar nada que pudiese caer.

— No es la mejor de las bienvenidas, lo sé— la mujer encogió los hombros — A mis hermanos no les ha gustado nada la noticia. Y nuestros invitados creen que…

La chica calló de súbito, y desvió la mirada.

— ¿Qué? ¿Qué tiene, señorita…?

— N-nuestros… invitados creen que es un criminal… y que esta tarde ha llegado a nuestra casa con un fin maligno…— los ojos de la muchacha centellearon angustia, y se clavaron en los de su compañero — ¿Es cierto eso?

— ¡N-no…!— mintió el espadachín, sudando otra vez por los nervios — ¿Qué le hace pensar eso, señorita?

— ¡Y-yo no creo eso! — defendió ella — Pero… es cierto que no tuve la oportunidad de conocerle a fondo durante nuestro encuentro esta tarde. Y su llegada fue tan sospechosa e inesperada… ¡No quiero acusarle de nada sin antes salir de mis dudas…! Pero… siento… que tampoco puedo entregar tan fácilmente mi confianza a alguien a quien llevo conociendo tan solo un día…

Internamente, Sadiq ardía en deseos de huir cuanto antes del lugar. No podía ver a los ojos a Yekaterina después de que ella hubiese planteado sus sospechas.

— Sadiq… a pesar de que nos hemos conocido tan poco… ¿Sería sincero conmigo si le hago… algunas preguntas…?— después de una breve pausa, Yekaterina dio un respingo, y su busto brincó sonoramente — ¡N-n-no pretendo acusarle de nada…! S-solo… despejar algunas… dudas.

El bárbaro tragó espesamente, y tembló. El frío que se colaba por la ventana abierta había comenzado a calarle los huesos, aún más que cuando estaba afuera del palacio.

— Claro…

Antes de procedes, la bruja tomó una gran bocanada de aire que elevó la generosa curva de su busto.

— No parece oriundo de estas tierras. Su nombre, su acento, sus vestiduras… ¿De dónde viene?

— ¡O-oh, bueno…! Provengo del Asia Menor. Je, un sitio nada encantador, si me lo pregunta, señorita— contestó de buen ánimo — Una tierra sin par donde se ve caravanas pasar… y donde tenemos por costumbre mutilar a quienes nos caen mal ¡Una barbarie! Pero es mi hogar.

— Ah…— Yekaterina comenzó a sudar en frío — Si me permite… ¿Qué lo ha traído desde tierras tan lejanas?

— Una búsqueda que a mi ejército y a mí nos ha llevado hasta los rincones más insospechados de este mundo. Recolectamos una serie de tesoros que son necesarios para mi compañero y su servidor aquí presente para acceder a un místico poder capaz de cambiar nuestras vidas para siempre.

— ¿Una Llave Sagrada, tal vez? — preguntó la mujer. Sadiq dio un respingo.

— … Exactamente. Ya tenemos varias de ellas en nuestro poder, pero aún nos faltan algunas para completar el rompecabezas. Y por lo que sabemos, una de las reliquias está en este palacio. Yo mismo la he visto.

— Es… por eso que ha entrado en este palacio… ¿Verdad? — la trémula voz de la mujer logró tocar una fibra sensible en el interior del musulmán.

— En principio… sí— admitió apenado. Luego, puso sus manos sobre los hombros de la muchacha, cargándolos con suavidad — Pero ahora me tiene aquí por otra razón, señorita… he venido a hacerle una advertencia.

Los ojos de la bruja se nublaron por el miedo. En vano, trató de apartarse.

— Puede que dentro de esta misma noche, esta casa pase a convertirse en el escenario de una cruenta batalla entre el ejército que resguarda su morada y los hombres que me han seguido desde sus hogares para realizar esta búsqueda— explicó el turco con un extraño tono de aflicción en la voz — En este día, mis proyecciones de esta misión han cambiado su rumbo cuando la conocí, señorita… y me temo que para desgracia de mi compañero y los hombres bajo nuestro mando, la recopilación de esas piezas ya no es mi prioridad… siento… que si usted me acepta… ya no necesitaré de nada más para ser el hombre más feliz del mundo…

— Oh… Sadiq…— suspiró ella, con los ojos preñados en lágrimas.

