LI. Triángulo escaleno

.

Lo que ocurrió aquella estrellada y gélida noche de 28 de diciembre, no fue para nada producto de una mala broma del Día de los Inocentes, aunque si hubiese tenido el don de ver el futuro, tampoco hubiera sido capaz de saber cómo manejar la situación. Tal vez hubiera huido de ella, y no al revés, es decir, enfrentarla. Sin embargo, tampoco fui capaz de dominarla del modo correcto. La verdad, es que no sabía qué hacer. Me merecía un cero gigante en la materia del amor.

Iba entrando a la casa luego de una larga jornada laboral, agotada y enfurruñada porque mis padres aún no decidían aparecer. Ya se me hacía que se habían tomado unas largas vacaciones.

—Y estos descarados que aún no llegan. ¿Qué se creen? ¿Acaso piensan que voy a hacer aseo? Con suerte tengo tiempo para vivir. Ni si quiera puedo hacer mi cama bien porque no tengo tiem… ¡aaah!

—¡Ssshh!

—¡Aah! ¿Severus? —me asusté al ver a un ser encapuchado en mi sala, cuando prendí las luces. Estúpidamente creí que era un dementor — ¡Idiota! —le grité con despecho, con el corazón acelerado, aprovechando la situación para desquitarme — ¿Cómo se te ocurre aparecerte de este modo!

Luego, al ver su cara de pánico al notar mi reacción, me largué a reír. Arqueó las cejas.

—¿Qué es lo gracioso? —inquirió con antipatía.

Dejé de reír.

—Lo gracioso es cómo te apareces como rey por su castillo, vestido como traficante de dragones —sus labios se tensaron, porque sabía perfectamente que me refería a su vestimenta de Mortífago—, luego de no haber dado luces en Navidad y esperas a que yo me lance a tus brazos— gruñí

…Cosa que desde luego me gustaría hacer, pero estoy tratando de demostrar algo de orgullo.

—Además, he puesto encantamientos a la casa, no sé cómo lo has logrado.

—No ha sido difícil, no eran muy poderosos. Deberías poner más empeño —dijo con voz neutra.

Mi tono de voz había sido todo lo contrario a amigable y, al verlo vacilar, creí que desaparecería de allí o me comenzaría a gritar para defenderse y mandarme al diablo.

No obstante, me sorprendí de cabo a rabo cuando dio dos zancadas hasta a mí y me estrechó en un abrazo. Me mantuvo así, contra su hombro, durante varios segundos.

—¿Hice algo bien? —mascullé, resistiéndome a abrazarlo.

—Pudiste haber sido tú —farfulló con pesimismo, acariciando mi pelo con suavidad —. Pudiste haber sido tú la del ataque de la serpiente.

Me quedé de piedra. Eso fue un golpe que me pilló con la guardia baja. Bufé y acaricié su espalda.

—Estoy bien —susurré —. Y lo bueno es que Arthur está bien. Y estoy segura de que me hubiesen podido salvar la vida también —sonreí, alejándome de él —. Harry me hubiera visto.

Desvió la mirada al oír el nombre de Harry. No seguí dándole consuelos.

—Estoy picada, Severus, aún sabiendo que tuviste cosas que hacer. Discúlpame, pero es lo que siento ahora. Tenía la idea de que pasaríamos la Navidad juntos.

Negó lentamente con la cabeza y me acarició el rostro, sin alejarse.

—Nosotros jamás vamos a poder pasar una fecha así, juntos —murmuró —. Pero no quiere decir que no podamos celebrarlo antes o después a nuestro modo.

—Yo no sé de dónde te sale tanta pasión. La ocultas muy bien—comenté sin aire.

—No es quiera ocultarlo, sencillamente no me nace. Ahora, para de hablar ridiculeces. Quiero estar contigo.

Ya estaba a medio camino de mis labios cuando dijo eso, y no pude negarme. Las veces que nos veíamos eran tan escasas, que no podíamos sino hacer otra cosa que entregarnos de forma completa, sin pudores ni mezquindades.

