¡Hola! Lamento la tardanza, espero disfruten el cap :) Y muchas gracias a todos los que leen, comentan, y colocan esta historia en alerta o en favoritos. Me hacen muy feliz :D (?)

¡Hasta pronto!

Love,

Nikky Grey


Capítulo XLVII:

La cuenta cuentos y el hechicero:

"Así que supongo que somos quienes somos por un montón de razones. Y quizás nunca conozcamos la mayoría de ellas. Pero aunque no tengamos el poder de elegir de dónde venimos, todavía podemos elegir adónde vamos. Todavía podemos hacer cosas. Y podemos intentar sentirnos bien con ellas."

Las ventajas de ser invisible, novela por Stephen Chbosky.

La oscuridad no tardó en rodearlos, fría y espesa. Ahogaba el ruido que había reinado hasta entonces, los ecos remanentes de la batalla en pausa. Era extraño como en ese mundo todo podría desaparecer de manera tan súbita...

O durar más de la cuenta, sin ningún tipo de intermedio.

Jane sentía sus pies apoyados en algo, sabía que no caía, sabía que seguía de pie... Pero la superficie era indeterminable, e incluso el vaivén del barco parecía haber desaparecido.

Mas lo primero que notó fue que estaba sola. ¿A dónde había ido Peter? Ambos habían entrado al mismo tiempo, y no recordaba en qué momento había dejado de sentir su presencia. Todo después de haber atravesado la puerta no era sino oscuridad, y aunque giró la cabeza, con pocas esperanzas, sabía que encontrarlo allí sería casi imposible.

-¿Peter? -llamó, y la oscuridad engulló su voz, como había hecho con los demás ruidos. Sus fríos dientes desmembraron sus palabras y las hicieron débiles y temblorosas, como el tintineo de un cascabel- ¿Peter?

¿Habían entrado los demás? ¿Estarían tan perdidos como ellos?

¿Era un truco de la bruja para detenerlos, o una trampa de la que jamás podrían salir? Y de ser solo una ilusión, ¿cómo la romperían?

Algo llamó su atención. Un ruido en la oscuridad, el susurro de una tela, tenue, que retumbó en el silencio y puso todos sus sentidos alerta.

Venía de detrás de ella. Giró rápidamente, mas sabía que era en vano. No podía ver nada, menos distinguir al causante.

Volvió a escucharlo, y le pareció que venía de más cerca.

De nuevo, estaba detrás de ella.

El corazón de Jane comenzó a latir más rápido cuando el ruido fue seguido de pasos. Quedos, pesados, se acercaban a ella cada vez más, corrían...

Y luego:

-¿Jane? -Una luz, blanca y cegadora, le hizo cerrar los ojos con una mueca. Por acto reflejo retrocedió, alzando el brazo para protegerse el rostro, y trató de distinguir más allá de la luz con los ojos entrecerrados.

Resultó que la luz no era tan deslumbrante como había creído, más una pequeña mota titilante que otra cosa, perlada y en forma de lágrima. Flotaba en medio de la oscuridad, por encima de una mano pálida de dedos alargados, y al seguir el brazo de la figura descubrió la silueta a contraluz de Seka.

-¿Estás bien? -preguntó, y el ojo de la mitad iluminada de su rostro miró alrededor con cautela.

Jane asintió, y dio un paso al frente para distinguir mejor al peliazul.

-¿Dónde estamos? ¿Dónde están los demás?

Seka sacudió la cabeza, y la luz que portaba brilló con mayor intensidad.

-Entré poco después de ustedes, y no sé nada más. Parece una ilusión de algún tipo, o un portal, pero no lo he recorrido lo suficiente para estar seguro.

-Sea lo que sea -meditó la chica- Deberíamos poder encontrarlos si seguimos buscando ¿No es así? No puede ser tan grande...

-Puede estar embrujado para que nos lo parezca, y hacernos dar vueltas en círculos sin llegar a ningún lado -replicó el príncipe- Y si en serio atravesamos un portal, las posibilidades son infinitas. Podríamos estar en cualquier parte, quizás incluso en otro universo.

La pelirroja suspiró pesadamente.

-Y entre todas las personas, tenía que encontrarme la más optimista.

Lamentó haberlo dicho casi al momento, al ver la expresión de Seka cambiar drásticamente.

-Habrías preferido quedarte sola con otra persona, entiendo. Discúlpame por intentar salvarles la vida. –dijo, cortante, y se sorprendió al ver que en serio se había enojado.

-Seka, lo lamento, no quise decir que...