— Por eso he venido hasta usted… SOLO. Por favor, considere lo que voy a decirle: … VÁYASE CUANTO ANTES DE AQUÍ.

— ¿Q-qué? — preguntó asombrada la eslava.

— Usted y su familia correrán grave peligro si permanecen aquí cuando la invasión sea llevada a cabo. Mis hombres son destructivos y nada ni nadie va a detenerlos si de conseguir sus objetivos se trata. Ni siquiera si quien se atraviesa en su camino es una mujer— explicó el espadachín, apretando inconscientemente los hombros de la dama — Sé que no podré detenerlos en su convicción por entrar a este lugar… pero confío en que podré convencerla de que este sitio ha dejado de ser seguro, y que si quiere seguir viviendo, usted y su familia deberán hacer abandono de su morada ESTA MISMA NOCHE.

— ¡P-pero…! ¡Sadiq…! No puedo hacer eso… Iván… ¡Iván no va a escucharme! — refutó la bruja — Su deber como emperador es enfrentar los riesgos que acechan a su pueblo y su familia. Si trato de hacerle abandonar este palacio, lo único que conseguiré será aumentar su interés por involucrarse en el asunto, y me temo que no será mi familia ni yo quieres saldremos heridos… sino tú y tu ejército.

— ¿Eh?

— Quizás seas rival para el ejército real… y para nuestros invitados… pero no para los poderes de mis hermanos. Si hay alguien que debe detenerse antes de salir malherido… es usted… Sadiq.


— Ve~… Ve~… Ve~…

— Por amor al cielo… ¡Feliciano!

El menor de los príncipes dio un salto en el lugar donde hacía ya varias horas se encontraba de pie. En seguida, se irguió con ademán nervioso, incapaz de ver a su compañero alemán a la cara.

— ¡Estoy despierto…!

— ¡Claro que no, estabas roncando! — reprendió Ludwig, soltando luego impaciente resoplido — Venía a proponerte un cambio de guardia para que pudieses ir a descansar en mi lugar, pero por lo visto ya has estado…

— ¡Tengo muchísimo sueño! — interrumpió el italiano en una especie de sollozo ahogado, tras el cual –y ante la gélida mirada de reprobación del alemán-, se excusó apenado — D-disculpa… p-pero si hay algo que me pone muy sensible y de mal humor es cuando no puedo descansar bien… ¡Oh! Y también cuando estoy hambriento— bajó la vista — Disculpa… yo… sé que por costumbre de mi vida en el castillo resisto muy poco a la fatiga y el hambre que para ti son tan comunes, y que me debilito con facilidad…

— F-Feliciano…

— P-pero… ¡He estado tratando de dar lo mejor de mí en esta aventura! De veras me hace mucha ilusión que podamos acceder a ese deseo tan poderoso, pero jamás pensé que nos encontraríamos con tantos obstáculos y peligros por el camino… y me temo que he resultado ser más un dolor de cabeza que una ayuda para ti, para Antonio y mi hermano… de veras lo siento, Ludwig…

El caballero alzó su mano, y cariñosamente la dejó caer en la cabeza del príncipe, frotándola en una brusca caricia. Feliciano no se estaba comportando como de costumbre. De primer momento, había resultado ser ciertamente un noble enfadoso, pero de una manera distinta a la que tenía su hermano de ponerle los nervios de punta. Mientras Lovino se frustraba y se irritaba con mucha facilidad, y su disposición a colaborar no era siempre de las mejores; Feliciano era despistado, solía ser blanco de ataques y un imán de problemas, y carecía de entrenamiento suficiente como para resistir las hostilidades del ambiente –el hambre, el frío, las camas incómodas y los monstruos feos y malolientes-, no obstante, no dejaba de ser un hecho rescatable que su moral se hubiese mantenido en pie hasta esas alturas de su viaje por el mundo.