Todo iba bien en el momento de la desnudez y las caricias. La fogosidad era la misma de siempre, o tal vez mayor. Sentir sus dedos apretando mi piel me excitaba de sobremanera, y no dudé en intentar de apresurar el acto. Estábamos solos, nadie nos detenía, la situación era perfecta, la tibieza de mi hogar…

Comenzamos a danzar de forma rítmica y lenta. Me aferré a él como pude, para que las sensaciones aumentaran exponencialmente. Y de pronto, en el momento en que mordió mi cuello de forma lujuriosa, no sé por qué precisamente en ese momento, apareció el rostro de Remus Lupin en mi nebuloso cerebro…

Y su nombre salió de mis labios entre un gemido cargado de deseo.

—Oh… Remus…

"Oh… Remus…"

No me di cuenta en el instante de mi error, pero Severus sí. De forma inmediata se alejó de mí, mirándome con una rabia que jamás había visto en su pálido rostro, y eso que lo había visto muchas veces enojado.

—Me llamaste "Remus".

—No, no lo hice —negué como una autómata, percatándome de que sí lo había hecho. En ese instante deseé que me tragara un dragón, pero antes me masticara bien.

—Lo hiciste —dijo entre dientes. Noté fuego en sus ojos, pero fuego del malo.

—No —negué con firmeza.

—No puedo creer tu descaro… —dijo tomando la varita. Hizo un movimiento para vestirse con magia. Lo mismo alcancé a hacer yo.

—Severus… —mascullé, agitada y temerosa.

—Adiós.

Me quedé con la mano estirada y agarré el vacío en vez de su túnica. Sentí que la mandíbula me temblaba. Todo había sucedido en cosa de segundos.

—En serio dije "Remus" —mascullé agrandando los ojos —. ¡Accio túnica!

Me abrigué y me esfumé con agilidad, rogando para que Severus se hubiese ido a su casa. Con agilidad aparecí frente a su casa en cosa de segundos. Golpeé la puerta con fuerza.

—Severus, abre… abre… por fav…

La puerta se abrió con brusquedad.

—¿Qué? —me espetó.

Retrocedí un paso. Estaba rojo de ira.

—Lo siento mucho. Severus… —lo agarré del brazo — No sé lo que ocurrió. No sé qué pasó, no sé por qué dije eso… Yo… —exhalé con un sollozo. No estaba llorando, pero me costaba respirar. Estaba perturbada.

—¿No lo sabes? —rezongó — ¿O no quieres enterarte? —se zafó de mi agarre — Porque yo, la verdad, lo veo todo muy claro.

Se echó hacia atrás y cerró la puerta con violencia.

Volví a golpear varias veces, pero no me abrió la puerta. Necesitaba aclarar con él el problema. Finalmente, me senté en el escalón de la entrada y me abracé las rodillas, pensando en qué demonios me había sucedido.

¿Por qué había mencionado a Remus mientras hacía el amor con Severus?

¿Por qué vi el dulce rostro de Remus cuando había comenzado a sentir mis hormonas revolucionadas?

Cerré los ojos lentamente, dándome cuenta de la respuesta. Me puse una mano en la cara. ¿Cómo había sido tan estúpida para no haberme percatado antes?

Me gustaba Remus, me gustaba de verdad, y ni siquiera me había dado cuenta de cuándo, cómo y por qué había sucedido. Tal vez ocurrió desde el mismo momento en que choqué con él en San Mungo, hacía ya tiempo, cuando Margaret estaba internada en el hospital.

—Estoy jodida.

Sin embargo… Sin embargo, mi corazón, en ese momento, estaba latiendo por Severus. Lo podía sentir en mis arterias y venas. Mis manos temblaban por él… o por el frío que hacía. Estaba congelada.

Oí un ruido tras la puerta, pero fue casi imperceptible.

—No quise hacerte daño… —farfullé, apegando mi cabeza a la puerta —. No sé exactamente lo que me ha sucedido. Digo, creo saberlo, pero… Por favor, Severus, he vivido tanto este último tiempo para lograr tener una relación contigo, que no puedo… no puedo marcharme en este momento y hacer como que hemos tenido una ruptura irremediable.