-¿Qué preferirías haber encontrado a Pan? ¿No es eso lo que implicaste?

-Claro que no. Digo, estoy preocupada por Peter, claro, al igual que por los demás, pero yo... -calló de golpe, consciente entonces de su tono de voz, y entrecerró los ojos con suspicacia- Espera ¿a caso estás celoso?

Los ojos del peliazul se abrieron desmesuradamente en muda sorpresa, e incluso bajo la tenue luz del hechizo, vio como sus mejillas se teñían de rojo en menos de un segundo, cuando el sobresalto de la pregunta dio paso a la rabia.

-¿¡Crees que se trata de eso!? –gritó- ¿¡Acaso no te das cuenta de qu─

Pero Jane nunca supo de qué no se estaba dando cuenta, pues en ese momento, una violenta sacudida de la tierra puso fin a su conversación, como si los gritos de Seka hubieran comenzado a derribar la estructura en penumbra donde se encontraban.

Ambos se miraron, boquiabiertos y con los ojos como platos, y antes de que Jane pudiera articular palabra otra sacudida convirtió su pregunta en un grito ahogado, haciéndole perder el balance y casi caer sobre Seka, de no ser porque este la sujetó justo a tiempo.

La tierra se sacudió una y otra vez, y la oscuridad comenzó a llenarse de grietas, líneas temblorosas y rápidas que, como relámpagos, llenaron la penumbra de descargas de luz blanca. Pronto la luz invadió toda la habitación en un único destello, y silencioso, reinó por apenas unos segundos antes de llevarse finalmente la oscuridad.

Jane no recordaba haber cerrado los ojos, pero cuando volvió a abrirlos, el color había regresado.

El césped se sacudía por el viento, tan largo que cubría sus tobillos. Estaban en un acantilado, rodeados de árboles de hojas rosas y blancas, y el ruido de un cauce de agua lejano llegaba hasta ellos traído por la brisa.

Jane alzó la cabeza, sorprendida de ver que el cielo era ahora azul y brillante, cargado de nubes esponjosas como el algodón y rayos perezosos del sol que se asomaba a través de ellas. Era un cambio radical del paraje abandonado de Nunca Jamás...

Pero algo le dijo que ese lugar, si bien inocente y hermoso en apariencia, no auguraba nada bueno.

-¿Es una ilusión? -preguntó a Seka, que miraba el lugar con la misma suspicacia.

-No lo sé -admitió.

Jane volvió a observar. A pesar de su inmensidad, el acantilado parecía estar desierto. Un escalofrío que no tuvo nada que ver con el frío le recorrió la columna.

-Deberíamos movernos -sugirió- Si es real debería haber una puerta que nos lleve de vuelta, y si no lo es, tenemos que encontrar cómo romperlo ¿No?

El peliazul asintió, y tras mirar a su alrededor un instante más echó a andar, descendiendo la cresta donde se encontraban e indicándole a Jane que lo siguiera.

La hierba aumentó de tamaño mientras descendían, llegando casi hasta su cintura. Le hacía cosquillas en los brazos mientras descendían, sacudida por el viento. Las hojas que caían en cascadas de los árboles se perdían en el mar verde.

La chica distinguió un río al final de la colina, una delgada línea serpenteante que bordeaba la planicie como un listón azul, su correr reflejando el cielo sobre sus cabezas. Notó que descendían a un amplio valle, entre varias colinas semejantes, rodeado de árboles idénticos y del estrecho río.

El viento y el agua eran los dos únicos ruidos en aquel misterioso lugar, la naturaleza dominando sobre cualquier otra cosa que pudiera haber… Si es que existía otro ente en absoluto. El silencio se le hizo insoportable, y Jane giró la cabeza hacia Seka, deseosa de romper el silencio –y la tensión entre los dos- de alguna manera.

-¿Estás molesto conmigo? –preguntó, observando la seriedad en su rostro. El príncipe giró la cabeza hacia ella, y su expresión pareció suavizarse.

-No, Jane, por supuesto que no –sus palabras sonaban honestas, mas la chica no podía evitar sentirse culpable.

-Lamento lo que dije –insistió- No quise… Sé que sonó como que yo… Pero no pretendía…

-Jan─

-De verdad has hecho muchas cosas para ayudarnos. Te considero mi amigo, y no me gustaría que pensaras que no me preocupo por─

-¡Jane! –la chica calló de golpe, consciente por primera vez del brillo divertido en su mirada- Está bien, en serio. Entiendo que estés preocupada por los demás, créeme que yo también lo estoy.