— Piensas así porque estás agotado. Es un hecho que la falta de sueño te pone de mal humor— dijo el alemán, tratando de desviar la charla — Ya has hecho suficiente por hoy. Ve a descansar con la guardia saliente. Yo te cubriré.

— ¿Es en serio?

— Más que en serio, es una orden. Te necesito descansado por si algo llegara a suceder— Ludwig instó a su compañero a abandonar su puesto de guardia. Mientras se alejaba, el alemán le dirigió unas últimas palabras de aliento — Es cierto que en algunos aspectos sí has resultado ser problemático, Feliciano. Pero no puedo culparte. Es la primera vez que sales de casa y te aventuras en una senda tan peligrosa… más que enfadarme contigo… no puedo hacer más que darte las gracias.

— ¿Las gracias? ¿Por qué? — preguntó el príncipe, volviéndose con gesto sorprendido.

— Por haber persistido a mi lado hasta este punto de nuestra odisea— sentenció. Feliciano enrojeció levemente, y se sonrió — Había momentos en los que realmente pensé que te rendirías. Pero me equivoqué contigo… para ser alguien tan frágil e inexperto… tu disposición ante los problemas que han surgido te ha llevado lejos. Me sorprende ver lo valiente que puedes llegar a ser.

— ¿Valiente? ¿Yo? ¡O-oh, eso no es cierto! — Rió nerviosamente — Yo…

— Lo eres cuando tienes consciencia de que no estás solo en esto— interrumpió Ludwig — Y quiero que sigas así hasta el último minuto. Por eso necesito que ahora vayas y descanses: para que sigas siendo valiente, para que tu disposición ante los riesgos no se pierda cuando más la necesitamos… y para que sigas confiando en que nosotros jamás te dejaremos solo.

Después de un tenso lapso de silencio, Feliciano volvió a encaminarse al lugar donde los soldados de la guardia rotativa pernoctaban tranquilamente.

— Buenas noches, Ludwig.

En ese momento, cuando la silueta del italiano se perdió en la lejanía del vasto recibidor principal, Ludwig agradeció que la oscuridad que inundaba la planta baja del palacio, y el cansancio de Feliciano, hubiesen impedido ver que su rostro estaba completamente ruborizado.


Fuera de los muros del palacio de hielo, la agrupación de bárbaros había tomado colocación.

Deshacerse de la escasa guardia exterior había sido como quitarle sus dulces a un niño. Ciertamente, Iván debería ir pensando en una urgente renovación de sus filas, y buscar personal más profesionalizado. ¡Ni siquiera fue necesario tanto sigilo!

En menos de lo que el mismo Gansükh había planeado, la entrada principal a la fortaleza de hielo estaba libre para que su ejército hiciera una triunfal y nada discreta entrada al lugar.

— ¿Dónde se ha metido ese animal peludo cuando más lo necesito…?— se preguntó el mongol en voz alta, cuando una silueta corpulenta bajó raudamente por la cuerda que colgaba desde lo alto del muro — ¡Ah, Sadiq! Justo me acordaba de ti. Dime ¿Cómo te fue? ¿Encontraste una vía alternativa…?

— ¿Eh? Ah… sí. Pero es muy pequeña. Digamos… solo puede utilizarla una persona a la vez. Además de que existe el riesgo de resbalar y caer al vacío ¡Y son por lo menos unos cinco metros…!

— ¡No empieces con eso de nuevo! — reprendió el arquero — ¿La tienes?

— Localicé la habitación del emperador. Duerme como un bebé.

— ¿Quieres decir que se despierta cada dos horas para llorar de hambre y frío hasta que alguien llega a atenderlo?

— ¿…Eh?