Creí que me tendría esperando más tiempo. Pero tampoco hizo un acto romántico luego de abrir la puerta. Me tironeó del brazo con brusquedad para que entrara.

—No debiste haberte quedado afuera. No tienes idea de lo peligroso de lo que podría llegar a ser.

—No me interesa.

—A mí sí. Pero no creas que sólo es por ti.

Una vela tenue iluminaba el recibidor. Percibí dolor en su mirada. Lo abracé rápidamente, pero me rechazó. Sin embargo, no lo solté.

—Ya tienes la respuesta —me dijo de forma acusadora.

—Me gustas tú. Te quiero a ti, estoy contigo ahora.

—Pero te gusta ese asqueroso Licántropo —escupió con odio.

Me separé de él y lo observé con el ceño fruncido. No me había gustado la manera en que dijo aquel insulto, no obstante, me limité a contestar otra cosa.

—No significa que vaya a terminar con Remus. Y si me gustara… no significa que yo le guste a él —mascullé.

—Da igual. Te gus…

No lo dejé terminar. Me lancé contra él y lo besé furiosa y apasionadamente. Severus me contestó del mismo modo. Me abrazó con fuerza, y en cosa de segundo llegamos a la sala. Caímos al sillón, entre una lucha para tratar de deshacernos de nuestras ropas otra vez. Sin embargo, caí en la cuenta de algo, que me hizo frenar: estábamos en la sala, y no en su cuarto, donde hubiera sido más lógico que estuviéramos. Y de nuevo pensé en Remus. Él se dio cuenta que algo andaba mal, y se alejó, sentándose en el otro extremo del sofá.

—Será mejor que te vayas —siseó, exhausto.

Lo observé. No me miraba.

—Severus, yo… No sé —susurré, sin saber de verdad qué decir. Entre decir idioteces, preferí quedarme callada.

No contestó nada. Me paré, cogí mi túnica que estaba a medio camino, y me marché de ahí.

.

Ambos sabíamos que ninguno estaba enamorado del otro. Yo sabía que ella era lo suficientemente importante para mí como para preocuparme. Le tenía cariño, me hacía sentir acompañado cuando lo necesitaba, pero podía prescindir de ella porque había un motivo más importante que tiraba de las cuerdas de mi vida.

Pero no voy a negar que me dolió cuando me di cuenta que yo ya no era, definitivamente, quien movía las cuerdas de la suya. Me sentí traicionado, nuevamente. No era James Potter, pero era nada más y nada menos que Lupin.

Ya había vivido el infierno antes, pero estuve muy deprimido aquellas vacaciones. Había permitido que Tonks tocara fibras muy sensibles de mi interior.

Unos días más tarde, Dumbledore fue a verme para convencerme de darle clases a Potter de Oclumancia. Cuando abrí la puerta, creí que la vería a ella. Me decepcioné al darme cuenta de que no era. Temí no verla nunca más.

—Severus, buenas tardes. ¿Puedo pasar? Necesito hablar contigo de algo muy importante. Es más bien eh… un favor, y no es uno tan pequeño.

—¿Qué es lo que sucede con Potter? —mascullé, distrayéndome de mis demás pensamientos.

—Ya te lo he dicho, Severus. Hay cierto vínculo entre Voldemort y Harry. Necesito que tú ayudes a que Harry no pueda ser nuevamente vulnerado.

—Pero podría ser útil —señalé.

—Pero desconocemos su desventaja —replicó tenaz y con un tono que no permitía más debates.

Debía informarle al muchacho de sus nuevas clases extracurriculares, y gracias a esa misión pude volverme a encaminar. Pero cuando miré al muchacho y me topé con Black en aquella despreciable casa, sentí un odio aún más profundo, y estuve a punto de perder los estribos.

—Mira lo que has hecho —mascullé con desprecio aquella noche, antes de dormirme, pensando en la joven de cabellos revoltosos y coloridos, maldiciendo el día en que había llegado a Hogwarts.

.

Mis padres volvieron el 2 de enero en la mañana, pero recién pude verlos cuando volví del trabajo y mi madre estaba haciendo la cena y se puso muy contenta al verme. Me apretó en un abrazo como si no me hubiera visto en años. Mi padre se contentó con darme unas palmaditas en la espalda.