-Oh –parpadeó, algo incómoda ahora, pero se dijo que no había dicho nada malo. No esta vez- ¿No hay… Ningún problema entre nosotros, entonces?

Seka sonrió, sacudiendo la cabeza.

-Bien –dijo Jane- Me alegro.

Volvió la cabeza al frente, y descendieron en silencio unos minutos más, sus pasos silenciados por el cojín esmeralda. La proximidad al agua cambió la temperatura del aire, haciéndolo más frío, y eso y el hormigueo constante en sus brazos que las briznas dejaban a su paso le daba escalofríos.

-También lo hago, por cierto –la voz de Seka la sobresaltó, y sus palabras la confundieron.

-¿Qué cosa? –preguntó, girando la cabeza hacia él una vez más.

-También te considero mi amiga.

Sonrió, algo apenada, pues sabía que no respondía a esa pregunta, sino a lo último que le había dicho en la oscuridad de la habitación, antes de que el mundo se sacudiera y terminaran varados en aquella tierra sin nombre.

-Es bueno saberlo –ironizó, y otro escalofrío le recorrió la columna.

Pero esta vez, algo había sido diferente.

La joven dirigió la vista al valle. Casi llegaban al pie de la colina, y el ruido del agua se hacía cada vez más fuerte, casi opacando al viento. Debajo, el paisaje no era muy diferente, árboles, hierba, hojas tumbadas por la brisa…

Mas ahora de cerca, la pelirroja distinguió algo más: Una figura solitaria, oculta bajo la sombra de uno de los árboles, demasiado lejos aún para distinguirla, pero decididamente humana.

Al menos, en apariencia.

Se detuvo de golpe, conteniendo el aliento, y por el rabillo del ojo vio que Seka también se detenía, siguiendo su mirada y reparando en la silueta distante por vez primera. ¿Se trataba acaso de Odette? ¿Habían caído en su trampa?

Miro al peliazul, y vio en su expresión la misma sospecha que sentía. Había sido muy fácil, demasiado fácil. ¿Cómo no habían sospechado antes de aquel sitio tan antinaturalmente tranquilo?

-Jane –comenzó Seka, con aquel tono que la chica odiaba, y supo lo que vendría antes incluso de que siguiera hablando- Regresa, la distraeré y─

-De eso ni hablar –lo interrumpió ella- La enfrentaremos juntos; no pienso dejarte solo.

Y siendo honestos, la perspectiva de quedarse sola en medio del silencio era también aterradora.

Además, ambos sabían la verdad, y quizás fue por esa razón que Seka se limitó a seguir andando, en silente consentimiento: Si la bruja había creado esa ilusión, ella controlaba ese mundo, y Jane no tenía ninguna oportunidad de escapar.

Ninguno de los dos la tenía.

Descendieron el resto del camino, al mismo ritmo que antes, pues no serviría de nada correr y menos desacelerar y prolongar lo inevitable. No podía distinguirlo, entre las sombras, pero le pareció que la figura los seguía con la mirada, inmóvil a excepción de su cabello, batido por el viento.

La ansiedad crecía dentro de ella en ondas, mas se sorprendió de la fluidez de sus movimientos. No había ningún temblor en sus manos que delatara su tormento, ninguna alteración en su respiración. No porque no tuviera miedo, porque lo tenía. El corazón le latía tan rápido que estaba segura de que la distante y misteriosa silueta era capaz de oírlo.

Pero había también una muda resignación en su actitud, algo de lo que, hasta entonces, Jane no había sido consciente: Había sido su único propósito desde un principio, enfrentar a Garfio, a Odette, poner fin a la maldición. Ahora que estaba tan cerca, la adrenalina enmudecía cualquier otra emoción, dándole fuerza a sus piernas, moviéndolas casi fuera de su control, impulsándola hacia adelante.

Al llegar al pie de la colina, el césped se apartó frente a ellos, dividiéndose en dos como el Mar Muerto. Una prueba más de que ese mundo no era real, de que todo en él, desde las nubes hasta el suelo confabulaba para acercarlos hacia ella.

No se detuvieron, andando uno a un lado del otro. La silueta se hacía menos oscura mientras andaban, su rostro en las sombras, pero decididamente una silueta de mujer. Un rayo de luz traicionero dejaba ver el tono azul pastel del vestido que llevaba, cayendo sobre sus pies descalzos y deteniéndose allí, sin atreverse a develar más. Las mangas largas le cubrían los brazos, y por primera vez la vio moverse, extendiendo el brazo para saludarlos.