— ¡Fui padre de mellizos! De eso hace veintitrés años, pero voy en serio: el sueño de un bebé es especialmente discontinuo y tormentoso.

— ¡Ah, pero tú sabes a lo que me refiero, tarado! — bufó el turco con exasperación — Debemos llegar de alguna forma a la segunda planta y dar con la última habitación a mano izquierda.

— ¿Tu izquierda, o la mía?

Sadiq le propinó un zape a su compañero.

— No tienes sentido del humor.

A falta de más opciones o un plan más elaborado, optaron finalmente por hacerlo a la antigua.

— Entraremos por el frente. A estas alturas, da igual cuántos sean y que nos vean. Destrúyanlo todo. Y que no quede títere con cabeza. Pero si se trata del emperador o su familia, ni se les ocurra matarlos hasta que nos entreguen lo que queremos.

— ¿Y cuando ya lo hayamos obtenido? ¿Qué hacemos, comandante?

— Irnos rápidamente de este lugar, que el frío ya está haciendo que me duelan las articulaciones.

— Eres un anciano, Gansükh…


Faltaban dos horas para que el sol comenzara a salir. El cielo nocturno ya no poseía del todo ese denso color azul oscuro estampado de estrellas, sino que allá, en el horizonte, por el este, se veían los primeros asomos de una aurora violácea que avanzaba, como reptando por la oscuridad.

En la planta baja del palacio, la guardia rotativa siguió haciendo cambios cada una hora. Feliciano, Antonio y Lovino reposaban sentados sobre la alfombra, con las espaldas apoyadas entre ellos. El menor abrazaba sus piernas, y sobre sus rodillas, tenía recostada la cabeza semi-ladeada. Sus compañeros en cambio dormitaban con la vista perdida en la nada.

— No ha sucedido absolutamente nada desde que empezamos a hacer guardia de este sitio. Vaya mierda.

— Mejor eso a que de la nada los bárbaros hayan entrado— replicó Antonio con voz cansada.

— En lo personal, me afectan más los nervios que el cansancio y la falta de sueño. Maldición…— chistó molesto el príncipe — Quiero acabar pronto… ¡Ya no lo soporto más!

— Deberías tratar de dormir, Lovino. Seguro a estas alturas de la noche ya no sucede nada— aconsejó el español. El noble cerró los ojos, y suspiró hondamente. Trató de calmarse, cuando entonces…

— ¡INTRUSOS…! ¡EN LAS PUERTAS DEL PALACIO! ¡NUESTROS GUARDIAS ESTÁN MUERTOS…!

… empezó todo.

— ¡Todos, levántense! ¡Pronto, tomen sus armas! ¡Algo ha ocurrido en el frente, y no nos hemos enterado! ¡Vamos, vamos! ¡Los intrusos ya están aquí…!

— ¡Lovino, Feliciano! ¡Rápido, de pie! — instó el ibérico, poniéndose de pie, alcanzando la alabarda que le habían facilitado las tropas imperiales. Feliciano espabiló rápidamente a causa de los nervios, y Lovino, que ni siquiera había alcanzado a sumergirse en el trace, también se incorporó listo para el combate. Ambos nobles sujetaron firmemente las empuñaduras de sus espadas, temblando de miedo.

— ¡¿Dónde está el macho patatero?!

— ¡Ludwig… aún está en la guardia! ¿Y si... los bárbaros…?

— ¡Chaval, no es momento de ser pesimistas! — reprochó nervioso el aventurero — Él se nos unirá pronto. Mientras tanto, hemos de estar atentos a las órdenes del guardaespaldas del emperador ¿Dónde está…?

En eso, un imprevisto estallido rompió con la poca calma que restaba en los soldados esa noche. La puerta principal se remeció tras un sólido golpe asestado desde fuera con un ariete improvisado por los invasores con una de las bancas del jardín.

— ¡A-ay, no…!

— ¡Miren! ¡Ahí viene Ludwig!