Aquella semana tuve mucho que pensar. No había vuelto a insistir a Severus, porque ni yo tenía claro como debía actuar realmente. Estaba confundida. En esos días en que no había visto a Remus, no me sentía diferente hacia él. Era amable, atento y servicial, pero eso lo podía ver cualquiera que sencillamente le cayera bien. Había sido invitada, justo al siguiente día de lo ocurrido con Severus a visitar a Arthur al hospital, pero tuve que rechazar con excusas baratas la invitación porque tuve temor a cometer alguna locura frente a Remus.

—Mamá… —dije entrando a la cocina con parsimonia. Me había ido a lavar las manos, debatiéndome entre si hacerle o no la pregunta a ella. Finalmente me decidí.

—¿Sí? En cinco minutos estará listo.

—No, no es eso. Eh… ¿cómo te diste cuenta que estabas enamorada de mi papá?

La mirada ávida de mi madre me atrapó.

—¿Estás enamorada?

—No lo sé —admití.

—No me digas que es de Kingsley —acusó con ojos desorbitados.

—No es Kingsley, pero tampoco te lo diré, mamá —dije con firmeza.

Suspiró.

—Qué poca confianza tienes en mí.

—No es eso. No puedo decirte algo que no es seguro, por eso estoy pidiendo una respuesta que me ayude.

Me observó por unos segundos.

—Tu padre era un amigo y un amante que me hacía olvidar lo malo de mi vida y me daba apoyo cuando lo necesitaba. Movía mi mundo con tan sólo mirarlo o tomar su mano. Hasta ahora eso no ha cambiado, y jamás he encontrado alguien que me haga sentir de ese modo. No significa que la relación sea perfecta. A veces haces lo mismo con alguien, y no resulta, y de pronto encontraste a la horma de tu zapato. Darse cuenta que estás loca por alguien no toma mucho tiempo.

La miré con atención y asentí con lentitud.

—¿No me dirás?

—No mamá… pero gracias por el consejo.

Cabizbaja me dirigí hacia mi habitación. Tal vez lo de Remus había sido un mero error, una confusión, porque ¿cómo era que no me había dado cuenta de mis sentimientos? Deseé ir a hablar con Severus en ese mismo instante y decirle que todo había sido culpa de mi lengua que moduló mal, pero no pude. En cualquier caso, al siguiente día debía de ir a dejar a Harry junto con Remus a Hogwarts. Ese sería el momento en que tendría que enfrentarme con mis sentimientos. Y, de todas formas… tenía más que claro que no estaba enamorada de Severus, que era lo que más me dolía.

De todos modos, me había vuelto una paranoica. Cada vez que Shacklebolt mencionaba a Remus en el trabajo, por la razón que fuera, mi corazón se terminaba acelerando y me ponía roja como tomate. En una ocasión me preguntó si acaso tenía fiebre o si estaba sufriendo un ataque de pánico. Me limité a contestarle que el dolor de estómago me estaba matando y que necesitaba ir al baño. Estuve con la cara sumergida en el agua durante cinco minutos.

Ahora, ¿qué era lo que deseaba sentir yo? No lo sabía. De pronto me encontré en el lío de que no sabía si quería estar con Severus. Súbitamente, lo vi algo muy lejano… en el mismísimo instante en que me di cuenta que me gustaba Remus, había construido una barrera entre mis vivencias pasadas con Severus y los recuerdos actuales, como si fuera alguien completamente ajeno a mí.

—Bueno, Tonks… sea lo que sea, tendrás que enfrentarlo lo mejor posible —me dije a mí misma antes de cerrar los ojos.

.

El reloj me sonó a las seis de la mañana. Desperté acelerada y con los ojos muy abiertos. No me pude calmar incluso después de la ducha. Tratando de hacer caso omiso a mis pensamientos, me marché de allí, vestida con un traje de tweed que le saqué a mi madre para completar mi disfraz de abuela alta y canosa, concentrándome plenamente en mi tarea de guardaespaldas y en el hambre que tenía. Una vez frente a la puerta del número 12 de Grimmauld, tomé aire sin siquiera contemplar el paisaje completamente cubierto de nieve, y justo cuando iba a tomar el pomo de la puerta para girarlo…

—Buenos días, Tonks.