El gesto inocente le revolvió el estómago. ¿Se burlaba de ellos? ¿De su falta de resistencia?

Quizás tiene razón, pensó, quizás merecemos que se burle.

Distinguía la piel pálida de sus manos, los dedos delgados, el cuello esbelto. Los rayos del sol jugaban con su figura, revelando el encaje de su ropa, el castaño rojizo de su cabello…

Qué extraño, pensó la chica. Hasta donde sabía, Odette tenía el cabello negro, ¿se trataba de otro de sus hechizos, acaso?

Estaban a solo unos metros ya, y la figura parecía saberlo, ladeando la cabeza y dando un paso al frente, sin dejar las sombras que la escondían. Había algo extraño en sus movimientos, un gesto ligeramente familiar, algo a lo que no podía ponerle nombre, por mucho que lo intentara.

Siguieron avanzando, y casi la alcanzaban cuando la mujer dio otro paso más, dejando la protección de la oscuridad.

Jane contuvo el aliento, y Seka se detuvo al mismo tiempo que ella. No podía ver su expresión, sus ojos estaban clavados en la mujer que, frente a ellos, sonreía con dulzura, sus ojos brillantes y cálidos devolviéndole la mirada con una mezcla de paciencia y afecto que la chica no había visto en años.

Desde una fría noche, diez años atrás, en que su reducido mundo se había reducido aun más, y su dolor había enviado a un niño al frío del invierno y al olvido, y había arruinado un país en lo alto del cielo al que nunca había podido volver.

El aire se estranguló en su garganta cuando intentó formar las palabras, y lejano, se vio sacudir la cabeza una vez, dos veces, parpadeando, incrédula, mas la figura no desaparecía, su sonrisa no se esfumaba, sus ojos no dejaban de ser cálidos.

Fue Seka quien habló, y aunque apenas y podía escucharlo por encima del zumbido en sus oídos, del latido desbocado de su corazón, le pareció que su voz se quebraba:

-¿Wendy?

Peter caía por los aires.

El viento le lastimaba la cara, latigazos invisibles que llevaban hacia atrás su cabello y le dificultaban cerrar los ojos. ¿Cuánto tiempo llevaba cayendo? ¿Minutos, horas, días? ¿Había un suelo sobre el qué aterrizar, o seguiría cayendo hasta el fin de los tiempos en un agujero sin fondo?

No recordaba exactamente cómo había ocurrido. En un momento él y Jane estaban entrando al camarote, su mano entrelazada a la suya. La oscuridad los rodeaba, el silencio le presionaba los oídos, Jane desaparecía…

Y antes de que se diera cuenta, el suelo se abría bajo sus pies, como las escotillas de los dibujos animados, y Peter caía, caía y caía…

Y eso lo llevaba al momento presente, rodeado de la misma oscuridad, y sin idea de a dónde lo llevaría. No pudo evitar pensar en la última vez que se había visto en una situación parecida; la última vez que había visto como las estrellas se alejaban cada vez más de su alcance, como su mundo desaparecía a rapidez vertiginosa en un borrón de edificios oscuros y carreteras de piedra.

¿Dónde estaba Jane? ¿Había caído con él? ¿Seguía arriba, en la oscuridad? ¿Estarían los demás con ella? Las preguntas giraban en su cabeza tan rápido como las corrientes de aire, y el chico cerró los ojos cuando comenzaron a llorarle de nuevo, venciendo la presión para sacudirse las lágrimas con los dorsos de sus manos.

Cuando volvió a abrirlos, el suelo estaba a metros de distancia.

Gritó de sorpresa, pero el sonido no tuvo tiempo de salir, la caída más rápida de lo que había predicho, y Peter chocó contra el suelo con fuerza─ No la que esperaba, tras caer de semejante altura, pero sí la suficiente para dejarlo sin aire.

Había caído sobre el hombro izquierdo, y un dolor cegador recorrió el hueso y se repartió por todo su cuerpo en un destello de luz blanca. Fue a gritar de nuevo, pero ningún sonido salió de su boca, su voz ahogada esta vez por el dolor, y por más que jadeaba no conseguía reunir el aire suficiente para recuperarse.