El alemán entró a gran velocidad al hall central, jadeando exhausto.

— Logré… hacer retroceder a unos cuantos… todas las entradas… están siendo forzadas… VIENEN A POR NOSOTROS.

— ¿Qué hacemos? — preguntó Antonio.

— Son demasiados como para siquiera pensar en hacerles frente con este ejército. Aunque sean profesionales, no tardarán un segundo en reducirlos a nada— comentó el caballero en voz baja — Salvo que contemos con un arma muy poderosa con la cual asestar un golpe efectivo y la usemos AHORA, YA; todo podría estar perdido…

— ¡¿Algo como qué…?! — inquirió aceleradamente Lovino — ¡Si llegase a haberla, es AHORA cuando debemos buscarla y hacer uso de ella!

— ¡Pues algo cuyo disparo los tome por sorpresa! ¡Un cañón, una catapulta… o…!— el germano calló de súbito. Su mirada se iluminó como si hubiese tenido la mejor ocurrencia de su vida —… magia…

— ¡Oh, cierto…! Eh, pero…— se interrumpió el español — ¿Eso no haría que el emperador y su familia se vieran involucrados?

— Es eso, o salir a enfrentar a los bárbaros a sabiendas que todos moriremos, y las piezas de la llave caerán en sus manos.

— ¡Sir Ludwig…!— llamó Toris desde el otro extremo del hall central, acudiendo con un séquito de soldados armados que temblaban bajo sus vestiduras de combate — ¡La puerta principal está por ceder! ¡Propongo que nos formemos como barrera humana frente a los escalones para combatir como los espartanos en Termópilas, y alguien suba a alertar al emperador de que debe huir cuanto antes de su palacio!

— ¿Quieres detener a esa horda de cientos de bárbaros pretendiendo que además alcanzaremos a hacer que el emperador evacue sano y salvo?

— No tenemos ningún plan mejor…— admitió dolido el guardaespaldas —… más si usted tiene en mente algo más, sus ideas serán bienvenidas.

— Esto no va a gustarle nada, Sir Toris… hay que actuar rápido, y con eso me refiero que en este preciso momento, alguien ya debería estar allá arriba…

— ¡Voy cagando leches…!— y el ibérico se movió a rápidas zancadas por los peldaños, en dirección a los aposentos de los brujos eslavos.


Un segundo golpe con el ariete. Las bisagras se desprendieron con facilidad de los bloques de hielo que hacían las veces de ladrillos, y el madero se tambaleó hacia adentro.

La tercera embestida sería el comienzo del fin.

— ¡Con más fuerza! ¡Presiento que nuestra victoria está muy cerca!

Internamente, Sadiq rezaba porque Yekaterina estuviese oculta en un lugar donde sus compañeros no pudiesen encontrarla…

… y porque su temible hermano Iván no fuese a aparecerse para arruinarlo todo…


— ¡Señor Iván! ¡Excelencia! — Antonio golpeó repetidas veces la puerta de la habitación del emperador — ¡Los bárbaros ya están aquí! ¡Necesitamos su ayuda!

— ¿…Uh? — el hechicero abrió con gesto somnoliento, sonriendo con debilidad — ¿Ya murió mi ejército?

— (¿Cómo es que este tío está tan tranquilo?) — pensó — Uh… ¡No, pero lo harán si no nos auxilia ahora mismo! Verá… ¡Hemos descubierto que no daremos abasto combatiendo cuerpo a cuerpo… pero USTED y sus hermanas podrían usar sus magníficos poderes para echarnos una mano, y luego podrían salir de aquí, sanos y salvos!

— ¡Dame un segundo! Necesito vestirme para la ocasión— pidió el monarca. Antes de que cerrara la puerta, Antonio le asió por la muñeca, y le sacó a rastras de sus aposentos.

— ¡No hay tiempo!