El corazón casi me explotó. Me giré con lentitud. Vi a Remus con una expresión de cansancio y las manos en los bolsillos. Tuve ganas de golpearme como elfo doméstico contra la pared.

Tonks, ¡jamás has actuado así! ¿Qué demonios te pasa? ¡Sonríe y saluda! Esto lo has hecho un millón de veces.

Sentí que pasaron siglos antes de contestarle. Fue como si lo viera por primera vez. Noté el brillo de sus ojos claros, que a veces se asemejaban al color miel, u otras veces al color pardo. La barba se la había recortado, e incluso percibí un leve olor a perfume, el mismo del pañuelo que me había ofrecido el otro día, y que tenía guardado en la casa (sucio, por supuesto, porque no lo había lavado). Fue como si un nuevo Remus hubiese aparecido ante mis ojos. O, precisamente… fueron mis ojos los que lo estaban viendo de forma diferente.

—Hola, Remus, ¿Cómo estás? Hace calor, ¿no? O sea, frío, ¿Cómo me reconociste con tanta facilidad? —dije a toda velocidad.

Fruncí el ceño repentinamente avergonzada.

Qué demonios te sucede, ¡qué demonios te pasa chiquilla estúpida!

Remus no se percató de mi comportamiento extraño, seguro lo relacionó con el que yo podía estar cansada y no sabía bien lo que hablaba.

—Estoy bien, gracias, pero como dices, hace mucho frío… ¿Y cómo te reconocí? Ni yo lo sé, creo que podría verte convertida en elefante y sabría que eres tú… Entremos.

Molly nos preparó desayuno, y tal vez fue eso, el comer, o sencillamente estar protegida del frío en el cálido interior de la cocina, que me hizo guardar la compostura. Sin embargo, mientras comíamos y conversábamos, comencé a darme cuenta de otros detalles que antes no había percibido: la voz de Remus me daba paz, prácticamente era música para mis oídos. Verlo sonreír, aunque fuera una sonrisa moderada, hacía que mi corazón se acelerara, y mirarlo… sólo verlo allí, sentado, intercambiando palabras con Sirius, me daba gusto.

Y, en cierto momento en que me alcanzó el azucarero y rocé apenas la punta de sus dedos… una corriente eléctrica cruzó por todo mi brazo y por mi abdomen hasta estallar en cientos de mariposas que revolotearon en mi estómago. Sin embargo, ya habiendo vivido esa sensación antes con Severus, fue completamente diferente, único.

—¿Irán en el Autobús Noctámbulo? —preguntó Sirius.

—Sí —contestó Remus —. Es el único medio un poco más seguro en que podemos llevarlos sanos y salvos.

—Sé que cuando niña viajé en él, y terminé vomitando estrepitosamente, según mi padre. Espero que esta no sea la ocasión —comenté, preocupada de dar un espectáculo.

—¿Así que el otro día vino Snape para ofrecerle clases de Oclumancia a Harry? —preguntó Remus, cambiando radicalmente el tema.

Me atoré con un trozo de pan.

—¿Cof… cof… Qué?

—Ah, eso —dijo Sirius con evidente rabia —. "Ofrecer" no es el término correcto. Más bien fue una orden de Dumbledore. Si le llega a tocar un solo pelo…

—¿Oclumancia? —dije, nerviosa — ¿Snape?

—Sí, es un experto oclumántico, aunque no te guste a ti, Sirius, tal vez sea la mejor opción.

Sirius negó con la cabeza rotundamente. Miré a Remus y pensé en Severus. Sentí un retortijón de estómago. Por más que reconociera y diera por firmado que me gustaba Remus… El asunto con Severus no estaba resuelto. ¿O acaso sería así? Después de todo, estábamos en la Orden y nos veríamos las caras otra vez.

Cuando terminamos de desayunar, y ya los niños estuvieron listos, se despidieron y nos apresuramos a salir de la casa de Sirius, que desapareció una vez bajado los escalones. Se comprimió como un acordeón, sin dejar rastro de su existencia.