El zumbido en sus oídos desapareció gradualmente, tan despacio como su agonía, y no fue hasta que las punzadas en su hombro disminuyeron que fue consciente de lo que lo rodeaba: El suelo era de piedras irregulares, grises, marrones, negras, cubierto por parches de moho y enredaderas verde oscuro que serpenteaban por el suelo como serpientes. Se encontraba en una habitación amplia, tan alta que no podía distinguir el techo al fondo (lo que tenía sentido, considerando el tiempo interminable que había estado cayendo), sólo paredes grises que se extendían hasta perderse en la oscuridad, vacías a excepción de una que otra ventana, ninguna al mismo nivel que la otra, ninguna del mismo tamaño, y todas con los cristales tan mugrientos que no podía distinguir el cielo al otro lado.

Hizo una mueca al sentarse, apoyándose en el brazo que había recibido el menor impacto, y al recorrer la habitación con la mirada, vio que estaba completamente vacía. No había muebles de ningún tipo, ni puertas, solo arcos a cada lado, su destino medio oculto por la oscuridad y las enredaderas que cubrían parte de ellos.

Se puso en pie, la cabeza palpitándole y su visión tornándose borrosa. Sacudió la cabeza, lo que no ayudó mucho, y parpadeó para aclarar su visión, masajeándose el hombro herido para reducir el dolor mientras se debatía en cuál arco cruzar.

El único ruido, apartando su respiración entrecortada, era el del viento. Una ráfaga fría que rebotaba en las paredes de piedra y daba vueltas apaciblemente alrededor de la habitación. Le pareció que venía del arco de la derecha, y fue en esa dirección, esperando que fuera la decisión correcta.

Apartó las enredaderas, y por un momento, sus ojos escudriñaron la oscuridad al otro lado en busca de algo, lo que fuera, pero fue incapaz de distinguir más allá de un par de pasos, la oscuridad impenetrable como una pared.

Peter tomó aire, asintió para darse ánimos, y cruzó el umbral, sumergiéndose en la oscuridad.

Siguió con cautela, todos sus nervios en alerta, sus pies tanteando el suelo con cuidado de no repetir el mismo accidente. No podía distinguir nada a su alrededor, y no tenía idea de si estaba yendo por el camino correcto, pero no tenía más opción que seguir adelante, sus brazos extendidos en busca de algún muro que lo guiara.

Se dio cuenta que estaba en un estrecho pasillo, sus manos tocando las paredes a ambos extremos. No sentía ninguna irregularidad en las paredes, ninguna puerta, ninguna─

Y entonces, pasó.

Su pie se topó con el vacío, y Peter retrocedió a toda prisa, trastabillando y balanceándose en busca de mantener el equilibrio.

Cuando se recuperó de la impresión, no pudo evitar reír, el ruido de su risa haciendo eco en el espacio vacío.

-¡Ja! ¡No esta vez! –gritó, consciente de que el que empezara a hablar solo no podía ser nada bueno.

Sin embargo, su triunfo duró poco. Era consciente de que la única forma de continuar era seguir por ese camino o regresar, y sin poder ver el agujero, no tenía manera de saber hasta dónde se extendía, o si había suelo más allá de él.

Con un suspiro, se dirigió hacia adelante, tanteando las paredes en busca de algo a lo que sostenerse. Finalmente, sus dedos dieron con algo frío de textura rugosa. Una base metálica para una antorcha, quizás, o el picaporte para alguna puerta.

De cualquier manera, se sujetó a él y tanteó el agujero con el pie, buscando el fin de este.

El agujero se extendía de pared a pared.

Peter maldijo en voz baja, preparándose para regresar por donde había venido e intentar por la otra puerta…

El chirrido metálico retumbó en la oscuridad, y el objeto del que se había estado sujetando se desprendió de la pared, haciéndolo perder el equilibrio y tambalearse hacia adelante. Cerró los ojos, preparándose para la caída…

Y entonces, su pie tocó el suelo.

Abrió los ojos, no que sirviera de mucho, y sorprendido, bajó el otro pie, acuclillándose para asegurarse de que realmente estaba ocurriendo.

No había caído, no era un agujero.

Era una escalera.

Rió entre dientes, reprendiéndose a sí mismo, y poniéndose en pie comenzó el trabajoso descenso, distinguiendo el fin del escalón con un pie antes de bajar del todo, y sin soltar las paredes, aunque tampoco era que estuvieran ayudándole mucho a mantener el balance.

¿Cuántos escalones serían? Se preguntó. ¿A dónde irían? No podía escuchar ningún ruido al otro lado, nada aparte de las corrientes de aire, de su respiración, del latido de su corazón.

¿Qué clase de lugar era ese? ¿Era el único ser vivo en él?

Jane…

¿Estarían enfrentándose a los piratas mientras él estaba atrapado en aquel pasillo? ¿Habrían llegado ya los salvajes, con sus ojos amarillos y sus siluetas alargadas?