— ¡¿Qué está pasando?! — rugió Natalya desde su cuarto, abriendo violentamente la puerta — ¡¿Cómo osas a interrumpir el sueño de mi amado hermano, y tocarlo descaradamente mientras está en pijama?!

— ¡Es una emergencia, maja! ¡Lo necesito! — A toda carrera, el ibérico llevó al sonriente y adormilado mandatario hasta las escaleras, sin que este pareciera poner ningún tipo de resistencia.

Natalya salió corriendo tras de ellos con gesto iracundo.

— ¡Detente insensato!

— Esto va a ponerse interesante— rió Iván entre dientes.


— ¡La puerta casi cede! ¡Estamos perdidos! — lloró uno de los soldados, cayendo de rodillas en el suelo.

— ¡Moriremos! ¡Todos moriremos!

El tercer golpe del ariete estaba por llegar. Y aún no había señales divinas de salvación. La ventisca fría se colaba con un potente silbido por las aberturas hechas en el frontis del palacio, junto con una combinación de gritos en dialectos mongoles y turcos que sonaban como bramidos de bestias.

Los guerreros se aferraron a sus espadas y escudos. Tragaron espesamente, y tensaron hasta el último de los músculos de su cuerpo.

Tras la agrupación, Feliciano y Lovino compartieron una mirada espantada.

Entonces, Ludwig vio algo extraño en el frente.

— Miren… ¡Allí!

Indicó hacia el centro del recibidor principal, donde había comenzado a formarse una suerte de torbellino de polvillo blanco y cristales grises y azulados, impulsados por una fuerza invisible que los hacía rodar en torno a un eje imaginario. Comenzó entonces a materializarse primero un cúmulo, luego, una columna de nieve y hielo.

Rápidamente, los presentes dieron cuenta de que se trataba de la magia del emperador Iván. Voltearon a verlo, sorprendidos. De pie junto al forastero que había interrumpido su descanso, el sonriente mandatario ejecutaba un movimiento circular y constante con la mano derecha, como un director de orquesta. Su servidumbre y los visitantes no le perdieron de vista sino hasta que con gesto de satisfacción, detuvo su conjuro.

Con una infantil carcajada, el silencio posterior al término de su obra se quebró.

— ¡Que empiece la diversión!

Y entonces, escucharon el tercer golpe del ariete en la entrada principal. Un coro de voces infernales prorrumpió en la quietud de la noche, pero su firme clamor solo duró unos segundos.

— ¿Qué… es eso…?

La legión imperial tampoco podía creer que tuviesen semejante creación ante ellos. Y sintieron tato temor como el enemigo.

— ¡Un muñeco de nieve gigante…!

— ¡Y no tiene cara de ser amigable!

Los gritos fueron sucedidos por el rugido de una criatura de porte colosal, de una estructura corporal muy similar a la de un humano, con un tren superior robusto y unos brazos desproporcionados que, en la posición encorvada en que Iván había ideado a la criatura, casi lograban tocar el suelo. Estaba provisto de garras y dientes de hielo sólido y aguzado, y también de una serie de púas congeladas a lo largo del espinazo y los hombros. Una creación sorprendente y aterradora que mantuvo por largos segundos a ambos ejércitos petrificados.

Gansükh avanzó al frente con cautela, abriéndose paso por entre los hombres de su hueste. Tras dirigir una mirada escrutadora a su alrededor y al monstruo que tenía en frente, simplemente sonrió y ordenó algo en su idioma natal que sonó como un ladrido, correspondido por sus hombres con diferentes exclamaciones de guerra.

Centenares de soldados bárbaros se lanzaron al ataque con sus armas en alto, dispersándose por los flancos izquierdo y derecho de la colosal bestia, mientras otros se aventaban directamente por el centro hacia la creación del emperador.

Toris reaccionó:

— ¡No dejen que alcancen esta entrada! ¡Detengan a todo aquél que no alcance a ser contenido por el monstruo de nieve, y háganlo retroceder! ¡No deben alcanzar al emperador, tampoco a nuestros invitados…!