—Cuanto antes subamos al autobús, mejor —señalé un poco alterada, preguntándome cómo sería regresar a solas con él.

Remus hizo parar el Autobús Noctámbulo. Nos subimos a toda velocidad y ni siquiera dejamos al copiloto hacer su presentación.

—¡Pero si es Harry…!

—Si gritas su nombre te echo una maldición amnésica —amenacé al chiquillo en un susurro. Estábamos arriesgándonos y esforzándonos un montón esa mañana para llevar a Harry, la manga de pelirrojos y a Hermione a Hogwarts para que un adolescente lleno de espinillas y orejón nos arruinara el plan. Además, mis nervios estaban de punta.

Nos separamos en grupos: Fred, George y Ginny se quedaron con Remus abajo y yo me fui con los demás al tercer piso. Fue un viaje endiabladamente incómodo. Ron cayó varias veces de la silla, pero no pude ayudarlo ni a él ni a Hermione o a Harry porque apenas me pude ir afirmando yo. Fue una suerte que no terminara vomitando.

En cosa de minutos, pasando a toda velocidad por un túnel de colores borrosos, llegamos a Hogsmeade que estaba completamente cubierto de nieve, y luego, bruscamente, frenó frente a las verjas de Hogwarts.

Bajamos los equipajes rápidamente para evitar que los curiosos del autobús siguieran mirando. Nos despedimos, y una vez que los muchachos atravesaron la verja, asegurándonos que estuvieran a salvo, nos subimos al Autobús otra vez. Antes de que el muchacho se dirigiera a nosotros, yo ya había regresado a mi apariencia habitual y normal.

El copiloto, llamado Stan Shunpike, me quedó mirando asombrado.

—Pero… Juré que eras una anciana…

—Cállate y métete en tus asuntos. ¿A Grimmauld Place? —pregunté a Remus, quien estaba de pie a mi lado.

—Sí, a Grimmauld Place, frente a la plaza —indicó.

Cruzamos con dificultad el bus, debido a la velocidad, y derribé unas cuantas sillas. Nos alcanzamos a sentar apenas, pero finalmente decidimos pararnos e ir afirmados de los fierros.

Observé al mago con cierto temor y me fijé que estaba sumido en sus pensamientos.

—¿Sucede algo?

—Es Sirius, que quedó deprimido. Me preocupa a veces que haga alguna tontería.

Automáticamente puse mi mano en su brazo y lo apreté con cariño. Sentí un calor agradable.

—No te preocupes. Será un inmaduro pero sigue siendo inteligente —dije y sonreí ampliamente.

Y, de un momento a otro, sin saber qué hice mal —porque estaba cien por ciento segura de lo que dijo después era una total mentira —, miró mi mano, que la retiré suavemente de su brazo, y me miró de una forma que no supe definir.

—He recordado que tengo que hacer algo. Creo que me bajaré antes. Adiós, Nymphadora, nos vemos…

Se fue hacia donde estaba Stan y noté que le dijo su nuevo destino. El muchacho asintió. Yo, mientras tanto, me quedé de piedra donde mismo, sin siquiera haberme acordado de regañarlo por haber dicho mi nombre y no mi apellido. En unos cuantos segundos más el bus se detuvo, lo vi bajar…

…Y luego nos alejamos a toda velocidad.

Cuando llegué a Grimmauld Place me senté en una banquita de la plaza y estuve horas, pensando en medio del frío, sin tener intenciones de entrar a la casa de Sirius.

—No sé por qué siento que me he metido en un lío mucho más grande que el que viví con Severus —farfullé, pensando en el comportamiento de Remus. Definitivamente Severus era difícil de comprender, pero Remus… —Ay no… —me tapé la cara con las manos — Esto no me puede estar pasando a mí.

Lo supe de inmediato: me iba a enamorar de Remus, y presentía que iba a ser para siempre.

Sin embargo… no tenía idea que estaba metida aún en un enredo más grande, en donde no podía confiar en nadie. Sería una locura decirle algo a mi madre. Tendría que