Los pensamientos de Peter se interrumpieron cuando, al apoyar el pie en el siguiente escalón, escuchó un crujido proveniente de debajo de él. No tuvo tiempo de reaccionar, la superficie desmoronándose bajo su peso, propulsándolo hacia adelante.

De lo siguiente que fue consciente fue de rodar a toda velocidad, precipitándose hacia abajo sin poder frenar su caída de ninguna manera. Los bordes del escalón se clavaban en su espalda, dejaban marcas en sus brazos, y mientras resbalaba hacia su nueva destinación, pensó por primera vez que quizás, sólo quizás, ese no era su día en lo absoluto.

Wendy volvió a sonreír, asintiendo a la pregunta de Seka. Era un gesto tan familiar, tan engravado en su memoria, que la palabra dejó sus labios antes de que pudiera contenerla. Un murmullo sin aliento, tan quedo que pensó que no lo oiría:

-Mamá...

Pero sí lo hizo, y sus ojos fueron a ella de nuevo.

-Has crecido tanto, Jane -dijo, hablando por primera vez.

Jane no podía respirar, no podía moverse. El mundo pareció balancearse bajo sus pies, los colores se difuminaron, palidecieron frente a su madre, incomparables en todas las formas posibles.

Parecía más real que cualquier otra cosa en ese mundo... Pero no podía ser posible.

No podía, ella...

-Wendy -dijo Seka otra vez, dando un paso al frente. Notó entonces su expresión perpleja, la manera en que sacudía la cabeza una y otra vez- Pero... ¿Cómo...?

-Lo sé -dijo ella con calma- Fue hace ya mucho tiempo, pero nada de eso importa ya.

Jane, confundida, sacudió la cabeza.

-¿De qué estás hablando? -preguntó, y su mirada fue al peliazul- No me dijiste que habías conocido a mamá.

-Una vez -dijo Seka.

-Una vez fue suficiente ¿no? -rió Wendy, caminando hacia ellos. Todo su rostro brillaba, todo en ella era calidez, tal como había sido cuando Jane era niña- Nos conocimos lo suficiente como para que hicieras tu promesa. Una vez, eso fue todo.

-¿Promesa? -Los ojos de Jane iban de uno a otro, cada vez más confundida- ¿De qué promesa habla, Seka?

Vio la vacilación en su rostro, el cómo se hallaba sin palabras pero luchaba por encontrarlas de todas formas.

-Eso ya no importa -dijo Wendy, apartando el pensamiento incómodo con un fluido gesto de la mano- Has cumplido con ella, y ahora puedes cumplir otra.

-¿Cuál? -algo en la voz de Seka había cambiado, pero Jane no sabía definirlo.

De súbito, tuvo una extraña sensación, como si fuera una intrusa en el cuento de otro. La inundó un muy mal presentimiento, uno que no concordaba con la pacífica atmósfera que los rodeaba.

-Lamentaste mucho no poder ayudarme entonces. Lo vi en tu rostro: Querías salvarme, querías detener la maldición y asegurarte de que viviría, pero no había manera de hacerlo. No entonces -sonrió de nuevo, toda luz y calor, pero sus palabras no produjeron ese efecto en su hija- Puedes ayudarme ahora, Seka. Puedes hacer una nueva promesa.

...

Peter abrió los ojos con un gruñido ahogado, y levantó el brazo para cubrirse el rostro cuando su vista se vio herida por la luz de la habitación.

Recordaba haber rodado en la oscuridad, los escalones clavándose en sus costados y en su cabeza con cada vuelta que daba mientras se precipitaba al vacío, y luego... Nada.

La cabeza le dolía, al igual que todo el cuerpo, pero a primera vista, no parecía haberse roto ningún hueso (Bueno, ningún otro hueso, pues el hombro seguía doliéndole como el infierno), cosa que agradecía en gran medida. Había llegado hasta una habitación amplia y cuadrada; subterránea, por el aspecto irregular de las paredes y la humedad del ambiente, e iluminada por antorchas en cada esquina.

Al menos, había vuelto la luz.

Gruñó al intentar sentarse, el movimiento produciendo una punzada de dolor en sus costados, y apoyó el torso en las rodillas al hacerlo, recuperando el aire y cerrando los ojos para disminuir los giros vertiginosos de la habitación tras el cambio de posición.

¿Ahora qué? Pensó, abriendo los ojos y examinando la habitación. Estaba tan vacía como la de arriba, y a su derecha podía ver las escaleras, que se perdían en las sombras tras apenas unos escalones.