— ¡Quédense en la retaguardia, y protejan sus tesoros! — invitó el mandatario con voz insinuante. Recalcó especialmente la última parte de su frase con un tono de voz más fuerte de lo normal. Lovino, Feliciano y Ludwig se precipitaron escalera-arriba, llegando junto a Antonio y el emperador.

Natalya, en tanto, observaba desde más atrás la campal batalla que se había montado en la planta baja de su palacio. Supo de inmediato, al ver al monstruo de nieve, que Iván se había expuesto ante los enemigos invasores, y posiblemente tras lograr derrotar a sus fuerzas imperiales, irían tras él para matarlo.

No podía permitírselos.

— Iván…

— ¡S-señorita Natalya…!— Ludwig estaba sorprendido de verla allí — ¡Vaya a un sitio seguro con su hermana! ¡Prometemos que nadie va a alcanzarlos…!

— No me digas qué hacer— retó venenosamente la bruja — Ustedes… ¡Ustedes han traído la desgracia a esta casa! ¡Si no hubieran llegado aquí con su cuento de los tesoros de un cuento de hadas, esta batalla no estaría librándose! ¡Han involucrado a mi familia en un peligro de dimensiones bíblicas y aún se dan el lujo de dictarnos órdenes…! ¡No tienen ningún poder aquí!

— ¡N-Natalya, no te alteres…! ¡Ya estás poniéndote verde…!— señaló Iván con voz temblorosa. En efecto, la mutación de su hermana a su forma de arpía ya había comenzado.

— ¡Ya es demasiado tarde como para retractarnos! ¡Y antes de que sigan haciendo estupideces aquí para salvar sus pellejos, les advierto que de aquí en más no toleraré ninguna otra acción que ponga en riesgo a mi familia! ¡Seré yo misma quien tome cartas en el asunto, y ponga fin a esto!

La bruja se adelantó, abriéndose paso a bruscos empujones por entre los forasteros y su hermano, y se plantó con determinación a la mitad de la escalera. De su bando, solo el hombre de nieve parecía ser un firme combatiente, más los soldados del ejército imperial habían comenzado a retroceder ante la presión de sus oponentes, y se habían replegado en los primeros escalones.

Lo que vieron a continuación crispó los nervios de la totalidad de los presentes.

Dos refulgentes esferas de poder brillaron envolviendo las manos de Natalya en una luz de color verde, y en cuanto la bruja subió las manos apuntando hacia el cielo, en el exterior se desató una tormenta eléctrica que concentró sus descargas sobre el palacio de hielo.

Los rayos penetraron violentamente, rompiendo las instalaciones en altura, hasta impactar en el suelo del hall central y a algunos de los contendientes dispuestos sobre él. A su paso, creciendo con una rapidez sorprendente, florecieron enredaderas de considerable diámetro y espesor, dotadas de púas que se clavaron en las carnes de aliados y enemigos, envolviéndolos por sobre la ropa y elevándolos a mediana altura, comenzando incluso a ahorcar a varios de ellos.

Arbustos de espinos desprovistos de follaje cercaron sin tocar al muñeco de nieve, encerrando junto a él a desafortunados enemigos que pronto encontraron la muerte en sus fauces sin posibilidad de atacarle a causa de la falta de espacio y las enredaderas que los habían apresado.

Todo el suelo del recibidor quedó destrozado por el hostil ramaje invocado por la bruja, y los contendientes quedaron atrapados en casi iguales condiciones.

— ¡P-pero… pero…!— Lovino estaba aterrado — ¡¿Qué ha hecho…?! ¡Sus hombres no podrán pelear así…!

La gélida mirada de la bruja se clavó sobre la del príncipe, haciéndolo callar al instante. Se volvió hacia el emperador con un semblante extrañamente sereno, aunque sus globos oculares completamente ennegrecidos por la progresiva transformación delataron toda la inquietud, el miedo y el odio que la habían arrastrado a tan drástica determinación.