A su izquierda, en la pared del fondo, había 3 arcos, entradas a túneles en penumbra. Frente a él había dos más, y al girar la cabeza (el movimiento le produjo otra descarga de dolor, y se dijo que tendría que moverse más despacio) se encontró con otro arco, su destino igual de desconocido que los anteriores.

Seguir era la única opción lógica... Pero ¿A dónde? ¿Cuál de esos caminos lo sacaría de aquel extraño lugar? ¿Y si tomaba el incorrecto, y terminaba perdido allí para siempre?

Sacudió la cabeza (otra descarga, y Peter maldijo en voz baja) apartando los pensamientos negativos de su mente. No tenía caso pensar en eso ahora, no cuando buscar una salida era mucho más importante. Despacio, se puso en pie, y estirándose con casi exagerada precaución, procurando no mover el hombro en ningún momento, dirigió otra mirada a los seis caminos a su alrededor, debatiéndose cuál tomar.

Eran momentos como esos en los que se daba cuenta de la ineludible realidad de su condición, y de los aspectos negativos de esta. Incluso para el niño eterno, diez años habían sido demasiado tiempo. El chico que había sido hasta entonces no habría rodado como un barril por las escaleras, y no habría vacilado ante una encrucijada, lanzándose al primer camino que le pareciera sin pensar en las consecuencias, tan seguro de sí mismo como todos los niños, tan sumergido en su perpetua inocencia que, en un gesto que rayaría en la petulancia, estaría completamente seguro de que nada podría salir mal.

Pero Peter ya no era Peter Pan. Peter era un adulto, tanto en cuerpo como en mente, y sus ojos habían perdido aquella fantástica cualidad de verlo todo como en un sueño: Nítido, brillante, sin sombras que lo opacaran. Había perdido la intrepidez de sus primeros años, enterrada como sus recuerdos bajo la nieve y la lluvia de Londres, y los colores de Nunca Jamás se habían apagado en su memoria, volando lejos de su alcance.

Y ahora solo quedaba él, un hombre común y corriente perdido en un laberinto, lleno de miedos, de nostalgia y de recuerdos confusos de una persona que ya no era.

¿Habían hecho realmente lo correcto al regresar? ¿No habría sido mejor para las hadas y los fantasmas de los niños perdidos creer que él también había muerto? ¿Había sido mejor que vieran en lo que se había convertido?

No tiene caso, se dijo. No tiene sentido pensar en ello. Apretó las manos en puños, y rió entre dientes, consciente de que ya no había vuelta atrás, nunca la hubo. Crecer era inevitable para todo el mundo, incluso para él, que se las había arreglado para burlar al paso del tiempo por casi un siglo.

Y crecer no era del todo malo. Ya no era valiente, no como antes, pero tampoco estaba dispuesto a rendirse. Con crecer, además, habían venido razones por las que luchar: Incluso si terminaba siendo un completo inútil, no habría podido quedarse de brazos cruzados mientras su hogar de la infancia se desvanecía.

No podía dejar a sus amigos a merced de Odette, ni a las hadas que lo habían acompañado, o a las sirenas. Peter Pan no había pensado en nada de eso al partir, era sólo un niño, y pensar en las consecuencias formaba parte del resto de cosas aburridas que hacia la gente grande. Era eso lo que había causado la muerte de los Niños Perdidos.

"Salva a Wendy, Peter"

La habían confundido, eso era evidente. Cuando conocieron a Wendy ella era una niña también, ninguno de ellos la vio crecer, ninguno sabía que tuvo una hija, ni siquiera él lo había sabido hasta esa noche.

Era demasiado tarde para Wendy... Pero aún podía ayudar a Jane.

Y tomando una decisión, fijó sus ojos en el camino de la izquierda, el único arco en aquella pared, y siguió adelante.

Quizás ya no era Peter Pan, el niño que se había negado a crecer y que no le tenía miedo a nada... Pero seguía siendo Peter, seguía estando dispuesto a seguir luchando, y sobre todas las cosas, no estaba dispuesto a detenerse.

Excepto cuando una voz lo llamó, justo detrás de él.

-Espera - El recién llegado no había hablado en voz alta, pero su voz había retumbado en el silencio de la habitación. Sobresaltado, se dio la vuelta, preguntándose a dónde habría ido a parar su espada.

De uno de los arcos en la pared contraria emergió una figura. Un hombre alto que salió de las sombras, las antorchas iluminando sus facciones inexpresivas y su largo cabello blanco (a pesar de que parecía tratarse de un hombre joven).