— N… Natalya…

— No quiero que te lastimen, Iván. Y si para protegerte de la desgracia que nuestros invitados han traído a nuestro hogar es necesario matar a todas estas personas…— su mano destellante de energía apunto a los cuatro forasteros —… ten por seguro que voy a hacerlo.


Notas de la Autora:

¡Lo sé! ¡Soy una muy-mala-persona! Más de una semana sin actualizar este fanfic, y la verdad es que no tengo excusas, más que decir que el ritmo de la Uni no me acompaña en lo absoluto (regreso a casa agotadísima) y la inspiración tampoco.
Pero no ¡No voy a dejar esta historia inconclusa!

Siento que este capítulo quedó un poco raro. Disculpen si también lo sienten así. En el proceso de escribirlo noté varias incongruencias con capítulos anteriores, y también con algunos planes para el futuro, y tuve que cambiarlo varias veces hasta que saliera un resultado que me sentara cómodo -lo que no quita que todavía lo sienta extraño- como una transición para el siguiente, que sí prometo estará algo más... "interesante" ;D

¡Los bárbaros han entrado al palacio de Iván! El ejército imperial parecía no ser la mejor carta bajo la manga del emperador, no obstante: ¡La magia está de su lado! El muñeco de nieve gigante apareció para inclinar la balanza a favor de nuestros protagonistas. Pero seamos sinceros... ¿Quién se esperaba que Natalya se transformara ahora en una enemiga para el Cuarteto Maravilla en vista de la amenaza que han arrastrado consigo?
(¡No me malentiendan! ¡No pretendo dejar mal a Natalya! ¡Amo a esta chica!)

Como siempre, agradezco a todos aquellos lectores que se han tomado el tiempo para comentar este fanfic, dejando constancia de su opinión y sus ganas de que la trama siga: GoodLoverBoy, Horus100, Dazaru Kimchibun, Kayra Isis y Wind und Serebro.
¡Gracias de verdad!

En esta ocasión, la pregunta va enfocada netamente al fanic. Si gustan, la responden, sino, no lo hagan :D
¿Cuál ha sido hasta el momento tu personaje preferido? (Yo haré un top 3...)
3.- Feliciano: Lo destaco por sobre sus compañeros del Cuarteto Maravilla porque como "protagonista" del fanfic es quien se lleva la mayor parte de la mala suerte, pero también es quien en muchas ocasiones motiva a sus compañeros a seguir el curso de su aventura y tiene salidas muy espontáneas en casos done todo parece perdido (sino ¡Recuerden el percance entre la Reina del Norte, el Emperador Alfred y la Rein del Sur!)
2.- Kyle: Inicialmente, él no iba a aparecer en la historia (de hecho, no se me habría cruzado por la cabeza meter a Oceanía en esto), pero luego cedí ante la tentación de colocar a una suerte de Tarzán mezclado con Indiana Jones en la aventura, y decidí involucrarlo con los antagonistas. No me arrepiento en lo absoluto de la decisión: ¡Adoré las participaciones de Kyle, sobretodo en Australia advirtiendo de que todo allí era letal y venenoso! Como personaje, terminó por ganarse mi corazón (jeje, y el de los lectores también), pero el primer lugar se lo dejo a...
1.- Hyung: ¡Sí~~, el gendarme de la Corte de los Milagros! Como OC de Hetalia, es mi favorito. Y su participación en la historia fue una de las cosas que más adoré escribir. Su faceta oscura en un principio, seguida de un humor extraño y ácido, un misterio envolvente en toro a su personalidad, su trágico pasado, y por qué no decirlo: la maldición del dragón que carga cual cruz sobre su espalda. Admito que cuando formulé la historia, quería que este personaje tuviese importancia. Por eso es la motivación de Gansükh en la búsqueda de las piezas de la Llave Sagrada.

¡Nos leemos! (Trataré de que eso sea pronto :') )