-No quieres ir por allí -dijo Nowe.

...

-¿Ayudarte? -preguntó el peliazul.

-Hay una manera -dijo Wendy, que pareció no notar el temblor en su voz, siguiendo como si nada- Antes era imposible, pero ahora podemos hacerlo. ¿Me ayudarás, Seka?

Algo en su rostro cambiaba, parecía extinguirse. La luz de sus ojos amenazó con apagarse, las comisuras de su boca se curvaron en la dirección contraria y sus hombros cayeron en señal de abatimiento.

Había notado la confusión en el rostro del peliazul, que la observaba pálido y con ojos desorbitados, incapaz de formular palabra alguna.

-¿No quieres ayudarme, Seka?

-Y-yo...

-Seka -murmuró Jane, encontrando su voz nuevamente- Algo no está bien. Mamá...

-Han pasado muchos años -siguió Wendy, dando otro paso hacia ellos, pero ahora fue diferente: La sonrisa se había ido, llevándose todo el calor. Su luz se apagó y en su lugar había un dolor tan desgarrador que Jane quiso correr a abrazarla, decirle que todo estaría bien, mas sus piernas no le respondían- Por tantos años he estado encerrada en este lugar, ¿no quieres sacarme de aquí?

Algo no tenía sentido. Aquella expresión en el rostro de su madre, sus palabras, la extraña frialdad que sentía. Algo en todo aquello parecía inverosímil y distorsionado, contradictorio, como parte de una extraña pesadilla.

-Mamá… ¿De qué estás hablando? ¿Cómo podemos ayudarte?

Los ojos de Wendy estaban fijos en Seka, el dolor en ellos cambiando por algo entre la súplica y el anhelo.

-Puedes traerme de vuelta, Seka. Puedes borrar el horror de Odette para siempre. Podría regresar, vivir… -Su voz se apagaba, débil, desesperada.

Estaba casi frente a ellos, pero Jane y Seka retrocedieron al mismo tiempo. No estaba bien. No estaba bien. No estaba─

-¿Cómo? –la voz de Seka fue menos que un susurro. Fue casi un suspiro, quebrado, en agonía, como si sus palabras le dolieran como una herida- ¿Cómo te traigo de vuelta, cómo…?

Por un momento, pensó que Wendy no lo había oído. La pregunta había borrado su expresión de golpe, y por un momento lo miró, perpleja, con las cejas alzadas y la boca ligeramente entreabierta.

Luego, la radiante sonrisa volvió a su sitio, sus ojos brillaron, y su madre dio un paso entusiasta hacia ellos, riendo como una niña.

-Mi alma está aquí. Sigo viva, pero mi alma está atrapada en este lugar. Estoy encerrada… Puedes sacarme, Seka, ¿Lo harás? Sé que puedes hacerlo.

No tenía sentido. Tendría que ser maravilloso, como un cuento de hadas: Podían sacarla de allí, podían vencer a Odette, romper la maldición, y tendría a su madre de vuelta. ¿Por qué, entonces, seguía sintiendo que había algo malo?

-Mamá… -comenzó de nuevo, vacilante- ¿Cómo te sacamos de aquí?

Los ojos de Wendy fueron apenas un segundo a su hija, y su entusiasmo era casi infantil cuando volvió a hablar:

-Mi alma… Mi alma necesita un cuerpo al que ir.

Entonces, Jane comprendió. Nunca fue un cuento de hadas.

-¿Quieres… Quieres que Seka me…?

-La noche que conocí a Peter, la noche que entró a nuestro dormitorio por primera vez, él había perdido su sombra –narró Wendy, con el mismo tono que había usado décadas atrás, cuando Jane era niña y necesitaba de una historia para irse a dormir.

Pero este cuento no tendría un final feliz, y su madre, ya frente a ellos, sacó algo del bolsillo de su vestido. Algo que desprendió un brillo metálico al ser iluminado por el sol.

Esto no es real. No puede serlo, no puede…

-Intentó pegarla con jabón –siguió, impávida- Pero le dije que era mejor coserla. Cosí la sombra a sus pies, para que no volviera a darle problemas… Pero coser un alma es mucho más complicado.

El cuchillo contrastaba en la delicada mano de su madre, quien extendió el brazo, tendiéndoselo a Seka.

-Tienes que sacar el alma que habita en ese cuerpo antes, Seka –dijo al petrificado peliazul, tan inmóvil que parecía no estar respirando- Saca el alma que ya está allí, y cumple con la promesa que realmente querías hacer.